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Leyendas urbanas XXXIV

El castigo

Grupo Elron
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WOODY ALLEN

Mis padres no solían pegarme; lo hicieron sólo una vez: empezaron en febrero de 1940 y terminaron en mayo del 43…

 

La paradoja del castigo es que a veces puede resultar muy estimulante…

 

Muchas veces es el propio azar el que se encarga de aplicarnos el condigno castigo a nuestras maldades…

 

 

El que nunca ha soñado con darle una paliza a alguien que tire la primera piedra…

Mis padres jamás me pegaron, me regalaron en cuanto nací…

 


HORACIO VELMONT

¿Si estoy en contra del castigo? A ver, déjenme pensar un poco…

JORGE OLGUÍN

El castigo reduce el poder analítico de quien lo recibe y esta reducción provoca a su vez la conexión de la mente reactiva y la grabación de engramas de impredecibles consecuencias, de modo que en ninguna circunstancia puede estar justificado. Aquellos psicólogos que afirman que una buena bofetada aplicada a tiempo puede resultar beneficiosa para el niño que ha cometido una travesura, lo hacen porque simplemente ignoran estos hechos.

 

 

 

EL QUID DEL CASTIGO

 

 

 

POR HORACIO VELMONT

 

 

 

SEGÚN LAS ENSEÑANZAS DE L. RONALD HUBBARD

 

 

 

A grandes rasgos, el castigo puede clasificarse en dos categorías: el que se impone en carácter de pena al que ha cometido un delito o falta y el que se practica como juego erótico o fantasía sexual.

 

Los psicólogos y todos los que han estudiado el tema no se han puesto de acuerdo sobre ninguno de los dos en cuanto a su validez, en algunos casos, y en cuanto a su “normalidad”, en otros, por lo que nosotros haremos el esfuerzo para tratar de dilucidarlos.

 

 

 

I

 

¿PORQUE TE QUIERO TE APORREO?

 

 

 

Si alguien tiene un perro y quiere enseñarle a que no haga determinadas cosas que se consideran malas, como por ejemplo orinar en la alfombra, bastará que en cuanto lo haga se le dé unos cuantos azotes.

 

Los animales tienen apenas un 5 % de mente analítica, siendo el resto, es decir, el 95 %, pura mente reactiva, de modo que cuando usted le pega al orinar en la alfombra le implanta un engrama cuyo contenido elemental es “orinar en la alfombra significa azotes y por lo tanto dolor”.

 

Como el mecanismo del engrama opera automáticamente, no es necesario que se le vuelva a pegar, porque en cuanto se acercara a la alfombra la mente reactiva reaccionaría y le haría sentir el dolor de los azotes y obviamente alejarse de ella.

 

Si su perro orinara en la alfombra y en cambio usted tratara de hacerlo “razonar” explicándole que esas cosas no se hacen allí, o que se trata de un recuerdo de su madre o cualquier otra cosa parecida, quizás él “deduzca” que usted se puso contento con lo que hizo y entonces lo volverá hacer… hasta que empiece a recibir más azotes y menos explicaciones, si se entiende lo que quiero decir.

 

Pero el castigo aplicado con éxito al perro no resulta de la misma manera con los seres humanos, porque los seres humanos tienen algo que se llama “libre albedrío” y condenadamente se oponen a cualquiera que se lo quiera quitar.

 

Claro está que se puede castigar a alguien al punto de transformarlo en un perro para que obedezca dócilmente las órdenes, pero no se trata de algo fácil de lograr porque el hombre no se doblega como un animal.

 

También podría operársele el cerebro de modo que diga “guau” a cualquier orden que se le dé, pero el corte tendría que ser muy preciso como para lograr algo semejante.

 

Es posible que a estas alturas algún lector trajera a colación los experimentos de Pavlov con perros y su famoso “condicionamiento”.

 

Veamos que dice al respecto Ron Hubbard en su libro “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental”, en el capítulo denominado “Activando el engrama”:

 

 

 

Si el condicionamiento existiera como mecanismo de dolor y tensión, la humanidad estaría en muy malas condiciones. Afortunadamente un condicionamiento así no existe. Parece existir, pero la apariencia no es el hecho.

 

Uno podría pensar que si una criatura fuese golpeada e insultada diariamente, al final estaría condicionada a la creencia de que la vida era así y que lo mejor era volverse contra ella.

 

Sin embargo, el condicionamiento no existe. Pavlov pudo haber sido capaz de volver locos a perros mediante la repetición del experimento; esto simplemente fue mala observación.

 

Los perros podrían ser entrenados para hacer esto o aquello. Pero esto no era condicionamiento. Los perros, cuando enloquecían, enloquecían porque les implantaban engramas.

 

El niño, al que diariamente se le dice que no sirve para nada, y que aparentemente empezó a decaer sólo a causa de eso, decayó únicamente debido al engrama.

 

 

 

El engrama, no está de más reiterarlo, es un mecanismo que no piensa sino que simplemente reacciona en forma automática ante un estímulo determinado, de modo que quien quiera explicar sus “razones” fracasará irremisiblemente.

 

Veamos qué dice al respecto Ron Hubbard en el mismo libro y en el mismo capítulo:

 

 

 

Un engrama nunca se “computa”. Un ejemplo de esto, a nivel de ligera aberración, se puede encontrar en el castigo de un niño. Si uno examina una infancia en la que el castigo ha sido corporal y frecuente, empieza a comprender la total futilidad de la teoría de “la obligación por el dolor”.

 

El castigo, real, literal y enfáticamente, no hace bien de ningún tipo, sino que logra todo lo contrario, ya que ocasiona una rebelión reactiva contra la fuente del castigo, y es probable que cause no sólo la desintegración de la mente, sino también un continuo tormento para la fuente del castigo.

 

El hombre reacciona para luchar contra las fuentes del dolor. Cuando deja de luchar contra ellas está mentalmente abatido y es de poca utilidad para nadie y mucho menos para él mismo.

 

Tomemos el caso de un niño al que le pegaban con un cepillo cada vez que era “malo”. Al investigar este caso, el más minucioso interrogatorio no consigue revelar ningún recuerdo vivido de por qué se le castigó, sino solamente que se le castigó.

 

El desarrollo del suceso sería algo así: actividad más o menos racional- miedo ante la amenaza del castigo- castigo-tristeza por el castigo-actividad de nuevo.

 

La mecánica del caso demostró que la persona estaba ocupada con alguna actividad que era para ella una actividad de supervivencia, tanto si otros lo consideraban así como si no, que le proporcionaba placer o beneficios reales o incluso la afirmación de que podía sobrevivir y sobreviviría.

 

En el momento en que se le amenaza con el castigo, entran en restimulación, como engramas menores, viejos castigos que generalmente descansan sobre engramas mayores; esto suspende el poder analítico en cierta medida, y el registro se hace ahora a nivel reactivo; el castigo tiene lugar, sumergiendo la conciencia analítica de modo que el castigo se registre únicamente en el banco de engramas; la tristeza que le sigue está todavía en el período de suspensión analítica; el analizador (la mente analítica) se conecta gradualmente; vuelve la conciencia plena y entonces puede continuar la actividad en un plano analítico.

 

Todo castigo corporal sigue esta secuencia, y todos los demás castigos son, como mucho, candados (incidentes superficiales, más o menos dolorosos, a nivel conciente, como una cachetada) que siguen este mismo modelo, a los cuales sólo les falta la suspensión analítica completa que resulta del dolor.

 

Si el analizador quiere estos datos para computar, no están disponibles. Hay una reacción en la mente reactiva cuando se aborda el asunto. Y no hay entre el cielo y la tierra garantía ni método alguno para saber qué dirección seguirá la mente reactiva con los datos, excepto conocer todo el banco de engramas; y si se conoce eso, la persona se podría aclarar con unas pocas horas más de trabajo y no necesitaría ningún castigo.

 

La manera totalmente impredecible que tiene la mente reactiva de manejar los datos hace del castigo corporal algo inestable y no fiable.

 

Existe una proporción que se puede probar y comprobar en la experiencia de cualquier hombre: un hombre es perverso en proporción directa a la destructividad que se ha dirigido contra él.

 

Un individuo –incluyendo a aquellos individuos que la sociedad suele olvidar como individuos: los niños– reacciona contra la fuente del castigo, tanto si esa fuente son los padres como si es el gobierno. Cualquier cosa que se enfrente al individuo como fuente de castigo será considerada, en mayor o menor grado (como lo es en proporción a los beneficios), como blanco para las reacciones del individuo.

 

Los pequeños derrames accidentales del vaso de leche de los niños, ese ruido que ocurre accidentalmente en el pasillo donde ellos están jugando, ese pequeño destrozo accidental en el sombrero de papá o en la alfombra de mamá, todas éstas son, frecuentemente, acciones frías y calculadas de la mente reactiva contra las fuentes del dolor.

 

La mente analítica puede condescender respecto al amor, al afecto y a la necesidad de tres comidas abundantes. La mente reactiva recita todas las lecciones que ha aprendido, y al diablo con las comidas.

 

Si dejáramos una calculadora en manos de un idiota para que hiciera una auditoría en los libros de la compañía, y le permitiéramos que no dejase que el auditor contable tocara la maquinaria ni los datos que ha de tener para obtener respuestas correctas, poco es lo que se conseguiría en forma de respuestas correctas.

 

Y si se siguiera alimentando y engordando al idiota, haciéndolo poderoso, la compañía tarde o temprano iría a la ruina.

 

La mente reactiva es el idiota, el auditor contable es el “yo” y la compañía es el organismo. El castigo alimenta al idiota.

 

El impotente asombro de la policía acerca del “criminal reincidente” (y la creencia policíaca en el “tipo criminal” y en la “mente criminal”) se produce mediante este ciclo.

 

Por una u otra razón, la policía, como los gobiernos, se ha identificado con la sociedad. Elige a cualquiera de estos “criminales”, aclárale y la sociedad recupera un ser racional de los que no le sobre ninguno. Mantén en marcha el ciclo del castigo, y las prisiones se harán más numerosas y estarán más llenas.

 

El problema del niño que provoca a sus padres mediante “negándolo” y el problema de “Jimmy el Bola” que revienta a un policía bancario durante un atraco a mano armada, provienen del mismo mecanismo.

 

El niño, examinado a un “nivel consciente”, no es consciente de sus motivaciones, sino que presentará diversas justificaciones para su conducta.

 

Cuando a “Jimmy el Bola”, que está esperando que esta sociedad tan sensible le ate con correas a una silla eléctrica y le aplique una “terapia” de electrochoque que le hará cesar y detenerse para siempre, se le examine para buscar sus causas, enunciará múltiples justificaciones para explicar su vida y su conducta.

 

La mente humana es una maravillosa máquina de computar. Las razones que puede aducir para explicar los actos irracionales ha asombrado a todo el mundo, y en particular a los asistentes sociales.

 

Sin conocer la causa y el mecanismo, las probabilidades de llegar a una conclusión correcta comparando todas las conductas disponibles son tan remotas como ganarle a un chino en el juego del fantán (juego de apuestas chino en el que los jugadores hacen apuestas sobre el número de piezas que quedarán cuando una pila oculta de ellas sea dividida por cuatro).

 

De ahí que los castigos hayan continuado como la respuesta confusa de una sociedad muy confundida.

 

 

 

Creo que no es necesario ahondar más en este asunto, después de estas más que claras explicaciones de Hubbard, para darse cuenta de la inutilidad del castigo, porque si después de su aplicación alguien obedece, eso sólo significa que ha sucumbido hundiéndose en la apatía, siendo su valor de ahí en adelante, para sí mismo y para la sociedad, prácticamente nulo.

 

Si se trata de un niño el que sucumbe al castigo, su valía sería tan insignificante que los espartanos lo hubieran ahogado hace mucho. Y esto lo digo porque en Esparta, ciudad de la antigua Grecia, sólo permitían que un niño viviera si mostraba que podía convertirse en algo valioso para el Estado.  

 

 

 

II

 

EL CASTIGO ERÓTICO

 

 

 

Sigmund Freud se mostró sumamente perplejo frente a las conductas masoquistas, reflejándolo así en “El problema económico del masoquismo” (1924):

 

 

 

“La existencia de una tendencia masoquista en la vida instintiva de los seres humanos puede ser correctamente descripta como misteriosa desde el punto de vista económico. Pues si los procesos mentales son gobernados por el principio del placer de modo tal que su principal objetivo es evitar el desplacer y la obtención del placer, el masoquismo es incomprensible. Si el sufrimiento y el desplacer pueden no ser simplemente advertencias, sino, en realidad, objetivos, el principio del placer es paralizado: es como si el vigía de nuestra vida mental fuera colocado fuera de acción por una droga”

 

 

 

La pregunta clave en esta cuestión del masoquismo es: ¿Cómo es posible que alguien pueda sentir placer a través del sufrimiento, si el dolor, como pauta, es desagradable porque justamente sirve para alejarnos de un peligro?  

 

Si uno pone inadvertidamente la mano cerca del fuego, por ejemplo, el dolor de la quemadura hace que uno la retire inmediatamente a fin de evitar un daño mayor.

 

El masoquista, sin embargo, no sólo no huye del dolor, sino que va gozoso hacia él.

 

Hemos encontrado en la Red un texto interesante sobre este asunto que merece ser tenido en cuenta para analizarlo (http://www.ecstagony.com/spa/info/artgen/puedegust.htm):

 

 

 

¿Se puede disfrutar con el dolor?

 

Pregunta: ¿Como puede una persona normal aceptar que le produzcan dolor y hasta encontrarlo excitante, como pasa en los juegos de BDSM? (en inglés, bondage [ligaduras, de bonds, cadenas), discipline [disciplina], domination [dominación], submission [sumisión], sadism [sadismo] y masochism [masoquismo]).

 

Respuesta: nadie disfruta el dolor por el dolor en sí, ni lo busca por placer, pero...

 

Vamos a estudiar la bioquímica del dolor, y la forma en que lo percibimos.

 

 

 

La bioquímica del dolor.

 

Los juegos de BDSM suelen incluir un elemento de (falsa) agresión que obtiene dos resultados físicos que se basan en la bioquímica. Primero, por más que uno sepa intelectualmente que es fantasía, que no va a ser lastimado y que no corre peligro, el cuerpo reacciona igual que ante una amenaza real. Los latidos del corazón se aceleran, la respiración también, y uno siente toda la sensación del peligro. Y esa reacción se produce porque, ante la amenaza percibida, el organismo segrega adrenalina para preparar al cuerpo para luchar o para huir.

 

Y la sensación de alerta y la euforia provocada por la adrenalina es agradable y está en la base de muchos otros placeres humanos. Es la reacción del cuerpo que el hombre busca en los deportes de riesgo. Y no sólo en los deportes extremos. Se siente al bajar una cuesta en esquís, o al andar rápido en bicicleta, o en el momento de mayor tensión en un partido de cualquier deporte. También se basa en la adrenalina la atracción por las montañas rusas y las películas de terror.

 

Pero hay más. Ante el dolor, el organismo segrega otras substancias de efectos agradables que son las endorfinas. La finalidad de las endorfinas es la de aliviar el dolor después de que éste cumplió su función, y además son estimulantes y afrodisíacos. Son analgésicos naturales, y son la causa de que muchas drogas produzcan efecto. La morfina y otros opiáceos funcionan porque son parecidas a las endorfinas y se conectan a las terminales nerviosas de la misma forma y cumpliendo la misma función que éstas. Sólo que las endorfinas, diseñadas específicamente para esto, tienen un efecto mucho más poderoso.

 

La adrenalina y las endorfinas hacen que cambie la percepción del dolor. Se puede soportar mucho más, y golpes que serían dolorosos en otras condiciones apenas se sienten  (recuerden los moretones causados por los besos en el cuello, que muchas veces aparecen sin que el sujeto recuerde cómo ocurrió).

 

Una paliza erótica, que debería comenzar suave y lentamente e ir incrementando de a poco la intensidad para dar tiempo a actuar a la adrenalina y a las endorfinas, produce el mismo efecto que drogarse. Si todo se hace bien, el castigado entrará en un estado que se ha llamado el “sub-space”, el sub-espacio ( o mejor, el espacio del “sub”, del sumiso), que es equivalente a la excitación producida por las drogas, y que ha sido comparado también al éxtasis religioso. Se pierde el contacto con la realidad, se deja de percibir el dolor, y uno se siente flotando, en paz con uno y con el universo.

 

Pero aun sin llegar a ese estado de éxtasis, que no es fácil de conseguir, el castigado siente la euforia provocada por la adrenalina y las endorfinas. 

 

Así que, si bien la mayoría de la gente que conozco no disfruta del dolor en si mismo, mucha gente disfruta a consecuencia del dolor.

 

 

 

Estas explicaciones, a pesar de su validez, no remiten al origen del masoquismo, porque el masoquismo es el resultado de otra causa más profunda: la mente reactiva y los engramas. Y ésta es la razón de que no todos se sientan impulsados a esta práctica.

 

El sadismo y el masoquismo están originados en engramas que inducen a sentir placer a través del sufrimiento ajeno o del propio.

 

La prueba de ello está en que un clear (en Cienciología es alguien que no tiene en su mente reactiva engramas que condicionen compulsivamente su conducta), nunca necesitaría  atormentar a nadie, ni menos aún atormentarse, para sentir placer e incluso llegar al orgasmo.

 

En cuanto a la “normalidad” de las prácticas masoquistas o sádicas, todo depende del tipo de práctica y de quienes participan, ya que en el plano físico, por lo menos, los absolutos son inobtenibles.

 

No obstante, se podría sostener válidamente que este tipo de castigos serían normales mientras no implanten engramas, recordando que no sólo reciben engramas quienes “sufren” el castigo, sino también quienes los aplican, aun con el consentimiento de su “víctima”.

 

Pero para saber si en determinada sesión de castigos eróticos hubo algún implante de engramas habría que recurrir al chequeo del E-Metro, que como todos saben es un aparato que mide la carga que existe en un engrama.

 

Para hacerle conocer a la persona cómo es un engrama y cómo funciona el E-Metro, en las organizaciones de Cienciología se utiliza la técnica de pellizcarlo suavemente en el brazo para luego pedirle que tome las latitas del aparato y recuerde el momento en que se le pellizcó.

 

Al retroceder mentalmente hasta allí se puede observar que la aguja del E-Metro marca la carga engrámica del pellizco.

 

Si un suave pellizco, aun consentido, instala un engrama, que cada uno saque sus conclusiones sobre los implantes que puede haber en una sesión de masoquismo o sadismo, aun consensuado.

 

Desde ya que el implante de uno o varios engramas no significa necesariamente que tarde o temprano se restimularán, ya que hay infinidad de engramas que nunca se restimulan porque en el medio ambiente nunca apareció un ningún restimulador para activarlo, pero el riesgo siempre existe.

 

Y ésta es toda la simple historia de este asunto.

 

 

 

Referencias.

 

 

 

El castigo físico: http://www.grupoelron.org/quees/epdlsliv_castigofisico.htm 

 

 

 

El sadismo: http://www.grupoelron.org/quees/epdlslvi_sadismo.htm  

 

 

 

Las parafilias: http://www.grupoelron.org/quees/epdlslxvi_parafilias.htm  

 

 

 

La mente reactiva automática:

 

http://www.grupoelron.org/autoconocimientoysalud/lamentereactivaautomatica.htm 

 

 

 

Azotainas eróticas y castigos similares: http://www.ecstagony.com/spa/info/artgen/esnomal.htm

 

 

* Advertencia: Dianética y Cienciología son marcas registradas y aquí se las menciona exclusivamente con fines informativos y de difusión. El Grupo Elron es una organización independiente sin fines de lucro, políticos o religiosos, y la distribución del material es totalmente gratuita. Para información sobre marcas registradas: http://www.scientology.org/en_US/feature/legal/trademark.html


Dianética y Cienciología han sido complementadas por el profesor Jorge Olguín mediante las técnicas de Psicointegración y Psicoauditación