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El Psicoanálisis
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"PSICOANÁLISIS INTERMINABLE"
Para el psicoanalista, el paciente es un El Psicoanálisis es una terapia interminable porque ignora que el origen de todas las aberraciones es la mente reactiva, un mecanismo de supervivencia inherente a todos los seres vivos, terrestres y extraterrestres, que incluso tienen los animales y las plantas.
SIGMUND FREUD
RONALD HUBBARD
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LA TERAPIA
INTERMINABLE I FUNDAMENTOS CIENTÍFICOS DE LA INEFICACIA DEL
PSICOANÁLISIS POR HORACIO VELMONT Según las
enseñanzas de L. Ronald Hubbard Según el
Doctor H.J.Eysenck, profesor de Psicología
de la Universidad de Londres, "no
existe prueba alguna de la eficacia
del tratamiento freudiano; exactamente
el mismo número de dolientes sanan
bajo el tratamiento psicoanalítico
que los que se hubieran curado sin
él". Hace 90
años el Psicoanálisis fue un gran movimiento innovador que prometía un
tratamiento científico de todas las afecciones neuróticas, aseguraba la cura de
muchas de ellas y alardeaba de poseer la clave para la prevención, no sólo de
los desórdenes mentales sino también de la criminalidad, del malestar social y
de las guerras. Reacción
optimista tras la desesperanza con que la Medicina y la Psicología ortodoxas
venían considerando las perturbaciones neuróticas, el Psicoanálisis apareció
como un soplo vivificador que viniese a barrer los miasmas de esas letales
dolencias. En el
concepto popular, Sigmund Freud ascendió a la jerarquía de genio científico,
que superaba su época y daba una nueva orientación al pensamiento humano. Libros y
artículos, y luego películas y programas de televisión, hicieron del
psicoanalista, con su diván y su aire de sobrehumana sabiduría, una figura
familiar para el público. El
adiestramiento en los métodos psicoanalíticos se convirtió en un requerimiento
para el psiquiatra incipiente, y las teorías y la jerga psicoanalítica se
filtraron hasta el habla de las enfermeras, las visitadoras sociales, los
maestros, y un amplísimo vulgo. El éxito
de la revolución freudiana parecía casi completo. Sólo había una cosa que no
iba del todo bien: los enfermos sometidos al tratamiento psicoanalítico no
mejoraban y en muchos casos empeoraban. Las
cifras, cuando se ordenan y analizan en detalle, revelan un hecho sorprendente:
al cabo de años de tratamiento, aproximadamente dos de cada tres enfermos se
han aliviado. En otras
palabras, no existe prueba alguna de la eficacia del tratamiento freudiano:
exactamente el mismo número de pacientes sanan bajo el tratamiento
psicoanalítico que los que se hubieran aliviado sin él. La
verdad es que, cuando se acude a los ficheros en los hospitales en busca de
datos de hace un siglo, se descubre esta realidad interesante: entonces, como
hoy, la proporción de curaciones o mejorías es siempre de dos por cada tres
enfermos. Si se
tomara, como lo hizo el Dr. Peter Denker, de Nueva York, 500 neuróticos graves,
y se los encomendara al respectivo médico de familia, que los tratará con los
medicamentos corrientes expedidos en la farmacia y con sus leales consejos e
indicaciones, se comprobaría el sorprendente fenómeno de que a lo menos dos de
cada tres enfermos se habrán restablecido al cabo de los dos años. En
realidad, casi lo mismo sucede cuando al enfermo no se le somete a ningún
tratamiento. En
consecuencia, los psicoanalistas que presuman de curar este tipo de
enfermedades, deberían superar considerablemente los resultados del tratamiento
ordinario o la ausencia de todo tratamiento. Un
sistema que presuma de curativo, altamente costoso en tiempo y dinero, debe
justificarse en términos de su probado éxito en relación a otros tratamientos
más sencillos. Nada de
esto ha sucedido. ¿Cómo es posible, entonces, que este sistema de tratamiento,
que no posee pruebas que lo garanticen, atraiga tantos firmes creyentes y haya
llegado hasta el punto de constituir casi una religión moderna, máxime que el
mismo Freud, en los últimos años de su vida, fue mostrándose cada vez más
escéptico respecto a las posibilidades terapéuticas de su propia técnica? Para
explicárnoslo de algún modo, consideremos el famoso experimento efectuado por
el renombrado psicoanalista norteamericano Burrhus F. Skinner. ¿En qué
consistió este experimento? Pues encerró en una gran jaula una colección de
palomas e instaló en ella cierto dispositivo mediante el cual caían unos
cuantos granos de trigo al piso de la jaula cada tres o cuatro minutos, y dejó
allí solos a los pájaros durante la noche. Cuando
volvió al día siguiente, encontró a las palomas entregadas a las más extrañas
maniobras. Algunas
de ellas saltaban de aquí para allá en una pata, otras se agitaban con un ala
hacia arriba o con un ala hacia abajo, mientras alguna se mantenía con la
cabeza levantada oteando el aire. ¿Qué
había sucedido? Pues que cuando Skinner salió del laboratorio la noche
anterior, las aves empezaron a explorar su prisión y al hacerlo adoptaron todas
las formas de movimientos peculiares de las palomas. De
pronto, cayeron unos cuantos granos de trigo delante de cada volátil, como si
fuese una respuesta o recompensa al movimiento que el ave estaba haciendo en
aquel instante. Por
inferencia instintiva, cada cual continuó haciendo el mismo gesto, y -¡qué
maravilla!- el premio vino, una y otra vez. Las
palomas quedaron convencidas de esta relación de causa a efecto, y siempre que
sentían hambre adoptaban la postura supuestamente remuneratoria. Es obvio
que hubiera resultado inútil explicarles que no tenían prueba científica alguna
de que sus extrañas posturas fueran las que provocaban la caída del grano; la
confirmación ocasional dada a su proceder por el artificio era por demás
convincente para ellas. Ocurren
muchas cosas parecidas en el campo del Psicoanálisis. Los
enfermos, en la mayoría de los casos, experimentan mejoría sin relación alguna
con el tratamiento a que se les somete; pero el hecho se interpreta, tanto por
el enfermo como por el psicoanalista, como prueba de la bondad del método. Cuanto
más los dolientes mejoran, tanto más el psicoanalista se convence de la
excelencia de su sistema curativo. No
considera en ningún momento que otras personas se someten a distintos
tratamientos con ostensibles idénticos resultados: a la extracción de los
dientes para remover los focos de infección, a la imposición de manos, a los
baños fríos, a píldoras falsas, a la sugestión, a la confesión y a la plegaria.
Así,
todo profesional logra éxitos en razón de que, cualquiera sea el remedio que
use, no empecerá a la mejoría del doliente (lo mismo que cualquiera que fuese
la postura adoptada por cada paloma no influía para nada en la caída del grano).
Se tiene
ya la explicación del prestigio que la terapéutica psicoanalítica ha obtenido,
tanto entre los psicoanalistas como entre los enfermos: los fracasos se olvidan
y los éxitos se adjudican al sistema, sin advertir el sofisma en que se
incurre. El
Psicoanálisis, sin duda alguna, constituye el mayor fraude del Siglo XX. La
pregunta lógica, por lo tanto, es: ¿También permitiremos que lo siga siendo en
el Siglo XXI? II LA VERDAD OCULTA DETRÁS DE ESTA SEUDOTERAPIA El
Psicoanálisis constituye una técnica no solamente ineficaz sino muy nociva,
tanto para el analizado como para el analista, porque, por una parte, considera
al ser humano como compuesto de mente y cuerpo -olvidándose que la mente es un
mecanismo físico utilizado por el Yo (alma, espíritu, Yo Superior o Thetán,
según la filosofía que se aplique)- y por la otra no distingue entre la mente
analítica y la mente reactiva, siendo esta última el verdadero origen de las
enfermedades psicosomáticas y la delincuencia y no la mente analítica, la única
que conoce el Psicoanálisis. La
práctica del Psicoanálisis debería estar sancionada severamente por el Código
Penal, junto con el hipnotismo, como prácticas atentatorias a la cordura,
porque implantan engramas (órdenes hipnóticas de alto poder), provocando
enfermedades psicosomáticas impredecibles. ¿Pero
qué se supone que es el Psicoanálisis? El doctor Markham, en su libro The Way
of the Mind, lo define en los siguientes términos: "El
Psicoanálisis es un sistema de terapia mental desarrollado por Sigmund Freud en
Austria en 1894 y que depende de las siguientes prácticas para lograr sus
efectos: se hace discurrir (asociar libremente) al paciente sobre su infancia
por años y recordarla mientras el profesional efectúa una transferencia de la
personalidad del paciente a la suya propia y busca incidentes sexuales ocultos,
que Freud creía ser la única causa de la aberración. El profesional da una
interpretación sexual a todo el relato y lo evalúa para el paciente en términos
sexuales. La totalidad de los casos de Psicoanálisis nunca ha sido evaluada y
se han hecho pocas o ningunas pruebas para establecer la validez del sistema". Con
mayor precisión, la terapia psicoanalítica podría denominarse "estudio de los
candados". Un
candado es una situación de angustia mental y su fuerza depende del engrama al
cual está adherido. Un
engrama es similar a una orden hipnótica de alto poder y por definición incluye
dolor físico (por ejemplo, la caída de una escalera que incluye un golpe en la
cabeza sería un engrama clásico). Una de
las bendiciones de la naturaleza es precisamente que el candado necesita una
atención mínima. Este
tipo de incidente, con carga o sin carga , está en el recuerdo consciente (el
engrama, en cambio, no lo está, ya que en el momento de recibirse la mente
analítica se desconecta) y parece ser el motivo de que el aberrado esté
aberrado. Un
candado es un momento de malestar mental que no contiene gran dolor físico ni
pérdida grave. Una
quemadura, una desgracia familiar, estas cosas son candados. Cualquier persona
tiene miles de ellos. La
eliminación de los candados es una pérdida de tiempo. El Psicoanálisis,
precisamente, sólo se ocupa de ellos y de ahí su fracaso rotundo. Como el
Psicoanálisis no tiene en cuenta los engramas (que son los que le dan fuerza al
candado) trabajar solamente sobre este tipo de incidente torna a esta terapia
en interminable. Quizás
el Psicoanálisis produzca alivio en algunos pacientes, pero los resultados no
van más allá de lo que pueda producir la charla con un buen amigo que tenga el
saludable hábito de escucharnos con interés y aprecio y la costumbre de
felicitarnos con una palmadita en la espalda. El
Psicoanálisis, por otra parte, puede ser sumamente aberrativo. El paciente
asiste por lo general a la sesión muy abrumado por sus problemas, es decir, en
un estado en que su poder analítico se encuentra disminuido y, por lo tanto, su
mente reactiva está abierta al registro de engramas. Éstos,
similarmente a órdenes hipnóticas de alto poder, al reestimularse más tarde,
provocarán trastornos psicosomáticos impredecibles que uno difícilmente
achacaría a la terapia. El
Psicoanálisis no es una ciencia y como teoría fracasó totalmente. El
Psicoanálisis no adelantó en absoluto desde sus inicios. Las
ciencias son algo vivo y cuando están basadas en verdades avanzan y
evolucionan. El Psicoanálisis no hizo ni lo uno ni lo otro. Hay poca
diferencia, si hay alguna, entre los escritos de Freud de 1984 y las
declaraciones de los analistas de hoy. En todo
caso, la diferencia es negativa: los escritos de Freud a fines del siglo XIX
eran más claros y precisos que aquellos publicados hoy. Las
cosas que tienen éxito se expanden, se difunden e invaden, precisamente lo
contrario del Psicoanálisis, que hoy es una causa irremisiblemente perdida. ¡La
completa estructura del Psicoanálisis moderno es la misma que la de hace un
siglo! III SOSPECHOSA PRESCINDENCIA
DEL TEST Llama
mucho la atención el hecho de que el Psicoanálisis nunca haya sometido a los
pacientes a un test, antes, durante y después de la terapia. Probablemente
ésta sea la mayor condena que se le puede hacer. Es una
tarea inútil buscar registros auténticos de mejora de pacientes debido a las
sesiones. Ningún analista se toma la molestia de hacerle un test al paciente
antes de comenzar la terapia ni tampoco durante ella para observar su progreso.
Esto es
realmente inconcebible, porque el test es algo que se remonta a los días más lejanos
de Grecia. El hombre siempre ha estado haciendo tests al hombre para descubrir
su estado y sus cambios. El
precursor más antiguo que conozcamos del test probablemente haya sido la
grafología o tal vez la frenología. La
antigua bruja, en última instancia, estaba haciendo un test psicosométrico al
consultante. Los
tests de culpa o inocencia mediante respuestas eran un asunto común en las
cortes medievales. No tiene
excusas el psicoanalista, entonces, por no utilizar el test como método de
averiguación del estado del paciente, porque el test siempre estuvo a su
disposición. Las
razones por las que no lo utiliza son obvias. Al observar que los tests
reflejaban la falta de progreso en sus pacientes, o su empeoramiento, optó por
dejarlos de lado. Esto es
cierto porque no cabe imaginar a un profesional que no haya intentado observar
si había progreso en sus pacientes mediante tests. Después, al no observar
resultados, los archivó para siempre. Cualquiera
que haya estado con analistas charlando en un café habrá podido observar que
jamás hablan de curaciones, sino sólo de síntomas. Si sólo
pueden hablar de síntomas y nunca de curación, esto ya está demostrando
rotundamente el fracaso del sistema. Ante una
terapia exitosa difícilmente se encuentren surgiendo y desarrollándose nuevas
terapias más brutales. Sin
embargo, el tratamiento de los dementes hoy es mucho peor que hace dos siglos y
las brutalidades que se practican en nombre de la "curación mental" no pueden
ser contempladas impávidamente por ningún hombre que se precie de civilizado. La gente
está plenamente consciente del hecho de que la última persona que se quiere ver
es un psicólogo, un psicoanalista o un psiquiatra. Hoy en
día, estos "profesionales" desgarran alegremente los cerebros de sus pacientes,
los sobresaltan con drogas de muerte, los sacuden con shock eléctricos, los
encierran de por vida, los esterilizan sexualmente y ellos mismos se
conducirían de la misma forma que sus pacientes si se les diera la oportunidad.
IV EL ERROR DE LA EVOCACIÓN Se ha
pretendido que un paciente sólo necesita hablar de sus conflictos para hacerlos
desaparecer. Nada más alejado de la realidad. Si a una
persona conflictuada se le permite hablar, no dejará de estar conflictuada. En la
práctica, es mucho mejor decirle a un paciente, que está recontando por enésima
vez sus problemas en forma compulsiva, que se calle a permitirle seguir
hablando. La libre
asociación y otros medios de comunicación mencionados por Freud son sólo
superficialmente terapéuticos. Esto no
quita que algunos pacientes, contados con los dedos de la mano, hayan podido
experimentar algún alivio luego de horas y horas de hablarle al analista de sus
padecimientos. Pero el
hecho de que la mayoría no tenga muestra alguna de recuperación, aunque sea
mínima, o empeore, basta para considerarlo obsoleto y desechable Otro
dogma del Psicoanálisis es que todo lo que se tenía que hacer para que
desaparecieran incidentes ocultos era evocarlos. Un analista
espera de su paciente que continúe evocando incesantemente hasta que aparezca
alguna bobada escondida por ahí, que presumiblemente sea la causa de sus
conflictos, y resuelva el caso. Es
decir, espera que al paciente le salga algo así como un comodín y lo salve.
Esto, obviamente, no habla muy bien del Psicoanálisis como terapia válida. De haber
sabido el analista la increíble cantidad de incidentes que estaban ocultos sólo
en la etapa prenatal -sin contar, por supuesto, los de vidas anteriores-, habría
abandonado la ridícula idea de que el relato de unos pocos incidentes daría
lugar a una recuperación. Es
cierto que se puede hacer un poco más feliz a un paciente a través del recurso
de recuperar algún momento perdido, pero ello no es permanente y tarde o
temprano la condición negativa retorna. El
analista utiliza en forma harto exagerada el recurso de recordar. La fijación
en el paciente de la idea de recordar y recordar incesantemente, tal como se
hace en las sesiones psicoanalíticas, a la larga es muy destructiva para él y
esto se observa en el empeoramiento de los casos. Se ha
establecido, científica e irrefutablemente, que es en absoluto imposible
erradicar los conflictos del pasado de una persona haciendo que evoque sus
recuerdos interminablemente, porque lo que aberra son los engramas, y éstos no
están al alcance de su recuerdo consciente, necesitándose de una técnica
especial para llegar a ellos (que el Psicoanálisis obviamente no posee). V EL QUID DE LA TRANSFERENCIA Otro
error del Psicoanálisis es el tan mentado asunto de la "transferencia", término
que se usa para denotar el traslado del paciente a la personalidad del analista. La
adquisición de personalidades adicionales, en realidad, no significa otra cosa
que una escasez de identidades. Resulta
algo digno de asombro encontrar profesionales tan seguros de su altísima
calidad como para exigir que cada uno de sus pacientes asuma su identidad. ¡La
consecuencia graciosísima de esto sería un mundo de analistas! La
asunción de una personalidad ajena puede ser del todo destructiva para la
personalidad de cualquier individuo, ya que semejante actitud sólo significa,
como ya se señaló, una escasez de identidades. Lo único
que tal vez podría decirse a favor de la transferencia es que el analista pone
a la persona consciente del hecho de que puede asumir por lo menos una
identidad más. Pero
como la pérdida de la propia personalidad del paciente hasta el punto de asumir
otra identidad -la del analista- es decididamente destructiva para su personalidad,
cabe concluir que todo este asunto de la transferencia no es más que un error. Con
todos estos métodos y mecanismos, más calculados para deprimir y esclavizar al
paciente que para liberarlo, parece imposible creer que el Psicoanálisis haya
pretendido alguna vez ayudar a alguien. Esto no
empece, sin embargo, el hecho indiscutible de que muchos analistas, al prestar
atención a las dificultades de los pacientes y poner una cuota de humanidad,
clemencia y bondad en las sesiones, hayan obtenido algunos resultados, ¡pero no
por los métodos psicoanalíticos sino a pesar de ellos! VI CONCENTRACIÓN INDEBIDA EN
EL SEXO El sexo
es sólo una de las dinámicas de la vida. El hombre no sobrevive únicamente para
la segunda dinámica (el sexo) sino también para las siete dinámicas restantes
(la de uno mismo, la del grupo social, la de la humanidad, la de todos los
organismos vivos, la del universo físico, la de los espíritus y la de Dios). La
concentración en una dinámica con exclusión de las otras cercena la capacidad
de vivir en el mismo grado en que se encierra en su concentración. Expresado
de otra manera, quien está concentrado en una sola dinámica puede decirse que
está vivo sólo en un octavo. Como
Freud vivió en una época sexualmente muy inhibida, era lógico que criticara
algo que fuera intensamente aberrante para la gente de su entorno. Además,
tenía una obsesión racial en el sexo, suficientemente pronunciada como para que
el contagio se expandiera con fuerza por toda Europa. La
concentración en el sexo como único transgresor, como se pretende en su Teoría
de la libido, no resiste el menor análisis. Existen
razas que no tienen ningún tipo de inhibiciones sexuales y, sin embargo, están
aberradas. Estas
razas, libres como el viento en la segunda dinámica, están no obstante
intensamente aberradas en otros aspectos. Algunas
están aberradas en la octava dinámica (Dios), otros en la primera, y así por el
estilo. La
concentración en el sexo no es válida y ha empujado al psicoanalista a un
callejón sin salida, inhibiéndolo para observar racional y verazmente lo que
estaba sucediendo con los pacientes, lo cual es un hecho desafortunado, ya que
de haber realizado esta observación hubiera descubierto mucho más de lo que descubrió
en un siglo de existencia. Psicoanalistas
posteriores buscaron extender las ideas de la segunda dinámica de Freud a
actividades sociales. Es
decir, trataron de subir a la tercera dinámica de los grupos, pero su búsqueda
en este sentido, como era lógico, tampoco tuvo éxito. Indiscutiblemente,
existe una considerable atención en el sexo, pero sostener que toda la
aberración proviene del sexo es invalidar la capacidad del hombre para crear
descendencia. El sexo
es simplemente un nivel masivo de creación de cierto orden, y por cierto no muy
elevado. Es
verdad que el sexo es poderoso, pero gente atrapada por la inspiración del
trabajo, las actividades sociales o las religiosas, experimenta un éxtasis o un
impacto emocional de lejos mayor que el sexual. VII CRÍTICA A LA EVALUACIÓN
DEL PACIENTE Otra de
las severas objeciones que pueden hacerse al Psicoanálisis es la reducción del
autodeterminismo del paciente a través de la evaluación de su caso. El
analista hace que la persona le cuente acerca de qué está preocupado en la vida
y luego le informa sobre la razón de por qué esto es así. Si lo
hace con bastante fuerza y lógica como para crear una absoluta convicción en la
persona de que ésta es la realidad, lo único que hace es agregar más confusión
a lo que ya de por sí es confuso. Lo
correcto no es evaluar al paciente, sino conducirlo en ciertas direcciones de
modo que haga determinados descubrimientos por sí mismo y pueda así
reconsiderar y darse cuenta de las cosas para tener una visión más correcta de
ellas. Una cosa
es decir cómo es toda la vida y dar al individuo la base para que la observe
mejor y más ampliamente, y otra cosa muy distinta es encontrar que la persona
está asumiendo la personalidad de su madre y ponerse a evaluarlo respecto de su
madre. El
paradigma más perjudicial de esto es tener, por ejemplo, un paciente
trastornado con su padre y luego explicarle, como lo hace el analista, que su
padre probablemente es un hombre bueno y en todo tuvo las mejores intenciones.
Hacer esto es arrojar al paciente a la apatía. Como la
apatía por lo menos es tranquila, se la consideró un estado deseable para
aquellas personas que tuvieran algunos impulsos socialmente destructivos. Este
estado, por lo tanto, pasó a ser entonces la meta final de los analistas (la
meta de la psiquiatría siempre fue este estado). Si un
médico le dice a una paciente que es absurdo lo que ella dice que está evocando
incidentes del vientre de su madre y le sugiere con fuerza y autoridad que debe
dejar de lado esas tonterías y enfrentar la realidad, esto es evaluación de
lujo y también agrega tremenda confusión al caso. El
verdadero crimen de la evaluación es decirle al paciente que está equivocado. La
evaluación en sí, en sentido amplio, no es particularmente perjudicial al
paciente, en tanto las observaciones que se le dirijan no lo invaliden
completamente. Es
decir, se le podría dar un sistema general de la vida mientras no se lo esté
aplastando contra otro sistema de la vida. La
evaluación de una persona puede definirse como la acción de sacudir sus datos
estables sin darle nuevos datos estables con los que pueda estar de acuerdo o
en los que pueda creer. De ahí
que no sea buena terapia decirle insistentemente a algún fanático religioso, o
de cualquier otra índole, que todas sus creencias están equivocadas y que la
verdad se encuentra en otro lugar. Los
analistas, desde Freud en adelante, han sido responsables de esto en grado
sumo. Esta
responsabilidad no pueden eludirla porque la evaluación, al revertir
directamente creencias y datos estables, ha enviado a muchos pacientes
psicoanalíticos a hospitales para enfermos mentales. VIII EL CRIMEN DE LA
INVALIDACIÓN No
obstante la gravedad de la evaluación, el crimen capital del Psicoanálisis es
la invalidación. Con la
evaluación sólo se está dando nuevos datos estables, pero con la invalidación
se anula cualquiera de los soportes sobre los que se está apoyando, mal o bien,
el paciente. La mayor
invalidación, por supuesto, es ser golpeado cuando uno no espera serlo, ser
criticado cuando uno no cree merecer crítica. Esencialmente,
es decirle a alguien que no tiene valor alguno, ni tampoco sus pensamientos y
postulados. La
conducta más común de los psicoanalistas y psiquiatras en los hospitales
mentales es invalidar, con sus drogas, encierros, palizas y shocks eléctricos. Los
resultados están a la vista. IX PSICOANÁLISIS E HIPNOTISMO Otro de
los errores fundamentales del Psicoanálisis ha sido su temprana dependencia del
hipnotismo. El uso
del hipnotismo denota una ansiedad de producir un efecto más allá del poder del
individuo de producirlo con conocimientos y medios normales. El
hipnotismo no es otra cosa que la absurda creencia de que el paciente tiene que
estar en un estado de coma antes de que se le pueda ayudar en algo. El
médico clínico, el psicoanalista y el psiquiatra han sostenido por igual este
principio. Básicamente,
una buena terapia debería despertar a la gente, hacerla más alerta, más capaz,
más feliz, más competente. El hipnotismo es la antítesis exacta de esto. Los
pacientes, después de la hipnosis, son manifiestamente menos capaces. El uso
continuo del hipnotismo y el uso de drogas hipnóticas para diagnosticar o
sondear las profundidades de algún paciente, es una confesión de no saber las
reglas generales de la vida. Si uno
no sabe estas reglas generales, mirará para cualquier lado en busca de alguna
respuesta, aunque sea en el tacho de la basura. El
hipnotismo es precisamente esto. El hipnotismo no libera a las personas, hace
esclavos. Es
obvio, entonces, que estos fenómenos particulares de la mente deben ser
desterrados para siempre de la sociedad y relegarlas como mero recuerdos de una
etapa aberrada de nuestra civilización. X CONCLUSIONES Hemos
demostrado que el Psicoanálisis es no sólo una terapia que no funciona sino que
también es nefasta para la salud mental de cualquier ser humano. La sola
eliminación de los candados, por otra parte, como hace el Psicoanálisis, no
devuelve a la persona todos sus poderes mentales, ni su memoria auditiva,
visual, olfativa, gustativa u orgánica, ni su imaginación, y no aumenta
específicamente su coeficiente intelectual. ¿Qué
clase de sociedad es ésta en la que vivimos donde las meras suposiciones se
aceptan como válidas aunque los hechos demuestren lo contrario? Solamente
una sociedad muy aberrada puede permitir la utilización de terapias que en
lugar de liberar al hombre lo esclavizan y con frecuencia lo llevan a la
muerte. Ninguna
terapia que desconozca la existencia de la mente reactiva y su aberrante
mecanismo, así como la forma de eliminar de ella sus engramas, puede ser
autorizada. ¿Dejaríamos
una delicada computadora en manos de quienes desconocen su mecanismo? ¿Y acaso
nuestra mente no es una delicada computadora que debemos cuidar con el mayor
esmero posible? Llegará el
día en que la práctica del Psicoanálisis, junto con la del hipnotismo y la
psiquiatría, sin olvidar también la prescripción de fármacos, será erradicada
de la faz de la tierra y figurará en los códigos penales de todo el mundo como
grave atentado a la salud pública. La
advertencia está hecha. Ahora le toca el turno a las autoridades competentes
dar los pasos necesarios para erradicar para siempre de la sociedad este tipo
de prácticas que degradan al ser humano. Importante Si quieres
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