Índice

Psicoauditación - Raúl Iruti

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Sesión 01/07/2026 Ran II, Raúl Iruti

 


Sesión 01/07/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de quien fuera Raúl Iruti

El doctor genetista Raúl Iruti había logrado prolongar la vida física hasta tres generaciones, pero no sabía si el alma estaría de acuerdo. Ese mundo frío se olvidaba de la Humanidad.

 

 

El segundero digital de la pared no hace ruido, pero puedo sentir su pulso en la sien. Cuatro de la madrugada. Frente a mí, en la pantalla holográfica, la secuencia del genoma de un embrión modificado brilla con una simetría perfecta. No habrá distrofias musculares, no habrá propensión al cáncer, el sistema inmunológico será implacable. Es, bajo cualquier estándar científico, una obra de arte. La culminación de mi teoría sobre la evolución dirigida.

 

Y, sin embargo, siento el mismo vacío de todas las noches. Un agujero negro justo detrás del esternón que ninguna ecuación logra llenar.

 

Ayer salí del complejo médico a última hora. Caminé por las calles de esta ciudad sin nombre, observando a los transeúntes. Hombres y mujeres biológicamente perfectos, con pieles tersas y posturas impecables gracias a nuestras terapias de optimización. Pero sus ojos... sus ojos contaban otra historia. Vi a una mujer joven, cuyos telómeros habían sido extendidos para asegurar años de juventud, sollozando en un banco mientras deslizaba el dedo compulsivamente por una pantalla, atrapada en el bucle infinito de una aprobación virtual que jamás sería suficiente. Vi a un hombre con una capacidad cognitiva mejorada artificialmente, comprando dosis masivas de ansiolíticos sintéticos en una farmacia automatizada.

 

 

Mis colegas los llaman "viciosos". Odio esa palabra. El "vicio" es un concepto arcaico, un juicio moralista que pretende resolver con culpa lo que no se entiende con empatía. No son viciosos. Son adictos. Son náufragos biológicos que utilizan estímulos externos para anestesiar una existencia que carece de sentido. Hemos perfeccionado el contenedor, pero olvidamos el contenido.

 

Por eso, en secreto, he empezado a llenar mi escritorio de textos prohibidos para el pragmatismo científico de esta era. Libros de filosofía, tratados de psicología existencial, las bases del Humanismo. Mis pares creen que la solución a la infelicidad humana es otra secuencia de aminoácidos, otra molécula que regule la serotonina. Se equivocan.

 

La genética puede darnos la supuesta inmortalidad, pero sólo la comprensión de nuestra propia conciencia puede darnos una razón para vivirla.

 

Apago la pantalla. El laboratorio se queda a oscuras. Mañana debo presentar los avances del proyecto al consejo, pero mi mente ya no está en el ADN. Está en el abismo que hay entre lo que somos capaces de hacer y lo que realmente somos.

 

El trayecto hasta la sala del consejo fue un ejercicio de contención. Mientras el ascensor de levitación magnética subía en un silencio absoluto, me miré en el reflejo de la pared cromada. Llevaba el uniforme clínico impecable, el identificador biométrico parpadeando en mi solapa. Parecía un hombre del futuro, pero por dentro me sentía tan antiguo como un filósofo presocrático, cargando con preguntas que la tecnología de este edificio consideraba obsoletas.

 

Las puertas se abrieron y entré al anfiteatro. El Consejo Científico estaba compuesto por doce mentes brillantes, hombres y mujeres que veían el cuerpo humano como un software que requería actualizaciones constantes. En el centro de la sala, la luz ambiental se atenuó para dar paso al proyector holográfico.

 

-Doctor Iruti -saludó la directora ejecutiva, la doctora Vance, con una sonrisa tan simétrica que sólo podía ser el resultado de una intervención maxilofacial perfecta-, el escenario es suyo. Esperamos ver los resultados de la Fase 4 de la línea evolutiva dirigida.

 

Respiré hondo. Activé la interfaz táctil de mi muñeca y la réplica tridimensional del genoma que había estado analizando a las cuatro de la mañana flotó en el aire, inundando la sala de una luz azulada.

 

-Señores miembros del consejo -comencé, forzando a mi voz a mantener el tono técnico e impersonal que esperaban-, la Fase 4 está completa. Hemos logrado estabilizar los marcadores de resistencia celular. En los modelos simulados, la vulnerabilidad a patógenos externos se reduce a cero. La degeneración cognitiva por envejecimiento ha sido retrasada, por lo que bajo la antigua escala, equivaldría a tres generaciones. Hemos creado una biología que no sólo sobrevive, sino que prevalece.

 

Murmullos de aprobación recorrieron la sala. Vi a varios de ellos tomar notas en sus tabletas ópticas.

 

Hice una pausa calculada, dejando que el peso de mis palabras flotara en el aire esterilizado de la sala de juntas. Los rostros reflejados en la pantalla holográfica, rostros cansados, ocultos tras sólo el ejecutor de su ambición, la mano que sostenía el bisturí molecular. Pero para mí, este momento representaba la culminación de una vida de encierro, de noches en vela bajo la luz azul del laboratorio, desafiando las leyes de la entropía misma.

 

-Los datos que tienen en sus terminales -continué, activando el protocolo de transferencia con un leve gesto de la mano- detallan el comportamiento del genoma sintético en la última cohorte. No hay rechazo. No hay mutaciones imprevistas. Lo que antes considerábamos milagros de la evolución, hoy lo entregamos empaquetado en una secuencia de nucleótidos diseñada a medida.

 

Un murmullo casi imperceptible recorrió la mesa. Sabían perfectamente lo que esto significaba. No estábamos discutiendo una cura o un tratamiento médico; estábamos asistiendo al nacimiento de un nuevo eslabón, uno que no le debía nada a la naturaleza y todo a nuestro laboratorio.

 

-El espécimen Alfa -añadí, bajando ligeramente la octava de mi voz, permitiendo que un destello de orgullo humano filtrara a través de mi coraza profesional- ha superado las pruebas de estrés ambiental más severas. Señores, el puente entre lo que somos y lo que decidamos ser está construido. La pregunta ya no es si la tecnología está lista... sino si ustedes lo están para gestionar lo que viene a continuación.

 

El silencio que siguió a mi última frase fue denso, casi sólido. Observé al Consejero Principal, cuyas manos entrelazadas sobre la superficie pulida de la mesa delataban la tensión que su rostro pretendía ocultar. Sabía que detrás de sus ojos calculadores no había asombro científico, sino un frío análisis de costo, beneficio y, sobre todo, control.

 

-Su informe es impecable, doctor Iruti -declaró finalmente, y su voz resonó con un eco metálico en la sala-, pero la estabilidad biológica es sólo una variable en nuestra ecuación. Una biología que prevalece, como usted la llama, es también una biología que puede volverse impredecible si los mecanismos de contingencia fallan. ¿Qué nos garantiza que la autonomía cognitiva del espécimen Alfa no superará los límites de la obediencia programada?

 

Sentí un frío familiar recorrer mi nuca, pero no permití que mi postura flaqueara. Había anticipado esa pregunta; era el eterno temor de los creadores ante su propia obra.

 

-La obediencia, Consejero, es un concepto antropomórfico -respondí, apoyando las manos en el borde de la mesa y sosteniéndole la mirada-, lo que hemos implantado en el código de Alfa no es un interruptor de sumisión, sino un vector de optimización simbiótica. El espécimen no busca la rebelión porque su estructura molecular entiende que su propia supervivencia está ligada al entorno predictivo que este Consejo le proporciona. Hemos sustituido el libre albedrío caótico por una lógica de eficiencia absoluta.

 

Caminé unos pasos hacia el centro de la sala, donde la proyección holográfica de la cadena de ADN de la Fase 4 giraba lentamente, tiñendo nuestras caras de destellos azulados.

 

-Sin embargo -añadí, bajando el tono de voz para obligarlos a inclinarse hacia adelante-, si el Consejo requiere una salvaguarda absoluta, la Fase 4 incluye un protocolo latente. Un marcador epigenético que sólo se activa bajo una frecuencia bioquímica específica que nosotros controlamos. Si Alfa o su descendencia intentan operar fuera de los parámetros asignados, el sistema inmunológico sintetizado revertirá su función, iniciando una apoptosis celular acelerada. En menos de setenta y dos horas, la biología perfecta volverá a ser polvo.

 

Un asentimiento general recorrió el arco de los presentes. La palabra "control" había vuelto a equilibrar la balanza. Había salvado el proyecto, pero al mirar los gráficos helicoidales que flotaban en el aire, no pude evitar preguntarme si al diseñar la jaula perfecta para mi propia creación, no nos habíamos encerrado a nosotros mismos dentro de ella.

 

 

El Consejero Principal dio un par de golpecitos en su terminal, dando por cerrada la sesión. Las luces holográficas se apagaron de golpe, devolviendo a la sala su grisácea y estéril realidad. Uno a uno, los miembros del Consejo se pusieron de pie, dedicándome sutiles gestos de aprobación antes de retirarse. Había ganado. Era el triunfo absoluto de mi carrera; me había consolidado, sin lugar a dudas, como el genetista número uno del planeta.

 

Sin embargo, mientras el eco de sus pasos se desvanecía en los pasillos de alta seguridad, me quedé inmóvil frente a la mesa vacía. Esperaba sentir la adrenalina del éxito, el orgullo del creador que ha desafiado los límites de la evolución. Pero no hubo nada. Sólo un silencio sepulcral y una opresión en el pecho. La misma opresión que sentía todas las noches

 

Me sentía completamente vacío por dentro.

 

Apoyé las manos en la mesa y agaché la cabeza, respirando el aire filtrado artificialmente. Había pasado décadas manipulando nucleótidos, reescribiendo el código de la vida en láminas de silicio y probetas, buscando la perfección molecular. Y allí estaba: la Fase 4 era perfecta. Pero en el proceso de extirpar las debilidades humanas, de diseñar un marcador epigenético capaz de pulverizar mi propia obra en setenta y dos horas por puro afán de control, sentí que habíamos extirpado algo más. Habíamos erradicado el alma de la ecuación.

 

Mi fascinación por la genética seguía intacta; la complejidad del mapa biológico me parecía la obra de arte más sublime del universo. El problema no era la ciencia, el problema era el propósito. ¿De qué servía diseñar una biología que prevalece, si sólo iba a ser utilizada como un activo estratégico por un puñado de burócratas obsesionados con el poder? Había ayudado a crear el futuro, pero un futuro frío, numerado y desprovisto de empatía.

 

Fue en ese instante de absoluta lucidez cuando la idea comenzó a germinar en mí. No quería pasar el resto de mis días encerrado en este laboratorio de cristal, rindiendo cuentas a un Consejo que temía a la vida tanto como deseaba controlarla. Quería volcarme al Humanismo. Quería bajar de mi torre de marfil y regresar a la raíz: a la gente común, a sus miedos reales, a sus mentes complejas y a menudo rotas por el peso de un mundo hipertecnológico.

Por eso la biblioteca de mi despacho estaba lleno de tratados de psicología existencial que, como había expresado antes, eran las bases del Humanismo.

 

Pensé en la posibilidad de ayudar a los demás de una forma mucho más personal, cara a cara, sin la mediación de un microscopio. Entender la psique humana, no para programarla o limitarla como hacíamos con el espécimen Alfa, sino para integrarla, para sanar sus heridas desde la comprensión y la palabra.

 

Me quité la credencial de acceso biométrico del cuello y la contemplé por unos segundos. Ser el número uno ya no significaba nada si el precio era la propia deshumanización. Guardé la tarjeta en el bolsillo, me acomodé el abrigo y caminé hacia la salida. Por primera vez en años, no me dirigía al laboratorio de aislamiento. Me dirigía hacia afuera, al encuentro de los seres humanos reales.

Atendería gente en consulta e hice correr la voz entre mis amistades cercanas.

 

Un mes después, desmoralizado por la deshumanización, le propuse a mi amigo y compañero de Facultad, Alexis Anasio, si quería trabajar conmigo. Me sentía feliz cuando aceptó.

Luego me dijo:

-Sé que te interesa el Humanismo y piensas tener un despacho para consultas personales.

 

-¿Qué opinas tú, Alexis?

 

-Me parece bien, nuestra sociedad tiene mitos y creencias. Es más, creemos en una Entidad superior intangible, pero eso no nos quita lucidez ni pragmatismo.

 

 La confesión de Alexis me dejó helado, no tanto por lo que decía, sino por la serenidad con la que lo expresaba. Mientras yo me hundía en el fango de la culpa, sintiendo que cada genoma que secuenciábamos nos arrancaba un fragmento de alma, él permanecía inmutable, como un cirujano que opera sin pestañear.

Justamente yo me había divorciado por no ser pragmático.

 

-Lucidez y pragmatismo... -repetí, saboreando el amargor de sus palabras- Qué nombres tan elegantes para camuflar la falta de escrúpulos de la humanidad, Alexis.

 

Él sonrió de medio lado, una mueca desprovista de burla, pero cargada de una madurez implacable. Se acomodó en el asiento y se apoyó contra la mesa del despacho, donde las pantallas aún parpadeaban mostrando los mapas cromosómicos de nuestro último "proyecto".

 

-No me malinterpretes, Raúl -continuó, bajando la voz-. No disfruto de la deshumanización. Pero entiendo las reglas del juego. Esa "Entidad Superior" en la que creemos nos dio la mente para descifrar el código de la vida. ¿Por qué habríamos de retroceder ahora que tenemos la llave? Si no somos nosotros los que moldeamos el futuro de la especie, lo hará alguien más. Y te aseguro que ese "alguien" no tendrá la delicadeza de dudar, como lo haces tú.

 

Miré mis propias manos, temblorosas. En las placas de Petri que nos rodeaban no sólo había cadenas de ADN; estaba el diseño de una humanidad calculada, predecible, despojada de sus imperfecciones biológicas y, por ende, de su magia caótica. Alexis me estaba ofreciendo un salvavidas de fría lógica. Ser socios significaba aceptar que el mito y la ciencia podían coexistir, sí, pero a costa de silenciar los gritos de mi conciencia.

 

-Tu pragmatismo me asusta, Alexis -dije al fin, enderezando la espalda- Pero tu lucidez es lo único que nos mantiene a flote en este océano de ambición.

-Esa lucidez evitó que siguiera con un matrimonio sin propósito de vida, Raúl.

Alexis hizo una pausa y dijo:

-Acepto. Seremos socios. Pero te prometo una cosa: el día que esa Entidad Superior nos pida cuentas por lo que estamos haciendo aquí dentro, tú serás el encargado de dar las explicaciones.

-No tengas dudas -sonreí.

Alexis extendió su mano, firme.

-Trato hecho, Raúl. Empecemos a trabajar.