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Psicoauditación - Nilda

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 29/05/2020


Sesión 29/05/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Entidad que fue Nilda

Nunca pensó que podría dar un vuelco así su vida, que se podría encontrar en esa situación, porque de estar mal siempre se puede ir a peor. La entidad relata una vivencia en Umbro.

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Entidad: A veces para salir de situaciones incómodas, para salir de rutinas angustiantes buscamos una puerta de escape y entramos en una situación tan o más rutinaria que la anterior, tan o más angustiante que la anterior.

 

Mi nombre era Nilda, vivía en una zona tranquila en la zona ecuatorial de Umbro. Mis padres eran personas -que me disculpe aquel que está más allá de las estrellas pero no debo ser hipócrita-, eran personas no solamente básicas sino también aburridas, granjeros sin ambiciones. No veía la hora de ser grande para poder irme del hogar y vivir una vida con una persona a la que ame y que me ame.

Y cuando cumplí dieciocho de vuestros años conocí a Marino. Un hombre fuerte, corpulento, rostro agradable. No era una persona que sonreía permanentemente pero le veía como cierta atracción, era una persona enigmática. Tenía un campo, trabajaba de granjero al igual que mi padre pero...

 

Cuando nos conocimos le gusté, su semblante cambió, me veía como si yo fuera una hada de las cumbres. Iniciamos una relación.

Hasta que le dije a mis padres:

-Me voy a casar con Marino y viviré con él. -No se opusieron.

-Lo que sea para tu bien nos va a hacer felices. -Cogí la poca ropa que tenía y Marino me dijo:

-No te preocupes, Nilda, lo que te haga falta te lo compro con el fruto de mi trabajo.

 

Yo esperaba enloquecerme con sus besos, con sus abrazos, con sus caricias. Era una persona tierna, era una persona dulce, pero tan fogosa como un témpano en el mar. Caricias, pequeños besos y luego se dormía. Yo estaba desvelada y pensaba "Bueno, todavía no nos conocemos bien, habrá tiempo de ajustar las cosas que no funcionan".

Pero nada cambió. Y noté que era un poco apático en el amor, me amaba, me quería, me idolatraba, me compraba cosas, me preguntaba si me faltaba algo... Él comía guisado, pero a mí me preparaba ave asada con verduras. Él tomaba bebida espumante y a mí me daba zumo de frutas. Me trataba muy bien.

Y la famosa rutina que tenía en casa de mis padres, por lo menos siempre hacía algo, o limpiaba o ordeñaba algún vacuno. No, acá no me dejaba hacer nada, yo era su princesa.

 

Había aprendido a leer y a escribir pero ni siquiera tenía libros, y el poblado cercano era un poblado muy humilde. ¡Qué iba a conseguir algo para leer! Y pasé de una rutina en la casa de mis padres a un tortura.

De mi esposo Marino no podía quejarme, un granjero trabajador. Se levantaba al amanecer, volvía al anochecer. Mi única diversión era coger un equino de la caballeriza, montando el hoyuman y galopar por el prado.

Marino me decía:

-Ten cuidado, mi amor, que puede haber asaltantes en los caminos.

 

Pasó toda una temporada, se fue el invierno, vino el calor, otra vez el invierno. Está bien que en la zona ecuatorial todo era leve, mucho calor, el frío casi no se notaba. El único frío que se notaba era nuestro lecho.

Necesitábamos provisiones y le dije:

-Marino, en este poblado vecino no hay nada, hay un almacén pequeño que no tiene nada. Sé que más allá cruzando el valle hay un poblado grande. Tardaré. -Me dejó metales para que me maneje en el camino.

-Escóndelos bien en la ropa, no sea cosa que te asalten. ¿Quieres llevar el sulqui?

-No, no, no, directamente iré en mi equino. -Me cargué una mochila, alforjas al costado del hoyuman y marché.

 

Tardé dos amaneceres en llegar al otro poblado y veía gente que cantaba y que reía. ¡Ah, esto es vida! En el centro de la plaza había un hombre que tocaba una flauta y a su vez tenía colgada una especie de mandolina, y cantaba con voz dulce. Lo miré y quedé como hipnotizada.

Le pregunté a la gente:

-¿Quién es?

-Es Axen.

-¡Vaya, es una atracción!

-Sí..., es una atracción.

-¿Por qué dudas? Veo que toda la gente está encantada.

-Sí. -No entendía la apatía del hombre al hablarme del trovador Axen. -Entré a los grandes almacenes a hacer la compra y pregunté.

-¿Siempre viene este trovador?

-Lamentablemente sí.

-¡Lamentablemente! Pero si todo el mundo está encantado con él.

-Hubo amigos que han tenido mala experiencia con él.

-¿Pero por qué?

-No sé -dijo el almacenero-, nunca han comentado nada. -Le encargué un papel con las compras-. Para mañana le tengo todo preparado.

 

Le dejé unos metales de seña, me hizo un recibo y lo guardé. Y fui otra vez a la plaza. Terminó la canción y todos aplaudieron.

Me acerqué y le dije:

-Disculpa mi confianza pero eres una maravilla, cantas como los mejores trovadores.

Me dijo:

-¿Puedo tocarte el rostro? -Me sorprendió la pregunta.

-¿Por qué?

-¿Me permites?

-Sí. -Me tocó el rostro

-¿Por qué has hecho eso?

-Quería saber si no eres una aparición del cielo, quería ver si eras de verdad.

¿Cómo te llamas?

-Nilda.

-Nilda, ¿de dónde has salido? Eres la mujer más bella que vi en mi vida. Mis instrumentos, mi mandolina, mi flauta me sirven para cantar, tú para renacer. -Me sonrojé, jamás me habían dicho eso, jamás-. Ven, te invito a la posada, te invito a tomar algo. -Acepté.

 

La gente nos miraba con recelo y yo no entendía. El posadero nos sirvió de manera muy adusta. Me tomó la mano el trovador Axen y me la besó, sentí como una especie de descarga eléctrica en el cuerpo, me producía algo que jamás me había provocado Marino.

-Arriba tengo un aposento, ¿me acompañas?

-No, no debo.

-De qué tienes miedo, ¿del amor, de la pasión, de las caricias? No me imagino teniendo miedo. -En ese instante mi impulso pudo más que mi razonamiento y acepté. Cerró la puerta de su habitación y me besó suave, tiernamente y haciéndome caricias en puntos clave, cuando me di cuenta estábamos despojados de ropa en su lecho. Temblaba de éxtasis. O agonía, porque cómo diferencias el éxtasis de la agonía en esos momentos. No lo podía creer, había encontrado al hombre más atractivo y apasionado de todo Umbro, pero yo estaba casada. Y se lo dije.

-Nilda, me has contado que estás a dos amaneceres de distancia. A un amanecer de distancia tengo mi vivienda. Ven un día aunque sea, la pasaremos bien. Y otra vez pudo mi impulso. Hablé con el almacenero y le dije que me guarde los materiales y fui. Me sorprendió que no era una vivienda donde él estaba, era como una especie de pequeño palacio, y vi que había vigilancia.

-¿Eres noble? ¿No eres trovador?

-Sí, soy de familia noble. Mis padres murieron siendo yo joven, pero amo la música. -Cuando entramos a su palacete habló con los guardias de seguridad.

-Cierren todo. -El tono es como que había cambiado.

Lo tomé del brazo y le dije:

-¿Vamos a tu alcoba?

-¿A mí alcoba? ¡Hay que tener mucho mérito para ir a mi alcoba! -Había una habitación rústica en planta baja, en un patio donde estaban los porcinos, los vacunos. Y entramos.

-¿Pero, acá vamos a hacer el amor?

-¿Cómo? Acá vas a estar, y vendré cuando yo lo disponga.

-Pero, escúchame... -Me empujó poniendo la mano en el pecho, tirándome contra el catre.

-Te quedas aquí. -Cerró la puerta y le puso una traba de madera por fuera.

 

Mi mente estaba en blanco, no entendía nada. No entendía nada de lo que había pasado.

Una mujer bastante obesa me trajo algo de comer.

-¿Y Axen? -pregunté.

-No se dice Axen -me dijo-, es el señorito Axen. Y espero te comportes bien para que no te castiguen. Había una plebeya, una plebeya, Rosa, que quedó con toda la espalda lastimada de los latigazos por haber desobedecido al señorito. -Ya no estaba preocupada me había... me había cogido el miedo.

 

Ya estaba oscureciendo y apareció Axen con un farol de aceite, lo puso sobre la mesa.

-¡Sácate la ropa!

-¿Y las caricias?

¡Plaf! -Me dio una bofetada que me tiró contra el catre-. ¡Caricias! -Me agarró de la nuca, me tiró boca abajo, me desgarró la ropa y sació sus instintos brutal, bestialmente. Y yo sufriendo.

-¡Me lastimas! -Me golpeó en la nuca.

-¡Cállate! No me dejas concentrar. -En instantes terminó de saciar sus instintos-. Ahora te van a traer de comer.

 

Y así pasaron un par de días, venía cuando quería. La señora obesa que me traía de comer me dijo:

-No te sorprendas, hay seis o siete mujeres que trajo de distintos poblados y las tiene encerradas para saciar sus instintos.

-Soy casada, por favor ten piedad de mí, ahora el señorito está durmiendo, ayúdame a salir.

-No, me ahorcan como ahorcaron a la anterior que estaba de encargada por ayuda a escapar a una plebeya.

 

Había una especie de madero sobre la mesa, instintivamente la golpeé una y otra vez hasta desmayarla. Le salía sangre de la cabeza, pero en ese momento importaba mi supervivencia. Al lado del catre estaba mi mochila, la cargué sobre mis hombros, fui a la cuadra, había un hoyuman, lo monté. La puerta estaba sin vigilancia pero tenía un enorme madero.

Había un hombre tirado pidiendo limosna.

-Si me ayudas te doy un par de metales. -Me ayudó a levantar el madero para abrir el portón. Le tiré un par de metales, el hombre salió corriendo.

 

El señorito Axen, como se hacía llamar, se sentía tan seguro que de noche no dejaba vigilancia en el portón. Salí al paso con el hoyuman, ya a mayor distancia al trote y finalmente al galope. Marché rápidamente toda la noche.

A la mañana siguiente llegué al poblado, recogí todo lo que había encargado en el gran almacén, le terminé de pagar al hombre y me marché para mi tierra. Pasé por el poblado pequeño hasta llegar a casa.

 

Mi esposo, Marino, me miró, vio que tenía golpes en el rostro. Me preparó una tina, calentó una olla grande en el fuego y la echo a la tina para calentar el agua. Cuando me desvestí vio marcas moradas también en  mi espalda, en mis brazos.

-Mi amor, ¿qué te ha pasado?

-Me asaltaron.

-¿Te han  violado?

-No, por suerte no, pero me han llevado algunos metales.

-¿Y cómo es que han respetado tu mercadería, que no te la han sacado?

Rápidamente dije:

-Porque solamente les interesaban los metales, tenía metales plateados y se los llevaron, no les interesaba otra cosa.

-¿Y no te ultrajaron?

-No, estaba bebidos -inventé. Marino me respetó, esa noche no quiso acercarse a mí porque sabía que me dolía todo el cuerpo.

 

Pasaron días y días y días. El cuerpo ya no me dolía, me dolía el alma. Sentía todavía como un miedo intenso. A veces estaba distraía, Marino me tocaba el hombro y me quedaba sobresaltada pensando que era Axen. Por suerte nunca le dije en qué dirección vivía. El me conoció en el poblado grande, en medio había un poblado más pequeño y luego estaba nuestra granja. Además, sí, su orgullo estaría destrozado porque escapó una de sus esclavas, pero tenía otras para satisfacerse. Con razón en el poblado grande desconfiaban de él. Y hubo amigos que lo miraban de lejos, quizás alguno de ellos sabía lo que pasaba en su pequeño palacio.

 

Pensé que había conocido al hombre más carismático cuando en realidad era el hombre más terrible de la faz de todo Umbro. En este momento la rutina, la tibieza de Marino para mí era como la panacea. Cerré los ojos y me dormí con infinidad de engramas implantados.

 

Gracias por escucharme.