| Índice | El planeta de los simios LXIV El voyeurismo |
|
Cualquier semejanza con la realidad no es ninguna coincidencia.
|
Si una afirmación hiere tu sentido común, entonces no es verdad. La única verdad para ti es la que tú consideras como verdad. |
¿Qué es esa tontería del voyeurismo?
Yo nunca miré por el agujerito de la cerradura porque aquí tenemos solamente cortinas…
¡Ése es el simio que descubrí mirándome cuando me bañaba!
Comandante Taylor, esta gente pertenece al club de voyeuristas ciegos y quieren contratarlo para que espíe por ellos y les cuente lo que ve…
Especialmente en los baños de caballeros es donde los voyeuristas dan rienda suelta a su comportamiento furtivo y marginal…
Para algunos voyeuristas, cualquier suma da 69…
No entiendo cómo pueden pasarse tanto tiempo absortos esperando que piquen…
El voyeurismo, como el fetichismo, no es una perversión sexual, como pomposamente sostienen los psiquiatras, porque las perversiones sexuales no existen. Lo que existen son engramas que impulsan a determinadas conductas, y la prueba está en que cuando se eliminan de la mente reactiva la persona actúa conforme a su patrón óptimo, es decir, sin aberraciones, no importando cómo hayan sido catalogadas. JORGE RAÚL OLGUÍN
La clave para juzgar el voyeurismo es si hace o no daño a otros y si viola o no la intimidad ajena. También hay que considerar si el propio voyeurista se hace daño a sí mismo con su conducta. En este tipo de cuestiones no se pueden dar pautas generales, sino que hay que analizar cada caso. De cualquier manera, el ser humano debe ser siempre el amo y no el esclavo de sus yoes. Más información en Psicointegración.
|
Los que se transcriben son dos de los textos típicos de Internet donde se trata el tema del voyeurismo. Como se dice vulgarmente, “mucho ruido y pocas nueces”… I El voyeurismo Publicado en sexovida.com El término proviene del francés voyeur (mirón) y define la búsqueda de excitación sexual mediante la observación, en general a escondidas, de personas desnudas, en vías de estarlo o que están practicando el acto sexual, y hace de esta práctica algo excluyente, ineludible o imprescindible para el goce. Esto no les cabe a aquellas personas que observan el cuerpo de una mujer desnuda, unas fotos eróticas, un film porno (hardcore) o un show para adultos, ya que esto puede ser un eficaz ingrediente cuando se lo sabe dosificar. El voyeurismo es una de las llamadas desviaciones sexuales o parafilias que el DSM IV (Manual diagnóstico y estadístico de la Asociación Americana de Psiquiatría) las define "por el hecho de que la imaginación o los actos inusuales o extravagantes son necesarios para conseguir la excitación sexual". Estas pautas tienen que ser frecuentes, recurrentes y ser el modo preferido o exclusivo al cual recurre un individuo determinado para excitarse sexualmente. Es notable que algunas de estas inclinaciones se den casi exclusivamente o prevalentemente en los varones. Muchos de estos mirones andan fisgoneando a parejas, a las cuales siguen por las calles para realizar actos masturbatorios al verlas besarse o acariciarse; otros lo hacen con sus familiares o llegan a pagar para poder ver hacer el amor, cosa que la industria del sexo ha aprovechado convenientemente montando lugares donde estos personajes ven a mujeres o a parejas manteniendo relaciones sin que ellas puedan verlos. Contra lo que se suele creer, no son del estilo El vampiro negro, sino que suelen ser escasamente peligrosos desde el punto de las agresiones o las amenazas: ellos prefieren fisgonear a violar o abusarse sexualmente, justamente allí está el goce: en fisgonear. Reitero que un individuo que goza en un show de strip-tease o viendo un vídeo erótico cada tanto, o al ver a su pareja desnudarse, podría verse con un rasgo de voyeurismo, pero cuando esto se tiene que dar como condición sine qua non, insoslayable para el goce, se convierte en algo estereotipado y tan rígido que el sujeto queda atrapado en él, como si hubiera habido una cierta detención en su desarrollo psicosexual: no puedo pasar de la etapa de mirar lo que Freud llamaba "la escena primaria". El arte no podía estar ajeno a estas situaciones, especialmente el cine, arte voyeurista por excelencia (¡ni qué decir de la TV!), y grandes artistas como Alfred Hitchcock con La ventana indiscreta, Kieslowsky con Una película de amor (no desearás a la mujer de tu prójimo) o Brian de Palma con Doble de cuerpo, han fisgoneado a través de una ventana para descubrir escenas eróticas o inquietantes. En varios films del gran maestro aragonés Luis Buñuel hay un desfile casi constante de diversas desviaciones, entre las cuales el voyeurismo lleva una gran parte, como asimismo en algunos films del italiano Fellini: recordemos cuando en Amarcord el cura le pregunta al niño si se tocaba y éste, temiendo el castigo, le dice que no, pero piensa: "¿y qué íbamos a hacer a la vera del río mientras las mujeres se levantaban las polleras al lavar la ropa?", o en sus recuerdos de la Sarracena o de la Gradisca. Incluso Passolini cuando llevó al cine tres obras de geniales mirones como Bocaccio, Chaucer y el marqués de Sade en los films Decamerón, Los cuentos de Canterbury y los 120 días de Sodoma respectivamente. Salvador Dalí narra en sus memorias sus afanes voyeurísticos y describe las orgías que armaba para excitarse mirando a jovencitos de ambos sexos haciendo el amor, no en vano algunas de sus geniales obras se llaman: El gran masturbador, La metamorfosis de Narciso y Los relojes blandos ("me acusaban de homosexual, ¡si yo antes de conocer a mi esposa Gala era impotente!"). Es interesante ver cómo Picasso en sus últimas obras ubica a mujeres mostrando la vulva o los pechos y el artista – a un costado- las mira pasivo. Antes hablábamos del marqués de Sade quien afirmaba: "sostuve mis extravíos con razonamientos, no me puse a dudar...supe destruir en mi corazón todo lo que podía estorbar mis placeres" y desarrolló en su obra un despliegue de perversiones donde sus personajes -algunos de los cuales se solazaban viendo los actos sexuales ajenos- en obras como Los crímenes del amor o la Filosofía del tocador y la antes citada Los 120 días de Sodoma, afirman que frente a la búsqueda del deseo es válida cualquier forma de satisfacerlo, sin límite ni control. Un caso paradigmático es el de un profesor de Historia y luego devenido novelista, el austríaco Von Sacher Masoch que escribió varias obras de tono masoquista, de las cuales la más famosa es La Venus de las pieles: allí cuenta que se hacía castigar viendo por una dama envuelta en pieles. En su vida personal Sacher Masoch no pudo desprenderse de una experiencia vivida cuando tenía 10 años al contemplar una escena en la cual una tía suya hacía el amor con su amante. Desde un escondite, quizás un armario, también presenció la llegada del marido a quien la mujer castigó con un látigo por su intromisión (me imagino a la mujer diciéndole al marido-mientras lo disciplinaba-: "imbécil ¿cómo te animás a incomodarme y molestarme entrando así a la pieza?"). Desgraciadamente para el joven Masoch también fue descubierto y flagelado con el mismo látigo, quedando fijado a esa etapa infantil viendo detenido así su desarrollo sexual normal. En uno de los relatos que escribí en La cara de Dios, el protagonista adolescente mira a través de una claraboya cómo su hermana se desvestía produciéndole esto gran excitación. Este hecho común en la infancia y la adolescencia quizás lo recuerden muchos varones en relación a sus tías, hermanas mayores o amigas de la madre, a las que miraban por el ojo de la cerradura, a través de la puerta entornada o de la ventana (como otro de los personajes de la misma obra, en un relato llamado justamente La ventana, mira a través de un vidrio pasar a un grupo de chicos por la calle y ve todo el mundo a través de esa ventana sin poder vivir). O sea que podemos decir que de poetas, de locos y de voyeurs todos tenemos un poco. De allí a ser la única y excluyente manera para gozar del amor dista una gran distancia como es la de pintar El gran masturbador a masturbarse en la calle. Siempre me preguntan si estos casos de los voyeurs son curables y siempre les contesto que no suelen consultar: casi siempre cuando lo hacen es porque los trae la familia, la policía o la orden de un juez. Ellos no suelen vivirlo como algo penoso salvo los casos que tengan conductas compulsivas que pongan en riesgo su integridad física y las de los demás; en esos casos se intenta con medicación y con psicoterapia y así muchos cesan en esas actitudes compulsivas. Pero el voyeur típico es un individuo que, escondido, tras las sombras, goza viendo gozar a los demás, evidenciando así un mundo sórdido, con serias dificultades en los contactos personales, afectivos y eróticos: también como Dalí, pero sin el genio del pintor catalán, son grandes onanistas, perturbados narcisos. II Las desviaciones sexuales Publicado por Instituto Gente Natural CIERTOS COMPORTAMIENTOS, como el exhibicionismo, el voyeurismo y el narcisismo, se definen como “desviaciones de metas”, en la medida en que proporcionan una satisfacción sustitutoria del placer sexual. Fuente a menudo de grave malestar psicológico para quien los practica, pocas veces desembocan en actos de violencia. EL VOYEURISMO Voyeur es un término de origen francés que se utiliza para definir a un individuo que obtiene placer sexual (preferiblemente, sino exclusivamente) observando, sin ser visto, a personas desnudas o que se están desnudando o que están realizando el acto sexual (o bien, evidentemente, las tres cosas juntas). Este comportamiento suele ir acompañado de masturbación, durante o después de la “observación”. En la práctica es lo que en el lenguaje corriente se conoce como “mirón”. Esto es, resumido en muy pocas palabras, el voyeurismo, aunque existen toda una serie de modalidades que caracterizan a menudo este comportamiento. Ya hemos dicho que el voyeur no quiere que nadie le vea; añadamos que prefiere que el objeto de su interés esté constituido por personas desconocidas; además, como cabría imaginar, es bastante frecuente que el hecho de espiar este tipo de cosas conlleve cierto riesgo de ser descubierto. Pues bien, estos tres elementos, es decir el carácter secreto, el riesgo y no conocer a quien se está observando, constituyen los componentes del placer del voyeur. Más o menos se conoce la forma en la que los “mirones” preparan sus acciones: algunos permanecen por la noche apostados tras la ventana de su casa y armados de potentes prismáticos y esperan a que se encienda la luz en algún dormitorio o en algún cuarto de baño de la casa de enfrente, con la esperanza de ver algo. Hay otros que en las tiendas de ropa curiosean en los probadores en los que las clientas se prueban la ropa o que miran por el agujero de la cerradura de las puertas de los servicios o que hacen agujeros en las paredes de las cabinas que existen aún en algunas playas, etcétera. Los voyeurs que van más allá, que son decididamente más audaces, son los que se dedican a espiar a las parejitas que se ocultan en lugares como parques, bosques y zonas donde habitualmente se paran los coches de enamorados. No está muy claro qué es lo que empuja a las personas a un comportamiento sexual tan furtivo y marginal. De cualquier forma, dicha actitud suele guardar relación con falta de seguridad en uno mismo y dificultad para integrarse en la sociedad, sobre todo en lo referente a las relaciones con el sexo opuesto. Lo que muchos se preguntan es si estos individuos furtivos, que despiertan cierto rechazo y que al mismo tiempo dan también un poco de miedo por la forma en la que se mueven, pueden resultar peligrosos, esto es, pueden llegar a cometer verdaderos delitos sexuales. En otras palabras: ¿puede el "mirón” que observa a una mujer mientras se desnuda y que se excita hasta la masturbación acumular un deseo que le lleve a agredirla sexualmente, a violarla o asesinarla?. ¿Puede el voyeur que observa una relación sexual mantenida entre otras dos personas llegar a un nivel de exasperación del deseo que le induzca a cometer actos violentos? Es verdad que de vez en cuando se dan casos de este tipo, pero en general es difícil que los autores sean verdaderos voyeurs. La mayoría de las veces son psicópatas de otro tipo, aunque hayan actuado como “mirones” en esa determinada circunstancia en la que ha madurado el delito o el crimen. Los auténticos voyeurs, precisamente por sus problemas sin resolver, evitan cuidadosamente el romper la barrera de anonimato que les separa del objeto de su interés, no quieren que se produzca el contacto. Por consiguiente, tampoco son peligrosos. Como mucho, molestos. Por otra parte, un porcentaje de voyeurismo puede definirse como “fisiológico”, si no llega a niveles en los que adquiere connotaciones de desviación sexual. En efecto, dentro de ciertos límites, cualquier persona ha sido un poco voyeur, y en parte se sigue siéndolo toda la vida. De hecho entre los adolescentes es bastante corriente cierto comportamiento orientado hacia un voyeurismo suave. Por otro lado, el adolescente se encuentra en las circunstancias típicas que favorecen un comportamiento de esta naturaleza: fuerte deseo sexual acompañado de poca seguridad en sí mismo y dificultad para relacionarse con los demás. No hay que olvidar tampoco que la excitación sexual obtenida por vía visual, y concretamente al observar cómo otras personas se desnudan, realizan actos íntimos de distinto tipo o mantienen relaciones sexuales, es una realidad universal (aunque a este tipo de estimulación suele se más sensible el hombre que la mujer). Una forma de voyeurismo “fisiológico” es, por otra parte, el constituido por los llamados “fantasmas eróticos”, es decir por las fantasías sexuales a las que muchos sujetos se abandonan, tanto en soledad como durante las relaciones sexuales.
|
VOYEURISMO Y ABERRACIÓN Horacio Velmont (según las enseñanzas de L. Ronald Hubbard) Cuando una persona está aberrada, la mente reactiva impone en forma compulsiva determinadas conductas al organismo, siendo esto así porque que la capacidad analítica de la persona para decidir se encuentra disminuida, total o parcialmente, según la profundidad de los engramas involucrados. Pero cuando la persona es clear, es decir, liberado de engramas, al no tener ninguna influencia la mente reactiva sobre él, puede decidir libremente su conducta. Aplicando estas pautas al voyeurismo, esto significa que el clear puede optar por ser voyeur o no, y si la opción es por serlo, entonces será responsable de su conducta. Pero si el voyeur no es clear, al estar impulsado por sus engramas, es decir, por la mente reactiva y no por la mente analítica, su responsabilidad dependerá del poder de compulsión que tengan sus engramas cuando se restimulan. Es importante destacar dos cosas, la primera es que los seres humanos no son responsables de sus engramas, ya que éstos les son implantados por las circunstancias o por quienes estén en su entorno en el momento del incidente. Y la segunda es que nadie tiene por qué someterse al dictado de sus engramas. De ahí que no se puedan dar reglas generales y cada caso deberá examinarse individualmente. Mientras tanto, hay que recordar las palabras del Maestro Jesús: “Con la misma vara que juzguéis seréis juzgados”. Veamos ahora cómo puede adquirirse un engrama que impulse al voyeurismo, poniendo como ejemplo las conversaciones de los cirujanos y las enfermeras en el quirófano, momento en el cual los engramas entran en las células reactivas del paciente con la mayor profundidad en razón de estar presente la inconsciencia y el dolor. – Juan, ¿cómo te fue ayer con Laura? – En realidad bien, aunque no la penetré porque ella no estaba muy dispuesta en ese momento. – ¿Y qué hiciste?¿Te dedicaste a mirarla solamente? – Aunque no lo creas, sí, y obtuve más placer que si la hubiera penetrado. – Cuéntame como fue. – Primero le pedí que se pusiera las medias. Ella tiene una medias enrejadas de vedette que me excitaron tremendamente con sólo el hecho de verlas. – ¿Viste las medias y te excitaste? – No sólo me excité, sino que con sólo verle las medias puestas llegué al orgasmo. – ¿Y tú, Olga, qué dices a esto? – Bueno, no me sorprende en absoluto, mi novio es capaz de llegar al orgasmo con solo acariciar mis zapatos o cualquier prenda interior mía. Como se excita tremendamente y eyacula sin mi participación, entonces escondo todo antes de que llegue y lo recibo completamente desnuda. No es necesario continuar para darse cuenta de lo potencialmente aberrante para el paciente que puede ser una conversación así entre los cirujanos y la enfermera, cuyas palabras quedan implantadas como órdenes hipnóticas de alto poder, porque además de la inconsciencia total se encuentra presente el dolor de la operación y la intoxicación de la anestesia. Hay que recordar que la mente reactiva es una mente literal, es decir que no interpreta el sentido que se le da a las palabras o frases, y así, la frase “¿te dedicaste a mirarla solamente?” es “te dedicaste a mirarla”, y la frase ¿”viste las medias y te excitaste?” es “viste las medias y te excitaste”. También hay que recordar la impredecibilidad de los engramas, porque las palabras del ejemplo pueden producir, si se restimula más tarde el incidente del quirófano –quizás porque la voz de la esposa del paciente es parecida a la de la enfermera Olga–, cualquier conducta aberrada cada vez que vea una prenda femenina, aunque sea colgada de una cuerda para que se seque al sol o exhibida en una vidriera cualquiera. El auditor dianético no busca necesariamente el engrama que provoca el voyeurismo, porque es imposible saber de antemano cuáles son las palabras que impulsan a esta conducta, sino que va eliminando uno a uno los incidentes que le entrega el auditado hasta llevarlo al estado de clear. Cuando se llega al estado de clear no sólo desaparecen las aberraciones que impulsan al voyeurismo, sino también cualquier otra aberración contenida en los engramas. Ésta es la razón que sea completamente superfluo diagnosticar, como lo hacen absurdamente los psiquiatras, si una determinada aberración se llama “fetichismo”, o “pedofilia” o “voyeurismo”, porque todas desaparecen cuando se eliminan los engramas de la mente reactiva, sin necesidad de buscar específicamente qué trastorno producía cada uno. Y ésta es toda la simple historia del voyeurismo. Nota: Como un ejemplo de la perplejidad de los psiquiatras frente a este tipo de trastornos, y en el que se puede ver que no sólo no aciertan en su origen, sino que, menos aún, en su tratamiento, se transcribe este texto extraído de Internet. VOYEURISMO y PORNOSCOPIA por el doctor Juan Romeu (http://www.drromeu.net/principi9.htm). El voyeurismo, también llamado inspeccionismo, es una "perversión" consistente en buscar el placer, de forma preferente o exclusiva, a través de la visión ("voyer" es ver, en francés) de actividades sexuales. Voyeurs hay que gustan de ver escenas reales, bien de forma ostensible, bien de forma secreta. La pornoscopia sería la "perversión", estrechamente ligada al voyeurismo, de buscar el placer, de forma preferente o exclusiva, a través de la contemplación o lectura de material pornográfico (libros, grabados, cuadros, esculturas, películas, videos, etcétera). En los tratados clásicos (en el Pellegrini, por ejemplo) inspeccionismo y pornoscopia se meten en el mismo saco. Uno de los puntos más turbios es la determinación de qué material es pornográfico, y cuál simplemente erótico. Un bujarrón voyeur, por ejemplo, puede tener suntuosas excitaciones entreviendo penes en un urinario público ("pornoscopia evacuatoria", según Pellegrini). En cambio, nadie en sus cabales apreciaría que tales penes, por lo general encogidos y menguados, puedan ser exhibidos como pornografía per se. Los límites, como en tantas cosas, son los de cada cual, o los que las disposiciones legales aconsejan. En siglos anteriores las gentes de posición compraban cuadros de pintores famosos, que hoy en día nos parecen de suma candidez, pero que, en la época, eran el no va mas del erotismo perverso. Hoy en día los kioskos de revistas ofrecen una superabundancia de revistas sicalípticas, para delicia de los pornóscopos. Los videos también son numerosos. Proliferan tiendas de sex-shop donde, aparte de comprar videos, revistas, piezas de lencería y prótesis genitales, es posible acceder a cabinas donde más de sesenta canales proveen de imágenes excitantes a quienes allí se encierran, a solas con una caja de kleenex. Las películas cubren todas las perversiones no penadas por la ley. La afluencia de clientes es tal que, si en vez de echar el semen a la basura lo reciclasen, habría material diario suficiente para cubrir las necesidades de todos los bancos de semen del mundo durante varios años. La pornoscopia es una afición mayormente masculina. Las féminas agradecen más las películas e imágenes sugerentes antes que explícitas. De todas formas las señoras que se excitan con la visión de los vídeos pornográficos son tan aficionadas como sus oponentes del género masculino. El inspeccionismo puede ser secreto, con ventanas interiores disimuladas. Hoy en día se disimulan artilugios de video. Recordamos un caso en el que la cámara se situó en el lavabo de señoras de una discoteca de pueblo, disimulada bajo el lavamanos, y enfocada a la taza del inodoro. El descubrimiento del ingenio, por parte de una usuaria, motivó que su indignado prometido suministrase una tunda de estacazos al licencioso propietario del recreativo recinto. Agujeros en la pared, espectáculos de "peep show", etcétera, son otros de estos interesantes sistemas para acceder a la referida "perversión". Personas habrá que solamente se excitan cuando saben (o creen) que los observados no conocen su protagonismo. En otros casos, tanto da. Existe también un "inspeccionismo auditivo" que consiste en escuchar conversaciones íntimas, suspiros fornicatorios u otras formas de sonidos que excitan la fogosidad del pervertido (por ejemplo: el intrigante sonido de los somieres del piso de arriba, o las voluptuosas exclamaciones de los vecinos de la habitación contigua en un hotel). Uno de mis casos de observación personal, Ramón, profesaba un "voyeurismo" peculiar, junto a otra preversión que consideraremos más adelante: el trasvestismo fetichista. A sus cuarenta y cuatro años Ramón era, sin duda, un hombre de pro. Oficiaba como director y propietario de una empresa textil que, rara avis, no pasaba por ningún atisbo de crisis. Su firma proveía de lencería fina, de gran calidad y atrevido diseño, a numerosas cadenas de distribución orientadas a la gama alta, y, en la misma Italia, cuna del diseño más actual, eran apreciados los prototipos surgidos de la creatividad de su diseñadora en jefe, que no era otra que su esposa Marita, capaz de darle sopas con honda al mejor artista de Milan cuando se ponía a los mandos de su Apple Macintosh. Dios los cría y ellos se juntan. Ramón era un violento admirador de las lencerías desde su más tierna infancia. A los cinco años había sido sometido a acoso y derribo sexual por parte de una criadita de su familia, de unos dieciseis años, cuya excusa para someter al niño a los más lascivos tocamientos era jugar con él a disfraces. Ramón, Ramoncín en esa época, era confiado a los cuidados de la famulita, la cual se mostraba una verdadera artista en las artes de apaciguar cualquier vislumbre de llanto o rabieta. Ramoncín permanecía extático durante los inocentes juegos, y la familia no paraba mientes en elogiar las virtudes pedagógicas de la moza. Ramoncín, vestido con enaguas, saltos de cama, bragas de colores y otros tipos de saya que la niñera rescataba de los arcones domésticos, era a la par sometido a deleitantes palpamientos en su erecto penecillo, camuflado de miradas indiscretas por la desmesura de los sutiles ropajes. El implícito pacto entre el señorito y su doncella duró unos cuatro años, e incluyó, en las mejores ocasiones, tocamientos y maniobras más abundantes precedidos del desnudamiento de la doméstica, y en cuyos detalles no insistiré para evitar ser acusado de concupiscente por los más púdicos de mis lectores. Sea como sea, Ramón, durante toda su vida, persistió en la necesidad de calzar alguna ropita interior a la hora de solazamientos y fornicaciones. Su esposa, Marita, no dejaba de apreciar como extremadamente raro tal comportamiento (que descubrió a las primeras de cambio), pero, por otra parte, no dejaba de admitir que Ramón, aparte de sus manías en momentos de efusión, resultaba un buen marido, un buen padre, y un excelente administrador en cuanto al negocio familiar. Marita había heredado tal negocio de su padre, y con sus diseños asistidos por ordenador y las acertadas gestiones de su cónyuge, lo habían colocado como uno de los más exitosos del continente. Pero, al cabo de casi veinte años de casados, Ramón acentuó, poco a poco, una curiosa derivación de su transvestismo. Raro era el día que no empleaba un sujetador u otro interesante adminículo de similares connotaciones (corpiños, ligueros, etcétera) ya desde primera hora de la mañana. Los llevaba disimulados bajo sus impecables vestimentas de marca, y doy fe de que ni el más suspicaz de sus enemigos, si los tuviere, hubiera conjeturado su presencia. Una ramificación más molesta consistía en su voyeurismo: una perentoria inclinación a clavar su mirada en los cuerpos femeninos, justamente en aquellas partes de las señoras más frecuentemente ceñidas por los ropajes interiores. Mientras lo hacía de soslayo en la calle, no pasaba nada. Más embarazoso resultaba cuando el persistente ojeo se producía en locales cerrados (un restaurante por ejemplo) o en reuniones sociales a las que hubieran acudido en virtud de sus aficiones (eran socios del Círculo del Liceo y del Club de Polo) o por razones de trabajo. En más de una ocasión, algún marido escamado por la obstinación de Ramón en fijar su apreciativa mirada en las redondeces de una vecina de mesa, le había solicitado con mejores o peores modos que dejara de dar la lata, lo que provocaba redundantes incomodidades y avergonzaba a Marita hasta límites difíciles de soportar. Por esta razón acudieron a mi consulta. Ramón, en la primera (y única) entrevista, dejó muy claro que él iba allí bastante obligado y que, ya que era quien pagaba, los médicos deberíamos someternos a sus condiciones. Advertía admonitoriamente que si él miraba a las féminas era por razones profesionales (intentaba descubrir los diseños de sus ropas interiores), y que su tendencia a vestir ropajes femeninos era innegociable. Estaba demasiado acostumbrado como para que un hatajo de seudointelectuales se lo desaconsejásemos que, al fin y al cabo, no hacía daño a nadie, y menos a esa pánfila de su esposa que bien servida iba ella con su ración de seis o siete coitos semanales. Los datos que hemos expuesto del caso nos los había explicado la mujer en una consulta previa. Poco más pudimos sacar a Ramón, que, como es lógico, no fue sometido a tratamiento alguno y que debe de ir paseando su arropada figura por reuniones y saraos, alargando el cuello para entrever los objetos de sus deseos. Espero que haya aprovechado nuestra recomendación de usar unas gafas de chulo, de esas que son espejos por la parte externa, las cuales le reducen la posibilidad de ser descubierto con los ojos en la masa. Las primeras excitaciones de Ramón se asociaban al empleo de lencerías y encajes. El cuadro, en un principio, consistía en el uso de ropas interiores femeninas para mejorar sus excitaciones en relaciones heterosexuales (fetichismo transvestista). Ultimamente parece derivar en un cuadro obsesivo de voyeurismo. Es una necesidad obsesiva de fijar su mirada en los cuerpos femeninos, lo que, al parecer, no le causa una excitación sexual sino un apaciguamiento de la ansiedad. Otro comentario que nos surje se refiere a la posibilidad de esplendentes excitaciones sexuales a los cinco años, las cuales, en más de un caso, condicionan la forma de expresión sexual a lo largo de la vida. Los ataques sexuales no siempre son vividos por los niños con ansiedad, pero la aparición de trastornos sexuales en la vida adulta es una regla casi inexorable.
Bibliografía: El planeta de los simios XIV (una de las mejores demostraciones de los extremos aberrantes a los que puede llegar el hombre cuando se le restimulan sus engramas es el uso de la tortura para arrancar confesiones). El planeta de los simios XIX (las conversaciones en torno a una persona inconsciente deberían considerarse como atentado a la cordura, especialmente si está anestesiada, porque se graban en sus células como órdenes hipnóticas de alto poder). El planeta de los simios XXVIII (se devela que el “piercing”, que es la costumbre de perforar determinadas partes del cuerpo para decorarlas con algún tipo de joya, tiene origen en engramas que ordenan compulsivamente esa actitud irracional). El planeta de los simios XXIX (se devela que el tatuaje, lo mismo que el “piercing”, tiene origen en engramas, y que el aducido motivo de embellecimiento no es más la justificación analítica de la aberración). El planeta de los simios XXX (se devela que el físicoculturismo, lo mismo que el tatuaje o el “piercing”, tiene origen en engramas y que todos los intentos de justificarlo son falsos). El planeta de los simios XXXI (sin duda alguna la mutilación genital femenina constituye una de las más incalificables aberraciones de nuestro planeta, pero lo peor es que se escuda en supuestas tradiciones religiosas, lo que hace más difícil su erradicación). El planeta de los simios XXXII (la Psiquiatría está tan lejos de saber el origen de la automutilación como un microbio de llegar a comprender la teoría de la relatividad). El planeta de los simios XXXIV (el celibato sacerdotal, lejos de deberse a motivos espirituales, de la misma forma que cualquier perversión sexual tiene origen en la mente reactiva). El planeta de los simios XXXV (la dislexia, de la misma forma que el autismo, el daltonismo y otros trastornos mentales, tiene origen en la mente reactiva y la única curación posible es a través de Dianética). El planeta de los simios XXXVI (el machismo, entendido en general como el desprecio de la mujer, además de tener origen en la mente reactiva, parte de una base falsa, porque “hombre” y “mujer” son simplemente roles del espíritu que desaparecen al desencarnar). El planeta de los simios XXXVII (el antisemitismo es solamente un eufemismo para denominar a lo que no es más que un trastorno mental, más precisamente una enfermedad psicogénica originada en engramas). El planeta de los simios XXXVIII (la violencia escolar no desaparecerá mientras padres y maestros desconozcan la existencia de la mente reactiva, los engramas y la tecnología desarrollada por L. Ronald Hubbard para llevar a los niños hacia la cordura). El planeta de los simios XXXIX (tanto los que discriminan como los que luchan en contra de la discriminación están aberrados porque toda su conducta proviene de la mente reactiva). El planeta de los simios XL (los psiquiatras han inundado la Red con explicaciones disparatadas sobre el origen de la homofobia, y ni siquiera se han acercado a su verdadero origen, la mente reactiva, ni menos aún a su solución). El planeta de los simios XLII (sin duda alguna uno de los grandes males de la humanidad es el alcoholismo, pero esta adicción desaparece cuando se elimina el engrama que impulsa a beber). El planeta de los simios XLIII (uno de los miedos más populares es el de viajar en avión o aerofobia, y como todas las fobias su origen es la mente reactiva y la dramatización de engramas del tipo “nunca vueles o morirás”). El planeta de los simios XLIV (la aracnofobia, de la misma forma que la aerofobia, constituye una de las fobias más populares, pero sin perjuicio de que el miedo a las arañas sea inherente al hombre, también puede ser provocada por engramas, en cuyo caso es sumamente aberrativo). El planeta de los simios XLV (las fobias en general, de la misma forma que todas las aberraciones, tienen su origen en la mente reactiva y desaparecen cuando la persona llega al estado de clear, es decir, cuando mediante la terapia dianética se la libera de de engramas). El planeta de los simios XLVI (la Psiquiatría para mantener su vigencia inventa nuevas fobias, como la llamada “fobia social”, pero en definitiva es “el mismo perro con distinto collar”, porque todas proceden de la restimulación de engramas). El planeta de los simios XLVII (de todo el catálogo de las fobias realizadas por la Psiquiatría, la más ridícula e inútil es sin duda alguna la clasificación por tipo de animal: cinofobia, miedo a los perros; elurofobia, miedo a los gatos; ictiofobia, miedo a los peces, etc.). El planeta de los simios XLVIII (la claustrofobia integra una de las infinitas categorías de aberraciones clasificadas erróneamente por la psiquiatría porque siempre va asociada a otras fobias). El planeta de los simios XLIX (los síntomas que la Psiquiatría atribuye al trastorno que denominan “ataque de pánico”, tales como náuseas, palpitaciones, desmayos, etc., no son más que los artilugios que utiliza la mente reactiva, como mecanismo de supervivencia, para salvar al organismo de una situación de peligro, real o imaginaria). El planeta de los simios L (la misoginia es un trastorno mental de la misma entidad que el ataque de pánico, la claustrofobia o la zoofobia, por citar solamente a tres, porque todos ellos provienen de la mente reactiva). El planeta de los simios LI (la cleptomanía tiene origen en la mente reactiva y en engramas que dictan imperativamente esa conducta y la prueba está en que cuando la persona llega a clear la compulsión a robar cosas desaparece definitivamente). El planeta de los simios LII (la terapia de aversión es uno de los más aberrantes “tratamientos” de la Psiquiatría, sólo superado en disparate por la lobotomía y el electroshock). El planeta de los simios LIII (la masturbación es un placer inocente que los lobos rapaces de la Iglesia pretenden erigir en pecado para hacer sentir culpables a sus fieles y así manipularlos mejor). El planeta de los simios LIV (la Psiquiatría, al ignorar la existencia de la mente reactiva y los engramas, brinda explicaciones banales sobre los motivos por los cuales no se debe infligir castigos corporales a los niños). El planeta de los simios LV (la ludopatía o adicción al juego, que tanta perplejidad causa en los psiquiatras, es uno de las tantos trastornos que se curan con Dianética). El planeta de los simios LVI (el sexo no está exento de cierta dosis de sadismo y de masoquismo, y su práctica, salvo casos extremos, claro está, no es censurable cuando las partes libremente lo acuerdan). El planeta de los simios LVII (la ninfomanía o la compulsión que tienen algunas mujeres de tener sexo reiteradamente se debe e engramas que dictan esta conducta y desaparece cuando se los elimina de la mente reactiva). El planeta de los simios LVIII (el síndrome del Casanova o del Don Juan tiene el mismo origen que la ninfomanía y el mismo método de curación, la limpieza de la mente reactiva de su carga engrámica). El planeta de los simios LIX (sin duda alguna, la necrofilia o compulsión a tener sexo con cadáveres es una de las más aberrantes perversiones que puede provocar la mente reactiva). El planeta de los simios LX (el exhibicionismo, que es la compulsión a mostrar los órganos genitales en público, tiene origen en la mente reactiva, y se cura cuando se elimina, a través de la terapia dianética, el o los engramas que lo provocan). El planeta de los simios LXI (la disfunción eréctil, o impotencia sexual masculina, salvo los casos excepcionales de lesión orgánica, se origina en la mente reactiva, y su tratamiento pasa, como todos los trastornos psicogénicos, por la terapia dianética). El planeta de los simios LXII (las explicaciones dadas por la Psiquiatría sobre el vaginismo son erróneas porque si no implantan un engrama son tan nocivas como lo puede ser un vaso de agua pura de manantial). El planeta de los simios LXIII (el fetichismo, a pesar de ser catalogado por la Psiquiatría como una “perversión sexual”, no es objetable cuando es sólo un medio de obtener una mejor excitación y a nadie perjudica).
Asimismo, es muy ilustrativo el tema de la justificación expuesto en “Origen de la estupidez”.
* Advertencia: Dianética y Cienciología son marcas registradas y aquí se las menciona exclusivamente con fines informativos y de difusión. El Grupo Elron es una organización independiente sin fines de lucro, políticos o religiosos, y la distribución del material es totalmente gratuita. Para información sobre marcas registradas: http://www.scientology.org/en_US/feature/legal/trademark.html Dianética y Cienciología han sido complementadas por el profesor Jorge Olguín mediante las técnicas de Psicointegración y Psicoauditación
|