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Psicoauditación - Edgar Martínez

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión del 01/02/2018

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Sesión del 31/05/2019

Sesión del 04/06/2019

Sesión del 06/06/2019

 


Sesión 01/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Estaba entrenando al hijo de su amigo, el rey, cuando recibieron una invitación de un poderoso Señor. Tenía dudas sobre la conveniencia de asistir, conocía al Señor.

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Entidad: Me había hecho bien hablar con el anciano Anselmo y lo tomé como costumbre, no cada amanecer pero periódicamente iba y conversaba con él sobre mil temas, sobre emociones, sobre sentimientos, sobre traiciones, sobre lealtades, sobre amistades, sobre enemigos, sobre la vida, sobre la muerte.

Y una de las cosas que había entendido con el anciano Anselmo era el poder disfrutar cada momento ya que desconocíamos nuestra hora de la muerte.

 

Y así fue que me encontraba en tierra firme a pocas líneas del lago practicando el arte de la espada con el joven Gualterio. Me asombraba su destreza, su velocidad, sus reflejos, su instinto.

Y le comentaba:

-Dentro de poco vas a superar a tu padre.

Gualterio era joven, arrogante y me decía:

-He vencido a Albano, no creo que en este momento padre me pueda ganar.

Sonreí y le dije:

-Lo primero que aprendí, que es lo más importante, es a combatir sin emociones.

-¿Y lo has aplicado? -Volví a sonreír.

-Casi siempre. Y la única vez que no lo apliqué estuve al borde de la muerte. Pero hay más -agregué-. La vanidad, la altanería. Nunca te sientas invencible porque eso te va a hacer confiado.

El joven me replicó:

-¿Acaso justamente no es la confianza lo que te da autoestima?

-Está bien, vale, pero si tienes exceso de confianza vas a pensar que todos los rivales son inferiores y te vas a encontrar con una sorpresa. Siempre estate atento, nunca menosprecies a nadie, deja la altanería.

 

Seguimos practicando bastante tiempo. El joven Gualterio se estaba formando pero todavía le faltaba fortalecer un poco sus músculos. La espada le pesaba, lo notaba, al punto tal que los últimos momentos casi no podía levantar la mano.

-¿Te das cuenta de una cosa, Gualterio? Hay batallas que pueden durar desde el amanecer hasta el atardecer, ¿y qué vas hacer, le vas a decir a tu enemigo "suspendamos y continuemos mañana, que tengo que descansar"?, porque inmediatamente te cortan la cabeza. -El joven sonrió pero hizo un gesto con la mano.

-Estoy entendiendo. No es una sonrisa de burla ni de menosprecio.

 

Nos sentamos en un tronco a tomar algo. Escuchamos galope, nos pusimos alerta. Dos hoyumans venían del norte, iban a pasar de largo cuando nos vieron.

-Estamos buscando a Aranet, el señor de Baglis.

-Soy yo.

-Tomad. -Una carta lacrada-. Es una invitación de Andahazi, el Señor de Villa Real. ¿A cuántas líneas queda el palacio del rey Anán?

Le dije:

-El joven es el príncipe Gualterio, dádsela a él la invitación. -Le extendieron la invitación, hicieron un saludo y se marcharon.

Ambos abrimos nuestras cartas, era una invitación para dentro de siete días.

-Andahazi, el Señor de Villa Real, ¿lo ubicas? -me preguntó el joven Gualterio.

-Sí, tiene una guarnición de por lo menos seis mil hombres. Me han contado su historia.

-Cuéntamela, por la tarde le llevo esto a padre.

-Es un tema complejo. El padre de Andahazi era mendigo.

-¡Mendigo, pero si es uno de los reyes más poderosos me dices, una guarnición de seis mil hombres!

-Claro, déjame que te cuente la historia, no te precipites. Su padre era mendigo, él había sido maltratado, robaba frutas, legumbre en las ferias feudales. Su verdadero nombre era Rendo.

-¿Cómo sabes todo eso?

-Gualterio, he conocido más de cien poblados y todos conocen al Señor de Villa Real, Andahazi. Todavía era joven cuando mataron a su padre y lo llevaron como esclavo al palacio del Señor Murahasi.

-¿Y qué pasó?

-Bueno, Murahasi tenía gustos un poco raros, llevó al joven como su protegido y lo tuvo con él en su alcoba.

-¡En su alcoba! Pero...

-Murahasi nunca se casó y llevó al joven Rendo a su alcoba. ¿Hace falta que te explique más?

-No -negó el joven Gualterio.

-Le cambió el nombre: "Rendo es nombre de esclavo, te llamarás Andahazi".

 

Murahasi no era un hombre joven, al morir decretó que Andahazi fuera su sucesor. Jamás nadie criticó el decreto. Andahazi fue el Señor de Villa Real pero nunca, nunca olvidó las carencias de su niñez y los abusos cariñosos de su protector. En distintas aldeas, en diversos poblados me comentaron que su rencor creció a límites infinitos.

El joven me hizo una pregunta obvia:

-Aranet, me dices que su rencor creció. ¿Contra quién se va desquitar? Los que lo maltrataron de pequeño ya deben estar muertos, Murahasi murió. -Pensé. Supongo que se quiere desquitar contra la vida. Ha agregado dos palacios a sus tierras.

-¿Invadió otros reinos?

-No, no. Él sabe elegir los reinos que están escasos de metales y escasos de soldados. Y a cambio de su protección... a cambio de su protección, a cambio de alimentos, a cambio de seguridad pasaron bajo su protectorado.

-¿Entonces tiene más de seis mil hombres?

-Sí, si sumamos los dos reinos que agregó a su protectorado, sí.

El joven Gualterio se fijó de vuelta el papel.

-Dice que va a organizar una fiesta. Sería prudente que padre no vaya. Y tú tampoco.

-Al contrario -le dije-, lo tomaría como una ofensa. Precisamos pasar inadvertidos. Obviamente me vestiré con mis mejores ropas, vosotros también. Iremos juntos.

-¿Llevarás a tus bárbaros? -preguntó el joven.

-No, Gualterio, iré contigo y con tu padre. Y que a lo sumo lleve veinte hombres como seguridad, por el camino nada más. El resto que se quede cuidando su palacio y la fortaleza Belicós. -El joven me miró al rostro.

-Tus gestos cambiaron, tus facciones también. Te noto preocupado.

-No, no estoy preocupado, estoy pensativo. No me huele nada bien esta invitación.

-Aranet, lo que me has contado, ¿es todo cierto?

-Sí, porque cuando tú escuchas una versión de una fuente puedes dudar, lo escuchas de dos puedes dudar, pero si escuchas de varias fuentes separadas por cientos y miles de líneas de distancia, sabes que es cierto.

-¿Lo conoces a este Andahazi?

-No, Gualterio, no lo conozco, conozco su historia no a él. No tengo la menor idea de su aspecto, de sus costumbres. Sí es inteligente.

-¿Eso es bueno?

-No Gualterio, con un tremendo rencor alimentando su inteligencia lo hace sumamente peligroso, no es manejable, no es manipulable. Coge tu hoyuman y llévale la misiva a tu padre, un día antes estaré en vuestro palacio, partiremos juntos de allá.

 

Nos estrechamos la mano, el joven partió seguido de dos soldados que lo protegían.

 

Gracias por escucharme.

 

 


 

Sesión 17/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Iba con el rey Anán a una invitación del señor de Villa Real, un reino gigantesco. Habían sido invitado varios reyes más. ¿Qué se proponía aquel señor? Estaban atentos.

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Entidad: Llegué pasando el atardecer al castillo de Anán, sentía como cierta inquietud por lo que estaba por acontecer. Mi amigo me recibió bien predispuesto pero a su vez expectante de saber que era un asunto complicado el ir a la fiesta de Andahazi, que se hacía llamar el Señor de Villa Real. Me sorprendió que quiso llevar a su novia, a su prometida Marya. Me encogí de hombros y le dije:

-Está bien.

 

Pero en el fondo no era una guerrera, y encima el joven Gualterio también habló de ir y Anán le discutió. Un hijo no es un subordinado pero de alguna manera mientras sea joven tiene que obedecer igual que un subordinado, pero Anán le debatía, le argumentaba el porqué no tenía que ir -como si yo argumentara con Otar o con alguno de los bárbaros; yo decía "Hagan esto", y punto-.

He estado en muchísimos poblados, he conocido a muchísimas familias donde las madres a los niños les decían "¡Ven!" y el niño le decía "Para qué" o "¡Jonás!" y el niño le decía "Qué". Y no tengo hijos pero a mí no me dirían "Qué". El propio Gualterio, que no es mi hijo, cuando vamos de cacería o a entrenar en el bosque de repente se queda comiendo algo, yo me adelanto y veo de repente un cervatillo y en voz alta digo "¡Gualterio!", jamás me dijo "Qué", vino directamente. A mí no me dicen "Qué". O si llamo no me dicen "Para qué", porque eso me parece dar explicaciones, yo no doy explicaciones a nadie.

 

Claro que sonrío, claro que tengo muecas de sonrisa, más cuando este cabezota de Anán le dice al hijo:

-Si me ganas a un duelo de espadas te llevo y si yo te gano te quedas.

Bueno, honestamente, el joven era más rápido ahora pero muy presumido y eso fue lo que lo hizo perder, y Anán con la espada le cortó apenas la parte delantera del muslo derecho pero sangró mucho. Así y todo Anán dijo:

-Está bien, igual te llevo.

Albano, el asistente, insistió en ir él y Anán le dijo:

-No, tú quédate, vamos con veinte soldados.

 

Eso se lo había sugerido yo, que vaya bien decorado al igual que los soldados. Yo me había puesto una ropa buena y le había sugerido a Gualterio que se ponga unas botas viejas porque sé lo que es estar varios amaneceres a lomo del hoyuman o en un lugar extraño, la gente no se da cuenta lo que cuesta caminar si va con calzado ajustado. Le dije a Anán:

-No te olvides de llevar por lo menos cuatro mulenas que carguen alforjas, víveres, bastante agua, vamos a estar afuera varios amaneceres.

 

Así que eran veinte soldados, nosotros y las cuatro mulenas bien cargadas. Obviamente con las mulenas íbamos a ir bien despacio, pero bueno, tampoco se trataba de ir al galope.

 

Cuando el joven Gualterio quiso montar vi el tremendo gesto de dolor. Le dije:

-No puedes viajar, vas a ser un lastre.

-¡Pero Aranet!

-Vas a ser un lastre. Y no me digas "pero". -Anán no se metió y a diferencia del debate con el rey a mí no me respondió, agachó la cabeza.

-Está bien, me quedo.

Aprovechó Albano:

-Entonces voy yo.

Lo miré a Anán con ceño fruncido, Anán me entendió.

-No, te quedas a cargo de todo. Redobla la vigilancia, no quiero que piensen que por que el rey no está el castillo está indefenso. Y tú -A Gualterio-, no saldrás hasta que volvamos.

 

Gualterio la miró a Marya, hizo una mueca de fastidio. Lo entendí al muchacho, si él era un lastre, ¿ella qué era? Pero bueno, ese era un tema de Anán, yo ahí no me metía.

Y partimos. Fuimos al paso, el tiempo nos acompañaba, no hacía mucho calor, tampoco estaba ventoso, ni nublado. Le dije a Anán:

-Vamos a parar a mediodía, vamos a parar a media tarde, descansamos a la noche. Comemos algo apenas amanece y seguimos viaje.

-Está bien.

 

Anán era el rey pero me dejó conducir a mí, incluso los soldados me respetaban tanto o más que los bárbaros. El viaje fue tranquilo hasta que legamos a la enorme, enorme fortaleza de Villa Real. No me gustaba, tenía un enorme muro con una sola entrada, un portón enorme, pero me tomé el trabajo de circundar todo el lugar. Di toda la vuelta al paso de hoyuman y no había otra salida. Le comenté a Anán, me dijo:

-Está bien protegido, no hay por donde entrar si no es por la entrada principal.

Lo miré a los ojos y hablé en voz alta para que también los soldados escuchen:

-Tampoco hay otro lugar por donde salir. -Anán frunció el ceño.

 

María no había hablado en todo el camino pero no estaba pensativa, miraba hacia todos los lados como extasiada, le encantaba el lugar. A diferencia mía que veía las posibilidades de una futura batalla y ver las debilidades de la fortaleza. Marya veía la construcción de otra manera, con otra vista, con otra expectativa. Los vigías de las torres nos vieron, dieron la orden y de abajo el capitán de la guardia hizo abrir los enormes portones, las enormes puertas. Noté que adentro, en el antepalacio había un enorme patio que también circundaba todo, era la feria feudal, pero veía que casi no había vendedores, que casi no había víveres. ¿No era que Andahazi ahora tenía el protectorado de dos reinos más? No veía movimiento de metales, no veía comercio.

Desmontamos, dejamos los hoyumans en una pequeña cuadra, estaban nuestros nombres. Anán me murmuró:

-Fíjate, Aranet, también está tu nombre.

-Yo no soy un señor feudal, tú me has dado un título, pero lo que tengo yo es una fortaleza con unos bárbaros que no se pueden llamar soldados siquiera.

 

Avanzamos a pie, abrió una puerta ya mucho más lujosa y decorada el capitán de la guardia y haciendo una inclinación nos hizo pasar. Lo miré al hombre, no parecía peligroso. Me acordaba del que estaba al cargo de la defensa de los Belicós, éste no, parecía inofensivo, veía su rostro y era neutro, pero no el neutro que esconde sus emociones, neutro porque sus pensamientos eran neutros, si se entiende el concepto. Cuando entramos lo único que se escuchó es la voz de Marya -¡Oh!-, asombrada de lo suntuoso que era el lugar: cortinas, rojas, cortinas verdes, un techo de ocho líneas de altura, sesenta faroles a aceite todos encendidos aún siendo de día. Se acercó un hombre -lo miré-, vestido con ropa cómoda, parecía un guerrero, se lo veía mucho más experto que el capitán de la guardia. Se presentó con una inclinación de cabeza.

-Mi nombre es Silas, soy el lugarteniente del señor de Villa Real. -Inclinamos la cabeza levemente y lo saludamos-. Acompañadme, por favor -dijo Silas.

 

Sentado en un trono con un manto muy suntuoso y muy espeso, me di cuenta que era una ropa muy incómoda, demasiado peso, una ropa abrigada para el peor de los infiernos de frío. ¿Por qué? ¿Quién dice que el infierno es caliente? ¿La mitología de Umbro?

Miro el rostro de Andahazi, no era un rostro blanco, era un rostro pálido, cabello negro, negro, negro hasta casi llegando a los hombros; nariz afilada, mentón afilado, ojos pequeños, rostro sufrido pero a la vez una mueca de rencor que no podía ocultar y un aire de falsa superioridad.

Le murmuré a Anán casi sin mover los labios:

-Deja que nosotros nos inclinemos más. Tú eres un rey, apenas saludas agachando la cabeza. -Anán me contestó:

-También se mover los labios, ya sé cómo hacer, Aranet.

-Y tú, mujer, haz una pequeña reverencia, no mucha, y no esquives la mirada, míralo a los ojos.

 

Lo saludamos.

-Bienvenidos, ya hay seis reyes más.

 

Me quedé pensativo, pensativo, pensativo.

 

 


 

Sesión 19/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

La entidad relata que la invitación al reino del señor de Villa Real no era limpia sino que escondía una propuesta que de aceptarla quedarían todos muy mal parados. Su amigo el rey Anán podía ver su reino sometido. Tenía que pensar rápido.

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Entidad: Mis ojos recorrían todo. Los soldados se habían quedado fuera de palacio en un lugar especial donde les dieron comida y bebida. Le dije a Anán que les diera la orden de que no tomaran alcohol.

Silas, el lugarteniente, nos presentó a Andahazi. Le dije a Anán que no se incline, Marya dobló un poco las rodillas saludándolo, yo incliné la cabeza.

Andahazi, autodenominado el señor de Villa Real, se paró (levantó) con un abrigo muy, muy grueso para la época. Nos comentó que ya habían llegado seis reyes de otras regiones. Y sí, me sorprendió cuando se sacó el abrigo, debajo llevaba un sacón y unos pantalones de cuero, un color marrón oscuro, lo mismo que sus guantes. Debajo del sacón una camisa blanca abierta al cuello atada con cordones. Y observé que a su costado llevaba una espada del lado izquierdo, quizá sería zurdo.

-Bienvenidos -nos dijo-. Pasad, esperemos a los demás.

 

Nos sentamos. Había todo tipo de bebidas. Anán se levantó para alcanzar una jarra, me levanté velozmente y tomé yo la jarra, vi que era bebida espumante. La aparté. Tomé otra jarra que tenía bebida frutal, le serví a Marya. Lo miré a los ojos a Anán, me entendió. Le serví y me serví yo.

Anán estaba como extrañado me dice:

-Aranet, que tomemos un poco de bebida no va a pasar nada. Tampoco has dejado a los soldados. ¿Qué pueden hacer veinte soldados en el caso de que nos quisiera tener prisioneros?

-No es por eso, no es por eso, Anán -argumenté-, es porque con el alcohol se les suelta la lengua. Y en el camino les di orden de que no digan nada de tu castillo, ni de la gente que tenemos. Y digo tenemos, me incluyo porque entiendo que nuestra amistad me da permiso para ordenarles cuando tú omites alguna orden -asintió con la cabeza Anán-. Nosotros tampoco demos muchas explicaciones, en lo posible con monosílabos. Respondamos, pero sin quedar como antipáticos. Tampoco seamos endulzantes en el sentido de sonreír para quedar bien. Estoy enterado de lo que le pasó a Andahazi, estoy enterado de su niñez, que era hijo de un mendigo que fue maltratado, estoy enterado de su rencor y no creo que no le guste la hipocresía, así que sonrisas falsas no, no.

-Eso lo tengo claro -me respondió Anán.

 

A media tarde llegaron lo que sería el resto. En total había veinticuatro nobles, de los cuales veinte eran reyes y cuatro como yo, gente con título.

-No muestres impaciencia -le dije a Anán-, él nos está probando a todos.

 

Vinieron dos músicos, uno con un aparato de cuerdas, el otro con una flauta. Y cuatro mujeres muy jóvenes con muy poca ropa, bailarinas. Bailaron al compás de la música, una música insinuante, movían sus caderas. Yo miraba a los demás reyes y nobles y estaban con la vista pegada en la mujeres.

Con los ojos entrecerrados miré a Andahazi, Andahazi al igual que yo miraba a los nobles. En un momento dado cambiamos miradas, no me hice el disimulado de desviar la vista haciendo ver que lo miré de forma casual, no, él tampoco desvió la vista, inclinó la cabeza en un saludo a la distancia, estábamos a más de ocho líneas. Lo saludé también e hice una mueca que pareció una sonrisa. Él directamente no sonrió, luego desvió la vista. Finalmente la desvié yo. Le susurré al oído a Anán disimuladamente:

-Este hombre es muy inteligente. Si tuviera que nombrar alguna contra, su rencor. Puede ser lo único que no le deje pensar con claridad pero su mirada es de persona inteligente. Y estoy viendo los demás reyes, están como embobados con las bailarinas y la bebida alcohólica. Insisto -añadí-, no los hace tomar para obtener algo en el sentido de que los va tener a todos prisioneros incluidos nosotros, no, lo que va a obtener es algo más sutil con la bebida y las mujeres: subordinación. Fíjate que eres el único que ha venido acompañado por una mujer. Y te digo más, Andahazi se fijo en eso -le expliqué a Anán-, pero no creo que le dé importancia.

 

Finalmente terminó la música, las bailarinas se retiraron y Andahazi habló con voz alta, algo aguda, una sonrisa mmm... como torcida, no me gustaba. Sus ojos miraban a todos lados escudriñando cada gesto de acuerdo a las palabras que él decía. Nos dio a todos la bienvenida y dijo:

-He averiguado -porque tengo gente en distintas regiones-, y sé que la mayoría de vosotros está pasando por apuros económicos, y los que no, sé que tampoco crecen, que se estancan y sabemos que quienes se estancan van para atrás. He visto que sus tropas están oxidadas, hace tiempo que no participáis de una batalla salvo dos o tres. Nos miró a Anán, a mí y a otro más que estaba del otro lado de la gran mesa. Salvo ellos -continuó Andahazi-, hace miles de amaneceres que nadie combate. Y eso no está bien. Pensaréis que lo ideal es la guerra. No, para nada. Pero estáis indefensos y sabemos que se están movilizando muchas tropas del norte. Acá hay dos reyes -Los señaló, estaban al final de la mesa al lado de Andahazi-, se llaman Boltar y Aramí, ellos fueron los primero que reconocieron su indefensión en cuanto a fortificación y en lo económico y añadieron sus reinos al mío. Tened en claro esto -siguió Andahazi-, los reinos siguen siendo independientes pero yo soy el que coordino todo, están bajo mi protección, sus hombres me pertenecen y ellos... ved que soy magnánimo, conservan su independencia y su título. -Entre mí pensaba, un título de fantasía porque Andahazi hace y deshace-.

El señor de Villa Real continuó hablando. Y mi propuesta es esta: A diferencia de los reyes Boltar y Aramí vosotros estáis más lejos pero también en el estado de indefensión. Os propongo dejarme ser vuestro protector, Villa Real será el protectorado vuestro.

Uno de los reyes, bastante obeso, con barba larga levantó la mano. Andahazi le concedió la palabra. El hombre se paró (levantó).

-Supongamos, rey señor de Villa Real, que acepto vuestra protección dejando mi reino a vuestro cuidado. Estamos a un amanecer y medio de distancia, ¿si nos atacaran cómo seríamos defendidos? Entiendo que los reyes voltarearán y siguen enseñando a su gente en su reino. -El hombre se sentó. Andahazi respondió:

-Muy buena la pregunta porque es útil para todos. En cada protectorado, en cada reino tendré un promedio de diez a veinte hombres que se dedicarán únicamente a vigilar.

El rey lo interrumpió sin levantarse:

-Pero ya tenemos vigías. -Andahazi levantó la mano izquierda.

-No terminé. Esos vigías son especialistas en espionaje y no estarán todos en una torre como vuestros vigías, estarán en las murallas, fuera de vuestros castillos, en los bosques y sabrán con antelación si se acerca alguna horda de salvajes o de guerreros del norte o de donde fuere e inmediatamente con hoyumans calificados en velocidad vendrán a mí. De la misma manera tengo hombres en los reinados de Boltar y Aramí y en un momento reúno diez mil soldados y puedo acabar con cualquier horda de cualquier lado, incluso una caballería bien armada. Tenemos todo tipo de armas, tenemos máquinas lanzadoras de piedras que tienen el peso de veinte hombres y que las podemos lanzar a más de doscientas líneas de distancia y pueden llegar a romper los muros más gruesos. ¿Qué pido a cambio? Obediencia. No pido metales, al contrario, yo los apoyaré económicamente, los reinados pasaran a ser parte de Villa Real pero no perderán su independencia. Ganaréis con mi propuesta. ¡A ver, sirvientes -Golpeó las palmas-, servid más bebida!

 

La mayoría de los reyes aceptaron, dos o tres estaban reacios. Le susurré a Anán: -No digas que no, no digas que sí, di "lo pensaré".

 

Nos quedamos esa noche. Muchos de los reyes se quedaron bebiendo. Le dije a Anán que no acepte quedarse en el palacio, fuimos a donde estaba la tropa.

Nos despedimos de Andahazi, Anán le dijo que lo iba a pensar pero que la idea le agradaba, de alguna manera para dejarlo conforme al autodenominado señor de Villa Real. Los soldados estaban frescos, los hoyumans descansados. Marya estaba cómoda, había comido una comida liviana y tomado algunos vasos frutales. Y les dije a los jóvenes:

-Preparad los equinos que nos marchamos a la noche, no nos quedamos.

María dijo:

-Aranet, me siento cansada.

-Mujer, tú has decidido venir, sabías que esto podía ser así. -No dijo nada, Anán tampoco.

 

Y partimos para el palacio de Anán. Ya pensaría una estrategia. La cosa estaba difícil, no se trataba de un protectorado, se trataba de un sometimiento y muchos de los ingenuos reyes, muy ingenuos reyes, habían aceptado y de esa manera Andahazi se hacía más poderoso. Y cuando el poder se desequilibra en una región los demás pierden, y eso, y eso había que impedirlo. Y yo me encargaría de impedirlo. ¿Solo? Obviamente que no, no tengo poderes, tengo astucia, sé planificar estrategias. ¿Que me he equivocado? La prueba está en que casi muere Mina, que casi muero yo. Soy humano, soy falible, pero aprendo de las malas y de las buenas experiencias. El poder no es negativo si se usa con sabiduría, pero si se utiliza con ambición, por sometimiento, únicamente por sometimiento, por rencor, por desquite, por venganza no es bueno para nadie.

 

Gracias.

 


 

Sesión 27/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Temía una guerra en breve, un gran señor acumulaba un gran ejército con claras intenciones. De camino a palacio encontró a otros que temían lo mismo y decidieron juntarse.

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Entidad: Veníamos con los hoyumans al paso hacia el castillo de Anán. Mi amigo, el rey, me preguntaba cada cien líneas:

-¿Qué vamos a hacer?

Y le repetía lo mismo:

-Espera a llegar a palacio. Tomaremos algo caliente, nos sacaremos las botas, descansaremos y podremos hablar.

 

Presté atención, mis oídos escuchaban como un fragor de combate. Elegí a uno de los soldados, joven pero listo y atento.

-Adelántate, fíjate qué está sucediendo, No vayas al galope, ve a un trote rápido.

Tiempo más tarde el soldado volvió.

-Se están enfrentando una multitud de oscuras contra una multitud de guerreros, ellos parecen ardenios por su vestimenta.

-O sea, que es una batalla de todos contra todos.

-Pues no...

-Explícate -Ordené.

-Aparentemente están combatiendo dos y los demás observan.

-¡Ajá! Apuremos el paso.

 

Instantes más tarde llegamos. Estábamos a unas cien líneas de altura mirando hacia el valle y en un claro había de un lado cien oscuras y del otro lado cien guerreros ardenios. En el medio del círculo, combatiendo con espada una oscura muy ágil contra un guerrero muy corpulento, tendría un físico parecido al mío pero por su forma de luchar un poco más lento con menos reflejos. Finalmente la mujer logró desarmarlo y apoyó su espada en el cuello del hombre. Miré con atención: todos aplaudieron, el guerrero y la mujer se dieron la mano.

Bajamos lentamente con Anán, Marya y detrás los veinte soldados que nos escoltaban. Levanté mi mano derecha en señal de paz. Nos rodearon los guerreros y las oscuras. Desmonté.

-Venimos en son de paz. Él es el rey Anán. -Señalé a mi amigo-. Mi nombre es Aranet.

La joven dijo:

-Aranet, he escuchado hablar de ti. Mi nombre es Irax.

-Eres una oscura.

-Sí, se nota por mi vestimenta. Y estas son cien compañeras.

-No somos curiosos -le dije-, sólo estamos de paso, ¿pero puedes explicarme esto?

El hombre tomó la palabra.

-Estamos preocupados e hicimos una alianza con los oscuros.

Continuó hablando la oscura Irax.

-Todos estamos preocupados. Hace diez amaneceres atrás nos llegó una invitación a Villa Real. -Hice una mueca que simulaba una leve sonrisa.

-¡Ajá!, continúa.

-Y obviamente no fuimos, adivino las intenciones. Ese hombre está enfermo, Andahazi creo que se llama. Quiere quedarse con la zona de los oscuros y también -señaló a los guerreros- con parte de Ardeña.

-¿Cuántos sois?

El guerrero preguntó:

-¿Por qué? -Con mirada de desconfianza.

-Os contaré por qué -dije-. Venimos justamente de ver a Andahazi. -Los ojos de todos se pusieron en estado de alarma.

-¿Y? -preguntó el guerrero.

-Y nada, pensamos como vosotros, que el hombre está enfermo. Pero la situación se agravó porque fueron veinticuatro monarcas u hombres con títulos y por lo menos dieciocho o veinte acordaron servirle para ser "protegidos" por él. Así que sigue sumando gente, más los dos reinos que tiene, que suman cuatro mil hombres y si por lo menos entre dieciocho y veinte reinos más se ponen bajo su protección va a ser una fuerza invencible.

La oscura Irax sacudía la cabeza pensando.

-Y nosotros creíamos que éramos muchos.

-Aquí veo solamente cien y son únicamente mujeres. ¿Cuántos sois en total?

-Cerca de mil, mil doscientos seres.

-¿Y vosotros? -Al guerrero.

-Bueno, Ardenia tiene por lo menos treinta mil personas pero guerreros no creo que pasen los cinco mil.

-Bien, creo que podemos hacer muchas cosas juntos.

El guerrero dijo:

-¿Hablas de hacer una alianza?

-No, no, no, nada de alianzas, podemos juntar nuestras fuerzas para frenar la locura de Andahazi, el señor de Villa Real, como se hace llamar. Justamente íbamos para el castillo del rey a planificar, y bueno, aquel que está más allá de las estrellas hizo que nos encontráramos con vosotros. Y podemos juntar nuestras fuerzas. No digo que se sumen a nosotros porque de esa manera asumiríamos como que llevamos el control, y no se trata de que nadie mande a nadie, cada uno manda a su fuerza.  A propósito, explicadme lo del combate.

-Bueno -habló la oscura Irax-, queríamos ver quien mandaba entre nosotros, y lo decidimos en un duelo, así que ahora los cien ardeños están bajo mi mando.

-De todas maneras sois doscientos. ¿Cuál es vuestra idea?

Irax dijo:

-Que ellos vuelvan a Ardenia, junten los seis mil guerreros, yo traigo a los mil oscuros y nos juntamos en determinado lugar. ¿Y vosotros cuántos sois?

-No somos muchos. Tuvimos, hace muchos amaneceres atrás, una gran batalla y perdimos muchos hombres. En este momento tenemos cerca de cuatro mil soldados y dos mil más en la fortaleza Belicós, y yo debo tener en la isla Baglis cerca de quinientos bárbaros. No somos tantos pero entre todos sumamos gente, bastantes. -Me di vuelta y le dije a los soldados: -Desmonten. Descansemos y comamos algo.

 

Nos pusimos en una parte con Anán y Marya, se sumó a nosotros la oscura Irax.

-Parecéis de confianza.

-Bueno -comenté-, nunca hemos, por lo menos no a propósito, defraudado a nadie. ¿Cuál es tu historia? -Intuía como que ella deseaba contar y así lo hizo.

-Hacía muchísimos amaneceres, muchísimos, tuve una pareja llamada Ardix, un gran guerrero. Nos conocimos en un poblado donde había muchos asesinatos y para él yo era la principal sospechosa, así y todo nos atraíamos. Hasta que a lo último se descubrió que el asesino era un granjero; el más inocente de todos resultó ser el asesino. Y con Ardix formamos pareja, dejamos de vernos por un tiempo y luego volvimos. Pero tenía varios defectos, seguía siendo una persona desconfiada y celosa. -Me miró a los ojos esperando que haga algún comentario. Y así lo hice:

-Generalmente un hombre celoso es un hombre que tiene baja estima, es un hombre que se siente tan poco que piensa que va a ser engañado porque no se tiene confianza.

La oscura Irax agregó.

-Y en este caso fue peor porque su mentalidad se transformó en enfermiza, en obsesiva. A veces volvía de ver a mi gente y me interrogaba instantes, e instantes, e instantes para ver si de verdad había ido a ver a mi gente o si tenía un algún amante oculto. La relación ya no daba para más, era enfermiza, discutíamos permanentemente.

 

Hasta que un día me tendió una celada. Llegamos a un poblado que estaba semidesierto y había unos turanios rebeldes con los cuales él, evidentemente, ya había hablado.

A uno de ellos le tiró una bolsa con metales plateados. -Aquí tienes el pago.

Lo miré.

-Pago ¿por qué?

Ardix dijo:

Por ti. -Y me atraparon entre todos. Ardix tomó las riendas de su hoyuman y se marchó. Me había vendido a unos turanios rebeldes.

-¿Qué pasó luego, mujer?

-Utilicé mi astucia. Antes de que me humillaran y me dejaran me fui fijando quién de los turanios era el que llevaba la voz cantante y traté de agradarle, el hombre en seguida cayó en mis redes; lo acaricié, me llevó a su carpa y me entregué a él.

-¡Mujer!

-¡Qué! -me dijo ella con enojo-, no soy una mercancía pero prefería entregarme a uno a que me dejaran los veinte. El hecho de ser pareja de él, que era el que mandaba, evitó que los demás se fijaran en mí, así que dentro de todo salí bien parada. Pero ahí no termina la historia, eran amantes de la bebida y yo era amante de preparar polvos somníferos, los dormí.

-Y te marchaste.

-No -negó ella-, los degollé a todos y principalmente al jefe. Y me marché. Estuve treinta amaneceres buscando a Ardix hasta que lo encontré.

-¡Y te enfrentaste a él! -exclamé.

-No -negó la oscura.

-Para qué gastar energías, aparte de manejar la espada como habéis visto también se disparar con mi arco y a cincuenta líneas de distancia le atravesé la garganta.

-Supongo que te habrás sentido mal, al fin y al cabo había sido tu amor.

-Para nada, mi amor había muerto cuando me vendió a los turanios rebeldes. -Asentí con la cabeza.

-¡Uff, vaya historia! Habéis dicho que tenéis un lugar donde encontraros. Hagamos una cosa, nos podemos encontrar todos en el castillo de él, de Anán, queda a un amanecer de camino hacia el oeste por este mismo sendero.

-Voy a ir a mi poblado, los guerreros irán a Ardenia, calcula más o menos en treinta amaneceres y nos encontraremos.

Negué: -Es mucho Irax, es mucho tiempo. Más de dieciocho, veinte amaneceres no. Traed mulenas, acordaos que es un viaje largo y las mulenas cargan bastantes provisiones.

-No tenemos mulenas -dijo la oscura.

-Pero vosotros sí -le dije al guerrero.

-Sí.

-Bien.

El guerrero me miraba.

-¿Qué ves?

-Eres un hombre común. -Sonreí.

-No entiendo.

-¡Tú eres Aranet! Escuché hablar de ti.

-¿Y qué esperabas ver?

-Eres de carne y hueso.

-Pues sí, y estuve tres veces al borde la muerte, y aquel que está más allá de las estrellas más la ayuda de otras personas me han salvado todas las veces. Pero sí, soy mortal como vosotros, por lo menos por ahora aquel que está más allá de las estrellas me acompaña, no sé el día de mañana pero por ahora estoy vivo. Y nuestro plan es que Andahazi no logre su plan perverso porque va a desolar todas las regiones de las que se apodere.

-Tú que has ido, ¿cómo es la fortaleza?

-Enorme -respondí-, muy grande, pero tiene defectos, tiene una sola entrada.

-Y eso la hace fuerte porque no hay por donde entrar sino es por esa entrada.

-Evidentemente no eres estratega -le dije al guerrero-, no hay por donde entrar si no es por esa entrada, pero no hay por donde salir si no es por esa salida.

-¿Y la parte de atrás?

-Recorrí toda la fortificación, no tiene otras salidas. Revisé los alrededores, no hay túneles secretos. Y más allá un gigantesco lago, un lago muy, muy grande, se lo puede rodear con embarcaciones toda la parte de atrás pero la única salida que tienen es justamente ese gran portón, y tienen un patio feudal muy desprovisto de provisiones. Contemos de aquí en más veinte amaneceres y nos encontramos en el castillo de Anán.

 

Asintieron los guerreros ardenios, asintió también la oscura Irax. Me di la mano con el guerrero un apretón bien fuerte. Y con la oscura Irax, su mano no era débil, su mano era fuerte y su apretón auténtico. Me miró a los ojos.

-Confío en ti.

Le dije una frase muy trillada:

-Irax, la unión hace la fuerza. No confíes sólo en mí, confía en la unión, juntos podremos. En veinte amaneceres estaremos todos listos. Y hablaré con mis bárbaros, a ver si pueden a su vez sumar más gente de parte de ellos.

 

Nos despedimos. Anán, Marya y los veinte soldados que nos escoltaban marchamos hacia el castillo. Atrás quedaban las cien oscuras y los cien ardenios. Y había una esperanza, había nacido una esperanza, podríamos vencer a ese ser enfermizo que se hacía llamar el señor de Villa Real. No hay nada mejor que la paz y la armonía, pero lamentablemente para conservarla, paradójicamente hay que presentar batalla. ¿Qué paradoja no? La paz se logra con la guerra. ¿Siempre será así? ¡Qué destino atravesado!

 

Gracias por escuchar.

 


 

Sesión 03/09/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Con miles de guerreros iba a enfrentarse al señor de Villa Real. Pero no había garantía de nada.

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Entidad: Seguíamos marchando hacia la fortaleza de Villa Real, me di cuenta de que los ánimos de todos no estaban bien me sorprendió que uno de los más molestos era el propio Ligor, le comenté las pérdidas que tuvimos y me respondió:

-Fue una torpeza que hayas elegido ir por el desierto y no por el lado del bosque.

-Lo puse a votación -le expliqué.

-¿A votación?

-Sí.

-A votación ¿por qué?

-A votación porque muchos se oponían diciendo que en el bosque podía haber riesgos, peligros, podía haber enemigos ocultos en los árboles o sobre las ramas.

-¿Y tú dijiste que sí?

-Sí, no tuve otra opción, respeté la voluntad de la mayoría.

-¿Por qué?

-Porque es así como debe ser.

-¿Y quién lo dijo?

Habló la oriental Xia:

-Todos lo dijimos.

Ligor detuvo la marcha de su animal, mostró sus manos que brillaban con estática y dijo:

-¿A que no se atreven a oponerse a mí, a mi voluntad? -Dos o tres de los bárbaros de mi fuerza se adelantaron, les hice un ademán de que se quedaran quietos-. A ver ¿quien sigue? -Mostró sus manos.

Se acercó Ezeven.

-¡Ya está Ligor! Ya pasó. Ocupémonos de lo importante.

Ligor lo miró y los siguió viendo a los demás.

-Soldados, bárbaros, ardenios, oscuros ¿algunos tiene el coraje de decir algo?

Si doy una orden -siguió hablando la oriental Xia-. ¿Te piensas que porque tienes el poder del rayo nos vas a someter a todos? ¿En qué te diferencias entonces de Andahazi? -Ligor suspiró hondo.

-No, no se trata de eso -dijo, su tono era más calmado-, se trata de que han equivocado el camino.

-Y lo hemos pagado caro -agregó la oriental Xia-. Prácticamente no la conocía a la oscura Airax, pero era una buena guerrera y perdió la vida.

-Sí, así es, por vuestra decisión.

Xia siguió desafiante:

-O sea, tú nunca te has equivocado.

-Sí que me equivoqué, muchísimas veces -dijo Ligor- y habré pagado las consecuencias pero no le hice pagar las consecuencias a mi gente, esta es la diferencia.

 

Yo estaba callado. Quizá Ligor tenía razón, pero también me imagino lo que hubiera pasado si me oponía al voto, por ahí se hubieran levantado en armas alguno de los ardenios o de los oscuros y mis bárbaros hubieran peleado contra ellos. O sea hubiera sido una batalla contra nosotros y no contra Andahazi. De la misma manera que lo pensé se lo expliqué a Ligor después. Se encogió de hombros y seguimos avanzando.

Muchos de nosotros teníamos drómedans en lugar de hoyumans. A mí me resultaba incómodo montar en drómedans lo cual era ilógico habiendo montado tantas veces un bagueón, mi querido koreón.

 

Ya estábamos casi llegando, muchos de los dracons sobrevolaban detrás nuestro, dos de los dracons iban sin jinete, los dracons que habían montado Ligor y Ezeven. En un momento dado se escucha como un ruido detrás nuestro.

-¿Y ahora qué?

-Es muy sencillo -dijo Ezeven-, de los distintos reinos muchos se habrán recuperado. Los frenamos, pero vienen a todo galope para defender a su supuesto señor.

Ligor pegó un muy fuerte silbido, dos de los dracons, los que estaban sin jinete bajaron. Uno lo montó Ligor y el otro Ezeven.

-¿Qué pensáis hacer?

-Nosotros nada. ¡Alucar! -llamó a uno de los hombres alados, seguramente era el que mandaba entre ellos-. Ve con tus hombres lleva los dragones frena la horda de jinetes que viene. -Alucar se lo quedó mirando:

-Los frenamos o...

-Si siguen avanzando que mueran abrasados con el vapor. Al fin y al cabo siempre hay daños colaterales -agregó Ligor.

 

Lo veía demasiado impiadoso, bastante excitado algo lo tenía mal y no sabía que era, pero no le pregunté. Los hombres alados partieron hacia atrás a frenar con los dracons a los jinetes que venían de los distintos reinos y nosotros seguíamos avanzando hacia la fortaleza, que prácticamente ya la teníamos a la vista.

Pero no todo era tan sencillo, muchos de los que nos habían atacado en el desierto volvieron otra vez a reagruparse y arremetieron de vuelta contra nosotros. Los dos dracons que quedaban con Ezeven y Ligor fueron hacia allí lanzando el vapor ardiente, los frenaron, los hicieron retroceder y terminaron huyendo.

Ligor seguía excitado.

-Acompáñame, Ezeven, vamos a sobrevolar la fortaleza y abrasamos con vapor ardiente a todos los que estén detrás.

-¡No! ¡No!

Ligor me miró: -¡Cómo no!

-No, van a morir inocentes, van a morir inocentes, hay muchos feriantes en el patio feudal, siempre están adelante del primer muro, los soldados se van a mezclar con ellos para protegerse, los van a utilizar como una especie de escudo.

-Bueno, como dije antes, daños colaterales.

Esta vez habló Ezeven:

-No Ligor, tiene razón Aranet. Tiene razón Aranet, no podemos hacer eso, inocentes no. Te veo demasiado excitado -agregó Ezeven-. ¿Qué sucede?

Ligor respiró hondo y dijo:

-Presiento que algo malo va a ocurrir, quiero acabar con esto rápido, no quiero una guerra que se extienda y muera más gente. No de la nuestra.

-No es tan fácil -dijo Ezeven-, no es tan fácil.

Por primera vez Ligor me consultó:

-¿Qué hago?

-¡Ah!, tiene razón Ezeven -exclamé-, no pueden morir más inocentes. H hagamos lo que yo pensaba al principio. Hagamos un sitio, no hay otras puertas ni portones grandes, se les va a acabar la comida, van a tener que salir, estaremos allí.

-¿Y te piensas que estaremos en ventaja? -preguntó Ligor-, estamos en medio del desierto bajo este sol rojo, nosotros tampoco tenemos tantos alimentos ni tampoco tanta agua y vamos a hacer un sitio. ¿Cómo sabemos que no tienen provisiones? Seguramente tienen diez veces más provisiones que nos notros y vamos a hacer un sitio.

 

¡Ah! También tenía razón Ligor en esto. Siempre mi plan fue llegar a la fortaleza y sitiarla para que nadie pueda salir y cuando no tuvieran provisiones tuvieran que rendirse. Lo que no tenía en cuenta era que la fortaleza estaba en medio del desierto y nosotros, los que la rodeábamos, estábamos más desprotegidos que los de adentro. ¡Bufff! Está muy difícil la cosa. Y no hay ni un oasis a miles de líneas de distancia.

 

Xia dijo:

-Bueno, a nuestra izquierda tenemos el bosque.

-Sí -dije yo-, pero nos alejamos para el bosque y ya no estamos sitiándolos. Acerquémonos un poco más -agregué-, quiero estudiar bien la fortaleza.

 

En ese momento con una catapulta lanzaron enormes piedras untadas en aceite y prendidas fuego, varios de jinetes nuestros cayeron entre llamas, otros aplastados por las rocas.

-¡Retrocedamos! -retrocedimos.

-¿Tengo razón yo o no? -preguntó Ligor-, voy y con mi dracon a los que están manejando las catapultas los arraso con el vapor ardiente de mi animal. -Y sin decir nada espoleó al animal y salió adelante. Dos rocas ardientes le dieron una a un costado del animal y otra en la cabeza. No llegó a atontar al animal pero Ligor haciendo por primera vez uso de su prudencia retornó-. Están bien equipados.

-Déjame a mí. -Miramos a Ezeven.

-¡A ti!

-Sí, iré yo, mi dracon es más liviano.

-¿Y? -preguntó Ligor.

-Es más ágil, seguramente menos potente pero yo no quiero potencia en este momento, no es un pichón de dracon pero es bastante más joven que el tuyo Ligor, maniobra más fácil, va a esquivar las rocas ardientes.

Interrumpí yo:

-Y qué piensas hacer ¿lo que decía Ligor?, ¿abrasar con vapor ardiente a la gente de adentro?

-No, no, sobrevolaré bajo y caeré. ¿Tenéis en cuenta que puedo levitar?

-Lo he visto -confirmó Ligor-. Su dracon cayó y él antes de llegar a tierra sobrevoló y puso los pies lentamente. Tiene el don de levitar.

Me quedé pensando.

-Está bien. ¿Qué harías entonces adentro?

-Lo mismo que hice en uno de los castillos, puedo manejar la mente de ellos y sembrarles un pánico haciéndoles ver cosas inexistentes. No importa si también se lo hago ver a los feriantes y a los que están en el patio feudal, eso no mata a nadie. Una vez que los vea a todos acurrucados, con temor, sobrevuelo con mi dracon y les hago dar la señal -porque les obligaría a abrir los portones desde adentro- y ahí podríamos atacar teniendo a los soldados inofensivos.

-Eso sí me parece buena idea, no la de Ligor. O sea, que irías, sobrevolarías bajo, dejarías que tu dracon se eleve para protegerse de las catapultas y con tu mente implantarías un pánico con visiones inexistentes.

-Correcto, Aranet, eso haría.

-Bien. Obligarías mentalmente a algunos de los soldados que abran el portón desde adentro y darías la señal con tu dracon de que pudiéramos entrar.

-Nada más fácil que eso.

-¿Qué dices Ligor? -se encogió de hombros.

-Me parece bien, los hombres alados están conteniendo bastante a los otros.

-Hagámoslo entonces. -Ezeven hizo un gesto de asentimiento-. Y salió disparado con su dracon que parecía un proyectil. Se impulsó con sus alas, las cerró y su cuerpo marchaba a diez veces la velocidad de un hoyuman hasta que finalmente pasó los muros de la fortaleza. -Bueno, esperemos que tenga éxito.

 

-¡Cómo pasa el tiempo! -exclamó Xia la oriental.

-Voy con mi dracon a ver qué pasa -exclamó Ligor.

-Espera. -Y esperamos. Pero no me gustaba nada. Nos miramos con Ligor- Tarda demasiado.

Ligor dijo:

-Ezeven es muy poderoso con su mente, no creo que le puedan hacer nada.

-Lo que tú digas -exclamé yo-, pero tarda demasiado, no me gusta.

 

Y Ezeven no aparecía, y no aparecía.

 

Gracias por escucharme.

 


 

Sesión 17/09/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

La gran batalla contra las fuerzas del señor de Villa Real había comenzado. Unos y otros ahora ganaban, ahora perdían. Aparecieron actores que nadie esperaba.

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Entidad: Manteníamos el sitio a duras penas, los soldados que habían quedado rezagados de los reinos obedientes a Villa Real se habían rearmado, iban despacio, llevaban algunas catapultas, habían derribado algunos dracons.

No era tan fácil, tan sencillo como pensaba Ligor. Encima, los que habían quedado derrotados dos veces volvían otra vez a la carga, además de un nuevo reino que venía del noreste, por lo menos mil hombres más. Nos pasaban en número pero lejos. La batalla estaba muy difícil, muy difícil pero a veces una o dos personas logran lo que no logran cien personas.

 

De repente vimos que el portón se abría, el primer asombrado fue Ligor cuando vio que su esposa Nuria estaba adentro y había dejado un tendal de soldados muertos o mal heridos que le servían a Andahazi. Me alegré que atrás vimos bien a la niña Ciruela y a Ezeven.

Mientras algunos de los nuestros resistían me mandé con los bárbaros y entramos al primer patio. Habíamos vencido el primer muro, por suerte casi no había heridos entre los feriantes, entre los comerciantes que se habían refugiado en sus casas.

La niña me quería contar lo qué había pasado, le dije:

-Tenemos tiempo para eso. Marchemos, avancemos.

 

Muy a grandes rasgos y en forma muy breve Nuria nos puso sobre aviso a su esposo y a mí de que Randora se había unido a Andahazi y que ella utilizó la estrategia de dejarse atrapar para luego utilizar sus poderes similares a los de Ligor. Era buena señal. Ligor y Nuria con el poder del rayo, Ciruela que con su mente podía de alguna manera hacer arder por dentro a sus enemigos y Ezeven era un mento superdotado.

Y entramos, vencimos la primera resistencia pero no era para vanagloriarse, afuera nuestra gente estaba perdiendo. Los oscuros, los ardenios y los soldados que quedaban de Anán que no eran tantos, los hombres alados con los dracons hacían lo que podían, que no era poco pero no alcanzaba.

Le pregunté a Nuria.

-Mujer, ¿dónde está esa Randora? -Se encogió de hombros.

-Debe estar escondida detrás del segundo muro con Andahazi.

 

El segundo muro estaba bien protegido y había otro portón. Le dije a la niña Ciruela y a Ezeven:

-Utilicen sus poderes, que se sume Ligor y Nuria, a ver si pueden derribar el portón interno.

Ligor tenía el humor de bromear y decía:

-Eso en tanto y en cuanto podamos esquivar las flechas que nos lanzan de arriba. -Hice una mueca de sonrisa. No llegué a reír, no tenía tiempo.

 

Todavía había soldados que vencer. Serviles, no serviciales, serviles a Andahazi. Una lucha que no se terminaba, minutos que parecían horas, choque de metales, fuego, olor a cuerpos quemados, sangre, bastante crudo. Una cosa es relatarlo y otra es vivirlo.

Reconozco que a lo largo de mi vida he visto muchísimas cosas, pero qué puedo decir, nunca nos acostumbramos, nunca nos acostumbramos a la muerte, nunca nos acostumbramos a la violencia, nunca nos acostumbramos al dolor propio o ajeno.

Es cierto que el mal hay que exterminarlo de raíz. Me molestaba tremendamente acabar con la vida de los enemigos porque al fin y al cabo muchos tenían familia, pero dejarlo ganar a ese alienado de Andahazi era que toda la región estuviera esclavizada, y se trataba de elegir el mal menor.

 

Terminamos de romper el portón interno pero en lugar de avanzar, cientos de soldados de Andahazi que estaban en el segundo patio se abalanzaron contra nosotros. La situación estaba caótica, muy caótica.

Ciruela había recibido un proyectil en la frente, quedó semidesvanecida. Su misma furia la hizo recuperarse rápidamente y extendió sus manos y hubo cuerpos que ardieron, que se incineraron. Los soldados se asustaron, retrocedieron. Por un lado me daba pena la niña, ¡ay!, cómo puedo explicarlo, era una niña al fin y al cabo, y de repente, de golpe se hacía adulta. ¿Eso era justo? No, no era justo, que una niña tan joven participe de una batalla... Sí, tenía dones, tenía poderes, el don de la destrucción, pero ¿y su mente? Los niños juegan, los niños juegan con espadas de madera, se divierten, corren, se esconden, nadan en el arroyo, los niños no participan de una guerra. Me dolía algo interno que no sabría cómo definirlo, vosotros le llamaríais alma, me dolía el alma. Obviamente todo eso lo pensaba yo porque la niña no pensaba, actuaba, sus ojos estaban inyectados no en sangre, en furia, en dolor, en rencor, apasionamiento. Y no, una niña no debería pasar por eso, para nada.

 

Pero los soldados retrocedieron. Ezeven, también del mismo modo que tenía el don de levitar y de lanzar proyectiles le vi hacer algo nuevo: espadas, puñales caídos en el piso le bastaba mirarlos y con un gesto moviendo la cabeza rápidamente con la mirada los lanzaba clavándolos en el cuerpo de los enemigos. Sí, me daba impresión. El guerrero que montaba un bagueón como si acariciara un pequeño gato, el guerrero que había vuelto de la muerte dos, tres veces, el que había visto a su amada a punto de morir... ¿y le daba impresión eso?, porque al fin y al cabo yo era un ser humano. ¿Acaso no me apasioné cuando Snowza me venció porque estaba enceguecido y no pensaba, no razonaba? Pero no el no pensar, para en forma automática combatir, no; no pensaba pero tampoco combatía, y estuve a punto de morir otra vez. Cuántas veces me hirieron.

Todo esto que estoy relatando no lo relato simultáneamente con el momento de la batalla, yo peleaba, paraba las flechas con mi escudo, volvía a pelear, tenía la ropa desgarrada, el pecho al aire; era más bárbaro que los bárbaros que me acompañaban, por algo era su jefe e iba al frente poniendo el pecho, pero obvio que no era ningún tonto, delante del pecho el escudo, tonto no.

Y los hicimos retroceder. Nos ganaban en proporción de cinco a uno y los hicimos retroceder.

 

Y al comienzo dije "lo que no logran diez lo pueden lograr dos", y el portón principal lo derribaron entre Ciruela y Nuria. Y pensábamos que ya estaba todo dicho porque los de afuera con sus dracons mantenían en línea a la nueva gente que se acercaba, más que nada porque no conocían a los dracons.

Pero, porque siempre hay un pero: de repente los hombres alados se asustaron o se desconcertaron. Miré para donde miraban ellos, Ligor también miró.

Exclamó Ligor:

-¡Pero qué es eso!

 

Lumarios, hombres morenos montados en draco raptors. Los draco raptors eran una especie de dracons mucho más pequeños, de la zona de Lumaria, y eran mucho más fáciles de maniobrar porque eran del tamaño de un hoyuman, cuatro veces más pequeños que los dracons, eran mucho más fáciles de manejar. Y eran por lo menos una horda de cien lumarios montados en cien draco raptors y nos atacaban desde arriba arrojándonos lanzas o tirándonos flechas. No teníamos donde guarecernos. Los draco raptors pequeños, a diferencia de los dracons no lanzaban vapor hirviente, eso era una ventaja, pero el hecho de estar luchando contra soldados en tierra y contra lumarios montados en draco raptors prácticamente se hacía casi imposible la victoria, casi imposible. Los bárbaros que me seguían caían a montones y les ordené que se refugiasen, algunos habían perdido escudos, otros directamente no tenían.

 

Ezeven hizo gestos y con su mente volteó varios draco raptors haciendo que los lumarios que hacían de jinete, algunos se lastimaban, otros directamente se golpeaban la cabeza y quedaban muertos al instante, pero eran cien.

Ni Ezeven ni Ciruela no dábamos abasto, estábamos casi perdidos, estábamos casi perdidos.

 

 


 

Sesión 20/09/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

La gran batalla estaba en su apogeo pero no iba bien. Guerreros y amigos estaban cayendo. Mientas tanto el señor de Villa Real escapaba.

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Entidad: Era todo un caos. Mi mente también estaba mitad en la batalla y mitad con incertidumbre de qué había sucedido con Mina. Donk no aparecía. No había novedades. Pero no tenía sentido distraerme, no sólo no iba a solucionar nada si no que no iba a servir para solucionar el combate. Y nos estaban dominando, nos estaban dominando con estos pequeños dracons, como les llamo yo. Nos rodeaban de todos lados, está bien. Ya prácticamente atravesábamos el segundo pario pero mis hombres también estaban cayendo. Era algo tremendo, algo tremendo.

 

Me rozó una flecha me hirió el brazo derecho justo el brazo donde manejo la espada pero de alguna manera me hizo bien, me espabiló, me despertó, me sacó de mis pensamientos inútiles que en ese momento no tenían sentido y la consecuencia era nefasta porque me sacaba del lugar de la batalla y eso no podía ser. Lo veía a Ligor con su rostro de impotencia y quizás estaba peor que yo porque su esposa estaba en batalla y él estaba más preocupado por ella que por su propia supervivencia, y así lo terminaba anulando. Y a aquel que está más allá de las estrellas le pedía, le pedía y le pedía, pero sé que a veces la vida se maneja más por azar que por otra cosa y a veces la fatalidad es como que juega sus fichas y gana todo.

Una de las flechas que lanzaron estos hombres atravesó a Nuria, Ligor pegó un alarido, dejó de mirar hacia arriba y otro de los hombres también lo atravesó con otra flecha y cayó.

 

Cayó Nuria, cayó Ligor. Estaba desconcertado pero no reactivo, desconcertado y en ese momento escucho un tremendo griterío del otro lado, del lado del bosque proviniendo del norte: unos hombres demasiado abrigados, unos guerreros con un armamento que no era de esta zona, eran hombres del norte, ¡hombres del norte! Estábamos acabados, más de mil por lo menos eran, todos armados con espada y con hacha.

Se acerca el que mandaba:

-¿Vosotros estáis con la resistencia?

-Así es.

-Estamos con vosotros.

-¿De dónde sois?

-Del norte, pero no queremos dictadores que se apoderen de toda la región porque después vendrán por nosotros. No soy hipócrita -dijo el hombre-, no lo hacemos por ustedes, lo hacemos por nosotros. ¡Mira! Hay enemigos por allí que vienen por el otro lado del desierto detrás nuestro, nos repartiremos -dijo el hombre.

 

Y un montón de guerreros se repartió entre filas y sí, aquel que está más allá de las estrellas utilizó una horda de saqueadores para que jueguen una baza a nuestro favor. Y empezamos a dar vuelta a la batalla. Los aliados a Andahazi empezaron a caer unos tras otros.

Ezeven y la niña... La niña, la niña Ciruela arrastrando como podía ella el cuerpo de Nuria. Ezeven puso a un costado protegido el cuerpo de Ligor. Le hice una seña a Ezeven de que los guerreros del norte estaban con nosotros: cerró el puño en un gesto de victoria. Y siguió avanzando con todo. Lo mismo Ciruela.

 

Y dimos vuelta a la batalla, dimos vuelta a la batalla. Terminamos de conquistar el segundo patio interno. Quedaba la tercera muralla, la tercera muralla donde estaba Andahazi. Ligor más de una vez me dijo "Déjamelo a mí", pero me daré el gusto de o ensartarle mi espada o cortarle el cuello.

Y avanzamos con todo, avanzamos con todo.

Le dije al jefe de los hombres del norte:

-Ya avisé a uno de los hombres voladores que están con nosotros, los dracons los dejarán pasar.

Asintió con la cabeza y le habló a sus hombres, ya estaban repartidos entre filas combatiendo a los del desierto, los otros los rezagados de los reinos afines a Andahazi.

 

La tercera tropa nos apoyaba a nosotros. Mis bárbaros vitoreaban, los pocos soldados que quedaban de Anán también. Los oscuros, los ardenios estaban como enardecidos, como que tenían nuevos bríos. Era todo mental obviamente, porque casi no teníamos fuerzas físicas pero avanzamos y avanzamos y avanzamos.

Manaba sangre de mi brazo pero podía mantener con toda la fuerza mi espada y volteaba, volteaba y volteaba enemigos, no me iban a detener, no me iban a detener. Mi torso también estaba casi desnudo como el de Ligor, ahora no podía detenerme a ver a Ligor, tenía que seguir luchando y luchando y luchando.

Hasta que finalmente cayó el tercer muro, invadimos el último patio interno. Ahí la lucha fue feroz. Al revés de lo que pensábamos los mejores soldados de Andahazi quedaron protegiéndolo y la resistencia que ofrecieron era brutal, brutal. Caían guerreros del norte, caían bárbaros de los míos, caían oscuros, caían ardenios pero seguíamos avanzando y avanzando y avanzando.

Le dije a los norteños:

-En la euforia traten de no lastimar a los feriantes, a los que están en la parte feudal, ellos son inocentes -los norteños asintieron.

 

Y siguió la batalla, una batalla con toda, con toda la fuerza. En un momento determinado una flecha cayó lastimando a Ciruela, ¡a la niña!

Ahí sí, ahí no lo pensé. Dejé de luchar, arremetí contra tres o cuatros soldados, la levanté a Ciruela, estaba casi desmayada. La puse también en una protección.

Le dije a uno de los bárbaros norteños:

-Sigan ustedes, esta niña vale más que todos los metales de Umbro. ¡Por favor!

 

Miré su herida, no era grave pero manaba sangre también y no la quería dejar, no la quería dejar. No sabía cómo vendarla, cómo parar esa sangre me sentía desesperado, desesperado.

Vino uno de mis bárbaros.

-Aranet.

-¿Qué? ¡Qué pasa ahora!

-Vencimos a la resistencia que quedaba, pero no está Andahazi.

-¿Cómo no está? Hay un túnel.

-Lo hemos visto. Lo recorrimos, no pasaron por ahí.

-Entonces tiene que haber otra salida, otra salida que no descubrimos. Busquen en los aposentos, fíjense, tiene que haber otra salida. No puede escapar, ¡no debe escapar!

 

Pero aún no había terminado la batalla. Los norteños habían vencido a la resistencia de Andahazi que estaba en el desierto, pero los reinos de atrás eran muchos, muchos hombres.

Le dije al jefe norteño:

-La columna que venció a los del desierto envíala para atrás, no pierdas más hombres. -Así lo hizo.

 

Equipararon la resistencia y le dieron vuelta. Los norteños atropellaron a los reinos leales a Andahazi, eran brutales para luchar, todos muy fuertes. La complexión de los del norte era muy robusta, pero el jefe de ellos me extrañaba porque no era de cutis blanco y cabello rubio o casi canoso, era más bien moreno, de cabello negro, pero era absolutamente respetado por todos, pero no tenía las facciones norteñas como los demás.

 

Y finalmente vencimos. Todos empezaron a buscar.

-Andahazi tenía una cómplice, una tal Randora. Búsquenla también a ella. -Pero no, habían escapado.

Uno de mis bárbaros me llamó:

-Lo busca Ezeven, Aranet.

-Estoy con la niña, no puedo.

-Encontraron otra salida que da para un lugar donde hay agua, y ahí se ven huellas.

-Yo estoy con la niña. Síganlos ustedes pero no los maten, atrápenlos pero no los maten, los quiero tener... los quiero tener yo, retorcerles el cuello yo.

 

No me ponía de acuerdo conmigo mismo; clavarle a Andahazi la espada sacándosela por el otro lado del cuerpo, cortarle la cabeza o ahorcarlo con mis manos. No quería ponerme reactivo como cuando lamentablemente perdí con Snowza no, no. Estaba depresivo, estaba molesto, estaba dolido pero todavía no tenía tiempo de ver a Ligor, me interesaba la niña, me interesaba la niña. No sabía cómo... cómo podía salvarle la vida, nunca me había visto tan vulnerable.

Había caído Nuria, Ligor era un amigo y Ciruela... Cómo podía, cómo podía...

 

 


 

Sesión 27/09/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Después de la gran batalla había que reponerse, había heridos. Una dama apareció de pronto para sanarlos.

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Entidad: ¡Qué ironía, qué paradoja! Prácticamente con estas hordas nuevas que vinieron del norte dieron vuelta a la batalla a nuestro favor. Los pocos draco raptors o cayeron o sus jinetes se escaparon; el resto de los leales a Andahazi cayeron o se rindieron incondicionalmente.

Pero había caído Ligor, aparentemente la herida no era tan grave como la de Nuria o la de la pequeña Ciruela, pero también estaba inconsciente.

 

Una victoria amarga, una victoria triste. Para colmo mis bárbaros buscaban por todos lados, no quedó nada sin recorrer. Encontraron un segundo túnel detrás de las cocinas que desembocaba a un espejo de agua.

Detrás nuestro, en medio de todos los jinetes venía un hoyuman, lo montaba una mujer. Por alguna razón todos le abrían paso. Llegó hasta mí, me miró, una mirada límpida, clara, unos ojos extraños, no llegaba a describir si eran celestes o grises y me preguntó, mirándome directamente a mis ojos:

-¿Hay heridos graves?

-Sí, señora. ¿Tú prácticas algún tipo de medicina?

-Tengo líquidos -me dijo- y unas hiervas en mis alforjas.

 

Me extrañaba que los jinetes la hayan dejado pasar sin interrogarla. Yo mismo quería preguntarle más, pero como que algo me lo impedía. Vio primero a la niña, dejando su hoyuman atado en un tirante de madera, le puso una especie de polvo blanco en las heridas; el polvo echó como una especie de espuma, como si estuviera hirviendo. Me impresioné pensando que quizás eso le haría peor a la niña. La mujer agachada se dio vuelta y me miró, me hizo un gesto como diciendo que me quede tranquilo. Sacó un puñal, me alarmé, se dirigió a Nuria, le cortó parte de la ropa y echó también ese polvo blancuzco en la herida de Nuria. Finalmente se ocupó de Ligor, también le echó ese polvo. Ahí sí me atreví a hablar, y le pregunté:

-¿Habías comentado que ibas a usar unas plantas? -asintió con la cabeza.

-Este polvo es un extracto y hace efecto casi de inmediato.

-¿En qué sentido?

-Es cicatrizante.

-La niña ha perdido mucha sangre.

-Lo noto -dijo la mujer de los ojos enigmáticos mitad grises mitad celestes.

Sacó una cantimplora, la niña seguía inconsciente pero es como que murmuraba, murmuraba, murmuraba como que tuviera un ataque febril y deliraba y deliraba y deliraba y deliraba.

Se me removía el estómago de los nervios cuando de repente veo arriba mío un jinete con un draco raptor que se dirigía hacia la mujer y la niña y disparó una flecha que iba directa a la frente de la niña. La mujer miró, sólo miró y la flecha cayó inerte. Miró de nuevo y el animal hizo una especie de cabriola lanzando desde veinte metros de altura al jinete, que se estrelló contra el piso perdiendo la vida. El animal huyó espantado.

No tenía palabras, me quedé asombrado. Algo así le había visto hacer a Ezeven.

Levantó la cabeza de la niña y le dio el líquido. La niña es como que inmediatamente recobró el conocimiento y se quejó:

-¡Es muy amargo!

-Bébelo todo.

-Es muy amargo... -La mujer la miró a los ojos.

-Bébelo todo. -La niña lo hizo-. Ahora descansarás, tus heridas cicatrizarán, te pondrás bien.

Inmediatamente le dio de beber a Nuria. Nuria estaba semiinconsciente pero tomó un gran sorbo.

Ligor ya había abierto los ojos y la miró. Ella lo miró y sonrió: -No te gustará pero tendrás que beber.

-Lo haré, señora. -Dijo con tono de burla Ligor. No perdía su tono burlón ni siquiera en las puertas de la muerte. Tomó un gran sorbo hasta que la dama le sacó la cantimplora.

-Ya está, ahora descansa.

-No, hay mucho que hacer.

-Ahora descansa. -Ligor se sobresaltó.

-¿Cómo está mi esposa? -La dama miró a Nuria.

-Bien. Tu esposa está bien. La niña también. Ahora descansa. -Le tocó la frente. Ligor cerró los ojos y se durmió.

 

La joven se paró (levantó).

-¿Quién eres?

-Me enteré de lo que había pasado aquí, no pude llegar antes, tenía cosas que atender.

Irracionalmente le reproché:

-¿Cosas que atender más importantes que heridos en una batalla? -La mujer sonrió.

-No, simplemente no lo sabía, ni mi esposo tampoco.

-¿Tienes esposo?

-Afortunadamente sí, y es un gran hombre.

-¿Me explicas eso de la flecha? ¿Cómo la has desviado?

-Eso es lo que les enseño a mis niños.

-¿Tienes muchos niños? -pregunté.

-Les digo mis niños, pero son mis alumnos, ya te explicaré. Entiendo que hay muchos más heridos, llévame con ellos. -Su voz era de autoridad, pero una voz dulce pero firme. Atendió por lo menos como a treinta y cinco, cuarenta hombres, incluso de los enemigos.

-¿Y a estos por qué los ayudas?

-¿Tú no los ayudarías? -Me encogí de hombros.

-Nos han tirado a matar.

-Ya terminó la batalla, a los caídos hay que ayudarlos.

 

Tenía un razonamiento bastante peculiar. Los pocos enemigos que quedaban se habían rendido incondicionalmente. Les quitamos las armas. La dama, con ayuda de otros de mis hombres ayudaron a los caídos. Mis hombres lo hacían a regañadientes pero les ordené que la ayudaran. Muchos se quejaban. Más entre mis bravos.

-¿Por qué tenemos que ayudar a esta gente?

-La dama lo dispone así. Ella curó a Ligor, a su esposa Nuria y a la niña, Ciruela.

 

Ezeven la observaba. La mujer lo miraba a Ezeven. Dijo:

-Es hora de descansar, supongo que habrá provisiones para comer, tengo bastante apetito. -Comimos.

Ezeven se acercó a ella y le dijo:

-Eres una menta, he visto lo que has hecho con la flecha.

Ella lo miró y le dijo:

-Y tú eres un mento, he escuchado hablar de ti. Eres muy buena persona.

 

Conversamos en silencio. La gente del norte que a último momento nos vino a ayudar comió con nosotros. Su jefe estaba apartado, miraba a todos con recelo. Me acerqué a él y le dije:

-Te agradezco la ayuda. -Asintió con la cabeza pero no habló. Lo único que dijo: -Al amanecer nos iremos.

 

Pero antes de que llegara el amanecer, antes de que despuntara el sol rojo, tanto Ligor como Nuria como Ciruela estaban bien, prácticamente la herida era apenas una cicatriz. Le conté -sin dar detalles- a la dama:

-Has hecho milagros con ese polvo. Sé que -sin revelar dónde- hay un valle de plantas sanadoras.

-Lo sé -dijo la dama-, de allí traje este extracto de polvo.

-¡Vaya! Así que varios conocen el lugar.

 

Se había levantado polvo, mucho polvo, un polvo que hacía toser tremendamente. Nos pusimos un pañuelo en el rostro, era una leve tormenta de arena. Finalmente pasó.

En ese momento los hombres del norte iban a partir cuando tanto Ligor como Nuria vieron al jefe. Ligor se dirigió a él, que ya estaba montado en un hoyuman. Ligor, bastante alto, lo tomó del cuello, lo arrancó prácticamente de la montura y lo tiró al piso, sacó su espada y se la apoyó en el pecho, Nuria por otro lado le pisó uno de los brazos. Me acerqué a ellos:

-¡Qué hacen! -Ligor estaba con los ojos en llamas, enfurecido.

-¿Sabes quién es este hombre?

-No.

-Es Borius, el que raptó a la princesa Samia, la princesa a la que mi esposa sirvió durante tantos año.

Se acercó la joven -la dama- y le dijo a Ligor:

-Déjalo, al fin y al cabo nos ha ayudado a triunfar. Déjalo.

-Nuria la miró:

-¿Eres tú quien me ha curado?

-Así es. -Ligor le sacó la espada del pecho al jefe norteño y le dijo:

-Tú eres enemigo, ¿por qué nos has ayudado?

-Supongo que seguiremos siendo enemigos -dijo Borius-, pero este hombre se quería apoderar de todo Umbro, por eso os he ayudado. Y si eres noble debes dejarme ir, si no fuera por nosotros hubieran perdido. -Ligor enfundó la espada.

-Vete, hoy es un día de tregua, vete. -El hombre se fue con sus hombres. Se frenó y dijo:

-¿Y qué pasará con la fortaleza?

-No te incumbe -le dijo Ligor-. Vosotros sois del norte, esto no te incumbe. Vete. -Los hombres del norte se marcharon.

Me acerqué a Ligor y a Nuria:

-¿La conocéis a la dama?

-Por supuesto, es una antigua amiga, se llama Émeris.

-Émeris, escuché hablar de Émeris. -Me dirigí a ella.

-¿Es cierto lo que dicen que eres mitad mento y mitad norna?

-Es cierto, en realidad soy prácticamente tres cuartas partes mento pero mi padre era un mento muy, muy poderoso y de él heredé ese don.

-Entonces si tú eres Émeris, tu esposo es...

-Sí -dijo Émeris-, es Fondalar.

-¿Y dónde está Fondalar?

-Se está ocupando de otro problema y luego vendrá para aquí.

-¡Otro problema! ¿Un problema más grave que una batalla, que te dejó venir sola?

-Él confía en mí, sabe quién soy y sabe lo que puedo hacer. -Y la dama agregó-: Es hora de desayunar.

-¡Vaya! Te mantienes muy muy delgada para comer tanto.

-Aquel que está más allá de las estrellas me hizo con este cuerpo, -se tocó la frente-, y con esta mente. Como pero no engordo, me mantengo ágil. -Me la quedé mirando, tenía una edad indescifrable pero mantenía intacta su belleza, podía competir con cualquiera de las jóvenes con su belleza. Émeris, la esposa de Fondalar que acababa de salvar la vida a la niña Ciruela, que se abrazaba a ella, había salvado a Nuria. Y Ligor también estaba bastante delicado, así que podría decir que también lo salvó a Ligor.

La dama ya estaba sentada con el plato de latón esperando la comida.

-¡Vaya!, yo creo que como tanto pero peso mucho más que tú -le dije-, y si no hiciera el ejercicio que hago estaría gordo como alguno de mis bárbaros.

 

La dama sonrió con esa finura, con esa distinción. Pero como luego me dijo Ligor:

-El que la conoce de verdad sabe lo tremendamente peligrosa que es, tan peligrosa como Fondalar, pero a la vez enormemente bondadosos -asentí con la cabeza-, por eso atendió a los heridos enemigos. Por eso atendió a los heridos enemigos.

 

Y me quedé pensando dónde estaría Fondalar. Pero esa es otra historia.

 

 


 

Sesión 31/05/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Supieron que había en un pueblo alguien que no moría, que volvía de entre los muertos. Con unos amigos fue a comprobar si era cierto. Y lo encontraron.

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Entidad: Quien no me conociera pensaría "Muchos músculos, pero pocas luces". Creo que hasta la gente cercana a veces no sabe hasta qué punto profundizo con mis pensamientos. Dirán "Aranet el guerrero, Aranet con sus ademanes bruscos".

 

Aprendí a valorar, creo que desde siempre, los afectos y la lealtad. Son dos cosas que no se pueden comprar con todos los metales dorados de la región, del mundo entero. Una amistad es lealtad, un verdadero amor es lealtad y creo que la lealtad forma parte del respeto. Entiendo que hay otras personas que tienen otra manera de pensar, otra manera de ser, y no está en mí prejuzgar porque entiendo que cada cual tiene su punto de vista y la noción de lo que está bien y está mal de acuerdo con cómo le enseñaron, o de acuerdo con su propio parecer.

 

Elucubraba todo eso mientras miraba el rostro de Anán. Prácticamente era un amigo leal y yo le correspondía, quizá me descolocó cuando se negó a formar parte de la cruzada contra Andahazi, pero en mi interior entendía que algo le estaba pasando, y obviamente no me equivoqué. Por suerte ya ese tema estaba superado y ahora esperábamos que la dama Marya se recupere del todo. De todos modos dejamos la boda pendiente hasta que regresáramos con Fondalar. Se nos acercó Donk y me dijo:

-Aranet, voy con vosotros. -Lo miré a Fondalar. Me miró y cerrando los ojos asintió con la cabeza.

-Está bien. ¿Tienes preparadas las alforjas?, porque en cualquier momento partimos, sólo espero a tener noticias de Mina.

 

Ese mismo día, por la tarde, llegó la patrulla que había enviado Anán escoltando a Mina. ¡Ah! Sentí como un alivio, porque otra de las cosas que aprendí es a:

   1 No a dar todo por hecho.

   2 No estar seguro de nada.

Obviamente todo eso cuando estás analítico, pues cuando estás reactivo en mi caso sufrí en carne propia las desventajas de estar reactivo. Los impulsos no te llevan a nada, sólo el raciocinio.

 

Se abrieron las puertas del salón central y Mina se inclinó ante Anán y fue corriendo a mí, prácticamente saltó y se colgó de mi cuello. La abracé tiernamente y me estampó un tremendo beso en la boca que duró una eternidad. Cuando finalizó el beso y el abrazo me dijo:

-Tengo tantas cosas para contarte, pero antes que nada decirte que te amo y he regresado a ti. -Le respondí:

-Yo también te amo, y ya me contarás toda la odisea que pasaste, pero en este momento estamos partiendo con Fondalar y con Donk, porque ha surgido un problema que espero no sea demasiado grave. -Me miró, lo miró a Donk y lo miró a Fondalar, y suspiró.

-Si vas con Fondalar me quedo tranquila. He visto lo que ha hecho, ha atemorizado a unos monstruos enormes sólo con su mente.

-Sé la historia, sé la historia. -Nos abrazamos.

 

Acomodamos nuestras cabalgaduras y partimos los tres. La propia Nuria o Émeris le contarían a Mina lo que había acontecido con ese tal Gorga y ese ejército de los renacidos. El hombre que había relatado toda esa instancia quería venir con nosotros, le dijimos que no, que más o menos describa la comarca y la encontraríamos. Y nos marchamos.

 

No tiene sentido relatar la travesía. No íbamos a todo galope para no cansar a los hoyumans, parábamos seguido, comíamos algo, pasábamos por algunas aldeas menores, comíamos guisado caliente en alguna posada. Y casi no conversábamos, estábamos sumidos en nuestro propio silencio. Hasta Donk que siempre cuenta temas personales estaba callado.

Finalmente llegamos a una aldea, preguntamos a un anciano que estaba en las orillas del poblado si allí había un tal Gorga.

-Espero que no haya problemas -dijo el anciano.

-¿En qué sentido? -le pregunté.

-En que todos los que lo han provocado han muerto.

-O sea, ¿me afirmas que está aquí en este poblado?

-Seguramente en la taberna principal. -Le agradecí y seguimos camino.

 

Dejamos los tres equinos en la cuadra. Le di unos metales cobreados al encargado y le dije:

-Cuida los equinos, dales de beber, aliméntalos y cepíllalos.

-¿A dónde vais?

-A ver al tal Gorga.

-No, no, no. No tenemos seguridad de que volváis.

-Está bien. Toma. -Le di un puñado más de metales cobreados-. Por si no regresamos. Aparte, nuestros hoyumans serán tuyos. Pero no venimos a provocar ningún disturbio.

-No hace falta -dijo el hombre-, Gorga está muy exaltado.

-¿En qué sentido?

-Él no era así, era un hombre pacífico, trabajaba un pequeño campo que tenía en las afueras y la gente lo molestaba de tan pacífico.

-¿Y por qué lo molestaban?

-Porque generalmente una persona pacífica que nunca responde a las burlas, o es sordo o es tonto. Y Gorga no es sordo. -Me encogí de hombros.

-Tal vez nunca quiso meterse en problemas.

-Claro, pero lo que pasó después. De repente reaccionó mal y con sus manos apretó el cuello de uno y lo dejó sin vida. Os aclaro que es muy muy fuerte. Luego su carácter cambió y a la menor burla empezaba a matar aldeanos. A otro directamente, con el puño en la cabeza, lo dejó muerto en el piso de un golpe, ¡de un solo golpe! Y la gente reaccionó mal. Obviamente a traición, por temor a acercarse de frente, uno le clavó la espada. Gorga lo miró como si lo hubiera pinchado con un alfiler, y solamente de un sopapo de revés, de una cachetada, le revolvió el cerebro y lo mató en un instante. La cosa pasó a mayores y hubo gente que por temor a acercarse le empezó a disparar flechas. Cayó, y otro le clavó la espada en el pecho. Lo llevaron a un descampado y lo dejaron tirado. Y al día siguiente apareció como si nada, no le veíamos ni siquiera cicatrices. Pero no se desquitó contra nadie, directamente fue a la taberna a tomar una bebida. Y la gente evitaba mirarlo, tenían temor de que al mirarlo él lo tomara como una provocación y los estrujara con sus manos.

-O sea, ¿que tú piensas que revivió de entre los muertos? -El encargado de la cuadra se encogió de hombros y dijo: 

-¿Y qué otra cosa puedo pensar?

Habló Fondalar:

-¿Y es cierto, aparte, que se comenta que hay un ejército que son similares a este tal Gorga?

-Así es. ¿Cómo sabéis?

-Nos han comentado.

-Es un ejército pequeño, pero pueden sumarse más. Ejército que asola aldeas y que los lugareños se defienden, disparan sus flechas y esos muertos reviven. -Nos quedamos pensando.

-Gracias.

 

Y marchamos caminando para la taberna. Prácticamente había una sola persona en el mostrador tomando una bebida y en el fondo, bastante iluminado, tres faroles de velas, un hombre muy muy grande, muy corpulento sentado a una mesa tomando una bebida. Nos sentamos los tres en la mesa de al lado y me dirigí a él:

-¿Cómo estás? -Me miró y le sostuve la mirada. De verdad que era corpulento, la cara redonda, el cabello corto.

-¿Quién eres?

-Mi nombre es Aranet. -Se paró y me paré. Era la primera vez que tenía que mirar hacia arriba. Me llevaba más de media cabeza de altura-. Vengo en son de paz, sólo quería hablar contigo.

-¿Qué quieres?

-Me enteré de que en este poblado te han tratado mal. -Se quedó mirándome y me dijo:

-Y si es así, ¿qué? Sé cómo defenderme.

-De todos modos, me parece injusto que te traten mal. Tengo entendido que eres una persona pacifica y lo único que hacías era trabajar en tu campo.

-Eso era antes, ahora no soporto burlas ni tampoco inquisiciones. ¿Por qué me preguntas?, ¿qué te importa de mí?

-¡Nada! Sencillamente me enteré de que te atacaron y que te han herido.

-¿Tú me ves alguna herida?

-No, pero le creo a los del pueblo.

-O sea, ¿me tomas por mentiroso?

-No, para nada, creo en ti y también creo en ellos. Entiendo que te han herido y que te has curado. Cómo ves, creo en tu palabra. -Noté que se quedó más tranquilo-. ¿Puedes contarnos como te has sanado o te incomoda?

-Sí, me incomoda, no me gusta que me interroguen. -Con el mayor tacto le dije:

-Mira, es simplemente porque tengo muchos amigos que les tengo un gran afecto y en este o en otro pueblo también pueden salir lastimados y me gustaría que sanasen, como has sanado tú.

-No pienso compartir mi secreto.

-¡Ah!, pero entonces hay un secreto.

-No quiero que me molestes más, déjame tranquilo o acabarás como los otros.

-Pero Gorga, no te estoy incomodando tanto, simplemente te pregunto de manera amistosa. -Tuvo un impulso tremendo y en lugar de golpearme a mí, golpeó la mesa donde estábamos nosotros.

-¡Basta! dije.

 

Se escuchó un tremendo ruido y partió la mesa en dos. Me quedé pálido al ver la fuerza que tenía. Lo miré a Fondalar y a Donk, Donk se había hecho a un costado y Fondalar estaba tranquilo pero atento.

-Quiero que vayamos afuera.

-Si tú quieres -le dije. Le hice una seña con los ojos a Fondalar y salí.

-Yo sé que te han mandado.

-¡Nadie me ha mandado!

-¡Acabaré contigo y después con tus dos compañeros!

-Pero no te hemos provocado...

-No, eso dices tú, yo pienso que eres un asesino pago. El pueblo te ha pagado para acabar conmigo, y nadie puede acabar conmigo. -Sacó su espada.

-Gorga, no se trata de combatir, no quiero lastimarte.

-Nadie puede lastimarme.

 

Arremetió contra mí. Inmediatamente saqué mi espada y frené su golpe. Me costó, yo tenía la ventaja porque él era muy lento, fuerte muy fuerte, pero a su vez muy lento. Me daba mandobles con su espada y detenía un golpe, detenía otro golpe y detenía otro. Y mientras combatíamos le hablaba:

-¿Te das cuenta de que me defiendo pero no te estoy atacando? -Pero no me escuchaba. En ese momento sí, no era sordo, pero estaba como sordo, no escuchaba. Un golpe tras otro, tras otro, tras otro-. Gorga, no te estoy atacando, no pienso lastimarte

-Peor para ti. Morirás, cobarde. ¡El pueblo ha gastado dinero en ti y no sirves para nada!

 

Y seguía dándome mandobles, que yo seguía frenando y frenando y frenando. Parece que su fuerza era inagotable y su resistencia también porque sus mandobles eran muy fuertes y yo estaba perdiendo energía de tanto pararlos con mi espada. En ese momento le dije a Fondalar:

-¿Qué hacemos? -Fondalar lo miró y Gorga cayó de rodillas.

-¿Qué es ese dolor? -Estaba arrodillado y era casi tan alto como Donk.

-Gorga -le dije-, no queremos lastimarte.

-¿Quién ha provocado ese dolor? -Fondalar dijo:

-Yo lo he provocado. Soy un mento, podría dejarte desvanecido, pero no es nuestra intención, simplemente queremos saber qué pasó.

-Hay un hombre, le decimos "el pálido", porque prácticamente tiene la piel clarísima y su cabello y sus cejas son casi blancos.

-Entendemos entonces que es un albino.

-Nosotros le decimos el pálido, y él prepara unas plantas. -Le dije:

-Conozco, Gorga, el don sanador de esas plantas, pero no sanan a las personas de las heridas de un día para el otro. -Gorga, arrodillado, nos miró.

-Pero él no nos da esas plantas, él tiene otro tipo de preparado con hongos; pica las plantas casi que sean un polvillo y les pone un líquido y les pone los hongos, como un concentrado, y eso multiplica muchísimo el don sanador de las plantas.

-Pero las plantas no pueden revivir una persona.

-A mí no me han matado -exclamó Gorga-, me han dado por muerto. Yo ya tenía dentro mío el preparado del señor pálido, al que llamáis albino, que es un médico, le dicen que es un hechicero. Obviamente el preparado lo cobra muy muy caro, prácticamente me salió la mitad de mis ahorros tener ese preparado. -Fondalar dijo:

-¿Es cierto que te ha cambiado el carácter? -Gorga lo miró.

-¿Cómo sabes?

-Porque me han dicho que tú eras una persona mansa, pacífica y de repente tienes esas reacciones. Seguramente la mezcla de ese líquido con esos hongos y con las plantas sanadoras te ha modificado el carácter, te han provocado alucinaciones y te han fomentado tu parte impulsiva.

-¡Tú eres un adivino! -exclamó Gorga.

-No soy adivino, simplemente digo que no tomes más eso.

-¿Piensas que puedo redimirme? He matado más de treinta personas y no le voy a echar la culpa a ese preparado. Me hago responsable. Sólo quiero que no me molesten.

 

Fondalar aflojó su poder mental, Gorga pudo levantarse. Pero Fondalar no tuvo en cuenta de que la mente de Gorga seguía impulsiva y se abalanzó contra mí con la espada en alto. Esta vez no paré el golpe, me corrí a un costado y solamente puse mi espada al frente. El propio Gorga se la insertó en el cuerpo y cayó.  Estaba como pálido, salía del cuerpo como una sangre muy muy oscura.

-¿Qué pasa?

-Quédate tranquilo, si es como tú dices sanarás. Simplemente por reflejo levanté mi mano y te has clavado mi espada, pero me querías matar y no te hice nada.

-¿Pero por qué no me sano?

-¿Sueles sanar muy rápido?

-Bastante, pero... -Gorga sudaba y se miraba la herida, se ponía la mano y veía que su sangre estaba bastante bastante oscura y la piel de la zona se oscurecía.

-¿Qué has hecho?

-¡Nada!

-¿Qué tiene tu arma?

-¡Es un arma como cualquiera!

-¡Siento como... siento como si mi piel, como si mi herida hirviera! ¡Me quemo por dentro! ¡¿Qué has hecho?!

 

Me sentí mal, pero al fin y al cabo ya sea porque ese preparado había cambiado su carácter no le quito culpa de haber matado a tantas personas.

La gente del pueblo se acercó al ver a Gorga tendido en el piso, en medio de la calle. Y al poco tiempo estaba sin vida. Fondalar le puso la mano en la garganta.

-¡Está muerto, esta vez está muerto de verdad!

 

Le dije Fondalar:

-¿Pero por qué? Le han disparado flechas, lo han atravesado con espadas.

-¡Yo sé por qué!

-¿Me lo puedes decir? -Miró mi espada, miró la espada de Donk.

-Muéstrenme sus espadas. Miren su metal. ¿Alguno de vosotros tiene una espada? Láncenmela. -Un lugareño le lanzó la espada, la cogió en el aire, del mango, Fondalar y nos mostró su espada.

-Mirad el color de este metal, un color hierro. Mirad el color de vuestras espadas, un color plomizo. ¿Por qué ese color? -Donk y yo nos miramos-. Ambos fuimos al mismo herrero, el herrero Raúl, que fabricó nuestras espadas con un metal de una roca que cayó del cielo.

-Ahí está la explicación. Aparentemente vuestras espadas hieren como cualquier otra espada, pero evidentemente en combinación con ese preparado que tomó Gorga hizo que lamentablemente muriera por la herida. -Todos los lugareños escucharon, todos escucharon.

-O sea, que vosotros tenéis espadas mágicas para vencer a "los renacidos". -Fondalar, muy sutilmente, muy mentalmente les calmó a los lugareños la ansiedad. Le dio unas monedas plateadas al enterrador y le dijo:

-Entierren a Gorga.

 

Tendríamos que ver al herrero Raúl si todavía le quedaba material. Tendríamos que armar un ejército con las espadas de ese metal del cielo para vencer a los falsos "renacidos". Y obviamente veríamos al hombre albino, en el pueblo nos dirían en dónde está. Pero esa es otra historia.

 


 

Sesión 04/06/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

De niño unos soldados mataron a sus padres. Fué recogido por alguien de ropa negra y capucha y llevado para entrenarle. Entrenarle, pero no para batalla.

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Entidad: Me crie en una aldea, al norte de Bretaña. Mis padres eran humildes, granjeros, soñaban con un porvenir mejor para mí. Me decían:

-Heredom, cuando seas más grande te vas a codear con reyes.

-¿Qué es codearse con reyes? -le preguntaba a madre.

-Vas a convivir con ellos, con la nobleza. -Y yo soñaba. Un día les pregunté:

-¿Qué significa Heredom?, con 'H' al comienzo, el nombre que me habéis puesto. -Me dijo:

-Viene de la antigüedad, eres el sostén que impide que el árbol se caiga, eres la fuerza que puede parar los torrentes de los grandes ríos. -En mi imaginación infantil me creía todo eso, pero de alguna manera, con mi carácter apocado, mis padres sólo querían darme confianza.

 

Recuerdo que tenía seis años y venían soldados de Bernicia, mandados por un rey tirano llamado Oswald, a cobrar impuestos. Quemaron nuestra cosecha, mataron a mis padres. Tenía ese instinto de no esconderme en el granero porque sabía que lo iban a incendiar, sentí como un tremendo vértigo, palpitaciones en mi corazón y caí desmayado. Cuando abrí los ojos había un hombre, un hombre de mediana edad, de indefinida edad vestido con una capa negra, sentí como temor. Como adivinándome el pensamiento me dijo:

-No temas, mi nombre es Myrddin, te llevaré conmigo.

-¿Dónde están tus caballos?

-No cabalgo, vamos caminando.

 

Me sentía como débil, apenas podía sostenerme. En el camino me quebraba a cada rato en llantos. Le pregunté al hombre:

-¿Quién eres, Myrddin?

-Soy consejero, consejero del príncipe Oswine.

-¿Iremos a un castillo?

-Así es. Ye entrenaré.

-¡No sé usar armas!

-No te entrenaré con armas, te entrenaré con la mente para que tengas una rapidez mental y una intuición muy desarrollada, para que sepas de antemano lo que va a hacer el otro, adivinando la intención del otro a través de sus gestos, de su mirada, de sus movimientos. -Eran palabras complicadas para un niño de seis años, pero con el tiempo lo entendería.

 

Los soldados inmediatamente abrieron el primer portón para entrar al patio de armas, y había un segundo portón, donde este hombre Myrddin también pasó. Observaba que los soldados lo respetaban. Se acercó un hombre muy bien vestido, de mirada clara y le preguntó a Myrddin:

-¿Quién es este niño?

-Un niño abandonado que los soldados de Bernicia quemaron decenas de casas de granjeros y una de ellas era la de este niño, donde sus padres murieron. -El hombre estaba muy enojado, le dijo a Myrddin:

-Ese rey es un tirano y le está ensañando lo mismo a su hijo Osuwi. -El hombre se dirigió a mí:

-¿Cómo te llamas?

-Heredom -le respondí. Myrddin me dijo:

-Niño, él es el príncipe Oswine. -Me sobresalté.

-¡El príncipe! -Oswine me acarició la cabeza.

-Ponlo en una tina con agua tibia, tírale la ropa esa y vístelo decentemente. -Con una confianza inesperada Myrddin le dijo al príncipe Oswine:

-Tú sabes la ropa que va a usar, ropa negra con capucha como yo. -El príncipe se encogió de hombros.

-Haz como desees. -Y se marchó.

 

Y pasaron los años y Myrddin me enseñó las artes del pensamiento, de la intuición, de saber los gestos de los demás, de entender hasta como se pronunciaba determinada palabra, si estaba dicha con verdad o armada con mentiras. Y aprendía rápido.

Hubo una semana de luto cuando murió el rey y el príncipe Oswine lo sucedió.

Tiempo más tarde en Bernicia, el otro reino, también murió el rey Oswald y lo sucedió su hijo Osuwi, que era tan o más déspota que el padre.

 

Pero yo seguía aprendiendo las artes del pensamiento. Y le comentaba a Myrddin:

-Hay una joven que no me cae bien, se llama Ergana. -Myrddin me respondió:

-Heredom, has aprendido bastante. ¿En qué te basas?

-Como tú me has enseñado, Myrddin, entiendo los gestos, las miradas, la forma de desplazarse, de caminar, de andar, de darse vuelta, de tener ese gesto dubitativo... -Ya tenía dieciséis años y tenía una elevadísima intuición, pero aún me faltaba, obviamente.

 

Con Ergana no me había equivocado, era una traidora que trabajaba para el rey de Bernicia. Quiso envenenar al rey, quiso envenenar a otros nobles, dejar al reino de Deira sin cabeza, y lamentablemente pudo escapar.

 -¡Persigámosla! -Myrddin me dijo:

-No, el rey Oswine tiene otros problemas para ocuparse, entrenando a la tropa, no sabemos lo que va a hacer el reino de Bernicia.

 

Una de las cosas que más me gustaba era hacer paseos, grandes paseos fuera del castillo. No hacía falta que Myrddin me dijera "Cuídate", tenía un oído presto, unos ojos atentos ante el menor peligro.

Recuerdo que ya cumplidos los dieciocho años pasó algo extraordinario: Hubo una tremenda batalla en contra de Bernicia y no provocada por el rey Oswine de Deira, sino por gente del norte. Pero Osuwi estaba preparado, no solamente venció a los atacantes sino que se apoderó de más territorio. Bernicia, algunos territorios del norte y Deira que estaba más al sur formaban toda la región Northumbria, y el rey de Bernicia quería ser el dueño de todo, un tremendo poder.

Por supuesto que la intuición de Myrddin era muy superior a la mía, la gente se pensaba que hacía magia, que era un mago, decían que sabía las cosas antes de que pasaran. Recuerdo que cuando el rey salió con sus soldados Myrddin le dijo:

-Ten cuidado, que puedes correr un gran peligro. -Fue una de las pocas veces que el rey no le hizo caso.

 

Cuando volvió, con él venía un joven llamado Arturo, dijeron que le había salvado la vida del ataque de un oso. El rey Oswine que había perdido a su hijo, lo tomó como un hijo adoptivo. Se decía que Arturo era un príncipe de Escandinavia. El rey dio una orden por escrito y dejó un legado, de que si a él le pasaba algo lo sucedería Arturo en la corona.

Me crucé varias veces con el joven, intercambié palabras con él. Le dije:

-Eres valiente e inteligente. -Arturo sonriendo me abrazó y me dijo:

-Eres una persona muy perspicaz, estás atento a todo, como tu maestro Myrddin. -Nos hicimos amigos.

 

Por momentos, quizá sea ego de mi parte, pero me sentía como celoso porque Myrddin no es que me había dejado de prestar atención puesto que yo era su discípulo, pero ya no estaba tanto como consejero del rey sino que le enseñaba algunas cosas a Arturo, sobre como entrenar su mente.

Luego me enojaba conmigo mismo por tener esos celos. Arturo era todo menos egoísta, era un joven que compartía todo, no sólo el pan y la copa de vino sino también anécdotas, cuentos, y todo lo que podía aprender lo compartía conmigo. Lo único que yo no sabía era el combate con espada o el arte del tiro con arco, pero Myrddin tampoco lo sabía y todo el mundo lo respetaba.

 

Una de las tardes que voy a pasear por el bosque me encuentro con una joven con la ropa desgarrada.

-¿Qué te pasó?

-Mataron a mis padres, eran granjeros. Aparentemente eran soldados de Bernicia.

-¿Te han ultrajado?

-No, me han golpeado, no han llegado a ultrajarme.

-Ven, yo vivo en palacio.

-No, tengo algunas cosas en casa todavía.

 

Caminamos y había una vieja casa de madera en bastante mala estado. Entramos. Adentro había elementos que no servían para nada, trapos viejos, pero sí una alacena donde había bebidas. Era muy intuitivo y pensaba "Pero qué raro que no incendiaron esta casa".

La joven me dijo:

-¿Cómo te llamas?

-Heredom.

-Voy a preparar mi alforja y luego iré contigo, pero antes vamos a compartir una copa de licor.

-Me encantaría, para entrar en calor. -Le acepté la copa, ella tenía la suya. La dejó sobre la mesa y dijo:

-Aguárdame, Heredom, que voy a acomodar mi alforja. -Volvió al rato-. Choquemos los vasos y brindemos por haberme auxiliado. -Y de un trago tomamos la bebida, un brebaje dulce. Al rato la joven cambió el gesto y cambió la voz.

-Sé quién eres, eres el discípulo del Myrddin, el consejero del rey Oswine. ¿Crees en otras vidas? -me dijo la joven. Ya no tenía la cara de miedo, tenía una cara osca, de semblante cruel. Le respondí:

-Sí, por supuesto, creo en otras vidas.

-Pues, seguramente nos veremos en otras vidas, porque en esta te quedan pocos minutos, le he puesto a tu vaso un veneno mortal. Mi nombre es Ergana.

-¡Ja, ja, ja!

-¿De qué te ríes, Heredom?, en un rato el veneno te va a hacer efecto.

-Me rio porque cuando a los seis años me encontró Myrddin, cuando la gente de Bernicia mató a mis padres, lo primero que me enseñó es el entender el semblante, los gestos, la manera, la mirada, y nunca creí tu rol de víctima. Cuando tú fuiste a acomodar la alforja cambié los vasos. -La joven palideció. Se empezó a tocar el estómago, le salía espuma por la boca.

-¡Maldito, maldito seas! -gemía.

-Tenías razón, Ergana, seguramente nos veremos en otra vida, porque en esta a ti te quedan minutos. -No tenía ningún caballo, así que dejé el cuerpo adentro de esa casa vieja.

 

Fui al castillo y le avisé a Myrddin, que inmediatamente le avisó a Oswine, que estaba con el joven Arturo.

Les conté detalle por detalle, me felicitaron por mi intuición. Ni Myrddin ni el joven Arturo ni el rey Oswine mostraron gesto de alegría, respetaban una muerte, pero entendían que fue la alternativa que tuve.

¿Qué podía haber tirado las copas y llevarla a la fuerza a castillo? Sí; ahí la juzgarían y la condenarían a muerte seguramente. Pero como se decía en la antigua Bretaña del año cien, se le pagó con la misma moneda.

 

Ergana había muerto y seguramente el rey Osuwi estaría muy molesto y seguramente en breve atacaría al reino de Deira. Pero esa es otra historia.

 


 

Sesión 06/06/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Unos guerreros parecían inmortales, no morían al ser atravesados por espadas. Mientras tanto quemaban y saqueaban aldeas. Decidieron ir en su búsqueda, con unas armas apropiadas.

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Jorge Olguín: Me contacté con el querido thetán, Ador-El, en un relato muy interesante y por sobre todas las cosas con mucho suspenso por lo que había vivenciado en la canalización anterior. Por lo cual voy a intencionar contactarlo nuevamente para que profundice esa vivencia y así podamos, de parte mía como canalizador, entender bien el relato. Gracias.

 

Entidad: La situación no era desesperante ni mucho menos, en el sentido de que sabíamos los pasos a seguir. Por lo cual tanto Fondalar y Donk como yo, nos dirigíamos a lo del herrero Raúl.

 

Sabíamos que en Umbro hay situaciones que la gente no comprende y las intensifica hasta transformarlas en una leyenda.

Cuando unos salvajes norteños tuvieron la posibilidad de tomar una pócima con jugo de plantas más un toque de hongos, que para otros podrían ser alucinógenos, más un tercer compuesto líquido con el cual lograron que sus heridas sanaran muy rápidamente, en distintas aldeas donde estos sujetos atacaron pensaban que volvían de la muerte luego de dejarlos supuestamente sin vida atravesados por una espada o mal heridos a flechazos. Por eso los apodaron los renacidos, lo cual no era así.

 

Pero como todo es por algo, como dice una entidad angélica del plano 6.7, Inamel, tuvimos la posibilidad de descubrir que no era así cuando atravesé el cuerpo de Gorga con mi espada, y no solo cayó sin vida si no que la sangre de su cuerpo al tocarla con el metal de mi espada es como que olía mal. Y nos dimos cuenta, tanto Fondalar como Donk como yo, que el responsable de eso había sido mi espada que al igual que la de Donk y otros, había sido templada por el herrero Raúl con una piedra que había caído del cielo. Ni siquiera Fondalar con toda su sabiduría comprendía el efecto que podía hacer ese metal del cielo en el cuerpo de los supuestamente renacidos.

 

Pero no se trataba de entrar en debate por ese tema, se trataba de ir directamente al nudo de la cuestión, y tras algunos amaneceres llegamos a ver al herrero. Nos conocía a los tres, le contamos el tema sin apuro, con detalle y nos dijo:

-Además de vosotros, un joven Rebel, un personaje Figaret, que le hice un espadín con este metal extraño, un hombre muy muy similar a ti que podría ser como una copia tuya también me encargó una espada de ese metal del cielo. Y seguramente algunos más que no recuerdo ahora. -Me sorprendió lo del hombre muy similar a mí, pero eso lo vería más adelante. Le pregunté:

-Tendría que encargar por lo menos cien espadas para tener un ejército para combatir a estos supuestamente renacidos.

-No, Aranet, es imposible, no tengo tanto material. Además, si lo vuestro es con mucha prisa, no me va a llevar menos de una semana, o sea, siete amaneceres como mínimo y podré tener material para treinta espadas, salvo que las haga un poco más pequeñas y pueda llegar a cuarenta espadas.

-¿Más pequeñas?

-En lugar de hacerlas de nueve décimas de línea las podría hacer de ocho décimas de línea.

-Que sean cuarenta entonces.

-Calculo diez amaneceres.

-¡Habías dicho una semana!

-Trato de hacer las cosas bien. -Fondalar preguntó:

-¿Herreros de confianza aunque sean dos que te ayuden?

-Sí -dijo Raúl.

-Puedo conseguir -agregó Fondalar.

-Pero no les cuentes para qué, no alarmes a nadie, en esta región no saben nada de los renacidos. -En ese momento Fondalar sacó varios metales dorados.

-No, no, no -dijo el herrero-, no tienes por qué darme nada. -Fondalar le dijo:

-Te conozco, Raúl, sé a la gente que has ayudado, sé a los humildes que no les has cobrado. No solamente haces espadas, también fabricas con metal común herraduras, y has ayudado a granjeros, a distintos aldeanos en forma gratuita. Sabemos de tu corazón, no el que late, el otro, el interno. No me digas que no. -Le puso la mano en el bolsillo y soltó los metales dorados dentro. Le agradeció sonriendo con un gesto el herrero Raúl.

-Vendremos en siete amaneceres -dije yo-, y solucionaremos ese problema.

 

Cuando volvíamos le dije a Fondalar:

-Vayamos a planificar todo al castillo de Anán.

-Sí, haremos eso.

 

Agradecí enormemente que Donk estuviese callado, él ya tenía bastantes problemas en su interior, problemas que tendría que resolver a su manera, una lucha interna dentro suyo, pero no era el momento de contarla. Esto era importante, lo de Donk también, pero era algo que no podíamos resolverlo nosotros. Donk solamente comentó unos instantes que tenía una lucha interna y agradecía a Fondalar las conversaciones que en un momento determinado había tenido, eso fue todo.

 

No estaba bien de ánimo. Le comentaba a Fondalar:

-Esta gente ha saqueado varias aldeas, ha matado, ha secuestrado a jóvenes, a otras la ha ultrajado. Tenemos que detenerlos.

-Entiendo lo que quieres decir -dijo Fondalar, como adivinándome el pensamiento.

-Dónde van a atacar, ¿no?

-Así es. Cuando lleguemos al castillo lo planificaremos bien, mientras tanto no tiene sentido pensar y gastar energía interna. -Asentí con la cabeza. Lo mismo Donk.

 

Llegamos al castillo. Mi querido amigo Gualterio, el rey Anán, quiso saber las novedades. Le comentamos que eran pocas las armas que podían fabricar. Mi amigo el rey dijo:

-Pero Aranet, ¿cuántos supuestamente renacidos calculas que habrá?

-Unos cincuenta, seguramente cincuenta.

-Bueno, con una guarnición de cuarenta hombres más vosotros. Además, está ese don de Fondalar que podría irlos paralizando mentalmente.

-Sí.

-Pero veo, Aranet, que no estás contento.

-No, porque han atacado en distintos lugares y no sabemos dónde ni cómo evitar el próximo ataque. Además faltan siete amaneceres para que estén las espadas del metal del cielo y pueden seguir saqueando lugares.

-Vamos a la mesa grande -pidió Fondalar. Se acercaron todos: Émeris, Nuria, mi amada Mina.

-Fíjate, Aranet -me dijo Fondalar-, según testimonios de muchos lugareños incluso otros que hemos visto en el camino de vuelta, nos han indicado lugares en la región. Fíjate aquí, cerca de la montaña que va hacia el desierto, en aquel valle, en ese pequeño paso, en aquel recodo del camino -con un pequeño grafito fuimos haciendo marcas con cruces-, ¿te has dado cuenta de algo?

-Sí -le respondí a Fondalar-, van haciendo un camino en forma de arco.

-¿Y esto qué significa?

-Que son predecibles.

-Así es -dijo Fondalar. Marcó una cruz más grande con el grafito-. En esta región, ahí veo dos aldeas.

-Bien, el próximo ataque va a ser en una de estas dos. Mientras tanto pidamos a aquel que está más cerca de las estrellas que no haya un ataque previo a que tengamos las espadas. -Mi amigo Gualterio, Anán, dice:

-Lo que no entiendo cómo puede ser que ese metal hasta incluso descomponga, corrompa el cuerpo ese que fue tratado con... con esa mezcla de plantas y hongos. -Fondalar lo explicó:

-Es que no lo hace con una persona común. Aranet mismo ha luchado con su espada, ha matado gente pero el cuerpo quedó intacto. Evidentemente esa misma mezcla de ese líquido con los hongos más las plantas curativas provocan una reacción sanadora, pero que a su vez es vulnerable al metal del cielo. ¿Por qué? ¿Cómo? No lo sé, pero lo importante es que sabemos que con eso los podemos matar. Así que tenemos una tarea por delante. -Gualterio dijo:

-Hablaré con Albano para que elija a cuarenta de los mejores soldados. ¿Y ahora qué haréis? -Fondalar sabiamente dijo:

-Comer, tomar algo y descansar. Gastar nuestras energías pensando y pensando y pensando y pensando no tiene sentido. En cinco amaneceres partiremos a lo del herrero Raúl, mientras tanto disfrutemos. Aprovecha tú -me dijo-, de que tienes a tu amada allí y que te vino a buscar. -Me tendió la mano y se la estreché con fuerza.

-Gracias, Fondalar, es lo que haré. Es lo más inteligente. -Luego Fondalar miró a Donk.

-Y tú también, descansa la mente o ponla por ahora en el objetivo que tenemos. Con tiempo, una vez que pasemos esto, volveremos a hablar. -Donk asintió con la cabeza.

 

Así que esperaríamos. No tenía sentido, como dijo Fondalar, gastar nuestras energías pensando y elucubrando y elucubrando y elucubrando. Cuando vayamos con el contingente y tengamos todas las espadas fabricadas por el herrero Raúl ya sabríamos que hacer. Pero eso, eso, ¡je!, es otra historia.