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Eva Giberti, Psicoanálisis y Dianética
Grupo Elron

 

La psicoanalista Eva Giberti, que fue declarada ciudadana ilustre de Buenos Aires por ley 985 el 29 de agosto de 2003, es sin duda alguna el mejor referente para evaluar el conocimiento actual del Psicoanálisis en materia de salud mental.

HORACIO VELMONT

Durante muchos años hemos estudiado a diversos autores que han escrito libros o artículos sobre Psicoanálisis, y en ninguno hemos encontrado la más mínima referencia a Dianética. ¿Cómo es posible que el máximo descubrimiento de la humanidad, como lo es la existencia en el hombre de una segunda mente, la mente reactiva, un mecanismo de supervivencia que poseen todos los seres vivos, dado a conocer por L. Ronald Hubbard en su libro “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental”, no haya llegado a conocimiento de ningún psicoanalista? Si uno creyera en el Diablo tendría que pensar que algún poder satánico ha obnubilado la mente de estos humanistas, porque en verdad lo son, para que no sepan lo que desde hace más de medio siglo ya debieran saber.

Los psicoanalistas ignoran que todos los seres vivos, terrestres o extraterrestres, incluso animales y plantas, además de la mente analítica tienen una segunda mente, la mente reactiva, que es un mecanismo de supervivencia. Esta segunda mente es el origen de todos los trastornos mentales, y su desconocimiento causa que el Psicoanálisis sea interminable.

Freud les pedía a sus pacientes que le contaran sus sueños, tratando de extraer de este material sus ideas reprimidas. Por ejemplo, si una mujer le decía que había soñado con un avión despegando, Freud deducía que en realidad la mujer pensaba en una erección (porque el pene, como el avión, sube al ponerse erecto). ¡Más absurdo imposible! La interpretación de los sueños no es más que un disparate porque simplemente son descargas eléctricas que armonizan la mente para que la persona pueda estar bien al despertar. Más información en "Los sueños".

Sigmund Freud encarnó con la misión de iniciar el Psicoanálisis, que era una ciencia de base para luego ser continuada, pero la luz que él encendió sus seguidores dejaron que se apagara. Desde la época de Freud el Psicoanálisis continúa con la misma estructura y hoy es una terapia completamente obsoleta. Su enseñanza en las Facultades es pura farsa y los mismos profesores saben que están engañando a los estudiantes con algo que no funciona. Y la prueba de esto es que los mismos psicoanalistas jamás le hacen un test a sus pacientes precisamente para evitar que la inutilidad de la terapia quede en evidencia. Más información "Sigmund Freud".

En la sesión de Psicoanálisis el terapeuta escucha al paciente y hace su interpretación de los hechos que relata. Pero no importa lo que éste diga, pues su relato, al ser analítico, carece totalmente de valor terapéutico porque ésa no es la razón de que esté aberrado. La razón de que esté aberrado se encuentra en los engramas empotrados en la mente reactiva, y no están al alcance de la mente consciente. Únicamente a través de la técnica de Dianética puede llegarse a esos engramas y eliminarlos.

La terapia dianética es tan sencilla que puede aprenderse aproximadamente en 12 horas y está al alcance prácticamente de cualquiera. Antes de comenzar la auditación se le hace un test a la persona y luego otro al concluir para ver el progreso de la terapia. El test es un instrumento insoslayable en la organizaciones de Dianética y Cienciología porque de este modo tanto el auditor como el auditado pueden ver reflejado en él los progresos de la terapia. Los primeros psicoanalistas les hacían test a sus pacientes, pero como no indicaban ningún progreso, y en muchos casos había empeoramiento, dejaron de hacerlo. Hoy ningún psicoanalista le hace test al paciente ni lleva registro alguno de la evolución de la terapia. Que cada uno saque sus propias conclusiones…

L. RONALD HUBBARD

 

El Psicoanálisis aborda lo que en Dianética llamamos “candado”, que es una experiencia superficial, a nivel analítico, y que le hace creer al paciente, e incluso al propio psicoanalista, que ésa es la causa de la aberración. Muchas veces el paciente se alivia al relatar esas experiencias superficiales, pero como detrás de ellas hay engramas que las mantienen vigentes, al poco tiempo regresan para aberrarlo nuevamente, ¡y otra vez hay que ir al psicoanalista! Ésta es la razón de que el Psicoanálisis sea interminable, porque es una seudoterapia que se queda en la superficie.

¿Qué clase de mundo es éste, que denominamos pomposamente “civilizado”, donde se sigue enseñando en las Facultades una terapia como el Psicoanálisis que se ha comprobado hasta el hartazgo –no sólo en la práctica sino también científicamente– que no sirve como tratamiento. Los resultados del Psicoanálisis son los mismos que se obtienen conversando con un buen amigo que escuche nuestras cuitas y que nos dé unas palmadas en la espalda en son de aprobación…

 

 

Este texto anodino, si bien pertenece a Eva Giberti (http://www.evagiberti.com/), es típico de los psicólogos o psicoanalistas, que siempre describen hechos y hablan de síntomas pero nunca de las verdaderas causas de los trastornos mentales y menos aún de curaciones. La verdadera causa de todas las aberraciones, inclusive de la delincuencia, está en la mente reactiva y la restimulación de los engramas. Cuando se libera la mente reactiva de su carga engrámica desaparecen los trastornos mentales y la delincuencia. Y la única ciencia que puede lograrlo es Dianética.

OPINIÓN: DE QUE EDUCACIÓN HABLAMOS. POR EVA GIBERTI, EN DIARIO PÁGINA 12.
CUANDO LAS DENUNCIAS CONTRA LOS ADULTOS GOLPEADORES DE CHICOS OCUPAN LAS VOCES DE LECTORES Y OYENTES DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN, SURGE EL MISMO COMENTARIO: “ES UN TEMA DE EDUCACIÓN. FALTA EDUCACIÓN”.

Cuando los recipientes para desperdicios recién instalados en la ciudad aparecen rotos, el comentario se repite: “Es una cuestión de educación”.

Sabemos que podríamos multiplicar los ejemplos. ¿Qué se espera de la educación? ¿De cuál educación? Porque, según este criterio, solamente el Ministerio de Educación –como ellos se lo imaginan– tendrá esta responsabilidad a su cargo. Admitiendo que estas respuestas a menudo incluyen la educación que se espera provenga de las familias.

La educación sería la responsable por todas y cada una de las situaciones catastróficas o decadentes que nos aquejan y las que fabricamos.

Quienes así hablan, ¿qué recuerdan de sus aprendizajes escolares? ¿Los manuales? ¿El Himno cantado en el patio de la escuela? ¿Las tablas de multiplicar? ¿O tal vez las clases de Instrucción Cívica y los valores morales? Ante mi pregunta, los que agitan el tema responden: educación es todo lo que se aprendía en la escuela, estudiar, respetar las costumbres, todo el clima escolar que deberá impregnar por siempre a la ciudadanía.

¿Qué relación existe entre aquello y el mundo actual?

Esa pregunta –que no se hacen quienes insisten con la educación como expresión lanzada al voleo y manteniendo como referentes las experiencias del pasado– constituye un punto de inflexión; que no tiene en cuenta el impresionante cambio social, cultural y económico al que asistimos. No incorporo una idea nueva, pero interesa llamar la atención a quienes insisten en “la educación” tratando de proyectar en otros las responsabilidades de los cambios que sorprendieron a los adultos, pero que cada día incluyeron a los chicos que no tienen el pasado como referente. La educación no sólo atraviesa cada uno de los ámbitos de la vida, sino que es la guía orientadora para moverse y desarrollarse en ella. Pero ¿qué índole de educación?

La información ya no es patrimonio de la escuela y el conocimiento no se construye exclusivamente en sus corredores. La inclusión de las computadoras en las aulas no define el progreso en la educación, sino apuesta a la adquisición de competencias en el uso de las diferentes tecnologías.

La educación es el recurso máximo para lograr dichas competencias que se relacionan con empleos y empresas propias de la época, permanentemente modificados por las necesidades que las modas y las producciones imponen. El trabajo fijo, garante de otros tiempos, queda lateralizado por el arrasamiento de las nuevas especialidades: aparecen los técnicos en materias y áreas que antes no se conocían.

Los alumnos viven en red con tecnologías que obligan a modificar las estrategias de enseñanza; las agrupaciones estudiantiles, interconectadas, jaquean continuamente el ordenamiento jerárquico, verticalista, de la escolaridad habitual: definen entre ellos aquello que les importa estudiar y lo que estiman necesario aprender.

La jerarquización de los saberes se ha modificado y algunos programas escolares lo evidencian, mientras otros mantienen contenidos tradicionales. Los patrones culturales no responden a lo conocido y estipulado: los chicos llegan a la escuela con el cabello teñido, con tatuajes, con aritos y piercings en cualquier parte. El poder hegemónico de las directoras y directores tuvo que entrenarse en negociaciones insospechadas para mantener la asistencia de sus alumnos.

Los docentes, formados didáctica e intelectualmente en otros tiempos quedan expuestos a desconciertos mayúsculos de los cuales sus alumnos son testigos.

Al mismo tiempo, la persistente lucha en favor de los derechos humanos logró que se instalaran las Convenciones internacionales que promueven la igualdad de oportunidades para tod@s, lo cual incluyó en las escuelas a quienes durante décadas se consideraron marginales. Desde los chicos en situación de calle hasta niños y niñas con discapacidades que históricamente habían sido segregados de la educación compartida.

Los discursos acerca de las distintas violencias que hemos puesto de moda se concentran en describir la denominada violencia escolar como si fuese ajena al resto de la cotidianidad y aún hoy se piensa que las violencias provienen de los márgenes de la vida social. Cuando en realidad la violencia no es marginal sino central. Funciona en el corazón y en los riñones de las prácticas sociales y se acompasa tanto con los hechos tremendos cuanto con las opiniones simplificadoras de quienes reclaman “más educación”, asociando educar con reprimir, ordenar canónicamente y regular las aspiraciones de los escolares mediante la regla de tres compuesta. Convencidos de que así disminuirá la violencia contra las mujeres y contra los chicos, que las organizaciones que luchan por los derechos de las víctimas ya no tendrán razón de ser, que la redistribución de los bienes de los poderosos haciendo justicia con los excluidos surgirá de la casita del hornero y que los líderes políticos sólidos e incorruptibles bajarán de la Santa María, la Niña y la Pinta.

La escuela, que ha modificado su hegemonía respecto del conocimiento, reclama la comprensión y actualización de la ciudadanía para hacernos cargo de la época. Atravesamos tiempos en los que lo público ha sido catapultado por lo privado en múltiples ámbitos; en que los organismos internacionales –con los que no necesariamente tenemos que pelearnos– regulan con sus subsidios una parte de la educación en América latina de acuerdo con proyectos regidos por la productividad y los mercados.

Es decir, estamos ante la creación y aparición de nuevas subjetividades de quienes son estudiantes y jóvenes ciudadanos que no responden a la educación que los críticos y opinadores espontáneos solicitan.

El indudable esfuerzo de quienes conducen las reformas educativas actuales avanza en incluir lo que la época demanda pero, al mismo tiempo, no es sencillo convencer al estudiantado que existe el interés común, aquello que la comunidad precisa, y que probablemente sea una idea que roce el discurso de quienes priorizan la educación que ell@s imaginan para mejorar las cosas.

Insistir en la persistencia de aquellos modelos que están en el recuerdo de quienes reclaman conduce al estancamiento de la comunidad y se transforma en otro obstáculo que deben enfrentar los diseñadores de nuevos proyectos educativos. Incluir a estos agitadores de la educación nostálgica es parte de la tarea, reconociéndolos como partícipes de un contraproyecto que no es malintencionado, pero sí riesgoso como idealización de un mundo distante y ajeno del actual que nos reclama actualizados.

Por Eva Giberti
Fuente: diario Página 12
www.pagina12.com.ar

 

 

 

PSICOANÁLISIS Y DIANÉTICA

 

POR HORACIO VELMONT

 

Nos apena profundamente que los psicoanalistas, que por experiencia sabemos que son humanistas sinceros y en verdad tratan de ayudar a sus pacientes, utilicen una terapia probadamente ineficaz e incluso nociva, tanto para el analista como para el paciente, pues cada uno es un restimulador de los engramas del otro. Es un verdadero milagro que ambos no terminen en el manicomio.

 

Por esas cosas que vulgarmente se llaman “desgracia con suerte”, yo me psicoanalicé durante muchos años con uno de los mejores psicoanalistas de la Argentina, cuyo nombre me reservaré, y por eso puedo hablar de esta terapia con conocimiento de causa.

Pero como después me audité con la terapia llamada “Dianética”, también puedo establecer comparaciones entre una y otra.

Si quiero ser honesto conmigo mismo y con quienes eventualmente puedan leer estas líneas, debo advertir que el Psicoanálisis me empeoró hasta límites insospechables e inclusive terminé siendo un drogodependiente, problema del cual salí gracias precisamente a Dianética.

No obstante, mi psicoanalista fue para mí un “buen amigo” quien, con sólo escucharme, muchas veces me alivió de mis pesares. Pero aquí no estamos hablando de buenos amigos que nos escuchen, sino de una terapia por la que uno paga para obtener mejores resultados que los de una charla amistosa.

¿Qué es el Psicoanálisis? El Psicoanálisis, en  concreto, es una terapia –o seudoterapia si se prefiere–, que consiste en que el paciente relate sus vivencias (asociación libre) mientras el terapeuta las interpreta.  

Sobre esta base, después cada psicoanalista pone lo suyo, ¡y vaya uno a saber hasta qué absurdidades son capaces de llegar algunos en su desesperación por curar a su paciente con una terapia que ve claramente que es ineficaz para ayudarlo siquiera mínimamente!

Y por supuesto la mayoría cae en el facilismo de recetar fármacos, que lo único que hacen es demostrar que la terapia no sirve.

En Dianética sucede todo lo contrario. En principio, es de rigor el test. El test, que en todas las organizaciones de Dianética y Cienciología es gratuito, indica los puntos altos y los puntos bajo de la persona y también qué es lo que tiene que hacer para subirlos: cursos o auditación.

La terapia dianética, tanto si uno se audita como si audita, es en verdad sorprendente.

Pero antes de explicarla quiero relatar mi primera experiencia con un aparato usado en Cienciología llamado Electropsicómetro (“E-Metro”).

El experimento fue hecho fuera de sesión, como una simple demostración de su funcionamiento.

El auditor me hizo tomar las dos latitas, mientras él observaba el movimiento de la aguja del cuadrante, y me pidió que hiciera mentalmente el recorrido desde mi casa hasta la sede de Dianética.

Así lo hice, recordé lo que hice en mi domicilio antes de salir, que luego tomé el subte hasta la estación Carlos Pellegrini, cuya salida es al Obelisco, y siempre con el pensamiento enfilé hacia la Asociación, que en esa época estaba en Lavalle al 900.

Cuando mi pensamiento pasó por la esquina de Lavalle y Cerrito, el auditor exclamó “¡eso es!”, indicando que la aguja marcó carga.

Por supuesto que quedé totalmente sorprendido porque según creía recordar en esa esquina nunca hubo un incidente que pudiera afectarme.

Pedí hacer de nuevo la prueba, a lo que el auditor accedió. Y el hecho se repitió: al pasar con el pensamiento por la misma esquina el auditor volvió a exclamar “¡eso es!”.

Verdaderamente estaba desconcertado. Pedí hacer una última prueba, pero esta vez varié el recorrido imaginando que había sido otro. Mientras lo hacía, el auditor permanecía en silencio. Transcurrieron varios minutos mientras yo paseaba mentalmente por la calle Corrientes, luego daba algunas vueltas al obelisco, y de pronto pasé con mi mente lo más velozmente que pude por la esquina del cuento. El auditor volvió a exclamar “¡eso es!”.

Me retiré muy pensativo por la experiencia tratando de descifrar qué podía haber sucedido en esa esquina como para que el E-Metro marcara carga pero no lo logré.

A las dos de la mañana me despertó un fuertísimo dolor de cabeza y fui a la cocina a tomar algunos mates mientras especulaba si ese dolor tendría alguna relación con mi experiencia.

Estuve pensando nuevamente en esa esquina tratando de descifrar el misterio, cuando de pronto apareció en mi mente con toda claridad el hecho: en ese lugar vi por última vez a una persona que había sido crucial en mi vida y cuya desaparición (hasta la fecha ignoro qué fue de ella) me había afectado muchísimo.

Este incidente había quedado, después lo supe, como un engrama de dolor emocional en mi mente reactiva.

De más está decir que ese incidente lo audité con la terapia dianética y desapareció de mi vida por completo. Me refiero, claro está, que desapareció el dolor emocional del incidente, no el recuerdo de él.

¿Cómo sé que se borró definitivamente el engrama? Muy simple, antes no podía recordar esa pérdida sin conmocionarme, mientras que ahora puedo recordarlo y aunque aún la siento, por forma parte de mi experiencia, no me afecta para nada. 

Volviendo a la terapia dianética, ésta consiste en retornar, en una especie de trance liviano la persona (que cierra los ojos simplemente para estar más concentrada), retorna a los hechos dolorosos de su vida, físicos o emocionales.

Al relatar esos incidentes con todos los detalles, la carga desaparece y de inmediato se produce el alivio.

Los incidentes dolorosos no se encuentran en la mente analítica o consciente, sino en la mente reactiva, empotrados allí a causa del dolor, que es quien los fija en esta mente y no pueden ser encontrados si no se utiliza la técnica precisa de la auditación Dianética.

Esto es así porque la mente reactiva es un mecanismo de supervivencia que está diseñado para proteger a los engramas: para la mente reactiva los engramas son precisamente eso, supervivencia.

Todos los seres vivos tienen mente reactiva porque, al grabar automáticamente todos los incidentes de peligro, en el futuro le servirá para hacer huir al organismo y salvarlo cuando se presente una situación similar.

Cuando la persona recuerda estos incidentes, tal como sucedieron, se produce una duplicación (la del incidente verdadero y el recordado) y por una cuestión física, basada en axiomas muy precisos, al volar la carga que lo sujetaba, el incidente pasa del banco reactivo al banco de recuerdos de la mente analítica, en el cual ya no afectan porque no son aberrativos.

 

AXIOMA 12: “La primera condición de cualquier universo es de que dos espacios, energías, y objetos no deben ocupar el mismo espacio. Cuando se viola esta condición (duplicado perfecto) se anula la apariencia de cualquier universo o cualquier parte de él”.

 

AXIOMA 20: “Al conducir al estático [la persona que se audita] a crear un duplicado perfecto, se causa la desaparición de cualquier existencia o partes de ella (un duplicado perfecto es una creación adicional del objeto, su energía y su espacio, en su propio espacio, en su propio tiempo, utilizando su propia energía. Esto viola la condición de que dos objetos no deben ocupar el mismo espacio y causa la desaparición del objeto)”.

 

Cuando mediante la auditación dianética todos los incidentes dolorosos pasan de la mente reactiva a la mente analítica, la persona queda liberada de sus engramas y puede actuar libremente según su patrón óptimo sin estar condicionado por ellos.

Ésta es, a grandes rasgos, la terapia dianética. Nada que ver, por supuesto, con el Psicoanálisis.

 

Remisión: Estas explicaciones pueden complementarse con otras páginas Web del Grupo Elron dedicadas a la salud mental. La lista completa puede verse aquí: http://www.usuarios.lycos.es/forumcenter/studies9.html  

 

 

APÉNDICE

 

LA TERAPIA INTERMINABLE

 

I

FUNDAMENTOS CIENTÍFICOS

DE LA INEFICACIA DEL PSICOANÁLISIS

 

POR HORACIO VELMONT

 

Según las enseñanzas de L. Ronald Hubbard

 

 Según el Doctor H.J.Eysenck, profesor de Psicología de la Universidad de Londres, "no existe prueba alguna de la eficacia del tratamiento freudiano; exactamente el mismo número de dolientes sanan bajo el tratamiento psicoanalítico que los que se hubieran curado sin él".

Hace 90 años el Psicoanálisis fue un gran movimiento innovador que prometía un tratamiento científico de todas las afecciones neuróticas, aseguraba la cura de muchas de ellas y alardeaba de poseer la clave para la prevención, no sólo de los desórdenes mentales sino también de la criminalidad, del malestar social y de las guerras.

Reacción optimista tras la desesperanza con que la Medicina y la Psicología ortodoxas venían considerando las perturbaciones neuróticas, el Psicoanálisis apareció como un soplo vivificador que viniese a barrer los miasmas de esas letales dolencias.

En el concepto popular, Sigmund Freud ascendió a la jerarquía de genio científico, que superaba su época y daba una nueva orientación al pensamiento humano.

Libros y artículos, y luego películas y programas de televisión, hicieron del psicoanalista, con su diván y su aire de sobrehumana sabiduría, una figura familiar para el público.

El adiestramiento en los métodos psicoanalíticos se convirtió en un requerimiento para el psiquiatra incipiente, y las teorías y la jerga psicoanalítica se filtraron hasta el habla de las enfermeras, las visitadoras sociales, los maestros, y un amplísimo vulgo.

El éxito de la revolución freudiana parecía casi completo. Sólo había una cosa que no iba del todo bien: los enfermos sometidos al tratamiento psicoanalítico no mejoraban y en muchos casos empeoraban.

Las cifras, cuando se ordenan y analizan en detalle, revelan un hecho sorprendente: al cabo de años de tratamiento, aproximadamente dos de cada tres enfermos se han aliviado.

En otras palabras, no existe prueba alguna de la eficacia del tratamiento freudiano: exactamente el mismo número de pacientes sanan bajo el tratamiento psicoanalítico que los que se hubieran aliviado sin él.

La verdad es que, cuando se acude a los ficheros en los hospitales en busca de datos de hace un siglo, se descubre esta realidad interesante: entonces, como hoy, la proporción de curaciones o mejorías es siempre de dos por cada tres enfermos.

Si se tomara, como lo hizo el Dr. Peter Denker, de Nueva York, 500 neuróticos graves, y se los encomendara al respectivo médico de familia, que los tratará con los medicamentos corrientes expedidos en la farmacia y con sus leales consejos e indicaciones, se comprobaría el sorprendente fenómeno de que a lo menos dos de cada tres enfermos se habrán restablecido al cabo de los dos años.

En realidad, casi lo mismo sucede cuando al enfermo no se le somete a ningún tratamiento.

En consecuencia, los psicoanalistas que presuman de curar este tipo de enfermedades, deberían superar considerablemente los resultados del tratamiento ordinario o la ausencia de todo tratamiento.

Un sistema que presuma de curativo, altamente costoso en tiempo y dinero, debe justificarse en términos de su probado éxito en relación a otros tratamientos más sencillos.

Nada de esto ha sucedido. ¿Cómo es posible, entonces, que este sistema de tratamiento, que no posee pruebas que lo garanticen, atraiga tantos firmes creyentes y haya llegado hasta el punto de constituir casi una religión moderna, máxime que el mismo Freud, en los últimos años de su vida, fue mostrándose cada vez más escéptico respecto a las posibilidades terapéuticas de su propia técnica?

Para explicárnoslo de algún modo, consideremos el famoso experimento efectuado por el renombrado psicoanalista norteamericano Burrhus F. Skinner.

¿En qué consistió este experimento? Pues encerró en una gran jaula una colección de palomas e instaló en ella cierto dispositivo mediante el cual caían unos cuantos granos de trigo al piso de la jaula cada tres o cuatro minutos, y dejó allí solos a los pájaros durante la noche.

Cuando volvió al día siguiente, encontró a las palomas entregadas a las más extrañas maniobras.

Algunas de ellas saltaban de aquí para allá en una pata, otras se agitaban con un ala hacia arriba o con un ala hacia abajo, mientras alguna se mantenía con la cabeza levantada oteando el aire.

¿Qué había sucedido? Pues que cuando Skinner salió del laboratorio la noche anterior, las aves empezaron a explorar su prisión y al hacerlo adoptaron todas las formas de movimientos peculiares de las palomas.

De pronto, cayeron unos cuantos granos de trigo delante de cada volátil, como si fuese una respuesta o recompensa al movimiento que el ave estaba haciendo en aquel instante.

Por inferencia instintiva, cada cual continuó haciendo el mismo gesto, y —¡qué maravilla!— el premio vino, una y otra vez.

Las palomas quedaron convencidas de esta relación de causa a efecto, y siempre que sentían hambre adoptaban la postura supuestamente remuneratoria.

Es obvio que hubiera resultado inútil explicarles que no tenían prueba científica alguna de que sus extrañas posturas fueran las que provocaban la caída del grano; la confirmación ocasional dada a su proceder por el artificio era por demás convincente para ellas.

Ocurren muchas cosas parecidas en el campo del Psicoanálisis.

Los enfermos, en la mayoría de los casos, experimentan mejoría sin relación alguna con el tratamiento a que se les somete; pero el hecho se interpreta, tanto por el enfermo como por el psicoanalista, como prueba de la bondad del método.

Cuanto más los dolientes mejoran, tanto más el psicoanalista se convence de la excelencia de su sistema curativo.

No considera en ningún momento que otras personas se someten a distintos tratamientos con ostensibles idénticos resultados: a la extracción de los dientes para remover los focos de infección, a la imposición de manos, a los baños fríos, a píldoras falsas, a la sugestión, a la confesión y a la plegaria.

Así, todo profesional logra éxitos en razón de que, cualquiera sea el remedio que use, no empecerá a la mejoría del doliente (lo mismo que cualquiera que fuese la postura adoptada por cada paloma no influía para nada en la caída del grano).

Se tiene ya la explicación del prestigio que la terapéutica psicoanalítica ha obtenido, tanto entre los psicoanalistas como entre los enfermos: los fracasos se olvidan y los éxitos se adjudican al sistema, sin advertir el sofisma en que se incurre.

El Psicoanálisis, sin duda alguna, constituye el mayor fraude del Siglo XX. La pregunta lógica, por lo tanto, es: ¿También permitiremos que lo siga siendo en el Siglo XXI?

 

 

II

LA VERDAD OCULTA DETRÁS

DE ESTA SEUDOTERAPIA

 

El Psicoanálisis constituye una técnica no solamente ineficaz sino muy nociva, tanto para el analizado como para el analista, porque, por una parte, considera al ser humano como compuesto de mente y cuerpo —olvidándose que la mente es un mecanismo físico utilizado por el Yo (alma, espíritu, Yo Superior o Thetán, según la filosofía que se aplique)— y por la otra no distingue entre la mente analítica y la mente reactiva, siendo esta última el verdadero origen de las enfermedades psicosomáticas y la delincuencia y no la mente analítica, la única que conoce el Psicoanálisis.

La práctica del Psicoanálisis debería estar sancionada severamente por el Código Penal, junto con el hipnotismo, como prácticas atentatorias a la cordura, porque implantan engramas (órdenes hipnóticas de alto poder), provocando enfermedades psicosomáticas impredecibles.

¿Pero qué se supone que es el Psicoanálisis? El doctor Markham, en su libro The Way of the Mind, lo define en los siguientes términos:

 

“El Psicoanálisis es un sistema de terapia mental desarrollado por Sigmund Freud en Austria en 1894 y que depende de las siguientes prácticas para lograr sus efectos: se hace discurrir (asociar libremente) al paciente sobre su infancia por años y recordarla mientras el profesional efectúa una transferencia de la personalidad del paciente a la suya propia y busca incidentes sexuales ocultos, que Freud creía ser la única causa de la aberración. El profesional da una interpretación sexual a todo el relato y lo evalúa para el paciente en términos sexuales. La totalidad de los casos de Psicoanálisis nunca ha sido evaluada y se han hecho pocas o ningunas pruebas para establecer la validez del sistema”.

 

Con mayor precisión, la terapia psicoanalítica podría denominarse “estudio de los candados”.

Un candado es una situación de angustia mental y su fuerza depende del engrama al cual está adherido.

Un engrama es similar a una orden hipnótica de alto poder y por definición incluye dolor físico (por ejemplo, la caída de una escalera que incluye un golpe en la cabeza sería un engrama clásico).

Una de las bendiciones de la naturaleza es precisamente que el candado necesita una atención mínima.

Este tipo de incidente, con carga o sin carga , está en el recuerdo consciente (el engrama, en cambio, no lo está, ya que en el momento de recibirse la mente analítica se desconecta) y parece ser el motivo de que el aberrado esté aberrado.

Un candado es un momento de malestar mental que no contiene gran dolor físico ni pérdida grave.

Una quemadura, una desgracia familiar, estas cosas son candados. Cualquier persona tiene miles de ellos.

La eliminación de los candados es una pérdida de tiempo. El Psicoanálisis, precisamente, sólo se ocupa de ellos y de ahí su fracaso rotundo.

Como el Psicoanálisis no tiene en cuenta los engramas (que son los que le dan fuerza al candado) trabajar solamente sobre este tipo de incidente torna a esta terapia en interminable.

Quizás el Psicoanálisis produzca alivio en algunos pacientes, pero los resultados no van más allá de lo que pueda producir la charla con un buen amigo que tenga el saludable hábito de escucharnos con interés y aprecio y la costumbre de felicitarnos con una palmadita en la espalda.

El Psicoanálisis, por otra parte, puede ser sumamente aberrativo. El paciente asiste por lo general a la sesión muy abrumado por sus problemas, es decir, en un estado en que su poder analítico se encuentra disminuido y, por lo tanto, su mente reactiva está abierta al registro de engramas.

Éstos, similarmente a órdenes hipnóticas de alto poder, al reestimularse más tarde, provocarán trastornos psicosomáticos impredecibles que uno difícilmente achacaría a la terapia.

El Psicoanálisis no es una ciencia y como teoría fracasó totalmente. El Psicoanálisis no adelantó en absoluto desde sus inicios.

Las ciencias son algo vivo y cuando están basadas en verdades avanzan y evolucionan. El Psicoanálisis no hizo ni lo uno ni lo otro.

Hay poca diferencia, si hay alguna, entre los escritos de Freud de 1984 y las declaraciones de los analistas de hoy.

En todo caso, la diferencia es negativa: los escritos de Freud a fines del siglo XIX eran más claros y precisos que aquellos publicados hoy.

Las cosas que tienen éxito se expanden, se difunden e invaden, precisamente lo contrario del Psicoanálisis, que hoy es una causa irremisiblemente perdida. ¡La completa estructura del Psicoanálisis moderno es la misma que la de hace un siglo!

 

 

III

SOSPECHOSA PRESCINDENCIA DEL TEST

 

Llama mucho la atención el hecho de que el Psicoanálisis nunca haya sometido a los pacientes a un test, antes, durante y después de la terapia.

Probablemente ésta sea la mayor condena que se le puede hacer.

Es una tarea inútil buscar registros auténticos de mejora de pacientes debido a las sesiones. Ningún analista se toma la molestia de hacerle un test al paciente antes de comenzar la terapia ni tampoco durante ella para observar su progreso.

Esto es realmente inconcebible, porque el test es algo que se remonta a los días más lejanos de Grecia. El hombre siempre ha estado haciendo tests al hombre para descubrir su estado y sus cambios.

El precursor más antiguo que conozcamos del test probablemente haya sido la grafología o tal vez la frenología.

La antigua bruja, en última instancia, estaba haciendo un test psicosométrico al consultante.

Los tests de culpa o inocencia mediante respuestas eran un asunto común en las cortes medievales.

No tiene excusas el psicoanalista, entonces, por no utilizar el test como método de averiguación del estado del paciente, porque el test siempre estuvo a su disposición.

Las razones por las que no lo utiliza son obvias. Al observar que los tests reflejaban la falta de progreso en sus pacientes, o su empeoramiento, optó por dejarlos de lado.

Esto es cierto porque no cabe imaginar a un profesional que no haya intentado observar si había progreso en sus pacientes mediante tests. Después, al no observar resultados, los archivó para siempre.

Cualquiera que haya estado con analistas charlando en un café habrá podido observar que jamás hablan de curaciones, sino sólo de síntomas.

Si sólo pueden hablar de síntomas y nunca de curación, esto ya está demostrando rotundamente el fracaso del sistema.

Ante una terapia exitosa difícilmente se encuentren surgiendo y desarrollándose nuevas terapias más brutales.

Sin embargo, el tratamiento de los dementes hoy es mucho peor que hace dos siglos y las brutalidades que se practican en nombre de la “curación mental” no pueden ser contempladas impávidamente por ningún hombre que se precie de civilizado.

La gente está plenamente consciente del hecho de que la última persona que se quiere ver es un psicólogo, un psicoanalista o un psiquiatra.

Hoy en día, estos “profesionales” desgarran alegremente los cerebros de sus pacientes, los sobresaltan con drogas de muerte, los sacuden con shock eléctricos, los encierran de por vida, los esterilizan sexualmente y ellos mismos se conducirían de la misma forma que sus pacientes si se les diera la oportunidad.

 

 

IV

EL ERROR DE LA EVOCACIÓN

 

Se ha pretendido que un paciente sólo necesita hablar de sus conflictos para hacerlos desaparecer. Nada más alejado de la realidad.

Si a una persona conflictuada se le permite hablar, no dejará de estar conflictuada.

En la práctica, es mucho mejor decirle a un paciente, que está recontando por enésima vez sus problemas en forma compulsiva, que se calle a permitirle seguir hablando.

La libre asociación y otros medios de comunicación mencionados por Freud son sólo superficialmente terapéuticos.

Esto no quita que algunos pacientes, contados con los dedos de la mano, hayan podido experimentar algún alivio luego de horas y horas de hablarle al analista de sus padecimientos.

Pero el hecho de que la mayoría no tenga muestra alguna de recuperación, aunque sea mínima, o empeore, basta para considerarlo obsoleto y desechable

Otro dogma del Psicoanálisis es que todo lo que se tenía que hacer para que desaparecieran incidentes ocultos era evocarlos.

Un analista espera de su paciente que continúe evocando incesantemente hasta que aparezca alguna bobada escondida por ahí, que presumiblemente sea la causa de sus conflictos, y resuelva el caso.

Es decir, espera que al paciente le salga algo así como un comodín y lo salve. Esto, obviamente, no habla muy bien del Psicoanálisis como terapia válida.

De haber sabido el analista la increíble cantidad de incidentes que estaban ocultos sólo en la etapa prenatal —sin contar, por supuesto, los de vidas anteriores—, habría abandonado la ridícula idea de que el relato de unos pocos incidentes daría lugar a una recuperación.

Es cierto que se puede hacer un poco más feliz a un paciente a través del recurso de recuperar algún momento perdido, pero ello no es permanente y tarde o temprano la condición negativa retorna.

El analista utiliza en forma harto exagerada el recurso de recordar. La fijación en el paciente de la idea de recordar y recordar incesantemente, tal como se hace en las sesiones psicoanalíticas, a la larga es muy destructiva para él y esto se observa en el empeoramiento de los casos.

Se ha establecido, científica e irrefutablemente, que es en absoluto imposible erradicar los conflictos del pasado de una persona haciendo que evoque sus recuerdos interminablemente, porque lo que aberra son los engramas, y éstos no están al alcance de su recuerdo consciente, necesitándose de una técnica especial para llegar a ellos (que el Psicoanálisis obviamente no posee).

 

 

V

EL QUID DE LA TRANSFERENCIA

 

Otro error del Psicoanálisis es el tan mentado asunto de la “transferencia”, término que se usa para denotar el traslado del paciente a la personalidad del analista.

La adquisición de personalidades adicionales, en realidad, no significa otra cosa que una escasez de identidades.

Resulta algo digno de asombro encontrar profesionales tan seguros de su altísima calidad como para exigir que cada uno de sus pacientes asuma su identidad.

¡La consecuencia graciosísima de esto sería un mundo de analistas!

La asunción de una personalidad ajena puede ser del todo destructiva para la personalidad de cualquier individuo, ya que semejante actitud sólo significa, como ya se señaló, una escasez de identidades.

Lo único que tal vez podría decirse a favor de la transferencia es que el analista pone a la persona consciente del hecho de que puede asumir por lo menos una identidad más.

Pero como la pérdida de la propia personalidad del paciente hasta el punto de asumir otra identidad —la del analista— es decididamente destructiva para su personalidad, cabe concluir que todo este asunto de la transferencia no es más que un error.

Con todos estos métodos y mecanismos, más calculados para deprimir y esclavizar al paciente que para liberarlo, parece imposible creer que el Psicoanálisis haya pretendido alguna vez ayudar a alguien.

Esto no empece, sin embargo, el hecho indiscutible de que muchos analistas, al prestar atención a las dificultades de los pacientes y poner una cuota de humanidad, clemencia y bondad en las sesiones, hayan obtenido algunos resultados, ¡pero no por los métodos psicoanalíticos sino a pesar de ellos!

 

 

VI

CONCENTRACIÓN INDEBIDA EN EL SEXO

 

El sexo es sólo una de las dinámicas de la vida. El hombre no sobrevive únicamente para la segunda dinámica (el sexo) sino también para las siete dinámicas restantes (la de uno mismo, la del grupo social, la de la humanidad, la de todos los organismos vivos, la del universo físico, la de los espíritus y la de Dios).

La concentración en una dinámica con exclusión de las otras cercena la capacidad de vivir en el mismo grado en que se encierra en su concentración.

Expresado de otra manera, quien está concentrado en una sola dinámica puede decirse que está vivo sólo en un octavo.

Como Freud vivió en una época sexualmente muy inhibida, era lógico que criticara algo que fuera intensamente aberrante para la gente de su entorno.

Además, tenía una obsesión racial en el sexo, suficientemente pronunciada como para que el contagio se expandiera con fuerza por toda Europa.

La concentración en el sexo como único transgresor, como se pretende en su Teoría de la libido, no resiste el menor análisis.

Existen razas que no tienen ningún tipo de inhibiciones sexuales y, sin embargo, están aberradas.

Estas razas, libres como el viento en la segunda dinámica, están no obstante intensamente aberradas en otros aspectos.

Algunas están aberradas en la octava dinámica (Dios), otros en la primera, y así por el estilo.

La concentración en el sexo no es válida y ha empujado al psicoanalista a un callejón sin salida, inhibiéndolo para observar racional y verazmente lo que estaba sucediendo con los pacientes, lo cual es un hecho desafortunado, ya que de haber realizado esta observación hubiera descubierto mucho más de lo que descubrió en un siglo de existencia.

Psicoanalistas posteriores buscaron extender las ideas de la segunda dinámica de Freud a actividades sociales.

Es decir, trataron de subir a la tercera dinámica de los grupos, pero su búsqueda en este sentido, como era lógico, tampoco tuvo éxito.

Indiscutiblemente, existe una considerable atención en el sexo, pero sostener que toda la aberración proviene del sexo es invalidar la capacidad del hombre para crear descendencia.

El sexo es simplemente un nivel masivo de creación de cierto orden, y por cierto no muy elevado.

Es verdad que el sexo es poderoso, pero gente atrapada por la inspiración del trabajo, las actividades sociales o las religiosas, experimenta un éxtasis o un impacto emocional de lejos mayor que el sexual.

 

 

VII

CRÍTICA A LA EVALUACIÓN DEL PACIENTE

 

Otra de las severas objeciones que pueden hacerse al Psicoanálisis es la reducción del autodeterminismo del paciente a través de la evaluación de su caso.

El analista hace que la persona le cuente acerca de qué está preocupado en la vida y luego le informa sobre la razón de por qué esto es así.

Si lo hace con bastante fuerza y lógica como para crear una absoluta convicción en la persona de que ésta es la realidad, lo único que hace es agregar más confusión a lo que ya de por sí es confuso.

Lo correcto no es evaluar al paciente, sino conducirlo en ciertas direcciones de modo que haga determinados descubrimientos por sí mismo y pueda así reconsiderar y darse cuenta de las cosas para tener una visión más correcta de ellas.

Una cosa es decir cómo es toda la vida y dar al individuo la base para que la observe mejor y más ampliamente, y otra cosa muy distinta es encontrar que la persona está asumiendo la personalidad de su madre y ponerse a evaluarlo respecto de su madre.

El paradigma más perjudicial de esto es tener, por ejemplo, un paciente trastornado con su padre y luego explicarle, como lo hace el analista, que su padre probablemente es un hombre bueno y en todo tuvo las mejores intenciones. Hacer esto es arrojar al paciente a la apatía.

Como la apatía por lo menos es tranquila, se la consideró un estado deseable para aquellas personas que tuvieran algunos impulsos socialmente destructivos.

Este estado, por lo tanto, pasó a ser entonces la meta final de los analistas (la meta de la psiquiatría siempre fue este estado).

Si un médico le dice a una paciente que es absurdo lo que ella dice que está evocando incidentes del vientre de su madre y le sugiere con fuerza y autoridad que debe dejar de lado esas tonterías y enfrentar la realidad, esto es evaluación de lujo y también agrega tremenda confusión al caso.

El verdadero crimen de la evaluación es decirle al paciente que está equivocado.

La evaluación en sí, en sentido amplio, no es particularmente perjudicial al paciente, en tanto las observaciones que se le dirijan no lo invaliden completamente.

Es decir, se le podría dar un sistema general de la vida mientras no se lo esté aplastando contra otro sistema de la vida.

La evaluación de una persona puede definirse como la acción de sacudir sus datos estables sin darle nuevos datos estables con los que pueda estar de acuerdo o en los que pueda creer.

De ahí que no sea buena terapia decirle insistentemente a algún fanático religioso, o de cualquier otra índole, que todas sus creencias están equivocadas y que la verdad se encuentra en otro lugar.

Los analistas, desde Freud en adelante, han sido responsables de esto en grado sumo.

Esta responsabilidad no pueden eludirla porque la evaluación, al revertir directamente creencias y datos estables, ha enviado a muchos pacientes psicoanalíticos a hospitales para enfermos mentales.

 

 

VIII

EL CRIMEN DE LA INVALIDACIÓN

 

No obstante la gravedad de la evaluación, el crimen capital del Psicoanálisis es la invalidación.

Con la evaluación sólo se está dando nuevos datos estables, pero con la invalidación se anula cualquiera de los soportes sobre los que se está apoyando, mal o bien, el paciente.

La mayor invalidación, por supuesto, es ser golpeado cuando uno no espera serlo, ser criticado cuando uno no cree merecer crítica.

Esencialmente, es decirle a alguien que no tiene valor alguno, ni tampoco sus pensamientos y postulados.

La conducta más común de los psicoanalistas y psiquiatras en los hospitales mentales es invalidar, con sus drogas, encierros, palizas y shocks eléctricos.

Los resultados están a la vista.

 

 

IX

PSICOANÁLISIS E HIPNOTISMO

 

Otro de los errores fundamentales del Psicoanálisis ha sido su temprana dependencia del hipnotismo.

El uso del hipnotismo denota una ansiedad de producir un efecto más allá del poder del individuo de producirlo con conocimientos y medios normales.

El hipnotismo no es otra cosa que la absurda creencia de que el paciente tiene que estar en un estado de coma antes de que se le pueda ayudar en algo.

El médico clínico, el psicoanalista y el psiquiatra han sostenido por igual este principio.

Básicamente, una buena terapia debería despertar a la gente, hacerla más alerta, más capaz, más feliz, más competente. El hipnotismo es la antítesis exacta de esto.

Los pacientes, después de la hipnosis, son manifiestamente menos capaces.

El uso continuo del hipnotismo y el uso de drogas hipnóticas para diagnosticar o sondear las profundidades de algún paciente, es una confesión de no saber las reglas generales de la vida.

Si uno no sabe estas reglas generales, mirará para cualquier lado en busca de alguna respuesta, aunque sea en el tacho de la basura.

El hipnotismo es precisamente esto. El hipnotismo no libera a las personas, hace esclavos.

Es obvio, entonces, que estos fenómenos particulares de la mente deben ser desterrados para siempre de la sociedad y relegarlas como mero recuerdos de una etapa aberrada de nuestra civilización.

 

 

X

CONCLUSIONES

 

Hemos demostrado que el Psicoanálisis es no sólo una terapia que no funciona sino que también es nefasta para la salud mental de cualquier ser humano.

La sola eliminación de los candados, por otra parte, como hace el Psicoanálisis, no devuelve a la persona todos sus poderes mentales, ni su memoria auditiva, visual, olfativa, gustativa u orgánica, ni su imaginación, y no aumenta específicamente su coeficiente intelectual.

¿Qué clase de sociedad es ésta en la que vivimos donde las meras suposiciones se aceptan como válidas aunque los hechos demuestren lo contrario?

Solamente una sociedad muy aberrada puede permitir la utilización de terapias que en lugar de liberar al hombre lo esclavizan y con frecuencia lo llevan a la muerte.

Ninguna terapia que desconozca la existencia de la mente reactiva y su aberrante mecanismo, así como la forma de eliminar de ella sus engramas, puede ser autorizada.

¿Dejaríamos una delicada computadora en manos de quienes desconocen su mecanismo?

¿Y acaso nuestra mente no es una delicada computadora que debemos cuidar con el mayor esmero posible?

 

Llegará el día en que la práctica del Psicoanálisis, junto con la del hipnotismo y la psiquiatría, sin olvidar también la prescripción de fármacos, será erradicada de la faz de la tierra y figurará en los códigos penales de todo el mundo como grave atentado a la salud pública.

 

La advertencia está hecha. Ahora le toca el turno a las autoridades competentes dar los pasos necesarios para erradicar para siempre de la sociedad este tipo de prácticas que degradan al ser humano.

* Advertencia: Dianética y Cienciología son marcas registradas y aquí se las menciona exclusivamente con fines informativos y de difusión. El Grupo Elron es una organización independiente sin fines de lucro, políticos o religiosos, y la distribución del material es totalmente gratuita. Para información sobre marcas registradas: http://www.scientology.org/en_US/feature/legal/trademark.html


Dianética y Cienciología han sido complementadas por el profesor Jorge Olguín mediante las técnicas de Psicointegración y Psicoauditación