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Psicoauditación - Daniela

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión 08/07/2020


Sesión 08/07/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Daniela

La entidad relata una vida en Gaela y tenía poco aprecio por ella misma. Esto hacía que cargara sobre los demás la responsabilidad de ser sociable, comunicativa, agradable. Afortunadamente le brindaron apoyo y afecto. Pero tendría que trabajar su autoestima.

 

 

Sesión en MP3 (3.524 KB)

 

Entidad: En distintas vidas siempre he sido acomplejada. Pero quiero recordar una vida muy distante en el tiempo. Mi nombre era Margit -se escribía sin la 'u'-, hija de Rebeca y Acsaba.

 

Mi padre trabajaba en la construcción. Éramos oriundos del pueblo de Vatsvari, un pueblo apartado del centro de Mágar. La gente era bastante pobre pero mi padre por lo menos tenía buen trabajo en la construcción aunque lo desgastaba mucho. Cuando venía por las noches miraba sus manos con callosidades, a veces lastimaduras. Madre le preparaba una sopa caliente y luego un segundo plato.

 

De pequeña iba a una escuela donde las niñas me miraban como con desprecio, o quizás eso pensaba yo. ¿Y qué hacía? Me recluía más dentro de mí misma . Y a veces ponía gestos de desprecio para con ellas.

Una vez, una compañera, Ebik, me dijo:

-Margit, ¿por qué eres tan odiosa?

-¡Ja, ja, ja! ¿Odiosa yo?, me miran como si mi familia fuera indigente, como si yo fuera una pobre estúpida.

-Nadie te mira así, es tu imaginación. Y con la cara de odiosa que pones nadie se te va a acercar -comentó Ebik. Y se marchó. Ahora resulta que la culpa la tenía yo.

 

A los diez años mi padre llega a casa contento.

-La empresa me cambia de lugar, vamos a dejar de rentar acá y vamos a tener nuestra propia casa.

Mamá Rebeca le dice:

-¿Qué pasa, Acsaba?

-Nos mandan a la central, a Cáposta. -Yo temblaba. ¡Cáposta! Cáposta era una ciudad enorme, con calles empedradas, había tranvías, tranvías eléctricos...

 

Yo era niña, no pensaba en que papá Acsaba ganaría el doble o más de lo que ganaba en Vatsvari. Pero Cáposta me asustaba, la ciudad más grande en Mágar.

Y pensaba en mí. Y le dije a mamá Rebeca:

-¿Y con la escuela?

-Ya está arreglado, mañana iré a pedir un certificado de estudios. De todas maneras no nos vamos todavía, esperamos que termine el curso y empiezas el próximo grado en la otra escuela.

 

Y pasaron los días y las semanas. Había un camión de mudanzas que se llevó los pocos muebles que teníamos. Mamá y yo viajamos adelante con el chofer y atrás papá con uno de los peones que ayudaba a cargar y a descargar los muebles. Un viaje que me pareció larguísimo, de más de tres horas. Miraba por la ventanilla y veía las calles de Cáposta, la gente mejor vestida...

¿Cómo me comportaré en esta escuela, haré amigas?

Y nos instalamos. Era una casa mucho más cómoda, de planta baja. Tenía por fin una habitación para mí sola.

Recuerdo que papá compró una segunda radio y la dejó en mi habitación:

-Para cuando vengas de la escuela, si quieres escuchar alguna radio-novela. -Tenía que estar contenta.

 

Pero tenía pánico cuando empezaran las clases en el nuevo curso. Pero no, la escuela era más humilde de lo que yo pensaba, las compañeras también, pero claro, yo era la nueva. Me ignoraban, dos o tres de las veinticinco me hablaban. Recuerdo que una de ellas, Sari, me dijo:

-Margit, pones cara como de enojada, da la impresión como que tuvieras mal genio.

-Es que yo no tengo mal genio, es que mira, mira, me tratan como la nueva, mira como se apartan.

-Nadie se aparta, no te conocen. Tú tampoco saludas a nadie, te cortas sola.

-¿Pero no son ellas las que tienen que venir a recibirme?

-¿Y por qué? ¿Y por qué tú no te puedes presentar?

-Bueno, ya la maestra en el grado me hizo presentar y vi que algunas se reían cuando dijeron que mi familia era de Vatsvari, un poblado marginal.

-Nadie se rió, está en tu imaginación. Mis abuelos eran de una ciudad de frontera y sin embargo jamás tuve complejos con eso.

 

Y me fui... no sé si adaptando, creo que resignando. No era tan fuerte como para adaptarme, me resigné, me dejé llevar por la corriente. Y fui aplicada y estudiosa y terminé con altas notas la escuela primaria.

Luego llegué a la secundaria. La secundaria me pareció bastante difícil, las niñas las veía como más..., ¿cómo podría explicarlo?, más sueltas, más distintas. Flirteaban con los varones, vi que algunas incluso se besaban con algunos de los compañeros. ¡Qué atrevidas, qué atrevidas! Quizá yo tenía baja estima.

Había un joven llamado Tíbisen de apellido, delgadito. Muchos varones se burlaban de él porque lo veían como... como tonto. Y se acercaba a mí y me conversaba y yo me sentía cómoda con él. ¿Pero no sería que me sentía cómoda porque lo veía como un igual?, ¿como que a él también lo despreciaban y entonces por eso nos sentíamos como compatibles? Él también cómodo conmigo. Y así estuve casi toda la secundaria.

 

Hasta que en el último año, Tíbisen tuvo una enfermedad pulmonar y empezó a faltar, a faltar, a faltar. Luego un comunicado de rectoría explicando que nuestro compañero no se había recuperado, había fallecido. Sentí como un dolor tremendo, como un vacío tremendo. Tenía como odio, como... Digo "¿Pero será posible?, las mejores personas nos abandonan".

 

Nievike también había estudiado en la facultad, y le dije:

-Mira lo de Tíbisen, las mejores personas nos dejan.

-¿Nos dejan? -repitió-, ¿nos dejan, Margit? Se van. ¿Era de tu propiedad para decir nos dejan?, ¿era parte tuya?

-Era un gran amigo -le dije.

-Pero no me parece decir "Nos dejan", es como una demanda. -Me molestó su censura.

-Es una muerte y da pena.

Nievike me dijo:

-Me da la impresión que no te apena su muerte, te apena tu soledad porque nadie más de los varones te hacía caso.

-¡Y qué! -le dije con desdén-, ¿acaso son tan bonitos, tan lindos? ¿Acaso soy tan fea?

-Nadie te dijo nada, esto está en tu mente.

-¿Acaso porque soy algo gordita?

-Mírame a mí, mira mi rostro, todavía me estoy pasando una crema por unos granos que tengo en la cara y sin embargo eso no impide que sea desenvuelta. Está en tu mente, te persigues sola, tú eres tu propia enemiga. -Odiaba que me censuraran. Me sentía mal.

 

Papá Acsaba trabajaba bastante bien, lo habían nombrado jefe de planta. Me alegraba, me sentía orgullosa por él. Era bueno y respetuoso con mamá Rebeca. Y de esa manera yo podía manejar más dinero.

Y entré a la facultad. Allí lo conocí a Nándor Ferenc, era una persona afable, atenta, pero como que también se escondía en sí mismo, como que también se ponía un caparazón.

Le digo:

-Nándor, da la impresión que ocultas algo.

-No, no, no oculto nada.

 

Y empezamos a vernos, a tratarnos como amigos. Yo me di cuenta enseguida que él no sentía atracción por mí pero como era un buen amigo, leal, me sentía cómoda con él aunque no hubiera otra intención.

Y un día le dije:

-¿Qué opinas de la religión?

Me dijo:

-Por qué me preguntas... ¿De dónde eres?:

-De Vatsvari, espero que no lo desprecies a mi poblado natal. -Nándor se encogió de hombros.

-¿Por qué habría de despreciarlo?, mi familia es recontra humilde. ¿Por qué habría de despreciarlo?

-Bueno, tuve muchos compañeros que despreciaban mi poblado. ¿Pero por qué me preguntaste de dónde era?

-No, está bien, si eres de Mágar está bien.

-No entiendo, no puedo jugar a la adivinación.

-Seré franco -dijo Nándor-. Yo no creo en la Orden de Amarís, en la Orden del Rombo.

-¿No respetas a la figura de Axxón?

-Axxón es el adalid del amor pero fue clavado hace dos mil años en un madero en forma de rombo. Pero tergiversaron su palabra, la cambiaron por completo y se hizo una religión totalitaria, inquisidora. Hay infinidad de países donde la gente disidente desapareció o la hicieron desaparecer. Por suerte en Mágar hay libertad, Mágar es uno de los pocos países que está ajeno a la religión de la Orden del Rombo, llamada aparte Orden de Amarís, porque en Amarís es donde está la central de la orden religiosa.

-Por eso me preguntaste, pensaste que yo podía ser fanática de esa orden. A mí no me interesa la religión, amo la imagen de Axxón pero no soy fanática.

-¡Ah! -Nándor respiró hondo y dijo-: Me quedo tranquilo.

 

Y conocí a otro joven. Conocí a otro joven llamado Arthur Tesbaum. Era un joven introvertido pero que se sacaba las mejores notas, sabía muchísimo de lo que es filosofía, no le interesaba tampoco la religión.

Recuerdo que fuimos a tomar un café y me preguntó:

-¿Eres muy amiga de Nándor?

-No, somos amigos, nada más. ¿Y tú?

-Yo soy nuevo, soy nuevo en esta facultad. Viví en Vatsvari.

-¡No!

-¿Por qué?

-Mi familia también es de Vatsvari, que raro que no nos conocimos.

-Bueno, tampoco es un poblado tan pequeño.

-¿A ti cómo te han tratado? -Arthur se encogió de hombros.

-Bien, normal... ¿Por qué?

-Bueno, nosotros nos mudamos a Cáposta. Desde que yo tenía diez años me hicieron la vida imposible en la escuela primaria, en la secundaria.

-Margit -me dijo Arthur-, quizás el problema sea tuyo, que te persigues, que buscas la aprobación de los demás. ¿Te molesta haber nacido en Vatsvari?

-No, para nada, pero llegué de pequeña a Cáposta y vi los tranvías eléctricos, vi vehículos... ¡Ja! En Vatsvari todavía había carros tirados por caballos, es como una ciudad muy rural.

-Sí, esto es el progreso. Pero qué tiene que ver con que busques la aprobación del otro.

-Porque pensé que siempre me habían mirado como que venía de un pueblo marginal.

-¿Y es así?, ¿tú lo sientes así?

-En parte sí.

-Entonces si tú lo sientes así -dijo Arthur-, tu mente te engaña, y cualquier mirada de los demás te hace pensar que ellos piensan lo mismo, como que tú eres una marginal.

-Una tal Ebik me dijo lo mismo y me sentí ofendida.

Arthur dijo:

-Ofendida por qué, que cada uno piense lo que quiera. ¿Qué es lo que te lastima, la opinión de los demás o tu propio ego?

-Explícate -le pedí a Arthur.

-Claro. El ego es algo que llevamos dentro y que nos hace sentir pendiente de la aprobación de los otros. ¿Qué te importa la aprobación de los otros? Tú estás estudiando, busca la aprobación del profesor o de la profesora.

-Aparte es como que me domina mi mal genio. Cuando escucho una crítica o algo enseguida pongo cara de perra.

-¿Y qué logras con eso?

-No entiendo...

-Claro. ¿Qué logras con eso?, se te alejan más.

-Mejor. Para qué quiero gente así.

-Pero Margit -dijo Arthur-, tú misma buscas de alguna manera consciente o inconscientemente la aprobación de los demás. Bien. Luego dices que pones cara de perra para que se ahuyenten. ¿Y cómo vas a ganar amigos?

-Y no me interesa ganar amigos -respondí con mal talante.

-No es cierto, no es cierto. Te molestas justamente porque te crees que te apartan cuando eres tú la que te apartas sola, y buscas de alguna manera echar culpas.

-¿Ahora me estás censurando?, ¿quieres también que me pelee también contigo?

Arthur me dijo:

-Margit, ¿te parece que porque te dé una orientación estoy peleando contigo?, ¿te estoy levantando la voz, te estoy faltando al respeto?

-No.

-Entonces, ¿por qué piensas que estoy en contra tuya? Todo lo que estoy hablando es justamente para que tomes las herramientas como para acercarte a los otros. ¿Cómo te sientes conmigo, más o menos?

-No tan cómoda, estoy mucho más cómoda con Nándor.

-Claro, Nándor es más abierto. Yo, de alguna manera, es como que mi propio estudio de filosofía me da las herramientas como para poder orientarte, pero tú tomas esa orientación no como ayuda sino como censura.

Lo miré y le dije:

-Discúlpame.

-No, ¿por qué pides disculpas, has cometido algún acto hostil?

-No.

-Entonces no pidas disculpas por cualquier cosa, simplemente di Te entiendo y punto.

 

Arthur Tesbaum era difícil sostenerle una conversación, era un poco complicado. Nándor Ferenc era más abierto, quizá tenía un pequeño trauma con el tema de la religión. Luego me enteré que había ido a otro país y lo tuvieron que ayudar a escapar porque la Orden del Rombo lo quería tener prisionero.

Yo no pienso salir de Mágar mientras la Orden del Rombo no cambie. Y menos a Amarís, que es donde está la central religiosa. Menos. Prefiero quedarme aquí en Mágar, en Cáposta, tranquila.

 

Y sí, tenía que intentar ser más comunicativa, luchar con esa baja estima que quizá venía de... del pueblo de Vatsvari. Y el mal genio que no era tal, sino era una especie de reacción a la acción del otro. Y eso se lo dije a Arthur.

Él solo me respondió:

-Es que nunca hubo una acción. La reacción tuya es de una acción provocada por tu propia mente poniendo en los demás algo que tú piensas de ti misma. Cada uno está en su mundo; algunos hablan de tonterías, otros hablan de música, otros de deportes... ¿Te piensas que te prestan atención?

-¿Ves, ves? -Lo señalé-. No me prestan atención.

-No, Margit, pero no lo estoy diciendo en ese sentido, lo estoy diciendo en el sentido de que ellos viven en piloto automático, piensan en deportes, en música, hablan de chicas lo que es normal, no están pendientes de... de censurarte a ti, de pensar...

-Claro, porque me ven fea.

-Margit, Margit... Mira, hace muchos años atrás, estando en la secundaria conocí a una chica que vino de Saeta, vino del sur. Era delgadita, morena, ella se sentía con un complejo tremendo por lo de delgadita. Dice que se burlaban de ella, que le decía la aguja, la aguja por lo delgadita. Pero tenía un carisma, era una chica para enamorarse. Pero al año los padres se fueron de vuelta a Saeta, no se adaptaron.

-¿Y entonces? -pregunté.

-Entonces, si esta chica que le decían la aguja tenía ese carisma, el carisma no tiene que ver con que si eres alta, delgada, bajita, gordita, morena, más blanca, cabello claro, cabello oscuro; tiene que ver con tu interior.

-¡Qué fácil que lo haces todo! Pero en la práctica no es así.

Arthur Tesbaum se encogió de hombros y dijo:

-Depende de ti. Lo que yo puedo hacer es hablarte, orientarte, porque te considero una amiga. O sea, que ya tienes dos amigos, a mí y a Nándor. No puedes quejarte. -Tuve un impulso y lo abracé. Y luego me asusté y lo solté.

-No pienses que es un impulso cariñoso.

-Margit, Margit, te entiendo perfectamente, es una muestra de afecto. Está bien, está bien, no te sientas incómoda. -Pero estaba con una vergüenza tremenda, sentí que había cometido un papelón.

-No pienses mal de mí, Arthur.

-¿Mal?, ¡pienso muy bien! Ese rapto, ese impulso de afecto es lo mejor que me has mostrado. -Sonreí y le dije:

-Gracias. Nos vemos mañana.

 

Tenía mucho trabajo por delante con ese mal genio, con esa baja estima y el intentar poder comunicarme sin complejos.