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Psicoauditación - Francisco A.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 30/05/2018

Sesión del 04/06/2018

Sesión del 06/06/2018


Sesión del 30/05/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Francisco A.

Fue en Umbro. Aunque no sabía su origen fue cuidado e instruido por quienes le hicieron de padres. Tiempo después faltaron, por una epidemia. Como adolescente quedó marcado por esas pérdidas. Pero nadie le ganaba con la espada.

Sesión en MP3 (2.135 KB)

 

Entidad: Es cierto, es cierto que tengo muchos engramas quizá por no saber cuál es mi lugar de pertenencia, quizá por no saber cuáles son los verdaderos afectos, los genuinos. Quizá por no entender que la gente no muestra su verdadero rostro, es como que se pusiera máscara para no dejarse ver y por más listo que uno sea no puede saber las intenciones de la otra persona.

 

Mi nombre era Ernet, hijo adoptivo de Kia y Ormo, en Láskar, una isla al este de Krakoa. Mis padres me comentaron que me encontraron de bebé en una pequeña embarcación, me llevaron urgente a la aldea, me hicieron ver por una anciana, vieron que estaba bien. La anciana me dio a tomar una leche de un animal similar a vuestras cabras. No estaba desnutrido, evidentemente aquel que está más allá de las estrellas me protegió. En la aldea pensaban que mi familia de origen fuese de Krakoa, podía haberme hundido con la embarcación pero sobreviví.

Y fui creciendo, respetando y amando a mamá Kia y papá Ormo, mis padres adoptivos. Se extrañaban porque era el único rubio de la aldea y ya a los diez de vuestros años tenía un físico como los de doce o trece de los de la aldea. Y jugaba como todo niño a escondernos en la zona boscosa o a simular una pelea con espadas de madera, la espada era un arma que me atraía tanto, pero tanto... Y no sabía por qué.

Me alimentaba bien, vivía haciendo ejercicios. Papá trabajaba de herrero y me enseñó de pequeño el oficio al punto tal que cuando cumplí doce de vuestros años sabía perfectamente manejar la fragua, sabía perfectamente golpear el metal en el punto justo. Pero casi no hacíamos espadas. Pensaréis ¿Pero cómo un herrero no va a forjar espadas? No, no, lo que más nos pedían eran herraduras para los hoyumans.

 

Recuerdo que trabajaba desde el amanecer hasta el atardecer. Ya a mis catorce años no jugábamos a la lucha con mis compañeros, nos sentíamos adultos, cada uno ayudaba en sus quehaceres a su familia en el campo sembrando y cosechando, otros en la carpintería del padre, en mi caso la herrería. Y con catorce años tenía la misma altura o quizás un poco más que el común denominador de la isla de Láskar, pero lo que más impresionaba era mi cabello rubio, largo hasta los hombros.

 

Pasados mis quince años venía un humo de una aldea del otro lado de la isla, se había corrido la voz que una peste había asolado una aldea y después vimos que era cierto porque algunos sobrevivientes llegaron a nuestra aldea.

Desconocíamos lo que era la cuarentena, quizás esos sobrevivientes trajeron la peste con ellos, pero no había pasado nada. Pasaron más de doscientos amaneceres y nada.

 

Recuerdo que cuando cumplí dieciséis de vuestros años empezó a caer enferma gente de nuestra tribu y finalmente hubo una tremenda epidemia. La vi morir a mamá Kia, murió en mis brazos. Dos amaneceres más tarde papá Ormo. Padre me miraba y me decía:

-Ernet, el nombre no te lo puse yo. Tenías un medallón -me mostró un medallón plateado- grabado con el nombre Ernet. Te armé un collar más grande por si te lo quieres colgar del cuello. -Yo no era de llorar pero las lágrimas invadían mi rostro.

 

No sé por qué razón, si verdaderamente yo vine del mismo Krakoa. No sé por qué razón mis verdaderos padres me abandonaron y me dejaron en una embarcación. Trataba de justificarlos sin conocerlos. Algo habrá pasado, tal vez hubo una peste también en Krakoa y para salvarme me mandaron en una embarcación, pero no podían saber que en Láskar me iban a encontrar. Tranquilamente me podían haber devorado los grandes peces o una tormenta dar la vuelta mi embarcación y morir ahogado. No, era obtuso si lo justificaba, y mis padres, los que para mí eran mis verdaderos padres, Kia y Ormo, me dejaban.

Apenas el diez por ciento de la aldea sobrevivió a la peste junto con los que habían venido del otro lado de la isla. ¡Ah!

 

Nadie se puede acostumbrar a las pérdidas, nadie se puede acostumbrar a perder un ser querido, nadie se puede acostumbrar a que las cosas no salgan como uno quiere siempre por terceras personas o por lo que la gente llama destino o por lo que es un designio de aquel que está más allá de las estrellas debas pasar por tal o cual infortunio.

No es que sintiera odio porque sentir odio contra una situación es tonto, y no sentía odio contra alguien en particular pero muchas veces le pregunté en silencio a aquel que está más allá de las estrellas por qué trajo la peste a Láskar, cuántas aldeas fueron diezmadas por la peste.

 

Nuestra aldea prosperó y otros habitantes de la isla se nos unieron. Supuestamente había pasado lo peor, pero la vida es como una especie de combate de espadas porque apenas bajas la guardia, apenas te distraes, apenas te distiendes como que ya todo pasó, ¡ah!, tu contrincante de atraviesa el cuerpo. Y con la vida pasa lo mismo, parece que jugara contigo. Pasas por malos momentos y de repente ves que está todo bien, que aminó la tormenta, que ya no llueve más, que salió el sol y respiras y te sientes mejor; y cuando aflojas tus nervios y te sientes en armonía ¡pafff!, algo te cae que te destruye de vuelta. Y otra vez y otra vez y otra vez y otra vez. Y no se puede más así.

 

Pero así como yo había aprendido de papá Ormo, mi padre adoptivo, la herrería, sabía que el metal tiene que estar bien templado y para estar bien templado lo metes en el hierro candente y luego lo sumerges en el agua fría ¡gggr! Si el templado no sirve, si el metal no sirve la espada se quiebra, pero si el metal de la espada es bueno nada lo va a quebrar.

Y eso es lo que pasa con los seres humanos, pasamos del hierro candente al agua fría, del agua fría al hierro candente. De un lado una bofetada, del otro lado un engaño. O morimos en el intento o salimos más duros, más fuertes.

 

Pero claro, claro, una cosa es pensarlo, otra cosa es llevarlo a la práctica. Cuando te castigan de un lado y del otro y del otro y no hay entendimiento, y cuando tú has de explicar algo y no te entienden tu manera de ser, de pensar es difícil contenerse. Como Ernet, a mí no me gustaba hacerme notar, pero a mis dieciséis años ya le llevaba más de media cabeza al más alto de la aldea, mi cuerpo era completamente musculoso, duro y seguía practicando con la espada. Seguía practicando, no había nadie en la aldea no que me ganara, directamente ni que me pusiera en apuros. "¿Cómo ganarle al gigante Ernet?", me decían. O si no "El rubio de Krakoa", porque no tenían duda de que mi origen estaba en Krakoa.

 

Gracias, por ahora, por escucharme.

 


Sesión del 04/06/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Francisco A.

Estaba bien establecido con una herrería en el pueblo y era feliz. Encontró compañía pero no duró y tuvo que resolverlo a espada. Vendió todo y marchó del pueblo sin saber aún cuales eran sus orígenes.

Sesión en MP3 (2.485 KB)

 

Entidad: Seguramente muchas veces me he sentido que no encontraba un lugar de pertenencia.

 

En Láskar, en la isla de Krakoa, me admiraban.

-Fíjate en Ernet, mira como ha crecido.

 

Sí, había llegado a mis dieciséis años y era más alto que cualquier otro hombre de la isla de Láskar, al más alto le llevaba más de media cabeza. Todos de cabello oscuro y yo era el único rubio.

Desconocía mi verdadero origen pues mis padres adoptivos, Kía y Ormo, me encontraron de bebé en una pequeña embarcación, siempre sospecharon que mi familia de origen fuese de Krakoa. Pero ¿por qué me abandonaron?

En la aldea me trataron bien, padre me enseñó su oficio de herrería, trabajé con él y no puedo negar que fui feliz. Papá Ormo, mamá Kía me quisieron mucho, yo los adoraba.

Hasta que vino la peste que asoló no sólo nuestra aldea sino parte de la isla, así que a mis dieciséis años quedé huérfano. Me repuse de la misma manera que se repuso la aldea, no sólo sobreviví a la peste sino que en mí no hizo mella. Hubo gente que abandonó otras aldeas y vino a habitar a nuestra aldea, o sea, que en menos de treinta amaneceres la aldea volvió a tener vida y a mí me era útil porque sabía mucho de herrería y tenía bastante trabajo.

A diferencia de padre, Ormo, que se especializaba en herraduras para los hoyumans yo también trabajaba templando espadas. Tomaba la masa y golpeaba el metal, lo sumergía al hierro candente, luego en agua helada, ¡fff! Si el metal era débil se quebraba, si el metal era fuerte salía una excelente espada.

Tenía la habilidad de templar el metal, me faltaba saber cómo templar mi alma para que no me venzan las emociones, para que no me venza el recuerdo, para que no me perturben las cosas negativas.

 

Recuerdo que padre Ormo trabajaba mucho, desde que amanecía hasta que oscurecía. Yo me ponía límites; descansaba al mediodía, comía un abundante guisado, tomaba una jarra de bebida espumante y a la tarde seguía trabajando. Pero al amanecer, antes de ir a la herrería, en el terreno que estaba a un costado de la vivienda practicaba con la espada, movimientos, y por la tarde, al terminar de trabajar practicaba con otros jóvenes de Láskar.

-Al gigante no lo podemos vencer, es imposible llegarle. -Me sentía incómodo que me llamaran gigante. Para mí, mi estatura era normal, mi cabellera rubia caía sobre mis hombros, ya tenía músculos desarrollados.

 

Y pasó el tiempo, cumplí dieciocho de vuestros años. Venían de otras aldeas a encargarme tareas de herrería, ganaba bastantes metales y era prudente. Otros de la aldea gastaban metales, se iban a la posada que quedaba en los límites de la aldea donde había juego y algunas posaderas demasiado amables. A mí no me interesaba eso. Me hacía bien trabajar, me hacía bien no pensar y sí, me distendía cuando de repente salíamos a pasear por el bosque con mis mejores amigos Aldo y Banjo. A veces íbamos a pescar, a veces salíamos con una pequeña lanza a cazar algún pequeño animal en el bosque. Nunca, nunca cazábamos por deporte, lo que cazábamos lo comíamos. Amaba a los animales de la misma manera que amaba el bosque y sus árboles, lo que se mataba era para comer.

Y seguí fortaleciéndome haciendo ejercicios, practicando con espada todos los amaneceres.

 

Y a mis veinte años formé pareja con Lía. Lía venía de otra aldea, sus padres también habían fallecido por la peste. Era de tez muy blanca, cabello muy negro, bastante alta, me llegaba por el mentón. Empezamos a salir hasta que finalmente convivimos en mi casa. Iba todo bien, no le hacía falta nada, pero cuando llegué a mis veintiún años notaba que a veces no estaba en la vivienda, notaba sus ausencias. Una tarde le pregunté:

-¿Dónde estás? No veo que tengas amigas aquí.

-Voy a pasear al bosque porque me aburro mientras tú trabajas.

-Hazme compañía, trae un poco de brebaje caliente y compartimos unas masas.

 

Pero no, una tarde tardó en volver, yo ya había terminado mi trabajo, terminé temprano quizás a propósito y marché para el bosque y allí la encontré tendida con Aldo, uno de mis mejores amigos. Me vieron, se sobresaltaron tenía la espada en mi mano y sin decir nada le corté el cuello a Aldo. A ella no la toqué, por supuesto que no. Un hombre que se precia de tal jamás, jamás lastima a una mujer.

Pero fui al pueblo, en mi mano derecha llevaba la cabeza de Aldo cogida de los cabellos. Se corrió la voz enseguida, iba por la calle central de la aldea y todos me miraban. Levanté la mano:

-Aldo, el que se decía mi mejor amigo, y me engañó en el bosque con mi mujer, con Lía, a quien a partir de ahora ya no la tendré más conmigo. -Tiré la cabeza, saqué de los bolsillos un par de monedas plateadas y las tiré al barro al lado de la cabeza.

Y le dije al sepulturero: Ahí tienes el pago, te será fácil. Entierra solamente la cabeza, el cuerpo que quede en el bosque para las alimañas.

Asintió con la cabeza sin decir nada, mi figura imponente lo atemorizaba. Pero digo que jamás, jamás maltraté a nadie. Al contrario, era afable, serio pero afable. Algunos me tenían por gruñón; simplemente era directo, no era hipócrita, lo que no me gustaba lo decía pero jamás maltraté a nadie.

 

Lía se quejó.

-Ernet, nadie se va a hacer cargo de mí y menos sabiendo todo lo que pasó. ¿Qué hago ahora?

-No es mi problema -dije, encogiéndome de hombros-. Honestamente, no es mi problema. -No me fijé más en ella.

Banjo se acercó y me dijo:

-Lo lamento Ernet, Aldo también era mi amigo, nunca me imaginé que haría algo así.

Lo miré y le dije:

-Los dos fueron responsables, los dos me traicionaron. Pero ya está.

 

Puse en venta la casa y la herrería. Yo tenía dos aprendices y había un herrero grande de otra aldea que también había venido a la nuestra a vivir, juntaron entre todos unos metales y me hicieron una oferta. De verdad era poco más de la mitad de lo que valía la propiedad doble, pero acepté. Yo sabía leer y escribir, firmamos unos papeles, nos estrechamos la mano. Tenía mi hoyuman, compré una embarcación a unos pescadores, até mi hoyuman en la cubierta de la embarcación.

Los pescadores me dijeron:

-¿Te arreglarás solo? ¿Irás a Krakoa?

-No. -Krakoa era un itsmo que en época de tormentas o de marea alta también se interrumpía el paso y quedaba como una isla-.

Le digo: -No, voy al norte, me voy directamente al continente a iniciar una nueva vida.

Los pescadores me conocían.

-¡Te vas al continente! Pensé que ibas a Krakoa -dijo uno de ellos-, por lo menos averiguarías tu origen. -Me encogí de hombros.

 

A los veintiuno de vuestros años no me interesaba y además no tenía sentido conocer mi origen. Seguía sin tener un lugar de pertenencia, mis padres verdaderos me abandonaron, mis padres adoptivos murieron a mis dieciséis años. Mi pareja Lía y mi mejor amigo Aldo me engañaron. A él lo maté, ella se habrá ido a otra aldea. No me interesaba saber cómo le fue, estaba con la conciencia tranquila de que a todos les había dado más de lo que me dieron a mí. A mis padres adoptivos les di amor, respeto y me sentía orgulloso de ser hijo de ellos, que no habían podido tener hijos propios. De alguna manera aquel que está más allá de las estrellas los compensó con mi presencia y fueron felices educándome.

 

Y ahora iniciaba una nueva vida en el continente llevando mis metales ahorrados más los de la venta de la propiedad en mis alforjas. Y un hoyuman que tendría dos de vuestros años, un hoyuman joven pero fuerte.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión del 06/06/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Francisco A.

Viajaba con sus recuerdos dolorosos. En su camino llegó a un pueblo donde encontraría a quién preguntar por sus orígenes.

Sesión en MP3 (3.040 KB)

 

Entidad: ¿Qué es más pesado cargar una mochila sobre los hombros, llevar alforjas pesadas o cargar con recuerdos en la mente? Recuerdos ingratos, recuerdos donde te cuestionas tu propia vida y dices "Ernet, ¿qué pasó con tus verdaderos padres?, ¿porqué te dejaron abandonado en una embarcación siendo bebé?". Pero también debo agradecer a Kía y Ormo, mis padres adoptivos que me criaron en Láskar, una isla al este de Krakoa, me encontraron en la embarcación... ¡Je, je, je!

 

Sí, llevaba mis recuerdos. Mis recuerdos ingratos y mis recuerdos felices. Papá Ormo y mamá Kía me criaron como a un hijo que Kía hubiera tenido en su vientre. Ellos no pudieron tener hijos y me criaron como un hijo propio. Los amé, me enseñaron el amor. Madre Kía me enseñó a leer y a escribir, padre Ormo me enseñó su oficio de herrero.

Cuando cumplí dieciséis de vuestros años una peste asoló la aldea y cuando padre cayó enfermo me dio un cuaderno con símbolos que no entendía.

-Esto estaba junto con tu nombre, llévalo contigo.

Poquito tiempo después mis padres adoptivos se fueron junto a aquel que está más allá de las estrellas.

 

Por supuesto que sabía mucho de herrería y pude no sólo sobrevivir sino crecer. Llegué a forjar las espadas mejor que padre Ormo. Sí, sabía cómo templar el metal sumergiendo el hierro candente, sumergiéndolo en el agua helada, golpeando con mi maza el metal para forjarlo y templarlo de una manera que nunca pude hacer con mi propia alma.

No pude templar mi alma, de la misma manera que aún guardo el rencor de la traición de uno de mis mejores amigos, Aldo, a quien encontré con Lía, mi pareja, tendidos en el bosque.

 

Sí, llevaba mis alforjas, los ahorros de mi vida y los metales con que había vendido la casa y la herrería. Finalmente llegué con la embarcación al continente. Llevé a mi hoyuman a tierra firme y a unos pescadores, que eran conocidos de los que habitaban en las orillas de Láskar, les vendí la embarcación.

Monté mi hoyuman y me dirigí para el norte, cabalgué hasta casi el mediodía hasta llegar a un poblado, un poblado bastante interesante, casas de madera sólida, el poblado bastante, bastante más grande que la aldea de Láskar, donde me crié.

Divisé una posada y me dirigí a ella pero antes fui a la caballeriza y dejé mi hoyuman, le di un par de metales cobreados al hombre y le dije:

-Me cuidas el hoyuman, lo alimentas y luego lo cepillas bien. Mírame -El hombre me miró-, responderás por él.

-Sí, sí. Sí, señor.

 

Me alejé, me crucé con mucha gente por la calle principal, me miraban con curiosidad. Yo pensaba que en Láskar la gente era más pequeña pero me daba cuenta que en el continente era igual, evidentemente no eran ellos, era yo que estaba por encima de la altura promedio, ninguno me llegaba más arriba de mi boca. Al costado se veía mi reluciente espada.

Llegué a la posada, me acerqué al mostrador y le dije al posadero:

-Dime, ¿qué tienes para ofrecerme para llenar mi estómago? -El hombre me miró con una mirada rara, ¿no?

Le digo: -¿Qué sucede?

-Tú has estado antes por aquí.

-Pues no, es la primera vez que vengo.

-Quizá no te acuerdes pero yo te he visto muchos amaneceres atrás.

-Insisto, vengo de la isla de Láskar, es la primera vez que vengo al continente.

-Pues alguien muy parecido a ti estuvo por aquí muy muy parecido. -Me encogí de hombros.

-¿Qué tienes de comer?

-Tengo un plato de verduras y un guisado picante.

-¡Pero sin ninguna duda, el guisado picante! Y llévame a la mesa también una jarra grande de bebida espumante.

Me fui a sentar al fondo, de espaldas a la pared. No había ventana, me iluminaba una vela grande. Me puse cómodo. El hombre me trajo un abundante plato de guisado y una jarra de bebida que inmediatamente me tomé un sorbo tan grande que la dejé por la mitad, ¡je, je, je!

 

Mis recuerdos. Ahora que estaba en el continente tendría que buscar a alguien que sepa traducir esos símbolos del cuaderno que no los entendía.

Terminé de comer y le dije al posadero:

-Tengo un cuaderno con símbolos y algunas palabras que no sé interpretar. ¿Sabes de alguien que pueda entender dibujos raros?

Se puso a pensar y dijo:

-Mira, más adelante, andando un tiempo por el camino al norte, el camino principal hay una cabaña humilde con una anciana, una anciana llamada Teresa. Ella está en el pueblo desde que todos nosotros éramos pequeños o antes, desde nuestros padres. No sabemos qué edad tiene pero conoce de todo. Si no lo sabe ella, interpretar lo que tú hablas, no sé quién podrá.

Le pagué la comida y la bebida y le pregunté:

-¿Dónde puedo dormir aquí?

-Mira, en el piso alto hay habitaciones disponibles. ¿Hasta cuándo te piensas quedar?

-Seguramente hasta mañana -le respondí-, pero ahora voy a descansar un rato hasta el atardecer y luego pasearé un poco por el pueblo.

-No hay mucho para ver. Te recomiendo en todo caso los grandes almacenes. -Asentí con la cabeza. Le dejé un par de metales y subí.

Entré a la habitación designada y me tumbé en el catre, me saqué las botas para descansar un poco los pies y cerré los ojos. Mi oído siempre alerta al menor ruido. Al lado mío tenía mi espada. Pero pasó la tarde sin problemas.

 

Me levanté, me calcé las botas.

Me fui hasta la cuadra a ver cómo estaba mi hoyuman, lo veía con mejor aspecto ya cepilladas las crines. El hombre me miraba. Le hice una seña de que asentía el cuidado del animal y marché, marché para los grandes almacenes.

 

Siempre cargando con mis recuerdos, con ese rencor. No me podía olvidar de la traición de Lía y del que fingía ser mi amigo Aldo. No me podía olvidar tampoco del dolor que me causó la pérdida de mis padres adoptivos.

 

Entré a los grandes almacenes: bastante, bastante, bastante amplio el lugar. Había de todo: desde granos, cereales, hasta sogas, palas angostas, palas anchas, otro tipo de herramientas, monturas, recados y del otro lado cuchillos, navajas, cuchillas grandes, hachas y atrás espadas.

Me acerqué. Había un joven atendiendo.

-¿Buscas algo en especial?

-No, estoy mirando.

 

¡Qué hermosas armas! Pero lo que más me llamó la atención fue una espada. ¡Ja! Muy muy bien templada, muy bien el formato. Yo me preciaba de ser buen herrero y llevaba conmigo una muy buena espada hecha por mí, pero la que veía ahí era distinta, su metal más..., no era tan gris, era más azulado. Muy bien labrada.

-Joven...

-Dime.

-¿Quién hizo esta espada?

-¡Ah! Es un herrero conocido, vive en otro poblado. No nos vende sus armas, las deja y como estamos con una total confianza con él, quizá no yo sino mi patrón, la vendemos y nos quedamos con una pequeña ganancia y le damos el resto.

-¡Vaya, qué bueno! ¿Y cómo se llama el herrero?

-¡Ah! Es muy conocido.

-Yo vengo de Láskar, así que no conozco a nadie.

-Se llama Raúl y tiene las mejores espadas de la región.

-Me asombra el material.

-Hemos encontrado algunas piedras que caen del cielo, a lo mejor mandadas por aquel que está más allá de las estrellas, de un color grisado azulado.

-Esta espada parece hecha con ese metal que cae del cielo.

El joven se encogió de hombre y me dice:

-Yo no entiendo nada, así que será como tú dices.

-¿Y cuánto cuesta esta?, esta que señalo.

-Bueno has elegido la mejor, sale cinco metales plateados.

 

¡Ja! ¡Cinco metales plateados! La mejor que yo vendía en la aldea de la isla de Láskar salía a un metal plateado. Pero no me importaban los metales, tenía más de lo que gente podía pensar. Podía vivir más de mil amaneceres sin trabajar con lo que había ahorrado, y con la venta de la vivienda y la herrería tenía para vivir sin problemas.

-La llevo. Pero antes déjame probarla.

 

La descolgué de donde estaba y la tuve en mi mano. Me sorprendió que era tan liviana, mucho más liviana que la mía. Pero mi instinto me decía "No te confundas Ernet, que sea liviana no significa que sea una espada con metal débil". Al contrario, en realidad era más fácil de maniobrar que la mía y tomándola bien del mango me sentía como que más ágil para practicar ejercicio o para tener que enfrentarme a alguien si así lo requiriera el destino.

Me fui hasta la caja y le dije al patrón:

-Cóbreme, por favor. A propósito -El hombre me miró-, ¿cuánto me daría por la que yo tengo? -La saqué y se la mostré.

-Es muy buena, muy bien hecha.

-La hice yo.

-Bien, le puedo dar cinco metales cobreados. -Insisto, no me interesaba el dinero, pero ¡cinco metales cobreados!...

-Yo la estoy vendiendo a un metal plateado, al doble.

-Sí, señor, pero es usada, usted se está llevando una nueva.

-Sí, por cinco metales plateados, diez veces más de lo que me está pagando por la otra. -Se encogió de hombros.

-Es mi negocio, señor.

Asentí:

-Está bien. -Le di la espada vieja y me calcé la nueva, la más liviana. El hombre me miró. Digo-: No, no quiero nada más.

-No, no es por eso, me da la impresión que en algún momento estuvo usted aquí viendo armas.

-¡Je! Lo mismo me dijo el posadero que había estado ahí comiendo y no, soy oriundo de Láskar y es la primera vez que vengo.

-Hubiera apostado que estuvo aquí.

-Y hubiera perdido -le dije-. A propósito, tengo un cuaderno con escritos raros y símbolos, dibujos. El posadero me dijo que saliendo del pueblo y andando unas cuantas líneas hay una anciana, Teresa, que puede interpretar los dibujos.

-Así es, señor, la conocimos de pequeños e incluso nuestros padres de pequeños, así que vaya a saber qué edad tendrá. Pero es la indicada, como le dijo el posadero.

 

Le agradecí y marché. ¡Ahhh! Iría a ver la anciana Teresa. Por lo menos me iba a develar -si aquel que está más allá de las estrellas lo dispusiese-, me iba a develar el misterio del cuaderno. ¿Quién podría sacarme esos recuerdos dolorosos? Eso creo que nunca lo sabría.

 

Gracias por escucharme.