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El Dragón de Aldebarán IV

Grupo Elron

 

De Jorge Olguín, 25/9/06

El Caballero se acercaba al final de su destino. Al terminar el recorrido por ese bosque tan tétrico, pudo ver a lo lejos una entrada oscura, una cueva seguramente…

Meditaba sobre sus últimas vivencias. Había compartido una batalla con Ligor, que era una leyenda viviente.

Él no manejaba tan bien la espada como aquel guerrero, pero se consideraba lo bastante astuto para enfrentar con éxito al dragón. Quiso azuzar a su monta, pero el hoyuman se irguió en dos patas, soltando un temeroso relincho.

El Caballero frenó el trote del fiel animal. Su corazón se agitó ante la visión estremecedora de la criatura milenaria… vio ante sus ojos al terrible dragón.

El dragón era una bestia magnifica, era un ser de monstruosas proporciones, quince metros de la cabeza a la cola, y las alas, al desplegarse, podían abarcar a diez hombres. Al caminar, la roca mas dura se desmoronaba a su paso y al iniciar el vuelo mostraba su figura imponente. Pero lo más escalofriante era ver sus tres cabezas, soplando de sus narices un vapor hirviente.

La primera cabeza era guiada por sus impulsos, buscaba solamente su autosatisfacción y la pronta obtención de gratificaciones, era una criatura casi incontrolable regida por la necesidad de satisfacción, por el saciar su apetito voraz.

La segunda cabeza era, en cambio, la que le permitía al dragón conocer su realidad; mostraba las oportunidades y límites que tenía el dragón en su entorno, así que esta cabeza limitaba las gratificaciones de la primera solo a situaciones oportunas en donde su integridad no fuera a estar comprometida.

La ultima cabeza era una cabeza dominante, que estaba atenta de las reglas sociales de la manada de dragones, parecía tiránica y malvada, porque reprimía a la primera cabeza y dominaba sobre la segunda, pero su función era tan importante que sin ella la convivencia de los dragones hubiera sido imposible y hace tiempo se habrían matado unos a otros en su instinto voraz.

El dragón parecía invencible como si ningún metal pudiera traspasar esa piel tan dura, que aparentaba haber sido templada durante cientos de años. ¿Qué espada podría vencer tan fiera bestia? Tanto pesaban las leyendas que el Caballero dio un paso hacia atrás y mantuvo su escudo en alto.

Entonces, utilizando su astucia innata, una idea le vino a su mente y asintió con gran seguridad. Fue adonde el dragón y llegó sigilosamente hasta la primera cabeza, y le murmuro al oído todos los placeres que el mundo le ofrecía y cómo las demás cabezas le impedían su propósito. Le incitó a seguir sus instintos y devorar todo a su paso. Inmediatamente llego hasta la tercera cabeza y también le habló bajo al oído, esta vez expresó a esta lo grande que era, al poder controlar a las otras dos cabezas, y que era inminente que mantuviera un control autoritario sobre las otras. Entonces comenzó una discusión entre las cabezas, que desencadenó en una feroz pelea entre estas. La segunda cabeza, no pudiendo controlar a las otras dos, se desplomó y se dejó devorar. Las otras dos cabezas se destrozaron entre ellas y ese fue el fin de esa gran criatura.

El no poder controlar sus impulsos y el ser altamente reprimido, no le permitió al dragón el control sobre si mismo y esa fue la causa de que pereciera de tal forma.

El Caballero siguió camino montado en su hoyuman, pensando socarronamente que los dragones tienen el ego multiplicado por tres… y esa era su gran debilidad. Sumado a esto, la astucia del Caballero pudo más que cualquier espada.

Sonriendo hacia adentro, aceleró la marcha de su montura. Pronto llegaría al poblado…