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Psicoauditación - Lito S.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 17/10/2017

Sesión 12/12/2017

Sesión 26/04/2018

Sesión 08/11/2018

 


Sesión del 17/10/2017

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Lito S.

La entidad relata que en Umbro era el consejero del rey, un rey indolente que tenía descuidados sus deberes. Todo estaba dejado, desde el palacio hasta la guardia, y decidió poner orden. Pero tenía inseguridades.

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Entidad: A veces no te explicas cómo -en un idioma sencillo se dice sin comerla y sin beberla-, te encuentras con un problema que no esperabas. O no, o a veces te encuentras con algo majestuoso, algo impensado.

 

Mi nombre era Demetrio. Era un noble en la zona de Umbro, una zona rodeada de distintos palacios, castillos, fortificaciones y ahora me encontraba nada menos que comandando el castillo Alcázar, ¡je! un castillo que tenía una gigantesca feria feudal, muros interiores y muros externos, con muchísimas torres de vigilancia para evitar ataques de bárbaros.

Yo era de origen humilde, esto de noble, de tener títulos, jerarquía, fue todo una argucia, una licencia que me dieron. De chico me había criado con Faustino, pero Faustino no era alguien más, Faustino era el príncipe, el heredero de la corona, y de adolescente ya fue rey. Yo lo pasaba bien, incluso me jerarquizó mi título nobiliario por ser amigo del rey. Su amada Alisa se me quejaba. Yo la espantaba, ¡ja, ja!

Le decía:

-Mira, no me vengas con problemas porque Faustino es mi amigo, mi hermano.

Alisa me decía:

-No lo estoy criticando como pareja, sé que me ama, yo tengo un afecto tremendo por él, pero lo veo tan inactivo, tan pasivo, tan... nada.

 

Quizá yo estaba cegado por el afecto que sentía por mi amigo, mi hermano el rey, pero es cierto, la tropa estaba en el patio de armas bebiendo, como decís vosotros "criando panza", no había guardias en las torres, estoy seguro que llegaba a venir una horda de afuera y tiraban sus armas y salían corriendo los soldados. El propio Faustino se sentaba en su trono bebiendo bebida espumante de mañana, de tarde, de noche. Claro, hasta la propia Alisa le decía "Vamos a los aposentos" y cuando llegaba al salón del trono lo encontraba dormido en el trono con la corona caída a un costado.

Quizá mi error fue ser demasiado condescendiente, ¿no? A ver, cómo lo explico. No me atrevía a decirle nada. Mi conducta era levantarme al amanecer, ir al patio de armas y entrenar, entrenar, entrenar, movimiento de espada, de cuerpo, de piernas y luego trotaba por el mismo patio de armas. Terminaba de hacer el ejercicio recién, algunos soldados se levantaban y me decían:

-Señor Demetrio, ¿cómo levantado tan temprano?

Yo no me metía con los soldados, bromeaba con ellos.

-Si fuera holgazán como vosotros ya me habrían comido los bichos.

 

No se enojaban conmigo por dos razones: primero porque no tenían carácter para enojarse y sabían que yo bromeaba, y segundo porque alguna vez algún soldado se retobó, se puso mal conmigo y le pegué en la frente con mi espada de plano y lo dejé medio día dormido, y nadie más se atrevía a discutirme.

¿Quién era el consejero del rey? Yo. Me preguntaba cosas. Pensaréis "Bien, ¿por qué no has aprovechado en ese momento para decirle lo que estaba bien y lo que estaba mal?". En realidad lo que estaba bien no era nada, todo estaba mal, hasta el propio castillo estaba mal. Los castillos no son como los que escucháis en vuestros cuentos infantiles; también se precisan albañiles, constructores, había paredes que se caían a pedazos.

Sí alguna vez le dije a Faustino:

-Mi miedo es que se caiga parte del techo de esta galería sobre tu cabeza.

-¡Ah! Ya lo repararan -me respondía-. Eres muy meticuloso Demetrio, muy meticuloso.

 

Pero pasó el tiempo. Pasó el tiempo, la cosa seguía mal. Los soldados iban a la taberna a beber, algunos se desafiaban, alguno terminaba herido o muerto.

Hasta que finalmente me cansé y puse orden. Fui a la taberna y les dije:

-Necesito que vayan al patio de armas. -No se levantó ninguno.

Corté por lo sano:

-¿Quién es el mandamás aquí?

Un soldado bastante grande, me llevaba incluso a mí media cabeza, que yo me considero alto:

-Yo -dijo.

Le chorreaba por la barba bebida espumante. Me acerqué a él, le di una bofetada de revés tan grande que lo tambaleé pero no cayó y me miró desafiante. Lo siguiente fue un puntapié en su entrepierna, se agachó del dolor. Un rodillazo en el rostro, prácticamente le partí la nariz, chorreaba sangre por su rostro. Me miraron todos.

-¡Afuera, al patio de armas! -Si vencía al más grande todos sabían lo que les esperaba. Algunos tambaleantes, ebrios se fueron al patio de armas.

Algunos se quejaron:

-Está lloviendo fuerte.

-Perfecto, perfecto. -Lo levanté al grandote de los pelos.

Había una tal Herminia.

-Sé que tú sabes de enfermería, venda a éste, cúralo, no sé, párale la hemorragia.

 

Lo cargaron entre cuatro y lo llevaron. No había enfermería, había un cuarto detrás del patio de armas. Quedaros tranquilos, sobrevivió y nunca más discutió conmigo. El resto de los soldados, que no eran tantos, los dejé en el patio bajo la lluvia. Se quejaban.

Qué hacemos, ¿ejercicio?

-¿Ejercicio? Apenas podéis levantar vuestra espada, Os quedaréis ahí hasta cuando el sol baje.

-¿Pero no vamos a almorzar?

-No. -Yo sí fui a almorzar.

El rey Faustino me preguntó:

-¿Qué hacen ahí parados?

-Los estoy entrenando.

-¿A qué, a ser estatuas? -y lanzó una carcajada. No me reí. No era obsecuente, no tenía porque festejar los chistes estúpidos del rey.

 

Al día siguiente ya no llovía, pero los levanté apenas amaneció y los dejé parados a todos en el patio de armas, incluso al grandote que ya estaba recuperado, pero no me miró con resentimiento. Los puse alineados, que miraran para mi lado y me puse a hacer ejercicios con mi espada, con mi cuerpo, movimientos defensivos, ofensivos. Al tercer día lo mismo, al cuarto, al quinto, al sexto. Ya no iban más a beber a la cantina. Un día llovió más fuerte todavía que el primer día, parados bajo la lluvia, yo adelante haciendo ejercicios. Hasta que uno de los soldados dijo:

-¿Podemos hacer lo que hace tú? -Me paré(levanté).

-Y los demás, ¿qué decís? -asintieron con la cabeza-. Bien.

 

Les puse a todos a hacer ejercicios. Les costaba horrores, apenas podían levantar su pesada espada. Y así diez días, veinte, treinta, cuarenta. Hasta que pasaron ciento ochenta días y ya podía decir que estaban medianamente entrenados, medianamente entrenados.

Le fui a contar al rey la buena nueva. Estaba dormido, había un vómito a su costado y del otro lado una jarra vacía de bebida espumante. La busqué a Alisa, su pareja, estaba en la cocina con la obesa jefa de cocina, llorando.

-Sé que hay cosas que no puedo contarte, Demetrio -me dijo Alisa-, pero desde hace prácticamente un verano entero que Faustino no viene a mi alcoba.

-Alisa, eso son cosas que no tengo por qué saberlas, Faustino es mi amigo, mi hermano.

 

¡Qué amigo, qué hermano!, la ruina de lo que queda. Hasta que finalmente presionado -no por Alisa, no por los soldados, jamás se atreverían a decirme nada-, presionado por las circunstancias de que verdaderamente podía venir una horda a atacarnos y los soldados aún no estaban preparados. Aparte, ¿quién era yo?, el jefe instructor.

Le dije al rey:

-Mira, estás descuidando tu cuerpo, tu interior, tu alma. ¿Quieres destruirte? Allá tú, pero estás descuidando el palacio, la tropa.

Me contestó entre balbuceos incoherentes.

-No pasa nada, está todo bien, hay paz, hay prosperidad, tienen comida.

 

La propia feria feudal era una anarquía, algunos cobraban de más, se aprovechaban de algunos más pobres hasta que finalmente mandé la tropa y puse orden en la feria feudal. Hacía muchísimo tiempo, pero muchísimo tiempo que no pagaban sus impuestos, les hice pagar sus impuestos. Me enteré que de atrás me decían tirano, sin embargo estaban mucho más prósperos que la temporada pasada porque si bien pagaban sus impuestos mandé albañiles a que remodelaran la feria, sus puestos. Pero era inútil, el propio rey contagiaba su desidia porque lo veían. Un día fui con cien soldados de excursión por los alrededores porque se sospechaba que podía venir un ataque, pero no, era infundado, pero a muchísimas, muchísimas líneas de distancia había una especie de monte, estaba más o menos a mil metros, mil líneas sobre el nivel del mar y vimos una fortificación. Entramos, estaba vacía.

Uno de los soldados me dice:

-Jefe Demetrio.

-¿Qué sucede?

-¿Sabe qué es este lugar?, está encantado, hay una maldición sobre él, el que entre morirá.

-¿Crees en estas estupideces?

-Creo en aquel que está más allá de las estrellas.

-Está bien -dije-, ¿y eso qué tiene que ver con maldiciones?, eso son leyendas, estupideces.

-Pero señor, es el castillo Alcázar, está endemoniado.

-¿Crees en demonios?

-Pero señor, ¿acaso no hay vampirs en la zona noroeste?

-No son demonios, los demonios no existen -argumenté.

 

Me gustó el castillo. Estaba abandonado, pero en excelentes condiciones, incluso hasta la paredes pintadas con revoque nuevo. Habían pasado las temporadas y estaba incólume, impecable.

Volvimos. Le dije al rey Faustino:

-No puedes seguir así.

-Te dejo al mando, haz lo que desees con la tropa, con el castillo, con lo que quieras -me dijo Faustino.

-Pero no pasa por ahí, tú eres el rey, tú eres el monarca. A veces los soldados se me quejan:

-Para qué nos haces entrenar si nuestro rey está abandonado a sí mismo.

Los retaba, les decía:

-Ustedes son los soldados, el rey no tiene obligación.

Me respondían:

-Con todo respeto, señor Demetrio, pero el rey tiene obligación de mostrarse como un monarca.

 

No es que la tropa se me rebelara pero quejas, quejas, quejas día tras día. Lo mismo que en la zona feudal.

Les decía a los comerciantes:

-Están mejor que nunca. ¿Qué quieren?

-Sentimos que la monarquía es débil, que puede caer en cualquier momento.

-¿Y quién va a dar un golpe? Nadie tiene más poder que yo, y yo lo respeto a Faustino. -Pero no estaban conformes.

 

Por segunda vez fui a visitar el castillo Alcázar con la tropa y nos acompañaron cerca de cincuenta comerciantes que quedaron deslumbrados por el patio feudal que tenía, los muros externos, los muros internos. Y uno me dijo:

-¡Esto es un paraíso!

Y se corrió la voz en el castillo, y me pidieron por favor si podían trasladarse al castillo Alcázar. Se lo dije a Faustino.

-Me están dejando, me están traicionando, me dejan solo, ¡cuervos! -Se puso a gritar, a vociferar hasta que cayó rendido a los pies del trono, ebrio.

 

Y preparé para el día siguiente la marcha. Los soldados con sus hoyumans, la feria feudal se desmontó, llevaron en más de un centenar de mulenas, carretas toda la mercadería y marchamos en más de medio día de marcha hacia el castillo Alcázar.

Al día siguiente volví. Estaba Faustino, no había nadie ni en la cocina, ni en ningún lado.

-Ven, mi rey, ven con nosotros.

-Me han traicionado. Tú, tú, hermano, me has clavado un puñal por la espalda.

-Ven con nosotros.

-Tú, tú, hermano, me has traicionado, te has llevado mi tropa, a mi gente. ¿Dónde está Alisa?

-Alisa vino con nosotros.

-Hasta en eso me has traicionado, ahora te acuestas con mi mujer.

Me puse rojo de ira. Lo tomé del cuello.

-Ella vino porque tú, tú no representas nada para ella. Pero no, no tiene nada que ver conmigo, yo no caigo bajo ni soy presa de pasiones ni de vicios como tú.

-Sí, se lo dije, se lo tenía que decir-. ¿Sabes dónde queda el castillo Alcázar? Puedes venir, te esperamos.

 

Y me marché, monté mi hoyuman y me fui al paso dejando atrás a Faustino, su decadencia, su dejadez. No quería ese ejemplo para mi vida ni para los soldados ni para los comerciantes de la feria feudal. ¿Qué tenía mucho que aprender todavía? ¡Bufff! La infinidad de conflictos que tenía dentro mío era impresionante, los soldados me veían seguro, fuerte, firme, hábil, diestro con la espada, pero mis inseguridades estaban tan, tan, tan ocultas que ni el mejor observador se daría cuenta, sólo yo, y a veces combatir las inseguridades es más duro que combatir contra los bárbaros del norte. Y sé porque lo digo.

 

Gracias, por escucharme.

 

 

 


Sesión del 12/12/2017

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Lito S.

Comandaba el ejército del rey y el castillo que había recuperado para él, pero el rey estaba dejado de sí mismo y convencido de que lo traicionaba. La entidad comenta que tendría que enfrentarse a su mejor amigo, casi hermano. A su rey.

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Entidad: -¿Quieres algo más, Demetrio? -la miré a Alisa.

-No, no quiero nada más, puedes irte.

 

Estaba descontento, no me sentía bien, algo pasaba dentro mío que no me dejaba disfrutar de las cosas. La gente que me rodeaba me seguía incondicionalmente. Había organizado guardias, hacíamos orden cerrado, la mitad de la tropa practicaba por la mañana, la mitad por la tarde. A veces participaba de los entrenamientos.

Había varios que eran muy buenos con la espada, yo entrenaba a los más lentos, evitaba enfrentarme con los mejores por temor de que me vencieran. Y entre la gente salvaje, a pesar de que la gente que me rodeaba era un poquito instruida pero salvaje al fin, no mandaba el que tenía títulos de nobleza, mandaba el que mejor sabía combatir. Ante mi tropa tenía fama de ser muy bueno pero yo sabía que en el fondo había varios que eran mejores que yo. No demostraba temor ante nadie, mi rostro era impenetrable y evitaba que me leyeran el rostro, que me leyeran mis inseguridades, que me leyeran mis dudas.

 

Al comienzo me había hecho amigo de todos, brindábamos juntos por la noche, bebíamos. Con el tiempo fui tomando distancia mostrándome como monarca, como lo que era.

Una tarde la encontré, a Alisa, llorando.

-¿Qué sucede mujer?

-Estoy pensando en Faustino -me dijo la joven.

-Tú sabes lo que pasó, se empezó a dejar estar, se hundió en la bebida, no se ocupaba de nada, un castillo tan esplendoroso y lo dejó caer.

Muchas veces le dije -En la parte feudal hay gente que por poquitos metales arreglarían todo, acondicionarían paredes, ventanas-, pero no, y me fui dando cuenta que las arcas del castillo se iban quedando vacías. La feria feudal prácticamente estaba desapareciendo, no había quien pagara los tributos y no permitía que otros se metieran. Y tú sabes, Alisa, que por eso nos fuimos y la gente me siguió. Y tú sabes también que eso no es una traición, es sobrevivir. Ahí nos hubiéramos hundido todos, todos. Por eso vinimos aquí al casillo Alcázar. La gente está más organizada, los de la feria feudal se vinieron con nosotros, se instalaron aquí. Está todo más equitativo, me dan una parte de sus ventas pero los dejo trabajar tranquilos. Los soldados no se meten con la gente. Es verdad que a veces reciben mercadería gratis para que no les molesten, yo hago la vista gorda, los dejo hacer, lo que no quiero son episodios de violencia con la gente civil, y no la hay. Si lloras por la soledad en que quedó Faustino, es su culpa, no la nuestra.

Ella me dijo:

-Lo entiendo perfectamente, Demetrio, pero sé que en algún momento se repondrá y querrá vengarse.

-¿Con qué gente?, quedó solo en un castillo en ruinas por su propia desidia hundido en el alcohol, con qué gente va a asaltar nuestra fortaleza.

-Y si viniera, ¿qué? -me dijo la joven.

-Le daría la oportunidad de pactar, pero si así no lo hiciese me vería obligado a... bueno, a frenarlo hiriéndolo o quitándole la vida.

-¿Y la amistad que había? -preguntó la joven.

-No fui yo el que la destruyó.

-Pero nosotros lo abandonamos -insistió la joven.

-No, Alisa él se abandonó, él dejó caer el castillo, la feria feudal, todo. Nosotros intentamos sobrevivir y nos instalamos aquí. ¿Que lo dejamos solo? No éramos esclavos. Tampoco le quitamos la gente, los soldados y los civiles de la feria feudal vinieron con nosotros porque había más expectativa de futuro. Nadie le quitó nada a nadie.

-¿Y si viene?

-Será bien recibido. Ahora, si su intención es la venganza será recibido de otra manera, no debemos ser permisivos con el error.

La joven me dijo con desdén:

-Acaso, Demetrio, ¿acaso tú nunca te has equivocado?

-Sí, miles de veces.

-Recuerdo cuando saliste con esa viuda, que le diste esperanzas y luego la abandonaste.

La miré y le dije:

-¿Y qué querías que hiciera? ¿Qué querías que hiciera?, ella se ofreció a estar conmigo, nunca le di esperanzas, nunca le dije que éramos un compromiso estable, yo no me comprometo con nadie.

Alisa me preguntó:

-¿Y yo qué rol cumplo aquí?

-¿Rol? Estás aquí, eras la pareja de Faustino.

-Faustino debe pensar que eres mi amante.

-Y por las dudas te digo, mujer, que a mí no me interesan los compromisos, ya bastante se me ofrecen las mujeres de la feria feudal.

-Eres un cínico.

-Sí, pero no hago mal a nadie. Todos saben mi fin, qué es lo que busco. No prometo lo que no voy a cumplir. Si eso es ser cínico... Bueno, pero nadie puede levantar el dedo y señalarme, decirme "Me has mentido o me has prometido tal cosa y no has cumplido". Nadie. ¿O sí?

-No -negó la mujer-, es cierto. -Alisa dio media vuelta y se marchó.

Sentí un dolor en el pecho como... no de angustia, quizá de ansiedad. No me gustaba estar así.

 

Llamé al jefe de la guarnición.

-Demetrio...

-Mira, busca a los dos mejores exploradores, que vayan hasta el castillo en ruinas de Faustino, a ver qué novedades, qué pasó.

-No es demasiado esfuerzo, debe estar bebiendo y borracho como una cuba.

-Hazme caso.

-Lo haré.

 

Tres amaneceres después volvieron los dos espías, le dieron el parte al jefe de la guarnición que a su vez me lo dio a mí.

-No está solo, Faustino, está con unos bárbaros. Son más de cien.

-¡Aja! ¿Y qué hacen?

-Practican.

-¿Son peligrosos?

-No, Demetrio, son vagos, si se animaran a atacarnos los venceríamos en menos de medio amanecer.

-Está bien, puedes retirarte.

 

¡Ay! Faustino, Faustino, espero que no te atrevas a atacarme, no tendré piedad. No tengo piedad para la estupidez, no tengo piedad para el sentimentalismo, no tengo piedad con las estúpidas emociones. Espero que no vengas porque va a ser una masacre y no tendré piedad.

 

Gracias por escuchar.

 

 

 


Sesión del 26/04/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Lito S.

Una inminente batalla se preparaba y visitó a su amigo, un rey hundido en sí mismo, por si quería unirse, como él, a un gran señor que en realidad era el invasor.

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Entidad: A ver, veamos como comienzo. Era amigo de Faustino pero vi que se abandonaba, que se dejaba estar. Prácticamente el castillo estaba quedando en ruinas, lo poco que quedaba de la feria feudal no alcanzaba para solventar los gastos de la pequeña tropa que tenía. Entonces me marché y la gente me siguió.

 

Me fui al castillo Alcázar donde lo fortifiqué, lo hice crecer. Pero Faustino me odió, dijo que yo, Demetrio, lo había traicionado y que encima me había ido con Alisa, su pareja. En realidad no es que yo la había llevado conmigo, ella misma estaba desanimada y decepcionada. Lo último que supimos de Faustino era que vivía en soledad, estaba siempre con la misma ropa, en un trono enmohecido por la humedad y botellas tiradas en el salón principal. No sé si algún aldeano le alcanzaría algo para comer.

Pero pasó algo. Yo sé que Faustino quería vengarse, ¿pero cuántas personas podía juntar?, la gente no ayuda a nadie si no se le paga primero unos metales, y a él no le quedaba nada como para poder invadir y conquistar el castillo Alcázar. Nosotros no éramos tantos tampoco pero me organicé al punto tal que incluso se armó una próspera feria feudal donde yo permitía todo tipo de ventas; animales, aves, hortalizas, legumbres, verduras incluso sillas de mimbre, bancos de madera, adornos. Y la feria prosperaba y sin que yo dijera nada aportaban para el castillo Alcázar un veinte por ciento, lo cual me servía para pagar a la tropa que cada vez era más grande.

 

Hasta que vino un mensajero y luego otro y luego un tercer mensajero y me di cuenta que la cosa era grave, y dentro de todo no podía dejar abandonado a Faustino en su castillo en ruinas. Monté con veinte jinetes, un par de mulenas para llevar víveres, agua. De todas maneras no era tan lejos. Y marchamos a ver a Faustino.

Prácticamente la fortificación tenía las puertas destruidas. Entramos al patio de armas con los hoyumans y las dos mulenas y ahí estaba. Su mirada era de rencor y de resignación.

-¿Vienes a terminar tu obra?

-No -le dije.

-¿No? No seas hipócrita, me has abandonado, te has llevado a mi pareja.

-No es así -negué.

-¿No es así? ¿Por qué vienes con veinte soldados, no te bastas tú solo para matarme? Sabes que no puedes, estaré bebido, abandonado, desnutrido, como quieras llamarlo, alguno me tira una limosna y me da una presa de ave o me mandan un guisado de los alrededores, pero todavía puedo vencerte con mi espada.

Le dije, irónicamente:

-No sé siquiera que puedes levantarla.

-¿Quieres probar? -me dijo.

-No, no vengo por eso, Faustino -le dije-, vengo a salvarte la vida.

Me miró, lo vi desconcertado.

-Me traicionaste, te fuiste con Alisa, te fuiste con mi gente al castillo Alcázar.

-No, no te traicioné, no me llevé a tu gente, no me llevé a tu pareja: me siguieron. Quizá no bebías como ahora pero te dejaste estar, te dejaste estar Faustino, te abandonaste, ni siquiera la feria feudal cubría los gastos, la gente se quejaba, hay soldados que tienen familia, no tenían para comer. ¿Por qué no razonas un poco, Faustino, por qué tenemos que ser enemigos?

-Porque pensaste -me respondió-, pensaste que mi castillo en ruinas era un barco que se hundía y las primeras que huyen son las ratas de un barco que se hunde.

-Faustino, estás acabando con mi paciencia.

-¡Pues ven, muéstrame tu espada!

-Faustino, no vine a pelear, te tengo aprecio.

-¡Ja, ja, ja, ja, ja!

-No entiendo tu risa, Faustino.

-¡Ja, ja, ja! No entiendes mi risa Demetrio. ¿Vienes a salvarme?, me has dejado abandonado.

-Faustino, yo no soy tu padre, tienes mi misma edad. ¿Cómo te dejo abandonado? Hablas como si fueras un crío.

-Y encima me ofendes, encima me dices crío. Yo puedo contigo y con los veinte que están atrás tuyo.

-Deja de delirar, por favor, Faustino. -Lanzó una botella vacía que no golpeó a ninguno-. Faustino, mis hombres no tienen la paciencia que tengo yo.

-¡Tus hombres! ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Tus hombres? ¡Mis hombres!

-Está bien, Faustino -le dije-, tus hombres. Pregúntales por qué se fueron conmigo. Comen todos los días, tengo una feria feudal con más de doscientas personas, en los alrededores hay campos que los cuidamos nosotros para que los labradores los puedan trabajar sin que vengan asaltantes de afuera. De eso se trata, de cuidar lo de uno.

Algo pasó que recapacitó.

-Está bien. Explícate. Explícate, Demetrio, ¿en qué me vienes a salvar la vida?

-Con seis días de diferencia tuve tres mensajeros de distintos lugares. Hay una fortificación gigantesca llamada Villa Real mandada por un tal Andahazi y hay como veinte reinos que se han unido y los que no se unan van a ser exterminados. Yo estoy pensando en unirme.

-¿Acaso te han citado?

-No. Nosotros estamos un poco más apartados pero va a llegar un momento en que tenemos que decidir unirnos con Andahazi. Seguramente cobra una parte, es una especie de protección para que no vengan hordas del norte a invadirnos.

-¿Ves?, tú me dices a mí de que estoy abandonado, que vivo en soledad en un castillo en ruinas. ¿Y tú qué? Vas a pasar a ser esclavo de otro.

-Antes de perder la vida -le dije-, sí.

Me preguntó Faustino:

-¿Y no hay nadie que se oponga a ese tal Andahazi?

-Sí, yo también tengo mis informantes. Hay un tal Ligor y hay un tal Aranet, amigos del rey Anán, que están en contra.

Faustino abrió los ojos y me preguntó:

-¿No los conoces, Demetrio?

-Mmmm, quizás escuché hablar de ellos. De Ligor, seguro, de Aranet puede ser. Del rey Anán no, no, no. No.

Faustino me dijo:

-Del rey Anán he escuchado poco. Sé que es una persona pacífica. ¿Pero sabes quién es Aranet?

-No -negué.

-Creo que es uno de los guerreros más grandes de todo Umbro.

-¿Y él, me dices que está en contra de ese tal Andahazi?

-Sí, pero hay veinte reinos que se unen a Andahazi.

-¿Y cuántos hay en contra?

-Supongo que cuatro, cinco.

-Pero están apoyados por ese tal Aranet y ese tal Ligor.

-Sí, eso es lo que tengo entendido.

Faustino me dijo:

-¿Sabes quién es Ligor?

-He escuchado hablar mucho de él, pero no.

-En una época conocí mucha gente -me dijo Faustino-, incluso antes de ser amigos nosotros, antes de que tú me traicionaras.

-No te traicioné Faustino, pero sigue. ¿Qué pasa?

-Ese Ligor maneja el rayo.

-Esas son tonterías -negué.

-No son tonterías, maneja el rayo y se comunica con los dracons.

-Eso es otra tontería, eso es una leyenda.

-No es una leyenda, se comunica con los dracons, monta dracons.

-¿Me estás hablando de esos animales que lanzan fuego por la boca y vuelan?

-No Demetrio, eso es una historia agrandada, no lanzan fuego, tienen un organismo que lanzan vapor caliente, como un vapor casi hirviendo, pero no es que lancen fuego. Pero sí, pueden volar, son reptiles voladores y pueden vencer ejércitos enteros.

-Hay otro más -le dije-, un tal Ezeven.

-Mmmm, una vez escuché hablar en un poblado de ese tal Ezeven, trabajaba en un teatro y hacía trucos.

-¿Cómo trucos?

-Sí, como que flotaba en el aire.

-Seguramente tendría algún hilo invisible que haría que la gente se deleite viéndolo.

-Yo soy más sutil, a pesar de que tú Demetrio me ves ahora bebiendo en soledad.

-Explícate -le pedí.

-Yo creo que Ezeven tiene dones de la misma manera que Ligor maneja el rayo y monta dracons.

-Nadie monta dracons. ¿Te unirás a nosotros?

-No, pero gracias por avisarme.

-¿Qué harás?

-En una de las habitaciones que ha quedado entera tengo ropa y tengo algunos metales que no he gastado, conseguiré un buen hoyuman y me iré, pediré que me guíen los labradores e iré al palacio del rey Anán, a ver si puedo encontrarme con Ligor o con Aranet. Te aseguro que dos solos pueden contra esos veinte que tú tienes atrás tuyo.

Me reí irónicamente.

-Faustino, amigo, deja que se te pase el efecto de la bebida. Si quieres nos quedamos hasta mañana y volvemos a conversar.

-No, iré al arroyo me refrescaré, me cambiaré de ropa. Y de verdad que si llega a ser cierto lo que dices, es verdad que me habrás salvado la vida y estaré en deuda contigo, a pesar de que sería estar a mano porque tú me has traicionado. -No le respondí. ¿Para qué?

-¿Y entonces qué harás? -le dije.

-Como te dije antes, no iré con vosotros. Perderéis. Perderéis.

-O sea, mira que obstinado que eres, veinte reinos se unen a Villa Real, una enorme fortaleza. Cuatro o cinco reinos se oponen. ¿Y tú piensas que esos cuatro o cinco reinos les van a ganar a los veinte reinos más la fortaleza? Creo que las cuentas no te salen bien. Insisto, espérate a mañana a que se vaya el efecto de la bebida.

-No, me refrescaré en el arroyo, estoy bastante lúcido. De verdad te agradezco el aviso, pero así como me ves abandonado, derruido reitero que en una habitación del piso alto tengo ropa bien guardada, sana y botas sanas. Me cortaré con una navaja un poco la barba, comeré bien y estaré en condiciones de viajar al palacio del rey Anán. Y si tú me quieres hacer caso, tú únete a mí.

-¡Unirme a ti! -le dije-, no tienes nada.

-Quiero decir, hazme caso a mí, ven con los ganadores.

-No me dan las cuentas -le dije-, por más que ese tal Ligor y ese tal Aranet sean excelentes guerreros, el número puede, somos muchos más.

-Como tú digas, como tú quieras.

-Por lo menos -le dije-, me quedo con la conciencia tranquila que te avisé. Volveremos al castillo Alcázar y mandaré una comisión a decirle al señor de Villa Real, a ese tal Andahazi, que estamos a su disposición.

 

Les hice una seña a los hombres y nos marchamos. Faustino quedó solo. Seguramente no iría a ningún arroyo a asearse, seguramente era mentira que tendría ropa arriba para cambiarse y seguramente tendría escondida alguna bebida para seguir bebiendo en soledad. Mi sentido común me decía que nosotros teníamos razón, apoyaríamos a Andahazi.

 

Gracias por escucharme.

 

 

 


Sesión del 08/11/2018

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Lito S.

La entidad resume sus pensamientos después de perder la gran batalla de  muchos reinos contra pocos. Expresa que vivimos con grandes prejuzgamientos y que no es sencillo ponerse en lugar de uno.

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Entidad: En las distintas épocas las sociedades tildaban al oportunista de mala persona, como que se aprovechaba de las situaciones de las personas, de las circunstancias. Pero debo decir que yo estoy en contra de todo eso. Ser oportuno es, bueno, aprovechar una situación. De repente te aparece un buen negocio y si es oportuno hacerte cargo del mismo, bienvenido sea.

Un oportunista no es un aprovechador, acá no estamos hablando de sacarle el pan de la boca al otro; entonces la sociedad está equivocada y punto. Es mi punto de vista y no pienso cambiar. ¿Qué soy oportunista? Sí. ¿Y qué? ¿A quién molesto? ¿Que a veces las cosas sale mal? Sí, pero somos humanos y podemos equivocarnos.

 

Recuerdo en Umbro, cuando era Demetrio, vi la posibilidad de ganar poder, ganar títulos y me alisté bajo las órdenes de Andahazi, el señor de Villa Real, porque para mí era oportuno alistarme en las filas con los pocos hombres que tenía bajo mi mando a alguien que superaba -cinco a uno o más-, a la resistencia que se oponía a ese hombre al que tildaban de delirante.

A ver, voy a ser claro, me preguntaréis: "¿Te has puesto del lado del que tenía razón o que verdaderamente era un delirante que su mente estaba retorcida?".

No hagamos dialéctica, no hablemos de cosas raras, yo me apuntaba del lado ganador y punto, donde podía obtener metales dorados, más hombres bajo mi mando. Me ponía del lado ganador y se acabó.

En ese momento no me interesaba quién tenía razón. ¿Cuántas veces nos alistamos del lado de quien tenía razón y nos pasan por encima?

"No, pero te tienes que poner del bando de los buenos".

¿Cuántas veces el estar en los buenos han sido los tontos? Entonces no me discutáis porque estoy cansado de la necedad ajena, de aquellos que son los dueños de la verdad.

"No, tú eliges un bando donde la persona es un delirante, un loco, quiere apoderarse de toda la región. El día de mañana se da vuelta y también se va a poner en contra tuyo".

¿Y por qué?, si yo lo ayudo, si yo soy un colaborador, sumo mi gente a la causa del que va a ganar y espero mi recompensa. Bueno ese es mi cálculo de lo que yo llamo oportunidad.

 

Y hasta el día de hoy sigo pensando que el oportuno no es el que se aprovecha, oportuno es el que ve una situación que puedes sacar una ventaja y te anotas. Porque también la palabra ventajista está mal dicha en la sociedad: "¡Oh!, eres un ventajista, te aprovechas". ¡No, no, basta de tonterías! De repente tienes la posibilidad de lograr algo y lo haces, punto.

Pierdo energía, pierdo fuerzas si me pongo a discutir con alguien que no entiende, que no razona. Pero ya lo dije, somos humanos, podemos equivocarnos.

 

Perdimos. Sí, antes lo dije bien, éramos cinco veces más en cuanto a tropas, pero bueno, ellos tenían bichos especiales que acabaron con una cantidad numerosa de gente de nuestras tropas, gente con dones o con poderes, llámenle como quieran no importa, dones, poderes, lo que sea. Pero no me saquen de las casillas.

Perdimos. La resistencia, que era de cinco veces menos acabó con casi todos y los que quedaron de nosotros para salvar sus vidas acordaron servir a los que ganaron. ¿Y qué pasó con ese señor de Villa Real, Andahazi? Se escapó, se escapó con una tal Randora, que era una serpiente, era peor que él. Y yo con los pocos hombres que tenía, con los que me quedaban pude escapar volviendo para mi castillo. Pero es como que la vida te pasa factura, como decís vosotros, y en el camino me cruzo con alguien que me odiaba, que me despreciaba, con Faustino, que se había puesto del lado de los débiles, que por esa dichosa fortuna, para él, ganaron. Y uno no apostaba ni dos monedas de cobre por Faustino y volvió victorioso con mucha más tropa, y aparte de la tropa gente de la feria feudal que lo iban a ayudar a restaurar y hacer crecer su castillo.

Por un momento sí, la verdad tampoco soy hipócrita digo lo que pienso y se acabó, pensé que Faustino iba a cobrar venganza porque mucha gente -todos, mejor dicho, no mucha gente-, de su castillo que estaba hecho pedazos se había ido conmigo.

Pero le había dicho muchas veces a Faustino "Yo no te quité nada, te dejaron porque te dedicabas a la bebida". Y sí, tuvo la fuerza de voluntad para cambiar; dejó la bebida, se puso ropas nuevas y se fue con la resistencia, con esa gente Aranet, Ligor y compañía. Llevaba consigo más de dos mil hombres. Impresionante. Los míos no alcanzaban a dos cientos. Y doscientos porque pudimos huir a tiempo, si no nos hubieran masacrado.

 

Acercamos nuestros equinos. Le dije:

-Te felicito. ¿Qué harás con nosotros? -Faustino me respondió:

-Nada, la guerra terminó. Hubo vencedores, hubo vencidos. Haz tu vida.

-Supongo que querrás que la que era más que amiga vuelva contigo.

-No, no me interesa -respondió Faustino.

-Si piensas que estuvo conmigo o tuvo algo que ver, desde ya te lo niego. Simplemente que no se sentía conforme contigo y vino a mi castillo. -Faustino se encogió de hombros.

-No me interesa. Y si hubiera tenido algo contigo no te juzgo tampoco.

-Pero no lo tuvo -negué.

-Insisto -dijo él-, no importa. Se tendría que haber quedado conmigo para apoyarme en mis momentos de debilidad. -Me molesté y le dije:

-¡Y claro que lo hizo! Una y otra vez, amanecer tras amanecer. Pero tú en lugar de consolarte con ella, y disculpa mi crudeza, te consolabas con una copa de vino, por eso se fue. Y ahora mírate, triunfador, creído. -Faustino puso mala cara.

-Triunfador puede ser, creído no. Vamos a poner un gran reino y vamos a poner una muy grande feria feudal. Mis impuestos serán mínimos, la gente estará bien conmigo. Es más -se dirigió a mi gente-, si alguno de vosotros quiere venir serán recompensados.

-¿Qué piensas, dejarme sin gente? -le pregunté.

-No, simplemente le estoy dando una oportunidad al que quiera estar mejor.

-¡Ja, ja, ja! -me reí pero de impotencia-. O sea, conmigo van a estar mal. -Faustino se encogió de hombros.

-No digo que estén mal, digo que pueden estar mejor.

 

La mitad de mis hombres se fue a las filas de Faustino quien les dijo "Serán tratados como iguales. Incluso muchos de los que están conmigo le sirvieron al señor Andahazi, el que perdió, y no me interesa, lo que yo quiero es lealtad y fidelidad. Les pagaré bien pero no para comprar su lealtad, la lealtad tiene que venir de adentro, ya hablaremos del tema. Y el que no esté de acuerdo se irá". Me saludó y siguió su camino.

 

Me quedé con menos de cien hombres. Les dije de corazón:

-No les puedo prometer lo mismo, si bien mi castillo está bien no tengo tantos metales, hay que empezar de nuevo.

Pero bueno, éramos pocos pero se quedaron.

 

¿Si fui oportunista? Sí, fui oportunista. ¿Si me salió bien? No, no me salió bien. ¿Si aprendí alguna lección? No, no aprendí ninguna lección, eso es cuento para chicos, gente, eso es cuento para chicos. No siempre se aprende una lección, jugamos y perdimos, punto. Como en el juego de barajas, apuestas, por ahí ganas, la mayoría de las veces pierdes. Se acabó. Cansado de dar explicaciones.

 

Y volví para mi castillo. Le conté a la que era amiga de Faustino que me había encontrado con él, se le iluminaron los ojos cuando le conté el resultado, y dijo:

-¿Me recibirá bien?

-No -le dije-, no quiere saber nada. -Me miró como con desprecio. Y me dijo la mujer:

-Eso lo dices de envidia porque ganó Faustino.

-Mujer, ¿quieres irte con él?, vete, te sacará a puntapiés. Segundo, no ganó Faustino, ganaron Aranet, Ligor y otros. Él la ligó de rebote, punto. Quiero decir. Vete. -La mujer, cabezota, montó un hoyuman y se marchó-. Perfecto, vete. -Y le grité-: Pero si te echa, acá no vas a ser bien recibida. Las ratas huyen, las primeras en huir cuando el barco se hunde.

 

Porque hay que aclarar una cosa: sí, yo soy oportunista, pero no me aprovecho. Cuando Faustino estaba mal tampoco me aproveché, la gente lo abandonó porque él se abandonó tiempo atrás. Me preguntaréis "¿Y por qué no le diste una mano, por qué no lo orientaste?". Más de una vez le dije "Te estás cayendo a pedazos", no me escuchó.

Los Maestros de Luz dicen "Está bien, vamos a tender una mano, si el otro no se deja ayudar no perdáis tiempo. También respetad el libre albedrío del otro".

¿El otro se quiere hacer pedazos? Perfecto. Le dices "Escúchame, puedes mejorar haciendo bla, bla, bla", se tapa los oídos no te quiere escuchar. Y bueno, hazte pedazos pero no me vengas con esa moralina disfrazada de moralidad. No jodamos, somos grandes.

¿Había perdido? Bueno, perfecto, tenía que recuperarme. Pero no me señalen con el dedo, el dedo córtenselo, por no decir otra cosa que no debo.

 

Y nada, hay que seguir remando, porque en la vida hay que seguir remando, punto. Ese es el aprendizaje: ¿Uno pierde? No se tiene que poner a llorar en la mesa como alguna vez hizo Faustino, no, hay que sacar pecho y poner el pecho al vendaval. ¿Te tumbará? Bueno, te vuelves a levantar. Con lamentarme no ganas nada.

Esa es mi idea, seguir remando, punto. Y sin dar explicaciones. ¡Qué tanto!

 

Hasta todo momento.