El existencialismo
por Jorge Raúl Olguín.
Decía Kierkegaard que existimos, es decir, estamos en el tiempo
haciéndonos según nuestra verdad. Muchas posibilidades nos
presenta el futuro y, tener que elegir entre ellas, nos sumerge en
la angustia, abrazándonos a diversas contradicciones.
Si el existencialismo hace que algunos pierdan su ilusión y se
consideren "seres para la muerte", la base de esta filosofía
busca degradar al espíritu. Eso se potencia al pensar en la
valoración de la individualidad frente a la colectividad, pues
sepulta la idea de Servicio hacia el prójimo. Es tal el equívoco
sobre la noción de libertad, que la concepción religiosa del
existencialismo afirma que cuanto más un hombre comprende
su relación con el Absoluto, más se siente distante y opuesto a Él.
En el otro extremo, piensan que el hombre no es digno de Dios,
pues lo mundano es pecado. Jaspers agrega que nuestros
sentimientos existenciales no dan acceso al Uno absoluto.
(parte 2)
Sartre acota: Somos libres y condenados a serlo. No podemos
dejar de elegir, porque aún elegir no elegir sería elegir.
El hombre, por ser conciencia, es presencia a sí mismo; por ser
libertad, es evasión de sí mismo; es, por lo tanto, contradicción
y doblez.
El mundo que llamamos objetivo es diferente según nuestra
situación. En cuanto a los hombres, (siempre en función de
valorar la individualidad) si son objetos para mí, yo a mi vez,
soy objeto para ellos. Yo, sujeto, para el que me mira soy un
objeto. Y cada cual tiende a hacer servir a los otros para sus
propios fines.
También el amor es voluntad de dominio, al punto de desear
que la otra persona quiera nuestra existencia como algo
imprescindible, que el "tú" de ella se pierda en nuestro yo.
Pero lo corriente es que la fusión no se realice, pues cada cual
se resiste a perderse a sí mismo en aras de otro. Y así se pasa
del amor al odio. Por eso, en toda relación interindividual, la
esencia de las relaciones no es la coexistencia, sino el conflicto.
Y los otros son el infierno para cada uno.
Ese es el pensamiento de Sartre.
Así como Kierkegaard se equivocaba al decir que el matrimonio
(en función de procreación) estaba contra el cristianismo, pues
este no podía querer que nazcan más seres en el pecado y para
su desdicha, con la consiguiente condena inherente, también se
equivocaba Sartre al opinar que estamos condenados a ser
libres.
En el primer caso, cuando una unión se efectúa por amor, nunca
va a gestar un ser pecaminoso. Por el contrario, el amor genera
más amor y jamás algo no espiritual. Por lo tanto, no tendría
que afectar la moral cristiana a la que se refiere el filósofo.
En el segundo caso, ser libre no es una condena, pues permite
optar por el Servicio. Obviamente, dejando de lado la idea de
la individualidad como premisa. Por último, es muy desacertado
pensar en una relación como sinónimo de conflicto, salvo que la
base de la existencia sea someter y no Servir.
Rescato a Lavelle que piensa que la existencia la tiene el
hombre para conquistar su esencia eligiendo; pero ella misma
no vale. Existir o elegir no vale sino por la esencia de lo que se
elige. Lo que vale son las esencias o ideas en sí.
Si Kierkegaard decía que elegir entre varias opciones sumergía
en la angustia, Lavelle acota que esta angustia no expresa
nada más que la suprema tensión de su esperanza.
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