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Psicoauditación - Edgar Martínez

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión del 01/02/2018

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Sesión del 19/02/2018

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Sesión del 03/09/2018

Sesión del 17/09/2018

Sesión del 20/09/2018

Sesión del 27/09/2018

 


Sesión 01/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Estaba entrenando al hijo de su amigo, el rey, cuando recibieron una invitación de un poderoso Señor. Tenía dudas sobre la conveniencia de asistir, conocía al Señor.

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Entidad: Me había hecho bien hablar con el anciano Anselmo y lo tomé como costumbre, no cada amanecer pero periódicamente iba y conversaba con él sobre mil temas, sobre emociones, sobre sentimientos, sobre traiciones, sobre lealtades, sobre amistades, sobre enemigos, sobre la vida, sobre la muerte.

Y una de las cosas que había entendido con el anciano Anselmo era el poder disfrutar cada momento ya que desconocíamos nuestra hora de la muerte.

 

Y así fue que me encontraba en tierra firme a pocas líneas del lago practicando el arte de la espada con el joven Gualterio. Me asombraba su destreza, su velocidad, sus reflejos, su instinto.

Y le comentaba:

-Dentro de poco vas a superar a tu padre.

Gualterio era joven, arrogante y me decía:

-He vencido a Albano, no creo que en este momento padre me pueda ganar.

Sonreí y le dije:

-Lo primero que aprendí, que es lo más importante, es a combatir sin emociones.

-¿Y lo has aplicado? -Volví a sonreír.

-Casi siempre. Y la única vez que no lo apliqué estuve al borde de la muerte. Pero hay más -agregué-. La vanidad, la altanería. Nunca te sientas invencible porque eso te va a hacer confiado.

El joven me replicó:

-¿Acaso justamente no es la confianza lo que te da autoestima?

-Está bien, vale, pero si tienes exceso de confianza vas a pensar que todos los rivales son inferiores y te vas a encontrar con una sorpresa. Siempre estate atento, nunca menosprecies a nadie, deja la altanería.

 

Seguimos practicando bastante tiempo. El joven Gualterio se estaba formando pero todavía le faltaba fortalecer un poco sus músculos. La espada le pesaba, lo notaba, al punto tal que los últimos momentos casi no podía levantar la mano.

-¿Te das cuenta de una cosa, Gualterio? Hay batallas que pueden durar desde el amanecer hasta el atardecer, ¿y qué vas hacer, le vas a decir a tu enemigo "suspendamos y continuemos mañana, que tengo que descansar"?, porque inmediatamente te cortan la cabeza. -El joven sonrió pero hizo un gesto con la mano.

-Estoy entendiendo. No es una sonrisa de burla ni de menosprecio.

 

Nos sentamos en un tronco a tomar algo. Escuchamos galope, nos pusimos alerta. Dos hoyumans venían del norte, iban a pasar de largo cuando nos vieron.

-Estamos buscando a Aranet, el señor de Baglis.

-Soy yo.

-Tomad. -Una carta lacrada-. Es una invitación de Andahazi, el Señor de Villa Real. ¿A cuántas líneas queda el palacio del rey Anán?

Le dije:

-El joven es el príncipe Gualterio, dádsela a él la invitación. -Le extendieron la invitación, hicieron un saludo y se marcharon.

Ambos abrimos nuestras cartas, era una invitación para dentro de siete días.

-Andahazi, el Señor de Villa Real, ¿lo ubicas? -me preguntó el joven Gualterio.

-Sí, tiene una guarnición de por lo menos seis mil hombres. Me han contado su historia.

-Cuéntamela, por la tarde le llevo esto a padre.

-Es un tema complejo. El padre de Andahazi era mendigo.

-¡Mendigo, pero si es uno de los reyes más poderosos me dices, una guarnición de seis mil hombres!

-Claro, déjame que te cuente la historia, no te precipites. Su padre era mendigo, él había sido maltratado, robaba frutas, legumbre en las ferias feudales. Su verdadero nombre era Rendo.

-¿Cómo sabes todo eso?

-Gualterio, he conocido más de cien poblados y todos conocen al Señor de Villa Real, Andahazi. Todavía era joven cuando mataron a su padre y lo llevaron como esclavo al palacio del Señor Murahasi.

-¿Y qué pasó?

-Bueno, Murahasi tenía gustos un poco raros, llevó al joven como su protegido y lo tuvo con él en su alcoba.

-¡En su alcoba! Pero...

-Murahasi nunca se casó y llevó al joven Rendo a su alcoba. ¿Hace falta que te explique más?

-No -negó el joven Gualterio.

-Le cambió el nombre: "Rendo es nombre de esclavo, te llamarás Andahazi".

 

Murahasi no era un hombre joven, al morir decretó que Andahazi fuera su sucesor. Jamás nadie criticó el decreto. Andahazi fue el Señor de Villa Real pero nunca, nunca olvidó las carencias de su niñez y los abusos cariñosos de su protector. En distintas aldeas, en diversos poblados me comentaron que su rencor creció a límites infinitos.

El joven me hizo una pregunta obvia:

-Aranet, me dices que su rencor creció. ¿Contra quién se va desquitar? Los que lo maltrataron de pequeño ya deben estar muertos, Murahasi murió. -Pensé. Supongo que se quiere desquitar contra la vida. Ha agregado dos palacios a sus tierras.

-¿Invadió otros reinos?

-No, no. Él sabe elegir los reinos que están escasos de metales y escasos de soldados. Y a cambio de su protección... a cambio de su protección, a cambio de alimentos, a cambio de seguridad pasaron bajo su protectorado.

-¿Entonces tiene más de seis mil hombres?

-Sí, si sumamos los dos reinos que agregó a su protectorado, sí.

El joven Gualterio se fijó de vuelta el papel.

-Dice que va a organizar una fiesta. Sería prudente que padre no vaya. Y tú tampoco.

-Al contrario -le dije-, lo tomaría como una ofensa. Precisamos pasar inadvertidos. Obviamente me vestiré con mis mejores ropas, vosotros también. Iremos juntos.

-¿Llevarás a tus bárbaros? -preguntó el joven.

-No, Gualterio, iré contigo y con tu padre. Y que a lo sumo lleve veinte hombres como seguridad, por el camino nada más. El resto que se quede cuidando su palacio y la fortaleza Belicós. -El joven me miró al rostro.

-Tus gestos cambiaron, tus facciones también. Te noto preocupado.

-No, no estoy preocupado, estoy pensativo. No me huele nada bien esta invitación.

-Aranet, lo que me has contado, ¿es todo cierto?

-Sí, porque cuando tú escuchas una versión de una fuente puedes dudar, lo escuchas de dos puedes dudar, pero si escuchas de varias fuentes separadas por cientos y miles de líneas de distancia, sabes que es cierto.

-¿Lo conoces a este Andahazi?

-No, Gualterio, no lo conozco, conozco su historia no a él. No tengo la menor idea de su aspecto, de sus costumbres. Sí es inteligente.

-¿Eso es bueno?

-No Gualterio, con un tremendo rencor alimentando su inteligencia lo hace sumamente peligroso, no es manejable, no es manipulable. Coge tu hoyuman y llévale la misiva a tu padre, un día antes estaré en vuestro palacio, partiremos juntos de allá.

 

Nos estrechamos la mano, el joven partió seguido de dos soldados que lo protegían.

 

Gracias por escucharme.

 

 


 

Sesión 17/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Iba con el Rey Anán a una invitación del señor de Villa Real, un reino gigantesco. Habían sido invitado varios reyes más. ¿Qué se proponía aquel señor? Estaban atentos.

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Entidad: Llegué pasando el atardecer al castillo de Anán, sentía como cierta inquietud por lo que estaba por acontecer. Mi amigo me recibió bien predispuesto pero a su vez expectante de saber que era un asunto complicado el ir a la fiesta de Andahazi, que se hacía llamar el Señor de Villa Real. Me sorprendió que quiso llevar a su novia, a su prometida Marya. Me encogí de hombros y le dije:

-Está bien.

 

Pero en el fondo no era una guerrera, y encima el joven Gualterio también habló de ir y Anán le discutió. Un hijo no es un subordinado pero de alguna manera mientras sea joven tiene que obedecer igual que un subordinado, pero Anán le debatía, le argumentaba el porqué no tenía que ir -como si yo argumentara con Otar o con alguno de los bárbaros; yo decía "Hagan esto", y punto-.

He estado en muchísimos poblados, he conocido a muchísimas familias donde las madres a los niños les decían "¡Ven!" y el niño le decía "Para qué" o "¡Jonás!" y el niño le decía "Qué". Y no tengo hijos pero a mí no me dirían "Qué". El propio Gualterio, que no es mi hijo, cuando vamos de cacería o a entrenar en el bosque de repente se queda comiendo algo, yo me adelanto y veo de repente un cervatillo y en voz alta digo "¡Gualterio!", jamás me dijo "Qué", vino directamente. A mí no me dicen "Qué". O si llamo no me dicen "Para qué", porque eso me parece dar explicaciones, yo no doy explicaciones a nadie.

 

Claro que sonrío, claro que tengo muecas de sonrisa, más cuando este cabezota de Anán le dice al hijo:

-Si me ganas a un duelo de espadas te llevo y si yo te gano te quedas.

Bueno, honestamente, el joven era más rápido ahora pero muy presumido y eso fue lo que lo hizo perder, y Anán con la espada le cortó apenas la parte delantera del muslo derecho pero sangró mucho. Así y todo Anán dijo:

-Está bien, igual te llevo.

Albano, el asistente, insistió en ir él y Anán le dijo:

-No, tú quédate, vamos con veinte soldados.

 

Eso se lo había sugerido yo, que vaya bien decorado al igual que los soldados. Yo me había puesto una ropa buena y le había sugerido a Gualterio que se ponga unas botas viejas porque sé lo que es estar varios amaneceres a lomo del hoyuman o en un lugar extraño, la gente no se da cuenta lo que cuesta caminar si va con calzado ajustado. Le dije a Anán:

-No te olvides de llevar por lo menos cuatro mulenas que carguen alforjas, víveres, bastante agua, vamos a estar afuera varios amaneceres.

 

Así que eran veinte soldados, nosotros y las cuatro mulenas bien cargadas. Obviamente con las mulenas íbamos a ir bien despacio, pero bueno, tampoco se trataba de ir al galope.

 

Cuando el joven Gualterio quiso montar vi el tremendo gesto de dolor. Le dije:

-No puedes viajar, vas a ser un lastre.

-¡Pero Aranet!

-Vas a ser un lastre. Y no me digas "pero". -Anán no se metió y a diferencia del debate con el rey a mí no me respondió, agachó la cabeza.

-Está bien, me quedo.

Aprovechó Albano:

-Entonces voy yo.

Lo miré a Anán con ceño fruncido, Anán me entendió.

-No, te quedas a cargo de todo. Redobla la vigilancia, no quiero que piensen que por que el rey no está el castillo está indefenso. Y tú -A Gualterio-, no saldrás hasta que volvamos.

 

Gualterio la miró a Marya, hizo una mueca de fastidio. Lo entendí al muchacho, si él era un lastre, ¿ella qué era? Pero bueno, ese era un tema de Anán, yo ahí no me metía.

Y partimos. Fuimos al paso, el tiempo nos acompañaba, no hacía mucho calor, tampoco estaba ventoso, ni nublado. Le dije a Anán:

-Vamos a parar a mediodía, vamos a parar a media tarde, descansamos a la noche. Comemos algo apenas amanece y seguimos viaje.

-Está bien.

 

Anán era el rey pero me dejó conducir a mí, incluso los soldados me respetaban tanto o más que los bárbaros. El viaje fue tranquilo hasta que legamos a la enorme, enorme fortaleza de Villa Real. No me gustaba, tenía un enorme muro con una sola entrada, un portón enorme, pero me tomé el trabajo de circundar todo el lugar. Di toda la vuelta al paso de hoyuman y no había otra salida. Le comenté a Anán, me dijo:

-Está bien protegido, no hay por donde entrar si no es por la entrada principal.

Lo miré a los ojos y hablé en voz alta para que también los soldados escuchen:

-Tampoco hay otro lugar por donde salir. -Anán frunció el ceño.

 

María no había hablado en todo el camino pero no estaba pensativa, miraba hacia todos los lados como extasiada, le encantaba el lugar. A diferencia mía que veía las posibilidades de una futura batalla y ver las debilidades de la fortaleza. Marya veía la construcción de otra manera, con otra vista, con otra expectativa. Los vigías de las torres nos vieron, dieron la orden y de abajo el capitán de la guardia hizo abrir los enormes portones, las enormes puertas. Noté que adentro, en el antepalacio había un enorme patio que también circundaba todo, era la feria feudal, pero veía que casi no había vendedores, que casi no había víveres. ¿No era que Andahazi ahora tenía el protectorado de dos reinos más? No veía movimiento de metales, no veía comercio.

Desmontamos, dejamos los hoyumans en una pequeña cuadra, estaban nuestros nombres. Anán me murmuró:

-Fíjate, Aranet, también está tu nombre.

-Yo no soy un señor feudal, tú me has dado un título, pero lo que tengo yo es una fortaleza con unos bárbaros que no se pueden llamar soldados siquiera.

 

Avanzamos a pie, abrió una puerta ya mucho más lujosa y decorada el capitán de la guardia y haciendo una inclinación nos hizo pasar. Lo miré al hombre, no parecía peligroso. Me acordaba del que estaba al cargo de la defensa de los Belicós, éste no, parecía inofensivo, veía su rostro y era neutro, pero no el neutro que esconde sus emociones, neutro porque sus pensamientos eran neutros, si se entiende el concepto. Cuando entramos lo único que se escuchó es la voz de Marya -¡Oh!-, asombrada de lo suntuoso que era el lugar: cortinas, rojas, cortinas verdes, un techo de ocho líneas de altura, sesenta faroles a aceite todos encendidos aún siendo de día. Se acercó un hombre -lo miré-, vestido con ropa cómoda, parecía un guerrero, se lo veía mucho más experto que el capitán de la guardia. Se presentó con una inclinación de cabeza.

-Mi nombre es Silas, soy el lugarteniente del señor de Villa Real. -Inclinamos la cabeza levemente y lo saludamos-. Acompañadme, por favor -dijo Silas.

 

Sentado en un trono con un manto muy suntuoso y muy espeso, me di cuenta que era una ropa muy incómoda, demasiado peso, una ropa abrigada para el peor de los infiernos de frío. ¿Por qué? ¿Quién dice que el infierno es caliente? ¿La mitología de Umbro?

Miro el rostro de Andahazi, no era un rostro blanco, era un rostro pálido, cabello negro, negro, negro hasta casi llegando a los hombros; nariz afilada, mentón afilado, ojos pequeños, rostro sufrido pero a la vez una mueca de rencor que no podía ocultar y un aire de falsa superioridad.

Le murmuré a Anán casi sin mover los labios:

-Deja que nosotros nos inclinemos más. Tú eres un rey, apenas saludas agachando la cabeza. -Anán me contestó:

-También se mover los labios, ya sé cómo hacer, Aranet.

-Y tú, mujer, haz una pequeña reverencia, no mucha, y no esquives la mirada, míralo a los ojos.

 

Lo saludamos.

-Bienvenidos, ya hay seis reyes más.

 

Me quedé pensativo, pensativo, pensativo.

 

 


 

Sesión 19/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

La entidad relata que la invitación al reino del señor de Villa Real no era limpia sino que escondía una propuesta que de aceptarla quedarían todos muy mal parados. Su amigo el rey Anán podía ver su reino sometido. Tenía que pensar rápido.

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Entidad: Mis ojos recorrían todo. Los soldados se habían quedado fuera de palacio en un lugar especial donde les dieron comida y bebida. Le dije a Anán que les diera la orden de que no tomaran alcohol.

Silas, el lugarteniente, nos presentó a Andahazi. Le dije a Anán que no se incline, Marya dobló un poco las rodillas saludándolo, yo incliné la cabeza.

Andahazi, autodenominado el señor de Villa Real, se paró (levantó) con un abrigo muy, muy grueso para la época. Nos comentó que ya habían llegado seis reyes de otras regiones. Y sí, me sorprendió cuando se sacó el abrigo, debajo llevaba un sacón y unos pantalones de cuero, un color marrón oscuro, lo mismo que sus guantes. Debajo del sacón una camisa blanca abierta al cuello atada con cordones. Y observé que a su costado llevaba una espada del lado izquierdo, quizá sería zurdo.

-Bienvenidos -nos dijo-. Pasad, esperemos a los demás.

 

Nos sentamos. Había todo tipo de bebidas. Anán se levantó para alcanzar una jarra, me levanté velozmente y tomé yo la jarra, vi que era bebida espumante. La aparté. Tomé otra jarra que tenía bebida frutal, le serví a Marya. Lo miré a los ojos a Anán, me entendió. Le serví y me serví yo.

Anán estaba como extrañado me dice:

-Aranet, que tomemos un poco de bebida no va a pasar nada. Tampoco has dejado a los soldados. ¿Qué pueden hacer veinte soldados en el caso de que nos quisiera tener prisioneros?

-No es por eso, no es por eso, Anán -argumenté-, es porque con el alcohol se les suelta la lengua. Y en el camino les di orden de que no digan nada de tu castillo, ni de la gente que tenemos. Y digo tenemos, me incluyo porque entiendo que nuestra amistad me da permiso para ordenarles cuando tú omites alguna orden -asintió con la cabeza Anán-. Nosotros tampoco demos muchas explicaciones, en lo posible con monosílabos. Respondamos, pero sin quedar como antipáticos. Tampoco seamos endulzantes en el sentido de sonreír para quedar bien. Estoy enterado de lo que le pasó a Andahazi, estoy enterado de su niñez, que era hijo de un mendigo que fue maltratado, estoy enterado de su rencor y no creo que no le guste la hipocresía, así que sonrisas falsas no, no.

-Eso lo tengo claro -me respondió Anán.

 

A media tarde llegaron lo que sería el resto. En total había veinticuatro nobles, de los cuales veinte eran reyes y cuatro como yo, gente con título.

-No muestres impaciencia -le dije a Anán-, él nos está probando a todos.

 

Vinieron dos músicos, uno con un aparato de cuerdas, el otro con una flauta. Y cuatro mujeres muy jóvenes con muy poca ropa, bailarinas. Bailaron al compás de la música, una música insinuante, movían sus caderas. Yo miraba a los demás reyes y nobles y estaban con la vista pegada en la mujeres.

Con los ojos entrecerrados miré a Andahazi, Andahazi al igual que yo miraba a los nobles. En un momento dado cambiamos miradas, no me hice el disimulado de desviar la vista haciendo ver que lo miré de forma casual, no, él tampoco desvió la vista, inclinó la cabeza en un saludo a la distancia, estábamos a más de ocho líneas. Lo saludé también e hice una mueca que pareció una sonrisa. Él directamente no sonrió, luego desvió la vista. Finalmente la desvié yo. Le susurré al oído a Anán disimuladamente:

-Este hombre es muy inteligente. Si tuviera que nombrar alguna contra, su rencor. Puede ser lo único que no le deje pensar con claridad pero su mirada es de persona inteligente. Y estoy viendo los demás reyes, están como embobados con las bailarinas y la bebida alcohólica. Insisto -añadí-, no los hace tomar para obtener algo en el sentido de que los va tener a todos prisioneros incluidos nosotros, no, lo que va a obtener es algo más sutil con la bebida y las mujeres: subordinación. Fíjate que eres el único que ha venido acompañado por una mujer. Y te digo más, Andahazi se fijo en eso -le expliqué a Anán-, pero no creo que le dé importancia.

 

Finalmente terminó la música, las bailarinas se retiraron y Andahazi habló con voz alta, algo aguda, una sonrisa mmm... como torcida, no me gustaba. Sus ojos miraban a todos lados escudriñando cada gesto de acuerdo a las palabras que él decía. Nos dio a todos la bienvenida y dijo:

-He averiguado -porque tengo gente en distintas regiones-, y sé que la mayoría de vosotros está pasando por apuros económicos, y los que no, sé que tampoco crecen, que se estancan y sabemos que quienes se estancan van para atrás. He visto que sus tropas están oxidadas, hace tiempo que no participáis de una batalla salvo dos o tres. Nos miró a Anán, a mí y a otro más que estaba del otro lado de la gran mesa. Salvo ellos -continuó Andahazi-, hace miles de amaneceres que nadie combate. Y eso no está bien. Pensaréis que lo ideal es la guerra. No, para nada. Pero estáis indefensos y sabemos que se están movilizando muchas tropas del norte. Acá hay dos reyes -Los señaló, estaban al final de la mesa al lado de Andahazi-, se llaman Boltar y Aramí, ellos fueron los primero que reconocieron su indefensión en cuanto a fortificación y en lo económico y añadieron sus reinos al mío. Tened en claro esto -siguió Andahazi-, los reinos siguen siendo independientes pero yo soy el que coordino todo, están bajo mi protección, sus hombres me pertenecen y ellos... ved que soy magnánimo, conservan su independencia y su título. -Entre mí pensaba, un título de fantasía porque Andahazi hace y deshace-.

El señor de Villa Real continuó hablando. Y mi propuesta es esta: A diferencia de los reyes Boltar y Aramí vosotros estáis más lejos pero también en el estado de indefensión. Os propongo dejarme ser vuestro protector, Villa Real será el protectorado vuestro.

Uno de los reyes, bastante obeso, con barba larga levantó la mano. Andahazi le concedió la palabra. El hombre se paró (levantó).

-Supongamos, rey señor de Villa Real, que acepto vuestra protección dejando mi reino a vuestro cuidado. Estamos a un amanecer y medio de distancia, ¿si nos atacaran cómo seríamos defendidos? Entiendo que los reyes voltarearán y siguen enseñando a su gente en su reino. -El hombre se sentó. Andahazi respondió:

-Muy buena la pregunta porque es útil para todos. En cada protectorado, en cada reino tendré un promedio de diez a veinte hombres que se dedicarán únicamente a vigilar.

El rey lo interrumpió sin levantarse:

-Pero ya tenemos vigías. -Andahazi levantó la mano izquierda.

-No terminé. Esos vigías son especialistas en espionaje y no estarán todos en una torre como vuestros vigías, estarán en las murallas, fuera de vuestros castillos, en los bosques y sabrán con antelación si se acerca alguna horda de salvajes o de guerreros del norte o de donde fuere e inmediatamente con hoyumans calificados en velocidad vendrán a mí. De la misma manera tengo hombres en los reinados de Boltar y Aramí y en un momento reúno diez mil soldados y puedo acabar con cualquier horda de cualquier lado, incluso una caballería bien armada. Tenemos todo tipo de armas, tenemos máquinas lanzadoras de piedras que tienen el peso de veinte hombres y que las podemos lanzar a más de doscientas líneas de distancia y pueden llegar a romper los muros más gruesos. ¿Qué pido a cambio? Obediencia. No pido metales, al contrario, yo los apoyaré económicamente, los reinados pasaran a ser parte de Villa Real pero no perderán su independencia. Ganaréis con mi propuesta. ¡A ver, sirvientes -Golpeó las palmas-, servid más bebida!

 

La mayoría de los reyes aceptaron, dos o tres estaban reacios. Le susurré a Anán: -No digas que no, no digas que sí, di "lo pensaré".

 

Nos quedamos esa noche. Muchos de los reyes se quedaron bebiendo. Le dije a Anán que no acepte quedarse en el palacio, fuimos a donde estaba la tropa.

Nos despedimos de Andahazi, Anán le dijo que lo iba a pensar pero que la idea le agradaba, de alguna manera para dejarlo conforme al autodenominado señor de Villa Real. Los soldados estaban frescos, los hoyumans descansados. Marya estaba cómoda, había comido una comida liviana y tomado algunos vasos frutales. Y les dije a los jóvenes:

-Preparad los equinos que nos marchamos a la noche, no nos quedamos.

María dijo:

-Aranet, me siento cansada.

-Mujer, tú has decidido venir, sabías que esto podía ser así. -No dijo nada, Anán tampoco.

 

Y partimos para el palacio de Anán. Ya pensaría una estrategia. La cosa estaba difícil, no se trataba de un protectorado, se trataba de un sometimiento y muchos de los ingenuos reyes, muy ingenuos reyes, habían aceptado y de esa manera Andahazi se hacía más poderoso. Y cuando el poder se desequilibra en una región los demás pierden, y eso, y eso había que impedirlo. Y yo me encargaría de impedirlo. ¿Solo? Obviamente que no, no tengo poderes, tengo astucia, sé planificar estrategias. ¿Que me he equivocado? La prueba está en que casi muere Mina, que casi muero yo. Soy humano, soy falible, pero aprendo de las malas y de las buenas experiencias. El poder no es negativo si se usa con sabiduría, pero si se utiliza con ambición, por sometimiento, únicamente por sometimiento, por rencor, por desquite, por venganza no es bueno para nadie.

 

Gracias.

 


 

Sesión 27/02/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Temía una guerra en breve, un gran señor acumulaba un gran ejército con claras intenciones. De camino a palacio encontró a otros que temían lo mismo y decidieron juntarse.

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Entidad: Veníamos con los hoyumans al paso hacia el castillo de Anán. Mi amigo, el rey, me preguntaba cada cien líneas:

-¿Qué vamos a hacer?

Y le repetía lo mismo:

-Espera a llegar a palacio. Tomaremos algo caliente, nos sacaremos las botas, descansaremos y podremos hablar.

 

Presté atención, mis oídos escuchaban como un fragor de combate. Elegí a uno de los soldados, joven pero listo y atento.

-Adelántate, fíjate qué está sucediendo, No vayas al galope, ve a un trote rápido.

Tiempo más tarde el soldado volvió.

-Se están enfrentando una multitud de oscuras contra una multitud de guerreros, ellos parecen ardenios por su vestimenta.

-O sea, que es una batalla de todos contra todos.

-Pues no...

-Explícate -Ordené.

-Aparentemente están combatiendo dos y los demás observan.

-¡Ajá! Apuremos el paso.

 

Instantes más tarde llegamos. Estábamos a unas cien líneas de altura mirando hacia el valle y en un claro había de un lado cien oscuras y del otro lado cien guerreros ardenios. En el medio del círculo, combatiendo con espada una oscura muy ágil contra un guerrero muy corpulento, tendría un físico parecido al mío pero por su forma de luchar un poco más lento con menos reflejos. Finalmente la mujer logró desarmarlo y apoyó su espada en el cuello del hombre. Miré con atención: todos aplaudieron, el guerrero y la mujer se dieron la mano.

Bajamos lentamente con Anán, Marya y detrás los veinte soldados que nos escoltaban. Levanté mi mano derecha en señal de paz. Nos rodearon los guerreros y las oscuras. Desmonté.

-Venimos en son de paz. Él es el rey Anán. -Señalé a mi amigo-. Mi nombre es Aranet.

La joven dijo:

-Aranet, he escuchado hablar de ti. Mi nombre es Irax.

-Eres una oscura.

-Sí, se nota por mi vestimenta. Y estas son cien compañeras.

-No somos curiosos -le dije-, sólo estamos de paso, ¿pero puedes explicarme esto?

El hombre tomó la palabra.

-Estamos preocupados e hicimos una alianza con los oscuros.

Continuó hablando la oscura Irax.

-Todos estamos preocupados. Hace diez amaneceres atrás nos llegó una invitación a Villa Real. -Hice una mueca que simulaba una leve sonrisa.

-¡Ajá!, continúa.

-Y obviamente no fuimos, adivino las intenciones. Ese hombre está enfermo, Andahazi creo que se llama. Quiere quedarse con la zona de los oscuros y también -señaló a los guerreros- con parte de Ardeña.

-¿Cuántos sois?

El guerrero preguntó:

-¿Por qué? -Con mirada de desconfianza.

-Os contaré por qué -dije-. Venimos justamente de ver a Andahazi. -Los ojos de todos se pusieron en estado de alarma.

-¿Y? -preguntó el guerrero.

-Y nada, pensamos como vosotros, que el hombre está enfermo. Pero la situación se agravó porque fueron veinticuatro monarcas u hombres con títulos y por lo menos dieciocho o veinte acordaron servirle para ser "protegidos" por él. Así que sigue sumando gente, más los dos reinos que tiene, que suman cuatro mil hombres y si por lo menos entre dieciocho y veinte reinos más se ponen bajo su protección va a ser una fuerza invencible.

La oscura Irax sacudía la cabeza pensando.

-Y nosotros creíamos que éramos muchos.

-Aquí veo solamente cien y son únicamente mujeres. ¿Cuántos sois en total?

-Cerca de mil, mil doscientos seres.

-¿Y vosotros? -Al guerrero.

-Bueno, Ardenia tiene por lo menos treinta mil personas pero guerreros no creo que pasen los cinco mil.

-Bien, creo que podemos hacer muchas cosas juntos.

El guerrero dijo:

-¿Hablas de hacer una alianza?

-No, no, no, nada de alianzas, podemos juntar nuestras fuerzas para frenar la locura de Andahazi, el señor de Villa Real, como se hace llamar. Justamente íbamos para el castillo del rey a planificar, y bueno, aquel que está más allá de las estrellas hizo que nos encontráramos con vosotros. Y podemos juntar nuestras fuerzas. No digo que se sumen a nosotros porque de esa manera asumiríamos como que llevamos el control, y no se trata de que nadie mande a nadie, cada uno manda a su fuerza.  A propósito, explicadme lo del combate.

-Bueno -habló la oscura Irax-, queríamos ver quien mandaba entre nosotros, y lo decidimos en un duelo, así que ahora los cien ardeños están bajo mi mando.

-De todas maneras sois doscientos. ¿Cuál es vuestra idea?

Irax dijo:

-Que ellos vuelvan a Ardenia, junten los seis mil guerreros, yo traigo a los mil oscuros y nos juntamos en determinado lugar. ¿Y vosotros cuántos sois?

-No somos muchos. Tuvimos, hace muchos amaneceres atrás, una gran batalla y perdimos muchos hombres. En este momento tenemos cerca de cuatro mil soldados y dos mil más en la fortaleza Belicós, y yo debo tener en la isla Baglis cerca de quinientos bárbaros. No somos tantos pero entre todos sumamos gente, bastantes. -Me di vuelta y le dije a los soldados: -Desmonten. Descansemos y comamos algo.

 

Nos pusimos en una parte con Anán y Marya, se sumó a nosotros la oscura Irax.

-Parecéis de confianza.

-Bueno -comenté-, nunca hemos, por lo menos no a propósito, defraudado a nadie. ¿Cuál es tu historia? -Intuía como que ella deseaba contar y así lo hizo.

-Hacía muchísimos amaneceres, muchísimos, tuve una pareja llamada Ardix, un gran guerrero. Nos conocimos en un poblado donde había muchos asesinatos y para él yo era la principal sospechosa, así y todo nos atraíamos. Hasta que a lo último se descubrió que el asesino era un granjero; el más inocente de todos resultó ser el asesino. Y con Ardix formamos pareja, dejamos de vernos por un tiempo y luego volvimos. Pero tenía varios defectos, seguía siendo una persona desconfiada y celosa. -Me miró a los ojos esperando que haga algún comentario. Y así lo hice:

-Generalmente un hombre celoso es un hombre que tiene baja estima, es un hombre que se siente tan poco que piensa que va a ser engañado porque no se tiene confianza.

La oscura Irax agregó.

-Y en este caso fue peor porque su mentalidad se transformó en enfermiza, en obsesiva. A veces volvía de ver a mi gente y me interrogaba instantes, e instantes, e instantes para ver si de verdad había ido a ver a mi gente o si tenía un algún amante oculto. La relación ya no daba para más, era enfermiza, discutíamos permanentemente.

 

Hasta que un día me tendió una celada. Llegamos a un poblado que estaba semidesierto y había unos turanios rebeldes con los cuales él, evidentemente, ya había hablado.

A uno de ellos le tiró una bolsa con metales plateados. -Aquí tienes el pago.

Lo miré.

-Pago ¿por qué?

Ardix dijo:

Por ti. -Y me atraparon entre todos. Ardix tomó las riendas de su hoyuman y se marchó. Me había vendido a unos turanios rebeldes.

-¿Qué pasó luego, mujer?

-Utilicé mi astucia. Antes de que me humillaran y me dejaran me fui fijando quién de los turanios era el que llevaba la voz cantante y traté de agradarle, el hombre en seguida cayó en mis redes; lo acaricié, me llevó a su carpa y me entregué a él.

-¡Mujer!

-¡Qué! -me dijo ella con enojo-, no soy una mercancía pero prefería entregarme a uno a que me dejaran los veinte. El hecho de ser pareja de él, que era el que mandaba, evitó que los demás se fijaran en mí, así que dentro de todo salí bien parada. Pero ahí no termina la historia, eran amantes de la bebida y yo era amante de preparar polvos somníferos, los dormí.

-Y te marchaste.

-No -negó ella-, los degollé a todos y principalmente al jefe. Y me marché. Estuve treinta amaneceres buscando a Ardix hasta que lo encontré.

-¡Y te enfrentaste a él! -exclamé.

-No -negó la oscura.

-Para qué gastar energías, aparte de manejar la espada como habéis visto también se disparar con mi arco y a cincuenta líneas de distancia le atravesé la garganta.

-Supongo que te habrás sentido mal, al fin y al cabo había sido tu amor.

-Para nada, mi amor había muerto cuando me vendió a los turanios rebeldes. -Asentí con la cabeza.

-¡Uff, vaya historia! Habéis dicho que tenéis un lugar donde encontraros. Hagamos una cosa, nos podemos encontrar todos en el castillo de él, de Anán, queda a un amanecer de camino hacia el oeste por este mismo sendero.

-Voy a ir a mi poblado, los guerreros irán a Ardenia, calcula más o menos en treinta amaneceres y nos encontraremos.

Negué: -Es mucho Irax, es mucho tiempo. Más de dieciocho, veinte amaneceres no. Traed mulenas, acordaos que es un viaje largo y las mulenas cargan bastantes provisiones.

-No tenemos mulenas -dijo la oscura.

-Pero vosotros sí -le dije al guerrero.

-Sí.

-Bien.

El guerrero me miraba.

-¿Qué ves?

-Eres un hombre común. -Sonreí.

-No entiendo.

-¡Tú eres Aranet! Escuché hablar de ti.

-¿Y qué esperabas ver?

-Eres de carne y hueso.

-Pues sí, y estuve tres veces al borde la muerte, y aquel que está más allá de las estrellas más la ayuda de otras personas me han salvado todas las veces. Pero sí, soy mortal como vosotros, por lo menos por ahora aquel que está más allá de las estrellas me acompaña, no sé el día de mañana pero por ahora estoy vivo. Y nuestro plan es que Andahazi no logre su plan perverso porque va a desolar todas las regiones de las que se apodere.

-Tú que has ido, ¿cómo es la fortaleza?

-Enorme -respondí-, muy grande, pero tiene defectos, tiene una sola entrada.

-Y eso la hace fuerte porque no hay por donde entrar sino es por esa entrada.

-Evidentemente no eres estratega -le dije al guerrero-, no hay por donde entrar si no es por esa entrada, pero no hay por donde salir si no es por esa salida.

-¿Y la parte de atrás?

-Recorrí toda la fortificación, no tiene otras salidas. Revisé los alrededores, no hay túneles secretos. Y más allá un gigantesco lago, un lago muy, muy grande, se lo puede rodear con embarcaciones toda la parte de atrás pero la única salida que tienen es justamente ese gran portón, y tienen un patio feudal muy desprovisto de provisiones. Contemos de aquí en más veinte amaneceres y nos encontramos en el castillo de Anán.

 

Asintieron los guerreros ardenios, asintió también la oscura Irax. Me di la mano con el guerrero un apretón bien fuerte. Y con la oscura Irax, su mano no era débil, su mano era fuerte y su apretón auténtico. Me miró a los ojos.

-Confío en ti.

Le dije una frase muy trillada:

-Irax, la unión hace la fuerza. No confíes sólo en mí, confía en la unión, juntos podremos. En veinte amaneceres estaremos todos listos. Y hablaré con mis bárbaros, a ver si pueden a su vez sumar más gente de parte de ellos.

 

Nos despedimos. Anán, Marya y los veinte soldados que nos escoltaban marchamos hacia el castillo. Atrás quedaban las cien oscuras y los cien ardenios. Y había una esperanza, había nacido una esperanza, podríamos vencer a ese ser enfermizo que se hacía llamar el señor de Villa Real. No hay nada mejor que la paz y la armonía, pero lamentablemente para conservarla, paradójicamente hay que presentar batalla. ¿Qué paradoja no? La paz se logra con la guerra. ¿Siempre será así? ¡Qué destino atravesado!

 

Gracias por escuchar.

 


 

Sesión 03/09/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Con miles de guerreros iba a enfrentarse al señor de Villa Real. Pero no había garantía de nada.

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Entidad: Seguíamos marchando hacia la fortaleza de Villa Real, me di cuenta de que los ánimos de todos no estaban bien me sorprendió que uno de los más molestos era el propio Ligor, le comenté las pérdidas que tuvimos y me respondió:

-Fue una torpeza que hayas elegido ir por el desierto y no por el lado del bosque.

-Lo puse a votación -le expliqué.

-¿A votación?

-Sí.

-A votación ¿por qué?

-A votación porque muchos se oponían diciendo que en el bosque podía haber riesgos, peligros, podía haber enemigos ocultos en los árboles o sobre las ramas.

-¿Y tú dijiste que sí?

-Sí, no tuve otra opción, respeté la voluntad de la mayoría.

-¿Por qué?

-Porque es así como debe ser.

-¿Y quién lo dijo?

Habló la oriental Xia:

-Todos lo dijimos.

Ligor detuvo la marcha de su animal, mostró sus manos que brillaban con estática y dijo:

-¿A que no se atreven a oponerse a mí, a mi voluntad? -Dos o tres de los bárbaros de mi fuerza se adelantaron, les hice un ademán de que se quedaran quietos-. A ver ¿quien sigue? -Mostró sus manos.

Se acercó Ezeven.

-¡Ya está Ligor! Ya pasó. Ocupémonos de lo importante.

Ligor lo miró y los siguió viendo a los demás.

-Soldados, bárbaros, ardenios, oscuros ¿algunos tiene el coraje de decir algo?

Si doy una orden -siguió hablando la oriental Xia-. ¿Te piensas que porque tienes el poder del rayo nos vas a someter a todos? ¿En qué te diferencias entonces de Andahazi? -Ligor suspiró hondo.

-No, no se trata de eso -dijo, su tono era más calmado-, se trata de que han equivocado el camino.

-Y lo hemos pagado caro -agregó la oriental Xia-. Prácticamente no la conocía a la oscura Airax, pero era una buena guerrera y perdió la vida.

-Sí, así es, por vuestra decisión.

Xia siguió desafiante:

-O sea, tú nunca te has equivocado.

-Sí que me equivoqué, muchísimas veces -dijo Ligor- y habré pagado las consecuencias pero no le hice pagar las consecuencias a mi gente, esta es la diferencia.

 

Yo estaba callado. Quizá Ligor tenía razón, pero también me imagino lo que hubiera pasado si me oponía al voto, por ahí se hubieran levantado en armas alguno de los ardenios o de los oscuros y mis bárbaros hubieran peleado contra ellos. O sea hubiera sido una batalla contra nosotros y no contra Andahazi. De la misma manera que lo pensé se lo expliqué a Ligor después. Se encogió de hombros y seguimos avanzando.

Muchos de nosotros teníamos drómedans en lugar de hoyumans. A mí me resultaba incómodo montar en drómedans lo cual era ilógico habiendo montado tantas veces un bagueón, mi querido koreón.

 

Ya estábamos casi llegando, muchos de los dracons sobrevolaban detrás nuestro, dos de los dracons iban sin jinete, los dracons que habían montado Ligor y Ezeven. En un momento dado se escucha como un ruido detrás nuestro.

-¿Y ahora qué?

-Es muy sencillo -dijo Ezeven-, de los distintos reinos muchos se habrán recuperado. Los frenamos, pero vienen a todo galope para defender a su supuesto señor.

Ligor pegó un muy fuerte silbido, dos de los dracons, los que estaban sin jinete bajaron. Uno lo montó Ligor y el otro Ezeven.

-¿Qué pensáis hacer?

-Nosotros nada. ¡Alucar! -llamó a uno de los hombres alados, seguramente era el que mandaba entre ellos-. Ve con tus hombres lleva los dragones frena la horda de jinetes que viene. -Alucar se lo quedó mirando:

-Los frenamos o...

-Si siguen avanzando que mueran abrasados con el vapor. Al fin y al cabo siempre hay daños colaterales -agregó Ligor.

 

Lo veía demasiado impiadoso, bastante excitado algo lo tenía mal y no sabía que era, pero no le pregunté. Los hombres alados partieron hacia atrás a frenar con los dracons a los jinetes que venían de los distintos reinos y nosotros seguíamos avanzando hacia la fortaleza, que prácticamente ya la teníamos a la vista.

Pero no todo era tan sencillo, muchos de los que nos habían atacado en el desierto volvieron otra vez a reagruparse y arremetieron de vuelta contra nosotros. Los dos dracons que quedaban con Ezeven y Ligor fueron hacia allí lanzando el vapor ardiente, los frenaron, los hicieron retroceder y terminaron huyendo.

Ligor seguía excitado.

-Acompáñame, Ezeven, vamos a sobrevolar la fortaleza y abrasamos con vapor ardiente a todos los que estén detrás.

-¡No! ¡No!

Ligor me miró: -¡Cómo no!

-No, van a morir inocentes, van a morir inocentes, hay muchos feriantes en el patio feudal, siempre están adelante del primer muro, los soldados se van a mezclar con ellos para protegerse, los van a utilizar como una especie de escudo.

-Bueno, como dije antes, daños colaterales.

Esta vez habló Ezeven:

-No Ligor, tiene razón Aranet. Tiene razón Aranet, no podemos hacer eso, inocentes no. Te veo demasiado excitado -agregó Ezeven-. ¿Qué sucede?

Ligor respiró hondo y dijo:

-Presiento que algo malo va a ocurrir, quiero acabar con esto rápido, no quiero una guerra que se extienda y muera más gente. No de la nuestra.

-No es tan fácil -dijo Ezeven-, no es tan fácil.

Por primera vez Ligor me consultó:

-¿Qué hago?

-¡Ah!, tiene razón Ezeven -exclamé-, no pueden morir más inocentes. H hagamos lo que yo pensaba al principio. Hagamos un sitio, no hay otras puertas ni portones grandes, se les va a acabar la comida, van a tener que salir, estaremos allí.

-¿Y te piensas que estaremos en ventaja? -preguntó Ligor-, estamos en medio del desierto bajo este sol rojo, nosotros tampoco tenemos tantos alimentos ni tampoco tanta agua y vamos a hacer un sitio. ¿Cómo sabemos que no tienen provisiones? Seguramente tienen diez veces más provisiones que nos notros y vamos a hacer un sitio.

 

¡Ah! También tenía razón Ligor en esto. Siempre mi plan fue llegar a la fortaleza y sitiarla para que nadie pueda salir y cuando no tuvieran provisiones tuvieran que rendirse. Lo que no tenía en cuenta era que la fortaleza estaba en medio del desierto y nosotros, los que la rodeábamos, estábamos más desprotegidos que los de adentro. ¡Bufff! Está muy difícil la cosa. Y no hay ni un oasis a miles de líneas de distancia.

 

Xia dijo:

-Bueno, a nuestra izquierda tenemos el bosque.

-Sí -dije yo-, pero nos alejamos para el bosque y ya no estamos sitiándolos. Acerquémonos un poco más -agregué-, quiero estudiar bien la fortaleza.

 

En ese momento con una catapulta lanzaron enormes piedras untadas en aceite y prendidas fuego, varios de jinetes nuestros cayeron entre llamas, otros aplastados por las rocas.

-¡Retrocedamos! -retrocedimos.

-¿Tengo razón yo o no? -preguntó Ligor-, voy y con mi dracon a los que están manejando las catapultas los arraso con el vapor ardiente de mi animal. -Y sin decir nada espoleó al animal y salió adelante. Dos rocas ardientes le dieron una a un costado del animal y otra en la cabeza. No llegó a atontar al animal pero Ligor haciendo por primera vez uso de su prudencia retornó-. Están bien equipados.

-Déjame a mí. -Miramos a Ezeven.

-¡A ti!

-Sí, iré yo, mi dracon es más liviano.

-¿Y? -preguntó Ligor.

-Es más ágil, seguramente menos potente pero yo no quiero potencia en este momento, no es un pichón de dracon pero es bastante más joven que el tuyo Ligor, maniobra más fácil, va a esquivar las rocas ardientes.

Interrumpí yo:

-Y qué piensas hacer ¿lo que decía Ligor?, ¿abrasar con vapor ardiente a la gente de adentro?

-No, no, sobrevolaré bajo y caeré. ¿Tenéis en cuenta que puedo levitar?

-Lo he visto -confirmó Ligor-. Su dracon cayó y él antes de llegar a tierra sobrevoló y puso los pies lentamente. Tiene el don de levitar.

Me quedé pensando.

-Está bien. ¿Qué harías entonces adentro?

-Lo mismo que hice en uno de los castillos, puedo manejar la mente de ellos y sembrarles un pánico haciéndoles ver cosas inexistentes. No importa si también se lo hago ver a los feriantes y a los que están en el patio feudal, eso no mata a nadie. Una vez que los vea a todos acurrucados, con temor, sobrevuelo con mi dracon y les hago dar la señal -porque les obligaría a abrir los portones desde adentro- y ahí podríamos atacar teniendo a los soldados inofensivos.

-Eso sí me parece buena idea, no la de Ligor. O sea, que irías, sobrevolarías bajo, dejarías que tu dracon se eleve para protegerse de las catapultas y con tu mente implantarías un pánico con visiones inexistentes.

-Correcto, Aranet, eso haría.

-Bien. Obligarías mentalmente a algunos de los soldados que abran el portón desde adentro y darías la señal con tu dracon de que pudiéramos entrar.

-Nada más fácil que eso.

-¿Qué dices Ligor? -se encogió de hombros.

-Me parece bien, los hombres alados están conteniendo bastante a los otros.

-Hagámoslo entonces. -Ezeven hizo un gesto de asentimiento-. Y salió disparado con su dracon que parecía un proyectil. Se impulsó con sus alas, las cerró y su cuerpo marchaba a diez veces la velocidad de un hoyuman hasta que finalmente pasó los muros de la fortaleza. -Bueno, esperemos que tenga éxito.

 

-¡Cómo pasa el tiempo! -exclamó Xia la oriental.

-Voy con mi dracon a ver qué pasa -exclamó Ligor.

-Espera. -Y esperamos. Pero no me gustaba nada. Nos miramos con Ligor- Tarda demasiado.

Ligor dijo:

-Ezeven es muy poderoso con su mente, no creo que le puedan hacer nada.

-Lo que tú digas -exclamé yo-, pero tarda demasiado, no me gusta.

 

Y Ezeven no aparecía, y no aparecía.

 

Gracias por escucharme.

 


 

Sesión 17/09/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

La gran batalla contra las fuerzas del señor de Villa Real había comenzado. Unos y otros ahora ganaban, ahora perdían. Aparecieron actores que nadie esperaba.

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Entidad: Manteníamos el sitio a duras penas, los soldados que habían quedado rezagados de los reinos obedientes a Villa Real se habían rearmado, iban despacio, llevaban algunas catapultas, habían derribado algunos dracons.

No era tan fácil, tan sencillo como pensaba Ligor. Encima, los que habían quedado derrotados dos veces volvían otra vez a la carga, además de un nuevo reino que venía del noreste, por lo menos mil hombres más. Nos pasaban en número pero lejos. La batalla estaba muy difícil, muy difícil pero a veces una o dos personas logran lo que no logran cien personas.

 

De repente vimos que el portón se abría, el primer asombrado fue Ligor cuando vio que su esposa Nuria estaba adentro y había dejado un tendal de soldados muertos o mal heridos que le servían a Andahazi. Me alegré que atrás vimos bien a la niña Ciruela y a Ezeven.

Mientras algunos de los nuestros resistían me mandé con los bárbaros y entramos al primer patio. Habíamos vencido el primer muro, por suerte casi no había heridos entre los feriantes, entre los comerciantes que se habían refugiado en sus casas.

La niña me quería contar lo qué había pasado, le dije:

-Tenemos tiempo para eso. Marchemos, avancemos.

 

Muy a grandes rasgos y en forma muy breve Nuria nos puso sobre aviso a su esposo y a mí de que Randora se había unido a Andahazi y que ella utilizó la estrategia de dejarse atrapar para luego utilizar sus poderes similares a los de Ligor. Era buena señal. Ligor y Nuria con el poder del rayo, Ciruela que con su mente podía de alguna manera hacer arder por dentro a sus enemigos y Ezeven era un mento superdotado.

Y entramos, vencimos la primera resistencia pero no era para vanagloriarse, afuera nuestra gente estaba perdiendo. Los oscuros, los ardenios y los soldados que quedaban de Anán que no eran tantos, los hombres alados con los dracons hacían lo que podían, que no era poco pero no alcanzaba.

Le pregunté a Nuria.

-Mujer, ¿dónde está esa Randora? -Se encogió de hombros.

-Debe estar escondida detrás del segundo muro con Andahazi.

 

El segundo muro estaba bien protegido y había otro portón. Le dije a la niña Ciruela y a Ezeven:

-Utilicen sus poderes, que se sume Ligor y Nuria, a ver si pueden derribar el portón interno.

Ligor tenía el humor de bromear y decía:

-Eso en tanto y en cuanto podamos esquivar las flechas que nos lanzan de arriba. -Hice una mueca de sonrisa. No llegué a reír, no tenía tiempo.

 

Todavía había soldados que vencer. Serviles, no serviciales, serviles a Andahazi. Una lucha que no se terminaba, minutos que parecían horas, choque de metales, fuego, olor a cuerpos quemados, sangre, bastante crudo. Una cosa es relatarlo y otra es vivirlo.

Reconozco que a lo largo de mi vida he visto muchísimas cosas, pero qué puedo decir, nunca nos acostumbramos, nunca nos acostumbramos a la muerte, nunca nos acostumbramos a la violencia, nunca nos acostumbramos al dolor propio o ajeno.

Es cierto que el mal hay que exterminarlo de raíz. Me molestaba tremendamente acabar con la vida de los enemigos porque al fin y al cabo muchos tenían familia, pero dejarlo ganar a ese alienado de Andahazi era que toda la región estuviera esclavizada, y se trataba de elegir el mal menor.

 

Terminamos de romper el portón interno pero en lugar de avanzar, cientos de soldados de Andahazi que estaban en el segundo patio se abalanzaron contra nosotros. La situación estaba caótica, muy caótica.

Ciruela había recibido un proyectil en la frente, quedó semidesvanecida. Su misma furia la hizo recuperarse rápidamente y extendió sus manos y hubo cuerpos que ardieron, que se incineraron. Los soldados se asustaron, retrocedieron. Por un lado me daba pena la niña, ¡ay!, cómo puedo explicarlo, era una niña al fin y al cabo, y de repente, de golpe se hacía adulta. ¿Eso era justo? No, no era justo, que una niña tan joven participe de una batalla... Sí, tenía dones, tenía poderes, el don de la destrucción, pero ¿y su mente? Los niños juegan, los niños juegan con espadas de madera, se divierten, corren, se esconden, nadan en el arroyo, los niños no participan de una guerra. Me dolía algo interno que no sabría cómo definirlo, vosotros le llamaríais alma, me dolía el alma. Obviamente todo eso lo pensaba yo porque la niña no pensaba, actuaba, sus ojos estaban inyectados no en sangre, en furia, en dolor, en rencor, apasionamiento. Y no, una niña no debería pasar por eso, para nada.

 

Pero los soldados retrocedieron. Ezeven, también del mismo modo que tenía el don de levitar y de lanzar proyectiles le vi hacer algo nuevo: espadas, puñales caídos en el piso le bastaba mirarlos y con un gesto moviendo la cabeza rápidamente con la mirada los lanzaba clavándolos en el cuerpo de los enemigos. Sí, me daba impresión. El guerrero que montaba un bagueón como si acariciara un pequeño gato, el guerrero que había vuelto de la muerte dos, tres veces, el que había visto a su amada a punto de morir... ¿y le daba impresión eso?, porque al fin y al cabo yo era un ser humano. ¿Acaso no me apasioné cuando Snowza me venció porque estaba enceguecido y no pensaba, no razonaba? Pero no el no pensar, para en forma automática combatir, no; no pensaba pero tampoco combatía, y estuve a punto de morir otra vez. Cuántas veces me hirieron.

Todo esto que estoy relatando no lo relato simultáneamente con el momento de la batalla, yo peleaba, paraba las flechas con mi escudo, volvía a pelear, tenía la ropa desgarrada, el pecho al aire; era más bárbaro que los bárbaros que me acompañaban, por algo era su jefe e iba al frente poniendo el pecho, pero obvio que no era ningún tonto, delante del pecho el escudo, tonto no.

Y los hicimos retroceder. Nos ganaban en proporción de cinco a uno y los hicimos retroceder.

 

Y al comienzo dije "lo que no logran diez lo pueden lograr dos", y el portón principal lo derribaron entre Ciruela y Nuria. Y pensábamos que ya estaba todo dicho porque los de afuera con sus dracons mantenían en línea a la nueva gente que se acercaba, más que nada porque no conocían a los dracons.

Pero, porque siempre hay un pero: de repente los hombres alados se asustaron o se desconcertaron. Miré para donde miraban ellos, Ligor también miró.

Exclamó Ligor:

-¡Pero qué es eso!

 

Lumarios, hombres morenos montados en draco raptors. Los draco raptors eran una especie de dracons mucho más pequeños, de la zona de Lumaria, y eran mucho más fáciles de maniobrar porque eran del tamaño de un hoyuman, cuatro veces más pequeños que los dracons, eran mucho más fáciles de manejar. Y eran por lo menos una horda de cien lumarios montados en cien draco raptors y nos atacaban desde arriba arrojándonos lanzas o tirándonos flechas. No teníamos donde guarecernos. Los draco raptors pequeños, a diferencia de los dracons no lanzaban vapor hirviente, eso era una ventaja, pero el hecho de estar luchando contra soldados en tierra y contra lumarios montados en draco raptors prácticamente se hacía casi imposible la victoria, casi imposible. Los bárbaros que me seguían caían a montones y les ordené que se refugiasen, algunos habían perdido escudos, otros directamente no tenían.

 

Ezeven hizo gestos y con su mente volteó varios draco raptors haciendo que los lumarios que hacían de jinete, algunos se lastimaban, otros directamente se golpeaban la cabeza y quedaban muertos al instante, pero eran cien.

Ni Ezeven ni Ciruela no dábamos abasto, estábamos casi perdidos, estábamos casi perdidos.

 

 


 

Sesión 20/09/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

La gran batalla estaba en su apogeo pero no iba bien. Guerreros y amigos estaban cayendo. Mientas tanto el señor de Villa Real escapaba.

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Sesión 27/09/2018
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Después de la gran batalla había que reponerse, había heridos. Una dama apareció de pronto para sanarlos.

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Entidad: ¡Qué ironía, qué paradoja! Prácticamente con estas hordas nuevas que vinieron del norte dieron vuelta a la batalla a nuestro favor. Los pocos draco raptors o cayeron o sus jinetes se escaparon; el resto de los leales a Andahazi cayeron o se rindieron incondicionalmente.

Pero había caído Ligor, aparentemente la herida no era tan grave como la de Nuria o la de la pequeña Ciruela, pero también estaba inconsciente.

 

Una victoria amarga, una victoria triste. Para colmo mis bárbaros buscaban por todos lados, no quedó nada sin recorrer. Encontraron un segundo túnel detrás de las cocinas que desembocaba a un espejo de agua.

Detrás nuestro, en medio de todos los jinetes venía un hoyuman, lo montaba una mujer. Por alguna razón todos le abrían paso. Llegó hasta mí, me miró, una mirada límpida, clara, unos ojos extraños, no llegaba a describir si eran celestes o grises y me preguntó, mirándome directamente a mis ojos:

-¿Hay heridos graves?

-Sí, señora. ¿Tú prácticas algún tipo de medicina?

-Tengo líquidos -me dijo- y unas hiervas en mis alforjas.

 

Me extrañaba que los jinetes la hayan dejado pasar sin interrogarla. Yo mismo quería preguntarle más, pero como que algo me lo impedía. Vio primero a la niña, dejando su hoyuman atado en un tirante de madera, le puso una especie de polvo blanco en las heridas; el polvo echó como una especie de espuma, como si estuviera hirviendo. Me impresioné pensando que quizás eso le haría peor a la niña. La mujer agachada se dio vuelta y me miró, me hizo un gesto como diciendo que me quede tranquilo. Sacó un puñal, me alarmé, se dirigió a Nuria, le cortó parte de la ropa y echó también ese polvo blancuzco en la herida de Nuria. Finalmente se ocupó de Ligor, también le echó ese polvo. Ahí sí me atreví a hablar, y le pregunté:

-¿Habías comentado que ibas a usar unas plantas? -asintió con la cabeza.

-Este polvo es un extracto y hace efecto casi de inmediato.

-¿En qué sentido?

-Es cicatrizante.

-La niña ha perdido mucha sangre.

-Lo noto -dijo la mujer de los ojos enigmáticos mitad grises mitad celestes.

Sacó una cantimplora, la niña seguía inconsciente pero es como que murmuraba, murmuraba, murmuraba como que tuviera un ataque febril y deliraba y deliraba y deliraba y deliraba.

Se me removía el estómago de los nervios cuando de repente veo arriba mío un jinete con un draco raptor que se dirigía hacia la mujer y la niña y disparó una flecha que iba directa a la frente de la niña. La mujer miró, sólo miró y la flecha cayó inerte. Miró de nuevo y el animal hizo una especie de cabriola lanzando desde veinte metros de altura al jinete, que se estrelló contra el piso perdiendo la vida. El animal huyó espantado.

No tenía palabras, me quedé asombrado. Algo así le había visto hacer a Ezeven.

Levantó la cabeza de la niña y le dio el líquido. La niña es como que inmediatamente recobró el conocimiento y se quejó:

-¡Es muy amargo!

-Bébelo todo.

-Es muy amargo... -La mujer la miró a los ojos.

-Bébelo todo. -La niña lo hizo-. Ahora descansarás, tus heridas cicatrizarán, te pondrás bien.

Inmediatamente le dio de beber a Nuria. Nuria estaba semiinconsciente pero tomó un gran sorbo.

Ligor ya había abierto los ojos y la miró. Ella lo miró y sonrió: -No te gustará pero tendrás que beber.

-Lo haré, señora. -Dijo con tono de burla Ligor. No perdía su tono burlón ni siquiera en las puertas de la muerte. Tomó un gran sorbo hasta que la dama le sacó la cantimplora.

-Ya está, ahora descansa.

-No, hay mucho que hacer.

-Ahora descansa. -Ligor se sobresaltó.

-¿Cómo está mi esposa? -La dama miró a Nuria.

-Bien. Tu esposa está bien. La niña también. Ahora descansa. -Le tocó la frente. Ligor cerró los ojos y se durmió.

 

La joven se paró (levantó).

-¿Quién eres?

-Me enteré de lo que había pasado aquí, no pude llegar antes, tenía cosas que atender.

Irracionalmente le reproché:

-¿Cosas que atender más importantes que heridos en una batalla? -La mujer sonrió.

-No, simplemente no lo sabía, ni mi esposo tampoco.

-¿Tienes esposo?

-Afortunadamente sí, y es un gran hombre.

-¿Me explicas eso de la flecha? ¿Cómo la has desviado?

-Eso es lo que les enseño a mis niños.

-¿Tienes muchos niños? -pregunté.

-Les digo mis niños, pero son mis alumnos, ya te explicaré. Entiendo que hay muchos más heridos, llévame con ellos. -Su voz era de autoridad, pero una voz dulce pero firme. Atendió por lo menos como a treinta y cinco, cuarenta hombres, incluso de los enemigos.

-¿Y a estos por qué los ayudas?

-¿Tú no los ayudarías? -Me encogí de hombros.

-Nos han tirado a matar.

-Ya terminó la batalla, a los caídos hay que ayudarlos.

 

Tenía un razonamiento bastante peculiar. Los pocos enemigos que quedaban se habían rendido incondicionalmente. Les quitamos las armas. La dama, con ayuda de otros de mis hombres ayudaron a los caídos. Mis hombres lo hacían a regañadientes pero les ordené que la ayudaran. Muchos se quejaban. Más entre mis bravos.

-¿Por qué tenemos que ayudar a esta gente?

-La dama lo dispone así. Ella curó a Ligor, a su esposa Nuria y a la niña, Ciruela.

 

Ezeven la observaba. La mujer lo miraba a Ezeven. Dijo:

-Es hora de descansar, supongo que habrá provisiones para comer, tengo bastante apetito. -Comimos.

Ezeven se acercó a ella y le dijo:

-Eres una menta, he visto lo que has hecho con la flecha.

Ella lo miró y le dijo:

-Y tú eres un mento, he escuchado hablar de ti. Eres muy buena persona.

 

Conversamos en silencio. La gente del norte que a último momento nos vino a ayudar comió con nosotros. Su jefe estaba apartado, miraba a todos con recelo. Me acerqué a él y le dije:

-Te agradezco la ayuda. -Asintió con la cabeza pero no habló. Lo único que dijo: -Al amanecer nos iremos.

 

Pero antes de que llegara el amanecer, antes de que despuntara el sol rojo, tanto Ligor como Nuria como Ciruela estaban bien, prácticamente la herida era apenas una cicatriz. Le conté -sin dar detalles- a la dama:

-Has hecho milagros con ese polvo. Sé que -sin revelar dónde- hay un valle de plantas sanadoras.

-Lo sé -dijo la dama-, de allí traje este extracto de polvo.

-¡Vaya! Así que varios conocen el lugar.

 

Se había levantado polvo, mucho polvo, un polvo que hacía toser tremendamente. Nos pusimos un pañuelo en el rostro, era una leve tormenta de arena. Finalmente pasó.

En ese momento los hombres del norte iban a partir cuando tanto Ligor como Nuria vieron al jefe. Ligor se dirigió a él, que ya estaba montado en un hoyuman. Ligor, bastante alto, lo tomó del cuello, lo arrancó prácticamente de la montura y lo tiró al piso, sacó su espada y se la apoyó en el pecho, Nuria por otro lado le pisó uno de los brazos. Me acerqué a ellos:

-¡Qué hacen! -Ligor estaba con los ojos en llamas, enfurecido.

-¿Sabes quién es este hombre?

-No.

-Es Borius, el que raptó a la princesa Samia, la princesa a la que mi esposa sirvió durante tantos año.

Se acercó la joven -la dama- y le dijo a Ligor:

-Déjalo, al fin y al cabo nos ha ayudado a triunfar. Déjalo.

-Nuria la miró:

-¿Eres tú quien me ha curado?

-Así es. -Ligor le sacó la espada del pecho al jefe norteño y le dijo:

-Tú eres enemigo, ¿por qué nos has ayudado?

-Supongo que seguiremos siendo enemigos -dijo Borius-, pero este hombre se quería apoderar de todo Umbro, por eso os he ayudado. Y si eres noble debes dejarme ir, si no fuera por nosotros hubieran perdido. -Ligor enfundó la espada.

-Vete, hoy es un día de tregua, vete. -El hombre se fue con sus hombres. Se frenó y dijo:

-¿Y qué pasará con la fortaleza?

-No te incumbe -le dijo Ligor-. Vosotros sois del norte, esto no te incumbe. Vete. -Los hombres del norte se marcharon.

Me acerqué a Ligor y a Nuria:

-¿La conocéis a la dama?

-Por supuesto, es una antigua amiga, se llama Émeris.

-Émeris, escuché hablar de Émeris. -Me dirigí a ella.

-¿Es cierto lo que dicen que eres mitad mento y mitad norna?

-Es cierto, en realidad soy prácticamente tres cuartas partes mento pero mi padre era un mento muy, muy poderoso y de él heredé ese don.

-Entonces si tú eres Émeris, tu esposo es...

-Sí -dijo Émeris-, es Fondalar.

-¿Y dónde está Fondalar?

-Se está ocupando de otro problema y luego vendrá para aquí.

-¡Otro problema! ¿Un problema más grave que una batalla, que te dejó venir sola?

-Él confía en mí, sabe quién soy y sabe lo que puedo hacer. -Y la dama agregó-: Es hora de desayunar.

-¡Vaya! Te mantienes muy muy delgada para comer tanto.

-Aquel que está más allá de las estrellas me hizo con este cuerpo, -se tocó la frente-, y con esta mente. Como pero no engordo, me mantengo ágil. -Me la quedé mirando, tenía una edad indescifrable pero mantenía intacta su belleza, podía competir con cualquiera de las jóvenes con su belleza. Émeris, la esposa de Fondalar que acababa de salvar la vida a la niña Ciruela, que se abrazaba a ella, había salvado a Nuria. Y Ligor también estaba bastante delicado, así que podría decir que también lo salvó a Ligor.

La dama ya estaba sentada con el plato de latón esperando la comida.

-¡Vaya!, yo creo que como tanto pero peso mucho más que tú -le dije-, y si no hiciera el ejercicio que hago estaría gordo como alguno de mis bárbaros.

 

La dama sonrió con esa finura, con esa distinción. Pero como luego me dijo Ligor:

-El que la conoce de verdad sabe lo tremendamente peligrosa que es, tan peligrosa como Fondalar, pero a la vez enormemente bondadosos -asentí con la cabeza-, por eso atendió a los heridos enemigos. Por eso atendió a los heridos enemigos.

 

Y me quedé pensando dónde estaría Fondalar. Pero esa es otra historia.