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Psicoauditación - María Cristina

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión del 05/01/2026 Gaela, María Cristina


Sesión 05/01/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de María Cristina.

Era nueva en Plena y tenía engramas producidos por la muerte de su madre, un hijo que debía cuidar y una pareja desinteresada. Visitó a un terapeuta para que la orientara. La conversación duró bastante tiempo y estuvo llena de recomendaciones que debía poner en marcha, fue una psicointegración, de Jorge Clayton.

Sesión en MP3 (4.141 KB)

 

Entidad: Mi amiga, Cecilia Aráoz, me trajo al Club Náutico. Yo, honestamente, me sentía como apabulladla por el lujo que había en la zona, la Costa Norte era lo mejor de Plena. Si bien yo había viajado a Ámber, conocía muy bien el lenguaje coloquial de Ámber, la zona en que yo había estudiado era muy tétrica comparada con lo que es Costa Norte de Plena.

Era la primera vez que venía a Plena desde Arrebedo, una hora y quince de avión y después una hora de coche hasta el Club Náutico.

 

Le dije:

-Cecilia, ¿qué vamos a hacer aquí?

-Mira, tengo un conocido que es un joven de veintiocho años que puede orientarte.

La miré con estupor:

-¿Veintiocho años?, ¿veintiocho años? Yo tengo más de treinta. O sea, un joven me va a enseñar a mí.

-María Cristina, quédate tranquila, se llama Jorge Clayton, y bueno, ha viajado por muchos países, inclusive de Ámber.

-Clayton... Clayton..., sí, escuché de él en Arrebedo. Ha venido solamente dos veces, pero sí, sí, lo ubico. ¿Pero qué es un terapeuta?, ¿qué es?

-No, no, es una persona que puede ayudar de muchas maneras. Y bueno... Mira, es ese joven.

 

Llegó a mi olfato el aroma de perfume de Amaris y de tabaco rubio. Vestía con un impecable traje azul oscuro, peinado achatado con patillas.

Y se acercó a nosotros:

-¿Cómo estás, Ceci? ¿Quién es tu amiga?

-María Cristina.

-Un gusto, señorita.

-Señora...

-¡Oh!...

-Bueno, un gusto, señora. Con vuestro permiso. -Y se sentó con nosotras-. ¿Cómo estás, Ceci?

-Bien. Mi amiga no tanto.

¿Podemos hablar en confianza? -me preguntó.

-Sí.

-Esperad... -Se acercó el camarero.

-¿Qué tomas?

-Un café cortado con leche.

-¿Tú, Ceci?

-Lo mismo.

-Ernesto, tres cortados, por favor.

-Enseguida, Jorge. -Me sorprendió que lo tratara de tú, el camarero a Clayton. Cecilia me había dicho que era el dueño de todo el club y de otros terrenos de la costa.

-Coméntame, María Cristina -me pidió, sonriendo con empatía.

Le digo:

-Bueno, te comento. Quería encontrar un buen trabajo antes de cumplir los 30 y no, hasta ahora no pude.

-Mira, la vida son etapas.

-Explícate, -le pedí.

-Sí, María Cristina, la vida son etapas. O sea, no hay una fecha. Hay jóvenes de veinte años que ya tienen un trabajo, tal vez como recaderos en un banco, y otros pasados los treinta, tal vez porque buscan un trabajo específico no lo logran.

-¿Son casualidades?

-No, no, María Cristina. Son causalidades.

-Permíteme cambiar de tema.

-Sí, María Cristina. Dime.

-Quería... una reconciliación de mi familia...

-¡Ajá!

-Con mi mamá, con mi hermana que tiene treinta y seis. Y quería terminar mi doctorado en Ámber.

-¡Ajá! ¿Y qué pasó?

-Bueno... Quedé embaraza de mi pareja.

-¡Ajá!

-Y quería vivir el embarazo, el postparto, el ser madre, con la compañía y la contención de mi madre.

-¡Aja!

-Pero... no sé si por circunstancias del destino mamá falleció, o sea, que no pude disfrutar ese momento. Entiendo que todos queremos cosas y no todos se cumple. Quería formar una familia amorosa, unida.

-¿Y qué sucedió?

Lo miré a Clayton con los ojos húmedos:

-Después del nacimiento de mi hijo me di cuenta de que el hombre con quien lo tuve no es como yo pensaba, tenemos diferencias irreconciliables.

-Explícate.

-Bueno. Dentro mío siento como que él no tiene idea de en algún momento acercarse a nuestro hijo. Como que no lo quiere ver.

-¿Qué edad tiene el niño?

-Catorce meses.

-¡Ajá! ¿Y tu pareja?

-Cuarenta y cinco años. ¿Te parece Clayton como que es mucha la diferencia de la edad?

-No, no, para nada. Para nada, María Cristina, eso no es el tema. Interpreto que pasa a otro lado. Pero continúa.

-¿Puedo hacerte unas preguntas? Sé que no lo sabes todo y me vas a responder genéricamente.

-Tal vez -respondió Clayton-, pero espero orientarte. Las soluciones mágicas no existen. Dime.

-Bueno. ¿Cómo puedo transitar el duelo de mi madre? Sus últimos meses fueron tan dolorosos que no puedo evitar mentalmente retroceder y sentir que fue una pesadilla. Es como que no la puedo dejar ir, como que me aferro a su persona. La echo muchísimo de menos. Más ahora que soy madre y lo vivo muy muy sola. Siento como que fue un error de la vida, que su partida no debió ser tan pronto, que todo fue tan repentino, tan determinante que me partió al medio.

-¿Dónde está tu niño?

-Bueno, mira, mi amiga Cecilia utilizó los contactos que tú le has dado y en Capital, en Ciudad del Plata, en la capital de plena, hay una guardería modelo

de ocho pisos con los mejores especialistas. Y bueno, el niño está bien atendido porque no quería traerlo aquí para poder hablar cómodamente.

 

Clayton la miró a Cecilia:

-Has elegido perfectamente el lugar. Allí lo atienden amorosamente al niño. Continúa, luego te voy a dar una evaluación de todo.

-Bueno, ¿qué necesita mi niño de mí, como su mamá?, pensando en los aprendizajes, dificultades... como tiene todo el mundo en la vida, ¿no? Porque quiero guiarlo a su mejor versión posible, porque me eligió como mamá con mis heridas, con mis trabas. En cuanto a mi pareja, hablamos en todas sus dimensiones como pareja, como persona, como papá. ¿Qué puedes decirme?

-Mira, vamos a lo primero. Me hablabas del duelo de tu madre, cómo transitarlo, con amor. Seguramente lo que te voy a decir es una frase trillada, pero no debes apegarte. No digo que no tengas amor y dolor por su ausencia, pero hay un tipo de apego que hace que su parte espiritual quede -entre comillas, ¿eh?- "atada" al plano físico y no le permitas estar en su plano suprafísico. No digo que te transformes en una persona fría, en un témpano pero todos hemos sufrido pérdidas en su momento, pero el aferrarnos en demasía nos limita como seres humanos, y a la persona que ya no está la limita estar plenamente en su plano espiritual. Eso es muy muy muy importante. Entiendo que la echas de menos porque encima siendo madre lo vives sola. Bueno, aférrate a tu niño, comparte cosas con tu amiga...

-Es que tampoco quiero que mi amiga me sienta como una carga.

-No, no lo siente. La conozco a Cecilia, no lo siente como una carga, por supuesto que no.

-Y lo otro, como que siento como que fue un error de la vida su partida.

-Mira, yo interpreto que la vida es un programa de Dios.

-Pero entonces es un programa con fallas. Si Dios es perfecto, ¿cómo puede hacer programas con fallas?

-No, no es eso. El programa de vida en sí mismo es así. Es como que todo tiene un porqué. Las estrellas dan calor a sus planetas para que esos habitantes pudieran vivir. Los copos de nieve no son todos iguales, no hay o no igual a otro. Es un misterio. El programa de vida es un misterio. Hay niños que nacen con enfermedades y a los tres meses de vida fallecen. ¿Qué hay más injusto que eso? Pero no es responsabilidad de Dios, así es el programa de vida. ¿Que es justo?, no. ¿Que nos hace daño?, sí. ¿Que nos hace sufrir?, también. ¿Que nos sentimos desolados?, pero no tengas duda.

Le pregunté:

-Tú dices que debemos tener aceptación. Es muy difícil esa pregunta. Nadie quiere aceptar la partida de un de ser amado. Nadie. Pero cuando hablamos de aceptación no significa que debemos resignarnos como diciendo, "bueno, ya está, ¿qué puedo hacer?".

-Por un lado es cierto. Pero la palabra sería adaptarnos.

-No es fácil.

 -No, lo sé. Lo sé.

-Me va a costar mucho.

-Seguramente que sí, pero debes templarte. Hay cosas que no pueden volver atrás. El recuerdo.

-Pero si es un recuerdo amargo me va a hacer más daño. Es que, Clayton, no puedo dejar de pensar.

-No, no digo que lo hagas. No digo que dejes de pensar, pero en este momento tu objetivo es tu hijo. Y también tu estudio.

-Sí. Y hablando de mi hijo, como pregunté antes, ¿qué necesita de mí pensando en dificultades que tendrá en la vida?

-Bueno, necesito una mamá fuerte, una mamá templada, una mamá que no se queje, una mamá que sea tolerante. Una mamá que el niño no la vea con dolor, que la vea sonriente, que la vea fuerte y que sepa enseñarle a ser un niño educado, a tener empatía con los demás niños. A no sobreprotegerlo.

-Y lo que pasa que me siento sola y trato de aferrarme.

-Sí, pero no sobreprotegerlo porque lo harías débil, tampoco desinteresarte. Estoy diciendo protegerlo en lo necesario pero no estar siempre encima. Lo tienes que dejar respirar.

-No entiendo.

-Claro. Una mamá sobreprotectora está todo el tiempo encima. "Ten cuidado, no juegues a esto, te vas a resbalar, te vas a lastimar, mira como te lastimaste"... No estés siempre encima. Él va a crecer, enséñale.

-Bueno, está la escuela para educarlo.

-No. La escuela está para instruirlo; tú estás para educarlo.

-¿No es lo mismo?

-No, no es lo mismo. En la escuela aprende a leer a escribir y a deletrear. Luego las cuentas; sumar, restar, a dividir, multiplicar. Y así sucesivamente. Pero la forma de ser, la cortesía, la educación, el lenguaje, el comportamiento, eso lo va a aprender de ti. Tú tienes que ser el ejemplo.

-Entiendo. Entiendo. ¿Pero por qué me eligió a mí?, con mis heridas, mis trabas...

-Él decidió nacer cuando era un espíritu porque visualizó una persona idónea y fuerte. Y después pasan las cosas que tienen que pasar, pero tú le tienes que demostrar que no se equivocó a elegirte. Él no tiene que ver ni sentir tus trabas, tus heridas. No, no, porque le crearías un engrama.

-¿Qué es un engrama?

-Bueno, cómo una especie de trauma que hasta puede afectarle su ADN.

-¿Tanto?

-Tanto. Sí. Y le puede afectar su comportamiento de por vida. Justamente ahora que es pequeño es cuanto más absorbe inconscientemente el comportamiento de la mamá o el papá.

-Entiendo. Entiendo. ¿Y qué puede decirme de mi pareja?

-¿De acuerdo a lo que tú me cuentas? No es una persona responsable, no es una persona amorosa, no es una persona confiable. Pienso que a él no le interesaba la criatura. Interpreto, por lo que tú me cuentas, porque no lo conozco, que para él el embarazo fue un accidente. Y todo lo que vino después también fue un accidente. E incluso le molesta el que tú sufras por tu madre. Él quiere estar tranquilo, libre de problemas. Y me voy a atrever a decirte que tal vez él mismo no se dé cuenta pero sí su inconsciente que a ti ni al niño lo ve como un problema.

-¿Y qué debo hacer? -le pregunté.

-Lo ideal es independizarte. Lo que tienes que ver es la manera, lo que tienes que ver es el cómo.

-Quisiera seguir mis estudios, pero a la distancia me es imposible, y viajar en este momento también me es imposible.

-No des nada por perdido. No es nada por perdido, María Cristina. Mientras tanto trata de avanzar en lo que puedas. Lo vuelvo a aclarar porque nos conocemos recién y la situación no la conozco a fondo, pero no me imagino que tu pareja sea una columna, un sostén, un apoyo en este momento, por que una persona que te ve como una molestia, y más al niño, no sirve como apoyo.

-Pero es muy cruel lo que me cuenta.

-No, no, no, estoy respondiendo a lo que tú me has preguntado. No tomes como que mi respuesta es cruel, tómalo como una respuesta sincera. Sí Cecilia, de alguna manera te hizo venir hasta aquí para que te haga una muy pequeña orientación es lo que estoy haciendo contigo.

 

-Permiso -dijo el camarero Ernesto. Trajo los cortados. Le puse un edulcorante y lo bebí suavemente.

-¿Cómo te sientes? -me preguntó Clayton.

-Bueno, con todo respeto, una conversación no va a ser que de un giro de ciento ochenta grados pero es como que mi mente está más clara, como que un poco el remolino se ha calmado, un poco la niebla se ha despejado. Pero el peso todavía lo noto.

-Seguramente, Maria Cristina. Es imposible sacar todo un peso de sufrimiento de tanto tiempo de un segundo para el otro. Eso es un trabajo interno que tú tienes que hacer, únicamente tú.

 

Nos quedamos conversando de otros temas, habían llegado un montón de chicos y chicas jóvenes, entre dieciocho y veintiocho años, más jóvenes que yo, pero como vieron que la conversación era personal no se acercaron, y seguimos conversando. Seguimos conversando y pensando.

 

Cecilia respetaba mi silencio y Clayton me miraba con el ceño fruncido esperando que le pregunte algo más, pero iba elaborando y elucubrando todas las respuestas que me dio. Pero era cierto, nada se soluciona de golpe.

 

Me quedé pensando en eso de que la vida no es injusta, sino que es un programa hecho de esa manera: nacemos, crecemos, envejecemos y partimos.

Lo que me resisto es a pensar por qué hay gente que parte antes de tiempo. Clayton me decía, "No, la vida no es un programa fallido, es un programa, pero no es igual para todos; gente que vive cien años y niños que nacen con un problema cerebral y mueren a los dos meses".

Y uno dice, ¿por qué?, ¿cuál es la explicación? ¿Y por qué resignarnos?

 

Bueno, recuerdo las palabras de Clayton: "No, no tenemos que resignarnos, tenemos que adaptarnos a cada situación". Y sí, pero cuesta. Y claro que cuesta. Claro que cuesta, pero tampoco tenemos que tener en el alma un herida eterna, y menos transmitírsela en forma de engramas al niño, porque primero que todo no se lo merece, porque lo que espera el niño de mí es templanza y fuerza. Lo primero. Y una sonrisa, no un rostro torturado, una sonrisa.