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La conspiración escéptica
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Cierta vez se reunieron los peces más temerosos de la pecera y se confabularon para negar la existencia del gato: todo pez que sostuviera que el gato es el culpable de la desaparición de los peces sería anamatizado y ridiculizado de todas las formas posibles. ¿Cómo pudieron acordar algo tan absurdo? Simplemente porque un pez propuso la teoría de que si negaban al gato éste no podría existir… Había nacido en el mundo de la pecera la “política del avestruz”.
¿Qué es esa tontería de los viajes en el tiempo? En el mundo de la superficie sucedió algo parecido al mundo de los peces: a lo largo de la historia siempre existieron los negadores de los nuevos postulados. A Jesús lo crucificaron, no por ser sedicioso –ésta fue la excusa–, sino porque su doctrina de un Padre amoroso chocaba con las ideas de la época de un dios castigador (Jehová). Los miembros de la Academia de Ciencias francesa se burlaban de los campesinos cuando éstos afirmaban que del cielo caían piedras. Los colegas de Harvey se reían de él cuando les hablaba de la circulación sanguínea…
Los escépticos son incapaces de armar el rompecabezas y entonces optan por negar los hechos más evidentes utilizando el argumento pueril de “pruébenmelo”, pero ¿cómo se le prueba a un ciego que los colores existen, y más si es de los “ciegos que no quieren ver”? Más información en “¿Ver para creer?”.
No tiene cerebro, debe ser un escéptico… Para los escépticos todo se reduce a explicaciones simplistas: fotos trucadas, muñecos y alucinaciones… Más información en “Interrogatorio a extraterrestre”; en “Abducciones extraterrestres”; en “Incidente Roswell”.
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¿LA IGNORANCIA AL PODER? por HORACIO VELMONT Existen algunas personas que utilizan la técnica de menoscabar a todos aquellos que aportan algo a la humanidad, para hacerla más instruida, porque saben que el ignorante puede ser manipulado mientras que el sabio no. Además, su complejo de inferioridad y su temor es tan grande que no les permite aceptar que haya otros más capaces o más fuertes que ellos. Y así vemos que la historia de la humanidad está tradicionalmente jalonada por los ataques de los "eruditos" de turno -hoy se llaman a si mismos "escépticos"- contra todos los postulados de aquellos que tuvieron la osadía de adelantarse a su época. No estamos en contra del escepticismo del científico que parte sanamente de una desconfianza positiva para investigar el fenómeno. Estamos en contra del escepticismo cómodo que siempre niega sin nunca tomarse el trabajo de investigar, dejándole el esfuerzo al otro, basándose arteramente en el sofisma de que "el que afirma es el que debe probar, no el que niega". Éste es el criterio que adoptan los escépticos para nunca postular nada nuevo, porque así nunca se exponen a equivocarse. ¡El riesgo siempre lo corren los otros! Por eso es engañosa la premisa de que el que afirma es el que debe probar, ya que los escépticos astutamente nunca afirman nada. Bueno, hay que reconocer que si bien no son valientes -el pionero siempre lo es- tampoco son tontos, pues como Poncio Pilatos optan por lavarse las manos antes que afrontar el riesgo de proponer algo nuevo. ¿Cuántos siglos los "eruditos" de turno en cada época atrasaron a la humanidad con sus obtusas -e incluso interesadas-negaciones? Quizás nunca lo sabremos, pero por lo menos será bueno recordarlos para que queden en el oprobio, de la misma forma que en el futuro quedarán los escépticos de hoy.
1. Negación del origen infeccioso de la fiebre puerperal.
Cuando Ignaz Philipp Semmelweis diagnosticó que la fiebre puerperal era de origen infeccioso, los médicos y estudiantes para burlarse de él se lavaban prolongadamente las manos antes de tratar a las parturientas. Semmelweis había nacido en 1818 en Ofen, una ciudad de Hungría con una gran población alemana. Murió en Viena en 1865. Estudió medicina en Viena y Pest y a los 28 años de edad fue nombrado asistente de la primera clínica ginecológica de Viena. Desde hacía un año el profesor de clínica era Skoda y el de anatomía patológica, Rokitanksky. La clínica vienesa florecía. Pero la fiebre puerperal hacía estragos, y curiosamente la mortalidad de las puérperas era mucho mayor en la primera clínica que en la segunda: 10% frente a 3%. Y otra diferencia: a la primera clínica concurrían estudiantes de medicina y a la segunda, no. Los estudiantes iban allí a asistir los partos, pero lo hacían después de haber estado disecando cadáveres en el pabellón de anatomía. Diversas razones se daban para explicar aquella diferencia: la angustia que causaba el sonido de la campanilla del acólito que precedía al sacerdote cuando éste se dirigía allá para administrar los sacramentos a las moribundas; la vergüenza que sentían las mujeres ante los estudiantes, y cosas por el estilo. Semmelweis sabía que esas razones eran patrañas, pero no así cuál era la naturaleza de la fiebre puerperal. El hecho decisivo fue la muerte de su amigo Kolletschka, profesor de medicina legal: al hacer una autopsia un discípulo lo pinchó en un dedo. Murió con los mismos síntomas que los de la fiebre puerperal. Semmelweis demostró metódicamente que las razones que se esgrimían eran falsas -hizo una rigurosa confrontación de hipótesis tal como se hubiera hecho hoy día- y descubrió que la causa estaba en el material putrefacto de las manos de los estudiantes. Visionariamente estableció, entre otras medidas, el lavado de manos de los estudiantes con agua de cloro. La mortalidad bajó y lo hizo a cifras menores que las de la segunda clínica y las de las parturientas callejeras. Defendió con vigor su descubrimiento y la salud de sus pacientes. "Hay que terminar con la matanza", escribió. Pero la resistencia y hostilidad de sus colegas fueron grandes. El mismo fue amenazado. Lleno de amargura dejó la clínica, su mente se alteró, y su vida terminó en un asilo... por una septicemia. Su única obra se publicó en 1861: Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal . 2 . Negación de la circulación de la sangre.
Los más acreditados médicos del mundo quedaron indignados cuando Harvey aseguró que había descubierto la circulación sanguínea. William Harvey (1578-1657) fue un médico inglés que descubrió la circulación de la sangre y el papel del corazón en su propulsión, refutando así las teorías de Galeno y sentando las bases de la fisiología moderna. Nacido el 1 de abril de 1578 en Folkestone, Kent, Harvey se graduó en artes en el Gonville and Caius College de la Universidad de Cambridge, en 1597. Viajó a Padua, Italia, donde estudió durante cinco años con el famoso anatomista Fabricio, que estudiaba ya las válvulas de las venas. Tras doctorarse en medicina en 1602, regresó a Inglaterra y ejerció su profesión en la zona de Londres. Fue elegido miembro del Colegio de Médicos en 1607 así como responsable del Saint Bartholomew's Hospital. Reconocido como uno de los doctores más ilustres de Inglaterra, fue nombrado médico extraordinario del rey Jacobo I Estuardo, al que atendió en su última enfermedad, y médico personal de su hijo, Carlos I de Inglaterra. Desde 1615 a 1656 fue conferenciante en Lumleian en el Colegio de Médicos. Ya en 1616 mencionaba en sus conferencias la función del corazón, y cómo éste impulsaba la sangre en un recorrido circular. Llegó a estas conclusiones no sólo a través de una larga serie de disecciones, sino también gracias a sus estudios sobre el movimiento del corazón y la sangre en una gran variedad de animales vivos. La precisión de sus observaciones estableció un modelo para futuras investigaciones biológicas. Presentó formalmente sus hallazgos en 1628, año en que fue publicada su obra Exercitatio Anatomica de Motu Cordis et Sanguinis in Animalibus (Ensayo anatómico sobre el movimiento del corazón y la sangre en los animales). En esta trascendental obra explicaba el método experimental y ofrecía una precisa descripción del mecanismo del aparato circulatorio. Debido a que carecía de microscopio, la única parte importante del proceso que omitió fue el papel desempeñado por los capilares. No obstante, postuló su existencia, confirmada no mucho después por el italiano Marcelo Malpighi. De Motu Cordis hizo que Harvey sufriera duras críticas por parte de algunos de sus coetáneos, aunque éstas se vieron ampliamente compensadas por el posterior reconocimiento del valor de sus aportaciones. Sus investigaciones en el campo de la embriología quedaron reflejadas en Exercitationes de Generatione Animalium (Ensayos sobre la generación de los animales). Fue nombrado presidente del Colegio de Médicos en 1654, pero declinó dicho honor a causa de su delicada salud. Murió el 3 de junio de 1657, en Londres.
3. Negación de que pudieran caer piedras del cielo. Lavoisier, químico por excelencia y científico consagrado, negó la posibilidad de que cayesen piedras del cielo -hecho además ya mencionado en la Biblia-, y la propia Academia de Ciencia francesa, en 1878, prohibió que se tratase un asunto "tan ridículo". El naturalista francés Cuvie, por su parte, afirmaba: "Las piedras no pueden caer del cielo, porque en el cielo no hay piedras", hasta que en 1803, cayeron unas 2000 piedras del cielo en un pueblo de Francia, corroborando lo que durante mucho tiempo se tomó como una fábula de campesinos.
4. Negación de que una máquina más pesada que el aire pudiera volar.
"La demostración de que no hay combinación alguna de sustancias conocidas, maquinarisa conocidas y fuerzas conocidas por medio de la cual pueda formarse una máquina práctica que dé al hombre la capacidad de volar, me parece tan completa como puede serlo la demostración de cualquier fenómeno físico". Esto lo dijo el astrónomo Simon Newcomb, poco tiempo antes del primer vuelo de los hermanos Wrigth.
5. Negaciones varias.
Para no abrumar con tantas explicaciones sobre las estúpidas -¿de que otra forma podríamos llamarlas?- negaciones de los escépticos de turno, podemos sintetizarlas así: El famoso Magendi negó la posibilidad de la anestesia quirúrgica; todos los miembros de las academias de la época de Pasteur negaban la acción de los microbios en la patogenia; Bouillard declaró que la telefonía no pasaba de ser ventriloquia; la idea de que el agua pudiese elevarse por medio de tubos hacia lugares más altos fue considerada una verdadera locura por el famoso P. S. Girard, que no sospechaba el descubrimiento de las actuales bombas hidroeléctricas, y aun manuales, que elevan el agua a grandes alturas; la ciencia se divirtió muchísimo cuando el doctor Dunlop concibió la idea de hinchar con aire las ruedas de caucho, lo que, para vergüenza de la sabiduría positiva de aquel tiempo, consagró a su autor en la industria de neumáticos modernos; J. Muller, de indiscutible cultura científica, negó que se pudiese medir la velocidad de la corriente nerviosa. Cabe recordar también los crímenes cometidos por la Inquisición, tachando de herejes -entre ellos a Galileo- a quienes rebatían la Teoría Geocéntrica de Ptolomeo, ubicando a la religión como contraria al conocimiento, a Giordano Bruno, quemado en la hoguera por sostener la pluralidad de los mundos habitados. Parecería que la historia consiste en que algún visionario proponga algo para que otro, incapaz de ver un duende ni aunque se le pare en la punta de la nariz, lo niegue. ¿Cualquier semejanza con los escépticos actuales es pura coincidencia?
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