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Apuntes sobre la mente humana XVII

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Apuntes sobre la mente humana XVI

 

APUNTES SOBRE LA MENTE HUMANA XVII

 

 

 

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En sus inicios el Psicoanálisis fue un gran movimiento innovador que prometía un tratamiento científico de todas las afecciones neuróticas, aseguraba la cura de muchas de ellas y alardeaba de poseer la clave para la prevención, no sólo de los desórdenes mentales sino también de la criminalidad, del malestar social y de las guerras.

Reacción optimista tras la desesperanza con que la Medicina y la Psicología ortodoxas venían considerando las perturbaciones neuróticas, el Psicoanálisis apareció como un soplo vivificador que viniese a barrer los miasmas de esas letales dolencias.

En el concepto popular, Sigmund Freud ascendió a la jerarquía de genio científico, que superaba su época y daba una nueva orientación al pensamiento humano.

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Libros y artículos, y luego películas y programas de televisión, hicieron del psicoanalista, con su diván y su aire de sobrehumana sabiduría, una figura familiar para el público.

El adiestramiento en los métodos psicoanalíticos se convirtió en un requerimiento para el psiquiatra incipiente, y las teorías y la jerga psicoanalítica se filtraron hasta el habla de las enfermeras, las visitadoras sociales, los maestros, y un amplísimo vulgo.

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El éxito de la revolución freudiana parecía casi completo. Sólo había una cosa que no iba del todo bien: los enfermos sometidos al tratamiento psicoanalítico no mejoraban y en muchos casos empeoraban.

Las cifras, cuando se ordenan y analizan en detalle, revelan un hecho sorprendente: al cabo de años de tratamiento, aproximadamente dos de cada tres enfermos se han aliviado.

En otras palabras, no existe prueba alguna de la eficacia del tratamiento freudiano: exactamente el mismo número de pacientes sanan bajo el tratamiento psicoanalítico que los que se hubieran aliviado sin él.

La verdad es que, cuando se acude a los ficheros en los hospitales en busca de datos de hace un siglo, se descubre esta realidad interesante: entonces, como hoy, la proporción de curaciones o mejorías es siempre de dos por cada tres enfermos.

Si se tomara, como lo hizo el Dr. Peter Denker, de Nueva York, 500 neuróticos graves, y se los encomendara al respectivo médico de familia, que los tratará con los medicamentos corrientes expedidos en la farmacia y con sus leales consejos e indicaciones, se comprobaría el sorprendente fenómeno de que a lo menos dos de cada tres enfermos se habrán restablecido al cabo de los dos años.

En realidad, casi lo mismo sucede cuando al enfermo no se le somete a ningún tratamiento. En consecuencia, los psicoanalistas que presuman de curar este tipo de enfermedades, deberían superar considerablemente los resultados del tratamiento ordinario o la ausencia de todo tratamiento.

Un sistema que presuma de curativo, altamente costoso en tiempo y dinero, debe justificarse en términos de su probado éxito en relación a otros tratamientos más sencillos.

Nada de esto ha sucedido. ¿Cómo es posible, entonces, que este sistema de tratamiento, que no posee pruebas que lo garanticen, atraiga tantos firmes creyentes y haya llegado hasta el punto de constituir casi una religión moderna, máxime que el mismo Freud, en los últimos años de su vida, fue mostrándose cada vez más escéptico respecto a las posibilidades terapéuticas de su propia técnica?

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Para explicárnoslo de algún modo, consideremos el famoso experimento efectuado por el renombrado psicoanalista norteamericano Burrhus F. Skinner.

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¿En qué consistió este experimento? Pues encerró en una gran jaula una colección de palomas e instaló en ella cierto dispositivo mediante el cual caían unos cuantos granos de trigo al piso de la jaula cada tres o cuatro minutos, y dejó allí solos a los pájaros durante la noche.

Cuando volvió al día siguiente, encontró a las palomas entregadas a las más extrañas maniobras. Algunas de ellas saltaban de aquí para allá en una pata, otras se agitaban con un ala hacia arriba o con un ala hacia abajo, mientras alguna se mantenía con la cabeza levantada oteando el aire.

¿Qué había sucedido? Pues que cuando Skinner salió del laboratorio la noche anterior, las aves empezaron a explorar su prisión y al hacerlo adoptaron todas las formas de movimientos peculiares de las palomas.

De pronto, cayeron unos cuantos granos de trigo delante de cada volátil, como si fuese una respuesta o recompensa al movimiento que el ave estaba haciendo en aquel instante.

Por inferencia instintiva, cada cual continuó haciendo el mismo gesto, y -¡qué maravilla!- el premio vino, una y otra vez.

Las palomas quedaron convencidas de esta relación de causa a efecto, y siempre que sentían hambre adoptaban la postura supuestamente remuneratoria.

Es obvio que hubiera resultado inútil explicarles que no tenían prueba científica alguna de que sus extrañas posturas fueran las que provocaban la caída del grano; la confirmación ocasional dada a su proceder por el artificio era por demás convincente para ellas. Ocurren muchas cosas parecidas en el campo del Psicoanálisis.

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Los enfermos, en la mayoría de los casos, experimentan mejoría sin relación alguna con el tratamiento a que se les somete; pero el hecho se interpreta, tanto por el enfermo como por el psicoanalista, como prueba de la bondad del método.

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Cuanto más los dolientes mejoran, tanto más el psicoanalista se convence de la excelencia de su sistema curativo. No considera en ningún momento que otras personas se someten a distintos tratamientos con ostensibles idénticos resultados: a la extracción de los dientes para remover los focos de infección, a la imposición de manos, a los baños fríos, a píldoras falsas, a la sugestión, a la confesión y a la plegaria.

Así, todo profesional logra éxitos en razón de que, cualquiera sea el remedio que use, no empecerá a la mejoría del doliente (lo mismo que cualquiera que fuese la postura adoptada por cada paloma no influía para nada en la caída del grano).

Se tiene ya la explicación del prestigio que la terapéutica psicoanalítica ha obtenido, tanto entre los psicoanalistas como entre los enfermos: los fracasos se olvidan y los éxitos se adjudican al sistema, sin advertir el sofisma en que se incurre.

El Psicoanálisis, sin duda alguna, constituye el mayor fraude del Siglo XX. La pregunta lógica, por lo tanto, es: ¿También permitiremos que lo siga siendo en el Siglo XXI? 

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La verdad oculta detrás de esta seudoterapia

El Psicoanálisis constituye una técnica no solamente ineficaz sino muy nociva, tanto para el analizado como para el analista, porque, por una parte, considera al ser humano como compuesto de mente y cuerpo -olvidándose que la mente es un mecanismo físico utilizado por el Yo (alma, espíritu, Yo Superior o Thetán, según la filosofía que se aplique)- y por la otra no distingue entre la mente analítica y la mente reactiva, siendo esta última el verdadero origen de las enfermedades mentales y la delincuencia y no la mente analítica, la única que conoce el Psicoanálisis.

La práctica del Psicoanálisis debería estar sancionada severamente por el Código Penal, junto con el hipnotismo (cuando no se conoce Dianética) como prácticas atentatorias a la cordura, porque implantan engramas (órdenes hipnóticas de alto poder), provocando enfermedades mentales impredecibles.

¿Pero qué se supone que es el Psicoanálisis? El doctor Markham, en su libro The Way of the Mind, lo define en los siguientes términos:  

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"El Psicoanálisis es un sistema de terapia mental desarrollado por Sigmund Freud en Austria en 1894 y que depende de las siguientes prácticas para lograr sus efectos: se hace discurrir (asociar libremente) al paciente sobre su infancia por años y recordarla mientras el profesional efectúa una transferencia de la personalidad del paciente a la suya propia y busca incidentes sexuales ocultos, que Freud creía ser la única causa de la aberración. El profesional da una interpretación sexual a todo el relato y lo evalúa para el paciente en términos sexuales. La totalidad de los casos de Psicoanálisis nunca ha sido evaluada y se han hecho pocas o ningunas pruebas para establecer la validez del sistema".

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Con mayor precisión, la terapia psicoanalítica podría denominarse "estudio de los candados". Un candado es una situación de angustia mental y su fuerza depende del engrama al cual está adherido.

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Un engrama es similar a una orden hipnótica de alto poder y por definición incluye dolor físico (por ejemplo, la caída de una escalera que incluye un golpe en la cabeza sería un engrama clásico).

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Una de las bendiciones de la naturaleza es precisamente que el candado necesita una atención mínima.Este tipo de incidente, con carga o sin carga , está en el recuerdo consciente (el engrama, en cambio, no lo está, ya que en el momento de recibirse la mente analítica se desconecta) y parece ser el motivo de que el aberrado esté aberrado.

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Un candado es un momento de malestar mental que no contiene gran dolor físico ni pérdida grave. Una quemadura, una desgracia familiar, estas cosas son candados. Cualquier persona tiene miles de ellos.

La eliminación de los candados es una pérdida de tiempo. El Psicoanálisis, precisamente, sólo se ocupa de ellos y de ahí su fracaso rotundo.

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Como el Psicoanálisis no tiene en cuenta los engramas (que son los que le dan fuerza al candado) trabajar solamente sobre este tipo de incidente torna a esta terapia en interminable.

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Quizás el Psicoanálisis produzca alivio en algunos pacientes, pero los resultados no van más allá de lo que pueda producir la charla con un buen amigo que tenga el saludable hábito de escucharnos con interés y aprecio y la costumbre de felicitarnos con una palmadita en la espalda.

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El Psicoanálisis, por otra parte, puede ser sumamente aberrativo. El paciente asiste por lo general a la sesión muy abrumado por sus problemas, es decir, en un estado en que su poder analítico se encuentra disminuido y, por lo tanto, su mente reactiva está abierta al registro de engramas.

Éstos, similarmente a órdenes hipnóticas de alto poder, al restimularse más tarde, provocarán trastornos mentales impredecibles que uno difícilmente achacaría a la terapia.

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El Psicoanálisis no es una ciencia y como teoría fracasó totalmente. El Psicoanálisis no adelantó en absoluto desde sus inicios. Las ciencias son algo vivo y cuando están basadas en verdades avanzan y evolucionan. El Psicoanálisis no hizo ni lo uno ni lo otro. Hay poca diferencia, si hay alguna, entre los escritos de Freud de 1984 y las declaraciones de los analistas de hoy.

En todo caso, la diferencia es negativa: los escritos de Freud a fines del siglo XIX eran más claros y precisos que aquellos publicados hoy. Las cosas que tienen éxito se expanden, se difunden e invaden, precisamente lo contrario del Psicoanálisis, que hoy es una causa irremisiblemente perdida. ¡La completa estructura del Psicoanálisis moderno es la misma que la de hace un siglo!

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Sospechosa prescindencia del test

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Llama mucho la atención el hecho de que el Psicoanálisis nunca haya sometido a los pacientes a un test, antes, durante y después de la terapia. Probablemente ésta sea la mayor condena que se le puede hacer.

Es una tarea inútil buscar registros auténticos de mejora de pacientes debido a las sesiones. Ningún analista se toma la molestia de hacerle un test al paciente antes de comenzar la terapia ni tampoco durante ella para observar su progreso.

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Esto es realmente inconcebible, porque el test es algo que se remonta a los días más lejanos de Grecia. El hombre siempre ha estado haciendo tests al hombre para descubrir su estado y sus cambios.

El precursor más antiguo que conozcamos del test probablemente haya sido la grafología o tal vez la frenología. La antigua bruja, en última instancia, estaba haciendo un test psicosométrico al consultante. Los tests de culpa o inocencia mediante respuestas eran un asunto común en las cortes medievales.

No tiene excusas el psicoanalista, entonces, por no utilizar el test como método de averiguación del estado del paciente, porque el test siempre estuvo a su disposición.

Las razones por las que no lo utiliza son obvias. Al observar que los tests reflejaban la falta de progreso en sus pacientes, o su empeoramiento, optó por dejarlos de lado.

Esto es cierto porque no cabe imaginar a un profesional que no haya intentado observar si había progreso en sus pacientes mediante tests. Después, al no observar resultados, los archivó para siempre.

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Cualquiera que haya escuchado las conversaciones de analistas habrá podido observar que jamás hablan de curaciones, sino sólo de síntomas. Si sólo pueden hablar de síntomas y nunca de curación, esto ya está demostrando rotundamente el fracaso del sistema.

 

Ante una terapia exitosa difícilmente se encuentren surgiendo y desarrollándose nuevas terapias más brutales. Sin embargo, el tratamiento de los dementes hoy es mucho peor que hace dos siglos y las brutalidades que se practican en nombre de la "curación mental" no pueden ser contempladas impávidamente por ningún hombre que se precie de civilizado.

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La gente está plenamente consciente del hecho de que la última persona que se quiere ver es un psicólogo, un psicoanalista o un psiquiatra.

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Hoy en día, estos "profesionales" desgarran alegremente los cerebros de sus pacientes, los sobresaltan con drogas de muerte, los sacuden con shock eléctricos, los encierran de por vida, los esterilizan sexualmente y ellos mismos se conducirían de la misma forma que sus pacientes si se les diera la oportunidad.

 

 

 

APUNTES SOBRE LA MENTE HUMANA XVII bis

 

El error de la evocación

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Se ha pretendido que un paciente sólo necesita hablar de sus conflictos para hacerlos desaparecer. Nada más alejado de la realidad. Si a una persona conflictuada se le permite hablar, no dejará de estar conflictuada.

En la práctica, es mucho mejor decirle a un paciente, que está recontando por enésima vez sus problemas en forma compulsiva, que se calle a permitirle seguir hablando.

La libre asociación y otros medios de comunicación mencionados por Freud son sólo superficialmente terapéuticos. Esto no quita que algunos pacientes, contados con los dedos de la mano, hayan podido experimentar algún alivio luego de horas y horas de hablarle al analista de sus padecimientos.

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Pero el hecho de que la mayoría no tenga muestra alguna de recuperación, aunque sea mínima, o empeore, basta para considerarlo obsoleto y desechable

Otro dogma del Psicoanálisis es que todo lo que se tenía que hacer para que desaparecieran incidentes ocultos era evocarlos.

Un analista espera de su paciente que continúe evocando incesantemente hasta que aparezca alguna bobada escondida por ahí, que presumiblemente sea la causa de sus conflictos, y resuelva el caso.

Es decir, espera que al paciente le salga algo así como un comodín y lo salve. Esto, obviamente, no habla muy bien del Psicoanálisis como terapia válida.

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De haber sabido el analista la increíble cantidad de incidentes que estaban ocultos sólo en la etapa prenatal -sin contar, por supuesto, los de vidas anteriores-, habría abandonado la ridícula idea de que el relato de unos pocos incidentes daría lugar a una recuperación.

Es cierto que se puede hacer un poco más feliz a un paciente a través del recurso de recuperar algún momento perdido, pero ello no es permanente y tarde o temprano la condición negativa retorna.

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El analista utiliza en forma harto exagerada el recurso de recordar. La fijación en el paciente de la idea de recordar y recordar incesantemente, tal como se hace en las sesiones psicoanalíticas, a la larga es muy destructiva para él y esto se observa en el empeoramiento de los casos.

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Se ha establecido, científica e irrefutablemente, que es en absoluto imposible erradicar los conflictos del pasado de una persona haciendo que evoque sus recuerdos interminablemente, porque lo que aberra son los engramas, y éstos no están al alcance de su recuerdo consciente, necesitándose de una técnica especial para llegar a ellos (que el Psicoanálisis obviamente no posee).

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El quid de la transferencia

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Otro error del Psicoanálisis es el tan mentado asunto de la "transferencia", término que se usa para denotar el traslado del paciente a la personalidad del analista.

La adquisición de personalidades adicionales, en realidad, no significa otra cosa que una escasez de identidades.

Resulta algo digno de asombro encontrar profesionales tan seguros de su altísima calidad como para exigir que cada uno de sus pacientes asuma su identidad. ¡La consecuencia graciosísima de esto sería un mundo de analistas!

La asunción de una personalidad ajena puede ser del todo destructiva para la personalidad de cualquier individuo, ya que semejante actitud sólo significa, como ya se señaló, una escasez de identidades.

Lo único que tal vez podría decirse a favor de la transferencia es que el analista pone a la persona consciente del hecho de que puede asumir por lo menos una identidad más.

Pero como la pérdida de la propia personalidad del paciente hasta el punto de asumir otra identidad -la del analista- es decididamente destructiva para su personalidad, cabe concluir que todo este asunto de la transferencia no es más que un error.

Con todos estos métodos y mecanismos, más calculados para deprimir y esclavizar al paciente que para liberarlo, parece imposible creer que el Psicoanálisis haya pretendido alguna vez ayudar a alguien.

Esto no empece, sin embargo, el hecho indiscutible de que muchos analistas, al prestar atención a las dificultades de los pacientes y poner una cuota de humanidad, clemencia y bondad en las sesiones, hayan obtenido algunos resultados, ¡pero no por los métodos psicoanalíticos sino a pesar de ellos!

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Concentración indebida en el sexo.

El sexo es sólo una de las dinámicas de la vida. El hombre no sobrevive únicamente para la segunda dinámica (el sexo) sino también para las siete dinámicas restantes (la de uno mismo, la del grupo social, la de la humanidad, la de todos los organismos vivos, la del universo físico, la de los espíritus y la de Dios).

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La concentración en una dinámica con exclusión de las otras cercena la capacidad de vivir en el mismo grado en que se encierra en su concentración. Expresado de otra manera, quien está concentrado en una sola dinámica puede decirse que está vivo sólo en un octavo.

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Como Freud vivió en una época sexualmente muy inhibida, era lógico que criticara algo que fuera intensamente aberrante para la gente de su entorno. Además, tenía una obsesión racial en el sexo, suficientemente pronunciada como para que el contagio se expandiera con fuerza por toda Europa.

La concentración en el sexo como único transgresor, como se pretende en su Teoría de la libido, no resiste el menor análisis. Existen razas que no tienen ningún tipo de inhibiciones sexuales y, sin embargo, están aberradas. Estas razas, libres como el viento en la segunda dinámica, están no obstante intensamente aberradas en otros aspectos. Algunas están aberradas en la octava dinámica (Dios), otros en la primera, y así por el estilo.

La concentración en el sexo no es válida y ha empujado al psicoanalista a un callejón sin salida, inhibiéndolo para observar racional y verazmente lo que estaba sucediendo con los pacientes, lo cual es un hecho desafortunado, ya que de haber realizado esta observación hubiera descubierto mucho más de lo que descubrió en un siglo de existencia.

Psicoanalistas posteriores buscaron extender las ideas de la segunda dinámica de Freud a actividades sociales. Es decir, trataron de subir a la tercera dinámica de los grupos, pero su búsqueda en este sentido, como era lógico, tampoco tuvo éxito.

Indiscutiblemente, existe una considerable atención en el sexo, pero sostener que toda la aberración proviene del sexo es invalidar la capacidad del hombre para crear descendencia. El sexo es simplemente un nivel masivo de creación de cierto orden, y por cierto no muy elevado.

Es verdad que el sexo es poderoso, pero gente atrapada por la inspiración del trabajo, las actividades sociales o las religiosas, experimenta un éxtasis o un impacto emocional de lejos mayor que el sexual.

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Crítica a la evaluación del paciente.

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Otra de las severas objeciones que pueden hacerse al Psicoanálisis es la reducción del autodeterminismo del paciente a través de la evaluación de su caso.

El analista hace que la persona le cuente acerca de qué está preocupado en la vida y luego le informa sobre la razón de por qué esto es así.

Si lo hace con bastante fuerza y lógica como para crear una absoluta convicción en la persona de que ésta es la realidad, lo único que hace es agregar más confusión a lo que ya de por sí es confuso.

Lo correcto no es evaluar al paciente, sino conducirlo en ciertas direcciones de modo que haga determinados descubrimientos por sí mismo y pueda así reconsiderar y darse cuenta de las cosas para tener una visión más correcta de ellas.

Una cosa es decir cómo es toda la vida y dar al individuo la base para que la observe mejor y más ampliamente, y otra cosa muy distinta es encontrar que la persona está asumiendo la personalidad de su madre y ponerse a evaluarlo respecto de su madre.

El paradigma más perjudicial de esto es tener, por ejemplo, un paciente trastornado con su padre y luego explicarle, como lo hace el analista, que su padre probablemente es un hombre bueno y en todo tuvo las mejores intenciones. Hacer esto es arrojar al paciente a la apatía.

Como la apatía por lo menos es tranquila, se la consideró un estado deseable para aquellas personas que tuvieran algunos impulsos socialmente destructivos.

Este estado, por lo tanto, pasó a ser entonces la meta final de los analistas (la meta de la psiquiatría siempre fue este estado).

Si un médico le dice a una paciente que es absurdo lo que ella dice que está evocando incidentes del vientre de su madre y le sugiere con fuerza y autoridad que debe dejar de lado esas tonterías y enfrentar la realidad, esto es evaluación de lujo y también agrega tremenda confusión al caso.

El verdadero crimen de la evaluación es decirle al paciente que está equivocado. La evaluación en sí, en sentido amplio, no es particularmente perjudicial al paciente, en tanto las observaciones que se le dirijan no lo invaliden completamente.

Es decir, se le podría dar un sistema general de la vida mientras no se lo esté aplastando contra otro sistema de la vida.

La evaluación de una persona puede definirse como la acción de sacudir sus datos estables sin darle nuevos datos estables con los que pueda estar de acuerdo o en los que pueda creer.

De ahí que no sea buena terapia decirle insistentemente a algún fanático religioso, o de cualquier otra índole, que todas sus creencias están equivocadas y que la verdad se encuentra en otro lugar.

Los analistas, desde Freud en adelante, han sido responsables de esto en grado sumo. Esta responsabilidad no pueden eludirla porque la evaluación, al revertir directamente creencias y datos estables, ha enviado a muchos pacientes psicoanalíticos a hospitales para enfermos mentales.

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El crimen de la invalidación

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No obstante la gravedad de la evaluación, el crimen capital del Psicoanálisis es la invalidación. Con la evaluación sólo se está dando nuevos datos estables, pero con la invalidación se anula cualquiera de los soportes sobre los que se está apoyando, mal o bien, el paciente.

La mayor invalidación, por supuesto, es ser golpeado cuando uno no espera serlo, ser criticado cuando uno no cree merecer crítica. Esencialmente, es decirle a alguien que no tiene valor alguno, ni tampoco sus pensamientos y postulados.

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La conducta más común de los psicoanalistas y psiquiatras en los hospitales mentales es invalidar, con sus drogas, encierros, palizas y shocks eléctricos. Los resultados están a la vista.

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Psicoanálisis e hipnotismo * 

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Otro de los errores fundamentales del Psicoanálisis ha sido su temprana dependencia del hipnotismo. El uso del hipnotismo denota una ansiedad de producir un efecto más allá del poder del individuo de producirlo con conocimientos y medios normales.

El hipnotismo no es otra cosa que la absurda creencia de que el paciente tiene que estar en un estado de coma antes de que se le pueda ayudar en algo. El médico clínico, el psicoanalista y el psiquiatra han sostenido por igual este principio.

Básicamente, una buena terapia debería despertar a la gente, hacerla más alerta, más capaz, más feliz, más competente. El hipnotismo es la antítesis exacta de esto. Los pacientes, después de la hipnosis, son manifiestamente menos capaces.

El uso continuo del hipnotismo y el uso de drogas hipnóticas para diagnosticar o sondear las profundidades de algún paciente, es una confesión de no saber las reglas generales de la vida.

Si uno no sabe estas reglas generales, mirará para cualquier lado en busca de alguna respuesta, aunque sea en el tacho de la basura.

El hipnotismo es precisamente esto. El hipnotismo no libera a las personas, hace esclavos. Es obvio, entonces, que estos fenómenos particulares de la mente deben ser desterrados para siempre de la sociedad y relegarlas como mero recuerdos de una etapa aberrada de nuestra civilización.

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Conclusiones

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Hemos demostrado que el Psicoanálisis es no sólo una terapia que no funciona sino que también es nefasta para la salud mental de cualquier ser humano.

La sola eliminación de los candados, por otra parte, como hace el Psicoanálisis, no devuelve a la persona todos sus poderes mentales, ni su memoria auditiva, visual, olfativa, gustativa u orgánica, ni su imaginación, y no aumenta específicamente su coeficiente intelectual.

¿Qué clase de sociedad es ésta en la que vivimos donde las meras suposiciones se aceptan como válidas aunque los hechos demuestren lo contrario?

Solamente una sociedad muy aberrada puede permitir la utilización de terapias que en lugar de liberar al hombre lo esclavizan y con frecuencia lo llevan a la muerte.

Ninguna terapia que desconozca la existencia de la mente reactiva y su aberrante mecanismo, así como la forma de eliminar de ella sus engramas, puede ser autorizada.

¿Dejaríamos una delicada computadora en manos de quienes desconocen su mecanismo?

¿Y acaso nuestra mente no es una delicada computadora que debemos cuidar con el mayor esmero posible?

Llegará el día en que la práctica del Psicoanálisis, junto con la del hipnotismo y la psiquiatría, sin olvidar también la prescripción de fármacos, será erradicada de la faz de la tierra y figurará en los códigos penales de todo el mundo como grave atentado a la salud pública.

La advertencia está hecha. Ahora le toca el turno a las autoridades competentes dar los pasos necesarios para erradicar para siempre de la sociedad este tipo de prácticas que degradan al ser humano

Debe tenerse en cuenta de que el hipnotismo no es el enemigo cuando se conoce Dianética, en cuyo caso puede utilizárselo eventualmente como terapia. Pero nuestra prevención se debe a que prácticamente los hipnotizadores desconocen la forma de eliminar una orden hipnótica que ellos mismos implantaron, creyendo que el tiempo la diluye. Nada más alejado de la verdad, porque el tiempo hace precisamente lo contrario, la potencia.

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LECTURAS COMPLEMENTARIAS

 

Apuntes sobre la mente humana XVI