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El planeta de los simios XXVII

Pedofilia

Grupo Elron

 

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Cualquier semejanza con la realidad no es ninguna coincidencia.

 

 


Si una afirmación hiere tu sentido común, 
entonces no es verdad. La única verdad para 
ti es la que tú consideras como verdad. 

 

¿Qué es esa bestialidad de “Turismo sexual con niños”?

¿Qué miran, nunca vieron a un pedófilo?

Yo soy un psiquiatra culto, digo “paidofilia”…

La pedofilia, del griego παιδοφιλια(paidofilia) y éste de παιδοσ(paidós) o παις(país) 'muchacho', 'niño' y φιλια(filia) 'amistad' es la inclinación de las personas (tanto adultas como adolescentes, hombres o mujeres, homosexuales o heterosexuales) a sentir una atracción sexual primaria hacia prepúberes (generalmente niños de 13 años o menos).

Ahora entiendo, si yo tuviera 10 años, el comandante Taylor sería un pedófilo…

No se alarmen, ya soy mayor de edad…

Mira, yo no soy un pedófilo y además tú ya no eres ninguna una niña...

¡A qué mundo de pedófilos te he traído!

L. RONALD HUBBARD

La pedofilia es un trastorno psicogénico engrámico que impulsa a esa conducta aberrante, y la única forma de solucionarlo es eliminando de la mente reactiva el engrama que lo causa. La Psiquiatría está tan lejos de saber esto como un simio de entender la teoría de la relatividad… Más información en “Mente reactiva automática”.

 

Mientras la humanidad desconozca la existencia de la mente reactiva, así como las técnicas desarrolladas por Ron Hubbard –plasmadas en Dianética y Cienciología–, para liberar al hombre de engramas, seguiremos sin solucionar las aberraciones, de las cuales una de las más abominables es sin duda alguna la pedofilia.

JORGE RAÚL OLGUÍN

Yo desarrollé una técnica para integrar la mente que es complementaria de Dianética y Cienciología y a la que llamé “Psicointegración”. Esta técnica convierte al hombre en el amo y no en el esclavo de sus yoes. Cuando la mente está integrada no tienen cabida aberraciones como el sexo con niños o con animales. Más información en “Psicointegración”.

Dianética infantil, la única solución para el niño abusado sexualmente.

 

 

Aclaraciones terminológicas

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Pedofilia y pederastia

José Antonio Díaz Rojo
Investigador Titular, CSIC (Valencia)

 

En un juicio por presuntos abusos sexuales infantiles celebrado en Barcelona en el 2001, uno de los acusados reconoció ser pedófilo pero no pederasta. En El Mundo (10-1-2001), se reproducían sus palabras en respuesta a las acusaciones de haber abusado de cuatro niños: «No satisfacía mis impulsos de ninguna manera, me aguantaba y basta». Distinguía así el presunto autor de los abusos entre la tendencia que le empujaba a sentir atracción sexual por los niños (pedofilia) y las prácticas sexuales con menores (pederastia), conducta considerada delictiva según nuestro Código Penal. Al margen de la veracidad de la afirmación del presunto pederasta de que resistía sus impulsos, y de que sus palabras fueran o no un mero recurso jurídico empleado en su defensa para conseguir la absolución, hay que reconocer que, prescindiendo de este caso concreto y a nivel general, la distinción entre la atracción sexual hacia los niños y el delito de abuso sexual de menores, no parece inoportuna. En el primer caso, pues, estamos ante una tendencia psíquica, considerada como enfermedad por la psiquiatría, mientras que en el segundo nos situamos ante una práctica, que además es delictiva según nuestra legislación.

Generalmente, en nuestra lengua no suelen utilizarse dos términos diferentes para distinguir estos dos conceptos. Las palabras pedofilia y pederastia se emplean como sinónimos, para referirse tanto a la atracción sexual como al delito, al igual que pedófilo y pederasta. En el lenguaje periodístico encontramos indistintamente el uso de pedofilia con el sentido de delito y con el significado de enfermedad; así, por ejemplo, se emplea el sintagma «acusar de pedofilia»;1 se habla de una «red de pedofilia» para designar una organización de personas dedicadas a la explotación sexual de menores; asimismo, la palabra aparece en ocasiones en enumeraciones junto a otras conductas delictivas:

[...] luchar contra el terrorismo, la pedofilia, el racismo, el tráfico de seres humanos, el blanqueo de dinero, el narcotráfico, el contrabando, el secuestro y todo tipo de delincuencia organizada.

Otras veces se emplea como enfermedad, y se la clasifica entre las «perversiones sexuales (o desviaciones sexuales), como exhibicionismo, pedofilia, sadomasoquismo, necrofilia, clismafilia (utilización de enemas)». En ocasiones se recogen empleos con aparente redundancia, como en la siguiente frase: «Su letrado ha sostenido durante toda la vista judicial que la pedofilia de su cliente es una enfermedad».

Por su parte, pederastia se utiliza de forma preferente en el sentido de delito, y menos frecuentemente como enfermedad; en la prensa se habla de «delitos de pederastia», «condenado a 40 años por pederastia», «acusado de pederastia» y «red de pederastia». Esta preferencia de emplear pedofilia para referirse a la atracción sexual o la enfermedad, puede deberse al hecho de que este término2 es actualmente el más utilizado en psiquiatría para designar el transtorno mental y, por influencia médica, es la palabra escogida por los periodistas para hablar en términos psiquiátricos. En medicina se la incluye entre los transtornos sexuales y de la identidad sexual, dentro de las categoría de las parafilias. Los criterios de su diagnóstico diferencial son los siguientes: han de padecerse, durante al menos seis meses, fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos sexuales o comportamientos que impliquen actividad sexual con niños prepúberes, es decir, menores de 13 años; se ha de tener más de 16 años; y entre el paciente y el niño objeto de deseo sexual ha de haber una diferencia de al menos cinco años. Se excluyen las fantasías, impulsos o comportamientos entre adolescentes mayores. Conviene tener presente que no toda persona pedófila tiene que haber cometido actos de abuso sexual infantil. Por tanto, no todos los pedófilos son pederastas, esto es, delincuentes o explotadores sexuales. En ocasiones, se distinguen tres tipos de transtornos según la edad de la persona que es objeto del deseo sexual: se emplea pedofilia para la atracción hacia niños en edad prepuberal, efebofilia (del griego ephebo ‘chico que ha entrado en la pubertad’) para referirse al deseo sexual hacia adolescentes, y nepiofilia (de nepion ‘infante’) para designar la atracción hacia niños lactantes.

El término pedofilia fue acuñado en alemán por el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing (1840-1902), quien utilizó por primera vez la expresión Pädophilia erotica3 en su influyente libro Psychopathia Sexualis, publicado en 1886. En esta obra aparecieron también otros neologismos para designar comportamientos considerados transtornos sexuales, como masoquismo, sadismo, gerontofilia, fetichismo y zoofilia.

Pero no siempre pedofilia y pederastia se emplean en la prensa como sinónimos. El periodista Javier Ortiz, en un artículo titulado «El sexo y la infancia»,4 afirma:

Otra vez a vueltas con la pedofilia y la pederastia. Muchos las confunden. No son lo mismo. El término pedofilia no figura todavía en los diccionarios, pero acabará abriéndose hueco, porque es necesario: se refiere a la atracción erótica que algunos adultos sienten por los niños (o niñas). La pederastia, en cambio, define el abuso sexual de menores. Un abismo separa ambos conceptos: en el primer caso no hay violencia; en el segundo, sí. Sin embargo, la moral victoriana dominante condena por igual ambas realidades.

Recientemente, a raíz de los casos de pederastia entre miembros del clero católico estadounidense, Juan Antonio Herrero Brasas, profesor de ética y política, establecía en un artículo publicado en El Mundo otra diferencia entre ambos términos. Según él, debe distinguirse entre el «abuso sexual de niños», que llamaba pedofilia, y las «relaciones entre adolescentes mayores de 14 o 15 años», para la que reservaba la palabra pederastia.5 Meses más tarde, matizaba la definición de pederastia, señalando que se refería a las «relaciones intergeneracionales entre adultos y adolescentes o jóvenes adultos». Se lamentaba Herrero Brasas de que la legislación americana no distinguiera ambos conceptos, y que considerara como delito de pedofilia toda relación con un menor de 18 años, «automáticamente catalogada de violación». Según este autor, «la gran mayoría de las acusaciones corresponden a casos de pederastia propiamente hablando».6

Esta última distinción, que como hemos visto no suele hacerse en nuestra lengua, no está recogida en los diccionarios generales. Sin embargo, los lexicógrafos son partidarios de establecer una diferencia entre pedofilia y pederastia, en la misma línea que Ortiz. El diccionario de la Real Academia Española7 ha introducido en su última edición (2001) el término pedofilia, además de seguir registrando la palabra pederastia, para las que recoge las siguientes definiciones:

a) Pedofilia. paidofilia.

Paidofilia. f. Atracción erótica o sexual que una persona adulta siente hacia niños o adolescentes.

b) Pederastia. f. Abuso sexual cometido con niños.

La RAE recoge las dos variantes morfológicas, pedofilia y paidofilia. La raíz ped(o)-/paid(o)- ‘niño’ procede del griego paidós ‘niño’. Desde el punto de vista etimológico, es más correcta la primera, pues el diptongo griego ai se transcribe ae en latín y e en español. Sin embargo, quizás por razones de eufonía, la RAE prefiere la forma paido-, conservando el diptongo original griego. La forma paedofilia, que en ocasiones también se emplea, contiene la conservación del diptongo latino, y su uso puede estar influido por el inglés paedophilia. Alba Sánchez, defensora del lector del diario venelozano El Nacional, dedicaba un artículo al tema -a raíz de los recientes casos de abusos sexuales infantiles cometidos por sacerdotes norteamericanos-, que había generado cierto debate lingüístico a través de cartas de lectores. Sobre la variación pedofilia-paidofilia-paedofilia, la autora consideraba que la inclusión de paidofilia en el DRAE es un «ejemplo más de la mojigatería que, en ocasiones, afecta a ciertos académicos; aunque en honor a la verdad se deja al usuario la libertad de escoger el término que más le agrade y será el tiempo y el conjunto de los hispanohablantes quienes sancionen el término más adecuado». No obstante, Alba Sánchez acababa su columna diciendo que, en realidad, la palabra que describe la acción de los sacerdotes acusados de abusos sexuales de menores es pederastia.8

Desde el punto de vista semántico, la distinción es clara: una cosa es sentir atracción erótica por los niños, y otra, abusar sexualmente de ellos. Similares diferencias de significado encontramos en el Diccionario de uso del español de María Moliner,9 donde se define el término pedofilia -también incorporado recientemente, en la edición de 1999- como una «perversión» del adulto que se «siente atraído por niños», mientras que la pederastia se toma como una «práctica». Seco, Andrés y Ramos, en su Diccionario del español actual, definen la pedofilia10 como una «atracción», y reservan pederastia para la «relación homosexual de un hombre con niños», lo que introduce el matiz semántico de la homosexualidad, aunque dentro del campo de las prácticas sexuales, tal como hacen el diccionario académico y el diccionario de María Moliner.

Así pues, la distinción entre la tendencia sexual (pedofilia) y la práctica abusiva -y además delictiva- (pederastia), aunque infrautilizada en la lengua, está perfectamente registrada en los diccionarios. Los medios de comunicación tienen su parte de responsabilidad en perpetuar esta confusión entre dos conceptos pertenecientes a dos esferas distintas: por una parte, la esfera de la psicología -y de la medicina, si se acepta que la pedofilia es un transtorno sexual- y, por otra, el ámbito del derecho y la moral. Hay que ser conscientes de que esta confusión parece estar muy arraigada en nuestra cultura, y de que no es fácil separar claramente las categorías conceptuales de la ciencia y las categorías de la moral, a pesar del aparente cientifismo de la sociedad actual. Sin embargo, sería de agradecer que los medios de comunicación contribuyeran a difundir una distinción léxica que ayude a nuestras mentes a separar dos realidades diferentes.

 

Notas:

[1] Todos los ejemplos están extraídos del diario El Mundo durante el año 2002.

[2] DSM-IV-TR. Manual diagnóstico y estadístico de los transtornos mentales. Juan J. López-Ibor (dir.) Barcelona, Masson, 2002. A pesar de que la psiquiatría «oficial» considera la pedofilia como una enfermedad, no todos los psiquiatras comparten esta opinión. En un artículo de María Tomé publicado en El Mundo se defiende que «la pedofilia no es una enfermedad mental» y que «se elige ser pederasta», si bien se reconoce que las personalidades de los pederastas son anormales y que estos pueden sentirse culpables por sus acciones. Termina diciendo la autora que un pederasta no puede curarse, y que «la medicina no tiene nada que ofrecer». V. Tomé, M. «La imposible “cura” de un pederasta». El Mundo, 18-12-2001.

[3] El término original fue pedofilia erótica, que describe mejor el concepto, ya que, etimológicamente, pedofilia significa ‘amor hacia los niños’, de ahí que el creador de la palabra añadiera el adjetivo erótica, para precisar el carácter sexual de la atracción.

[4] Ortiz, J. «El sexo y la infancia». El Mundo, 30-7-1997.

[5] Herrero Brasas, J. A. «Señor cura, tóqueme». El Mundo, 25-3-2002.

[6] Herrero Brasas, J. A. «El nuevo puritanismo». El Mundo, 5-6-2002.

[7] Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. Madrid, Espasa, 2001

[8] V. Sánchez, A. «Para todo hay especialistas». La Nación, 4-6-2002.

[9] Moliner, M. Diccionario de uso del español. Madrid, Gredos, 1999.

[10] Estos autores consideran como variante más correcta paidofilia. V. Seco, M., O. Ándres, G. Ramos. Diccionario del español actual. Madrid, Aguilar, 1999.

Comentarios:

amvigara@ccinf.ucm.es

© José Antonio Díaz Rojo 2002

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/cajetin/pedofil.html

 

 

 

 

EL PEDÓFILO Y SU VÍCTIMA

 

por Horacio Velmont

 

(según las enseñanzas de L. Ronald Hubbard)

 

La pedofilia, de la misma forma que el resto de las aberraciones, tiene origen en la mente reactiva, específicamente en engramas que ordenan compulsivamente esa conducta desviada

Ya es sabido, porque lo hemos reiterado en infinidad de oportunidades, que los engramas son similares a órdenes hipnóticas de alto poder porque tienen dolor físico como parte de su contenido.

El dolor, por un lado, aumenta la intensidad compulsiva del engrama y, por el otro, lo fija más profundamente en la mente reactiva, con el resultado de que es poco lo que puede hacer el pedófilo para zafar de su condición si no sabe qué es lo que le sucede.

El problema fundamental es que el engrama es por definición irracional, y como toda orden hipnótica impulsa a la mente analítica a racionalizar la conducta del organismo, por más disparatada que parezca.

Un pedófilo difícilmente reconocerá su perversión, sino que la justificará de alguna manera, circunstancia que le impedirá dar los pasos necesarios para su curación, aun sabiendo cuál es el único camino.

El ejemplo claro lo vemos en la hipnosis, donde el sujeto del experimento siempre justifica, de la forma más inverosímil, cualquier orden que le haya dado el hipnotizador, aunque fuere la de sacarse las medias y colgarlas de la araña: “las tenía húmedas y allí se secarán más rápido…”.

¿Cuál podría ser el contenido verbal de un engrama que produzca un pedófilo? La respuesta es que cualquier palabra o cualquier frase puede producirlo, porque la mente reactiva no interpreta el sentido de las palabras sino que reacciona ante ellas automática e impredeciblemente.

Esto significa que una simple palabra como “hazlo” puede producir un pedódilo (o cualquier otra palabra que pueda implicar hacer algo).

Además, no se trata solamente de un engrama, porque en la vida de cualquier persona hay cientos de engramas que se entrelazan como los eslabones de una cadena, añadiendo cada uno su propia fuerza compulsiva.

Naturalmente que pueden sumarse engramas de vidas anteriores, de modo que el pedófilo, de la misma forma que cualquier aberrado, está en grandes problemas, a menos que aparezca la caballería en forma de Dianética para salvarlo.

Y aunque el pedófilo se encuentre con esta tabla salvadora tiene en su contra el hecho de que su mente reactiva, siendo un mecanismo de supervivencia, protege a sus engramas y su enemigo natural es precisamente Dianética, porque es una técnica que los elimina.  

Se podría decir que frente a tantos obstáculos para curarse, un pedófilo debe considerarse irrecuperable para la sociedad y que lo único que se puede hacer por ellos es encerrarlos de por vida.

Bueno, éste es sin duda alguna el punto de vista de la Psiquiatría, porque esta seudociencia no tiene la solución, ni para la pedofilia ni para ningún otra anormalidad psíquica.

¿Cómo va a querer curarse entonces un pedófilo si no sabe que existe cura para su enfermedad?

La difusión que nosotros hacemos de Dianética y Cienciología tiende precisamente a dar a conocer que nadie tiene que considerarse condenado a padecer sus aberraciones hasta el fin de sus días.

Y saber que existe la solución es tener ganado ya el 50 % de la batalla, que no es poco.

Lo que hemos explicado hasta aquí ha sido teniendo en cuenta al pedófilo, ¿pero que hay de su víctima, el niño abusado sexualmente? La única solución es obviamente Dianética.

Ron Hubbard escribió, en 1951, después del éxito rotundo de su libro “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental” (1950), donde daba a conocer la existencia de la mente reactiva y de los engramas, un libro llamado “Dianética infantil”, donde encara la forma de procesar a los niños.

El problema con la auditación (así se denomina la terapia dianética) de los niños, es que ellos no se prestan a ser auditados, y entonces tienen que ser tratados sin que se den cuenta de ello.

Naturalmente, también se puede esperar a que tengan la suficiente edad como para aceptar la auditación, digamos a partir de los 12 años.

Pero mientras llegan a esa edad puede ser útil tratar de eliminarle los candados, que son incidentes superficiales, a nivel analítico, tales como una quemadura, un susto, un golpe, y cosas así.

El procedimiento puede ser: “¿Qué estabas haciendo cuando te golpeaste la cabeza?”. Respuesta: “Estaba manejando mi triciclo”.

Luego hay que continuar haciendo preguntas acerca de esto, de modo que el niño relate lo más exhaustivamente posible todo lo que le sucedió. Después hay que volver sobre lo mismo de modo de sacarle al incidente toda la carga que contenga. Es un procedimiento muy efectivo.

Naturalmente que ese golpe con el triciclo puede estar conectado a un engrama anterior del cual el niño no tiene recuerdo consciente, pero al eliminar el candado que lo conecta, ese engrama no se restimulará.

Estas explicaciones no pueden ser, como es obvio, lo suficientemente aclarativas como para que quien las lea ya pueda aplicar Dianética eficazmente a un niño que ha sido abusado, pero sí sirven como un indicio acerca de cuál es el camino a recorrer, por otra parte el único camino posible.

Nuestra recomendación, por lo tanto, es que quien quiera ayudar de verdad a un niño que haya sido abusado sexualmente concurra a alguna organización de Dianética o Cienciología a aprender estas ciencias.

¿Y qué mejor que un padre experto y amoroso para ayudar a su hijo en un trance tan doloroso como un abuso sexual?

Desde ya que estamos presuponiendo que no es el propio padre el que ha violado a su hijo…

Cuando a un niño se le borra el dolor y la emoción dolorosa de un abuso sexual, este incidente pasa de la mente reactiva a la mente analítica, y ya no es aberrativo porque forma parte de las experiencias normales de la vida.

El dolor, sea físico o emocional, es lo único que hace que un abuso sexual sea aberrante. Cuando ellos se eliminan de la mente reactiva, el incidente dejar de ser aberrativo para transformarse en algo tan nocivo como lo puede ser beber un vaso de agua pura.

Un engrama no es experiencia, sino acción impuesta, y por eso es aberrante, porque no permite ser evaluado.  

Cuando el engrama deja de ser engrama, es decir, cuando el incidente, al ser eliminado el dolor que contenía, pasa de la mente reactiva a la mente analítica, el niño puede evaluar lo que le sucedió y considerarlo serenamente, porque entonces forma parte de sus recuerdos, que nunca son aberrativos.

Si usted tiene la idea de que el tiempo lo borra todo, deséchela, porque eso puede ser cierto para muchas cosas, pero jamás para los engramas que están empotrados en la mente reactiva, que sólo pueden ser extraídos con Dianética.

 

Bibliografía recomendada: “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental” y “Dianética infantil”, ambos libros de L. Ronald Hubbard (se venden únicamente en las organizaciones de Dianética y Cienciología.).

* Advertencia: Dianética y Cienciología son marcas registradas y aquí se las menciona exclusivamente con fines informativos y de difusión. El Grupo Elron es una organización independiente sin fines de lucro, políticos o religiosos, y la distribución del material es totalmente gratuita. Para información sobre marcas registradas: http://www.scientology.org/en_US/feature/legal/trademark.html


Dianética y Cienciología han sido complementadas por el profesor Jorge Olguín mediante las técnicas de Psicointegración y Psicoauditación