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Sesión de psicointegración 01/09/06
Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

 

De Jorge Olguín con la participación de Fernando Ibáñez, experto en meditación.

Sobre relaciones de pareja y roles y engramas comúnmente asociados, y algunos otros temas.

1a. parte en mp3 (3.739 KB)

2a. parte en mp3 (4.602 KB)

 

Primera parte

 

Jorge Olguín: Entonces, estábamos hablando sobre la atracción entre un varón y una mujer. Explicabas que si el varón se siente atraído por una mujer…

 

Fernando Ibáñez: Explicaba, según la teoría del doctor Castellá, las fases de la mujer hacia el hombre. Te decía que hay una primera fase donde la mujer transmite al hombre -a los hombres que tiene cerca o al hombre que es su pareja- una sensación, en concreto, la atracción para ser protegida.

 

Jorge Olguín: Protegida, contenida…

 

Fernando Ibáñez: Sí. Entonces, el hombre siente cariño hacia esa mujer y la quiere proteger.  Además se siente muy bien con esa mujer. Es una fase normal y sana en la mujer.

 

Jorge Olguín: ¿Sería algo así como un “lazo invisible” que la mujer lanza hacía el hombre?

 

Fernando Ibáñez: Sí, así es. Castellá decía que era una transmisión mediante una telepatía. Él tenía un concepto más mundano de la telepatía de lo que ustedes descubrieron gracias a los Mensajes de los Maestros. Algo como una parte más física…

 

Jorge Olguín: Sí, como los animales que huelen las feromonas…

 

Fernando Ibáñez: Exactamente, sería una cosa así.

 

Jorge Olguín: Puede haber un tipo de feromona de protección…

 

Fernando Ibáñez: Bueno, puede estar asociada también a eso pero Castellá decía que era una fase telepática. Explicaba que la mujer es más fuerte que el hombre porque esa telepatía la potencia con su sexualidad. Después viene la segunda fase llamada de atracción erótica. Hay que decir que la mujer puede cambiar en cinco minutos de la fase uno a la dos. Bueno, en esta segunda fase el hombre se siente atraído por la mujer para mantener una relación sexual sin importar donde estén, puede ser en un autobús, un lugar público, etc. El caso es que todos los hombres sienten en esta segunda fase atracción sexual por una mujer.

 

Jorge Olguín: Respecto al varón siempre se ha creído que todo parte de la segunda fase, de la fase de la atracción. En un común denominador se comenta que el varón se fija primero en la parte externa de la mujer, y que sin embargo, la mujer se fija en la parte interna del hombre. He comprobado que eso no es así al punto tal de que en muchos grupos de reflexión hay mujeres que se fijan en varones que están fuera de su alcance auditivo -sí dentro de su alcance visual- y al no saber lo que hablan, lo que piensan, lo que expresan, solamente se pueden basar en sus gestos sin conocer nada de su espíritu; y sin embargo está la atracción. Entonces, ese mito urbano de que la mujer se fija solamente en el alma mientras que el varón se fija sólo en el cuerpo, no es estricto.

 

Fernando Ibáñez: Claro, no es estricto.

 

Jorge Olguín: Entonces hablábamos de una primera y segunda fase, ¿cual seria la tercera?

 

Fernando Ibáñez: Un momento, quería decir algo más de la segunda fase. Esta fase impulsa al hombre a la acción y a la competencia. Esto viene de los animales que compiten entre sí…

 

Jorge Olguín: Correcto. Como los machos que compiten por la hembra.

 

Fernando Ibáñez: Sí, pero en el caso del hombre además de hacerlo competidor para ganar puntos frente a la mujer, también lo hace competente en lo que está haciendo, en su trabajo. Digamos que no tiene porqué estar peleándose con otros hombres por conquistar a una mujer.

 

Jorge Olguín: Somos civilizados entre comillas.

 

Fernando Ibáñez: Exactamente, son competiciones civilizadas…

 

Jorge Olguín: De alguna manera al ser el varón competente busca superarse a sí mismo, salvando las distancias, como cuando el pavo real despliega sus plumas.

 

Fernando Ibáñez: Es más que eso, porque entonces el hombre sale a ganar para la sociedad, sale a crear cosas, sale a la acción, etc. 

 

Jorge Olguín: Digamos como que le hace bien esa “telepatía”.

 

Fernando Ibáñez: Sí, además todas estas fases se dan de manera muy fuerte dentro de las relaciones de pareja. Cuando una mujer no está en pareja, pero está en segunda fase igualmente está transmitiendo mucha energía. Tanto la primera como la segunda fase dentro de una relación de pareja hacen que la mujer transmita mucha energía positiva a su pareja. En la pareja es muy fuerte la relación empática.

 

Jorge Olguín: Claro, le transmite primero ternura y luego ese erotismo para que el varón despierte su libido.

 

Fernando Ibáñez: Exactamente. La mujer con su energía femenina hace que el hombre despliegue su energía masculina que a su vez –creo yo- retroalimenta la energía femenina de la mujer.

 

Jorge Olguín: Claro.

 

Fernando Ibáñez: Pero la mujer a veces lo hace desde más lejos, porque tiene más fuerza telepática. Esto es una teoría de Castellá, no sé si la comparten ustedes…

 

Jorge Olguín: Es interesante. Sería tener un criterio muy cerrado o muy angosto descartar algo de entrada. Al contrario, me parece una teoría muy atractiva.

 

Fernando Ibáñez: Todavía hay muchas cosas que trabajar y discutir sobre lo que descubrió y escribió el doctor Castellá. Él era un médico que vivió (ya murió) en San Martín, en la provincia de San Andrés (Argentina). Era un poco más mayor que nosotros y descubrió muchísimas cosas muy lindas. La tercera fase de la mujer que explicaba es la de repulsión. Esta es la fase donde todos los hombres se quieren alejar de la mujer.

 

Jorge Olguín: ¿Eso también está provocado por la mujer?

 

Fernando Ibáñez: Eso está provocado por la mujer en un momento dado. Por ejemplo, hay mujeres que tienen algún trastorno mental…

 

Jorge Olguín: Claro, pero dejando de lado ese caso, de manera general, ¿por qué ocurre eso?

 

Fernando Ibáñez: Bueno, seguramente es por lo que ustedes llaman engramas. Hay muchas mujeres que están en tercera fase y no es necesario. Hablamos de que la mujer saca lo peor del hombre y este se siente mal al lado de la mujer por lo que se quiere alejar de ella. 

 

Jorge Olguín: ¿Esta tercera fase puede ocurrir de forma aislada o necesariamente una mujer tiene que pasar antes por la primera y segunda fase?

 

Fernando Ibáñez: No, una mujer puede vivir en tercera fase, primera fase, o directamente puede usar las tres.

 

Jorge Olguín: O sea, en esta fase la mujer no despierta libido en absoluto en el varón.

 

Fernando Ibáñez: Claro, para nada. Puede haber una mujer muy linda en una reunión y estar en tercera fase, pero estando así ningún hombre se le va a acercar. Se le van a acercar las mujeres pero por otra razón fuera de lo sexual.

 

Jorge Olguín: Sí, entiendo.

 

Fernando Ibáñez: Ahora, ¿por qué nosotros miramos a las mujeres lindas? Una vez me dijo un amigo que sabía de lo de Castellá que era porque nosotros, como los animales, vamos a lo sano. La belleza puede ir en muchos aspectos, pero en este caso que estoy hablando una mujer con cuerpo sano y un hombre con cuerpo sano es una forma de belleza física. Entonces, nosotros como seres humanos, tendemos a eso.

 

Jorge Olguín: Hace un tiempo atrás hablamos con un biólogo que era experto en sexualidad animal y dio una explicación a esto. Él comentaba que el macho trata de fecundar a la mayor cantidad de hembras posibles para preservar la especie y decía que por eso el varón “tendía”, siempre lo digo entre comillas, a ser polígamo mientras que la mujer era monógama.

 

Tratando con distintos consultantes en el trabajo cotidiano y yendo a distintos grupos de reflexión he comprobado que eso no es tan así. Si bien he visto que hay varones tipo boy scout, siempre listos para la acción, también he visto muchos casos de mujeres que han declarado abiertamente que han salido con un varón directamente por una necesidad fisiológica y que luego lo han descartados abiertamente para buscar otro a la semana siguiente.

 

Entonces como nosotros somos seres racionales y tenemos un decodificador racional, la mente analítica compite contra la mente reactiva. En eso salimos beneficiados en el sentido de que se logran parejas monógamas, porque si únicamente nos dejáramos guiar por la mente reactiva podríamos tener varias parejas a la vez.

 

Con este ejemplo no me estoy refiriendo a la mente reactiva creadora de engramas y de roles del ego, sino que estoy hablando de la mente reactiva en su faceta de supervivencia como en el caso de los primeros homínidos que tenían mente reactiva automática. Esto ya se comentó en las primeras sesiones, en el año 1997. Si uno de esos homínidos veía un tigre diente de sable no tenía tiempo para pensar, tenía que huir y si veía un pequeño zorro directamente le lanzaba un proyectil para cazarlo. No había tiempo para pensar si este me vencerá o yo lo venceré, sino que automáticamente la mente reactiva del ser prehistórico lo podía salvar de ser devorado por el tigre dientes de sable o podía evitar que se muriera de hambre lanzando un proyectil a un mamífero pequeño. Esa misma mente reactiva le servía al macho para procrear con distintas hembras para preservar la especie. 

 

El hecho es que hoy aún teniendo mente reactiva, nuestra mente analítica -la que llamamos mente civilizada, la mente de pensamiento abstracto-, nos permita definir un concepto del amor. Pensemos que en aquella época el amor no existía, existía un apego. Sería ofensivo decir que ese apego era irracional, porque sería lo mismo que el caso de un perro que es cuidado por su dueño y de pronto ese dueño muere y el perro puede llegar a dejarse morir de hambre de tanto apego que tiene por su dueño o  amo, como se le quiera llamar. El perro no tiene pensamiento abstracto como tiene el ser humano, pero sería ofensivo para el perro decir que el perro no siente amor. La expresión de amor y de lealtad –la lealtad va más allá de la fidelidad- que tiene ese animal supera al 50 % de los seres humanos que conozco o quizás a más, porque la misma mente analítica que tiene el ser humano lo hace proclive al engaño. Hace mucho tiempo atrás tuvimos un debate muy rico sobre si la verdad era analítica o reactiva. Gracias a ese debate descubrí la segunda mente reactiva, que es la mente reactiva impulsiva, porque decía que como la mente reactiva era automática era como una computadora y por tanto no pensaba. Entonces, si algo es automático no puede ni mentir ni decir la verdad, es automático.

 

Fernando Ibáñez: Claro, hay un estímulo y una respuesta sin una pausa. Nosotros con la mente analítica hacemos una pausa entre el estimulo y la respuesta.

 

Jorge Olguín: En el ejemplo que yo daba, siempre me baso en ejemplos que he vivido, ya sea que los he protagonizado con otros interlocutores o que he tenido el relato de consultantes, una mujer degrada a su esposo diciéndole: “¡Eres un inútil! ¡No le  has reclamado a tu jefe un aumento de sueldo! ¡No eres bueno para nada!”. En ese momento la mujer está absolutamente fuera de sí y después cuando se le pasa le dice al marido: “Discúlpame querido, yo no quise decir eso. Jamás te consideraría un inútil”. Decíamos que su real pensamiento es que sí lo considera un inútil, porque en ese momento la persona está  tan sacada con su mente reactiva que no tiene tiempo de mentir. Entonces, si no tiene tiempo para mentir está diciendo la verdad; será una verdad con furia o con enojo, pero no deja de ser verdad. Después cuando esa persona está tranquila –cuando se aquietan las “aguas reactivas”- y toma el control de nuevo la mente analítica, esta mente sí que tiene tiempo de urdir mentiras piadosas. Por ejemplo, puede decir: “No, tú eres verdaderamente capaz; lo que pasa es que seguramente tu jefe no te considera. ¿Cómo vas a ser un inútil? ¡Para nada!”.

 

Fernando Ibáñez: Pero en su mente reactiva sí lo considera un inútil…

 

Jorge Olguín: Entonces, gracias a ese debate descubrí la segunda mente que es la mente reactiva impulsiva. La tercera mente reactiva es la mente reactiva depresiva.

 

Fernando Ibáñez: No me ha quedado claro cuál es la diferencia entre la mente reactiva impulsiva y la mente reactiva automática.

 

Jorge Olguín: La mente reactiva automática es la que cuando uno cruza la calzada y de repente suena un claxon hace que uno automáticamente pegue un salto hacia la acera. La mente reactiva automática es la mente reactiva que te salvó la vida impidiendo que fueras arroyado por un automóvil. En cambio, la mente reactiva impulsiva es la de una consultante que vino hace un tiempo atrás y me dice: “Sabe profesor que estaba detrás de Ricardo durante tanto meses y cuando él por fin me prestó atención fuimos a tomar algo a un bar. Pedimos un par de gaseosas y nos pusimos a hablar de temas íntimos. Entonces, dijo algo que no me gustó mucho, y siendo yo una persona tan impulsiva, me levanté de la silla, le di una bofetada y me fui. Cuando salgo del bar y llego a la acera me digo: “¡Ay Dios! ¿Qué hice? ¡He estado detrás de este muchacho tanto tiempo y por ese impulso tan tonto lo estropeé todo!”.

 

Fernando Ibáñez: Entiendo, esa es la mente reactiva impulsiva. ¿Cuál es la tercera mente?

 

Jorge Olguín: La tercera es la mente reactiva depresiva. De repente viene un señor a consulta, pongamos que se llama Osvaldo, y me dice:

 

Osvaldo: - Hace meses que estoy saliendo con una chica. Me adora, me quiere, pero a veces todavía se acuerda de su relación anterior. Es como que no se termina de olvidar. Ella dice que ya no lo quiere pero se sigue acordando y a veces lo nombra.

Jorge: - Pero tú has venido por algo más. Percibo, o tal vez sean los guías que me lo están dictando, que pasó algo en estos días.

Osvaldo: - Sí. Estuvimos en el bar de un shopping, y ella estaba absolutamente depresiva…

Jorge: - Sí, ¿y qué más?

Osvaldo: - Ella me dijo que esos momentos estaba vacía, que no tenía sentimientos…

Jorge: ¡Oh, oh! En el momento que dice “no tengo sentimientos” eso incluye también a tu persona. Cuando dice “estoy vacía, no tengo sentimientos” significa que todavía está dolida por su relación anterior, y que a ti no te está teniendo en cuenta; simplemente estás como acompañante para compartir sus momentos de soledad.

Osvaldo: - Pero me ha dicho muchas veces que me quiere. Me ha dicho que está sintiendo por mí algo muy profundo…

Jorge: - Claro, pero yo no le hago caso a la mente analítica, yo le hago caso a la mente reactiva depresiva que tiene en ese momento. La mente reactiva depresiva es una mente que no tiene tiempo de urdir mentiras porque la persona está tan depresiva que en ese momento pone todas las cartas sobre la mesa, como si en ese momento desnudara su alma. Y la mente reactiva depresiva al igual que la mente reactiva impulsiva dice la verdad.

Osvaldo: - Entonces, ¿significa que no me ama?

Jorge: - Sí, significa  eso, que no te ama. Eso no significa que tú salgas de la consulta y rompas con ella, simplemente le planteas con tus palabras este hecho. Por ejemplo, le dices: “Observé que estabas depresiva y que en ese momento decías que estabas vacía. ¿Eso me incluía a mi?”.

 

Bueno, le dio resultado porque la chica le dijo: “Verdaderamente te tengo un aprecio tremendo, pero de ahí al amor hay un paso largo. Si quieres salir conmigo sal, pero no hay garantía de nada más por el momento”.  Entonces, el joven vuelve a consulta conmigo y me pregunta:

Osvaldo: -¿Qué hago? 

Jorge: - Yonunca le voy a decir a una persona qué tiene que hacer, porque yo no voy a ser responsable de los actos de esa persona. Yo simplemente te digo esto, si tú ves que te estás enganchando demasiado, -como decimos en Buenos Aires-, ves que estás sintiendo algo demasiado profundo y no tienes seguridad de que la relación continúe, a medida que vayas entrando en ese amor más vas a sufrir cuando se corte. Entonces, a veces es mejor una retirada a tiempo que te retiren después. Por tanto evalúalo tú mismo.

 

Fernando Ibáñez: ¿Puedes explicar otras características u otras cosas que hace también esta mente reactiva depresiva?

 

Jorge Olguín: La mente reactiva depresiva viene por muchas razones, puede venir por pérdidas laborales, por perdidas afectivas, etc.

 

Fernando Ibáñez: ¿La depresión siempre es por miedos acumulados, engramas diríamos?

 

Jorge Olguín: Sí, puede ser por miedos, por engramas… Pero también puede ser por fracasos, incluso por fracasos de uno mismo. Por ejemplo: “Me siento demasiado viejo. No me veo atractivo de rostro como para agradar a nadie. Sexualmente creo que no tengo posibilidades porque no soy muy activo. ¿Cómo voy a ser competencia para esa otra persona?”. Entonces, nosotros -al decir nosotros me refiero al ser humano varón- nos auto-descalificamos antes de que la otra persona nos descalifique. A veces lo hacemos por una especie de defensa y a veces lo hacemos por una mal llamada dignidad que en este caso sería falso orgullo. Preferible que nos auto-descalifiquemos nosotros mismos a que después las personas nos descalifiquen.

 

Fernando Ibáñez: ¿Cómo sería el contacto entre los roles del ego y la mente reactiva depresiva?

 

Jorge Olguín: ¡La mente reactiva depresiva forma tremendos roles de víctima a pesar de que la persona está causando daños a otras personas! En el caso de esta joven le estaba causando un daño tremendo a su actual pareja al decir que estaba vacía por dentro, que se sentía sin sentimiento, valga el juego de palabras. ¡El daño se lo estaba causando a él! Él sentía un amor impresionante hacía ella y del otro lado ella le decía que estaba vacía de sentimientos. El hombre sentía que estaba depositando sus fichas en un vacío, en un agujero negro, donde eran absorbidas por la tremenda gravedad y no le estaban devolviendo nada.

 

No confundamos el amor personal con el amor impersonal donde yo puedo brindar todo y no espero nada del otro porque es un amor de servicio y gozo con ello. Respecto al amor personal, seamos honestos y saquémonos la máscara -o como decimos  en Argentina “la careta”-, si yo tengo un amor personal y apuesto por él, voy a querer una retribución, porque el amor personal es posesivo. El amor personal solo es dañino cuando hay un desequilibrio, cuando ya lo posesivo empieza a ser una obsesión y cuando la persona empieza a ver fantasmas en el otro. “Seguro que me engaña. Hoy seguro que no me tocó porque tocó a otra. Llegó tarde, le voy a oler la camisa a ver si tiene perfume”. Cuando la posesión pasa a ser obsesión ya hay una “enfermedad” de parte de la otra persona.

 

Fernando Ibáñez: ¿Puede ser una obsesión bi-direccional, de una parte de la pareja hacía la otra y al revés?

 

Jorge Olguín: No tanto, porque siempre es uno de los dos el que tiene más peso. No hay un equilibrio de un 50%, no es un fifty-fifty. Por ejemplo, hay una mayor posesión de parte de la persona que está imbuida en sus celos. Los celos también entrarían dentro de las características de la mente reactiva impulsiva.

 

Fernando Ibáñez: ¿Como definirías los celos? ¿Son un miedo?

 

Jorge Olguín: Los celos son un cóctel, combinado o mezcla -como se quiera llamar de acuerdo a cada país- de amor mal entendido, temor, inseguridad, falta de autoestima, etc. De ahí el barman hace un tremendo cóctel y lo sirve. Entonces, la persona lo toma y siente inseguridades, miedos, temores, pánico ante el fracaso, baja estima, “no lo puedo lograr”, etc.  Puede afectar tanto a la mujer como al varón de distintas maneras. Al varón, y no quiero ser reiterativo, le puede afectar enormemente incluso en su parte sexual. El varón por un mandato de sociedad -no creo que sea por un mandato genético- es competitivo consigo mismo. Principalmente los jovencitos son competitivos en la cantidad de orgasmos que pueden llegar a tener con una mujer en una noche. O sea, hablando del varón muy joven es como que no le interesa si tienen un buen sexo o un mal sexo, si logran conformar a la mujer con caricias o con abrazos, si la mujer también tiene una relación satisfactoria; sino que les interesa más el número de orgasmos que pueda lograr. Hay un chiste al respecto, creo que siempre es bueno amenizar las charlas con chistes… Un chico, Carlos, dice: “Sí, yo la ultima vez cinco”. Le contesta su amigo: “¿Cómo que cinco? ¿Y eso que me habías dicho de que eras eyaculador precoz?”. Dice Carlos: “Sí, por eso cinco. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y ya terminé”.

(Risas).

 

Fernando Ibáñez: Te voy a hacer una pregunta que no es del todo del tema que estamos tocando pero sí tiene que ver. ¿Cómo definirías a la pareja humana?

 

Jorge Olguín: La pareja humana es una relación entre un varón y una mujer que se juntan complementariamente. Ya lo digo en la teoría de las almas gemelas que no somos la mita de nadie, sino que somos espíritus completos; somos seres enteros y un espíritu es complementario al otro. Complementario no significa que piensen de la misma manera, pero tampoco es que piensen en opuestos. No necesariamente tienen que estar de acuerdo en todo, pero sí tratar de acordar porque el acuerdo es una de las bases de la convivencia. Hace tiempo atrás estuve en una reunión donde había 50 personas entre varones y mujeres que hablaban de los límites en las relaciones de pareja. El único que votó “no a los límites” dentro de una relación de pareja fui yo. Las otras 49 personas votaron a favor de los límites. Una de las mujeres me decía: “Si no hay limites, ¿cómo sería?”. Le digo: “Si no hay límites hay acuerdos en las relaciones”.

 

Fernando Ibáñez: ¿En qué sentido límites?

 

Jorge Olguín: En el sentido de poner límites al otro, de que no me invada. Le digo a esta mujer: “Si yo amo a la persona, voy a estar pendiente de ella”. Y me dice: “¡Ahí está! ¡Eso es invadirla!” Le digo: “No, no, no. Tienes una confusión, estar pendiente también puede significar respetar sus momentos: si la persona está leyendo, si está meditando, si está en un momento de relax o en un break”. Se trata de respetar al otro y respetar no significa pasar por encima de él.

 

Fernando Ibáñez: Claro, el límite  es poner reglas.

 

Jorge Olguín: El límite es poner reglas y yo creo en los acuerdos.

 

Fernando Ibáñez: Los seres libres no se ponen reglas.

 

Jorge Olguín: Exacto. Los límites y las reglas no son para una relación de pareja [de igual a igual], sino que serían para los seres irracionales o para los humanos que no tienen el raciocinio suficiente, como en el caso de los niños pequeños. Si una persona tiene un niño pequeño que tiene un pequeño problema bronquial y hay que darle un jarabe, aunque la criatura patalee y grite como un marrano -“¡no, no, no!”- uno tiene que abrirle la boca y darle el jarabe a la fuerza. Quizás pueda resultar invasivo para la criatura y si uno es muy estricto en lo que es A.D. puede que diga: “¡Oh, pero de esa manera le estás creando engramas!”. Pero de alguna manera tampoco podemos ser más papitas que el Papa, en el sentido de decir que estornudo y el otro ya tiene  engramas. Por ejemplo, un nene de 6 años que tiene que vacunarse antes de ir a primer grado, y bueno se puede pensar -¿le creará un engrama el pinchazo? ¿Le tendrá miedo a la aguja?-, pero hay que vacunarlo para su propio beneficio porque evita que contraiga cualquier enfermedad. O sea, no podemos ser permisivos con todo o todos. Tenemos que poner límites y reglas cuando la persona todavía no sabe desenvolverse por sí misma.

 

Fernando Ibáñez: Claro, en la pareja se entiende el acuerdo porque son dos personas adultas.

 

Jorge Olguín: Una pareja son dos personas adultas y racionales, y por tanto ahí valen los acuerdos, no los límites. Una de las personas de la charla que comenté antes me decía: “¿Cómo evito que la persona me invada si yo no pongo límites?” Bueno, porque el acuerdo es un respeto mutuo, el acuerdo es tener en cuenta al otro también. El acuerdo es entender. Uno puede ponerse en el lugar del otro  -y eso es el amor- para comprender que el otro necesita estar solo. Estar solo no significa excluir al otro. Por ejemplo, pongamos que durante el día en mi consultorio no tuve tiempo de hacer mis cuentas -porque los terapeutas también tenemos cosas que pagar (risas)-  y llego a mi casa. Entonces, me pongo a hacer las cuentas y mi pareja espera a que termine esas cuentas para contarme lo que sucedió durante el día. Eso ocurre salvo que mis cuentas en ese momento no sean importante y mi pareja me consulte: “¿Puedes dejar las cuenta en este momento para que te cuente algo que es importante o espero 10 minutos más para que termines?”.  “No, está bien, te escucho”. Entonces, suspendo las cuentas -dejo bolígrafo y el papel- y le presto atención a mi pareja. Pero lo acordamos así, porque ella me lo preguntó. Eso no es invasivo.

 

Vuelvo a la pregunta original, ¿qué es una pareja? Una pareja son dos seres que buscan amarse y buscan contenerse mutuamente. Si bien por un mandato cultural se dice que el hombre es quien contiene a la mujer, gracias a Dios yo me he sentido muchas veces contenido en mi relación de pareja siendo yo varón. La idea es que ni el varón use a la mujer ni la mujer use al varón como saco de descarga. O sea, yo puedo dialogar sobre lo que me ha pasado durante el día, pero no voy a descargar mi mal humor en mi pareja si el día me ha ido mal o viceversa. Conozco casos de muchos consultantes, tanto de varones como de mujeres, que me vienen a contar su cotidiano vivir y me dicen: “¿Usted sabe? Le quise hablar a mi esposo y me dijo que no le contara nada, que venía de mal humor, que le preparará un baño y que luego quería la comida lista en la mesa”.

 

Esta persona no está teniendo en cuenta a su pareja y si no la tiene en cuenta no la está amando, porque amar la persona es tenerla en cuenta. Uno puede tener pequeñas fallas, no somos perfectos. Un refrán de La Pampa Argentina dice: “Al mejor cazador se le escapa la liebre”. Y es cierto, a mí mismo como terapeuta -que trato de ser observador en todo- también se me escapa la liebre. Me pueden estar diciendo algo y en ese momento estoy distraído y digo: “¿Qué? ¿Qué me decías?”. “¡Ves cómo no me estás escuchando!”. Y es cierto, nos pasa a todos, pero eso no significa que uno lo haga a propósito. Yo siempre le digo a la gente que hay que diferenciar entre culpa y responsabilidad. Uno puede tener culpa cuando hace las cosas ex profeso y responsabilidad es cuando hacemos las cosas sin querer.

 

Fernando Ibáñez: La culpa es lo opuesto a la responsabilidad, porque la culpa es como esperar inconscientemente un castigo. Uno tiene engramas, uno espera un castigo y se siente impotente. Esta Según Castellá, se siente impotente para evitar ese castigo, eso es la culpa. La culpa nos puede hacer cometer actos no responsables. Por ejemplo: le doy a alguien dinero porque me siento culpable de que yo tengo dinero y él no, y el otro a su vez me pide dinero tratando de generarme un sentimiento de culpa. Entonces, yo no soy responsable porque no hago que el otro gane por sí mismo, sino que le hago pobre dándole ese dinero.

 

Jorge Olguín: Claro, al contrario, le estás facilitando una desidia.

 

Fernando Ibáñez: Exactamente.

 

Jorge Olguín: ¿Y la responsabilidad?

 

Fernando Ibáñez: Es lo opuesto.

 

Jorge Olguín: La responsabilidad es asumir un compromiso, esa es la diferencia.

 

Fernando Ibáñez: Exactamente.


Segunda parte

 

Jorge Olguín: Estábamos hablando de lo que es la pareja en sí. Completando la idea de lo que es la pareja humana yo tomo como necesaria una relación de pareja. Si bien hay gente que vive en soledad, la pareja se complementa en amor, en respeto, en lealtad, en diálogo, en acuerdos, y de alguna manera en contención. Porque durante el día a todos nos pasa que nos encontramos con gente que es empática con nosotros y a veces nos encontramos con gente que no es tan empática y puede desestabilizarnos. En la misma la anterior técnica dicen que si bien la luz es más fuerte que la densidad, cuando hay dos personas que tienen escalas tonales distintas es más fácil que la escala tonal baja desestabilice a la alta a que la alta levante a la baja.

 

Fernando Ibáñez: ¿Y eso se da también en una pareja?

 

Jorge Olguín: Sí. Casi siempre se da. En una convivencia donde las dos personas no vibran en sintonía, es más fácil que la pareja que esté más densa desestabilice a la otra y le provoque un infierno en vida. Una vez tuve una charla con una consultante que me dijo: “Después de seis años me tuve que divorciar de mi esposo, porque vivía tomando ansiolíticos. ¡Y yo no me casé para tomar ansiolíticos! ¡Yo me casé para gozar la relación de pareja! Gozarla en responsabilidad. Y últimamente había tanta manipulación de parte de la otra persona…”. Era la versión de ella, yo escuchaba la versión de ella que era mi consultante, habría que ver lo que diría el esposo, pero bueno; estoy hablando de una de las dos caras de la moneda que era la que atendí yo.

 

Fernando Ibáñez: Claro.

 

Jorge Olguín: Y me seguía contando: “Hace meses que estoy tomando ansiolíticos, porque son tantos los nervios que me provoca la manipulación de la otra persona que no puedo estar. Entonces, una relación así no me sirve. Lo dicen en España: tomé al toro por las astas y me divorcié”.

 

Fernando Ibáñez: ¿Cómo sería la potenciación humana que hace la pareja? ¿Cómo ves que dos seres humanos son mucho más al estar juntos? Bueno, primero habría que ver porqué se juntan, ¿no?

 

Jorge Olguín: Se juntan porque se atraen físicamente y espiritualmente. Una pareja ideal… A ver, a ver, ideal-ideal no existe porque no existe el príncipe azul, no existe la cenicienta, somos seres humanos que tenemos defectos, fallas, tenemos dolores físicos, por el hecho de que estamos en el plano físico; pero se potencian teniendo proyectos en común. Aclaro, para no desalentar a nadie, que hay dos maneras de tener proyectos en común. Se puede tener proyectos en común trabajando ambos en lo mismo o se pueden tener proyectos en común trabajando en actividades absolutamente distintas, pero sí compartiendo proyectos de vida.

 

Fernando Ibáñez: Sí. En una actividad, por ejemplo yo y mi pareja, a mi me gustaría que ella haga sus cosas y mi me agrada que las haga y ella que yo haga mis cosas –siendo las dos son distintas- y ella también está conforme con que yo las haga, ¿no? Y cada uno hace tareas diferentes, pero complementarias. Serían dos modalidades distintas de vida, pero que los dos compartimos.

 

Jorge Olguín: Y aparte en la pareja uno es feliz viendo el resultado o el esfuerzo del otro, aunque todavía no dé resultados. Si yo veo un granjero que está sembrando un campo, independientemente de que después vea un maíz de dos metros de altura, yo ya voy a estar satisfecho viendo que por lo menos cosechó. Después vendrá la siembra, pero no estoy de acuerdo con esas personas que levantan su autoestima cuando ven el resultado de su esfuerzo. Yo valoro el esfuerzo, el resultado vendría a ser una añadidura del esfuerzo. Pero yo lo que valoro es el esfuerzo de la persona. ¡A mí me importa el esfuerzo! No siempre llevaremos un resultado a favor, pero yo no voy a estar con mi autoestima tambaleante o con ciclos -“Hoy tuve un esfuerzo, estoy en la cúspide. Hoy tuve una falla, estoy en el abismo”-, porque entonces va a parecer la sinusoide de la corriente alterna de acuerdo al ciclo éxito-fracaso.

 

El éxito y el fracaso son un resultado. En cambio, lo que es siempre igual es el esfuerzo que hacemos. Nuestra valorización como espíritus está en el esfuerzo, porque el esfuerzo tiene un motor que se llama compromiso. Entonces, en una relación de pareja puede haber un esfuerzo conjunto y a su vez puede haber un esfuerzo individual. Traduzco los dos y no te olvides de tu pregunta. Esfuerzo conjunto es un esfuerzo de proyectos de vida. Esfuerzo individual es que yo me estoy esmerando en mi trabajo mientras mi pareja se puede esmerar en su trabajo. Y los dos ponemos esfuerzos por separado que después pueden ser mancomunados o no.

 

Fernando Ibáñez: Claro. Y a mí me da orgullo el trabajo, o la acción o la actividad de mi pareja y a ella le da orgullo la mío. En ambos casos como si fuera propia.

 

Jorge Olguín: Independientemente de si haya resultado, obviamente que el resultado va a ser la culminación.

 

Fernando Ibáñez: Sí, me refiero a la acción no al resultado.

 

Jorge Olguín: Es como que yo termino la tarta y le pongo encima la mermelada de fresa. Está perfecto, vendría a ser el lazo a la camisa. Pero mientras tanto yo también tengo que valorar todo lo que ha hecho. Si yo estoy en un campo, lo siembro, me está saliendo el fruto, viene una gigantesca granizada y me destroza todo, yo no puedo decir que he fracasado, porque yo lo he intentado.

 

Fernando Ibáñez: Claro.

 

Jorge Olguín: Fracaso si me quedo cruzado de brazos sin hacer nada, porque digo: “¡Vaya, cómo está el cielo! ¡Seguro que dentro de dos días graniza!”. Con ese criterio justificaría todo. Justificaría mi desidia. Entonces, el compromiso es lo opuesto a la desidia. Así como anteriormente dijimos que la culpa, de alguna manera, está en la acera opuesta a la responsabilidad, yo tengo una visión de lo que es la culpa y de lo que es la responsabilidad. Y eso también se traslada a la pareja. De repente, sin querer me equivoqué en una acción mía que no lo hice a propósito o de repente, supongamos que tenemos chicos y antes de que yo llegara mi pareja dice: “Mira no vas a salir porque hoy en el colegio tuviste una mala conducta”. Y cuando yo llego mi pareja fue a comprar y el chico me dice: “¿Puedo salir con mi amigo y vuelvo a las 19:30?” “Sí, ve”. Cuando mi pareja vuelve me dice: “¿Dónde está el pequeño?”. “Lo dejé que fuera con su amigo”. “Pero, ¿cómo? ¡Si yo se lo había prohibido por lo que hizo en la escuela!”. Pero ahí no tengo culpa, tengo responsabilidad porque yo no estaba enterado, mi pareja no me llamó a mi celular, a mi teléfono móvil, para decirme lo que pasaba, entonces ninguno de los dos tuvo culpa, lo que tenemos es responsabilidad. Ella por no avisarme y yo por no saberlo. Pero no nos podemos echar la culpa. Si ahí nos echamos culpa porque hubo un desfase es porque los dos somos necios.

 

Fernando Ibáñez: En realidad nunca hay que echar culpa…

 

Jorge Olguín: Obvio, en realidad nunca hay que echar culpa, porque la culpa le está transmitiendo engramas al otro y de alguna manera es como que uno está generando un rol de víctima. El que echa culpas es el que se genera rol de víctima. “¡Llegas tarde! ¡Estaba esperando con la comida! ¡Tengo úlceras! ¡Si a mí me pasa algo la culpa será tuya porque has llegado tarde!” “Pero mi amor, este…”

 

Fernando Ibáñez: Culpa, se puede decir que es una mala palabra.

 

Jorge Olguín: ¡Claro que es una mala palabra! Una de las cosas que nosotros también explicamos y que en este caso vale para las relaciones de pareja es el perdón. La gente que está en el mundo espiritual define al perdón como uno de los máximos exponentes de la misericordia y yo no estoy de acuerdo con el perdón. Porque para perdonar, yo primero tuve que juzga. Entonces, yo creo en una fase anterior al perdón, que es la comprensión y la tolerancia. Si yo me pongo en el lugar de la otra persona y veo que su equivocación fue por omisión, al no culparla, no tengo porqué perdonarla. Porque generalmente se perdona desde la petulancia, desde la pedantería.

 

Fernando Ibáñez: Tras verse ofendido previamente.

 

Jorge Olguín: Claro. ¿Y quién se ofende? El ego, uno de los roles del ego que tenemos se ofende, entonces desde la ofensa estamos perdonando. Estamos hablando de casos pequeños, ¿no? No estamos hablando de agresiones de hecho o de episodios violentos o de estafas, estamos hablando de hechos relacionados con le tema de pareja dentro de los patrones normales y de hechos cotidianos. Hablamos de esos hechos. Hay cosas que pueden perdonarse y cosas que no. No hablamos de hechos que no tienen vuelta atrás como violaciones, estafas o ese tipo de cosas, que no tiene sentido tocarlos ahora porque estamos hablando de otro tipo de tema. En la pareja en realidad, uno no perdona al otro, en realidad uno comprende al otro. Tiene que entender y ponerse en el cuerpo, en el alma del otro.

 

Fernando Ibáñez: Quiero agregar algo. Cuando uno comprende al otro, crecen los dos en la pareja. Es como ganar mucho. En cambio cuando uno perdona por una ofensa “y bueno, nos olvidamos”, es como que no ganaron demasiado.

 

Jorge Olguín: No ganaron nada…

 

Fernando Ibáñez: Bueno, también ganaron algo. Ganaron en amor… Pero es mucho más avance cuando uno comprende, porque se pone en el lugar del otro.

 

Jorge Olguín: Porque al decir, “bueno, te perdono y lo dejamos ahí el tema”, da a entender como que el que perdonó sigue siendo dueño de su verdad. Y perdona con la condición de que el otro reconozca que está equivocado o lo reconozca implícitamente. Entonces, no, no es así. Otro de los temas que quería agregar es el tema de la tolerancia. La tolerancia es una virtud. También está dentro de la comprensión. Lo que pasa es que la tolerancia es una herramienta de doble filo, porque es parecido al perdón. “Si bueno, a esta persona no tengo más remedio que tolerarla”. Ahí la estoy tolerando desde el rol de juez. “Bueno, la estoy tolerando”. Es como diciendo: “Soy un perdona vidas, la tolero, le perdono sus defectos”. Claro, esa es una tolerancia negativa. Porque yo tolero desde mi rol de superior.

 

Fernando Ibáñez: Es una tolerancia patológica.

 

Jorge Olguín: Es una tolerancia patológica.

 

Fernando Ibáñez: ¿Y qué es la verdadera tolerancia?

 

Jorge Olguín: La verdadera tolerancia es el entender que todos, me incluyo obviamente, podemos equivocarnos y tener errores diariamente cada hora, cada minuto, cada segundo.

 

Fernando Ibáñez: Por ejemplo, la tolerancia puede partir del que sufrió, por decirlo de alguna forma, uno de esos hechos pequeños de los que hablabas. Entonces, esa persona hace algo en sí misma, como que sube su nivel de amor, y ve la situación de una manera tolerante…

 

Jorge Olguín: Sí, eso está bien. Ahora bien, supongamos que uno convive con otra persona que vive agrediéndole permanentemente, -como tengo casos de personas muy amigas que su pareja es absolutamente autoritaria- desvalorizándolo permanentemente…

 

Fernando Ibáñez: Digamos que está mal definido. Sería una pareja despareja. Es una pareja no funciona como un todo armónico…

 

Jorge Olguín: Claro. En el ejemplo que ponía no se puede ser tolerante con la persona porque entonces estamos siendo cómplices del mal. Ayer justamente hablando con dos señoras que vinieron a consulta les explicaba un ejemplo -a lo mejor siempre doy ejemplos muy burdos- que es el siguiente: Hay un ladrón dentro de un negocio y hay otro cómplice fuera -en Argentina se dice haciendo de campana- vigilando por si viene la policía. Entonces, los prenden a los dos y el que estaba fuera dice: “No, pero yo no participé”. Sí participó. Es tan cómplice como el otro, porque los dos participaron del robo, uno activamente y el otro pasivamente. Por tanto los dos tienen la misma pena por igual, salvo que el de adentro hubiera causado una muerte; en ese caso ya no tiene la misma pena, pero si es directamente un robo o un hurto, los dos tienen la misma condena tanto el que estaba fuera como el que entró e hizo el hecho delictivo en forma activa. En una relación es exactamente lo mismo. Si una persona es agredida ya sea verbalmente o de hecho y la otra persona lo vive consintiendo por un amor enfermizo, esa persona está siendo cómplice del mal porque está consintiendo que la otra persona la maltrate. En ese caso tiene dos opciones: si es una persona fuerte de espíritu o fuerte físicamente impide ser agredida. Si no, lo único que le queda para dejar de ser cómplice del mal es alejarse de ese foco de agresión verbal o de hecho.

 

Por eso explico que la tolerancia también tiene sus límites. Entonces, yo puedo tolerar errores porque entiendo que la otra persona fue responsable, pero no voy a tolerar agresiones hechas a propósito, a sabiendas, porque ahí ya no es un error de la persona. La persona sabe lo que está haciendo, la persona es consciente. Lo puede hacer desde la mente reactiva impulsiva como en el caso de la persona que le dice a su esposo: “¡Eres un fracasado! ¡No le pides aumento a tu jefe! ¡No sirves para nada! ¡No eres bueno para nada! ¡Nunca vas a triunfar!”. Incluso ya está mandando: “¡Nunca vas a triunfar!” y le está tirando biopsicoenergía negativa a la persona. Si se tolera eso, claro que se es cómplice del mal.

 

Fernando Ibáñez: En una pareja los dos son responsables. Por ejemplo, en una pareja que anda mal, que tiene problemas, que uno agrede al otro, los dos son responsables.

Jorge Olguín: Es responsable el que agrede y es responsable el que se deja agredir.

 

Fernando Ibáñez: Siguiendo a Castellá, pongo un ejemplo, un hombre que agrede físicamente a su esposa. (En realidad no se podría definir como esposa o pareja porque el hombre ha perdido todo el respeto por la mujer y la mujer por sí misma, entonces será otro tipo de relación, pero no de pareja adulta, responsable y sana). Volviendo a lo que explicaba sobre las fases, supongamos que la mujer está en tercera fase de repulsión y le saca lo peor a su marido; en reacción su marido la agrede. Luego el marido no es un ser libre y responsable, porque por más que la mujer esté en tercera fase no tiene porqué agredirla. Digamos que toda la situación es como un círculo vicioso. A continuación la mujer se pone en rol de víctima para generarse culpabilidad según lo que su mente o lo que sus engramas dramaticen. Entonces, se queda en ese estado muy cómodamente en su rol de víctima y no hace denuncia al agresor ni solicita ayuda. Bueno, ahora estamos definiendo a la pareja por el error.

 

Jorge Olguín: Pero a la vez es cómplice del mal que está causando el otro.

 

Fernando Ibáñez: Sí, sí.

 

Jorge Olguín: Es cómplice.

 

Fernando Ibáñez: Los dos son irresponsables, y no son libres.

 

Jorge Olguín: No, no son libres. Él es prisionero de una mente reactiva impulsiva golpeadora y castradora y ella es presa de un amor enfermizo similar al de las personas absolutamente celosas que se inventan fantasmas pensando que el otro vive engañándolas, y de alguna manera son permisivas con ese error. Con este ejemplo no estoy hablando de todos los casos, porque hay víctimas que directamente no se pueden defender y puede haber infinidad de factores que impiden que la víctima se aleje. Aquí estoy hablando de casos excepcionales -de los casos patológicos que he atendido- donde incluso la persona hasta goza con esa agresión porque piensa que se lo merece.

 

Aparte estamos en una sociedad tan machista –le comentaba a mi pareja acerca de esto- que un juez declaró inocente a un violador diciendo: “¡Quién sabe de que manera ella lo provocó para que él actuara así!”. Este juez absolutamente aberrante -y, a su manera, su espíritu también lo es- está produciendo un acto aberrado tan grave como el del violador, porque está justificando la actitud del violador y en lugar de defender a la víctima -que es la joven que no se puede defender- la culpa, sin saber bien en profundidad el caso, de haber sido la que atrajo al violador a que consume ese hecho. Digamos que, el juez en este caso, está produciendo un acto aberrado tan grave como el del violador. Veo muchos casos así en la sociedad. De alguna manera tiene que ver con las relaciones afectivas.

 

Quería comentar, como para cerrar el tema, una cosa respecto al pesimismo que tienen muchas mujeres. Fui con mi pareja a un grupo de reflexión que coordina este querido Andrés Martín -es un señor coordinador- y mi pareja comentó en un momento determinado: “Si bien es importante que la mujer pueda tener independencia económica -la mujer ha ganado terreno en la sociedad a finales del siglo XX y a comienzos del siglo XXI- a mí me agrada tener dependencia emocional; dependencia emocional en una relación de pareja donde la otra parte también te ame. No tiene sentido una dependencia emocional en una relación donde la otra pareja te subyugue o te somete, ¿sí? Hablamos de una relación de pareja normal donde el varón te está conteniendo, porque me siento contenida, me siento apoyada, me siento amada. Entonces, es una dependencia emocional. De esta manera es buena porque la otra persona no me está manipulando”. Entonces, salta una señora e irónicamente dice: “¡Ja! ¡Pero eso es sometimiento!”. Salta otra señora atrás y dice: “¡Ja! Hablemos dentro de unos años a ver si opinas lo mismo”. Ahí termina la anécdota.

 

Lo comenté con mi pareja y le digo: “¡Qué pena que piensen de esa manera porque están descartando una relación antes de que la relación comience!”. Cuando les comento a los coordinadores este tema, la inteligente Patricia Abril -que es la co-coordinadora junto con Andrés Martín- me dice por e-mail: “Ten en cuenta, Jorge, que esas mujeres te están hablando desde sus vivencias”; y agrego yo: “Pero, de todas maneras, no deja de ser una falencia de esas mujeres. Si bien han tenido vivencias negativas -como creo que cada uno de nosotros ha tenido alguna vivencia negativa en pareja- no tenemos que tener una vara bajo el brazo y medir a todas las mujeres –o ellas a todos los varones- con la misma vara diciendo: “Si yo tuve un marido castrador todos los hombres van a ser castradores” o “Si yo tuve una mujer infiel voy a estar con una venda por la calle porque no quiero mirar a ninguna mujer más”.

 

Fernando Ibáñez: ¿Te puedo dar mi opinión al respecto de esto?

 

Jorge Olguín: ¡Por favor!

Fernando Ibáñez: Yo voy mucho más allá. Yo creo que en una pareja que funciona como un todo –que es muy difícil que exista- lo que gana el hombre en dinero es de la mujer y para la mujer, y es ella quien lo administra. En cambio, la mujer que está segura de sí misma le da su energía femenina al hombre haciéndole tener acción y el hombre gracias a esa acción gana dinero, pero el dinero es de la mujer. El hombre puede guardar algo para administrar, para hacer algún tipo de compra, pero el dinero total, es de la mujer… ¿Por qué? Porque el hombre es servidor de la mujer. La acción tiene que servir a la pasión en lo que yo creo que es una pareja como un todo. Es muy difícil esto porque también puede ser muy difícil que la mujer pueda manejar esto; el sentirse segura que lo que gana el hombre es de ella cuando en realidad está bombardeada por la sociedad que le dice mensajes del tipo: “No, tú tienes que ganar tu propio dinero”. Pero tener tu dinero es salir a cazar y salir a cazar, para mí, es algo del hombre, no de la mujer. La mujer puede tener sus ingresos para sus cosas, pero los ingresos para los gastos de la pareja los tiene que aportar el hombre.

 

Jorge Olguín: ¿Qué sucede, entonces, con las mujeres que tienen baja estima? Por ejemplo pueden decir: “¡Oh! ¡Pero yo no estoy colaborando con nada! Simplemente vivo de tu esfuerzo. ¿Y yo qué estoy haciendo mientras tanto?”.

 

Fernando Ibáñez: Pues que ella le está dando su energía femenina. De todos modos, si ella piensa así -como todos pensamos así, yo creo que si yo fuera mujer tendría tantos engramas que pensaría así- es por miedo, es por engramas. ¿Por qué? Porque la función natural de una pareja sin engramas -que sería una pareja ideal- funcionaría así: la energía femenina hace que la energía masculina tenga acción, que salga y que salga a ganar.

 

Jorge Olguín: Estoy de acuerdo en eso último, pero no está mal que por su lado la mujer también gane su dinero con su trabajo. Además si ese trabajo –pequeño o grande- la hace sentir útil, es importante. Lo que no estoy de acuerdo es cuando los dos trabajan, los dos ganan dinero y empieza la competencia. Eso me suena a un infantilismo tan grande… Hay muchos casos donde el varón fue enseñado de pequeño con un “tú eres el proveedor” y la mujer puede ser abogada y ganar más que él y el varón se puede sentir inferior porque basa su autoestima en lo que trajo de “su cacería”.

 

Y vamos a lo que dijimos minutos atrás. Yo no puedo basar mi autoestima en el resultado. Yo tengo que basar mi autoestima en el esfuerzo. Obviamente, si me esfuerzo un día y no tengo resultados, y otro y otro día más y tampoco tengo resultados, ahí tengo que evaluar qué estoy haciendo mal en mi esfuerzo, por qué no llego a un resultado positivo. Esto es para añadir al tema del esfuerzo. Acuérdate que yo había dicho que lo importante para la autoestima es el esfuerzo que uno pone y que el resultado va por añadidura. Pero bueno, ahora agrego que si durante un período determinado vivo haciendo mucho esfuerzo por conseguir algo y el resultado es mínimo tengo que evaluar qué estoy haciendo mal, en qué me estoy equivocando, por qué ese esfuerzo no da fruto. ¿Estaré sembrando un campo estéril o lo que estoy sembrando es estéril de por sí aunque el campo sea fértil? Entonces tengo que evaluar todo eso.

 

Fernando Ibáñez: Yo quiero aclarar un poco cuál es mi postura. Mi postura es que la mujer -en su familia, en un matrimonio-  puede trabajar pero no para procurar el dinero a toda la familia. En cambio, el hombre tiene que trabajar en función del dinero, porque tiene una cierta obligación de mantener a la familia. Él tiene que hacer, a veces, el trabajo feo de salir a ganar dinero, porque tiene como la obligación de mantener, de proteger a la familia. En cambio, la mujer tiene el derecho de trabajar en lo que quiera, en las cosas humanas, en artes humanísticas, en la educación, pero no la obligación de ganar mucho dinero. Creo que ese es el trabajo femenino.

 

Jorge Olguín: Aparte sabemos que muchos matrimonios tienen hijos y que la mujer, aún trabajando afuera o trabajando en su propia casa, después de sus tareas tiene las otras tareas que son atender a los chicos, cambiarlos si son pequeños, si son adolescentes orientarlos, hacer la comida, etc. Todavía hay una sociedad donde el varón llega de trabajar y quiere ser servido en lugar de colaborar. Yo veo a los papás que cambian los pañales a sus bebés, que bañan a sus bebés, que ayudan a la mujer con la comida y no va a perder masculinidad por eso.

 

Fernando Ibáñez: Es muy lindo llegar y cocinar juntos porque es un relax para los dos.

 

Jorge Olguín: Sí. Y hay casos donde no colaboran juntos, como en el ejemplo que puse antes donde el varón tiene que hacer el balance del día y mientras la mujer cocina él está haciendo sus cuentas, que no está mal tampoco porque va llevando el balance diario de sus egresos e ingresos que también es necesario.

 

Y por último quería tocar el tema del dinero. El dinero, que mucha gente lo ve como algo pecaminoso, es positivo. El dinero es como el bisturí: uno puede usar un bisturí para degollar, o para operar a corazón abierto o extirpar un tumor y salvar una vida. Con el dinero pasa lo mismo. Cuando Jesús dijo, es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos,  yo reemplazo rico por avaro.

 

Fernando Ibáñez: ¿Esa es la verdadera palabra que dijo y fue mal traducida?

Jorge Olguín: Sí, esa es la verdadera palabra. Por supuesto que fue mal traducida y lamentablemente mal traducida porque en las religiones tradicionales, de alguna manera, nos han lavado el cerebro con respecto al dinero, con respecto al sexo y con respecto a muchas otras cosas que se consideran tabúes. Si yo soy una persona que trata de hacer cosas por los demás, me va a ser mucho más fácil hacerlas con dinero porque voy a poder hacer asociaciones para mujeres solteras con hijos, para chicos con carencias, para chicos discapacitados, para personas que tienen distintos tipos de enfermedades y mil cosas más. No voy a tocar el tema de Buenos Aires pero sabemos que en muchas capitales del mundo hay hospitales públicos que no tienen los aparatos mínimos de atención para personas que tienen que ser operadas. Entonces, ese tipo de cosas, como me decían cuando era chico una frase muy cotidiana, me parten el alma. Entonces, si bien es cierto que uno transmitiendo la Palabra puede movilizar la conciencia de los demás, a veces el dinero puede ser una herramienta importantísima para lograr resultados. Veo gente que tiene mucho dinero y que hace fundaciones. Lo importante es pensar en el otro.

 

Fernando Ibáñez: Y no sólo fundaciones. Si uno en lugar de gastar el dinero en cosas triviales -operaciones de estética, caprichos caros, excesos, etc.-, se lo gasta en hacer una empresa nueva, entonces genera puestos de trabajo y genera la posibilidad de que alguien pueda trabajar.

 

Jorge Olguín: ¿A cuántas personas está ayudando de esa manera?

 

Fernando Ibáñez: Y es que el trabajo es la máxima ayuda.

 

Jorge Olguín: Una vez hablábamos del tema hipotético de que pasaría si que yo, Jorge Olguín, de repente tuviera una inmensa fortuna en mis manos porque me cayó del cielo mediante un premio o lo que fuera. Sería hipócrita si dijera: “Oh, no me voy a tomar un mes de descanso para viajar y para conocer lugares con mi pareja”. Seguramente que lo haría. Pero una vez que vuelvo retomo mi trabajo y seguramente mi actividad sería mucho mayor que la actual porque organizaría distintos tipos de eventos y daría trabajo en distintos tipos de celebraciones como para poder lograr cosas para ayuda. Entonces, cada trabajador que uno está empleando es un peón -y la palabra peón que no sea ofensiva, porque el peón y el rey simplemente son categorías- que va a ser útil para el otro y esto va a formar una cadena.

 

Fernando Ibáñez: Esto da para otro tema, el de riqueza. ¿Cómo se gana la riqueza? ¿Qué es la riqueza?

 

Jorge Olguín: La primera riqueza es la riqueza espiritual. A partir de la riqueza espiritual se puede hacer todo lo demás. Yo puedo tener una riqueza material muy grande, pero si tengo una riqueza espiritual pobre o mejor dicho no tengo riqueza espiritual -mi espíritu es absolutamente pobre- me va a atrapar lo que es lo material y voy a vivir en un mundo artificial.

 

Fernando Ibáñez: Pero siempre vas a ser pobre.

 

Jorge Olguín: Siempre voy a ser pobre porque la verdadera riqueza parte del interior. Si yo soy rico espiritualmente, aún siendo pobre materialmente voy a hacer muchas más cosas que el que es pobre espiritual y es rico materialmente. Cuántas veces vemos a papás que su hijo adolescente les dice:

 

Adolescente: - No sabes lo que ha pasado. Hoy tuve un problema con Osvaldo. Resulta que él está metido en un asunto…

Padre: - Mira, va siendo hora de salir, ya hablamos mañana sobre ese tema.

Adolescente: - Es que lo tengo que resolver hoy porque…

Padre: - No, ahora no puedo porque tengo una junta de negocios. Si precisas algo más de dinero te lo doy ahora.

 

Y el padre se sacude al adolescente de encina dándole cien o doscientos dólares. Seguramente este chico le iba a contar a su padre que su compañero estaba en un tema de drogas, por poner un ejemplo. Temas como ese es un círculo que no cierra. Hay infinidad de puntos como para hablar de este tema.

 

¿Este tema tiene que ver con lo que estamos hablando antes sobre las parejas? Sí. Un papá que no comprende a un adolescente que le está pidiendo ayuda, un help me, tampoco va a comprender a su pareja si su pareja le da mensajes indirectos o subliminales. No siempre en las relaciones hay una comunicación abierta. Y a veces hay comunicaciones subliminales donde uno también tiene que estar pendiente de ellas y de su significado. Y muchas veces nosotros somos ciegos ante ese pedido de demanda del otro. Yo creo en la demanda siempre y cuando el que demande también dé de su parte; estamos hablando del amor personal, ¿no?, que siempre lo separo del amor impersonal que uno brinda por gozo. Pero en amor personal está bien que uno sea correspondido. Está perfecto. Lo que pasa es que tenemos tantos engramas en las relaciones de pareja que lo traducimos a falta de deseo sexual, a incomunicación verbal, a diálogos inconclusos, a rostros con cara de póquer, imperturbables, y entonces viene la tremenda debacle donde se forma un muro invisible, una barrera fría como un témpano entre las partes. Eso es lo lamentable porque a veces es irrecuperable la relación. Y es más irrecuperable cuando de parte de ambos hay mente reactiva impulsiva y sobre la acusación de una de las partes, el otro en lugar de acusar recibo hace lo opuesto, también condena: “¿Tú que tienes que hablar de mí? ¡Yo podría decir muchas cosas de ti!”. Aunque después en la relación haya una reconciliación la otra persona se guarda lo que se ha dicho. Hay que tener en cuenta que los roles del ego se camuflan diez veces mejor que un camaleón y quedan dentro ocultos. En un momento dado la persona cree que integró esos roles del ego, pero puede haber un detonador bien pequeño que hace que salgan otra vez a relucir - “sí, pero yo me acuerdo que el año pasado me dijiste tal cosa”- y vuelve otra vez a esa situación. ¡Ojo con eso!

 

 Los roles del ego somos nosotros mismos, es el propio ser humano. En realidad los roles del ego no existen como tales, sino que son facetas nuestras. Eso lo digo porque muchos consultantes piensan que el ego tiene vida propia. El ego no tiene vida propia, es parte de nuestro propio espíritu. Nuestra mente reactiva somos nosotros mismos, porque –como yo digo siempre- el espíritu es concepto puro, es un concepto energético y ese concepto energético ya tiene incorporado la mente reactiva. Nosotros jamás nos vamos a desprender de la mente reactiva y de los roles del ego. Lo que hace la terapia de Psicointegración –de la cual forma parte este diálogo- es que la persona comprenda y vaya más allá. Héctor Torres -autor del libro que me regalaste la vez pasada- habla del poder del ahora y justamente explica que viviendo cada momento y prestando atención a las cosas -verdadera atención- nos va a ser más fácil ponernos en el lugar del otro, aunque no estemos iluminados.

 

Para terminar, no nos exijamos hasta el infinito; somos seres humanos, no nos exijamos hasta el infinito. Hay gente que se exige… Nosotros tenemos que valorarnos, valorar al otro pero no vivirnos persiguiendo por cada error, porque errores vamos a tener todos los días. Si no, es que nosotros mismos vamos a bajar en nuestra autoestima y somos parte de Dios. Hablemos como tales.

 

Fernando Ibáñez: Ahora quisiera que termines con una explicación. El alma no tiene sexo…

 

Jorge Olguín: El alma no tiene sexo.

 

Fernando Ibáñez: Sí y cuando nosotros encarnamos tenemos sexo.

 

Jorge Olguín: Correcto.

 

Fernando Ibáñez: Se dice que los seres humanos somos la imagen y semejanza de Dios y yo pienso que la pareja que funciona como un todo es más imagen y semejanza de Dios que cada uno de los miembros por separado porque la pareja tiene las dos partes, lo femenino y lo masculino.

 

Jorge Olguín: Yo siempre digo que el amor personal bien llevado, ensamblado, cuando la pareja vibra en sintonía nos eleva espiritualmente y nos acerca cada vez más a Él. Todos tenemos a Dios en nuestro interior -y gracias a Él lo tenemos cada uno por separado- y el estar bien en una relación de pareja nos ayuda a visualizarlo, nos sacamos la venda de la ceguera. Entonces, una pareja ensamblada sube en vibración.

 

Información adicional:

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