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Psicoauditación - DSG

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión 05/12/2019

Sesión 02/01/2020

 

 


Sesión 05/12/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de DSG

Le estaban torturando unos guerreros de una orden que adoraba al diablo y fue salvado por un caminante. Por el viaje le hablaba a su salvador de las enseñanzas que recogió de su maestro, le hablaba de Dios.

 

Sesión en MP3 (2.907 KB)

 

Entidad: Pasaron tantas cosas en mi vida como Credi... Podría decir que Doménico me cambió la vida al iniciarme en la Orden de los Peregrinos de la Espiga. Viéndolo de afuera, impersonalmente, se podría decir que mi vida cambió para mejor. ¡Je!. Sin embargo, en realidad, me llevó a pasar por muchas más experiencias peligrosas de las que hubiera imaginado.

 

La antítesis de la Orden de los Peregrinos de la Espiga era la Orden Roja, que decían que adoraba demonios, no reconocía al único Dios y se manejaba con magia roja.

Los primeros tiempos estudié mucho, muchísimo, cambié mi manera de ser. Me instruí, podía entender a las personas, por lo menos a las personas civilizadas.

 

Recuerdo que una tarde Doménico vino agitado, había encontrado a un hombre moribundo que le había sacado a la Orden Roja un talismán verde que se decía que anulaba los efectos de la magia roja. Yo amaba al único Dios, pero era escéptico, muy escéptico en cuanto al poder de la magia.

Doménico me decía:

-Credi, no conoces nada de este mundo y de las cosas que pasan, no conoces la crueldad de los seres de las estepas que a veces están confabulados con la Orden Roja. Quiero que lleves contigo el talismán verde para que te proteja.

 

Pasé por infinidad de experiencias que no voy a relatar ahora, sólo puedo decir que la Orden Roja no sólo tenía sacerdotes, también tenía guerreros crueles, insensibles, podría decir que hasta disfrutaban el dolor de los demás al punto tal de causarlo sin mostrar un ápice de compasión.

Cinco de esos guerreros me alcanzaron y empezaron a torturarme, querían que les entregue el talismán verde, pero sería traicionar a la Orden de los Peregrinos de la Espiga. Nunca me sentí un héroe y creo que nadie puede soportar el dolor, el dolor físico; esas frases hechas "Prefiero morir antes de entregar lo valioso que llevo conmigo" son frases nada más, nadie soporta el dolor, y más el dolor causado por la Orden Roja, que eran expertos, es como que estudiaban la anatomía de cada ser para saber donde le dolía más.

Hasta que un guerrero, que seguramente Dios lo puso en mi camino, me salvó, un guerrero irónico que hablaba de manera extraña, sus palabras eran sarcasmos verbales, le interesaba más su caballo que mi persona, pero no por eso iba a negarle mi agradecimiento, mi eterno agradecimiento.

No hablaba mucho, le conté parte de mi vida y sólo decía:

-Me aburres Credi, me aburres enormemente. -Pero sabía que en el fondo tenía ese rasgo de humanidad.

Le dije:

-Los lugareños piensan que tú eres hijo de un Dios y una mortal, por eso te llamaron Cimmer, como al planeta. Pero cuéntame de ti. -El gigante se encogió de hombros, medía más de dos de vuestros metros y pesaba ciento veinte de vuestros kilos. Me dijo que su nombre de nacimiento era Feder, un nombre que no le agradaba y se lo cambió por Xagor, con 'X' inicial, Xagor, como nombre de guerrero.

-¿Y por qué te dicen Cimmer? -El gigante se encogió de hombros.

-Me dicen Cimmer porque como tú bien dices, los lugareños piensan que soy hijo de un dios. Obviamente, si fuera cierto ese dios tuvo que encarnar para engendrar a mi madre.

-Pero cuéntame más de ti.

-¿Para qué?, me aburres.

-Quiero saber; supuestamente eres una leyenda en el norte.

-¡Je, je! Una leyenda no maneja esta espada pesada. Pero bueno, de mi padre no puedo decir nada, porque no lo conocí a mi padre y mi madre me crió con mucho amor en un norte muy salvaje.

-¿Ella te puso Feder?

-Sí.

-¿Y no dijo nada que tú te cambiaste el nombre a Xagor?

-A madre le importaba mi seguridad. De pequeño me crié con los guerreros de la tribu y no permitía que me faltaran al respeto.

-¿En qué sentido? -pregunté.

-Tenía seis años, guerreros adolescentes pasaban y me empujaban. Quizá lo dejaba pasar pero cuando uno de ellos empujó a madre, me le trepé a la espalda y le clavé un puñal, murió ahogado en su sangre.

-¿Y no te castigaron? -pregunté. El gigante se encogió de hombros.

-Era pequeño, me respetaron porque maté a un adolescente siendo niño. No, no me castigaron.

Madre sí me retó.

-No me gustaría que te críes como esas bestias a los que no le importa la vida ajena.

-No voy a permitir que te maltraten, madre.

-¿Y qué pasó?

-¡Je, je, je! -El gigante rió-. Tengo cien historias para contar, pero no me alejé de la tribu mientras madre vivió.

-¿La mataron?

-No. A lo último su cuerpo se deterioró por el frío del norte y murió. Supuestamente está con tu Dios.

-Es también tu Dios -argumenté.

-¡Ay, Credi, Credi, eres tan ingenuo! Te iban a matar por un supuesto talismán que anula magias... Es un simple metal verde.

-Te diré Xagor, no Cimmer, que es tu verdadero nombre. -El gigante se encogió de hombros-. ¿Qué tiene de especial ese metal verde?

-Primero, quien me inició, mi maestro, Doménico, me dijo que ese metal no existe en todo Cimmer, que cayó del cielo y que un herrero lo talló y lo dejó en forma de talismán.

-Muéstramelo. -Me invadió el miedo de que el gigante me lo quitara. Vi su rostro burlón y se lo mostré-. Tiene forma de rombo. Déjamelo tener en mi mano.

-¿Para qué?

-Quiero, quiero ver una cosa. -Se lo entregué. Movió la mano de arriba hacia abajo con el talismán-. ¡Vaya que es pesado! Es más pesado que el hierro, mucho más pesado, el doble de pesado.

-¿En qué piensas? -le pregunté. Me devolvió el talismán.

-Soy práctico -dijo Xagor-. Pienso en... ¿Dónde está ese herrero?

-No lo sé, habría que preguntarle a mi maestro, Doménico. ¿Por qué?, ¿para qué quieres al herrero?

-Porque si es una piedra que cayó del cielo debe ser mucho mucho más grande que el talismán que llevas. Imagínate que el herrero me haga una espada con ese material tan pesado.

-¡Ah! Yo pienso en anular la magia de la Orden Roja y tú piensas en tener un arma más perfecta.

-¿Y por qué no? -dijo el gigante-, ¿de qué te sirvió tu talismán contra los cinco guerreros que te estaban torturando? Ésta -se tocó la espada-, ésta te salvó.

-Tú me salvaste, y te lo agradezco.

-Ahora deja de conversar, me aburres. Ya te dije, si me aburres te dejo solo.

-No creo que lo hagas, creo que en fondo te simpatizo.

-¡Qué dices! Apenas te conozco, me has contado parte de tu historia, una historia aburridísima, muy aburrida; un padre alfarero, alcohólico... ¿Qué historia es esa?, una historia vulgar, común y corriente. ¡La mía es una historia para contar! -argumentó el gigante-. Si te digo las cosas que he vivido, las cosas que he pasado, las mujeres que he tenido te asombrarías.

-¿Y dónde está la gran historia en eso?, ¿en conocer mujeres, en tener aventuras? ¿Dónde está Dios en todo eso? -El gigante me miró:

-Deja de hablar de Dios. ¿Te ayudó Dios con los guerreros que te torturaban?

-Claro que me ayudó. -Xagor frunció el ceño.

-¿Cómo te ayudó?

-Te trajo a ti.

-¡Je, je, je! ¡Ay! Credi vine buscando mi caballo.

-Te trajo Dios.

-¡Ah! Deja de hablar, por favor, o de verdad voy a seguir el viaje solo. Así que me trajo Dios..., por favor. A las casualidades les llamas designios de Dios.

-Y sí, les llamo designios de Dios porque no existen las casualidades -argumenté-, existen las causalidades, todo es causal. -El gigante se encogió de hombros y adelantó el paso, lo seguí detrás en silencio.

 

Quizá mi vida era más gris, quizá mi vida era más monótona pero yo también tenía proyectos. Me gustaba estudiar, había cientos de libros en la biblioteca de la Orden de los Peregrinos de la Espiga, libros que estaban en los sótanos con puertas bajo tres candados para que nadie los saquee. A los de la Orden Roja no les interesaban los libros, les interesaba los pactos de sangre, les interesaba el sufrimiento ajeno.

Y sin embargo Doménico me dijo:

-Ellos también son hijos de Dios.

-¿Y por qué actúan así, querido maestro? -Doménico me decía:

-Porque sus almas están desviadas, pero uno tiene fe de que se enderecen.

-¿Fe en que la Orden Roja se enderece? Adoran a los demonios, no reconocen a Dios, ¿cómo se van a enderezar?

-Quizá con el tiempo -dijo Doménico. Y yo pensaba "¿Y el ingenuo soy yo?".

 

Adelante mío iba Xagor sumido en sus pensamientos, yo en los míos. Y yo creo que la vida te da oportunidades para modificar cosas, si no creyera eso, ¿de qué sirve vivir? ¿Que la vida tiene matices? Sí, lo reconozco, qué a veces pasamos por momentos en los que pensamos que el camino se cerró, que ya no tenemos una puerta de salida, y de repente Dios te la muestra a través de alguien, a través de alguien que con su mano te abre esa puerta, a través de Xagor, que me salvó la vida. Y la mayoría no lo reconoce "No fue Dios, fue el destino. No fue Dios, fue la casualidad. No fue Dios, fui yo". Pero sé que en el fondo es Dios el que teje el destino. Muchos se preguntan "¿Y entonces por qué permite las crueldades de la Orden Roja? ¿Por qué permite los abandonos? ¿Por qué permite que mi padre se haya hecho adicto a la bebida? ¿Por qué permite que mi madre, la lavandera, haya sufrido tanto?".

Doménico me decía:

-Porque Dios da libre albedrío.

-¿Y si no lo diera quizá sería peor?

-Claro.

-Si no tenemos libre albedrío no tenemos libertad, pero el libre albedrío hace que otras personas nos quiten la libertad, es un círculo vicioso... ¿Cómo se sale de ese círculo? -Tenía tanto por aprender todavía.

 

Gracias por permitirme expresarme.

 

 


Sesión 02/01/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de DSG

Después de la no agradable conversación con la esposa de un compañero marchó de palacio. En un pueblo encontró una mujer que le cautivó, pero no estaba preparado para entenderla. Tenía que aprender más de la vida.

 

Sesión en MP3 (3.425 KB)

 

Entidad: Tenía la cabeza como embotada, me dolía muchísimo, Núria me había preparado un jugo de hierbas porque quizá sería algún problema hepático por alguna comida que me afectó en demasía. Pero aparte mi carácter era mi enemigo, no en el sentido de tener mal carácter si no de ser demasiado perceptivo, y eso me hacía vulnerable.

 

Recuerdo que había conversado con Núria, y yo mismo le dije:

-No me siento responsable de que te hayas separado de Ligor.

Me respondió:

-No, entiendo de que quizá haya sido la gota que desbordó el vaso.

-No, no, no, no; porque de esa manera estás diciendo como que te incité a que lo dejes.

Me contestó:

-No has captado todas mis palabras. Un vaso tiene mil gotas, no se le puede echar la culpa a la última.

Le dije:

-Está bien. ¿Cuáles fueron las otras novecientas noventa y nueve?

-El que se haya ido a buscar a Randora.

-No me lo creo, y tampoco quiero asumir una responsabilidad que no tengo.

Me dijo:

-¿Acaso te estoy echando culpas?

-No lo sé.

-De todas maneras quédate tranquilo, Donk, no visualizo mi futuro contigo.

-Entiendo que Ligor se fue con la idea de que yo soy el responsable de todo... Y yo soy un ser humano que pasó por muchas soledades, y en algo congeniamos, los besos no fueron inventados ni forzados.

-Yo me sentía mal -dijo ella.

-Claro, es una manera de hablar "Yo me sentía mal". ¿Por qué no descargaste esa "soledad" tuya con Aranet o con alguno de los otros jóvenes?

-Me parece que estás diciendo incoherencias, Aranet tiene esposa, tú no.

-Entonces viste en mí alguien en quien disfrazar tu soledad.

-No me gusta tu... no me gusta tu argumento, estás haciendo rol de víctima, pensé que habías superado eso.

-¡Perdón, perdón! La que se ha quejado de que la princesa y luego reina Samia la tuvo casi una esclava has sido tú, la que ha dicho "Mientras yo estaba en palacio con Samia, tú, Ligor, te ibas de posadera en posadera por unos metales".

-No da para más esta conversación -dijo Núria-, me da la impresión como que me estás ofendiendo, me estás atacando.

-Es tu punto de vista, no es el mío. Tú dices que yo hice el rol de víctima, yo digo que tú también, y yo pienso que de alguna manera todos agachamos la cabeza.

-Ahora estás de defensor de Ligor.

-Yo no estoy de defensor de nadie -argumenté-, yo sólo digo que no voy a construir mi felicidad a costa de un castillo derrumbado, de un matrimonio derrumbado, no, y no me siento responsable. Es más; hablé con el rey Anán, con Aranet, con el mismo Fondalar... voy a tomar un poco de distancia, no creo que Zizer vuelva por ahora con Randora. -Núria se encogió de hombros.

-Que tengas suerte.

-La suerte no existe -le dije-, uno arma su destino.

-Vaya, rol de víctima y pesimista.

-¡Ja, ja, ja, ja! Bueno, ¿sabes de qué me rio?, y discúlpame, Núria, que lo diga, no somos pareja, no fuimos pareja y estamos peleando como si fuéramos una pareja, esto es absurdo, absurdo. Por momentos hasta me acordé de Shila.

Núria respondió:

-Si fuera otra mujer diría 'no me compares', pero sería una falta de respeto a Shila. Y entiendo que cada mujer, cada varón, cada persona es distinta a la otra. El diálogo no da para más, la puerta está abierta.

 

Di media vuelta y me marché. Me puse el cinto, cogí mi espada, puñal, monté mi hoyuman, y antes de la conversación con Núria ya me había despedido de todos, y me marché.

Estuve varios amaneceres de un lugar para el otro, de un lugar para el otro hasta que llegué a un poblado, un poblado bastante interesante porque era próspero, grande, no había una sola calle central, había varias calles, rara vez había ido a un poblado tan grande. Pregunté su nombre, se llamaba Dubarra, el poblado Dubarra.

Desmonté y dejé el hoyuman en la cuadra, le dejé unas monedas al cuidador.

Iba a ir a la posada a tomar algo, en ese momento en la acera me cruzo con una joven muy elegante, muy bien vestida pero no engreída, ¿eh?, simpática, dada.

Fue ella la que me habló:

-¿Eres nuevo aquí?

-Sí, acabo de llegar, dejé recién mi equino, voy a almorzar algo.

-Bueno, qué bueno alguien nuevo en el pueblo. -Me dio la mano y se la tomé-. Un gusto. Mi nombre es Lola.

-Donk.

-¿Donk? Qué nombre raro, ¿eres guerrero?

-No, soy... Hice tantos trabajos, fui talabartero, granjero, alguna vez tuve un accidente en mi rostro pero he pasado por infinidad de cosas. -Me tomó la mano y me la miró.

-Tienes una mano curtida, ya prácticamente con una callosidad uniformada. Se ve que usas bastante la espada. -Me encogí de hombros.

-No, no, no.

-¿Me invitas a almorzar? -Me sorprendió.

-Sí, Lola, por supuesto.

-Pero no a esta posada, vamos más allá, hay una posada más pequeña, más íntima.

 

Y fuimos. El mismo... el mismo conversar con esta joven, sentía como una ansiedad, como nervios al estómago, y comí poco. Ella también. No tomé bebida espumante, solamente zumo de frutas. Lo mismo ella.

-Eres muy atractivo -me dijo.

-¡Je, je! ¿Pero en Dubarra todas las mujeres son así de...

-¿Me llamas atrevida?

-No, espontánea, si no te molesta la palabra.

-No, es verdad, soy espontánea y digo lo que siento. Eres bastante atractivo.

-¿Dónde vives? -le pregunté.

-¿Por qué?, ¿quieres venir a mi casa?

-¡Epa! ¡Ja, ja, ja! ¿Por qué?, ¿podría?

-Me has invitado a comer, yo puedo invitarte a casa.

-Está bien. -Le di un par de metales al posadero y la acompañé. Justo al final del pueblo una casa muy muy linda con un jardín adelante, pero sí, tenía una reja bastante bastante grande-. ¿Y esto?

-Por las dudas, para que nadie entre a robar. -Abrió el candado y entramos. Entramos y apenas entré a la sala me tomó del cuello y me dio un beso largo, largo.

-Vaya, eres espontánea. -Y me siguió besando.

 

Abreviaré el relato. Terminamos intimando y me sentí como renovado. Había quedado atrás el recuerdo de Núria ante esta boca fresca, distinta.

-¿Dónde trabajas? -le pregunté mientras me vestía.

-En la posada grande.

-¡Ah, ah! Por esto no quisiste ir a la posada grande y fuimos a la del final de la calle.

-Exacto.

-¡Ajá! Bien, bien. ¡Pero te pagan bien!, mira como... veo todos los vestidos que tienes, varios pares de botas, ¡vaya! Y eres tan atractiva... qué raro que no tengas pareja o novio, o nada.

-No, no podría, por mi trabajo.

-¿Trabajas muchas horas?

-Sí, y no quiero que ningún hombre me haga perder el tiempo. -Iba a decir algo y me puso la mano en la boca-. Discúlpame, quizá me expresé mal, contigo no he perdido el tiempo, me has hecho disfrutar.

-Bueno, me quedo más tranquilo. Me quedaré un tiempo aquí, espero volverte a ver.

-¿Sí?, si me invitas a comer mañana.

-Por supuesto.

 

Estuvimos toda la semana haciendo la misma rutina; la invitaba a comer, estábamos un rato tomando un zumo de frutas y luego me llevaba a su casa, al final del poblado Dubarra. La segunda semana fue distinta porque le dije si quería pasear en hoyuman. Y del otro lado del pueblo había bastantes varones que miraban y se reían.

Le digo:

-¿Se están riendo de mí o de ti?

-No les hagas caso. Aparte, no hace falta que te metas en conflictos.

-Eso es lo de menos, Lola, manejo la espada mejor de lo que piensas.

-Igual no tiene sentido.

 

Esa semana es como que evitó que la invitara a comer, evitó también invitarme a su casa. Y al tercer amanecer de la segunda semana la veo con un señor mayor del brazo y a los besos.

¡Ah! Soy cualquier cosa menos impulsivo, aparte no soy un mozalbete impulsivo, tampoco soy una persona madura aunque tengo mis años. Otro se hubiera enfrentado. "¿Pero qué haces?". Yo no dije nada, quizá ni me vieron.

Por la tarde me topé con ella y se lo dije:

-Te vi con un señor mayor a los besos. Pensé que estábamos saliendo.

-No entiendo -me dijo.

-¿Qué es lo que no entiendes? Pensé que estábamos saliendo.

-A ver, Donk, me has pagado la comida, yo no quiero que nadie me pague nada. Me has hecho un favor, te hice otro favor. Por eso te invité a casa. -Me rasqué la cabeza.

-A ver si entiendo, tú... ¿tú cobras los favores?

-Sí, te dije que trabajaba en la posada grande.

-De posadera.

-No, de dama de compañía. Me dan unos metales, me invitan a algo y en el piso superior les correspondo con mis caricias. No puedes quejarte, Donk, eres el único al que he llevado a mi casa. -Me quedé pálido.

-O sea, que tú eres una... -Me tapó la boca.

-No digas. Es mi trabajo, como cualquier otro.

-Por eso los hombres se reían cuando íbamos a galopar al prado. -Se encogió de hombros.

-Quizá.

-Pero entonces quedé como un tonto.

-¿Por qué? Me has invitado a comer y has obtenido mis caricias a cambio. Tonto, ¿por qué?, ¿qué hay de malo en eso?

-Me ilusioné.

-¿Qué edad tienes?, no eres una criatura. ¿No has visto mis ropas?, ¿has visto alguna vez una posadera con cinco botas de cuero, pantalón de cuero?, ¿piensas que una posadera gana tanto? Te falta conocer mundo.

-¿Qué edad tienes? Eres una niña. -Se encogió de hombros.

-No eres mi padre para censurarme. Además, no tengo familia, tenía unos tíos pero no se meten conmigo. Rescata lo bueno, ¿lo has pasado mal?

-No.

-Entonces no entiendo por qué ese gesto, como si de repente hubiera ocurrido una desgracia.

-Me había ilusionado.

-Repito, no eres un chaval, no eres una persona grande, pero ya tienes que tener experiencia, salvo que hayas estado metido en un agujero toda tu vida.

-Para nada. Estuve casado, me separé.

-Entonces te falta conocer mundo, te falta conocer distintos poblados con distintas posaderas.

-¡Je! Conozco una persona así.

-¿Ah, sí?

-Sí, que antes de casarse vivía de posadera en posadera por cuatro metales.

-Bueno, una persona que sabe vivir la vida.

-Y sin embargo ahora se separó.

-Bueno, volverá a su vida de antes. ¿Cómo se llama tu amigo?

-No sé si es mi amigo, se llama Ligor.

-Ligor... sí. Yo era pequeña, apenas tenía experiencia y Ligor fue uno de los que me inició en las artes amatorias.

-Vaya, no lo puedo creer, ¿estás hablando en serio?

-Te lo describo: alto, cabello negro, fuerte, una espada enorme, igual que sus manos, igual que todo él.

-¿Y qué pasó?

-Nada, él no se complica la vida, me amó un par de veces y luego se marchó, como si nada.

-¿Y sirve una vida así?

-Sirve. ¿Y a ti te sirve, Donk, tu vida, que te vives haciendo problemas por todo, que te amagas por cualquier cosa?

-No me conoces.

-No hace falta -dijo Lola-, basta con verte.

-O sea, que debo tomarme la vida livianamente. Debo, y disculpa el lenguaje, fregarme en todo, no ayudar a nadie, pisar cabezas.

-Te fuiste al otro extremo -dijo la joven-. Nadie habla de pisar cabezas, nadie habla de irse al otro extremo, nadie habla de nada de eso; estoy diciendo que uno debe disfrutar la vida mientras pueda. Fíjate en mí, ¿cómo me ves?, me ves joven, me ves atractiva... dentro de mil amaneceres por ahí esté demacrada, por ahí ya no se fijen en mí. Y de eso se trata, de ahorrar para cuando ya no pueda trabajar. Y te dejo, tengo que seguir haciendo lo mío. -Asentí con la cabeza.

 

Fui a la cuadra, le pagué lo que restaba al cuidador de equinos, subí a mi hoyuman y dejé el poblado Dubarra.

De verdad, como en los teatros ecuatoriales tendría colgarme en la espalda un cartel que diga tonto. Pero esto no era un teatro ecuatorial, era la vida real, tenía que aprender a no entusiasmarme por cualquier cosa, tendría que aprender a saber que no todo lo que brilla es oro y tampoco desdeñar el trabajo de esa joven, era lo que hacía. ¿Quién era yo para cuestionarla? Pero lo más irónico es que quien la había iniciado en... en eso, no sé como denominarlo, había sido Ligor.

Aparentemente tengo un lazo con Ligor; amigo, enemigo, compañero, no sé, pero no... no lo envidio y tampoco siento antipatía por él. Pensaréis "¿Entonces me es indiferente?", no, tampoco, no me es indiferente. No me sentí bien cuando se marchó del castillo de Anán, no me sentí bien. Sentí como en parte que yo era responsable de algo. Y Núria dice "No, quizá fuiste la gota que derramó el agua del vaso". Yo no vi novecientas noventa y nueve gotas anteriores. Está bien, no conviví con ellos, pero hasta antes de la batalla de Villarreal no se llevaban mal, y si a mí me quieren hacer creer que la reacción de Ligor en Villarreal fueron novecientas noventa y nueve gotas, no.

Sé que soy ingenuo pero no tanto, o por lo menos eso creía hasta que conocí a Lola. Hay muchas cosas que debo aprender todavía.

 

Quizá vuelva para el castillo de Anán.

 

Gracias por escucharme.