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Mario Bunge y el Psicoanálisis |
EL RETORNO DE LOS CHARLATANES Y ahora, señores y señoras les presento el elixir mágico de la eterna juventud...
MARIO BUNGE
El Psicoanálisis ha sido uno de sus blancos preferidos, pero a pesar de ser cierto que la terapia desarrollada por Freud es ineficaz, los argumentos vertidos por él son confusos que al final llegan a ser tan falsos como los de sus mismos defensores...
Parece que el cerebro de Mario Bunge está peor que el mío...
Con toda seguridad este paciente me lo mandó Mario Bunge...
Lo noto muy confuso, González, ¿por casualidad ha leído últimamente algo de Mario Bunge?
HORACIO VELMONT JORGE OLGUÍN
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L. Ronald Hubbard comenzó sus trabajos de investigación en la década del 40, y en 1950 publicó su famoso libro “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental”, best seller permanente, donde daba cuenta del sorprendente hecho de que el hombre tenía otra mente además de la analítica o consciente. Esta segunda mente, la mente reactiva, era un mecanismo de supervivencia que tenían todos los seres vivos, siendo su contenido de engramas similares a órdenes hipnóticas de alto poder y responsables de todos los trastornos mentales. Hubbard también desarrolló la técnica para eliminarlos y devolver a los enfermos la cordura perdida. El fracaso del Psicoanálisis se debió simplemente a que no tuvo en cuenta esa segunda mente, basando toda su terapia en la mente analítica, justamente la mente que era inocente de todo lo que la acusaban. ¿Cómo se puede catalogar, entonces, a alguien que, como Mario Bunge, critica al Psicoanálisis ignorando estos descubrimientos, tan importantes como lo son los de la rueda y el fuego, y que jamás pueden pasar desapercibidos a cualquier científico que se precie de serlo? El 8 de octubre de 1993, decenas de miles de cienciólogos de todas partes del mundo se reunieron para escuchar la histórica noticia: el gobierno de Estados Unidos había otorgado pleno reconocimiento a las instituciones de Cienciología, declarando que estaban "organizadas exclusivamente con propósitos espirituales y caritativos".
No, nunca oí hablar de Dianética ni de Cienciología... ¿Qué son, las marcas de algún queso?
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LA TERAPIA INTERMINABLE TODO LO QUE DEBIÓ SABER MARIO BUNGE ANTES DE CRITICAR AL PSICOANÁLISIS I FUNDAMENTOS CIENTÍFICOS DE LA INEFICACIA DEL PSICOANÁLISIS POR HORACIO VELMONT Según las enseñanzas de
L. Ronald Hubbard Según el Doctor H.J.Eysenck, profesor de
Psicología de la Universidad de Londres, "no existe prueba alguna de la
eficacia del tratamiento freudiano; exactamente el mismo número de dolientes
sanan bajo el tratamiento psicoanalítico que los que se hubieran curado sin
él". Hace 90 años el Psicoanálisis fue un gran
movimiento innovador que prometía un tratamiento científico de todas las
afecciones neuróticas, aseguraba la cura de muchas de ellas y alardeaba de
poseer la clave para la prevención, no sólo de los desórdenes mentales sino
también de la criminalidad, del malestar social y de las guerras. Reacción optimista tras la desesperanza con
que la Medicina y la Psicología ortodoxas venían considerando las
perturbaciones neuróticas, el Psicoanálisis apareció como un soplo vivificador
que viniese a barrer los miasmas de esas letales dolencias. En el concepto popular, Sigmund Freud ascendió
a la jerarquía de genio científico, que superaba su época y daba una nueva
orientación al pensamiento humano. Libros y artículos, y luego películas y
programas de televisión, hicieron del psicoanalista, con su diván y su aire de
sobrehumana sabiduría, una figura familiar para el público. El adiestramiento en los métodos
psicoanalíticos se convirtió en un requerimiento para el psiquiatra incipiente,
y las teorías y la jerga psicoanalítica se filtraron hasta el habla de las
enfermeras, las visitadoras sociales, los maestros, y un amplísimo vulgo. El éxito de la revolución freudiana parecía
casi completo. Sólo había una cosa que no iba del todo bien: los enfermos
sometidos al tratamiento psicoanalítico no mejoraban y en muchos casos
empeoraban. Las cifras, cuando se ordenan y analizan en
detalle, revelan un hecho sorprendente: al cabo de años de tratamiento,
aproximadamente dos de cada tres enfermos se han aliviado. En otras palabras, no existe prueba alguna de
la eficacia del tratamiento freudiano: exactamente el mismo número de pacientes
sanan bajo el tratamiento psicoanalítico que los que se hubieran aliviado sin
él. La verdad es que, cuando se acude a los
ficheros en los hospitales en busca de datos de hace un siglo, se descubre esta
realidad interesante: entonces, como hoy, la proporción de curaciones o
mejorías es siempre de dos por cada tres enfermos. Si se tomara, como lo hizo el Dr. Peter
Denker, de Nueva York, 500 neuróticos graves, y se los encomendara al
respectivo médico de familia, que los tratará con los medicamentos corrientes
expedidos en la farmacia y con sus leales consejos e indicaciones, se
comprobaría el sorprendente fenómeno de que a lo menos dos de cada tres
enfermos se habrán restablecido al cabo de los dos años. En realidad, casi lo mismo sucede cuando al
enfermo no se le somete a ningún tratamiento. En consecuencia, los psicoanalistas que
presuman de curar este tipo de enfermedades, deberían superar considerablemente
los resultados del tratamiento ordinario o la ausencia de todo tratamiento. Un sistema que presuma de curativo, altamente
costoso en tiempo y dinero, debe justificarse en términos de su probado éxito
en relación a otros tratamientos más sencillos. Nada de esto ha sucedido. ¿Cómo es posible,
entonces, que este sistema de tratamiento, que no posee pruebas que lo
garanticen, atraiga tantos firmes creyentes y haya llegado hasta el punto de
constituir casi una religión moderna, máxime que el mismo Freud, en los últimos
años de su vida, fue mostrándose cada vez más escéptico respecto a las
posibilidades terapéuticas de su propia técnica? Para explicárnoslo de algún modo, consideremos
el famoso experimento efectuado por el renombrado psicoanalista norteamericano
Burrhus F. Skinner. ¿En qué consistió este experimento? Pues
encerró en una gran jaula una colección de palomas e instaló en ella cierto
dispositivo mediante el cual caían unos cuantos granos de trigo al piso de la
jaula cada tres o cuatro minutos, y dejó allí solos a los pájaros durante la
noche. Cuando volvió al día siguiente, encontró a las
palomas entregadas a las más extrañas maniobras. Algunas de ellas saltaban de aquí para allá en
una pata, otras se agitaban con un ala hacia arriba o con un ala hacia abajo,
mientras alguna se mantenía con la cabeza levantada oteando el aire. ¿Qué había sucedido? Pues que cuando Skinner
salió del laboratorio la noche anterior, las aves empezaron a explorar su
prisión y al hacerlo adoptaron todas las formas de movimientos peculiares de
las palomas. De pronto, cayeron unos cuantos granos de
trigo delante de cada volátil, como si fuese una respuesta o recompensa al
movimiento que el ave estaba haciendo en aquel instante. Por inferencia instintiva, cada cual continuó
haciendo el mismo gesto, y —¡qué maravilla!— el premio vino, una y otra vez. Las palomas quedaron convencidas de esta
relación de causa a efecto, y siempre que sentían hambre adoptaban la postura
supuestamente remuneratoria. Es obvio que hubiera resultado inútil
explicarles que no tenían prueba científica alguna de que sus extrañas posturas
fueran las que provocaban la caída del grano; la confirmación ocasional dada a
su proceder por el artificio era por demás convincente para ellas. Ocurren muchas cosas parecidas en el campo del
Psicoanálisis. Los enfermos, en la mayoría de los casos,
experimentan mejoría sin relación alguna con el tratamiento a que se les
somete; pero el hecho se interpreta, tanto por el enfermo como por el
psicoanalista, como prueba de la bondad del método. Cuanto más los dolientes mejoran, tanto más el
psicoanalista se convence de la excelencia de su sistema curativo. No considera en ningún momento que otras
personas se someten a distintos tratamientos con ostensibles idénticos
resultados: a la extracción de los dientes para remover los focos de infección,
a la imposición de manos, a los baños fríos, a píldoras falsas, a la sugestión,
a la confesión y a la plegaria. Así, todo profesional logra éxitos en razón de
que, cualquiera sea el remedio que use, no empecerá a la mejoría del doliente
(lo mismo que cualquiera que fuese la postura adoptada por cada paloma no
influía para nada en la caída del grano). Se tiene ya la explicación del prestigio que
la terapéutica psicoanalítica ha obtenido, tanto entre los psicoanalistas como
entre los enfermos: los fracasos se olvidan y los éxitos se adjudican al
sistema, sin advertir el sofisma en que se incurre. El Psicoanálisis, sin duda alguna, constituye
el mayor fraude del Siglo XX. La pregunta lógica, por lo tanto, es: ¿También
permitiremos que lo siga siendo en el Siglo XXI? II LA VERDAD OCULTA DETRÁS DE ESTA SEUDOTERAPIA El Psicoanálisis constituye una técnica no
solamente ineficaz sino muy nociva, tanto para el analizado como para el
analista, porque, por una parte, considera al ser humano como compuesto de
mente y cuerpo —olvidándose que la mente es un mecanismo físico utilizado por
el Yo (alma, espíritu, Yo Superior o Thetán, según la filosofía que se
aplique)— y por la otra no distingue entre la mente analítica y la mente
reactiva, siendo esta última el verdadero origen de las enfermedades
psicosomáticas y la delincuencia y no la mente analítica, la única que conoce
el Psicoanálisis. La práctica del Psicoanálisis debería estar
sancionada severamente por el Código Penal, junto con el hipnotismo, como
prácticas atentatorias a la cordura, porque implantan engramas (órdenes
hipnóticas de alto poder), provocando enfermedades psicosomáticas
impredecibles. ¿Pero qué se supone que es el Psicoanálisis?
El doctor Markham, en su libro The Way of the Mind, lo define en los siguientes
términos: “El Psicoanálisis es un sistema de terapia mental
desarrollado por Sigmund Freud en Austria en 1894 y que depende de las
siguientes prácticas para lograr sus efectos: se hace discurrir (asociar
libremente) al paciente sobre su infancia por años y recordarla mientras el
profesional efectúa una transferencia de la personalidad del paciente a la suya
propia y busca incidentes sexuales ocultos, que Freud creía ser la única causa
de la aberración. El profesional da una interpretación sexual a todo el relato
y lo evalúa para el paciente en términos sexuales. La totalidad de los casos de
Psicoanálisis nunca ha sido evaluada y se han hecho pocas o ningunas pruebas
para establecer la validez del sistema”. Con mayor precisión, la terapia psicoanalítica
podría denominarse “estudio de los candados”. Un candado es una situación de angustia mental
y su fuerza depende del engrama al cual está adherido. Un engrama es similar a una orden hipnótica de
alto poder y por definición incluye dolor físico (por ejemplo, la caída de una
escalera que incluye un golpe en la cabeza sería un engrama clásico). Una de las bendiciones de la naturaleza es
precisamente que el candado necesita una atención mínima. Este tipo de incidente, con carga o sin carga
, está en el recuerdo consciente (el engrama, en cambio, no lo está, ya que en
el momento de recibirse la mente analítica se desconecta) y parece ser el
motivo de que el aberrado esté aberrado. Un candado es un momento de malestar mental
que no contiene gran dolor físico ni pérdida grave. Una quemadura, una desgracia familiar, estas
cosas son candados. Cualquier persona tiene miles de ellos. La eliminación de los candados es una pérdida
de tiempo. El Psicoanálisis, precisamente, sólo se ocupa de ellos y de ahí su
fracaso rotundo. Como el Psicoanálisis no tiene en cuenta los
engramas (que son los que le dan fuerza al candado) trabajar solamente sobre
este tipo de incidente torna a esta terapia en interminable. Quizás el Psicoanálisis produzca alivio en
algunos pacientes, pero los resultados no van más allá de lo que pueda producir
la charla con un buen amigo que tenga el saludable hábito de escucharnos con
interés y aprecio y la costumbre de felicitarnos con una palmadita en la
espalda. El Psicoanálisis, por otra parte, puede ser
sumamente aberrativo. El paciente asiste por lo general a la sesión muy
abrumado por sus problemas, es decir, en un estado en que su poder analítico se
encuentra disminuido y, por lo tanto, su mente reactiva está abierta al
registro de engramas. Éstos, similarmente a órdenes hipnóticas de
alto poder, al reestimularse más tarde, provocarán trastornos psicosomáticos
impredecibles que uno difícilmente achacaría a la terapia. El Psicoanálisis no es una ciencia y como
teoría fracasó totalmente. El Psicoanálisis no adelantó en absoluto desde sus
inicios. Las ciencias son algo vivo y cuando están
basadas en verdades avanzan y evolucionan. El Psicoanálisis no hizo ni lo uno
ni lo otro. Hay poca diferencia, si hay alguna, entre los
escritos de Freud de 1984 y las declaraciones de los analistas de hoy. En todo caso, la diferencia es negativa: los
escritos de Freud a fines del siglo XIX eran más claros y precisos que aquellos
publicados hoy. Las cosas que tienen éxito se expanden, se
difunden e invaden, precisamente lo contrario del Psicoanálisis, que hoy es una
causa irremisiblemente perdida. ¡La completa estructura del Psicoanálisis
moderno es la misma que la de hace un siglo! III SOSPECHOSA PRESCINDENCIA DEL TEST Llama mucho la atención el hecho de que el
Psicoanálisis nunca haya sometido a los pacientes a un test, antes, durante y
después de la terapia. Probablemente ésta sea la mayor condena que se
le puede hacer. Es una tarea inútil buscar registros
auténticos de mejora de pacientes debido a las sesiones. Ningún analista se
toma la molestia de hacerle un test al paciente antes de comenzar la terapia ni
tampoco durante ella para observar su progreso. Esto es realmente inconcebible, porque el test
es algo que se remonta a los días más lejanos de Grecia. El hombre siempre ha
estado haciendo tests al hombre para descubrir su estado y sus cambios. El precursor más antiguo que conozcamos del
test probablemente haya sido la grafología o tal vez la frenología. La antigua bruja, en última instancia, estaba
haciendo un test psicosométrico al consultante. Los tests de culpa o inocencia mediante
respuestas eran un asunto común en las cortes medievales. No tiene excusas el psicoanalista, entonces,
por no utilizar el test como método de averiguación del estado del paciente,
porque el test siempre estuvo a su disposición. Las razones por las que no lo utiliza son
obvias. Al observar que los tests reflejaban la falta de progreso en sus
pacientes, o su empeoramiento, optó por dejarlos de lado. Esto es cierto porque no cabe imaginar a un
profesional que no haya intentado observar si había progreso en sus pacientes
mediante tests. Después, al no observar resultados, los archivó para siempre. Cualquiera que haya estado con analistas
charlando en un café habrá podido observar que jamás hablan de curaciones, sino
sólo de síntomas. Si sólo pueden hablar de síntomas y nunca de
curación, esto ya está demostrando rotundamente el fracaso del sistema. Ante una terapia exitosa difícilmente se
encuentren surgiendo y desarrollándose nuevas terapias más brutales. Sin embargo, el tratamiento de los dementes
hoy es mucho peor que hace dos siglos y las brutalidades que se practican en
nombre de la “curación mental” no pueden ser contempladas impávidamente por
ningún hombre que se precie de civilizado. La gente está plenamente consciente del hecho
de que la última persona que se quiere ver es un psicólogo, un psicoanalista o
un psiquiatra. Hoy en día, estos “profesionales” desgarran
alegremente los cerebros de sus pacientes, los sobresaltan con drogas de
muerte, los sacuden con shock eléctricos, los encierran de por vida, los
esterilizan sexualmente y ellos mismos se conducirían de la misma forma que sus
pacientes si se les diera la oportunidad. IV EL ERROR DE LA EVOCACIÓN Se ha pretendido que un paciente sólo necesita
hablar de sus conflictos para hacerlos desaparecer. Nada más alejado de la
realidad. Si a una persona conflictuada se le permite
hablar, no dejará de estar conflictuada. En la práctica, es mucho mejor decirle a un
paciente, que está recontando por enésima vez sus problemas en forma
compulsiva, que se calle a permitirle seguir hablando. La libre asociación y otros medios de
comunicación mencionados por Freud son sólo superficialmente terapéuticos. Esto no quita que algunos pacientes, contados
con los dedos de la mano, hayan podido experimentar algún alivio luego de horas
y horas de hablarle al analista de sus padecimientos. Pero el hecho de que la mayoría no tenga
muestra alguna de recuperación, aunque sea mínima, o empeore, basta para
considerarlo obsoleto y desechable Otro dogma del Psicoanálisis es que todo lo
que se tenía que hacer para que desaparecieran incidentes ocultos era
evocarlos. Un analista espera de su paciente que continúe
evocando incesantemente hasta que aparezca alguna bobada escondida por ahí, que
presumiblemente sea la causa de sus conflictos, y resuelva el caso. Es decir, espera que al paciente le salga algo
así como un comodín y lo salve. Esto, obviamente, no habla muy bien del
Psicoanálisis como terapia válida. De haber sabido el analista la increíble
cantidad de incidentes que estaban ocultos sólo en la etapa prenatal —sin
contar, por supuesto, los de vidas anteriores—, habría abandonado la ridícula
idea de que el relato de unos pocos incidentes daría lugar a una recuperación. Es cierto que se puede hacer un poco más feliz
a un paciente a través del recurso de recuperar algún momento perdido, pero
ello no es permanente y tarde o temprano la condición negativa retorna. El analista utiliza en forma harto exagerada
el recurso de recordar. La fijación en el paciente de la idea de recordar y
recordar incesantemente, tal como se hace en las sesiones psicoanalíticas, a la
larga es muy destructiva para él y esto se observa en el empeoramiento de los
casos. Se ha establecido, científica e
irrefutablemente, que es en absoluto imposible erradicar los conflictos del
pasado de una persona haciendo que evoque sus recuerdos interminablemente,
porque lo que aberra son los engramas, y éstos no están al alcance de su
recuerdo consciente, necesitándose de una técnica especial para llegar a ellos
(que el Psicoanálisis obviamente no posee). V EL QUID DE LA TRANSFERENCIA Otro error del Psicoanálisis es el tan mentado
asunto de la “transferencia”, término que se usa para denotar el traslado del
paciente a la personalidad del analista. La adquisición de personalidades adicionales,
en realidad, no significa otra cosa que una escasez de identidades. Resulta algo digno de asombro encontrar
profesionales tan seguros de su altísima calidad como para exigir que cada uno
de sus pacientes asuma su identidad. ¡La consecuencia graciosísima de esto sería un
mundo de analistas! La asunción de una personalidad ajena puede
ser del todo destructiva para la personalidad de cualquier individuo, ya que
semejante actitud sólo significa, como ya se señaló, una escasez de
identidades. Lo único que tal vez podría decirse a favor de
la transferencia es que el analista pone a la persona consciente del hecho de
que puede asumir por lo menos una identidad más. Pero como la pérdida de la propia personalidad
del paciente hasta el punto de asumir otra identidad —la del analista— es
decididamente destructiva para su personalidad, cabe concluir que todo este
asunto de la transferencia no es más que un error. Con todos estos métodos y mecanismos, más
calculados para deprimir y esclavizar al paciente que para liberarlo, parece
imposible creer que el Psicoanálisis haya pretendido alguna vez ayudar a
alguien. Esto no empece, sin embargo, el hecho
indiscutible de que muchos analistas, al prestar atención a las dificultades de
los pacientes y poner una cuota de humanidad, clemencia y bondad en las
sesiones, hayan obtenido algunos resultados, ¡pero no por los métodos
psicoanalíticos sino a pesar de ellos! VI CONCENTRACIÓN INDEBIDA EN EL SEXO El sexo es sólo una de las dinámicas de la
vida. El hombre no sobrevive únicamente para la segunda dinámica (el sexo) sino
también para las siete dinámicas restantes (la de uno mismo, la del grupo
social, la de la humanidad, la de todos los organismos vivos, la del universo
físico, la de los espíritus y la de Dios). La concentración en una dinámica con exclusión
de las otras cercena la capacidad de vivir en el mismo grado en que se encierra
en su concentración. Expresado de otra manera, quien está
concentrado en una sola dinámica puede decirse que está vivo sólo en un octavo.
Como Freud vivió en una época sexualmente muy
inhibida, era lógico que criticara algo que fuera intensamente aberrante para
la gente de su entorno. Además, tenía una obsesión racial en el sexo,
suficientemente pronunciada como para que el contagio se expandiera con fuerza
por toda Europa. La concentración en el sexo como único
transgresor, como se pretende en su Teoría de la libido, no resiste el menor
análisis. Existen razas que no tienen ningún tipo de inhibiciones
sexuales y, sin embargo, están aberradas. Estas razas, libres como el viento en la
segunda dinámica, están no obstante intensamente aberradas en otros aspectos. Algunas están aberradas en la octava dinámica
(Dios), otros en la primera, y así por el estilo. La concentración en el sexo no es válida y ha
empujado al psicoanalista a un callejón sin salida, inhibiéndolo para observar
racional y verazmente lo que estaba sucediendo con los pacientes, lo cual es un
hecho desafortunado, ya que de haber realizado esta observación hubiera
descubierto mucho más de lo que descubrió en un siglo de existencia. Psicoanalistas posteriores buscaron extender
las ideas de la segunda dinámica de Freud a actividades sociales. Es decir, trataron de subir a la tercera
dinámica de los grupos, pero su búsqueda en este sentido, como era lógico,
tampoco tuvo éxito. Indiscutiblemente, existe una considerable
atención en el sexo, pero sostener que toda la aberración proviene del sexo es
invalidar la capacidad del hombre para crear descendencia. El sexo es simplemente un nivel masivo de
creación de cierto orden, y por cierto no muy elevado. Es verdad que el sexo es poderoso, pero gente
atrapada por la inspiración del trabajo, las actividades sociales o las
religiosas, experimenta un éxtasis o un impacto emocional de lejos mayor que el
sexual. VII CRÍTICA A LA EVALUACIÓN DEL PACIENTE Otra de las severas objeciones que pueden
hacerse al Psicoanálisis es la reducción del autodeterminismo del paciente a
través de la evaluación de su caso. El analista hace que la persona le cuente
acerca de qué está preocupado en la vida y luego le informa sobre la razón de
por qué esto es así. Si lo hace con bastante fuerza y lógica como
para crear una absoluta convicción en la persona de que ésta es la realidad, lo
único que hace es agregar más confusión a lo que ya de por sí es confuso. Lo correcto no es evaluar al paciente, sino
conducirlo en ciertas direcciones de modo que haga determinados descubrimientos
por sí mismo y pueda así reconsiderar y darse cuenta de las cosas para tener
una visión más correcta de ellas. Una cosa es decir cómo es toda la vida y dar
al individuo la base para que la observe mejor y más ampliamente, y otra cosa
muy distinta es encontrar que la persona está asumiendo la personalidad de su
madre y ponerse a evaluarlo respecto de su madre. El paradigma más perjudicial de esto es tener,
por ejemplo, un paciente trastornado con su padre y luego explicarle, como lo
hace el analista, que su padre probablemente es un hombre bueno y en todo tuvo
las mejores intenciones. Hacer esto es arrojar al paciente a la apatía. Como la apatía por lo menos es tranquila, se
la consideró un estado deseable para aquellas personas que tuvieran algunos
impulsos socialmente destructivos. Este estado, por lo tanto, pasó a ser entonces
la meta final de los analistas (la meta de la psiquiatría siempre fue este
estado). Si un médico le dice a una paciente que es
absurdo lo que ella dice que está evocando incidentes del vientre de su madre y
le sugiere con fuerza y autoridad que debe dejar de lado esas tonterías y
enfrentar la realidad, esto es evaluación de lujo y también agrega tremenda
confusión al caso. El verdadero crimen de la evaluación es
decirle al paciente que está equivocado. La evaluación en sí, en sentido amplio, no es
particularmente perjudicial al paciente, en tanto las observaciones que se le
dirijan no lo invaliden completamente. Es decir, se le podría dar un sistema general
de la vida mientras no se lo esté aplastando contra otro sistema de la vida. La evaluación de una persona puede definirse
como la acción de sacudir sus datos estables sin darle nuevos datos estables
con los que pueda estar de acuerdo o en los que pueda creer. De ahí que no sea buena terapia decirle
insistentemente a algún fanático religioso, o de cualquier otra índole, que
todas sus creencias están equivocadas y que la verdad se encuentra en otro
lugar. Los analistas, desde Freud en adelante, han
sido responsables de esto en grado sumo. Esta responsabilidad no pueden eludirla porque
la evaluación, al revertir directamente creencias y datos estables, ha enviado
a muchos pacientes psicoanalíticos a hospitales para enfermos mentales. VIII EL CRIMEN DE LA INVALIDACIÓN No obstante la gravedad de la evaluación, el
crimen capital del Psicoanálisis es la invalidación. Con la evaluación sólo se está dando nuevos
datos estables, pero con la invalidación se anula cualquiera de los soportes
sobre los que se está apoyando, mal o bien, el paciente. La mayor invalidación, por supuesto, es ser
golpeado cuando uno no espera serlo, ser criticado cuando uno no cree merecer
crítica. Esencialmente, es decirle a alguien que no
tiene valor alguno, ni tampoco sus pensamientos y postulados. La conducta más común de los psicoanalistas y
psiquiatras en los hospitales mentales es invalidar, con sus drogas, encierros,
palizas y shocks eléctricos. Los resultados están a la vista. IX PSICOANÁLISIS E HIPNOTISMO Otro de los errores fundamentales del
Psicoanálisis ha sido su temprana dependencia del hipnotismo. El uso del hipnotismo denota una ansiedad de
producir un efecto más allá del poder del individuo de producirlo con
conocimientos y medios normales. El hipnotismo no es otra cosa que la absurda
creencia de que el paciente tiene que estar en un estado de coma antes de que
se le pueda ayudar en algo. El médico clínico, el psicoanalista y el
psiquiatra han sostenido por igual este principio. Básicamente, una buena terapia debería
despertar a la gente, hacerla más alerta, más capaz, más feliz, más competente.
El hipnotismo es la antítesis exacta de esto. Los pacientes, después de la hipnosis, son
manifiestamente menos capaces. El uso continuo del hipnotismo y el uso de
drogas hipnóticas para diagnosticar o sondear las profundidades de algún
paciente, es una confesión de no saber las reglas generales de la vida. Si uno no sabe estas reglas generales, mirará
para cualquier lado en busca de alguna respuesta, aunque sea en el tacho de la
basura. El hipnotismo es precisamente esto. El
hipnotismo no libera a las personas, hace esclavos. Es obvio, entonces, que estos fenómenos
particulares de la mente deben ser desterrados para siempre de la sociedad y
relegarlas como mero recuerdos de una etapa aberrada de nuestra civilización. X CONCLUSIONES Hemos demostrado que el Psicoanálisis es no
sólo una terapia que no funciona sino que también es nefasta para la salud
mental de cualquier ser humano. La sola eliminación de los candados, por otra
parte, como hace el Psicoanálisis, no devuelve a la persona todos sus poderes
mentales, ni su memoria auditiva, visual, olfativa, gustativa u orgánica, ni su
imaginación, y no aumenta específicamente su coeficiente intelectual. ¿Qué clase de sociedad es ésta en la que
vivimos donde las meras suposiciones se aceptan como válidas aunque los hechos
demuestren lo contrario? Solamente una sociedad muy aberrada puede
permitir la utilización de terapias que en lugar de liberar al hombre lo
esclavizan y con frecuencia lo llevan a la muerte. Ninguna terapia que desconozca la existencia
de la mente reactiva y su aberrante mecanismo, así como la forma de eliminar de
ella sus engramas, puede ser autorizada. ¿Dejaríamos una delicada computadora en manos
de quienes desconocen su mecanismo? ¿Y acaso nuestra mente no es una delicada
computadora que debemos cuidar con el mayor esmero posible? Llegará el día en que la práctica del
Psicoanálisis, junto con la del hipnotismo y la psiquiatría, sin olvidar
también la prescripción de fármacos, será erradicada de la faz de la tierra y
figurará en los códigos penales de todo el mundo como grave atentado a la salud
pública. La advertencia está hecha. Ahora le toca el
turno a las autoridades competentes dar los pasos necesarios para erradicar
para siempre de la sociedad este tipo de prácticas que degradan al ser humano. Referencias. http://www.grupoelron.org/quees/epdlsxi_psicoanalisis.htm El
planeta de los simios XI - El psicoanálisis (53.500 bytes) (relevancia 61) http://www.grupoelron.org/quienes/sigmundfreud.htm Sigmund
Freud (81.084
bytes) (relevancia 168) http://www.grupoelron.org/autoconocimientoysalud/lamentereactivaautomatica.htm La mente reactiva automática (36.575 bytes) (relevancia 139) http://www.grupoelron.org/quienes/juicioapsiquiatria.htm Psiquiatría,
¿sirve para algo? (44.480 bytes) (relevancia
108) http://www.grupoelron.org/autoconocimientoysalud/temassaludmental.htm Lista
de temas de salud mental (58.085 bytes) (relevancia 60) * Advertencia: Dianética y Cienciología son marcas registradas y aquí se las menciona exclusivamente con fines informativos y de difusión. El Grupo Elron es una organización independiente sin fines de lucro, políticos o religiosos, y la distribución del material es totalmente gratuita. Para información sobre marcas registradas: http://www.scientology.org/en_US/feature/legal/trademark.html Dianética y Cienciología han sido complementadas por el profesor Jorge Olguín mediante las técnicas de Psicointegración y Psicoauditación
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