| Índice | Psiquiatría, fábrica de dementes
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CARTA ABIERTA A LA SOCIEDAD
Confeccionada por los miembros del taller de periodismo del Frente de Artistas del Borda [1]
"Estamos detrás de los muros de este hospicio y vemos transcurrir los días y las horas vacías de contenido y de amor, solos, siempre solos. ¿Somos peligrosos los locos? ¿Qué Dios nos ha mandado a este infierno? Quiénes son esos ángeles vestidos de blanco que hablan por nosotros?... Para recuperarnos ¿debemos seguir encerrados aquí?¿Es por nuestra propia seguridad?¿Por la de los de afuera? Los que nos burlan como payasos y nos marginan como perros apestados son los que no nos permiten trabajar y son parte del sistema corrupto donde só´lo viven los poderosos. Nos han desterrado del paraíso de la Razón para sumergirnos en el remolino de la violencia manicomial. ¿Es posible irse de este hospicio? Sólo algún os consiguen el alta, ese gran milagro de los dioses médicos, y en ese preciso momento viene a nuestra cabeza a puro galope una estrofa del Martín Fierro: 'Hay algunas tan malditas que curan con este juego". Quizás sea posible pensar que el que se cura lo ha hecho únicamente para darle la razón al que supuestamente lo curó. Pero. ¿Dónde va a vivir?¿Dónde va a comer? El que conoce la obra de José Hernández sabe de lo que estamos hablando. Según él, los indios, para curar a un enfermo lo untaban con grasa, lo ponían a freír al sol, una china le quemaba la boca con una piedra incandescente, mientras otra le gritaba maldiciones. ¿Quién puede imaginarse que con tales torturas y maltratos alguien podría curarse?... Todo gira en un círculo vicioso. ¿Para qué sirven estos manicomios?¿Dónde está la llave para salir de este infierno?¿Qué agua puede tomar un loco para curarse?¿Qué podemos hacer por tratar de imponer un límite a una sociedad cada vez más bestial? Acaso esta sociedad no comprenda que la justicia no se negocia y que la libertad no es posible con un 'olrden' que condena, y que en lugar de hombres engendra demonios. ¿Será que la sociedad necesita de cloacas, como este manicomio, para purificar las aguas de su pantano?¿Qué hacer frente a estos muros?... ¿Del cielo, del mar o de esta misma tierra vendrá la fuerza para destruirlos?" [1] Publicado en la revista "Desbordar", nº 2, mayo/91, p.4.
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LOCURA Y PSIQUIATRÍA LOS EXTREMOS SE TOCAN POR HORACIO VELMONT (según las enseñanzas de L. Ronald Hubbard) Desde tiempo inmemoriales los seres humanos de todas las latitudes han buscado afanosamente las leyes que explicaran el funcionamiento del mecanismo mental. Ninguna búsqueda en la historia del hombre ha sido más desesperada ni más violenta que la búsqueda de la ciencia de la mente. Su ausencia contribuyó a la desaparición de ejércitos, dinastías y civilizaciones, dejando sólo sus ruinas. Por carecer de ella, Roma se hundió en el polvo y hoy el mundo entero, ignorante de ella, nada en sangre. Y mientras tanto hay una bomba atómica, también ignorante de ella, esperando que algún demente oprima el botón rojo y todo el planeta salte por los aires. Ninguna tribu primitiva, no importa lo elemental o ignorante que fuera, dejó de reconocer este problema como un problema ni ha dejado de formular, aunque sea mínimamente, un esbozo de ella. Así, encontramos hoy al aborigen australiano, munido de su "cristal mágico curativo", sustituyendo con él a la ausente ciencia de la mente. El chamán de la Guayana Británica, a falta de las leyes de la mente, las reemplaza con su canto monocorde y su cigarro consagrado. El hechicero de ciertos pueblos de Siberia oriental alivia el desasosiego de sus pacientes, a falta de una técnica adecuada, con un incesante repiqueteo de tambor. La edad de oro ilustrada de Grecia tampoco la poseía, y en su principal sanatorio para enfermos mentales -el templo de Esculapio- sólo había superstición. En cuanto a los romanos, lo máximo que podían hacer por la tranquilidad de espíritu de los enfermos era apelar a los penates , las divinidades domésticas, u ofrecer un sacrificio a febril , diosa de las fiebres. Hoy en día inclusive se pretende curar los delirios de los pacientes expulsando sus demonios mediante absurdos exorcismos. El caso es que desde los tiempos más antiguos, tanto en la tribu más primitiva e ignorante como en las civilizaciones más pomposamente desarrolladas, el hombre se ha encontrado en un atemorizado estado de desamparo frente a los fenómenos que provocan las conductas aberradas y las enfermedades más extrañas. Su desesperación, en sus esfuerzos por curar al individuo, apenas ha variado en toda su historia, y hasta en la misma actualidad los porcentajes de alivio en lo que respecta a desarreglos mentales son equiparables a los éxitos de los hechiceros al enfrentarse a los mismos problemas. Puede afirmarse, sin temor a errar, que el único avance de la psicoterapia fue el de dar alojamiento a los locos. En cuanto a la brutalidad en el tratamiento del demente, los métodos del hechicero o de los manicomios del pasado han sido superados por las técnicas "civilizadas" de destrucción de tejidos nerviosos con la violencia del electrochoque y la cirugía, tratamientos que los resultados obtenidos no disculpaban, y que no habrían sido tolerados en la sociedad primitiva más miserable, ya que reducen a la víctima al mero automatismo, aniquilando la mayor parte de su personalidad y ambición, tornándola en nada más que en un animal manejable. Quien conozca la historia de los manicomios, aquel que venza por un instante sus miedos primarios y es capaz de internarse sin recelos en el camino lúgubre y tan desierto que anticipa la muerte, podrá testimoniar la realidad: la institución que legaliza el saber médico de la locura y el privilegio del Estado de apartar y clausurar el Mal que se produce sin deseo, poco ha contribuido al desarrollo del conocimiento científico sobre los estados límites del hombre. Queda patentizada así la inutilidad del hospicio y la impotencia del psiquiatra para acceder a la compleja unidad del hombre a quien investiga y debiera curar. En el denominado "Borda", institución manicomial tristemente célebre en la Argentina, reflejada magistralmente por el director de cine Eliseo Subiela en "Hombre mirando al sudeste", la tarea del psiquiatra se limita, bajo el amparo de la superioridad que da la fuerza, a la represión metódica de quienes -aun patológicamente- desesperados, valiéndose de hasta los dientes, se alzan contra una estructura perversa violando sus tablas de valores, sus códigos, sus sistemas de pesos y medidas, sus disfraces de lo real. El grado de podredumbre es tal que no puede producir más que un ahondamiento de la conciencia enferma. La calefacción brilla por su ausencia, las aberturas sin puertas ni ventanas, las cañerías de los baños taponadas, la comida miserable, las ropas de los internos andrajosas, los chalecos químicos a la orden del día. A este neuropsiquiátrico ingresan exclusivamente integrantes de la clase trabajadora, siendo objeto de una violencia particular, de la cual la más cruel quizás sea la pérdida de la identidad, pues se es nada más que un número estadístico. Los enfermos pierden la libertad, pues los médicos, indiscriminadamente, por una cuestión de mera rutina, no otorgan permiso de salida. La prepotencia es el pan cotidiano que soportan los internos. Ninguno puede escapar del cóctel de comprimidos ni del ominoso encierro. La represión es cosa de todos los días en el hospicio. Todos, los técnicos, los policías, actores del sistema asilar, no otorgan sino que recluyen, golpean, desgarran. Y basta que algún paciente denuncie algún atropello para que se lo declare de inmediato "peligroso". Con esta arbitraria etiqueta es llevado al servicio 30, servicio cerrado, y allí le aplican inyectables que producen contracturas y desesperación. Así, el hospital se transforma en un campo de concentración, en donde el paciente llega con determinado episodio y el sistema lo institucionaliza hasta el día en que muere cronificado. Se lo entrega, como objeto de conocimiento, atado de pies y manos, a un especialista médico supuestamente experto en el abordaje y resolución de un conflicto de salud, el psiquiatra. El psiquiatra y su paciente del hospicio pertenecen, casi sin excepciones, a clases enfrentadas y remiten con sus discursos s subculturas distintas. Uno tiene la lengua del dominador y el otro los oídos del humillado. En el Borda, la represión psiquiátrica se legaliza. Quien ha sido rotulado como "loco" no puede realizar ningún acto civil o político, se lo priva de sus bienes y de sus hijos, es declarado incapaz, peligroso para sí y para los otros. Recobrar su libertad, ejercer los gestos cotidianos de la identidad, se liga a la decisión de jueces y médicos que en definitiva jamás responden ante nadie. La "ciencia" también pone su cuota para sublimar la represión, desde las técnicas de choque (electroshock, coma insulínico) hasta el terror de los rumores: desaparecidos de la colonia Open Door; prácticas y experimentos aberrantes sobre los enfermos crónicos. Las noticias se mantienen algunos días en cartelera, se amarillean los efectos y se maquillan las causas, cae algún funcionario administrativo, pero la suerte del loco no cambia. La represión psiquiátrica tiene otro efecto, quizás indeseado: revela que el hospicio no es más que otra forma cruel de prisión, capaz de engendrar mecanismos segundos de marginación y volver crónicos los conflictos más leves. Numerosos perversos integran los cuerpos de las Fuerzas Armadas y de la Policía, quienes funcionalizan su perturbación en beneficio del sistema y son utilizados para el crimen, la tortura y otras prácticas aberrantes, ante el silencio general y sin que el dedo de nadie los señale. Cerca del 90 % de los internados en los manicomios provienen de los sectores más humildes y explotados de la sociedad; son trabajadores rurales y obreros, mujeres de jornaleros y servicio doméstico. Desde el primer instante en el hospicio conocerán el castigo, dirigido a que renuncien a su identidad y acepten, mansamente, las condiciones de su aislamiento. Un ocio perpetuo y forzado roe el alma de los internos. Unos sucumben. Los otros, buscando sobrevivir, se refugian en un estado de inocencia. El electrochoque, el chaleco de fuerza y el chaleco químico, las inyecciones de leche o de trementina, la manguera de agua fría, los trabajos degradantes y no remunerados, la utilización forzada para experimentos científicos y la donación igualmente forzada de órganos vitales, la incomunicación con el exterior, el aislamiento entre iguales, el envilecimiento del discurso, la monotonía, la falta de amor y de sexualidad, todo está organizado desde el poder para la destrucción de lo mejor del alma humana. Más allá de una denuncia de estas prácticas aberrantes, ellas sólo se mencionan para demostrar la profunda desesperación a la que el hombre puede llegar al enfrentarse con el problema, aparentemente irresoluble, de las mentes trastornadas. Remisión : Este tema puede ampliarse consultando "Electrochoque, ¿cura o mata?"; "Engrama, mente reactiva y estado de Clear"; "Estructura del hombre"; "Falacias de la Psiquiatría I", II, III y IV; "Psicoanálisis"; "Quirófano maldito"; "Terapia de vidas pasadas"; "Maradona, ¿atrapado sin salida?"; "Psiquiatría forense (obsolencia)" y "Psiquiatría, ¿sirve para algo?". Por otra parte, también hay muchos temas interesantes relacionados en nuestro website que denominamos "Apéndice", dedicado a L. Ronald Hubbard. * Advertencia: Dianética y Cienciología son marcas registradas y aquí se las menciona exclusivamente con fines informativos y de difusión. El Grupo Elron es una organización independiente sin fines de lucro, políticos o religiosos, y la distribución del material es totalmente gratuita. Para información sobre marcas registradas: http://www.scientology.org/en_US/feature/legal/trademark.html Dianética y Cienciología han sido complementadas por el profesor Jorge Olguín mediante las técnicas de Psicointegración y Psicoauditación
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