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El planeta de los simios XVI

Pena de muerte

Grupo Elron

 

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Cualquier semejanza con la realidad no es ninguna coincidencia.

 

 


Si una afirmación hiere tu sentido común, 
entonces no es verdad. La única verdad para 
ti es la que tú consideras como verdad. 

 

 

 

¿Qué prefieres, horca, guillotina, silla eléctrica,

inyección letal, cosquillas o un susto?



Yo estoy en contra de la pena de muerte, basta con una lobotomía.



La pena de muerte es innecesaria. Hay soluciones mejores. En la foto, psiquiatras posan con sus pacientes después del tratamiento.



Una de las penas capitales más aplicadas es el fusilamiento. Le siguen la horca, la electrocución, la inyección letal, la ejecución por gas, la decapitaciòn y la lapidaciòn.



Paradójicamente, la muerte, no importa cómo se produzca, no quita la vida sino que la da porque libera al espíritu del aprisionamiento de la materia. Esto, obviamente, no justifica a la institución, que en sí es perversa.


La pena de muerte no es más que una hipocresía, porque oculta lo que en realidad es, una venganza disfrazada de justicia. Todos los involucrados en este "asesinato legal", al desencarnar descenderán de plano llevándose pendiente un severo karma. Como el espíritu es libre para decidir cómo aprenderá la lección de respetar la vida, es muy probable que planee pasar por las mismas vicisitudes de aquél a quien condenó a muerte o permitió que sucediera. La pena de muerte, como se ve, es algo bastante absurdo. Más información en "pena de muerte".



¿Acaso no os advertí que no debíais juzgar para no ser juzgados, y que con la misma vara que juzguéis seríais juzgados?

 

 

Publicado en ya.com

MÉTODOS DE PENAS DE MUERTE

Hoy en día se usan principalmente los siete métodos. La horca y el fusilamiento son los más extendidos. El ahorcamiento aparece en los ordenamientos jurídicos de 78 países y el fusilamiento en los de 86. Cuando se prevén ambos métodos, el fusilamiento se reserva con frecuencia a los delitos en tiempos de guerra o para condenas a muerte dictadas por tribunales militares. Estas cifras incluye los países en que la pena de muerte sigue vigente, pero ya no se aplica.

AHORCAMIENTO
El preso es colgado de una cuerda atada alrededor del cuello y muere debido a la fuerza que, por la gravedad, ejerce el peso del cuerpo. La inconsciencia y la muerte son causadas por lesiones en la médula espinal o, si esto no es suficiente, por estrangulamiento, debido a la constricción de la tráquea.

FUSILAMIENTO
La ejecución la lleva a cabo un único sujeto o un pelotón. El preso muere por una o varias de las siguientes causas: lesiones de órganos vitales, como el corazón, lesiones del sistema nervioso central o hemorragias. Aunque en un disparo a corta distancia en la nuca debería producir la inconsciencia inmediata, el procedimiento puede durar más tiempo en los fusilamientos por un pelotón, en los que los soldados tiran desde una mayor distancia -y por lo tanto con menor precisión- y pueden haber recibido la orden de apuntar al tronco, más fácil de alcanzar que la cabeza.

Aunque algunos presos pueden permanecer conscientes después de los primeros disparos incluso en las ejecuciones normales por un pelotón, algunas ejecuciones han sido concebidas para prolongar el sufrimiento.

ELECTROCUCIÓN
La electrocución surgió en los Estados Unidos en 1888, alegándose que sería más humana que la horca. El procedimiento es el siguiente: después de amarrar al preso a una silla construida para este fin, los ejecutores sujetan electrodos de cobre húmedos a la cabeza y a una pierna del condenado, las cuales han sido rasuradas para asegurar un buen contacto entre los electrodos y la piel. Se aplican fuertes descargas de corriente eléctrica durante breves periodos. La muerte se produce por paro cardíaco y parálisis respiratoria.

La electrocución produce efectos destructivos visibles, al quemar órganos internos del cuerpo; el condenado a menudo salta hacia delante, tirando de las correas que le sujetan, cuando aplican la corriente; y puede defecar, orinar o vomitar sangre. Los testigos presenciales siempre dicen que hay un olor a carne quemada.

INYECCIÓN LETAL
Este método de ejecución consiste en inyectar por vía intravenosa y de manera continua una cantidad letal de un barbitúrico de acción rápida en combinación con un producto químico paralizante. El procedimiento es similar al utilizado en un hospital para administrar una anestesia general, pero los productos son inyectados en cantidades letales. En Texas, uno de los 19 estados de los Estados Unidos en donde la ejecución se realiza por inyección letal, se usan tres substancias conjuntamente: tiopentato sódico, bromuro de pancuronio y cloruro potásico.

El tiopentanto sódico es un barbitúrico que hace perder el conocimiento al preso, la segunda es un relajante muscular que paraliza el diafragma, impidiendo así la respiración, y la tercera provoca un paro cardíaco.

Cualquier resistencia por parte del reo puede originar que el veneno entre en un músculo o una arteria, lo que causaría dolor. Encontrar una vena adecuada para insertar la aguja no es tan sencilla y en ocasiones requiere una pequeña intervención quirúrgica. En un caso que tuvo lugar en Texas en 1985 fueron necesarios más de 23 intentos antes de que se lograra insertar la aguja en un punto adecuado y el proceso duró 40 minutos.

SIGUE: Ejecución por gas, decapitación y lapidación.

 

 

 

La Iglesia Católica está a favor de la pena de muerte sólo en casos excepcionales, y para rechazarla se basa en el mandamiento que dice "no matarás". Lo insólito es que los famosos "Mandamientos de la ley de Dios" no fueron dados por el Absoluto sino por Jehová, uno de los elohim o "dioses menores". La prueba está en que la base de esos mandamientos es totalmente egoica: "No tomaréis el nombre de dios en vano" (?).

Enlace a la página (Corazones.org)

Pena de Muerte

Juan Pablo II aborda el tema de la Pena de Muerte en su Enciclica Evangelium Vitae (Evangelio de la Vida), Capítulo III n.52-56.  A la luz de la pregunta hecha por el joven rico y la importancia de cumplir todos los mandamientos, El Papa escribe:

Dios se proclama Señor absoluto de la vida del hombre, creado a su imagen y semejanza (cfr.Gen 1, 26-28). Por tanto, la vida humana tiene un carácter sagrado e inviolable, en el que se refleja la inviolabilidad misma del Creador. Precisamente por esto, Dios se hace juez severo de toda violación del mandamiento "no matarás", que está en la base de la convivencia social.

Dios es el defensor del inocente (cfr. Gen 4, 9-15; Is 41,14; Ier 50,34; Sal19/18,15). También de este modo demuestra que "no se recrea en la destrucción de los vivientes" (Sap 1, 13). Sólo Satanás puede gozar con ella: por su envidia la muerte entró en el mundo (Jn 8, 44), engañando al hombre, lo conduce a los confines del pecado y de la muerte, presentados como logros o frutos de vida.

Matar un ser humano, en el que está presente la imagen de Dios, es un pecado particularmente grave. ¡Sólo Dios es dueño de la vida! Desde esta perspectiva situamos el problema de la pena de muerte, respecto a la cual hay, en la Iglesia como en la sociedad civil, una tendencia progresiva a pedir una aplicación muy limitada e, incluso, su total abolición. El problema se enmarca en la óptica de una justicia penal que sea cada vez más conforme con la dignidad del hombre y por tanto, en último término, con el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad. En efecto, la pena que la sociedad impone "tiene como primer efecto el de compensar el desorden introducido por la falta". La autoridad pública debe reparar la violación de los derechos personales y sociales mediante la imposición al reo de una adecuada expiación del crimen, como condición para ser readmitido al ejercicio de la propia libertad. De este modo la autoridad alcanza también el objetivo de preservar el orden público y la seguridad de las personas, no sin ofrecer al mismo reo un estímulo y una ayuda para corregirse y  enmendarse.

Es evidente que, precisamente para conseguir todas estas finalidades, la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy día, sin embargo, gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes.


Desarrollo de conciencia mas que de doctrina.

Según el  juicio de Juan Pablo II, que aparece en la edición típica del Catecismo, es muy difícil que se den las condiciones que requieran el uso de la pena de muerte.

El Catecismo trata el tema en los números 2265-2267.  Un pasaje clave aparece en el #2267:

"Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo ´suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos´"  -El Catecismo cita a Evangelium Vitae, 56.

 

 

LA PENA DE MUERTE

Por Horacio Velmont

Mucho se ha hablado, y se sigue hablando, sobre la validez o no de la pena de muerte, y por más que aciertan aquellos que están en contra, la verdad es que sus argumentos no van a la esencia de la cuestión y por eso no convencen.

El absurdo de la pena de muerte radica en que quienes la propician no saben por qué alguien comete actos hostiles en contra de sus semejantes, y la única solución que se les ocurre es suprimir el efecto, no la causa.

Es algo similar a solucionar la humedad en la pared destruyendo el muro en lugar de buscar el caño roto y repararlo.

¿Cómo alguien puede propiciar la muerte de un semejante sin saber quiénes somos, para qué estamos aquí, de dónde venimos y hacia donde vamos?

Quienes propician la pena de muerte simplemente están diciendo: "No sé por qué has hecho lo hiciste y como también ignoro cómo recuperarte para la sociedad", entonces opto por liberarme de ti.

Es exactamente lo mismo que destruir la pared para eliminar la humedad en razón de ignorar que el caño roto es la causa.

Propiciar la pena de muerte es absurdo porque desde el plano físico no se pueden tener a la vista todos los hechos necesarios como para evaluar la conducta de cualquier ser humano.

Por eso, en razón de la imposibilidad de tenerlos, es que el Maestro Jesús advirtió: "No juzguéis para no ser juzgados" y también que "con la misma vara que juzguéis seréis juzgados".

Naturalmente que lo que quiso decir es "no prejuzguéis", es decir, "no condenéis sin saber". Y como los seres humanos encarnados no podemos saber todo lo que es necesario para juzgar con certeza a otro semejante, la actitud correcta es la prudencia.

¿Qué más imprudente puede ser que ejecutar a un semejante con los ojos cerrados, máxime que existe la posibilidad de matar a un inocente como tantas veces ha sucedido?

Si pudiéramos observar las cosas desde un plano más elevado, quizás veríamos que cada una de esas personas que piden a gritos la pena de muerte resulta que en sus vidas pasadas han cometido peores hechos que aquel cuya muerte exigen.

¿Qué juicio nos merecería, por ejemplo, esa madre que pide a gritos la cámara de gas por aquel que violó a su hija si supiéramos que ella misma en una vida anterior también hizo lo mismo y ahora está aprendiendo en carne propia el dolor que causó a otros?

Es importante recordar aquí que es el propio espíritu el que elige, antes de encarnar, las vicisitudes que pasará en el plano físico.

Y más aún, ¿qué sentiríamos al saber que esa niñita que fue violada encarnó precisamente con esa misión para que el espíritu que encarnó como su madre aprendiera la lección pendiente y así pueda evolucionar?

Algunos dirán: "¿y no es posible que ese violador también esté aprendiendo alguna lección, por ejemplo la de la angustia de un condenado a muerte porque en una vida pasada fue un severo juez que la aplicó?

¡Por supuesto que sí! Pero aquí no estamos hablando de la pena de muerte en general como lección pendiente para alguien, sino la de propiciarla sin conocer todos los hechos necesarios para juzgar.

En concreto, propiciar la pena de muerte es un disparate porque se la propicia desde la ignorancia, no desde la sabiduría.

¿Cómo podemos pedir la muerte de alguien desde ese punto de vista? ¿Qué más absurdo puede haber que quitarle la vida a un hombre juzgándolo solamente por los hechos del plano físico cuando sabemos (o debiéramos saber) que ha vivido antes y nosotros también junto con él, e incluso ser responsables de su incalificable conducta actual?

Si un espíritu encarna para aprender determinadas lecciones, ¿qué derecho tenemos a impedirle que las aprenda suprimiéndole la vida?

Y si dentro de esas lecciones que tiene que aprender fuera la de sufrir la pena de muerte, ¿por qué la vamos a propiciar si no sabemos con certeza si es ésa la lección que tiene que aprender?

Además, la ley del Karma no es la Ley del Talión -ojo por ojo, diente por diente- y hay muchas formas de aprender las lecciones pendientes, y alguien que aplicó la pena de muerte no necesariamente tiene que padecerla para asimilarlas.

Y para concluir, también hay que tener en cuenta que un hombre comete actos hostiles en contra de sus semejantes porque así se lo dicta su mente reactiva (un clear, es decir, liberado de engramas, es inherentemente bueno y solidario con sus semejantes).

Y los engramas no se los implanta él mismo sino que se los implantan otros, ¡y esos otros pueden haber sido los mismos que hoy piden su ejecución!

Recuerdo uno de los casos comentados por Ron Hubbard, en el que una madre intentó matar a su bebé a causa del engrama que le había implantado -obviamente sin saberlo- el médico que le ayudó a dar a luz.

¿Qué juicio nos merecería ese médico si esa madre hubiera realmente matado a su bebé y dicho médico propiciara para ella la pena de muerte?

Parafraseando las propias palabras del Maestro Jesús, la conclusión es que en razón de cómo seres encarnados no podemos saber la verdad, por lo tanto no debemos propiciar la muerte de nadie, ya que si lo hiciéramos correremos el riesgo de que con esa misma vara de ignorancia seamos también juzgados.