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Psicoauditación - Sparadokos - Ra-El-Dan

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión 27/04/2022


Sesión 27/04/2022
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Raeldan

La entidad narra que participó en guerras entre Roma y Tracia, en Sol III. Pero muchos años batallando cansaban y deseaba descansar, establecerse y echar raíces. Aunque tampoco era sencillo, había muchos bandidos por los caminos.

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Entidad: Que hermosa época, ¡je, je! Mi nombre era Sparadokos, tenía el mismo nombre que el rey de Tracia, que había muerto hacía cuatro siglos.

 

¡Andame en mi pobre caballo! Por fin miré el pueblo. ¡Ah! Me resultó visible, una colina alta donde podía ver todo. Y sentí como alegría. Por fin, descansar, por fin. Diréis ¿Sparadokos descansando? Me lo merecía. El trayecto desde Bitinia había sido largo, tenía hasta ampollas en los pies, me dolían los músculos de las piernas, y el peso de la cota de malla me provocaba dolor de espalda.

-¡Pero cómo, dolor de espalda a ti, a Sparadokos? ¡Ja, ja!

-Ponedla vosotros y aguantadla, aunque sea una hora. Después me diréis.

 

Encima, el viento me azotaba las orejas. ¡Ay! Me maldije por no haberme comprado una gorra de piel en el asentamiento, porque había pasado hacía dos días. Siempre me las apañé. Con una funda de fieltro y en caso necesario un casco de bronce. ¡Oh, aclaro! Había que llevar también un casco de bronce todo el tiempo en vez del típico alope crestacio de piel de zorro, pero bueno, el tiempo era crudo, el clima era crudo y llevar una vestimenta liviana tal vez fuera más importante que ir preparado para la guerra. ¡Pero por todos los dioses, cuánto anhelaba dormir con la comodidad de un techo! ¡Por favor!, al resguardo del viento, al resguardo del frío, al resguardo de todo.

 

Y sí, se hizo largo el viaje desde el campamento romano. Me acuerdo que me habían eximido del servicio, un servicio que había durado seis semanas, y ya estaba llegando el invierno. Por favor. Tendría que haber tardado la mitad de ese tiempo. Pero claro, mi pobre caballo se había quedado cojo a los dos días de partir. Y no lo montaba, no, lo llevaba de las riendas. Sí, cargaba el escudo, el equipo, las alforjas, pero no a mí, por eso las ampollas.

A veces me ponía irracional, a cualquier otro caballo ya lo hubiera dado en sacrificio a los dioses hace tiempo. Tiraba de la cuerda que guiaba al semental blanco, le hablaba como si fuera una persona, "Me has servido bien en estos últimos años". ¡Ja, ja! El animal me relinchó. "No, no me quedan manzanas. Pronto te daré de comer, ya casi estamos en casa. ¿Te piensas que yo no tengo hambre?, ¿te piensas que solo tú? ¡Ay, ay, ay!, mi querido semental.

 

No lo podía creer, mi hogar, mi hogar. Solamente el pensar me parecía una ilusión. ¿Qué significaba hogar después de tanto tiempo? Ver a mi padre sería lo mejor de todo, aunque ya sería muy anciano, estuve ausente durante una buena parte de una década luchando para roma. Sí, me felicitaron, me eximieron del servicio. ¿Y qué más, qué más?

 

Roma era un poder que todos los tracios odiaban, aunque muchos le servían, de todas formas.

 

No soy hipócrita, ¿eh?, no soy hipócrita. No digan "Sparadokos es hipócrita". No, no, no, yo también tuve buenos motivos para servir, aprendí sus costumbres, aprendí a luchar como ellos por si algún día ¡Mmm...! Lo dejo así, pendiente.

 

Una de las cosas más difíciles era acatar las órdenes de esos mismos soldados contra los que había luchado, hombres que quizá hubieran matado al hermano con tal de conquistar su tierra.

Pero había valido la pena, estos hijos de perra me habían proporcionado una cantidad enorme de información. Instruí a los hombres sin compasión hasta que lucharon todos como una unidad, como un bloque. Pero lo vital era obedecer las órdenes. Incluso en la batalla no importa si estás herido: obedecer, obedecer, obedecer. Conseguir que los soldados estuvieran bien preparados, que estuvieran firmes aún en casos extremos. Disciplina y organización eran las dos palabras clave.

 

Pero no fue sólo el deseo de aprender sus costumbres las que me hicieron marchar de mi pueblo, tras la última derrota a manos de de las legiones mi tribu se quedó de lo más intimidada. ¡Ay, ay! Ya no existía la posibilidad de luchar contra nadie, ¡je, je, je! Y menos contra Roma.

 

Sí, me encanta la guerra. ¿Y qué, y qué? El derramamiento de sangre, matar... Pero no matar por matar, matar al que se oponía a mi libertad. El alistarme al ejército romano me brindó la oportunidad de participar en campañas, campañas que no hubiera ni siquiera imaginado.

 

 "Sí que eres hipócrita, Sparadokos, ¿cómo haces eso a pesar de todo lo que le han hecho a tu pueblo? ¿Te resulta placentero librar guerras junto a ellos? ¡Hipócrita!".

No, no soy hipócrita, no no no no no, yo sé porqué lo hice.

 

¡Ay! Pero ahora no doy más, estoy más que harto, harto. Quiero sentar cabeza, quisiera encontrar a una mujer, formar una familia. ¡Ja, ja, ja!

Ni yo me lo creo. En otro momento me habría burlado de tales ideas pero ahora me resultaban atrayentes. Durante mi servicio en las legiones había visto cosas capaces de dejar pálido al hombre más duro. ¿Pero qué pasó?, me acostumbré. No me adapté, me acostumbre, que es lo peor. Me acostumbré a esas cosas, al fragor de la batalla. Me había comportado igual que los romanos. Pero saquear pueblos, campos, aldeas indefensas y ver violar a mujeres y a cicerar a niños ya no. No no no no no no no. Mi corazón era duro, pero eso era...

 

Lo miré a mi caballo. Me voy a quedar tranquilo, me voy a conformar con planificar un ataque a Roma, ya tendré la oportunidad de ir a la guerra. Pero ahora necesito una buena mujer tracia que me dé un montón de hijos, que tenga buenas caderas.

¿Qué haces? El animal me mordisqueaba el codo. No tengo manzanas, no tengo, no tengo. Tengo cebada, ¿quieres cebada? Mueve el culo, no pienso parar para darte un morral tan cerca del pueblo. ¡Moviendo el culito!

 

Miré por encima, a mi izquierda, algo hizo caer un fragmento de roca. Maldición, me distraje pensando. Me pareció raro no haber encontrado a nadie por el camino de tierra, pero eso no significaba que fuera seguro.

 

Reconozco que los dioses me habían sonreído durante el viaje desde Bitinia, en aquella época la mayoría de los tracios evitaban el duro clima, se acercaba el invierno, ya lo dije. Entonces se dedicaban a lubricar y almacenar las armas para prepararse para la siguiente temporada de campaña. Para un viajero solitario como yo era la mejor época.

La verdad, tuve suerte de no haber encontrado bandidos, estos puñeteros suelen estar cerca de mi pueblo. Pero ahora no, ahora los presiento cerca.

¡Aaaaah! Fingí que estiraba los hombros, movía la cabeza en círculos, ¡ay, el cuello, el cuello! Pero no, no, no, mis ojos miraban.

 

Había tres hombres, cuatro. Me estaban observando escondidos entre las rocas.

Pero qué raro, estaban en Tracia, resultaba raro que fueran armados con jabalinas. Sí, yo veía.

Miré el casco de bronce que colgaba del cuarto costal de los traseros de mi semental. ¡Mmm! No, no lo cogí, no lo cogí. Había pocos pentaltas capaces de alcanzar a un hombre en la cabeza.

¡El escudo! El escudo sí, podía cogerlo mientras las primeras jabalinas surcaran el aire, por suerte tenía la cota de malla.

¡La lanza!... Pero no, no, estaba bien atada, no haría tiempo para desatarla. Pero en mi cinturón dorado tenía la tracia, la paratracia. Sí. Tenía colgada la sica.

 

¡Ay! ¿Por qué esos contratiempos llegando al pueblo?, por favor, ¿por qué?, ¿por qué? Espero que los bandidos no fueran tiradores expertos. ¡Ay, gran jinete, gran dios, protégeme con la espada a punto!

Y hablé en voz alta:

-¡Sé que estáis ahí, no hace falta que os escondáis!

-¡Jo, jo, jo! -Se oyó una risotada áspera. Uno de los bandidos se incorporó a unos treinta pasos de distancia. Ojos despiadados que me observaban, un rostro surcado por cicatrices, malévolo.

Abrió su capa de lana bordada y dejó entrever una túnica toda raída hasta la altura de los muslos. Llevaba una gorra de piel de zorro toda sucia, las piernas raquíticas y las botas altas. En la mano izquierda un pelte típico, que era un escudo en forma de media luna, y detrás, ¡je, je!, una jabalina. Y en la derecha otra lanza ligera lista para lanzar. No tenían armadura aparte de las jabalinas, nada más que un puñal en el cinturón. Bien. No creo que sus amigos vayan a mejorar más.

-Llevas un buen semental, lástima que esté cojo.

-Y sí -respondí-, si no estuviera cojo tú y tus compinches me habrían confundido con una nube de polvo.

-Pero lo está. Así que vas a pie y solo -dijo con desprecio el otro. -Lo miré, era mayor que el primero. Con el rostro arrugado, el pelo cano, la ropa igual de raída, pero su mirada transmitía un hambre voraz. Por pobre que fuera el escudo circular que llevaba era bueno y parecía haberle dado buen uso a la jabalina del puño derecho. Era el más peligroso, el líder.

Le dije:

-Supongo que queréis el semental.

-¡Ja, ja! -Se levantó el tercero, era más alto que los otros dos, las piernas y los brazos bien musculados y en vez de jabalina llevaba un pelte grande con un garrote de aspecto amenazador-. Lo queremos todo. El caballo, el equipo, las armas y dinero, si es que tienes.

Habló el cuarto:

-Incluso la comida, si tienes. -El cuarto era esquelético, mejillas hundidas, parecía enfermo. No llevaba escudo pero sí tres lanzas ligeras.

-Y si os doy todo eso, ¿me dejaréis seguir mi camino?

-Por supuesto -dijo el primero. Miré las burlas de sus compinches, no les creía nada.

-Quieto -le dije a mi semental mientras deslizaba la mano bajo el gran escudo circular y desabrochaba la correa que lo sujetaba. Una jabalina zumbó, ¡Ziuu! Otra hizo un arco más bajo, se clavó en la tierra entre los cascos del caballo-. Quieto, quieto, ya has pasado por esto. -El animal se quedó quieto.

-Pero Oegraus, ¡para, imbécil! -gritó el líder-, si hieres al animal te destripo yo mismo.

 

Bien, se acabaron las jabalinas, el semental es demasiado valioso para ellos.

Me coloqué de espaldas a mi montura, giré alzando el escudo, así tenía detrás al bandido delgaducho, pero no se arriesgaría a lanzar más lanzas.

 

Desenvainé la sica y sonreí:

-Bueno, tendréis que venir a luchar conmigo.

-De acuerdo -gritó el primero. Bajó la pendiente patinando, le siguieron los dos compinches. El delgaducho también bajaba. Eran cuatro contra mí.

Hablaron: -¿Preparados?

-Hijo de perra -rugió el líder-, ¿serás tan arrogante?

-¡Je, je! Yo no soy arrogante. Venid.

-Cuando te corte los huevos y te los meta en la garganta, ¿qué dirás?

-Por lo menos me los podrás encontrar. Dudo que alguno de tus compinches de mierda tenga.

 

El hombretón se retorció de furia. Gritando a todo pulmón me atacó con el pelte y el garrote preparado.

Di un par de pasos hacia adelante, me preparé colocando el pie izquierdo detrás del escudo, apreté la sica con más fuerza, "Tengo que ir más rápido, más rápido".

El matón era tan torpe como previsible. Acercó el escudo pero no pudo tocarme.

Yo acerqué el mío y le asesté un mal golpe en la cabeza. Me abalancé hacia atrás, aparté mi cabeza, alargué el brazo con la sica en mano y partí en dos el tendón de la corva izquierda del hombre: un grito perforó el aire y el bandido se cayó hecho un ovillo.

Quiso alzar el pelte pero se lo aparté de un golpe y le atravesé el cuello: Murió ahogándose en su propia sangre.

 

-¿Quién es el próximo? -El líder silbó una orden al delgaducho. Corretearon como cucarachas.

Dio un paso adelante, al cabo de un instante un grito ahogado: Otro cuerpo cayó al suelo.

-Si no me equivoco otro también va a decorar el camino con su cabeza partida en dos.

 

Quedaban dos bandidos.

El líder lo miró al otro:

-Ni se te ocurra, Oegraus, huir.

Pero a Oegraus también lo maté.

 

-¿Qué has hecho? Era el hijo de mi hermana. Voy a vengar su muerte.

-¡Je, je! -Dejé el cuello al descubierto.

El líder apretó la mandíbula:

-La verdad, me importa un cojón herir a tu animal.

-Pues ven. Ven, acércate. Acércate, ven. -Se acercó, pero ya con mucho cuidado, con muchísimo cuidado.

 

Combatimos. Un grito perforó el aire y el bandido cayó hecho un ovillo. Era otro que caía igual, pero no había muerto, no había muerto. Era fuerte, era fuerte.

Apretó la mandíbula, lanzó la lanza que le quedaba. Solamente alcé mi escudo y la frené. Con mi sica le abrí el estómago. Cayó. La sangre salió disparada por todas partes. Murió con rostro de asombro.

 

¡Ahhh! El que había caído antes se movía, no lo iba a dejar con vida.

Me dijo:

-Por favor, tengo esposa, una familia que alimentar.

-Lo hubieras pensado antes. -Le abrí a él también el vientre, le dejé las entrañas hechas trizas.

-Mátame, mátame, no me dejes así, ni siquiera Cotis le haría esto a un hombre.

-¡Ja, ja, Cotis! Ibas a cortarme los huevos y hacérmelos comer.

-¡Por favor!

-Bien. -Alcé la sica en alto.

-¿Quién eres? -acertó a susurrar.

-Un viajero cansado con un caballo cojo. -La hoja segó y los ojos del matón se cerraron.

 

Revisé su ropaje a ver qué llevaban. ¡Vaya, Sparadokos, tienes suerte! Cargué el poco dinero que tenían.

Cogí de las riendas mi semental cojo, y si no pasaba nada entremedio llegaría a mi pueblo por fin. Ahora no pensaba en una mujer tracia, pensaba en comer algo, en descansar, en descansar.