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Psicoauditación - Sergio

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión del 14/03/2021 Aldebarán IV, Aksel

Sesión del 15/03/2021 Aldebarán IV, Aksel

Sesión del 11/05/2021 Aldebarán IV, Aksel

Sesión del 07/06/2021 Aldebarán IV, Aksel

Sesión del 26/06/2021 (1) Gaela, Luís Alberto

Sesión del 26/06/2021 (2) Gaela, Luís Alberto

Sesión del 01/07/2021 Gaela, Luís Alberto

 


Sesión del 14/03/2021

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Sergio

De viaje coincidió con un amigo y se acercaron al castillo-fortaleza de la regente Núria. Ésta les comentó que podía sufrir ataques, por eso tanto armamento. Y que había enviado informantes a los pueblos.

Sesión en MP3 (2.673 KB)

 

Entidad: Venía prácticamente al paso, no quería agotar a mi hoyuman. Estos días me vinieron bien, pues había despejado mi mente, en ningún momento estuve de ocio.

 

Conocí a un joven llamado Pilgrim en el poblado Lateca, un joven del que se burlaban, que su propio padre le había maltratado, que el pueblo mismo lo maltrata, le decían burlonamente Pigüí, como si fuera un niñito, y le enseñé el arte de la espada. Obviamente que en tan poco tiempo no se pueden hacer milagros pero aprendió bastante bien.

Antes de irme le advertí que no se le suban los humos, esto es, el hecho de que sepa espadear no significa que pueda atreverse a cualquiera, tiene que ser cauto y seguir practicando a solas. Le expliqué cómo.

Le expliqué también el arte de la lucha, el arte de los puños dentro del poco tiempo que estuve, pero aprendió bastante y me sentía satisfecho.

Por eso digo, no estuve de ocio. Pero me sentía renovado y volvía con más energías.

 

Otro camino se unía al camino que yo iba y otro jinete se acercaba. A lo lejos no lo reconocí, ya estando más cerca sonreí: su vestimenta, su gorro con una pluma.

-¡Je, je, je, Figaret, pero esto es una causalidad que tú también vuelvas! Cuéntame en qué has estado, yo te contaré en qué he estado yo.

-Cuéntame tú -me dijo Figaret.

 

Le conté de Pilgrim, del poblado Lateca. Él me contó que una mujer casada se quería enredar con él.

-¡Pero es increíble! -le digo-, a todos lados que vas...

-No no no no, esta vez me negué.

Me acerqué mi hoyuman al suyo y le toqué la frente. Digo:

-Puede ser que tengas fiebre, que te haya agarrado algún mal. ¿Te has negado?

-No. Pero no sabes, Aksel, no sabes. Era una persona manipuladora, hacía rol de víctima. Es cierto que tenía un esposo que jugaba y bebía, pero supe que se enredó con varios varones y que los ponía en problemas porque algunos eran casados. Era ella la que sembraba discordia. Hubo gente en el poblado que se separó por culpa de ella. Y cuando la despreciaban hacía rol de inquisidora, se enojaba, despreciaba. Decía: "Me han usado". Y esta vez no, no quise meterme en problemas.

-Bueno, ¡je, je!, has usado el sentido común.

-Siempre lo uso, Aksel. Pareciera que no porque a veces es como que imposto un rol, pero soy más pillo de lo que parece. Pero pillo en otro sentido, no pillo de engatusar a la gente sino pillo de que la gente no me engatuse a mí.

-Se entiende.

-O sea, ¿vuelves al igual que yo al poblado central y nos vamos para el castillo del rey Anán?

-Sí, a ver cómo están las cosas. Espero que ya hayan enterrado los cadáveres en el campo de batalla, fue algo muy duro, muy muy duro.

 

En ese momento pasamos por la fortificación que había pertenecido a la princesa y luego reina Samia, de la que se había apoderado el regente Sigmur. Ambos nos asombramos, había cientos de soldados en las murallas, murallas más altas, muy fortificadas. Se acercó una tropa hacia nosotros, nos detuvieron en el camino.

Hablé yo. Le digo:

-Estamos de paso, vamos al castillo del rey Anán. ¿Quién está al mando aquí?

-La regente Núria.

-Disculpa -El soldado me miró-, ¿estamos hablando de la dama Núria, la que había sido esposa del guerrero Ligor?

-La misma.

-¿Podrá recibirnos -Lo miré a Figaret y asintió con la cabeza-, a los dos?

-Seguidme.

 

Nos asombramos, porque había fortalecido las paredes, la empalizada por llamarla de alguna manera, en realidad era una tremenda muralla de ladrillo pero gruesísima, con torres que protegían de cualquier tipo flecha, y adentro una enorme enorme feria feudal con mucho movimiento, muy próspera.

Le dije a Figaret:

-¡Pero es una maravilla esto, un progreso tremendo!

 

-Atravesamos la feria feudal, pasamos otra muralla interna y llegamos al patio de armas, había cientos de soldados practicando con espada, con lanza, otros más atrás con flechas, disparando a diversos blancos.

Yo le decía a Figaret:

-¿Pero se está preparando para alguna batalla o qué? -Pasamos una tercera muralla y llegamos a la parte central del castillo.

La propia Núria nos recibió:

-Aksel, Figaret, ¿qué hacéis por acá?

-Apreciada Núria, ¿podemos desmontar?

-Por supuesto. -Le ordenó a los soldados-: Llevad a la caballeriza a los hoyuman, cepíllenlos, aliméntelos y denles de beber. -Los soldados le hicieron una especie de venia y se marcharon con los hoyumans-. Venid, imagino que tendréis hambre. ¿Habéis estado en algún otro poblado?

-Sí, pero no juntos, cada uno se tomó un descanso luego de la batalla. Disculpa que sea entrometido -dije-, ¿pero qué haces tú aquí?

-Soy la regente.

-¿Pero quién te ha nombrado?, ¿como... -me interrumpió con la mano:

-Te digo lo mismo que le digo a muchos, Aksel, estuve mucho tiempo como dama de compañía de la princesa Samia. Nunca tuvo piedad de mí. Debo reconocer que jamás me trató mal y que si bien era una costumbre que yo debía respetar mi juramento de seguir siendo una doncella virgen, tuve que esperar hasta que ella se muriera para unirme con Ligor, el tiempo que disfruté de matrimonio fue poco. Teníamos un castillo pequeñito, hasta que llegó un comisionista con una pancarta diciendo de que ese tal Andahazi iba a organizar una reunión con distintos reyes; quería apoderarse de la región. Y bueno, pasó lo que pasó. Luego mi exmarido se empecinó con cazar a Randora y hubo una sucesión de acontecimientos y terminamos divorciándonos. Ligor le echó la culpa a Donk, Donk no tuvo nada que ver en todo esto.

-Claro -dije-, pero no me has explicado de por qué eres regente de este castillo transformado en fortaleza. Sé que Sigmur la fortaleció pero ahora está el doble de fortalecida, y encima los soldados.

-Ten en cuenta todo el tiempo que viví aquí con la princesa Samia y luego reina, y sabía todos los escondites entre las paredes, sótanos, corredores, que se entra por lugares inesperados, y había como cien escondites con bolsas de metales dorados, cobreados, plateados y todavía los sigue habiendo. Y soy la única que los conoce y por eso puedo pagar a los soldados. Pero ahora no preciso gastar más porque la feria feudal me produce mucho, es una feria feudal de las más grandes que conozco y el impuesto que cobro es tan pequeño tan pequeño que todos prosperan y con ese impuesto le puedo pagar a los soldados. O sea, que todos viven bien. -Miré para un costado y vi catapultas, pero después vi unas catapultas extrañas, con unas flechas de varias líneas de altura que apuntaban hacia arriba.

-Perdón, pero estas flechas son para derribar dracons. -Se encogió de hombros.

-Una nunca sabe, uno nunca sabe lo que podría venir.

-¿Por qué habría de atacarte?

-Ya sabes cómo es la gente, Aksel.

-Sí, pero insisto: ¿Por qué habría de atacarte? ¿Algo nuevo? -pregunté.

-Sí. Envié a mi dama de compañía, Soledad, a la que obviamente no trato como Samia me trató a mí, no le hice prestar ningún juramento, le pago bien, y prácticamente más que una dama de compañía es una amiga. Y ahora se fue con la elfo Elefa a distintos poblados.

-¿Para?

-A ver si alguno desea organizar una sedición o una invasión a mi territorio.

-Con todo respeto, ¿me permites hablar?

-Habla.

-Mira, te tengo un enorme afecto, el mismo afecto que le tengo al guerrero Ligor, el mismo afecto que le tengo a todos, pero me parece que lo tuyo ya entra en el terreno de la imaginación.

-¿Estás queriendo decir como que estoy perdiendo la razón?

-No no no, pero tampoco es cuestión de imaginarse enemigos por todas partes. Que envíes a gente a investigar y aparte, solamente, a dos mujeres está bien, Elefa se sabe defender, ¿pero esta dama de compañía tuya sabe manejar la espada?

-Sí. Le dije a Edmundo también si quería ir, pero tuvo una especie de intercambio de palabras con Soledad y se volvió al castillo de Anán. -Figaret preguntó:

-¿Qué pasó?

-Aparentemente no se llevan bien tu protegido Edmundo con...

-No es mi protegido, es un gran amigo -aclaró Figaret.

-Bueno, lo que fuera, pero se ofende por cualquier cosa. Y mi dama de compañía no tiene paciencia con la gente que es así. -Figaret iba a seguir hablando para defender a Edmundo y le hice una seña, que se calle.

-Buen, pero me alegro que esté todo bien. ¿Tú estás bien?

-Estoy bien -dijo Núria-, estoy bien. Pero estoy convencida de que pronto va haber ataques a mi persona. Por eso los soldados entrenan todo el tiempo, por turnos y estamos construyendo más catapultas.

-¡Pero es demasiado! Al fin y al cabo va... Veo que en la parte de atrás estáis agrandando la fortaleza, va a ser más grande que la fortaleza de Andahazi, donde ahora están entrenando los jóvenes mentos que la transformaron en academia. Reitero, y tengo que ser cuidadoso para no incomodarte, apreciada Núria, me parece demasiado.

-Nada es demasiado.

 

Un vigía en la torre alertó.

-Subid conmigo. -Subimos a una de las torres. Nunca había visto una torre tan alta, el doble prácticamente de alto que cualquiera de las torres del castillo de Anán. Y se veían dos jinetes, los dos vestidos con ropa de cuero. A uno lo reconocí, con ese cabello rubio. ¡Pero no estaban montando hoyumans, los dos estaban montando dos coreones!

-¡Es Aranet! -le dije a Núria.

Sonrió y bajamos.

-Abran los portones.

 

Me sorprendí enormemente. El otro bagueón era más pequeño, aparentemente era un cachorro, y lo montaba nada menos que la dama Mina Valey.

Desmontaron y me abracé con Aranet.

-¿Cómo has hecho para que tu esposa monte un bagueón?

-¿Has visto? -Se abrazó con Figaret-, esa es mi esposa, no tiene miedo a nada.

-¿Y ese cachorro?

-Es hijo de mi bagueón.

-¿Cómo se llama?

-Coreón junior.

-¡Ja, ja, ja! ¡Qué original que eres, Aranet, eres tremendo! ¡Qué original que eres! ¡Je, je, je!

 

La saludé cortésmente a la dama Marya, lo mismo Figaret. Y la dama Marya se abrazó con Núria.

Le dije a Marya:

-La felicito. Nunca me lo hubiera imaginado, siempre la vi de vestido elegante y ahora de ropa de cuero, botas, montando un bagueón. ¡Je, je, je!

 


Sesión del 15/03/2021

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Sergio

Tuvo la triste oportunidad de ver un enfrentamiento entre dos grandes guerreros amigos. Todos intentamos evitarlo pero la regente nos frenó, permitiendo que se midieran.

Sesión en MP3 (2.666 KB)

 

Entidad: Estábamos sorprendidos con Figaret de ver la enorme fortaleza que había edificado la dama Núria pagando a los soldados.

Le preguntamos:

-¿De dónde has sacado tantos hombres, si muchísimos que estaban con el regente Sigmur han muerto en batalla?

 

Me dijo que habían contratado soldados de los alrededores y muchos que eran directamente mercenarios y fueron entrenados como soldados. Se les dio uniformes, se les dio un lugar donde vivir porque el patio de armas era inmenso, había infinidad de habitaciones. Es más, podían tener pareja, casarse, no había ningún tipo de prohibición, entonces los soldados estaban felices.

 

Y cuál fue la sorpresa cuando vimos llegar en un bageón a Aranet y en otro bageón más pequeño a su esposa, a la dama Mina. Conversamos todos en el comedor.

Aranet no era tan respetuoso como yo, directamente hablaba sin frenos en la boca:

-Núria, me parece que es muy exagerado lo tuyo, de verdad que pareces una mujer paranoica. -Núria se puso seria.

-Te tengo mucha confianza, pero no cualquiera me habla como tú me hablas.

-¡Oh! Déjate de tonterías Núria, me parece como que te trabaja demasiado la cabeza pensando que todo el mundo te va a invadir. Vive tranquila, vive feliz, no es ninguna molestia que mantengas ahora a los soldados con el producto del impuesto de la feria feudal. Yo presentía que la reina Samia había guardado metales escondidos y yo sabía que tú los ibas a encontrar, pero construir tanto armamento y esas flechas antidracons, me parece demasiado. Los dracons están lejos de aquí y no cualquiera los maneja, no cualquiera los puede montar.

-Es que justamente quien los puede montar, en este momento es mi enemigo. -Aranet la miró.

-Núria, ¡no es tú enemigo! Han tenido un intercambio de opiniones, pero gracias a Ezeven y gracias a Ligor es que tú puedes estar aquí. Sigmur nos hubiera vencido.

-Está bien, pero no nos venció. Y no es gracias a Ligor es gracias a Ezeven.

 

Y como quien dice, hablando de una persona, esa persona termina apareciendo.

Varios vigías en las torres gritaron, subimos los escalones de dos en dos, de tres en tres y a lo lejos se veía un dracon montado por un jinete.

-¡Es Ligor! ¡Preparad las flechas!

-¡Espera, espera, espera! -dijo Aranet-, nadie te va a atacar, no le vayas a matar tu dracon, no te va a atacar. -Y era cierto, el jinete dio una vuelta e hizo bajar al dracon fuera de la fortaleza, cerca del bosque. Se acercó caminando. Nosotros nos acercamos.

-¿Habrá alguna cabra que no estéis usando para darle de comida a mi dracon?

-Aranet le dijo:

-¿Qué haces por aquí?

-Venía para el castillo de Anán a despedirme del todo, me voy a quedar en la zona de los dracons y voy a recorrer un poco de la zona de Umbro que no conozco. Me voy a ir más allá de la zona oriental, pero en hoyuman.

Se acercó Núria:

-¿Qué haces tú aquí?

-¡Qué haces tú, aquí!

-Soy la regente.

-¡Je, je, je! ¿Regente de qué?

-Regente de esta fortaleza.

-Disculpa -le dijo Ligor-, Ezeven y yo fuimos prácticamente los que vencimos a Sigmur, o sea, ésta fortaleza hipotéticamente pertenece al reino de Anán, y él sabrá como disponerla. -Núria lo miró desafiante.

-Parece que estás atrasado de noticias: El rey Anán no dijo nada y yo me lo merezco por haber estado aquí tanto tiempo prácticamente prisionera de Samia. Y ahora este es mi castillo, es mi fortaleza, y tengo más hombres de los que tenía Sigmur.

-¿Quién te ha dado la autoridad? -dijo Aranet despectivamente-. ¿Quién eres tú?, ni siquiera eres guerrera.

-No, pero justamente soy más inteligente que tú y la mayoría, y le pago a los guerreros para que peleen por mí. -Ligor la miró despectivamente.

-¡Vaya como te has agrandado!

-Sí que me he agrandado, fíjate en todo lo que me rodea.

-No, me refiero a tu ego agrandado, eras una pobre mujer humilde que mendigabas amor. Y escogiste al mejor, a mí, y encima te diste el gusto de cambiarme por Donk, por un fracasado. Y ahora para compensar esa baja estima que tienes, porque es lo que tienes, una tremenda baja estima, te rodeas de todo esto. Sigues siendo una pobre infeliz.

-¡Epa!, espera, espera -salté yo-, espera, no le hables así, no le faltes al respeto.

-Tú no te metas, tú no te metas.

-Me estoy metiendo porque le estás faltando el respeto a una dama.

-Aksel, eres muy bueno con la espada, pero yo soy Ligor, en cinco minutos puedo acabar contigo. Así que más vale que cierres la boca.

-¿Por qué no llevas a la acción lo que dices? -Y saqué mi espada. Ligor sacó la suya.

En el medio se metió Aranet:

-No -Me empujó hacia atrás-, eso no es un tema tuyo -me dijo-. Yo sostengo lo mismo, pídele disculpas a Núria -dijo Aranet.

Mina se metió y le dijo:

-Querido, no es para pelear, ya está.

-No, Mina. ¿Te acuerdas cuando casi pierdo la vida porque te habían secuestrado?, no soporto ver que traten mal a una mujer. Y yo creo que Ligor se ha ido de la lengua. Y yo creo que tú, Ligor, ya van varias veces que indirectamente me has desafiado, es hora que veamos quien de los dos es mejor. -Aranet sacó su espada brillante pero negra, hecha con la piedra del cielo por el herrero Raúl-. ¿Quieres intercambiar espadas conmigo?

-No, y no me interesa a primera sangre, voy a acabar contigo.

Se metió Núria por un lado y se metió Mina por el otro:

-No seáis tontos, parecéis chiquilines. -Pero Ligor hizo un gesto y ese gesto fue lo que decidió el combate. La empujó a Núria y Núria cayó sentada. Los soldados se quisieron meter con sus lanzas para atravesar a Ligor.

Núria dijo:

-No, no, dejad que pelen.

La sujeté a Mina. -Disculpa que te sujete, pero Aranet de todas maneras no te va a hacer caso.

 

Armaron un círculo y comenzó el combate entre Ligor y Aranet, un combate que presentía que alguna vez tenía que suceder.

La rapidez de ambos era inverosímil, y debo ser honesto, yo me considero muy bueno, me considero excelente con la espada, pero estos dos hombres tenían una velocidad, un reflejo pero tan grande tan grande... No tenía dudas de que - con todo respeto por el veterano Geralt-, pero tanto Ligor como Aranet lo podían vencer.

Estuvieron un tiempo intercambiando, Ligor alcanzó a tocar a Aranet en un hombro, Aranet a su vez lo tocó en un costado del dorso, al costado del pecho. Tuvieron dos, tres heridas hasta que finalmente Aranet le hundió un décimo de línea en el costado derecho: Ligor cayó de rodillas. En ese momento apareció una figura, Ezeven.

Ligor estaba desencajado:

-¿Te piensas que me has vencido? Puedo seguir. -Se levantó, hizo un par de movimientos y Aranet lo volvió a herir a un costado.

-No eres rival para mí, si hasta Elefa te venció.

 

En ese momento soltó el arma y lanzó una descarga de rayos que no llegó al cuerpo de Aranet porque Ezeven se puso en el medio, se blindó en los rayos, no le llegaron.

En ese momento Núria tocó la cabeza de Ligor, que estaba arrodillado, y le lanzó una descarga desmayándolo. Pero independiente de eso Aranet lo había vencido a Ligor.

Enfundó su espada, se abrazó con Mina y le dijo:

-Discúlpame, no soy de perder el control pero no quiero que insulten a una mujer.

Mina se acercó y nos dijo a los dos:

-Gracias. Porque tú también, Aksel, te hubieras jugado la vida por mí.

Suspiré y le dije:

-De todas maneras le agradezco a Aranet. A mí seguramente me hubiera vencido Ligor, y sin utilizar su descarga eléctrica.

Lo miré a Ezeven.

-¿Cómo es que estás por aquí?

-Iba a salir junto con la dama Marya y con..., con la dama Mina, perdón, y con Aranet. Y salí quince minutos después y veo que llegué justo porque lo que estaba haciendo Ligor era malas artes, como no podía vencerlo con la espada quiso darle una descarga eléctrica. Y yo sé blindarme. Si pude resistir el fuego de la niña Ciruela no tengo ningún problema en resistir una descarga eléctrica que a su vez yo también sé dar. Gracias a eso le pude salvar la vida al joven príncipe Gualterio junior.

 

Ligor se recuperó, nos miró a todos. Vio que estaba vendado. La miró con rencor a Núria, me miró a mí y lo miró a Aranet:

-No los veré más, olvidaros de mí. Yo me olvidaré de vosotros, buscaré nuevas aventuras. Os agradezco que le habéis dado de comer a mi dracon. Y no tengas temor, mujer, que no volveré por aquí.

Núria le respondió:

-No tengo temor si te fijas todas las espadas que tenemos, e incluso fíjate las enormes flechas por si nos atacan con dracons. No tengo miedo de ti, no tengo miedo de nadie.

Ligor se encogió de hombros, lo miró a Aranet.

-Has tenido suerte, he peleado enfurecido no con la mente clarificada, y eso fue un punto en contra mía -Aranet no respondió, sólo se encogió de hombros.

 

Le permitieron cargar su cantimplora, le permitieron llevarse comida en una alforja.

Abrieron los portones, lo vieron montar su dracon y levantar vuelo. No miró para atrás. De parte nuestra seguramente no lo veríamos más.

 

La miré a Núria y le dije:

-Deseo que le vaya bien. ¿Y tú?

Núria me dijo:

-A mí me da lo mismo.

 

Mina se abrazó a Aranet:

-Volvamos.

-No, vamos a comer algo. ¿Hay problema, Núria, que puedan comer los bagueones?

-Sí, tenemos corderos asados. ¿O solamente comen carne cruda?

-No, estos bichos comen de todo. -Los pusieron en un patio trasero para que nadie los moleste y los alimentaron. Y había un enorme recipiente de dos líneas de largo con agua-. Después de comer volveremos al castillo de Anán. -Aranet nos miró a nosotros, a mí y a Figaret.

Yo le dije:

-Nosotros iremos también para allí. -La miré a Nuria.

-¿No tienes problema que vengamos a verte seguido?

-Al contrario, sois buena compañía.

-Gracias.

 

Aranet se despidió. Y le dijo:

-Sigo pensando que estás paranoica. Pero no lo tomes como un insulto, por favor.

-No, de ti no, porque sé que eres un caballero, de ti no.

 

Núria se abrazó con Aranet, con la dama Mina Valey y con nosotros.

 

Y nos marchamos hacia el castillo de Anán.

 


Sesión del 11/05/2021

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Sergio

Los amigos que salieron a cazar no llegaban y salieron a buscarlos. Les comentaron que habían sido secuestrados. Encontraron a unos pero otros habían sido llevados como esclavos.

Sesión en MP3 (2.741 KB)

 

Entidad: Prácticamente nos levantamos antes del amanecer, veía el rostro pétreo, duro, serio de Aranet. Ambos sentíamos que algo no iba bien, habían quedado en volver por la tarde.

Nos quedamos tranquilos porque los jóvenes iban acompañados por Dexel, un guerrero tan experto como yo, y por Figaret que muchos se burlaban de su espadín y se llevaron la ingrata sorpresa de ser derrotados por el arlequín.

 

Aranet le dijo a Mina:

-Quédate tranquila, sea lo que sea volveré y veremos cómo continuamos, sea lo que sea que encontremos.

 

Subimos al barco y llegamos a tierra firme. Miramos con Aranet las huellas.

Aranet me dijo:

-Mira, Aksel -Había un montón de huellas de hoyumans-, ahí hay sangre, mira, flechas disparadas. -No vimos ningún cuerpo. Azuzamos los hoyumans y marchamos hacia el noreste.

-¿Qué hay allí?

Aranet me miró y me dijo:

-Cuando vine por primera vez de Krakoa, el poblado al que vamos fue el primero que conocimos con quien era Gualterio, que ahora es el rey Anán.

 

Vimos más huellas de equinos.

-¿Qué piensas? -pregunté.

-Me da la impresión, Aksel, como que había como dos docenas de jinetes que rodearon a nuestros amigos. Estaban vestidos informalmente así que no descarto que sea un asalto o... No tenían metales con ellos.

-¿Entonces? -pregunté.

-Entonces nada, lleguemos hasta el poblado a ver qué averiguamos.

 

Casi al mediodía llegamos al poblado, la gente nos miraba, nuestro rostro dejaba mucho que desear, imperturbables ambos, ojos entrecerrados, nuestra boca era un trazo.

Paramos a un anciano.

-Señor -dijo Aranet con cortesía-, disculpe la molestia, teníamos unos jóvenes, unos amigos cazando en un bosque que queda media jornada para atrás, pero también vimos huellas de un par de docenas de jinetes que los rodearon y venían en esta dirección.

El anciano con miedo miró para todos lados.

-Les recomiendo que vuelvan. -Aranet entrecerró los ojos.

-Explícate, anciano.

-Es Malacara.

-No sé quien es Malacara.

-Y su consejero Lotar.

-No sé quién es Lotar.

-Lotar es un gigante moreno de más de dos líneas, veo que tú eres alto pero te lleva media cabeza y mucho más corpulento.

-Está bien -dijo Aranet-, pero no me estás diciendo nada. ¿Qué pasa con ese Malacara?

-Secuestra gente.

Hablé yo:

-¿Para qué?

-Tiene larga jornada. Van hacia el oeste, tienen dos embarcaciones y secuestran gente para tenerlos como esclavos.

-¿Y se vienen hasta aquí? Pero no entiendo, anciano, por qué secuestran gente para llevarlos al oeste, detrás está Krakoa.

-No, comentaban que quieren ir al nuevo mundo, que está lleno de piedras doradas, valiosísimas.

-Anciano, ¿pero los viste pasar y llevaban prisioneros?

-Mi vista no está muy bien, pero sí, los vi pasar y dos de ellos estaban mal heridos.

-¿Y los otros tres?

-Bien.

 

-Aksel, vamos a preguntar en la posada. -Llegamos a la posada, había cuatro o cinco individuos mal encarados, con espadas bien afiladas.

Aranet me dijo:

-No tengo paciencia, si nos llegan a provocar los mato directamente. -Se acercó al posadero-: Veo que es una posada grande, ¿cuántas habitaciones tienen?

-Cerca de veinte. ¿Por qué?

-Nos comentaron que un tal Malacara y su consejero, Lotar, trajeron unos prisioneros.

-Así es, pero no puedo decirles más nada.

Saqué yo una moneda y le digo:

-Si te doy una moneda, ¿puedes?

Me interrumpió Aranet:

-¡Qué moneda ni moneda! -Lo tomó del cuello y con la mano izquierda empuñó una daga-: En cinco segundos te puedo degollar. Coméntame. -Mudo-. Cuatro segundos, tres segundos...

En ese momento los cinco hombres mal encarados, mal entrazados, mal vestidos se acercaron:

-¿Por qué no se meten con quién puede defenderse?

Aranet los miró:

-¿Ustedes tienen que ver con Malacara?

-No, pero no molesten al posadero.

-No tengo paciencia. ¿Quieren conservar su vida? Quédense sentados tomando tranquilos el refresco o se van. -Sacaron sus espadas: en dos segundos maté a dos, Aranet se hizo cargo de los otros tres. Limpió su espada en la ropa de los cadáveres y miró nuevamente al posadero-: Y bien, estoy esperando. -El posadero temblaba.

-Estuvieron aquí con tres jóvenes. Lotar se llevó a uno de ellos a su habitación, sus gustos son un poco raros.

Aranet lo miró:

-¿Quiere decir que al gigante negro le gustan los jóvenes? -El posadero se encogió de hombros-: ¿Cuál de ellos?

-Uno que estaba vestido todo de marrón, un poco tímido.

Lo miré a Aranet y le dije:

-Sería Edmundo. Había un guerrero y uno vestido de arlequín, ¿qué pasó con ellos?

-Quedaron mal heridos, los abandonaron están en las habitaciones. Llamé al médico pero el médico quiere metales.

-¿Y qué pasó con los jóvenes?

-Se marcharon apenas amaneció, los tres jóvenes quedaron prisioneros.

-Muéstrame la habitación. -En la habitación había dos camastros, estaban tendidos Figaret y Dexel-. Quédate cuidándolos, llamaré al doctor -dijo Aranet. Me tranquilicé porque ambos estaban heridos pero despiertos.

-Nos han tomado de sorpresa, Aksel. Por favor, discúlpame. -Le toqué la frente a Dexel, ardía de fiebre.

-No es culpa tuya, los rodearon. -El arlequín no sonreía, estaba con un gesto de culpa pero a su vez de impotencia, de bronca. Ambos tenían heridas de espadas pero no eran tan graves. -Aranet volvió con el doctor, les suturó las heridas.

 

Aranet en su alforja llevaba un pequeño polvo de plantas sanadoras.

-¿Y esto? -dijo el doctor.

-Es algo que encontramos en uno de los bosques. -Roció las heridas-. Necesitaríamos un pequeño sulky o calesa, Dexel y Figaret no van a poder montar.

-¿Qué haremos? -Aranet me miró.

-Tú te vuelves con ellos a la isla Baglis a buscar a Mina y luego llevas a Mina, a Dexel y a Figaret al castillo.

-Pero quiero ir contigo.

-Haz lo que te digo.

-Y quién quedará a cargo, no quiero quedarme en la isla.

Dexel dijo:

-No estoy tan mal.

Aranet se quedó pensando. Me miró y me dijo:

-Que los vea Olafo. Si están bien, que Dexel vuelva a la isla Baglis y quede a cargo.

-¿Y dónde te encuentro? -pregunté.

-En el castillo de Anán. Mira, como te dije antes, en este poblado fue el primero que estuve cuando vine de Krakoa. A la salida del poblado hay un camino en diagonal que va recto al castillo de Anán, seguramente llegaré primero yo porque tú tienes que volver a la isla, recoger a Mina, y con Dexel y Figaret irán al castillo. Hasta que Dexel regrese nombra a uno de los bárbaros que quede a cargo. Tenemos que rescatar a los jóvenes a costa de nuestra vida, son nuestra responsabilidad.

-Así lo haré.

 

Le pagamos unas monedas plateadas al mozo de la cuadra y compramos un pequeño sulky para que Dexel y Figaret viajen sentados, cómodos. Yo llevaría a mi hoyuman atado atrás del sulky y conduciría el carruaje.

-Un instante más un instante menos no hará diferencia, comamos algo. ¿Están en condiciones de comer? -Asintieron los dos, Figaret y Dexel.

 

Comimos, tomamos leche de cabrío, unas hogazas de pan y marché de vuelta para el sur, Aranet tomó el camino noroeste, al castillo de Anán.

 

Mi mente era un torbellino, raptaron a los jóvenes para tenerlo como ayudantes en los dos barcos que iban al nuevo mundo. Y me preocupaba por Edmundo, que aparentemente Lotar lo había sometido ultrajándolo.

Me extrañaba que los jóvenes estuvieran bien sin heridas porque los tres eran muy buenos espadeando, principalmente Rebel, pero se ve que los atacaron de improviso golpeándolos con palos y les quitaron las armas y fue imposible que se defiendan. Lo importante es que estaban vivos.

 

Quería ir más rápido pero no quería que el sulky se sacudiera, por las heridas recién saturadas de Figaret y Dexel. Buscaría a la esposa de Aranet y los llevaría a todos al castillo donde Aranet ya me estaría esperando. No me quiero imaginar la cara que pondría Anán cuando se entere que su hijo fue secuestrado.

 


Sesión del 07/06/2021

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Sergio

Seguían en pos de los piratas que habían secuestrado a los amigos cuando fueron a cazar. Pero los secuestradores sabían que eran seguidos y dejaron a unos cuantos en un pueblo. Los esperaban.

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Entidad: Hacía dos amaneceres que habíamos salido del castillo del rey Anán. Prácticamente no hablábamos, Aranet estaba callado, sumido en sus pensamientos, yo tenía una incertidumbre muy grande pensando en lo que pudiera haber pasado con los jóvenes.

 

Retomamos el camino en diagonal hacia el noreste. Los secuestradores no se molestaban en ocultar huellas, en ir por caminos laterales no, paraban en distintos poblados, no ocultaban su crueldad con la gente secuestrada. Y nos enteramos que no solamente llevaban al príncipe Gualterio, a Edmundo y a su compañero de andanzas.

 

Montando en mi hoyuman tenía una sonrisa triste pensando en el otro joven que siempre se jactaba de ser invencible con la espada, ganando todos los torneos a primera sangre. ¡Je! No se daba cuenta de que la vida era mucho más que eso. La vida era muy cruda, la gente era muy cruda en Umbro. Aun los indefensos, aun los vulnerables, para conservar su vida delataban a otros, era una especie de batalla por la supervivencia.

 

A nosotros no nos conocían, muchos pensaban que éramos espías de Malacara y los estábamos probando:

-¿Han visto a los secuestradores?

Dos ancianos nos decían:

-Sí, los hemos visto, pero no somos de delatar a nadie.

-Quedaos tranquilos, nosotros los estamos persiguiendo porque varios de los jóvenes que raptaron eran amigos nuestros.

Un anciano, quizá que ya no tenía nada que perder por su edad, preguntó:

-¿Y cuántos amigos son de vuestra parte?

-Tres -dijo Aranet.

-Pues por lo menos llevan una docena de jóvenes secuestrados de distintas aldeas.

-Vaya, vaya.

 

Paramos en una cantina a comer y Aranet me dijo:

-Mira, Aksel, para mi toda vida tiene valor, no es que porque Gualterio sea el príncipe su vida va a tener más valor que la de Rebel o la de Edmundo, trataremos de salvar a todos en lo posible. -Fruncí el ceño y lo miré, bebiendo un sorbo de bebida espumante.

-¿Qué significa en lo posible? -Aranet se encogió de hombros.

-No tengo seguridad de que podamos salvar a todos, no tengo seguridad siquiera de que podamos salvar a uno. No se molestan en ocultar rastros, paran el tiempo necesario en cada poblado y siguen avanzando.

Lo miré y le dije:

-Somos dos y tenemos una ventaja.

-Es relativo, Aksel.

-¿Por qué?

-Ellos no duermen en los poblados, los primeros días quizás. Las noticias vuelan, deben tener espías que se quedan en los poblados a ver si alguien los sigue. Deben saber que por lo menos dos los están siguiendo.

-Disculpa, Aranet, que tenga la cabeza fría, pero son tantos, no creo que se preocupen por dos guerreros que los estén siguiendo. A lo sumo nos harán una emboscada en un camino y tratarán de liquidarnos.

-Lo he pensado Aksel. Por eso no dormimos tampoco en el poblado, en ninguno de ellos. Dormimos a la vera del camino, detrás de las rocas o en los bosques, por eso debajo de la montura llevamos mantas para cubrirnos y abrigarnos en las noches frías.

-¿En qué piensas ahora? -pregunté.

-En Anán. Había tenido una enorme discusión con su hijo tiempo atrás.

-Cuéntame.

-Gualterio le dijo que quería venir a la isla Baglis, quedarse con nosotros. También Rebel. Edmundo estaba más reticente pero seguramente también quería venir, aunque se sentía más seguro en compañía de los mayores.

-¿Te refieres a Figaret?

-Sí. Cuando dijeron que iban a ir a cazar a tierra firme o a practicar esgrima me confié, porque estaban Figaret y aparte Dexel. Y mira.

Aranet me miró y me dijo:

-Lo que no entiendo cómo fueron atacados de sorpresa. Tanto Figaret como Dexel tienen buen oído y pueden escuchar a cien líneas de distancia si una pequeña rama se quiebra por el peso de un pie. Lo bueno es que se cuidaron de lastimar a los jóvenes. Lo lamento por Figaret. De todas maneras, cuando salimos, Olafo se estaría ocupando y seguramente lo dejaría en condiciones.

Me encogí de hombros y le dije:

-Este es un mundo difícil, tú lo sabes, estuviste como tres veces al borde de la muerte y aquí estás.

Me miró y me dijo:

-Tú te criaste en el norte, has sido traicionado. Y sin embargo eres leal con tus amigos.

Le respondí que era mi manera de ser y que esperaba lo mismo también de los demás.

-Yo también -me respondió Aranet-, pero sabemos que es imposible. La lealtad es muy valorada, pero, ¡je!, pero no se puede comprar como compras una posadera. -Terminamos de comer y seguimos viaje, rumbo al noroeste.

 

En el poblado siguiente, abiertamente, había seis hombres que directamente no alcanzamos a desmontar cuando nos dimos cuenta de que eran gente de Malacara:

-Nos contaron que habéis estado siguiéndonos.

Habló Aranet.

-Vosotros sois gente del malandra ese, Malacara. -Sacaron sus espadas.

-Y vosotros estáis muertos.

Desmontamos, sacamos nuestras espadas. Aranet comentó:

-En otro momento tendría humor, me burlaría de vosotros porque no nos conocéis. Pero verdaderamente estoy muy mortificado por nuestros amigos. Decidme que están bien, no tengo ganas de mataros. -Se rieron.

-Sois solamente dos y me parece que sois muy... muy creídos para pensar que van a vencernos, los triplicamos en número. -Yo no hablaba, estaba alerta, no tenso, alerta.

Uno de ellos, sonriendo, dijo:

-Los jóvenes están bien, seríamos tontos si los lastimáramos. Algunos podemos venderlos como esclavos, otros directamente estarán en el barco de Malacara para ir al nuevo mundo. Necesitábamos gente para limpiar la cubierta, para ayudar en la cocina, ¡je, je!

¿Están todos bien, entonces?

-No sé, hay como una docena, no sé cual serán los que buscáis vosotros. Hay uno de ellos que está bien tratado, muy bien tratado. -Fruncí el ceño.

-¿En qué sentido?

-Bueno, Lotar, un gigante que es el segundo de Malacara, lo tiene para él, como su sirviente, llamémosle. Por decirlo de alguna manera.

 

Lo que siguió a continuación fue sangre, muerte, dolor. Nos atacaron sin avisar pero estábamos prestos. Eran buenos y nos triplicaban en número. El combate duró poco: los cuerpos de los piratas quedaron tirados en el barro.

 

Aranet me dijo, limpiando su espada en la ropa de los cadáveres:

-Limpia tu espada también, y revisemos los bolsillos y las alforjas, le dejaremos metales al enterrador. Lo bueno es que vamos en el camino correcto al momento que nos esperaban.

Le dije a Aranet:

-Tenemos algo a favor, no se ocultan. Si nos hubieran emboscado en el bosque o en la ladera del camino quizá podían haber tenido más éxito. Nos enfrentaron abiertamente, eso nos favorece.

-Por ahora -dijo Aranet-, cuando Malacara vea que sus esbirros no vuelven, pensarán "O bien nos siguen dos que son muy peligrosos o nos está siguiendo más gente". De las dos maneras no me gusta. Quisiera saber cómo están, quisiera ver que están bien. No veo que los estemos alcanzando.

-Yo pienso que sí -respondí-, son muchos. En el poblado, primero nos dijeron que eran por lo menos veinte y cuatro, dos docenas de piratas, y eran pocos los que habían secuestrado. Yo no creo en este momento que veinticuatro malandras puedan tener a raya a doce personas. En los distintos poblados, a medida que nos vamos acercando al noroeste se habrán juntado más esbirros de Malacara, debe haber por lo menos como cuatro docenas de esbirros. No lo digo porque adivine, eso no existe, eso es una cuestión de sentido común.

Aranet me miró:

-Vamos en un camino hacia el noroeste y por lo que conozco de Umbro, de esta región, el camino desemboca, pasando por lo menos por cinco o seis poblados más, en Puerto Grande.

Lo miré y le dije:

-No lo conozco.

-Es un poblado enorme, tiene cientos y cientos y cientos de habitantes. Yo digo que vamos ganando terrero, cuanto más se sumen a ellos, más lento irán. Lo que no sé si los alcanzaremos antes de llegar a Puerto Grande -exclamó Aranet.

 

Los malandras tenían bastantes metales, le dejamos al sepulturero. Explicamos a las autoridades del poblado quienes eran, no hubo ninguna dificultad con ellos.

 

Paramos para comer, tomar algo y seguimos. Cuidábamos más a nuestros hoyuman que a nosotros mismos, nos tomábamos el tiempo de cepillarlos, de que puedan beber, de que puedan comer, y si bien no íbamos a paso lento evitábamos extenuarlos.

El viaje seguía, ya estaba casi anocheciendo. El camino era bastante áspero, rocoso. Salimos del mismo, nos alejamos por lo menos doscientas, trescientas líneas. Habíamos cenado comida fría, nos envolvimos con las mantas y evitamos encender fuego. Dormimos, pero tanto Aranet como yo, al menor ruido ya estaríamos con las espadas en la mano.

 

Esperábamos el amanecer para seguir viaje, la meta era Puerto Grande.

 


Sesión del 26/06/2021 (1)

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Sergio

La entidad relata una vida en Gaela, donde de joven, por circunstancias familiares tuvo que dejar amistades y estudios para vivir en otro país. Años después regresó a su ciudad natal para establecerse profesionalmente y recuperar los amigos de la infancia.

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Entidad: ¡Uf!, si recordara todas mis vidas. Uno dice que cuando más lejos son las vidas en el tiempo más salvajes son los mundos. ¡Je, je, je! No, no es cierto, no es cierto.

 

Encarné en Gaela en Ciudad del Plata, en un barrio muy popular donde había una comunidad de la Orden del Rombo. Pero inofensivos, nada que ver con la inquisición medieval. Mi nombre era Luís Alberto Démez, con 'z' final. Recuerdo que de pequeños, con mi amigo de la infancia, Jorge Clayton, dibujábamos historietas.

Yo le decía:

-¿Qué vas a ser cuando seas grande? -Jorge se encogía de hombros.

Me decía:

-No sé, escritor, filósofo. ¿Y vos?

Yo le decía:

-A mí siempre me gustaron los animales, quisiera ser un doctor de animales.

-¡Ah! Luís, vas a tener que estudiar veterinaria.

-Y sí. El tema es con papá, que es un comisionista. Va a Beta, se queda tres meses, vuelve...

-¿Y tu mamá qué dice? -Lo miré a Jorge.

-Mamá piensa que tiene otra familia allá.

-¿Y vos que pensás?

-Yo no digo nada. Papá viene de Beta, me trae regalos. Algún día me gustaría conocer Beta y su capital, dicen que es más grande todavía que Ciudad del Plata. ¡Lo qué debe ser! Tiene una red enorme de subterráneos, me lo contó papá. -Nos contábamos cosas, éramos como hermanos.

 

Una vez hablé con papá y me dijo:

-¿Por qué te crees que viajo a Beta? Para hacer fortuna, para poder pagarte una carrera. Y encima tengo que aguantar a tu madre pensando que tengo otra vida. -Yo era chico, mucho no le entendía lo que decía-. Mira la familia de tu amigo, de los Clayton, se creen que son duques.

-Papá, pero son duques, por lo menos sus abuelos. Sus bisabuelos vinieron del viejo continente con ese título.

-Pero acá no hay título, Luís, acá no hay título, viven de apariencias. -Me encogí de hombros. Y sí, el papá de Jorge siempre me pareció un poco mezquino, pero a mí me trata bien cuando voy a la casa. No sé porque papá no quería a los Clayton.

 

Pero me quemé el cerebro estudiando. Y estudiaba y estudiaba y estudiaba. Y cuando empecé la escuela secundaria me sacaba tan buenas notas en las materias que a los dieciséis años, un año antes de lo pensado, me otorgaron el diploma.

Padre me dijo:

-Justito.

-No entiendo papá.

-Nos vamos a Beta.

-¿Cómo nos vamos a Beta?

-Nos vamos todos, tu mamá, tú, todos. Le voy a mostrar que no tengo a nadie allá.

-Pero qué pasó, yo tengo acá a mis amigos.

-¡Qué amigos! Allá vas a estudiar una buena carreta. ¿Te interesa veterinaria? Perfecto. Vas a estudiar veterinaria.

-¿Y cuándo nos vamos?

-En menos de un mes.

-¿Ya?, ¿tan rápido?

 

Lo fui a ver a Jorge:

-Nos vamos con mi padre, nos vamos a Beta.

-Escríbeme, Luís -me dijo Jorge-, escríbeme, yo también te voy a escribir.

 

Y nos fuimos. Beta era otro mundo. Fui a la facultad de veterinaria y era como empezar de cero. A mí me gustaba especializarme, me gustaba la cirugía animal.

El profesor me decía:

-No se dice así.

-Bueno. Quería especializarme en veterinario cirujano.

 

Pasaron cuatro años. Cuando cumplí veinte papá tuvo un problema pulmonar grave y murió. Así, de un día para el otro. La pobre mamá no sabía cómo desenvolverse. De todos modos papá había dejado fortuna en el banco y mamá administraba bien la plata.

Y yo estaba haciendo pasantías, o sea, ayudaba en veterinaria, y lo hacía gratis, pero me servía para mi propio estudio.

Y antes de recibirme trabajé en una veterinaria y me pagaban casi nada, pero me servía para mantener mis gastos y que mamá no sacara tanto del banco.

Cuando cumplí veintiséis años tuve el título de experto veterinario y cirujano veterinario.

Le dije a madre:

-Volvamos a Plena, volvamos. -Madre hizo transferencias bancarias a Ciudad del Plata y diez años después de haberme ido volví otra vez a mi ciudad natal.

 

Mamá estaba muy envejecida quizá no por la edad, no por la edad, se ve que extrañaba a papá. Y yo, si bien era su hijo no llenaba su vida.

Ella era devota de la Orden del Rombo y decía:

-Los verdaderos fieles de la Orden no se vuelven a casar.

-¡Madre, madre, qué dices! Hace seis años que estás viuda.

-No, hijo, no me interesa.

 

Puso toda la plata a mi nombre y administré yo el dinero, lo administraba mejor que ella.

Le puse una señora que hacía doble trabajo; la cuidaba y a su vez hacía la limpieza, los recados, se ocupaba de la casa. Era una señora grande, soltera, y como teníamos una habitación vacía se quedaba en casa. Y para ella era un lujo, un confort.

 

Y yo me sentía tranquilo porque podía trabajar en lo mío. Lo que pasa que las veterinarias en Ciudad del Plata ya estaban cubiertas, había vendedores que vendían alimentos y tenían atrás un veterinario, pero era muy difícil encontrar un centro de mascotas que no tuviera veterinario. Bueno, había un hospital veterinario pero prácticamente lo que pagaban era una miseria.

 

Después de diez días de estar en mi ciudad natal lo fui a ver a Jorge.

-¿Cómo estás? -Me extrañó que no me recibiera con una sonrisa, me abrazó con todas sus fuerzas-. Luís, Luís, las veces que he pensado en ti, nos hemos escrito mucho menos de lo que pensábamos.

-De mi parte -le dije-, te pido disculpas.

-¿Por qué?

-El estudio. Me quemaba las pestañas estudiando. Era tan difícil, era tan difícil... Y en este momento es como que me cuenta encontrar un buen trabajo.

-Cuéntame, ¿qué es lo que has hecho de ti?

-Le conté mi especialidad.

-Mira lo que son las cosas, es como que a veces Dios nos guía el camino.

-Explicáte -le dije a Jorge.

-Monté una clínica, una clínica para animales.

-¡Vaya! Cómo la montaste, ¿tus padres te bancan, o sea, te dan mucha mensualidad?

-¡Je! No, Luís, no, yo hice inversiones, desde rejoven que hice inversiones. En este momento te puedo decir que tengo más fortuna personal que mis padres. Ya te voy contar. He montado fundaciones, he montado un montón de cosas, negocios de informática, bufetes de abogados...

Le hice una pregunta que no debía:

-¿Y qué ganas con eso?

-¡Luís! Es el placer de poder dar una mano. Y ahora lo voy a hacer con vos: Mi clínica no tiene director.

-No te lo tomes a mal, Jorge, pero yo no quiero ser director de nada, yo quiero trabajar.

-¿Y? ¿No entendés?

-No.

-Luís, podés tranquilamente ser director y a su vez atender a los animales, va a haber otros veterinarios que van a estar bajo tu directiva.

-No me convence mucho eso de dirigir a otros.

-¿Pero que te da vergüenza?

-No, vergüenza no, por favor, cómo me va a dar vergüenza, ¡je, je!, cómo me va a dar vergüenza. ¿Pero en serio? ¿Y cómo es, cómo se paga?

-Tendrás una mensualidad. -Me pasó una cifra.

Le digo:

-¡Pero ganaría más que en Beta, cuatro veces lo que pagan en un hospital veterinario!

-Y bueno, te lo merecés. Aparte, tengo tantas cosas que contarte.

-Te veo mal -le dije-, te veo mal, Jorge. ¿Qué te pasa?

-Es papá, está enfermo.

-¿Enfermo?, ¿pero qué es lo que tiene?

-El corazón.

-¡Uh! Pero hay medicación para eso.

-Sí que hay medicación, sí, pero no sé, no sé, no veo que mejore, le cuesta respirar, es como que tiene insuficiencia cardíaca.

-¡Uh! Quisiera estar con vos, quisiera acompañarte. Pero...

-No, quédate tranquilo. Vamos a estar conectados permanentemente. ¿Te acordás de mi teléfono?

-Me lo sé de memoria -le dije.

-Bueno, te dejo mi tarjeta, tengo otro teléfono más en casa. Y tengo aparte una oficina, un departamento personal. Nadie tiene la dirección de ese departamento, ahí también me podés encontrar. Ese es el número. Y los de arriba son los de casa. ¡Uf! ¿Y tu mamá cómo está?

Le respondí:

-Mal, puse una señora. Te dejo mí número.

-Está bien, voy a tener tu número de tu casa por cualquier cosa y el de la clínica veterinaria. -Nos dimos un abrazo.

Le digo:

-La verdad que te agradezco infinitamente el favor, Jorge.

 

Mañana empezaría una nueva vida, un nuevo trabajo en mi vieja ciudad.

 


Sesión del 26/06/2021 (2)

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Sergio

Con el reencuentro con su amigo de la infancia había muchos temas personales de los que hablar, pérdidas familiares, fracasos afectivos. Lo apoyaría tanto como pudiera.

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Entidad: Recuerdo cuando era niño y jugábamos, que éramos inventores, con mi amigo Jorge Clayton. Mi nombre era Luís Alberto Démez.

Pero de pequeño quería ayudar a los animales, a los que estaban heridos, lastimados, enfermos, por eso estudié veterinaria.

 

Estuve diez años, desde los dieciséis hasta los veinte y seis, en Beta, estudiando en una de las mejores universidades veterinarias. Cuando regresé me encontré con la sorpresa de que Jorge había hecho fortuna y ayudaba como si fuera un mecenas. Es más, me consiguió un trabajo de directivo en una clínica veterinaria que él mismo había montado.

Y yo no lo defraudé. Todo animal que llegaba enfermo, herido, lastimado salía en las mejores condiciones. Tenía un grupo veterinarios que me respetaba a pesar de que era la mayoría más grandes que yo. Pero claro, tenía colgado en el despacho el título de veterinario cirujano de la universidad de la capital de Beta, y eso, de alguna manera, es como que decían "¡Vaya, mirad Démez, lo que ha logrado siendo tan joven!".

 

Tenía mucho conocimiento del tema. Es más, a veces me preguntaban si un diagnóstico era correcto. Les decía "Sí, sí, sigan así", o "No, tienes que cambiarle esta medicación".

Me costaba adaptarme después de diez años de ausencia a la humedad de Ciudad del Plata que me traía tanta tos, era cuestión de adaptarme, de a poco me iba adaptando.

 

Por la tarde conversábamos con Jorge y me decía:

-Yo sé que te gusta atender animales pero eres el director, les dejas a los doctores, o veterinarios, como te guste llamarlos, las instrucciones. Tómate tiempo para ti, para estudiar, para conversar conmigo.

-Pero he visto que tienes muchos amigos -le dije.

-Sí, y son muy buenos amigos; Nándor, Hernán, Pocho y muchísimos más, pero contigo es distinto porque tengo recuerdos de la infancia, tantas cosas para recordar, para comentarte. Y estoy contento porque te hablé de mi prometida, de Ana María, mañana cumple años.

-¿Cómo se encuentran, cómo están? -pregunté.

-Ahora mejor, habíamos estado un poco distanciados.

-¡Pero me dijiste que se aman!

-Sí, pero ¡uf!...

-Dime...

-Es que ella, no lo hace a propósito pero es como que me quiere acaparar. Y la vez pasada, en una clínica, tuve un caso que ver y me tuve que quedar, pero...

-Jorge, tú no eres médico, o sea...

-Lo sé, pero soy humano. Me quedé con el médico hasta último momento y la persona falleció. Había una gala de teatro y no pude llegar y era la tercera gala que le fallaba. Y no se pone en mi lugar, me recrimina "¿Para qué sacamos las entradas?, luego faltas". No lo hago a propósito, Luís, me interesa la gente, ella me conoció así. Es más, ella decía "¡Ay! los millonarios, los millonarios te usan y luego te descartan como objeto de segunda mano". Yo jamás le fallé, jamás le fallé, pero ahora su rival no es una mujer, su rival es mi trabajo.

-Discúlpame, Jorge, pero lo que tú haces no es un trabajo, es una ayuda comunitaria.

-Sí, es un trabajo, me lleva todo el tiempo. Está bien, a la tarde voy al club hípico, me tomo un combinado o tomo alguna bebida caliente como para despejar un poco mi mente, pero después sigo, es como que no tengo horarios. Y ella me reprocha porque dice "Cuando recién empezamos a salir íbamos a todos lados, al campo deportivo, a los lagos, o caminábamos por la Segunda avenida, por la calle de las librerías". Y es como que voy abarcando más.

-¿Eso no te termina produciendo estrés?

-Honestamente, no. Honestamente no, Luís, me hace bien. ¿A vos te produce estrés a veces estar diez horas en la clínica?

-¡No -le dije-, para nada! De repente veo un perro o un gato que no daban nada por él y lo saco adelante. Disfruto eso. De la misma manera que me mortifico cuando veo que no hay manera de salvar al animal. Los quiero como si fueran personas. No, para mi es... ¡Qué va ser estrés!

-Bueno, a eso me refiero, el trabajo no te desgasta si te da placer. Pero ahora tengo otro problema: papá. Papá está mucho peor de cuando conversamos. No es fácil el tema.

-Mira, Jorge -le dije-, mañana no voy a trabajar, ya les dejé encargado a los veterinarios lo que tienen que hacer y si viene gente nueva con otros animales que los atiendan. Me quedare contigo todo el día, si te parece.

-Me parece fantástico -me dijo Jorge.

 

Al día siguiente nos vimos fuimos a tomar algo en un bar en la Primera avenida. Miraba los edificios, se parecen a las fotos que veo de Saeta, del viejo continente. Parece que fuera un calco de los edificios de Saeta. Y sí, lo son. La Primera avenida es así. Cada una de las avenidas tiene una forma. La Primera avenida hay muchos bares, algunas librerías muy antiguas, hoteles. La Segunda avenida muchas librerías, y obviamente también bares. La Tercera avenida muchísimas veterinarias, casas de regalos. La Cuarta avenida sería una avenida para gente de plata, negocios de ropa suntuosa, de joyas... Y después la Quinta avenida. La Quinta avenida es una avenida que tiene muchas galerías, pero los precios son altísimos.

 

-Voy a llamar a mamá, aguárdame un segundo. -Fue al mostrador y pidió el teléfono.

Vino pálido.

-¿Qué pasó?

-Mamá está en la clínica con papá, me atendió la señora que la cuida. Hoy es el cumpleaños de Ana María y...

-Avísale.

-No, no, dice que está muy mal. O sea. que no tengo tiempo de avisar a nadie. Ni a los amigos siquiera. Ni a Hernán ni a Pocho ni a nadie. Había hablado con Nándor temprano pero... No, no, ahora no.

-¿Trajiste tu coche deportivo?

-Sí, sí. -Salimos.

 

Llegamos a la clínica. La mamá de Jorge estaba llorando

-Madre, ¿qué pasa?

-Papá. Lo trataron de reanimar, le hicieron resucitación cardiopulmonar y no, no hubo caso. -Se quedó encogida, sentada en una silla.

 

Entramos a la habitación, con Jorge. El cuerpo estaba cubierto por una sábana.

Jorge levantó la sábana, del lado de la cabeza, le abrió los ojos, ojos sin vida, y se los volvió a cerrar. Se quedó como diez minutos sentado en la cama acariciándole el cabello.

Yo en una silla al lado sin decir nada, tenía los ojos llorosos, me recordaba cuando mi padre falleció en Beta. Y ahora le había pasado esto a Jorge.

Nunca lo había visto llorar. En realidad no estaba llorando, le caían lágrimas, pero no... no sollozaba, era una mueca de piedra. El dolor se notaba únicamente en los ojos, en la mueca de la boca y en sus lágrimas. Quizá le hubiera hecho mejor romper en llanto para desahogarse pero era de piedra, Jorge.

Se levantó, me levanté a su vez y se abrazó conmigo. Y ahí sí, sobre mi hombro sollozó.

 

Se separó y me miró.

-No éramos muy amigos, no nos llevábamos bien, me criticaba muchas cosas. Pero qué puedo decir, es mi padre. Conversábamos muy poco. Y estoy arrepentido, me hubiera gustado conversar muchísimo más. -Yo lo miraba y no decía nada. Mientras tanto su madre se encargó de llamar a los familiares, del teléfono de la clínica.

-¿Qué hago, le digo a mamá...?

-No -me dijo Jorge-, tu mamá también tiene una señora que la cuida, ella ya está bastante apenada con su pérdida a pesar de los años que pasaron. Tú mismo me has contado que ella no ha vuelto a casarse. Si viene al velorio quizá le remueva ese dolor por dentro. Mejor no.

 

Nuestras vidas eran distintas. Mi casa no era humilde, ahora ganaba bien. Mamá tenía una señora que hacía de todo entre limpieza, recados, hasta ocuparse de ella si le faltaba alguna medicación.

La mansión de Jorge era distinta. Jorge tenía varias personas, una señora que se ocupaba directamente de su madre, pero a su vez tenía una especie de mayordomo como en las épocas antiguas, tenía una señora que se ocupaba de la cocina, otra señora que se ocupaba de los manteles, de las sábanas.

 

Pero en la muerte, mi papá y el papá de él no había diferencia de dinero, de posición, de ambiciones, de nada. Así que a veces la fortuna, ¡je, je, je! no te libra de un final, ¿no?, no te libra para nada.

 

Lo acompañé toda la noche y al día siguiente fuimos al cementerio. Quedó en una bóveda con un nombre y un número. Y eso fue todo.

 

Se lo dije. Y me dijo:

-En parte sí, pero sé que su alma... Sé que su alma está en la Luz a pesar de todo, a pesar de que no estábamos de acuerdo. Pero yo no sería quien soy, Luís, si de alguna manera mi padre no me hubiera debatido.

-Quieres decir no te hubiera apoyado.

-No, al revés; mi fuerza de salir adelante, de amasar esa fortuna, de apostar en bolsa, de invertir no fue por apoyo, fue por oposición. Pero valió, valió.

 

Luego del cementerio me dice:

-¿Vas a descansar?

-No.

-Tengo que ir a lo de Ana María.

-Tuviste cien oportunidades para llamarla.

-Luís, no tenía la mente para pensar. No llamé a Nándor, no llamé a Pocho, no llamé a Hernán, no llamé a nadie.

 

Llegamos a la casa de Ana María.

-No es necesario que estés conmigo, Luís, si quieres descansar...

-No no no, me quedaré contigo, si no te incomoda.

-¿Incomodarme? Al contrario, me hace falta un apoyo moral en este momento.

 

Abrieron la puerta y era la madre de la prometida. Rostro seco, duro.

-¿Qué pasó, otra de tus obligaciones?

-No, señora. ¿Se encuentra Ana María?

-Ahora la llamo. -¡Pam!, cerró la puerta. Lo miré a Jorge. Me miró y no dijo nada.

-Cuéntale... -No me respondió.

Abrió la puerta Ana María.

-Ahora qué excusa tienes, ¿por qué no has venido? Vinieron todos a mi cumpleaños, todos nuestros amigos menos tú. -A mí no me conocía, directamente no me miraba, hablaba con Jorge-. ¿No dices nada? Honestamente, ya estoy cansada. Una cosa es que me falles en las galas de teatro, otra cosa es que no vengas a mi cumpleaños. ¿Qué puede ser más importante que mi cumpleaños, alguna fundación, alguna clínica? ¿Has inaugurado algo? ¿Has hecho algún donativo y te dieron un premio?

-No.

-Entonces no tienes excusas. -Jorge iba a hablar y Ana María lo interrumpió-: No hace falta que digas nada. Mira, hagamos una cosa, tomémonos un tiempo, yo creo que hasta estoy dudando no de tu amor, de mi amor estoy dudando. -Lo miraba a Jorge a ver si decía algo. Ana María dijo-: ¿Te quedas callado, no dices nada?

-No.

-Entonces aquí terminamos. Lamento el tiempo perdido.

-¿Lamentas el tiempo perdido?

-Sí, sí, Jorge, lamento el tiempo perdido. Haré mi vida, tú haz la tuya. -¡Pam!, cerró la puerta.

 

-Discúlpame que me meta -comenté-, ¿por qué no le dijiste que se murió tu padre? -Jorge me miró con los ojos vidriosos.

-¿Acaso me preguntó?, todo el tiempo me recriminó. Acaso me dijo "¿Te pasó algo?". No. "Seguro has hecho esto, has hecho aquello, seguro la fundación, seguro recibiste un premio, que te olvidaste de mí, que no viniste, que vinieron todos los amigos...". Lo que no hizo es decir "¿Por qué no has venido?, ¿qué pasó?

-¿Y por qué no se lo dijiste tú?

-Porque no me correspondía. Si tú te citas conmigo y no vienes, yo no te voy a recriminar, te voy a preguntar "¿Qué pasó, tuviste algún incidente?"

-Bueno, pero estaba reactiva.

-No, no, Luís, no, no, no. Se terminó. Seguramente se va a enterar pero no hay vuelta atrás. Mamá va a estar bien en casa, al igual que tu madre tiene una señora que está con ella, pero aparte tiene la cocinera, la lavandera, el que hace las veces de mayordomo, y aparte tiene mi teléfono para comunicarse cuando quiera. Yo voy a estar en mi apartamento privado que solamente lo conoces tú, y le prohibiré que le dé a cualquier persona mi teléfono del departamento y mi dirección.

-¿Y cómo sabes que te hará caso?

-Porque me conoce. Sabe que si lo hace me compro otro apartamento, ese lo vendo, y ni siquiera ella va a tener la dirección ni el teléfono.

-¡Vaya, que eres duro!

-No, no soy duro, soy justo.

-¿Y ahora qué vas a hacer? -pregunté.

-Ahora voy desayunar algo caliente, ¿me acompañas?

-Sí.

-Luego me iré a mi apartamento y me acostaré. Te recomiendo que hoy no vayas a la clínica Luís, descansa, también te has quedado toda la noche haciéndome compañía.

 

Tomamos algo caliente y cada uno fue... él a su apartamento, yo a casa, a descansar.

 

Jorge Clayton había tenido dos pérdidas: Una, su padre, que había muerto. Otra, su prometida, con la que había roto. Y por lo que lo conocía a Jorge no había marcha atrás.

 

Gracias por escucharme.

 


Sesión del 01/07/2021

Médium: Jorge Raúl Olguín

Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Sergio

Como el mundo, la vida también es un pañuelo, reúne a viejos amigos de la infancia. Recordaron viejos tiempos y hablaron de los de ahora. Pero como no querían perderse de nuevo, quedaron en verse con frecuencia.

Sesión en MP3 (3.401 KB)

 

Entidad: Me siento satisfecho con mi trabajo de veterinario, más porque me especialicé en cirugía animal. En Beta tuve muchísimas oportunidades de aprender, profundizar, y a mis veintiséis años regresé con el título de Veterinario Especialista en Cirugía.

 

Diez años pasaron hasta que me encontré con mi amigo de la infancia, Jorge Clayton. Le conté que mi padre murió en Beta hacía seis años y mi mamá tiene una señora que la cuida.

 

Nos pusimos a conversar recordando el pasado. Jorge me dijo:

-Nunca hay que renegar del pasado, pero no anclarnos a él, porque nos hace esclavos. Fueron buenos tiempos pero ahora tenemos posibilidades que antes no teníamos.

De repente levanté la vista, y en el bar había un joven tomando un café.

-Jorge...

-¿Qué pasa, Luis?

¿Aquel no es Jaume?

-No, no, no, no.

 

Recuerdo que de chico jugábamos los tres. Él había venido con sus papás de Saeta en los años cincuenta y volvieron a Saeta en los años sesenta. Éramos, prácticamente, los tres mejores amigos, con Jaume. Pero ¡uf!, pasó tanto tiempo, tanto tiempo...

-¿Estás seguro que no es él?

-No, yo no dije nada. Se fue con sus padres cuando tenía dieciséis años. Ahora tendría más o menos tu edad.

-Sí, sí, Jorge. -El joven de la otra mesa levantó la vista y nos vio. Sonrió-. ¡Es Jaume! -Le hice una seña, que se acerque. Habló con el mozo y el mozo recogió  su pocillo, su taza de café y la trajo a nuestra mesa.

-¡Luis, Jorge, es increíble! ¡Qué pequeño que es el mundo, es un pañuelo! -Nos abrazamos con Jaume. Jaume Nicolás Ruiz. Todavía recuerdo el nombre de sus padres, Joaquín y Ana.

-¿Cómo están tus padres?

-Bien -dijo Jaume. -Lo miró a Clayton-. ¿Como andas? ¿Te acuerdas que éramos pequeños y hablábamos de libros, hablábamos de astronomía?

-¡Cómo me voy a olvidar, cómo me voy a olvidar! -dijo Jorge-. ¿Qué haces ahora, Jaume?

-Acuérdate de mi padre, era maestre de laúd, y yo seguí su oficio. En este momento soy lutier. Creo que soy el lutier más joven de Ciudad del Plata.

-¡Vaya!

Yo pregunté:

-Exactamente, ¿qué es lo que haces, como lutier?

Jaume me dijo:

-Bueno, fabrico y reparo violines, laúdes, contrabajos y otros instrumentos de cuerda. Incluso me traen de la avenida Quinta, donde hay gente de mucho poder adquisitivo, me trae violines que tienen más de cien años y tengo que tener mucho cuidado de no estropearlos. Cobro bien los arreglos.

Le pregunté:

¿Cuánto cuesta un violín de esos que te traen, de esos que tienen cien años? -Cuando me dijo el precio no lo podía creer-. Pero con eso te compras un coche del último modelo.

-No -dijo Jaume-, te compras más.

Jaume lo miró a Clayton y le dijo:

-¿Tú cómo andas, Jorge?

-Hace pocos días falleció papá.

-¡No!... Recuerdo que cuando éramos chicos era bastante severo, pero un tipo querible. ¿Qué pasó?

-El corazón.

-¡Uf!, vaya. ¿Y tú, Luis? -Le conté que papá falleció hace seis años, que a mi mamá la cuidaba una señora.

Clayton dijo:

-Yo tengo la... llamémosle la suerte de tener fortuna. Invierto, ayudo mucho. En casa, mamá está muy bien atendida. O sea, tiene un montón de gente que la atiende.

-Vaya. ¿Y tenéis novia, o algo?

Jorge dijo:

-Me costó mucho conquistar a la que era mi prometida, Ana María. Ella desconfiaba de mí porque era millonario y pensaba que todos aquellos que tenemos plata usamos a las chicas como objetos y luego las dejamos de lado. Me costó conquistarla.

-¿Y sigues con ella?

-No. -Jaume arrugó el ceño.

-¿Qué pasó?

-Mi querido Jaume, mi hermano, nos encontramos después de tanto tiempo y me gustaría contarte cosas alegres, pero bueno, era justo el cumpleaños y había armado una tremenda fiesta. Cuando me llama mamá y me dice que papá estaba internado de urgencia. -Me señaló a mí, Clayton, y me dijo-: El único que estuvo conmigo era Luis, los demás amigos no sabían. Y honestamente no tuve tiempo de avisar a nadie. No tenía ni un teléfono público a mano y bueno, fueron todos a la fiesta menos yo. Estuvimos toda la noche velando a papá y al día siguiente, bueno, sus restos físicos reposaron en una bóveda. Cuando la fui a ver a mi prometida, en lugar de preguntarme qué pasó, que es lo que tendría que haber hecho, me recriminó, no me dejó hablar.

Jaume le dijo a Clayton:

-¿Y no le aclaraste?

-Hermano, no me dejó hablar. Y si no salía de ella el preguntarme, honestamente, se me fueron las ganas de aclararle. A esta altura su familia ya debe estar enterada de lo que pasó.

-¿Y no se comunicó?

-En el contestador del teléfono tengo por lo menos como seis o siete llamadas de la mamá. Pero no... no la llamé, no tiene sentido. Yo sé que un cumpleaños es muy importante, pero tenía que haber preguntado por qué.

Jaume le dijo a Clayton:

-Pero no hay nada más importante que el amor, tendrías que haber aclarado.

-No, Jaume, no. Sí que hay algo más importante que el amor.

Hasta yo me sorprendí. Y le dije:

-¿Cómo, Jorge, algo más importante que el amor?

-Sí Luís sí, la dignidad.

-La dignidad no puede ser más importante que el amor.

-En este caso te contradigo, Luis, la dignidad es más importante que el amor. Nosotros tenemos principios, hay gente que tiene códigos, pero los códigos es para gente que miente. Los códigos los usa la gente que comete actos delictivos. Nosotros tenemos principios, y los principios tienen un cimiento que se llama dignidad. Por eso, para mí, está por encima del amor.

Jaume le dijo a Clayton:

-Entonces, ¿tu dignidad hace que estés molesto y por eso no la perdonas a tu prometida?

-No. No no no no; si estuviera molesto no sería un principio, y no sería dignidad, tendría que ver con el ego, con un capricho, a ver quién da el brazo a torcer primero. No, no, no, no. Estudié mucho del tema y entiendo de que el ego es el que se encapricha, el que  dice: "Ella me va a tener que rogar para que vuelva". No, no no no. La dignidad pasa por otro lado, la dignidad pasa por otro lado, para mí está por encima del amor.

Le dije a Jorge:

-Un error lo tiene cualquiera. Tu prometida estaba tan reactiva porque no fuiste al cumpleaños que no se le ocurrió preguntar.

-No, Luis -dijo Clayton-, ella me conoce. No es que salimos hace tanto, unos meses, pero me conoce. Es cierto que ya sabía que yo a veces faltaba a galas de teatro donde ya había sacado las entradas porque de repente me quedaba en una clínica donde había que instalar alas nuevas para recibir más pacientes, pero generalmente la llamaba desde un teléfono público de la clínica. Pero en un velorio, ¿de dónde la iba a llamar? Y aunque hubiera un teléfono público o un teléfono privado de la oficina del velatorio, en ese momento mi mente está en mi padre. No, no estoy molesto, seguramente mi dignidad está dolida. ¿Pero saben, hermanos, amigos, Jaume, Luis, la diferencia entre dignidad y ego? La dignidad no se molesta, la dignidad queda lastimada. Pero la dignidad jamás tiene rencor, la dignidad es imperturbable. Mientras no entendáis eso no van a poder separar una cosa de la otra. La persona que se ofende es infantil, la dignidad no es infantil, la dignidad es madura.

Le pregunté:

-O sea, ¿que no piensas dar marcha atrás?

-No pasa por dar marcha atrás. Lo has dicho, Luis, quizás es algo reactivo de parte de la que era mi prometida y... Pero por su forma de ser lo va a volver a hacer con otra cosa y con otra y con otra. Porque esa es su manera.

-Disculpa -dijo Jaume-, que te pregunte, ¿pero en algún momento de la relación le has sido...?

-No. No, Jaume, no, hermano. Sé lo que quieres preguntar. Jamás le engañé. Yo creo que la fidelidad es parte de la lealtad, y la lealtad no es para con ella, ni para con vosotros. La lealtad es para con uno, nace de uno. Igual que la autoestima. La única forma que los demás me acepten es que me acepte yo primero. La única forma que los demás sean leales es que yo sea leal primero conmigo mismo.

-Bueno -dijo Jaume-, en eso no acuerdo. Tú puedes ser leal contigo y los demás no necesariamente van a ser leales a ti. -Me quedé mirándolos a los dos. Y Jorge asintió, se dio cuenta que esta vez Jaume tenía razón.

-Pero cuéntanos, Jaume, de ti, cuéntanos.

-Bueno, cómo sabéis, papá y mamá, vinieron a Plena cuando yo era chico, era un niño. Estudié aquí la primaria y volvieron cuando yo tenía dieciséis años porque la situación en Plena no era muy buena. Y yo seguí perfeccionándome en el arte del laúd, en Saeta. Pero quería volver a Ciudad del Plata y trabajar aquí. Me instalé en un taller de laudería, en la Primera avenida. Allí es donde fabrico violines, contrabajos, la mayoría de instrumentos de cuerda. ¡Pero qué alegría encontrarme con vosotros, qué chico que es el mundo, es verdad! ¿Siempre venís a este bar?

-No -dijo Clayton-, no. Justamente por eso el hecho de estar aquí, en la Primera avenida. ¿Y qué haces de tu vida? ¿Tienes alguna pareja?

-No -dijo Jaume-. Tuve una novia, una novia de la escuela secundaria en Saeta, pero ¡je, je! nada más hemos intercambiado un par de besos. No no no no no. Por la noche me distraigo, camino por la Segunda avenida, la calle de las librerías y hay librerías de saldos, y consigo algunos libros de música. Hay muy pocos libros del arte de la ludería, muy muy pocos, muy muy pocos.

-¿Qué es lutería? -pregunté.

-Laudería, donde trabajamos nosotros, los lutiers.

-¡Ah! ¿Se les llama lutiers a los que hacen violines? ¿Así?

-Sí, Luis -respondió Jaume.

Clayton dijo:

-No puedo creerlo. Hace poco encontré a Luis y ahora nos encontramos contigo, los tres amigos de la infancia. ¡Je, je, je! Las travesuras que hicimos de pequeño. Recuerdo de cuando jugábamos a las figuritas y recuerdo cuando llegaron las figuritas de lata, esas las cuidábamos como oro. Nunca podíamos llenar los álbumes de figuritas de jugadores de fútbol, porque siempre faltaban las difíciles. Entonces comprábamos en el kiosco tres, cuatro, cinco paquetes con seis figuritas cada uno: nunca venía la difícil, porque llenabas el álbum y ganabas un pequeño premio. De grandes nos dimos cuenta que era trampa de la fábrica. Pero de chicos nos hacíamos tanta mala sangre, nos daba tanta bronca encontrar la figurita difícil. Y había un pequeño baldío, que jugábamos a la pelota... Las veces que nos hemos lastimado las rodillas cuando teníamos los pantalones cortos.

-¡Ja, ja! Me acuerdo -dijo Jaume-, me acuerdo perfectamente. ¡Oh! los momentos hermosos que he pasado con vosotros.

En ese momento dije:

-No nos perdamos. Yo soy cirujano, hago cirugía veterinaria, pero una vez que salgo del trabajo me gustaría juntarnos, aunque sea una vez por semana a hablar de mil temas. Hay tanto para contar, tanto para decir...

-Acuerdo con Luis -dijo Jorge Clayton.

Jaume Nicolás Ruíz nos miró y dijo:

-El reencontrarme con vosotros, para mí es lo máximo en este momento. Me hace recordar mi infancia, me hace recordar a tantos recuerdos, tantos recuerdos, tantos recuerdos lindos... Pero supongo que estaréis de acuerdo conmigo de no aferrarnos al pasado. Queda como un recuerdo agradable en nuestro corazón, pero ahora podemos hablar de muchos más temas. Por ejemplo tú, Jorge, no digo hoy, ya es tarde, pero en otro momento contarás lo que haces, eso que has contado, de que financias una clínica...

Interrumpí yo y dije:

-No, hace muchísimo más; clínicas, fundaciones... bufetes para abogados... Tengo un amigo al que le instaló una fábrica para ordenadores personales.

-¡Vaya! -dijo Jaume-. En Saeta también están experimentando con pequeños computadores personales con pantalla. Me sorprende. Y estamos avanzando, estamos avanzando. Son muy lindos los años setenta. Me imagino que en el dos mil ya habrá coches voladores, ¡Je, je, je!

-No soñemos.

-Soñar es hermoso, -dijo Jaume-, pero tengamos los pies sobre la tierra.

-Es lo que siempre digo -agregó Jorge Clayton.

 

Me abracé con ambos y quedamos en volvernos a encontrar.

 

Gracias por escucharme.