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Psicoauditación - Delicia

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 22/11/2013
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Entidad que encarnó como Delicia.

Se generó engramas de desprecio y falta de comprensión, de soledad, de pertenencia en una vida donde salió adelante a pesar del vacío que le hacía el entorno. La parte religiosa también la segregaba por no comulgar con la Iglesia. Era cultivada y se preguntaba cosas elevadas. Encontró un Maestro.

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Entidad: Me cuesta mucho dilucidar los motivos, mucho, por los cuales a veces no encuentro una guía, alguien que me oriente, alguien confiable, alguien que me tienda su mano.

 

Recuerdo encarnaciones pasadas. Vivía en Córdoba, España, y me despreciaban por ser mora: "Pues mira, ahí va la moriña. Vuélvete a tu lugar".

En realidad me habían adoptado de pequeña porque me habían abandonado en un orfanato. Me habían puesto un nombre musulmán y cuando tenía 10 años atacaron nuestra pequeña población al sur de España y con otro matrimonio -que no era de mi familia- nos fuimos en una carreta para el norte. Nunca supe más de mis padres adoptivos, tampoco nunca conocí a mis padres verdaderos.

 

Cambié de nombre: Delicia Paredes. Nos establecimos en Córdoba. El matrimonio puso una casa de cueros. Él era un artesano en calzado, hacía botas. Yo ayudaba a la señora -que la empecé a querer- en confección de ropa, de vestidos. Trabajábamos con ropa femenina.

 

Cuando cumplí dieciocho años quedé sola porque con dos meses y medio de diferencia primero falleció ella y luego él. Eran tan bondadosos que dejaron con un notario los papeles y dejaron la casa y el taller a mi nombre.

 

Tenía inteligencia como para aún no sabiendo de cueros poder organizar el trabajo. Contraté un señor mayor y a un joven y en lugar de pagarles un salario les daba una proporción de la ganancia neta del coste del material entre cuero y otros. A la venta del calzado le daba un veinte al joven, un treinta al señor y yo me quedaba con un cincuenta porque, aparte, había gastos del lugar. Ellos estaban conformes y de esa manera yo tampoco perdía por si un día bajaba la venta. A su vez, yo en casa seguía trabajando con la confección de ropa.

 

Tal vez por mi juventud o por mi rostro moreno no me compraban tanto. Las damas de sociedad compraban en el centro, cerca de la plaza. Y yo aprendí a conocer lo que era una vestimenta y mis talles eran iguales o aún mejores que algunas tiendas del centro. Pero, claro, había como una especie de segregación.

 

El otro problema era lo religioso. Yo creía en un altísimo que guiaba el sol, la luna, las estrellas pero no lo encasillaba en una iglesia o en un templo pero para que no me miraran de forma extraña a veces iba con la hija de los Miguel, con Joaquina Miguel:

-Delicia, ven con nosotros.

Y yo iba con ellos a la iglesia. Me parecía todo muy artificial y me acordaba de las palabras de Jesús cuando en una sinagoga decía:

-¡Ay de aquellos que se rasgan las vestiduras!

Como queriéndole mostrar a Dios que ellos eran fieles feligreses. Falsos, hipócritas. Era algo que yo no soportaba.

 

Pero yo no era hipócrita. Lo que pasa es que era una época donde perseguían a aquel que no era un fiel feligrés. Había familias que habían desaparecido. Incluso perseguían a los judíos. Algunos falsificaban papeles hasta que el comisario los descubría y los llevaban a la prisión donde les daban en un subsuelo, en un subsótano latigazos hasta quitarles la vida.

 

Yo pagaba mis impuestos. Nunca tuve problemas con la ley pero me sentía vacía. Había un joven, Pablo Escobar, que me quería cortejar. Era agradable, era simpático. Salí tres, cuatro, cinco veces. Era caballero aunque a veces intentaba acercarse más de lo prudente. Su conversación no era una conversación, era una charla porque era hueca, vacía.

 

Yo sabía leer y escribir desde pequeña. Estudié con la señora que me ayudó a perfeccionarme en la confección de vestidos. Nunca dejaré de agradecerle. No todo el mundo sabía leer y escribir y menos la mujer. Pero me ilusionaban otras cosas, ver el mundo, conocer.

 

Los fines de semana que no trabajaba, muchos iban al teatro de la plaza. A veces iba yo también a divertirme pero a veces me iba en una calesa a la campiña a tomar un poco de aire, a salir un poco de la rutina, a pensar en por qué se había hecho el mundo.

 

Un día lo conocí a él, un señor. Tenía una edad indefinida. Hablaba castellano pero su acento era raro. Le pregunté si venía de Portugal. Me dijo que no, venía de un país lejano. Y nos sentábamos a hablar. Tenía un nombre bíblico, se llamaba Abraham. Yo le decía Maestro.

 

Le digo: -Maestro, mira que el comisario prende a todos los judíos y tú tienes un nombre judío.

Pero él decía que con él nadie se metía.

Le contaba lo incómoda que me sentía yendo a la iglesia.

Y él me decía: -Ese altísimo está en la iglesia pero también aquí en la campiña o allí en la montaña. O si quieres más cerca, aquí. Y me tocó el pecho.

-¿Cómo aquí?

-Sí, dentro tuyo.

-Pero, Maestro, Dios es inmenso. ¿Cómo dentro mío?

-Dentro tuyo, dentro mío, dentro de toda esta humanidad. Lo que pasa es que son todos tan ciegos que buscan allí, allí, allí. Nadie hace introspección, nadie mira dentro suyo.

-¿Y cómo hablo con Él, Maestro?

-Cierra los ojos, recuéstate. Hazte preguntas a ti misma y tendrás la respuesta por medio de Él.

-¿Él me hablará, Maestro?

-Él te dará las respuestas.

-O sea, ¿eso es conectarme con Dios?

-Todos estamos conectados pero somos ciegos y sordos.

 

Todos los fines de semana iba a ver al Maestro. Pero tenía engramas de soledad, como que me faltaba un lugar de pertenencia porque en Córdoba había gente muy falsa, muy hipócrita. Todos vivían para la apariencia. En el centro, la gente de sociedad vestía lujosos vestidos pero eran pobres de alma. Esos nos encontraban a Dios dentro suyo. Y el joven que me cortejaba era tan vacío que no tenía sentido tratarle.

Había otro joven, Luis, que era igual o peor. Se reía de cualquier frase que decía para hacerse el simpático, para quedar bien, pero no tenía de qué conversar. Y menos habiendo conocido a ese Maestro tan sabio, sin edad. Tendría sesenta, ochenta, cien años, no sé. Una larga barba blanca, un cabello blanco largo. Sus ojos no sé si eran celestes o grises porque cambiaban de acuerdo a cómo el Sol daba en ellos y tenía una mirada tan límpida, tan noble y tan sabia...

 

Y un día desapareció, no estaba más. Y me enojé porque si hubiera muerto en el pueblo hubieran sabido. Pregunté por él a la gente más discreta:

-Ah, no, no sabemos. No tratamos con ermitaños.

 

Una señora, Isabel, me dijo:

-¿Ese? Ese era un brujo, era Satanás.

 

"Qué ignorante", pensaba yo. Tenía mitad ira y mitad compasión por esa gente que no entendía nada. Pero con el Maestro estaba enojada, mi espíritu estaba enojado. ¿Con quién hablaría ahora?

 

Nada me satisfacía. Encima, como el lugar no era de mi pertenencia, un año más tarde vendí todo. El señor mayor era viudo y el joven ayudante no tenía familia. Dijeron si podían venir conmigo, que ellos también tenían sus ahorros. Y nos fuimos muy al norte y al este, a Cataluña, a un lugar llamado Barcelona. Y allí nos establecimos.

 

Y ya en sociedad teníamos dinero para comprarnos dos pequeñas casitas, ellos cerca de la costa y yo un poquito más alejada de la costa. El joven y el señor vivían juntos.

 

Nunca encontré un amor porque veía como que eran huecos los varones y me quedé marcada. Y toda mi vida pensé en volver a encontrar a ese señor Abraham, ese señor sabio al que la gente despreciaba.

 

Tenía mucho afecto por los que ahora eran mis socios, el señor y el joven, pero me sentía sola en otros aspectos, sola no de afectos solamente sino también de conocer a alguien que piense como yo, que entienda mi manera de ser.

 

Viví bastante en esa vida, viví hasta los sesenta años. Tened en cuenta que la expectativa de vida en esa época, siglos atrás, no era la misma que la actual.

 

Fui feliz a mi manera. Escribí algunos cuentos, algunos de esos los regalé a pequeños párvulos, pequeños chavales. Algo les habrá ilustrado. Nunca se dieron a conocer públicamente.

 

Pero me quedé con engramas de encontrar el alma afín y en encontrar, de vuelta, a ese Maestro.

 

No tuve un lugar de pertenencia aunque viví y envejecí en Cataluña. La gente era más abierta de mente que en Córdoba, quizá porque Córdoba estaba más afectada por los moros. En cambio, Barcelona era distinta. Y las distancias en aquellas épocas se tardaban semanas y a veces, de acuerdo a si viajabas con tu familia en carreta, hasta meses en recorrer mil kilómetros.

 

Como entidad espiritual sigo soñando. A veces planificamos encarnar en determinada misión pero nuestros mayores, cuando somos pequeños, deciden por nosotros y es como que perdemos años de la vida física para encarrilar hasta que el río vuelva a su madre, a su curso. Y mi parte encarnada femenina ha tenido algunos engramas como que no tenía un lugar de pertenencia y como que buscaba esa guía que le tienda una mano. Pero me ha hecho catarsis.

 

Lamento el transmitirle esa angustia y ese dolor de pecho a mi receptáculo pero me siento con más alivio. Y doy gracias, gracias, gracias por haberme permitido expresar de esta manera.

 

Hasta todo momento.