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Psicoauditación - Facundo F.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 04/03/2019

Sesión del 21/05/2019

Sesión del 24/09/2019

Sesión del 13/11/2019


Sesión 04/03/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Facundo F.

Tenía muchas inseguridades con él mismo y le producían vulnerabilidad al punto de que entidades suprafísicas le acosaban. No quería comentarlo con nadir por no ser entendido. Encontró a alguien que le dijo porque le ocurría esto, y que le ayudaría.

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Entidad: Muchas veces he tenido situaciones repetidas en distintas circunstancias, como que inconscientemente sin darnos cuenta intentamos repetir situaciones conflictivas para quizá, tal vez, aprender de ellas y no volver a cometer los mismos errores, pero como es algo inconsciente volvemos a hacer hincapié en lo mismo una y otra y otra vez.

 

Mi nombre era Edmundo vivía con mis padres en la zona ecuatorial, ellos tenían un almacén de ramos generales. Vivíamos bien, como se dice comúnmente no nos sobraba los metales pero tampoco nos faltaba. Fui criado con amor, quizá de parte de mi madre un poco sobreprotegido y eso en lugar de hacerme bien me hizo mal porque por momentos me sentía vulnerable, falto de carácter, inseguro, de alguna manera.

En el momento del relato había tenido tres fracasos afectivos, la última relación se había alejado de mí sin darme ninguna explicación y la anteúltima buscando motivos para discutir, para pelear, y haciéndose la ofendida se alejó. Era inseguro, lo reconozco, pero nada tonto, entendía que la anteúltima había buscado una situación de conflicto para tener la excusa de alejarse y me preguntaba a mí mismo por qué se alejaban, qué era lo que no les gustaba. A la primera de las tres se lo pregunté:

-¿Qué es lo que no te conforma de mí? -Su respuesta era muy ambigua.

-Nada, soy yo.

 

El soy yo, era algo que me molestaba, pero sobremanera. ¿Qué significa soy yo? O sea, si era ella la que tenía el problema, ¿para qué comenzó a salir conmigo?, ¿quería llenar un vacío?, ¿un vacío que yo no podía llenar? No podía armar el rompecabezas.

Recuerdo que en mi habitación a veces escuchaba voces, ¿estaban en mi cabeza o las escuchaba de verdad? Lo comenté con un conocido, que era un señor grande, serio. Con los jóvenes no lo comentaba porque eran propensos a burlarse y para mí eso era intolerable. amén de que yo no era un joven predispuesto a la pelea. ¿Si sabía manejar una espada? Sí, pero la misma inseguridad que me daban las jóvenes me la daba el manejar una espada, entonces no era una persona que buscaba conflictos, todo lo contrario trataba de tener perfil bajo.

Le comenté mis experiencias a ese señor mayor y me dijo:

-¿Qué es lo que sientes?

-Como una energía en mi cuerpo, como si alguien me tocara. ¿Puede ser aquel que está más allá de las estrellas que se dirige a mí?

El hombre me respondió:

-No, Edmundo, está justamente más allá de las estrellas, nos ve, está con nosotros pero a su vez está tan lejos... Consulta con Astor.

-No, no me animo. -Astor tenía una especie de templo donde se hacían oraciones para agradar a aquel que está más allá de las estrellas.

-No pierdes nada, das un pequeño óvolo, una moneda de cobre, y es suficiente.

-Pero después él cobra para atenderte.

-No, no, está dedicado a la Luz.

-¡Ah!

 

Y esa tarde fui y estaba dando una especie de sermón. Astor tenía voz grave.

-Vosotros, cuyos pensamientos son oscuros, sois esclavos de esas pasiones que os impulsan a traicionar, a ser desleales, a cometer errores. Entregad vuestro ser a aquel que está más allá de las estrellas, todo lo que depositáis adelante en metales va para él, -Dejé de escucharlo y en ese momento me pregunté a mí mismo "Todo lo que la gente deposita va a aquel que está más allá de las estrellas... ¿Y cómo?". Es un embaucador, va a los bolsillos de Astor. Esperé a que terminara el sermón y cuando todos se marcharon le pregunté si podía contarle mi experiencia, le dije que escuchaba voces y que a veces sentía como que incluso me tocaban.

Me dijo:

-Estás poseído por el mal.

-¿Cómo voy a estar poseído por el mal si evito confrontar, evito las peleas, ayudo a mis padres en el negocio?

-Sí, pero hay algo negativo que te posee, algo muy oscuro que anda de noche. ¿De día tienes esos arrebatos en tu mente?

-No, de día no.

-Ves los tienes de noche porque el señor oscuro te posee y te va a obligar a hacer mal. -Me asusté.

-¿Y cómo salgo de eso?

-Tienes que conseguir metales dorados.

-¡Dorados! A mis padres les cuesta muchísimo ganar un metal dorado por día.

-¿Quieres que te ayude? Deposita en el templo un metal dorado para aquel que está más allá de las estrellas.

-Eso le quería preguntar, Astor, ¿y cómo le llega a aquel que está más allá de las estrellas? Disculpe si lo ofendo, pero cómo sabemos que no va a parar a sus bolsillos.

-No me ofendes y te doy la explicación, con esos metales construiré otro templo y un ayudante mío se hará cargo. Pero ven, ven...

 

Asentí con la cabeza y me marché, no estaba para nada convencido. Honestamente no creía en Astor, sus feligreses eran no adeptos, adictos a sus sermones, yo no.

En el camino me crucé con un personaje extraño, en mi mano llevaba un metal cobreado. El personaje vestido de una manera extraña y portando una espada rara, redonda de punta, me dijo:

-¿Para qué llevas esa moneda, quieres apostarla?

-No, no apuesto.

-¿Ni siquiera sobre seguro?

-¿Cómo apostar sobre seguro?

-Claro, de repente ves muchas nubes en el cielo oscuras y tú apuestas que va a llover, ¿no es sobre seguro?

-Sí, pero ahora no puedo perder tiempo, estoy en otro tema.

-¿Cómo ves el cielo?

-Oscuro y va a llover, de eso estoy seguro.

-Bien, te apuesto otro metal a que no llueve por lo menos hasta el anochecer.

-No -negué-, no quiero quitarle un metal, en instantes va a llover, no va a esperar hasta el anochecer.

-Bien, hoy tengo ganas de perder un metal, apostemos. Dejo aquí el mío, arriba de la roca. Deja el tuyo. Mientras tanto conversemos.

-Nos vamos a mojar, me quiero marchar a casa.

-Sé que un metal cobreado no vale mucho, pero apenas caen las primera gotas lo tomas, tomas el tuyo y te marchas, si no llueve tomo tu metal y me marcho.

-¡Ah! Acepto.

-¿Cuál es tu nombre? -preguntó el personaje.

-Edmundo.

-El mío Figaret.

-¡Qué espada rara que tienes!

-Es liviana -me respondió-, es mejor que las espadas grandes.

-Pero es débil, es débil, te la pueden partir en dos con una espada de guerrero.

-Bueno, es tú opinión, nunca lo han hecho. ¿Qué es lo que te aflige, Edmundo?

-Me siento con mucha inseguridad, siento como que hay como sombras que me tocan y me hablan.

-¡Ajá! Entidades.

-No conozco esa palabra.

-Entidades invisibles -agregó Figaret.

-Sí, digamos que sí. Fui a consultar a un sacerdote que se llama Astor.

-¡Ja, ja, ja! ¡Ay Edmundo, Edmundo! Ese Astor no cree en sí mismo y la gente lo sigue.

-¿Tú dices que es un embaucador? -Figaret se encogió de hombros.

-No digo que sea un embaucador, digo que ni él mismo... ni él mismo entiende porque lo dice, capaz que lo crea, pero le depositan bastantes metales.

-Bueno, dijo que va a construir otro templo.

-Está bien, créelo, créelo cuando lo veas.

-¿Y con respecto a esas entidades?

-Estás pasando por muchas situaciones de estrés.

-¿Cómo lo sabe?

-Porque el estrés te vuelve vulnerable.

-¿Pero tú, Figaret, crees que hay como entidades invisibles?

-Sí, por supuesto que creo, por supuesto.

-Pero entonces Astor tiene razón, son entidades oscuras, son entidades que me pueden transformar.

-No, no, no, Edmundo, no, nadie tiene potestad sobre ti si tú no quieres.

-¿Pero no se pueden apoderar de uno? A veces siento como que me hablan, como que me tocan.

-No. Estás vulnerable debido al estrés. ¿Por qué tienes el estrés?

-Primero, ¿cómo sabes, Figaret, que tengo estrés?

-Bien, ¿lo tienes o no lo tienes?

-Sí -admití-, tuve continuados fracasos afectivos, siento inseguridad, apenas se manejar una espada, no les cuento cosas a mis compañeros porque se burlarían y temo enfrentarlos porque me lastimarían.

-¿Te das cuenta?, tu inseguridad, tu miedo a pelear... las jóvenes que salen contigo luego te dejan; eso te produce estrés y te hace vulnerable.

-¿Vulnerable?, ¿hablamos de que me vuelven débil por dentro?

-Sí, totalmente, Edmundo, totalmente, y eso hace que esas entidades se acerquen.

-¿Con qué fin, de poseerme?

-Ya te dije Edmundo, no te pueden poseer si tú no las dejas, pero te quitan energía, se aprovechan de ti.

-Es cierto, me ha pasado que a veces me levanto por la mañana y es como que hubiera dormido una hora nada más, cansado, débil. ¿Cómo las enfrento, cómo las contrarresto?

-Primero y principal no dándoles importancia. Segundo, dándote importancia a ti y tercero, no te molestes por los fracasos, todos tenemos fracasos. Yo también tengo fracasos y sin embargo sigo adelante. Ocúpate de ti, de tu persona, eres importante. Si alguna joven te deja el problema es de ella, no sabe lo que se pierde.

-Pero Figaret, yo no me siento importante, la última joven me gustaba muchísimo y me dejó sin darme explicaciones. La anterior inventó una pelea para alejarse.

-No te merecen, les das demasiada importancia. Primero tienes que ganar tú en seguridad, trabajar tu propio interior, pulir tu propio interior.

-¿Cómo hago eso? No sé hacer nada, me gustaría saber manejar la espada.

-Puedo enseñarte.

-¿Con eso?, eso no es una espada, ¿qué es eso?

-Es un florete.

-Pero es débil, se dobla.

-Sí, pero te puedo traspasar con eso. Además, también se manejar una espada. ¿Quieres aprender?, ¿sientes que manejando una espada te sentirás más seguro?

-Totalmente, conseguiré el respeto de los demás.

-No, primero tienes que conseguir tu propio respeto.

-No entiendo, Figaret.

-Claro, ¿qué piensas de ti mismo?

-Que soy un fracaso.

-¿Qué haces de tu vida?

-Ayudo a mis padres en el almacén de ramos generales.

-¿Los quieres?

-Por supuesto.

-¿Te aman?

-Más que a nada en la vida.

-¿Eres bueno ayudándolos?

-Totalmente, la gente del pueblo quiere atenderse conmigo porque soy expeditivo.

-Ahí tienes, eres bueno, eres expeditivo, la gente del pueblo quiere atenderse contigo.

-Sí, pero no; quiero la aprobación de mis amigos, la aprobación de las relaciones de pareja.

-Todo va de a poco, pero ¿te das cuenta que te respetas?

-No valgo nada.

-¿Cómo no? Los que vienen a comprar quieren atenderse contigo, tus padres te aman, obviamente sabes leer y escribir y sabes hacer cuentas.

-Claro.

-Y bueno, Edmundo, sabes más que la mayoría de gente de todo Umbro. ¿Te parece que no veamos mañana a la tarde aquí en el mismo lugar en las rocas? Trae dos espadas.

-Las traeré. Ya está casi anocheciendo.

-Bueno, falló tu seguridad no ha llovido todavía te he ganado legalmente la moneda, ¿no?

-Si -asentí. Figaret cogió su moneda y cogió la mía y se las guardó en un bolsillo.

-Una apuesta es una apuesta.

-¿Siempre haces apuestas?

-Soy bueno jugando a las barajas.

-¿Y haces trampa?

-Jamás, ¿acaso hice trampa con el tiempo? Tú estabas seguro que iba a llover y no llovió. Nos vemos mañana. -El personaje se marchó y yo me fui para casa. En ese momento las primeras gotas cayeron sobre mi cabeza.

 

La asignatura pendiente era respetarme para que me respeten, pero si aprendía el arte de la espada me sentiría más seguro todavía. Paso a paso, paso a paso.

Si me sentía seguro de mí mismo ni siquiera esas entidades invisibles me molestarían, pero no podía ser todo, todo de golpe, esto me llevaría tiempo, y Figaret me ayudaría.

 

Gracias por escucharme.

 


Sesión 21/05/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Facundo F.

Volvió a encontrarlo, pero no se fiaba de él, tenía mala reputación. Dialogando un rato empezó a confiarle temas personales en la confianza que le ayudaría a resolverlos.

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Entidad: Estaba muy molesto, es como que la vida me jugaba malas pasadas. Yo no tenía frustraciones, la vida era una frustración, era una continuidad de la misma manera que una sucesión de puntos forman una línea, pero cuando tú ves una línea no ves la sucesión de puntos, ves un trazo. Mi vida era un trazo de frustraciones.

 

No podía quejarme, mis padres no me criaron mal, me decían "Edmundo, aquí tienes todo. Tenemos un almacén de ramos generales, vivimos bien". Pero había sufrido fracasos afectivos, muchas inseguridades.

Recuerdo que conocí a Astor, el sacerdote, y me dijo "Todos somos parte de aquel que está más allá de las estrellas. Tú eres uno de tantos, por ende importante". Pero no me sentía importante.

Recuerdo que después se me cruzó por mi camino un personaje estrambótico, extraño, ridículo en su vestimenta: Figaret. Y habré sido una de las tantas víctimas a las que les ha quitado metales.

 

Recuerdo que esa tarde caminaba por un sendero pensando. Padre me dice:

-Si vas por el lado del bosque llévate un hoyuman.

-No, quiero estirar las piernas, caminar, pensar. -Como si pensar me diera la solución. Era una manera de escapar de lo cotidiano, de lo común, de la rutina, de las circunstancias, de la monotonía, de la frustración y bla, bla, bla, bla.

 

Sentado en el borde del camino, en una roca Figaret. Estaba enojado y lo primero que le dije sin saludarlo:

-Yo sé que tú eres un pillo. -Figaret me dijo:

-¿En qué sentido?

-Embaucas a la gente.

-No, la gente se deja embaucar.

-¡Ah, pero tú te aprovechas de ello!

-El problema no es mío, el problema es de la gente.

-También me he enterado de cosas -argumenté.

-¿Por ejemplo?

-De que te subes a los balcones de las mujeres casadas.

-Pero estamos hablando de lo mismo, es un problema de ellas, no mío. Ellas me dejan pasar cuando sus esposos no están.

-Y como dije antes -repetí-, te aprovechas de las circunstancias.

-A ver, define que es aprovecharse. -Le dije:

-Te aprovechas del más débil.

-Vaya. -Comentó el arlequín-. O sea, que a ti esas mujeres te parecen débiles. -Me encogí de hombres.

-No sé, siempre fracasé afectivamente. Entiendo que quizás estas mujeres estén necesitadas de amor.

-Entonces no me aprovecho -argumentó Figaret-, simplemente le doy lo que no le dan sus esposos. A propósito, ¿y tú por qué estás mal afectivamente?

-¡Puf! No quiero hablar contigo.

-Sigue tu camino.

-Está bien. Tengo inseguridades, pienso que no valgo tanto.

-Lo que yo creo es que el polvo del camino te secó la garganta.

-¿Te estás burlando de mí, Figaret?

-No. ¿Edmundo, te llamabas, no?

-Te acuerdas de mi nombre, te estás burlando de mí.

-Para nada, veo como que estás a punto de toser. Tengo una cantimplora con bebida espumante, ¿quieres tomar un poco?

-No soy de tomar bebidas fuertes.

-Es bebida espumante suave, no te preocupes, no hay puesto ningún zumo de arbustos que te envenene o te maree. En mi bolsa -y se tocó-, tengo muchísimos metales, ¿o piensas que te voy a robar? -Me encogí de hombros.

-Alcánzame entonces. -Tomé la cantimplora y bebí-. Gracias.

-Bueno, cuéntame más.

-¿Ahora eres un confesor? ¿Me cobrarás por esto?

-¿Debería?

-Eres un caradura. No, no deberías. Es un comentario entre... -Figaret sonrió y dijo:

-¿Ahora somos amigos?

-Amigo tuyo, jamás.

-Pero estamos conversando, me estás contando tus secretos.

-Tienes una manera tan fácil de sacar a la gente de las casillas.

-Mira, vamos a apostar. Si tú me cuentas tus cosas, pero que sean ciertas, te doy una moneda de oro. -Abrí los ojos.

-¿Y si no?

-Tú me das una cobreada. O sea, yo tengo mucho más que perder, vale cien veces más la dorada.

-Está bien, diré la verdad. Pregunta.

-¿Crees en aquel que está más allá de las estrellas?

-Sí. Absolutamente creo.

-¿Crees que eres especial? No dudes. ¿Crees que eres especial?

-No, no lo creo.

-¿Crees que afectivamente tienes fracasos porque te ven una persona del montón?

-Sí, supongo que sí.

-¿Crees que tienes mala suerte?

-¡Uff! Creo que sí, que tengo mala suerte. ¿Qué más?

-Has perdido.

-No he perdido, te he dicho la verdad. Así que me debes una moneda de oro.

-No, has perdido Edmundo. Primero: Eres especial porque no hay otro como tú. Si tienes fracasos es porque tú mismo fomentas ese fracaso, no porque las demás te consideren menos. En cuanto a la mala suerte... no existe, hay casualidades y hay causalidades, pero no mala suerte. Así que lo que has dicho es falso.

-No te debo nada -argumenté-, porque yo te he dicho que yo te iba a decir lo que yo pensaba, lo que yo sentía, lo que yo creía.

-No, dijimos que me ibas a decir la verdad. Me debes una moneda cobreada.

-Con una moneda cobreada apenas puedes comprar una bebida pequeña y dices que tienes la alforja llena de monedas. ¿De qué te sirve mi moneda?

-Satisfacción de mostrarte que soy más listo que tú.

-¡Ah! ¡Ja, ja, ja! Me debes una moneda de oro.

-¿Por qué?

-Porque si tú me demuestras que yo no soy tan listo como tú, me consideras menos.

-¿Entonces?

-Entonces una cosa de las que dije fue cierta, tú me consideras menos. Puede haber jóvenes que me consideren menos. -Figaret me miró.

-¿Ves Edmundo que no eres tan tonto? -Metió la mano en la alforja y con el dedo pulgar sobre el índice revoleó una moneda en el aire que la cacé al vuelo. La abrí: una moneda dorada.

-¿Te he ganado? ¿De verdad te he ganado, Figaret? -Se encogió de hombros.

-Considéralo así. -La guardé orgulloso.

-¿De verdad que piensas que soy menos listo que tú?

-No.

-¿Entonces por qué me has dado la moneda?

-Porque tu misma inseguridad hace que las afirmaciones de otros tú te las creas, tú creas que es cierto. Tú eres listo, eres importante, eres especial porque eres único. ¿Mejor, peor?, eso depende de cada óptica. He conocido hombres que no saben siquiera tomar una espada, pero quizá salven vidas porque con un pequeño filo pueden sacar cosas negativas del cuerpo, ponerles un zumo de una planta que evita infección y volver a coserlos con hilos de liana, y un guerrero eso no lo sabe hacer. Mientras un guerrero mata, ese médico salva vidas. ¿Quién es más especial?

-El médico -argumenté.

-¿Y en una batalla?

-El guerrero.

-Y en invierno, en el norte, ¿un abrigo o una cantimplora con agua?

-Seguramente si hace mucho frío puedo derretir la nieve y tomar de allí el agua... Me va a ser más fácil elegir el abrigo.

-¿Y en verano en pleno desierto?

-Obviamente el agua. Pero no entiendo a qué vas, Figaret.

-A que en cada caso, en cada región, en cada época, en cada circunstancia, en cada momento tanto las personas como los objetos podemos ser importantes o no, de acuerdo a cómo se dé la cosa.

-Hablas medio difícil, Figaret.

-¿Pero más o menos me entiendes?

-Sí, obviamente en el desierto el agua, en el invierno del norte el abrigo, en la batalla el guerrero, en las heridas el médico. Y volviendo a mí, ¿en qué momento puedo ser útil?

-Depende. Te encuentras con una persona que precisa ayuda, le puede tender una mano. Te encuentras con alguien que precise auxilio y lo auxilias.

-¡Ja, ja!, apenas sé manejar una espada.

-Puedo enseñarte.

-¿Acaso tú sabes manejar una espada?

-Muy bien, la manejo muy bien. -Miré su costado.

-¡Pero eso es una espada pequeña, es un espadín!, nada que ver con las que portan los guerreros, que son casi el doble de tamaño. ¿Podrías vencer a un guerrero?

-Ya me ha pasado. Sí, he vencido guerreros maleantes.

-¿Y dónde consigo otro espadín?

-Tus padres, ¿qué tienen?

-Qué tienen, ¿cómo?

-¿Qué negocio tienen?

-Ramos generales.

-¿No hay un lugar donde tengan armas?

-Sí, por supuesto.

-¿Y deben tener espadines?

-Sí. Y de no, hay un herrero a cuarenta líneas de distancia de nuestro almacén que fabrica espadas.

-Bueno, hazte hacer un espadín y yo te enseñaré.

-¿Y dónde te encuentro?

-Por ahora no. En un par de amaneceres pasaré por tu pueblo. ¿Estás contento?

-No.

-¿Y ahora por qué no?

-Está bien. Supongamos que el aprender espada contigo me quitara la inseguridad, ¿pero y la parte afectiva, la seguridad con las damas?

-Eso se va solo.

-¿Cómo?

-Te daré clases.

-No, no me interesa, sigo insistiendo que eres un pillo. Yo creo en el amor, yo creo en la verdadera conquista. Tú no amas a las mujeres con las que sales.

-¡Tampoco les hago daño!, las satisfago.

-Satisfaces tu propio deseo.

-No las lastimo.

-Pero no es lo que yo anhelo, yo quiero un amor de verdad.

-Conversando conmigo puedo volverte más seguro también en ese aspecto.

-¿Cómo?

-¡Es fácil! ¿Qué has dicho que deseas?

-Una pareja, un hogar, sentirme importante ante la persona.

-¿Y qué piensas que desea la mujer?

-¿Cómo?

-Claro. A ver, Edmundo, ¿qué piensas que desea esa mujer ideal? -Me encogí de hombros.

-Pienso que lo mismo, alguien que le sea sincero, alguien que no le mienta, alguien que la quiera.

-Bueno, ahí tienes la respuesta.

-Pero yo veo muchas mujeres que son soberbias.

-Descártalas, encontrarás quien no sea soberbia.

-¿Alguna parecida a mi manera de ser?

-No, no, Edmundo, no necesariamente, no necesariamente. Hay distintos tipos de amores, distintos tipos de afectos, distintos tipos de verdades, distintos tipos de lealtades...

-Te voy a pedir ahora, antes de irme, otro trago de tu cantimplora, tenías razón en lo del polvo. No eres tan pillo, eres un poco pillo y un poco aprovechador, pero no pareces mal tipo.

-¿Ves? -dijo Figaret-, ahora me estás halagado y cuando me viste estabas molestísimo, muy molesto y tuvimos una pequeña charla nada más. En un par de amaneceres te veo. Encarga apenas puedas el espadín. -Me tendió la mano y le estreché la mano. Me alejé tres pasos de él. Y por cábala, por suerte quería tocarme la moneda y puse la mano en el bolsillo y no estaba.

-¡Pero sí serás...! -Y me doy vuelta y lo veo a Figaret riéndose. Y me lanza la moneda, la cojo en el aire, la miro: la moneda dorada. Y la guardo en mi bolsillo-. ¿En qué momento me la sacaste? Eres, eres...

-¡Ja, ja!

-¿Y qué hubiera pasado si no me hubiera tanteado el bolsillo y llegaba al pueblo?

-En dos amaneceres te la devolvía. Pero tienes que ser más cuidadoso.

-No, el problema eres tú, que eres rápido de mano. Por eso ganas con las cartas, por eso desvalijas a la gente.

-Nunca hice trampas.

-¡Cómo creerte! -Estaba ya como a seis líneas de él y volví a tocar el bolsillo. Y sí, tenía la moneda. Me di vuelta y me dijo, como adivinándome el pensamiento:

-No, no hago magia, pero me gustaría. -Lanzó una carcajada.

 

Y me marché para el poblado. En dos días me enseñaría esgrima con el espadín.

 

Gracias por escucharme.

 


Sesión 24/09/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Facundo F.

El conocido le enseñó a usar el espadín. para defenderse solamente. También le enseñó otras cosas. Quedó conforme, pero...

Sesión en MP3 (2.754 KB)

 

Entidad: Estaba bastante entusiasmado.

 

Había discutido con padre. Había un hermoso espadín en la parte de atrás del almacén, y padre me dice:

-¿Para qué? ¿Qué piensas hacer, buscar pleitos?

-No, padre. Tengo un conocido que me va enseñar a usarlo, simplemente como defensa. A veces voy a hacer recados a otro poblado y nunca de está de más aprender a usar un arma.

 

Estuvimos dos días discutiendo. Le dije:

-A cuarenta líneas hay un herrero, me encargo uno si no quieres. Aparte, mira. -Le mostré el metal dorado que me había dado Figaret.

-¿Y eso?, ¿tienes idea de lo que cuesta eso?

-Sí, pero te lo dejo a cambio del espadín, para que no tengas pérdidas.

-Edmundo, eres mi hijo, no tengo porque venderte algo. Es tuyo. Sencillamente ten cuidado, fíjate donde te metes.

-Padre, quizá no sea tan maduro, pero tampoco soy un niño. -Tenía una cinta de cuero y puse el espadín, era muy similar al de Figaret.

 

Al día siguiente anhelos, ansias, nervios esperando al arlequín, pero no vino. Me sentí molesto como engañado, como traicionado. ¿Pero por qué habría de hacerlo?, al fin y al cabo me gané un metal dorado.

Esa noche comí frugalmente, tenía como un malestar en la garganta, seguramente provocado por la angustia, a nadie le gusta que le mientan.

A la mañana siguiente me pegan un silbido. Miro para la posada: En la puerta, Figaret. Sentí como un alivio, pero a su vez deseos de recriminarle.

 

Me acerqué y le dije:

-Te esperaba ayer...

-Buenos días, Edmundo.

-Buenos días, Figaret. ¿Qué sucedió?

-Tuve que hacer cosas.

-¡Cosas!

-Estaba en un pueblo vecino y había una moza que me provocaba.

-O sea, ¿que te enredaste con otra mujer casada?

-No, no, esta era soltera, pero me miraba de una manera muy provocadora. ¡Ay!, si tú estuvieras en mi lugar, Edmundo... No tengo voluntad, me siento mal, no pude decirle que no.

-Te estás burlando de mí -le dije.

-Te estoy relatando lo que pasó, por eso no pude venir ayer. En la casa estaban los padres, así que me tomó de la mano y me llevó al corral. Quise soltarme pero la joven me apretaba la mano y me llevaba. ¿Qué podía hacer?

-Pobre Figaret -dije, irónico-, no pudiste resistirte a los encantos de la dama. Bueno, por lo menos esta no era casada, no engañaste a nadie.

-Bueno... A ver cómo te lo explico. Tenía novio y a la mañana el novio vio que salíamos de corral llenos de paja, heno en las ropas y sacó su espada y me quiso enfrentar... Y no tuve más remedio... ¡Ay, Edmundo!

-No me digas que encima que te acostaste con la novia mataste al muchacho.

-No, no te apresures, lo herí en la mano. Monté a caballo y aquí estoy.

-Eres… eres un personaje. Y a veces me pregunto si estás impostando o eres todo el tiempo así.

El arlequín se rascó la cabeza.

-No entiendo, ¿cómo impostando?

-Claro, estás actuando, estás interpretando un rol.

-No, soy así, me toman o me dejan, me aceptan o no me aceptan. ¿Has tomado algo?

-No, no tenía hambre.

-¡Ay, Edmundo! Ven, te pido un vaso de leche de cabra y come una hogaza de pan, acuérdate que tenemos que practicar. ¿A ver eso que tienes ahí al costado? -Saqué mi espadín y se lo alcancé del lado del mango. Tomó la empuñadura, lo miró-. Es bueno, ¿eh?, bastante bueno. -Lo movió en el aire haciendo figuras-. Es bastante pesado. Está bien, te servirá. -En lugar de dármelo en la mano lo puso directamente en mi funda, era impresionante la rapidez de manos de Figaret. Y finalmente fuimos a practicar.

 

¡Ah! ¡Qué mal, qué mal! Me sentía mal conmigo mismo de lo lento que era, comparado con Figaret. Las veces que me hacía practicar un movimiento y otro y otro caía de rodillas, otra vez de espalda en el barro.

-Me humillas, me haces sentir menos.

-¿Te acuerdas lo que te dije la vez pasada? -inquirió Figaret-, tú pones en las palabras tuyas lo que crees que el otro piensa. No eres menos, eres un aprendiz y vas a mejorar. -Estuvimos practicando hasta pasado mediodía. Me dolía todo el cuerpo, la cintura, las piernas, el cuello.

-Por hoy lo dejamos. -Lo admiraba, estaba fresco como si recién se hubiera levantado, yo apenas podía caminar. No veía el momento de llegar a casa y sacarme las botas.

-¿Nos vemos a la tarde?

-A la tarde descansaré. Tenía que ayudar a mi padre en el almacén pero no voy a poder.

-¿Tú padre te dijo algo?

-Sí. Me dijo que quería aprender a usar la espada para buscar pleitos.

-¡Je, je! ¡Ay!, no te preocupes, mucha gente mayor piensa igual, piensa que vosotros, los jóvenes, sois todos buscapleitos.

-Bueno, tú no eres tan grande.

-No, apenas un poco mayor que tú, pero tengo muchísima más experiencia de la vida, de…

-Ya sé, de las damas.

-¡Ay! Qué puedo decirte de las damas, ellas me conquistan a mí y yo soy un pobre hombre. -Se tocó con el puño en la frente como lamentándose-. Soy un pobre hombre que no tiene voluntad para resistirse.

Sacudí la cabeza y le dije:

-Te sigues burlando, me tomas por tonto.

-No me burlo, no me burlo, para nada.

-Hubiéramos venido con los hoyumans, me cuesta llegar a casa caminando.

-¿Hoyumans?

-Claro, los equinos.

-Al mío le digo caballo.

-Está bien. ¿Por qué le llamas así?

-Porque en mi región se le conoce como caballo.

-¿De dónde eres? -Señaló para atrás pero moviendo la mano.

-De allí, de por ahí.

-Muy claro lo tuyo, muy específico lo tuyo. -Caminaba rengueando.

-Hay una planta verde que tiene como una especie de líquido verdoso, aplícatelo en los pies, te aliviará el malestar.

-Lo haré.

 

Al día siguiente me levanté todavía dolorido, el malestar no se me había ido. Y se lo comenté a Figaret.

Me dijo:

-Obvio, y hoy seguramente te va a doler más.

-¡Qué alegría que me das!

-Y mañana también.

-Qué maravilla.

-Pero pasado ya no, y al día siguiente menos, tu cuerpo se irá acostumbrando al trajín.

-¿Te quedarás aquí?

-Por ahora sí -me respondió el arlequín.

-¿Y no trabajas?

-No quiero que en este poblado piensen mal de ti, porque nos han visto juntos muchas veces y si le gano a los lugareños a las barajas muchos se enojarán, y luego cuando yo me vaya querrán desquitarse contigo. Aquí me portaré bien.

-¡Aaah! Entonces asumes que te portas mal cuando les ganas a los otros.

El arlequín se tocó el mentón.

-A ver, no es algo literal, portarme bien significa que evitaré conflictos para que no tengas tú luego problemas, pero siempre me porto bien, principalmente con las damas. ¡Ja, ja, ja!

-¡Ay! Quién tuviera tu facilidad de palabra. A mí me cuesta mucho entablar conversación.

-Pero en el poblado anterior, de donde vine, la moza esa, que tiene novio pero se ve que el novio no la satisface mucho, tiene una amiga que está impresionante. Ven.

-No. No es que no me interese una intimidad, claro que me interesa, pero mi ilusión es encontrar una dama que nunca se haya enamorado de nadie, que me quiera como soy.

-¿Qué te impide, mientras tanto, divertirte? -preguntó Figaret.

-Nada me impide divertirme, pero no sé, no me gusta estar con una joven que... que está conmigo simplemente por un acto fisiológico.

-¿Un qué?

-Eres bueno con las cartas, pero bruto con las palabras. Una necesidad física.

-¡Ah! Edmundo, Edmundo, Edmundo..., déjate de hacerte problemas por todo, déjate de hacerte problemas.

 

Estuvimos treinta días practicando, había ganado muchísimo en agilidad. Reconozco que no tenía la agilidad de Figaret, pero me sentía bien, con fuerzas, con ganas y manejaba el espadín muy muy bien.

-Pasado mañana me voy -me dijo el arlequín. Sentí como que me quedaba sin un amigo de verdad.

Me miró y me dijo:

-Dame el gusto.

-¿Qué? -pregunté.

-Ven esta tarde conmigo al otro poblado.

-Está bien.

-Espero que no te invada la timidez.

-¡Está bien!, -dije. Lo acompañé.

 

Se encontró con la moza, era mucho más linda de lo que yo pensaba. Y la amiga de cabello castaño. Las dos mujeres se abrazaron a él.

La de cabello castaño me miró:

-¿Este es tu amigo?, ¿es divertido cómo tú? -hablé en voz alta.

¡Estoy aquí, eh!, ¡están hablando como si yo no estuviera! -Se acercó la joven y me abrazó, me besó largo en la boca, me sentí como petrificado.

-¿Qué haces? -Me miró y lanzó una carcajada.

-¿Es nuevito? -le preguntó a Figaret. El arlequín hizo un gesto como diciendo "Qué le vamos a hacer". La otra joven tenía una pequeña casa y fuimos los cuatro.

Miré el lugar.

-¿Hay otra habitación?

-Sí -dijo Figaret-, ¿pero para qué?

-Pensé que...

-Pensaste bien. Vamos a intimar. -Lo dijo muy abiertamente. Me daba vergüenza hasta de la forma que hablaba el arlequín, pero las jóvenes como si nada, se reían.

-Lo que pasa es que quiero privacidad. -La de cabello castaño me tomó de la mano y me llevó a una pequeña habitación, y bueno, no voy a entrar en detalles pero fue mucho mejor de lo que yo esperaba.

 

Salimos.

Y le dije a Figaret:

-Se hace tarde, yo me voy a ir para mi poblado.

-Yo directamente ya no vuelvo para tu poblado.

-Quisiera volver a verla, siento como algo dentro mío...

-No, no, no, no.

-No entiendo, Figaret, ¿qué significa no?

-La que estuvo contigo tiene marido.

-¿Cómo tiene marido y no me has avisado?

-Tú ya te estabas enamorando.

-Para nada -negué.

-Di la verdad.

-Para nada. Sentía nada más como...

-Te estaba gustando, te estabas enamorando. No es así, no es así, si te vas a enamorar de la primera mujer con la que te acuestas, no te veo futuro.

-Me siento usado.

-¡Déjate de tonterías, Edmundo!, déjate de tonterías. Te he enseñado a usar el espadín, te he presentado a una joven que debe ser lo mejor que has visto en tu vida.

-Sí, pero está casada, no me sirve. La quería volver a ver...

-Hay otras en este poblado. ¿Y en tu poblado qué pasa?, ¿tan aburrido es tu poblado?

-No, lo que pasa que me conocen y soy como... como un objeto, paso inadvertido.

-Nadie pasa inadvertido si no quiere pasar inadvertido. Como conmigo, todo el mundo se da vuelta.

-¡Je, je! ¿Y cómo no se van a dar vuelta?, mira como está vestido, eres un arlequín como estás vestido- -Lanzó una carcajada.

 

Era imposible ofenderlo a Figaret, imposible, se reía de todo, pero principalmente, sabía reírse de él mismo, algo que yo tenía que aprender. Pero me costaría, lo lograría pero me costaría.

 

Gracias por escucharme.

 


Sesión 13/11/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Facundo F.

Tenía unas inseguridades pendientes. Tuvo que encontrarse con una hermosa mujer y unos forajidos para recobrar su dignidad y el respeto del pueblo.

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Entidad: Cuantas veces los roles del ego nos engañan, en el sentido de que se esconden tan profundamente dentro nuestro que pensamos que ya no están, que pensamos que ya no tenemos vulnerabilidades ni impulsos destructivos ni buscamos escondernos tras un caparazón. Pero no nos damos cuenta que el creernos cambiados para mejor de un día para el otro también pueden ser roles  del ego que se disfrazan de tal manera que no los conocemos.

 

Hacía sesenta amaneceres que me había cruzado por última vez con Figaret. Había aprendido a manejar la espada de una manera notable. Pero eso era lo de menos, ya no sentía inseguridades, me sentía pleno de confianza. Me cruzaba con amigos que me decían "¡Edmundo, te noto tan distinto...!".

Me faltaba un paso, el paso afectivo, por así decirlo.

 

Hasta que me cruce con Rosa. Era de otra aldea pero hacía días que venía a nuestro poblado porque se había hecho amiga de las jóvenes que yo conocía. Y vi que me miraba y me miraba y me miraba.

 

Hay valentías y valentías. Había aprendido a usar la espada de tal manera que me sentía confiado, me podía enfrentar a quien fuese, aunque jamás provocaría a nadie, no era mi carácter, pero con las chicas me costaba un poco más, ¡je! Quizá bastante más.

 

Recuerdo que salí del almacén de ramos generales de mis padres y casi choco con Rosa, que traía una canasta:

-Discúlpame, estaba sumido en mis pensamientos y no te vi. -Pensé que iba a seguir de largo, pero se frenó y me dijo:

-Daría una moneda de oro por tus pensamientos. -Me sorprendió tanto que me quedé mudo, mirándola pero mudo, y me dijo:

-¿No me vas a responder?

-No tengo secretos -le respondí-, no hace falta que me pagues ninguna moneda. -Me dijo:

-Era una manera de decir. -Y volvió a descolocarme.

-¿Disculpa? -le dije.

-¿Por qué -inquirió-, acaso me has ofendido?

-Pues... Pues no, no... Buena mañana y que la pases bien -le dije.

-¡Espera! -Me di vuelta-. ¿No me vas a invitar a tomar algo? -Me sentí paralizado.

-Por supuesto, lo que desees.

-Acompáñame hasta donde vivo, que dejo la canasta en casa de mis padres. -La acompañé.

 

Algunos nos miraban, o por lo menos eso sentía yo. Como que... como que percibía en mi espalda las miradas, pero era idea mía seguramente, Rosa era muy bella.

Me extrañó porque nos cruzamos con alguna de sus amigas, amigas que yo conocía de años y nos miraban pero seguían de largo, no nos hablaban. Me animé y le dije:

-¿No saludas a tus amigas?

-Ahora no, ahora estoy contigo. -Y fuimos a una posada.

Le dije:

-¿Qué tomas?

-Una bebida espumante.

-¡Vaya!, pensé que ibas a tomar un zumo de frutas. -Me miró sonriendo, no enojada, ¿eh?, sonriendo, y me preguntó:

-¿Tú dices porque soy mujer no puedo tomar bebida espumante?

-¡Oh, no, no! Me pareció extraño nada más.

-Me subestimas.

-No, para nada.

-Recuérdame tu nombre -inquirió.

-No, no te lo dije, me llamo Edmundo. ¿Y tú?

-Mi nombre es Rosa, pero no me digas que no lo sabías. -Me encogí de hombros y titubeando le dije:

-Sí, lo he escuchado por ahí.

 

Y conversamos, conversamos toda la tarde. Su conversación era agradable, culta, sabía de muchas cosas... ¿Y yo qué podía contarle? Le conté de mi vida, le conté que hace poco había aprendido con un joven el arte de la espada.

Me dijo:

-Así que eres un guerrero.

-¡Je!, no te burles, Rosa, soy hijo de comerciantes. Nada de guerrero, simplemente me gusta como ejercicio.

-Veo que la llevas contigo. -La saqué y se la mostré-. ¡Pero es una espada pequeña, es un espadín!

-Sí. Mira, quien me enseñó también usa espadín y te puedo asegurar que es muy muy habilidoso. Lo importante es el metal, es un metal muy fuerte.

-¡Qué interesante. Cuéntame más! -pidió Rosa.

 

Bueno, tenía un tema para conversar. Le hablé de herrería, de cómo se puede templar una espada, de cómo manejarla, de cómo poner el cuerpo al tener un arma en la mano... Cuando nos despedimos me dijo:

-¿Te veré mañana? -De nuevo me descoloqué, y le dije:

-Sí, totalmente. ¿En el horario de hoy te parece? -Se encogió de hombros.

-¿Me pasas a buscar por casa?

 

Y la pasé a buscar al día siguiente y al otro y al cuarto día y al quinto. Nos hicimos amigos. Pero yo sentía como que no me animaba a dar un paso más, no sabía cómo hablar. Hasta que ella me dijo:

-Me gustaría dar un paseo por el bosque, ¿tienes una calesa?

-¿Una calesa, qué es una calesa? -Me miró y me dijo:

-Un sulky, un sulky tirado por un hoyuman.

-¡Ah! Sí.

 

Y salimos a pasear en sulky. Nos quedamos en el bosque toda la tarde conversando. Y ella había llevado un par de frutos, y comimos. De repente me tomó del cuello y me dio un beso largo, largo... y nos besamos profundamente. No me atreví a avanzar más, ella tampoco.

Cuando la dejé en la casa me sentía más que pleno, ahora no sólo tenía confianza con la espada si no que había logrado vencer mis inseguridades, mis fracasos afectivos, todo.

Recuerdo que al día siguiente la fui a buscar a la casa y me dijeron que había ido a la de una amiga. Agradecí y me fui al almacén de padre a ayudarlo. Pero me extrañó que al día siguiente tampoco estaba en la casa. Hasta que al día siguiente me crucé con Bárbara, no tenía confianza con ella pero mi curiosidad podía más que mi inseguridad que volvía a mí.

La saludé y le pregunté:

-¿Sabes algo se Rosa? -Me miró como... como si fuera un mendigo.

-¿De Rosa, para qué?

-Porque somos amigos, porque empezamos a salir.

-¡Je, je, je! Discúlpame, no te escuché bien, Edmundo. -Mi cara estaba pálida.

-Lo que no entiendo es tu risa, empezamos a salir...

-¿A qué le llamas salir? -No podía decirle que nos habíamos besado apasionadamente en el bosque.

-Bueno, te puedo decir que estamos saliendo, no te voy a dar detalles.

-Muy bien, muy bien. -Apareció en ese momento otra joven-. ¡Lere, Lere, ven!

-¿Qué pasa, Bárbara?

-Tenía razón, tenía razón Rosa. Nos ganó la apuesta.

-Les digo:

-Disculpad, ¿qué apuesta?

-Nada, Rosa se ha quedado en el poblado solamente unos días con sus padres porque tenían que hacer trámites aquí. Mañana se vuelve para su poblado.

-¿Qué apuesta? -insistí.

-Todos sabemos quién eres, el tímido, el perdedor. Y mira... ¡je, je, je! Ella dijo que le sería fácil conquistarte. -Me sentí tan humillado, tan pero tan humillado... Tenía un rostro de furia, de desconcierto, de desprecio...

 

Ellas se dieron vuelta y se marcharon. Se encontraron con dos amigas más en mitad de la calle, me señalaron y se rieron entre las cuatro. Al día siguiente, a la mañana estaba parado al lado a la puerta del almacén de ramos generales y vi que subían a una calesa Rosa y sus padres. Miraba con una cara de amargura, me sentí como estafado moralmente.

Pensaréis "Bueno, la has besado, has sacado provecho, qué importa". Pero no pasaba por ahí, era mi orgullo.

Pensaréis "No, el orgullo es ego". No. Entonces mi dignidad. Me sentí humillado en mi dignidad.

 

El padre de ella bajó del carro, lo había llamado un señor. En ese momento entraron dos jinetes a la otra orilla del poblado, muy mal entrazados. Uno corpulento, el otro se reía, no montaba bien, parecía un poco bebido, como que hubieran tomado bastante bebida por el camino. El corpulento no parecía afectado por la bebida, bajó de su cabalgadura y miró hacia la calesa y la vio a Rosa. Hablaba en voz muy alta:

-¡Ja! Mirad la flor que tenemos aquí. -El otro más bajo se tambaleaba, muy bebido.

 

En ese momento salió de hablar con otro señor el padre de la joven. Iba a subir a la calesa pero se molestó que el hombre fuera tan mal educado y lo encaró. El hombre le dio un bofetón muy fuerte y lo tiró al piso (suelo). Todas las amigas de Rosa miraban la escena.

Me acerqué y le dije al hombre:

-¿Por qué no te metes con alguien que se sepa defender? -El hombre era media cabeza más alta que yo. Me miró, miró para todos lados, se encogió de hombros y dijo:

-¡Es que no encuentro a nadie que se sepa defender! -Saqué mi espadín, lo miró-. ¡ja, ja, ja! Creo que tu espada se ha partido en dos -me dijo, burlándose.

-Quiero que le pidas disculpas a la gente, principalmente al señor que has abofeteado. -Se acercó el otro, el más joven y más bajo que estaba alcoholizado. Con mi puño izquierdo le di un golpe en la cara y lo dejé inconsciente. Ahí sí me prestó atención el hombretón, y sacó su espada bastante más grande que la mía.

-Bueno, hoy pensaba divertirme, no derramar sangre.

 

No aparté la vista del hombre, pero al ver que habían salido todos a la calle, todo el poblado, el hombre arremetió contra mí. Me fue fácil evitarlo y lo corté en un costado. Se puso más furioso, más reactivo, arremetió de nuevo contra mí: lo volví a cortar, manaba más sangre. Arremetió por tercera vez: lo corté en una pierna. Estaba más que furioso, arremetió por cuarta vez: paré con mi espada firmemente la suya y le hice un tajo en la garganta que fue mortal: cayó sin vida. Guardé mi espadín.

El padre de Rosa me dijo:

-Joven, no sé cómo agradecerte.

-No es necesario que me agradezca, hice lo que tenía que hacer. Seguramente si no lo frenaba hubiera pasado algo más grave.

-Lo sé. Te agradezco, hijo, por todo.

Rosa bajó de la calesa y me dijo:

-Eres..., eres fantástico. -Me quiso abrazar y le toqué las manos, apartándolas de mi cuello.

-No puedo decir lo mismo de ti. -Todas las amigas de Rosa miraban la escena.

-Quiero volver a verte.

-Lamentablemente yo no -le dije.

-Me has salvado, podía haberme lastimado o abusado de mí.

-Hice lo que tenía que hacer. Pero no me interesa tu gratitud, en realidad no me interesa nada de ti. En realidad no me interesa la gente hipócrita, la gente que miente. Por otro lado te felicito, has ganado una apuesta con las hipócritas de tus amigas. -En voz muy alta lo dije-. Te felicito.

 

Se acercaron las autoridades del poblado. Los miré firmemente a los dos, que estaban a cargo de la seguridad y les dije:

-El padre de la joven, seguramente, les va a dar unos metales para que el sepulturero entierre a este hombre, y al otro téngalo en una celda un par de días hasta que se le pase la borrachera. Ahora dejadme paso. -Abrieron paso.

 

Mis padres estaban en la puerta del negocio, pálidos, mirándome, como no reconociéndome. Entré, tomé un jarro, me serví un poco de líquido y bebí.

Y me quedé pensando. Había matado a un hombre. No me sentía bien, honestamente no me sentía bien, no me sentía un héroe, no me sentía importante, no me sentía nada, sentía un dolor interno. Cuando cuentan las historias de aquellos guerreros que quitan vidas, que asolan aldeas... La vida real no es así. No me sentía bien, al contrario, hasta tenía ganas de vomitar.

Lo único que había quedado a salvo era mi dignidad, me había ganado el respeto de Rosa y de las amigas, ¿pero a qué precio?

Si pensáis que ahora me sentía con una vanidad... No, me sentía con un tremendo dolor. ¿Vanidad? Para nada.

 

Gracias por escucharme.