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Psicoauditación - Juan H. |
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección |
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Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
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Sesión del 13/07/2026 Narancs I, Jordán Holden
Sesión 13/07/2026 La entidad comenta cuánto valoraba la fidelidad en la vida afectiva, porque es algo que deben compartir dos personas, no una solamente. Varias veces le ocurrió dar más que recibir. ¿Sería un tema de autoestima o de dignidad? Barajó conceptos que podían ayudarle. El respeto propio era lo más apropiado para seguir un camino digno.
Entidad: El relato es el Costa Brava, país situado en la zona ecuatorial de Narancs I, un planeta de la estrella Narancs, que en Sol III conocemos como Kepler-22b.
Me llamo Jordán Holden y vivo en Costa Brava. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que no pido demasiado. Si tuviera que resumir lo que busco en este punto de mi vida, la mayoría de mis anhelos están enfocados en tres áreas principales: salud, trabajo y vida afectiva. Las dos primeras tienen sus complicaciones, por supuesto, pero se rigen por cierta lógica de causa y efecto. Cuidas tu cuerpo, respondes en tu profesión y, mal que bien, ves los resultados. Pero la vida afectiva... esa es, sin duda, la más difícil.
Siempre he abordado mis vínculos con una entrega honesta, con las ganas reales de construir algo sólido y mutuo. Sin embargo, al hacer un balance honesto, he notado que la mayoría de mis relaciones no han sido recíprocas. Es una sensación desgastante la de sentir que estás tirando de un carro en el que el otro sólo viaja como pasajero; esa asimetría donde tus detalles, tu tiempo y tu apoyo emocional parecen darse por sentados, mientras que del otro lado solo recibes respuestas a medias, ausencias intermitentes o un afecto que se mide con cuentagotas. No lo digo desde el rencor, sino desde una profunda lucidez. Aprender a reconocer que diste más de lo que el otro estaba dispuesto a devolver es un trago amargo, pero también es el primer paso para empezar a elegir mejor. Hoy entiendo que el afecto que no es mutuo no es una inversión, es un desgaste innecesario. Y aunque sea el área más compleja de equilibrar, sigo creyendo que vale la pena insistir, pero esta vez, cuidando que la balanza no vuelva a inclinarse sólo de mi lado.
Entonces apareció Griselda. En un principio, fue como un soplo de aire fresco en medio de tanta apatía. Parecía romper el patrón que tanto me había desgastado. Tenía una forma de mirarme y de hablarme que me hizo creer, por fin, que la balanza se estaba equilibrando. Griselda decía quererme. Lo repetía con una seguridad que desarbolaba mis defensas, y yo, que venía con el escudo alto, me permití bajarlo. Sentí que el esfuerzo mutuo del que tanto hablaba empezaba a materializarse en sus palabras y en sus gestos cotidianos. Pero la realidad tiene una forma brutal de imponerse.
No tardé mucho en notar ciertas inconsistencias: horarios que no encajaban, silencios repentinos, llamadas que se cortaban y esa extraña distancia que se genera cuando alguien está físicamente contigo pero con la mente en un territorio prohibido. La verdad no llegó por una confesión, sino por esos descuidos que deja el peso de una doble vida. Me enteré de la peor manera: Griselda estaba casada.
El golpe fue seco, pero lo que más dolió no fue sólo el engaño, sino la distorsión de la palabra "querer". ¿Qué clase de afecto era ese que se construía sobre la base de una mentira compartida a medias, donde yo era un secreto y otra persona era la fachada legal y cotidiana? Su declaración de amor, que antes me había parecido un refugio, se transformó instantáneamente en un espejo de su propio egoísmo. Me quería, quizás, pero bajo sus propios términos, en un espacio clandestino donde ella no arriesgaba nada y yo lo arriesgaba todo. Confirmar que estaba casada me devolvió de inmediato a la casilla de salida, pero con una lección más dura. La falta de reciprocidad ya no sólo se manifestaba en el desinterés o en el desgano; ahora se presentaba bajo la forma de la ocultación. Entendí que aceptar esa situación significaba volver a ocupar el lugar del que daba todo a cambio de las sobras de un tiempo prestado. Y esa era una concesión que ya no estaba dispuesto a hacer.
En medio del caos diario de los balances, los libros contables y las auditorías en la oficina, conocer a Delicia fue un cambio de ritmo. Ella era la secretaria del supervisor, una mujer simpática, siempre con una sonrisa dispuesta a aliviar la tensión del papeleo y las jornadas largas. Hubo una química inmediata, fluida, de esas que te hacen llevar el día con otra energía. Empezamos a hablar más de la cuenta, a compartir los almuerzos y, finalmente, a salir después del horario de oficina. Durante un mes, las cosas parecieron marchar sobre ruedas. Salíamos, charlábamos, nos reíamos; para mí, era la oportunidad de construir algo genuino, un espacio de frescura y complicidad que contrastaba con la rigidez de mi trabajo de contabilidad. Me entusiasmaba pensar que la balanza, por fin, se mantenía en equilibrio. Sin embargo, el mes exacto marcó el límite de la ilusión. Una tarde, con una frialdad que no combinaba para nada con su habitual simpatía, Delicia decidió poner las cartas sobre la mesa. Sin rodeos, me confesó que lo de nosotros era algo estrictamente pasajero. Mirándome a los ojos, dejó claro que sus ambiciones iban por otro camino: apuntaba más alto, buscando un estatus o una posición que mi puesto actual simplemente no le podía ofrecer. El golpe me dejó recalculando, no sólo por el rechazo en sí, sino por la brutal honestidad de sus razones. Delicia no buscaba un compañero, buscaba un trampolín. Una vez más, la dolorosa constante de mi vida afectiva se hacía presente de forma explícita. Para ella, yo había sido un pasatiempo agradable mientras calculaba su próximo movimiento estratégico. Al final del día, entendí que en su propia contabilidad personal, yo era sólo una cifra transitoria, confirmándome que el verdadero desafío no es sólo dar afecto, sino aprender a retirarlo a tiempo cuando descubres que estás jugando en ligas de valores completamente diferentes.
Fue en ese momento, en el silencio que queda después de que la última decepción se asienta, cuando el foco cambió de dirección. Dejé de mirar hacia afuera, dejé de analizar el egoísmo de Delicia o las mentiras de Griselda, y me miré a mí mismo en el espejo. Me senté frente a mis propios balances y me puse a pensar en la posibilidad de que yo esté cometiendo errores y atrayendo inconscientemente este tipo de patrones en mis relaciones. No se trataba de culparme, sino de asumir una responsabilidad que hasta entonces se me escapaba. Dos historias tan distintas en las formas, pero tan idénticas en el fondo no podían ser una simple coincidencia de mala suerte. Había un hilo conductor, y ese hilo era yo. Empecé a cuestionarme qué resortes internos se activaban en mí ante el primer estímulo de atención. ¿Por qué mi radar ignoraba las señales de alerta? ¿Será que mi necesidad de ser recíproco me volvía ciego ante personas que claramente no podían o no querían dar lo mismo? Quizás, en mi afán por construir ese ideal de salud, trabajo y afecto, me entregaba demasiado rápido, validando el más mínimo gesto como si fuera un compromiso profundo, facilitando que el otro se acomodara en el rol de recibir sin ofrecer nada a cambio. Entender que uno puede estar atrayendo o tolerando de forma inconsciente estos vínculos asimétricos es un proceso doloroso, porque desarma el papel de víctima. Pero, al mismo tiempo, es extrañamente liberador. Si el error es mío, si el patrón es algo que yo permito o busco sin darme cuenta, entonces la solución también está en mis manos. Dejé las planillas contables a un lado esa noche, sabiendo que el verdadero trabajo de auditoría que tenía por delante no era sobre las finanzas de la empresa, sino sobre los límites de mi propia dignidad. Esa fue la revelación definitiva, la pieza del rompecabezas que finalmente encajó. En mi propio análisis, logré separar la paja del trigo y entendí que la dignidad es el alimento de la autoestima. Es una distinción sutil pero crucial, que mucha gente confunde equivocadamente con el amor propio. El amor propio, cuando no tiene un anclaje sólido, suele ser el fruto del ego: esa necesidad constante de autoafirmación, de defender una imagen externa, de tener razón o de sentirnos valiosos a través de la aprobación de los demás o de la conquista. El ego se infla y se desinfla; es frágil, demandante y, muchas veces, es el que nos empuja a insistir en relaciones asimétricas sólo por el capricho de "hacer que funcione" o de no aceptar el rechazo. La dignidad, en cambio, no tiene nada que ver con el ego. La dignidad no grita, no necesita demostrarle nada a nadie ni busca ganar ninguna batalla. La dignidad es un límite silencioso, una línea invisible pero infranqueable que trazamos a nuestro alrededor y que dice: "Hasta aquí permito". No nace del orgullo, sino del autorrespeto más profundo y honesto. Cuando nutres tu autoestima con dignidad, dejas de necesitar que el otro te valide para saber lo que vales. Entendí que mi error no había sido querer de manera honesta, sino haber entregado mi dignidad en bandeja con tal de sostener un vínculo. Al alimentar mi autoestima con el respeto hacia mis propios límites, el patrón inconsciente empieza a perder fuerza. Si alguien no es recíproco, ya no me quedo a intentar convencerlo; simplemente, doy un paso al costado. No por orgullo herido, sino porque mi dignidad ya no me permite negociar lo innegociable. A partir de ese momento aprendí que el respeto comienza por uno mismo. Es una verdad simple, de esas que uno escucha mil veces en la vida, pero que sólo cobra un sentido real cuando te toca grabarla a fuego en el pecho tras haber caminado por el barro de la desilusión. Comprendí que nadie puede darte el valor que tú mismo te niegas. Si yo no respetaba mis tiempos, mis necesidades emocionales y mis límites, ¿cómo podía pretender que lo hiciera una pareja o un compañero de trabajo? Al tolerar la falta de reciprocidad, el engaño o el utilitarismo, yo mismo estaba firmando el permiso para que me trataran como una opción de segunda mesa.
El respeto propio no es una actitud arrogante ni un aislamiento del mundo; es, sencillamente, un acto de justicia hacia uno mismo. Significa aprender a decir "no" sin sentir culpa, dejar de justificar los desplantes ajenos y tener el coraje de retirarse de los lugares donde el afecto no se ofrece de manera limpia y mutua.
Hoy miro mis tres grandes áreas —salud, trabajo y vida afectiva— con una perspectiva completamente renovada. Sé que el camino sigue teniendo sus complejidades y que los errores pueden volver a presentarse, pero la diferencia es radical: ahora camino con la guardia de mi dignidad bien alta. El balance final ya no depende de lo que los demás decidan darme, sino de la firmeza con la que yo decida cuidarme.
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