Índice

Psicoauditación - Arturo - Ra-El-Dan

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Volver a Sesiones Raeldan

Sesiones

11/02/2013

20/04/2013

 


Sesión 11/02/13
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Raeldan

Relató una vida en el siglo XII. Era el legítimo heredero del trono inglés pero su tío lo desheredó porque pensaba que iba a traicionarlo. Le dieron una nueva vida con una identidad falsa para protegerle de su tío, que quería asesinarle. Conoció a una joven doncella, Elizabeth, a la cual amó pero no podía confesarle la verdad.

Sesión en MP3 (1.058 KB)

Anterior sesión cronológicamente relacionada

 

 

Entidad: Tuve una vida anterior muy significativa. Nací el 29 de marzo de 1187. Fui educado en la corte de Felipe Augusto. Tuve dos tíos que me odiaban: uno era Rey, el otro era Príncipe. Crecí entre intrigas palaciegas y con muchos compromisos. A la edad de 7 años mi tío Ricardo me designa heredero al trono inglés. Mi otro tío menor, Juan, alimenta en sus entrañas un tremendo odio por mi persona, ignorando yo el porqué.

 

Cuando cumplo 11 años me llaman a la corte y me dicen:

-Arturo, te llevarán a un lugar a ser educado.

No era como otros niños que los sacaban de su cascarón y se sentían desolados. Aun de pequeño cogía el gusto por la aventura y acepté de inmediato. En 1198 fui a la corte francesa pero, claro, hubo un problema: mi tío Ricardo se molestó pues su sobrino estaba siendo educado por su sobrino francés y él pensaba que yo me volvería en su contra. Me desheredaron. Mi tío Juan fue el heredero al trono inglés y yo, como legítimo heredero, quedé apartado.

 

Al año siguiente muere el Rey. Juan aprovecha la ocasión para calzarse la Corona apoyado por su madre Leonor. En el condado de Anjou me proclaman Conde con el apoyo del Rey de Francia. Había riesgo de guerras. Los nobles de Normandía, los propios ingleses reconocían a Juan como su propio soberano. Hubo muchas luchas, muchas guerras, guerras y pactos. En las guerras muere gente, en los pactos mueren los principios. Mientras mi tío le cedía al Rey de Francia algunos territorios y mucho oro, el Rey de Francia a cambio lo compensaba retirando todo el apoyo a mi persona y solamente me dejaba el Ducado de Bretaña.

 

Dos años más tarde, en 1201, muere mi madre. Cada día estaba más desamparado. A mis 16 años me entero de que mi tío ordena matarme. Necesitaba una garantía y mandó unos esbirros a intentar secuestrar a mi abuela Leonor en el castillo de Mirebeau. Los esbirros son muertos.

 

Le envié una cuantiosa tropa. Mi tío Juan se entera y los derrota. Llegan a mi castillo y me apresan. No conocía al caballero que comandaba las tropas. Se presenta como Guillermo de Roches. Me encarcelan en Falaise, me dan de comer sobras. Me trasladan a Ruan donde me visita mi tío Juan que me pide que me perdone la vida si renuncio a mis pretensiones al trono inglés. Directamente no le hablo. Mi espalda queda roja de latigazos.

 

La Historia se equivoca. La Historia comenta que Huberto de Burgh me entrega en la Pascua de 1203 y que muero de una conmoción. En realidad Huberto me protegió, nadie volvió a verme con vida. Huberto me viste con ropas plebeyas y me da un caballo, me abre las puertas de la fortaleza y parto, sin papeles, con apenas unas monedas y dejo de ser Arturo, heredero legítimo del trono y paso a ser el plebeyo Enrique.

 

Pasan los años y en el presente, en 1210, trabajo para un herrero. Manejo la espada mejor que nadie y me conocen con el nombre de Enrique. Desencantado de la vida, desencantado de las cosas hasta que un día conozco una doncella, una noble, en el mercado de frutos, una joven que venía con su dama de compañía, un rostro de ángel. Se llamaba Elizabeth. Vestía con ropas humildes, gastadas pero me doy cuenta de que se había escapado de su palacio para disfrutar de la verdadera vida, de lo que era lo real, donde no había lujos pero tampoco hipocresía, donde no había abundancia pero se valoraba cada céntimo. Ese día para mí fue inolvidable.

 

Al día siguiente varios soldados llegan hasta la herrería y preguntan por mí, estuve a punto de escapar. Primero pensé que venían de parte de alguien cercano al Rey, que habían descubierto mi identidad pero era imposible: ese Arturo había muerto hace 7 años. No, venían de parte de Elizabeth. Traían otro caballo. Voy con ellos. Mi patrón no sabía de qué se trataba pero como no me maltrataron ni me ataron se dio cuenta de que no era prisionero, simplemente era un, llamémosle, invitado.

 

En palacio me recibe Elizabeth y me dice:

-Te he conseguido un trabajo. Mi primo Felipe tiene 17 años y busco un instructor.

No es que estuviera intimidado en un lugar tan lujoso, jamás había entrado en un lugar así. Todo brillaba, no había ni una mota de polvo salvo mi ropa.

La miro intrigado a la joven, preguntándole:

-¿En qué puedo ayudar a tu primo?

-En el arte de la espada. Se te pagará y disfrutaré el verte.

-¿Qué dirá tu familia? ¿Qué dirá tu entorno? ¿Qué dirá el Obispo que te vean con un plebeyo?

-Eso déjalo por mi cuenta.

 

Un hombre mayor vestido elegantemente pero de porte humilde se acercó a mí. Su nombre era Juan. Por un momento pensé "Pensar que mi tío se llama así... es lo opuesto a la humildad".

En un cuarto había una tina de madera y un par de doncellas intentaron desvestirme. Le dije al hombre -Juan- disimuladamente que las saque y se marcharon. Una tina con agua tibia. El hombre cogió mis ropas, las puso en una bolsa y se deshizo de ellas. Otras ropas más delicadas, se podría decir, me estaban esperando. Hacía 7 años que no me calzaba botas de cuero. Se acercó otro joven un poco amanerado, rasuró mi barba y cortó mi cabello. Cuando terminé de vestirme algo dentro de mí hizo resucitar a Arturo y levanté la cabeza.

-Podéis iros -le dije al peluquero-.

El hombre Juan me miró y percibió ese acento que yo no usaba desde antes que me "mataran".

 

Me presentaron a Felipe. Era un joven bastante agradable. Le hice un saludo de cortesía y me cogió del cuello y me dijo:

-Ven, ven, Enrique.

Me llevó a un patio interno, cogió una espada y me tiró otra, que tomé fácilmente.

 

Y empezaba para mí una nueva vida. Cada mañana entrenaba al joven noble y cada tarde, con permiso de los padres de Elizabeth, iba a instruirme a la biblioteca.

Recuerdo que una tarde nos pusimos a hablar del actual Rey y del anterior y se extrañaba cuando yo le corregía fechas. En un momento dado ella me dice:

-Sé de las intrigas palaciegas, de los asesinatos que se cometieron. Arturo, a quien mataron hace 7 años, tendría tu edad. El Rey Ricardo lo dejó en 1194 sucesor al trono y luego murió.

-Elizabeth, el Rey murió en 1199 pero antes de eso a Arturo lo educaron en Francia y Ricardo pensó que Arturo se iba a vender, iba a vender a su origen y prefirió dejar como sucesor a Juan. Pero al morir -la palabra era la palabra, nada más que eso- el verdadero heredero era Arturo.

-¿Cómo sabes tanto de historia? Pues si bien es reciente, ¿cómo has leído tanto?

 

Se extrañó de que hablara el idioma de Bretaña y el idioma de Francia, que conociera las artes, principalmente que supiera leer y escribir y se extrañaba de ademanes que un plebeyo no tenía pero no me atrevía a contarle quién era, no por desconfianza hacia ella sino porque como dice el común denominador, las paredes escuchan y detrás de las cortinas también se escucha.

 

Elizabeth era de toda mi confianza. Recuerdo que una tarde en la biblioteca llegamos a besarnos, luego ella me apartó llorando.

-La vida es injusta -dijo-. Soy una dama que se enamora de un plebeyo.

En ese momento tuve el impulso de decirle quién era pero si salía a la luz de que Arturo estaba vivo... Yo desconocía la relación entre el padre de Elizabeth con Juan, al que los nativos denominaban Juan sin Tierra. Por ahora no diría nada.

 

Elizabeth acortó nuestras charlas porque le dolía verme. Ella no sabía que yo la amaba tanto como ella a mí pero lo nuestro era imposible, o por lo menos eso creía yo.

 

Aún faltaba para la Guerra de los Barones, un episodio totalmente sangriento del cual participé. Pero esa, como decís vosotros, es otra historia.

 


Sesión 20/04/13
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Raeldan

La entidad describe las intrigas entre los reinados de Francia e Inglaterra en la época del rey Juan. Enrique seguía en el palacio como entrenador de espada y adoraba a Elizabeth. Fue llamado a cruzadas, a guerras y al final se encontró frente a Juan quien reconoció en Enrique a Arturo antes de morir. Luego volvió al palacio de Elizabeth, que ya se había prometido a otro.

Sesión en MP3 (3.800 KB)

Sesión cronológicamente relacionada

 

 

Entidad: Hay cosas peores que vuestro infierno, el estar al lado de la mujer que amas y no poder concretar tus anhelos.

 

Enseñándole a un joven a usar la espada trataban de educarme en palacio ignorando que yo no era en realidad Enrique sino Arturo I.

Me reía porque Elizabeth estudiaba historia reciente y en la biblioteca teníamos grandes debates.

 

Ella me decía:

-En Burdeos, que quizás algún día conozcas esa región, el príncipe Juan eximió a los ciudadanos y mercaderes del impuesto a las exportaciones. A cambio, Burdeos, Bayona y Dax prestaban apoyo en contra de la corona francesa. Eso fue en 1201.

-Tengo entendido, querida Elizabeth, que fue en 1203, no fue en 1201. Desbloquearon los puertos y otorgaron por primera vez el acceso abierto al mercado del vino inglés, y en 1204 Juan concedió las mismas exenciones a La Rochelle y Poitou.

 

Elizabeth me miraba, diciéndome:

-¿En qué momento estudias? Aparte, esto es historia reciente, es historia de una década. ¿Cómo sabes todo eso?

 

Sabía más. Sabía que en 1205, cuando el Arzobispo de Canterbury murió y el príncipe Juan se había envuelto en una disputa con el Papa, Inocencio III. Los monjes de la catedral declararon ante él, el único derecho para elegir al sucesor de Huberto… Pero no era tan fácil, no era tan sencillo. La disputa no pudo ser resuelta, los monjes eligieron en secreto a uno de sus miembros para ser Arzobispo. Pero no era la idea de Juan, Juan buscaba otro candidato pero el Papa Inocencio desautorizó ambas elecciones y dejó como candidato a Esteban Langton. Obviamente Juan no lo soportó.

 

Lo comentaba con Elizabeth y ella me decía:

-A veces pareces instruido, a veces te veo tan equivocado en las cosas más básicas...

-¿En qué?

-Sabes de fechas, me corriges a mí y le dices príncipe al Rey.

-Es cierto, discúlpame, el Rey Juan. El Rey Juan, a quien Inocencio no le permitió usar el derecho en la elección de sus propios vasallos.

-Pero ¿por qué le dices príncipe?

-Fue un error mío, Elizabeth.

-¡Hay algo más!

-¡No, no hay nada más! No hay nada más.

 

Ella me miraba pensativa interpretaba que yo guardaba algún secreto. ¡Claro que yo sabía la historia!, aun no estando me empapaba de todo. Había un conflicto entre Inglaterra y Francia y seguramente yo tuve algo que ver. Los barones ingleses y la mayoría de los Obispos se negaron a aceptar al elegido del Papa Inocencio. Juan expulsó a los monjes de la catedral en 1207. Inocencio ordenó un interdicto contra el Rey pero lo único que logró era que se le embargaran las propiedades de la iglesia por faltar al servicio feudal. No era una época fácil.

 

En 1209, Juan fue excomulgado. En 1213 Inocencio amenazó con medidas más drásticas, a menos que Juan depusiera su actitud.

Juan lo hizo: aceptó las condiciones, ofreció la rendición del Reino de Inglaterra a Dios.

¡Je!, claro, Juan ganó el valioso apoyo de su señor feudal papal, ¡je! Juan era bastante astuto. Había sofocado en 1210 un levantamiento Galés, había cerrado su disputa con el papado.

 

Yo formaba parte de la familia y aquí estaba, en un palacio con una mujer a la que amaba, la que nunca podía casarse conmigo porque yo era un simple vasallo y ella era una dama. El mismo Felipe a veces me trataba como a un sirviente... Cuando le corregía algunos movimientos con la espada se enojaba y me gritaba. ¡Las veces que me contuve para no abofetearle! ¡Dios! ¡Dios! Me sentía como prisionero, como que no podía hacer nada, como que mi vida era un absoluto fracaso. ¡Un absoluto fracaso! Sentía como que todo era monótono... Elizabeth tampoco se jugaba por mí.

 

Recuerdo que vinieron unos soldados a palacio, buscaron guerreros para hacer una pequeña incursión. Pensé equivocadamente que estaban organizando una 5ª cruzada y no, no era así, no era una cruzada con todas las de la ley.

Felipe aún era joven pero a mí me convocaron y fui, impotente, sin saber cómo comportarme. Y marchamos. No fue una cruzada, faltaba todavía para la quinta cruzada, pero marchamos varios ejércitos.

 

No me despedí de Elisabeth. Sentí como que nuestra relación no tenía razón de ser, no tenía futuro y quizás revelándole quién era ponía en riesgo su vida, no tenía sentido. En el camino me hice compañero de dos jóvenes, uno de las tierras del norte, Knuck, y otro joven llamado Walter, que no me parecía muy experto con la espada, casi no hablaba, casi no emitía palabra.

 

Recuerdo que llegamos a Constantinopla, a ellos les pareció algo fastuoso, con muchísima gente. A mí me pareció un pueblo sumido en la miseria, algunos peleándose en el mercado por alguna verdura caída en el piso.

 

La idea de los ejércitos era llegar a Jerusalén. Fuimos atacados por musulmanes en el camino y me tocó usar la espada de verdad. El propio Knuck, un guerrero diestro, se asombraba de cómo manejaba la espada... dos veces le salvé la vida. Tres veces le salvé la vida a Walter. Pero tuvimos que emprender la retirada. Nuestro ejército tuvo casi un 60% de bajas y el ejército de la gente del norte un 30% de bajas.

Regresamos derrotados. No era una tarea fácil. En el fondo me preguntaba: ¿por qué la lucha?

 

Recuerdo que Walter estaba entusiasmadísimo con el afán de aventura y cuando regresábamos, curándose de dos heridas, le decía:

-¿Qué opinas ahora?

Me respondió:

-Fue mala la estrategia.

Knuck, directamente, no habló. Otro guerrero del país del norte que estaba siempre con nosotros, Kurt, muy buen espadachín, sólo dijo:

-Volveremos con más soldados, con más tropas y tomaremos de nuevo Jerusalén.

Le respondí:

-¡Por la gloria de Cristo! -Pero dudaba, verdaderamente dudaba-.

 

Apenas había tenido un rasguño y habían caído más de 24 musulmanes bajo mi espada. Tuve que cambiar de montura porque mi caballo estaba seriamente herido y hubo que sacrificarlo.

 

Y volví. Volví otra vez a la rutina, al palacio. Recuerdo que -jeje-, Elizabeth me recibió con un abrazo que no pudo disimular, su familia la miraba. Volvimos a la rutina.

 

Tener que volver otra vez a entrenar a Felipe era algo que ya no soportaba.

Y fueron pasando los años y llegó 1215. Hubo una guerra con los barones. ¡Dios! ¡Dios!

Yo, si bien tenía un... -rencor no es la palabra, indiferencia tampoco, no sabría cómo expresar la palabra- una emoción negativa por Juan, una emoción totalmente negativa.

 

A veces soñaba con tenerle frente a frente y decirle:

-¡Mira, estoy vivo! -Y clavarle mi espada en el pecho-.

Pero me sentía como que no sabía a qué lado pertenecía.

 

Juan había roto la palabra provocando la primera guerra de los barones e invitando a la invasión francesa del príncipe Luis VIII de Francia.

Los barones ingleses querían que el príncipe francés reemplazara a Juan en el trono. Obviamente Juan viajó por el país para oponerse a las fuerzas rebeldes. Hubo una lucha en el castillo de Rochester.

 

Me alistaron nuevamente en la tropa inglesa para frenar la invasión francesa. Yo no quería pelear contra franceses, quería pelear contra musulmanes.

Nuestra tropa no participó de la lucha. Nos enteramos de que Juan había tomado una ruta por el área pantanosa del Wash. Recuerdo que nuestro jefe al mando, Windor, mandó a 10 soldados con un jefe -yo entre ellos- a ver si encontrábamos a Juan y su guardia.

 

Recuerdo que para el mes de octubre estábamos cerca del castillo de Sleaford cuando sufrimos un ataque. Quedamos tres nada más con vida, nada más tres.

Vimos otra fortificación en Newark, prácticamente no había vigilancia. Subimos con unas sogas y entramos a la fortificación. Silenciosamente eliminamos a cuatro guardias pero uno de ellos alcanzó a dar el grito de alarma. Uno de mis compañeros murió con una flecha clavada en su pecho. Matamos a otros cuatro. El resto eran pajes, había algunos sacerdotes.

 

Mi compañero fue por un ala de la torre y yo por la otra y allí me encontré enfermo, con un estado mental alterado, frente a frente a Juan:

-¿Quién eres?

-¿No me reconoces? ¡Soy Arturo!

La fiebre lo consumía:

-¡Eres un fantasma! ¡Aléjate de mí!

Saqué mi espada, la apoyé en su pecho, ¡lo que me había imaginado varias veces! Pero no lo hice.

 

Murió. Quizás alguna indigestión, quizás la alta fiebre. Mi compañero y yo fuimos con la noticia. Finalmente volví otra vez a palacio.

 

En 1216 el hijo de Juan, de 9 años, se convirtió en el nuevo Rey, Enrique III. El príncipe Luis continuaba reclamando su derecho a dicho reinado pero los barones, ya no estando Juan, preferían al joven Enrique, obligándole al príncipe francés a firmar un tratado en 1217.

 

Son muy pocos los que saben la verdadera historia, muy muy pocos. Muy pocos saben de mi rutina y que en 1217 Elizabeth estaba prometida para casarse con un noble que no la besaría como yo, ni la acariciaría como yo, y que no he podido lograr más nada porque era un simple plebeyo, un simple plebeyo que tendría que estar en este momento en el trono de Inglaterra como Arturo I...