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Psicoauditación - Edgar Martínez

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

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Sesión del 20/03/2020

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Sesión del 18/01/2021

Sesión del 18/03/2021

 


Sesión 20/03/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Explica donde aprendió el arte de la espada. Vuelve al poblado donde les enseñó a defenderse a la gente del lugar, acompañado de la Orden Blanca.

Es el mismo poblado donde está empleada como maestra la señorita Triana. Y obviamente hay un encuentro entre ellos.

Sesión en MP3 (3.529 KB)

 

Entidad: Me estaba habituando a la compañía de Omén y de su oficial Radón. Es más, con Radón día a día practicábamos con la espada, era muy muy bueno. Le enseñaba a no ser tan impulsivo.

Omén me decía:

-Entiendo de que en cualquier momento te irás, ¡pero qué falta hace una persona como tú en la Orden Blanca!, sin desmerecer a mi primer oficial Radón.

Le respondí a Omén:

-Mira, pienso igual que vosotros, creo en la justicia, me molesta el abuso, la deshonestidad, pero lo único que me puede hacer perder el control es ver esas pandillas que asolan aldeas, que violan niñas y niños, que matan ancianos. Creo en lo mismo que vosotros.

Omén me miró y me dijo:

-El hecho de que hayas perdido a tus padres a manos de soldados no compensa que luego o durante ese hecho los hayas matado. Has perdido a tus padres y entiendo que eso no se olvida.

Lo miré a Omén y le dije:

-No, no se olvida. Tampoco uno se resigna, nos adaptamos a las circunstancias.

-Siempre cambias de tema -me dijo Omén-, cuando te pregunto cómo has aprendido el arte de la espada.

-¡Je! Cuando era muy pequeño siempre ayudé a mis padres, pero de pequeño me sentía libre en el sentido de que a veces me iba a un arroyo cercano. Me alejaba de casa desafiando los peligros, en todas las épocas han cogido niños para tenerlos como esclavos o para vejarlos, pero no me gustaban las cadenas mentales.

-No entiendo.

-Claro, cadenas mentales significa como que tú no puedes hacer esto, no puedes hacer aquello, no puedes hacer lo otro. No, siempre me sentí libre en ese sentido. Aclaro; mis padres me trataban con cariño con amor, me daban toda la libertad, y si me decían que tenga cuidado o que no me aleje era por mi seguridad, porque me amaban tanto como yo los amaba a ellos. Y una tarde me encontré con un hombre, un hombre que se llamaba Ramón, moreno, venía de más allá del desierto y vi que tenía una espada lustrosa y me acerqué temerariamente. El hombre me midió con su vista y se dio cuenta de que no era un niño tímido. Me preguntó si me gustaba su espada, asentí con la cabeza. Si mis padres hubieran visto la escena se hubieran jalado de los cabellos: Tago hablando con un extraño. El extraño podía raptarlo o vejarlo, matarlo, porque sí, porque se le ocurriera. Pero no; tenía en sus alforjas una espada más pequeña. Y me enseñó.

Omén dijo:

-O sea, ¿no has aprendido con espada de madera, como otros niños?

-No.

-¿Pero cuánto tiempo te enseñó?

-No, la historia no es así. El hombre iba, venía, iba venía. Nos encontrábamos en un lugar que se llamaba La Roca, y hasta mis quince años practiqué con él.

-¿Día tras día?

-No, a veces faltaba una temporada, se iba a otras regiones. Yo iba de tanto en tanto a La Roca a ver si lo veía, a veces aparecía. Y la última vez que lo vi fue a los quince años. Yo ya lo superaba en destreza, lo cual a Ramón le parecía algo imposible porque en su región nadie lo vencía. Me decía: "Tú eres una especie de brillante en bruto, una obra de aquel que está más allá de las estrellas. Tu destreza, tu instinto es tremendo". Pero aprendía a no ser presa del halago y eso me sirvió para esta vida que llevo. Nunca caí presa del halago, siempre estaba alerta.

-¿Y qué sucedió?

-No apareció más. Ya siendo un poco más grande me entere en un pueblo cercano que lo habían matado entre varios. Pudo liquidar unos cuantos pero lo mataron, o por venganza o para robarle. Sí sentí esa pérdida, sentí mucho esa pérdida. Y después practicaba a solas en secreto, ayudaba a mis padres. Mi amo era el silencio, porque el hablar te vuelve esclavo.

-Por eso eres tan callado -argumentó Omén.

-Sí. -Seguimos galopando.

Radón se acercó y me dijo:

-Espero que te quedes mucho tiempo con nosotros, por la zona está la banda del calavera, o de la calavera, un sujeto de pómulos salientes que asola y quema aldeas, mata ancianos y veja niñas.

-A una persona así -exclamé-, le separaría la cabeza del cuerpo con un sólo movimiento de espada.

Lo miré a Omén y le digo:

-¿Estamos yendo hasta donde yo pienso?

-Sí, sí, estamos yendo para el noreste.

-¡Vaya!

-Es más, hubo muchos hombres de mi gente que se han adelantado hasta el poblado a avisar que íbamos. Uno de ellos ha vuelto y dice que van a organizar una fiesta porque dicen que te conocen.

-Sí, sí, he estado en ese poblado, me trae buenos recuerdos.

-Cuéntame -pidió Omén.

-¡Ah! Los ayudé a luchar.

-¿Cómo?

-Estuve muchos días y los instruí, les di lecciones básicas con la espada, lucha cuerpo a cuerpo para que se puedan defender, y los recuerdo con mucho afecto. Hay un hombre muy grande que mide más de dos metros, que pesa como ciento cuarenta kilos, se llama Sam y lo he vencido, ¡je, je, je! Pero me tomó mucho efecto y yo le tengo un cariño tremendo, es una persona sencilla no simple, no básica sino sencilla. Una persona capaz de abrazarte y hasta quebrarte las costillas con afecto. Leal, jamás te traicionaría. Lo mismo Juan, que fue al que encontré primero, que fue el que me llevó al poblado.

-¿Y aprendieron bien?

-No, no, Omén, no son como tus hombres, pero a estos que asolan aldeas, a estos guerreros depredadores así como buitres, rastreros, sí los pueden enfrentar. No a gente bien entrenada pero tampoco podía hacer milagros en tan poco tiempo. Además, es lo que hay.

-No entiendo.

-Claro; el arte de la espada tiene que ver con la constancia pero también tiene que ver con tu lucidez, con tus reflejos, con tu frialdad, con no enojarte cuando peleas, con estar alerta, tu vista en ese momento tiene que tener 360º.

-¿Cómo lo logras?

-Es una cuestión de práctica y seguramente que viene con uno. Y a eso me refiero, viene con uno, y no de todo el mundo puedes sacar esa templanza, esa lucidez, pero bastante he hecho.

 

Finalmente ese atardecer llegamos al poblado. Me sentí emocionado, honestamente no soy de emocionarme porque he pasado por tanto en la vida, pero había una doble fila en la calle principal del poblado, un poblado pequeño pero mucho más grande que las aldeas que estaban en los alrededores. Para el que recién conocía ese poblado le parecía muy grande, yo he conocido otros mucho más grandes, pero ese poblado tenía calidez.

Desmonté. Juan vino a mi encuentro.

-¡Tago! Esta noche haremos una fiesta, beberemos, comeremos, hemos preparado varios corderos. -Le presenté a Omén y a su oficial Radón.

-Es un honor tener aquí la Orden Blanca. Quisiera que ahora viniera la gente de la calavera a ver si se atreven.

-No, no los llames -pedí-, porque a veces el destino es tan cruel que nos vamos y después aparecen. Y si bien estáis entrenados..., es muy difícil. -Juan se rascaba la nuca, no entendía muy bien mis palabras.

Y apareció el gigante. Me abrazó que casi me dejó sin aire.

-Maestro...

-No, Tago. ¡Qué maestro? -El grandote Sam.

-Te extrañábamos.

-Yo también a vosotros.

-Vamos a hacer un pulso para mostrarles a todos cómo eres de fuerte.

-No, vengo cansado de estar a caballo, no. Quiero comer algo, beber algo, ¡je! Mañana en todo caso podemos hacer un pulso, ahora no, no.

Juan me dijo:

-¿Sabes qué tenemos maestra nueva? La señora Elisa falleció y ahora tenemos una joven, los chicos están encantados.

-Bien.

-Le dije que venga a la fiesta. Dice que no sabe.

-¿Cómo se llama?

-La señorita Triana.

-Triana... Conocí una joven, Triana.

 

Nos hospedamos. La mayoría de los hombres de la Orden Blanca acamparon en una esquina del poblado. Yo me alojé en una posada, me cambié de ropa previo darme una baño en una tina ¡Ah! Después de tanto galopar me cambié de ropa. El posadero me dijo:

-Por cinco monedas de cobre mañana tienes la ropa limpia, tengo quien lo haga.  -Le di las monedas y le agradecí.

 

Y fuimos al salón principal. Lo habían remodelado, le habían agregado mesas, bancos, cabía bastante bastante gente. Había músicos que tocaban un instrumento de cuerdas, había quienes cantaban mientras bebíamos. No quería una bebida blanca fuerte, no, no, no; prefería una bebida a base de malta, más suave y que me quitaba mucho más la sed. Y allí en la puerta de entrada apareció ella. La miré y me miró. Desvió la vista, seguí mirándola. Me miró de nuevo y se acercó.

-¡Qué sorpresa!

-Señorita Triana...

-Por favor, Tago, no me digas señorita, dime directamente Triana.

-No tengo esa confianza, señorita -Me tomó de la mano-. Sabía que venía, nos avisaron.

-Por favor, trátame de tú. Me fui, me alejé de mis padres. Conseguí un empleo, nadie sabe que soy noble. Además, ¿qué es la nobleza?, un título,  ¿y qué es un título?, nada. Puedes coger igual una enfermedad, puedes morirte mañana. ¿Qué separa un rey de un labrador?

-Bueno, el rey todos los días come aves y el labrador a veces come césped. ¡Je! Pero sí es cierto, es cierto, Triana, ambos pueden morir, pero es más fácil que muera el labrador.

-No es tan así, Tago -argumentó ella-, a los reyes también los traicionan, les clavan un puñal en la espalda quizá sus propios hijos para heredar el trono.

Se acercó Omén.

-Con respeto... ¿Me presentas a la señorita?

-La señorita Triana. Omén, el jefe de la Orden Blanca.

-Un gusto -dijo Triana.

Omén me miró y exclamó:

-Me está llamando Radón, me quiere comentar algo. -Y me guiñó el ojo. Quedamos solos en la mesa.

-¿Sabes bailar? -Fruncí el ceño.

-¿Perdón?

-Si sabes bailar...

-No, nunca he bailado en mi vida, me parece que es algo... no sé... absurdo, una pérdida de tiempo.

-¿Por qué? ¿Nunca has bailado con una mujer?

-No. -Me tomó de la mano y tiró de ella, la sujeté y tiré yo de ella.

-No, no, quedémonos sentados.

-No, por favor... -Me pidió.

 

A duras penas me paré. Nunca temí hacer el ridículo porque no precisaba de la aprobación de los demás, pero honestamente, era tan bueno con la espada que igual de malo para bailar. Pero me animé. Estaban tocando una música rápida y era casi un salto tras otro lo que había que hacer, en ronda. Luego nos cogíamos del brazo y girábamos, luego nos tomábamos de la mano y nos volvíamos a girar. Sería por reflejo o por instinto o vaya a saber por qué, pero a la tercera canción ya casi me sabía los pasos.

Pero le dije a Triana:

-Sentémonos, en realidad tengo hambre. Pidamos algo de comer.

Me miró y dijo:

-¿Ves que no era tan difícil?

-¿De verdad eres maestra?

-Sí, sí. Es una nueva vida, no soportaba estar... No quiero recordar esa escena porque me hace mal, y menos hablándolo contigo, que eres la persona que estaba ahí. Lo lamento tanto...

-Basta, no hace falta que me expliques nada, Triana. Es la primera vez que hablamos tanto y es como que sé quién eres. Quien eres en el buen sentido. Se puede heredar un color de piel, de ojos, de cabello, pero el interior no se hereda. Sé que no tienes nada que ver con tu madre en forma de ser. Con respeto lo digo, Triana.

-Lo acepto, porque pienso de la misma manera. ¿Te quedarás? -Me encogí de hombros.

-Ahora estoy con la Orden Blanca, pero me gusta ser libre, no quiero formar parte de algo.

-Pero algún día formarás pareja.

-Aún soy joven.

-Eres raro.

La miré.

-¿Por qué?

-Eres distinto; eres educado, pero no eres galante.

-¿Es un defecto?

-No, no, no; algunos son galantes en función de obtener algo, el afecto de una joven o algo más. Tú eres cortés, pero evitas el halago.

-Sí, no me interesa halagar a nadie. Ahora, si tengo que describirte físicamente, eres la mujer más bella que conozco.

-¿Pero no era que no te gustaba hacer halagos?

-Es que no es un halago. De repente afuera llueve y te diré está lloviendo, de repente se apaga la vela y te digo quedamos a oscuras. Nada más estoy diciendo algo.

 

Comimos.

La joven me dijo:

-Me retiro, mañana me tengo que levantar temprano para educar a los niños.

-Te acompaño hasta donde vives.

-No, no te molestes.

-Te acompaños hasta dónde vives, si bien el poblado está tranquilo. Pero en este caso sí, mi cortesía va más allá. -La acompañé hasta su vivienda. Me cogió de la nuca y me dio un beso en la mejilla.

-Hasta mañana. -No respondí.

 

Esperé a que cerrara la puerta y me toqué la mejilla, sentía sus labios cálidos y húmedos en mi piel. Me volví otra vez al salón, bebí otra copa grande más de la bebida con malta.

Y esa noche, entre sueños, me quedé pensando en Triana.

 

Gracias.

 


 

Sesión 25/09/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

Regresaba al castillo de Anán con su felino. Pero un viaje en Umbro no es nada aburrido, y menos para quién sabe emplear la espada.

Sesión en MP3 (3.148 KB)

 

Entidad: Por un lado mi mente era un torbellino pero por el otro tenía una calma como si fuera una tarde serena, habían sucedido tantas cosas...

 

Finalmente regresamos y nos enteramos de que Zizer había muerto. Había ayudado para ello el hijo de Fondalar y Burden, que terminó con su vida. Pero luego nos enteramos de que Jordi había utilizado hongos especiales, similares a los que usaban los retornados para potenciar sus poderes mentales, y eso le fue deteriorando su mente y acabó con su vida.

No tuve tiempo de sentirme triste, no tuve tiempo de elaborar el duelo del hijo de mi amigo porque aprovechando nuestra ausencia, Orlok, en quien yo confiaba tanto y sus bárbaros redujeron a los pocos soldados y se apoderaron del castillo de Anán llevándose a mi amigo, a su esposa y a la criatura. Me sentí aliviado de la tarea meritoria y valiente que desarrollaron Émeris y Núria rescatando a mi amigo, a su esposa y a la criatura.

 

Núria estaba molesta, varias veces le había dicho a Émeris:

-Cuando estaban sin sentido podía haber degollado a todos.

Y Émeris le respondió:

-No, no es así como se hacen las cosas. -No dije nada, ni siquiera cuando me marché.

 

Tomé una mulena, le puse alforjas y la llevaba atada a mi muñeca izquierda, y yo montado en el bagueón. Partí en silencio en busca de Orlok.

El bagueón no quería ir al paso quería ir más rápido, olfateaba el aire.

-Koreón, has comido hace poco, cállate. -Gruñía, pero con un gruñido que yo conocía, nadie más que yo, un gruñido amistoso.

Nos fuimos alejando. La mulena tranquila, el bagueón varias veces había estado cerca de ella y no le prestaba atención. Con una sola vez que le dije:

-Este animal -Mirándole a los ojos-, no es para comer. Yo te diré qué y yo te diré cuándo. -Gruñía mi Koreón y se echaba. Le daba una pata grande con carne de algún cordero y la masticaba, mirándome, gruñendo. Era el único que lo podía tocar mientras la bestia comía.

Yo tenía un oído finísimo pero por la noche dormía tranquilo, sabía que si alguien se acercaba o alguna bestia, el bagueón inmediatamente gruñiría, aunque le había enseñado a no gruñir incluso, para no espantar a la presa en el caso de que buscáramos alguna, pero dormimos tranquilos. A la mañana desaté a la mulena del árbol que la había puesto y cogí la rienda con mi mano izquierda y monté al bagueón.

 

Se sintieron gruñidos, aullidos y vimos que a unas sesenta, ochenta líneas de distancia un dingo marrón, un perro salvaje de las estepas que por alguna razón estaba en esta zona, lejos de su región, atacaba a una hembra cérvido matándola. Hiere en una pata a su cría, el dingo estaba cebado.

Desmonté espada en mano, siempre sosteniendo la mulena para que no se espante. El dingo saltó con una agilidad tremenda. Actuamos los dos a la vez: mi Koreón levantó su garra derecha y le abrió el vientre, al mismo tiempo con mi espada haciendo movimientos con mi brazo le corté la cabeza. El dingo cayó muerto.

El bagueón me miró, gruñendo.

-No, déjalo para las bestias menores. ¿Quieres comer? Ahí tienes una hembra cérvido.

Y miré al pequeño venado, tenía la pata lastimada. Me acerqué despacio, no había perdido sangre. Cogí de las alforjas de la mulena una venda y le vendé la pata trasera, pero no se podía sostener en pié, era una cría muy pequeña. Lo até al lomo de la mulena las patas traseras y del otro lado las patas delanteras bajo el vientre de la mulena.

 

Hablaba con mi Koreón. Hablaba con mi Koreón como si me entendiera y le dije:

-Lo llevamos. -El Koreón se alimentaba con los restos del cérvido, yo también.

 

Prendí un muy pequeño fuego, cociné una parte y comí. La mulena comió un poco de hierbas. Le ofrecí con mi mano un poco de hierbas al venado y no quiso. Pensé quizá muera, pero si lo dejaba lo iban a matar otras bestias.

Descansamos poco tiempo y seguimos viaje.

 De acuerdo a lo que habían comentado Émeris y Núria estábamos cerca de la región donde habían visto a Orlok, pero era imposible que estuvieran ahí, a la isla imposible que fueran, ya había enviado mi amigo el rey para que avisen de que Orlok era un traidor. Seguramente irían más para el sur.

Pero no estaba apresurado y de verdad que mi mente estaba en calma, no podía permitirme la venganza, eso me hubiera obnubilado la mente. ¿Entonces qué hice?, agucé los oídos: nada.

Seguimos avanzando. De tanto en tanto el bagueón gruñía.

-Basta, Koreón, solamente si escuchas algo. No gruñas porque sí. -El bagueón se daba vuelta y me miraba a los ojos-. ¡Qué!, presta atención al frente. -Gruñía y seguía avanzando, olfateaba al venado-. No, no, has comido bien. No. Si más adelante tienes hambre cazaremos algo.

 

De repente mi Koreón se paró, olfateó. Agucé mis oídos. Sí, hacia el oeste se escuchaban voces.

-Koreón, vamos a dejar a la mulena atada con el venado encima. Sígueme. -Al fin y al cabo el bagueón era un felino, seguramente hacía más ruido yo, por más que me desplace sutilmente, que el enorme felino.

 

Avanzamos. Entre los árboles vimos como unos cuarenta hombres, algunos cargaban maderos, otros bebían, eran muchos. Aunque los atacáramos con mi Koreón no hubiéramos podido contra todos. Entiendo que el Koreón en segundos hubiera dado cuenta de varios, pero los que estaban más alejados le hubieran disparado flechas hasta herirlo mortalmente. No tenía sentido arriesgar.

No esperé la noche. Algunos tranquilos se alejaban en el bosque a hacer sus necesidades, yo estaba por arriba de los árboles, caía sobre ellos y con mi puñal los degollaba, fui matando varios. Pensaréis "¿Por qué no les dio oportunidad de luchar?" porque hubieran gritado y en instantes hubieran estado todos alerta. ¿Acaso no estaba haciendo lo mismo que decía Núria de matarlos indefensos? No, yo no lo sentía así, yo no lo sentía así. ¿A quién le tenía que rendir cuentas, a aquel que está más allá de las estrellas?, se las rendiré. Pero estaba decidido.

Algunos cayeron bajo la garra del Koreón, que no emitió ni un solo gruñido. Yo le había enseñado al Koreón a no mostrarse, a atacar de sorpresa, porque aunque estuviera a dos o tres líneas el hombre hubiera gritado. El Koreón era inmenso para esconderse detrás de un árbol, pero es como que tenía ese poder de camuflarse, de estar agazapado y de repente con un solo zarpazo mataba a cualquier humano.

 

No había llegado la noche y sólo quedaban cinco hombres, y lo reconocí a Orlok entre ellos.

-Déjamelos a mí -gruñó el bagueón.

-No, déjamelos a mí.

Me acerqué, me vieron:

-¡Aranet!

-Orlok. Sabes a qué vengo.

-¿Con quién vienes?

-Solo, no preciso a nadie.

-Mis hombres están en el bosque. -Se puso a gritar, a llamarlos.

-No vendrá más nadie, con mi bagueón los matamos a todos. -Lo miró espantado al bagueón-. Tranquilo, le dije que no intervenga.

Lanzó una risotada:

-Al fin al cabo somos cinco.

-Perfecto, así no tengo que medirme. -Dos me atacaron de sorpresa. O ellos creían eso: en segundos los liquidé. Quedaban tres.

-¿Y ahora?

-Envío a los otros dos. -Uno alcanzó tocarme muy levemente con su espada en mi brazo izquierdo antes de que le cercenara el cuello. Al segundo le atravesé la espada en su corazón. Quedó Orlok.

-Has tomado el castillo del rey, has tenido ese coraje.

-No quiero pelear.

-Es tu problema. Saca tu espada.

-No quiero pelear, te respeto.

-¿Y te piensas que porque no sacas tu espada no te voy a matar? Por lo menos si la sacas tienes una oportunidad. ¡Vamos! -Reactivamente sacó su espada y se lanzó contra mí. Solamente adelanté el brazo: se incrustó mi espada contra su pecho, sus ojos iban perdiendo la vida-. Eso es lo que hace la ambición, mata. -No sé si escuchó mis últimas palabras.

 

Limpié con sus ropas mi espada y la guardé.

El Koreón gruñó, mirando los cadáveres.

-No, seres humanos no, no.

Me gruñó desafiante.

-No, Koreón, seres humanos no. -En ese momento pasó un cérvido. Cogí de mi espalda una flecha, tenía mi arco y le disparé: un solo disparo y el cérvido, muerto.

-Ahí tienes para comer, yo también voy a comer algo -le dije al Koreón-. No voy a enterrar los cadáveres, hay muchas bestias pequeñas y aves carroñeras que se encargaran de ellos. -Como dije antes, le hablaba como si me entendiera. Y quizá me entendía, a su manera me entendía. Nunca le iba a dejar que comiera un ser humano, ni vivo ni muerto, no podía permitir que se acostumbrara a eso. Si bien me obedecía en todo no siempre estaba con él. Humanos, no.

 

Ya había fuego prendido, comí bastante del cérvido. A un costado del camino había dos bolsos, el botín que se habían llevado del castillo. Que me disculpe la mulena pero iremos despacio, pero va a tener que cargar más peso.

Cogí un pedazo de hierbas, me acerqué al pequeño venado. Atado y todo comió. Y volvimos al paso hacia el castillo.

 

En ningún instante, en ningún instante había perdido la calma.

El bagueón gruñía.

-Ya está, ya está, Koreón. Ya está, no hay más. Quédate tranquilo. Logramos el cometido.

 

Si preguntáis cómo me sentí, ¿más aliviado?, ¿mejor? No. No lo busqué a Orlok para vengarme, lo busqué para hacer justicia. Fueron tontos, podían estar a varios amaneceres de distancia pero se fueron quedando confiados, bebiendo, contando anécdotas estúpidas y me dio tiempo para que los alcance. Y eso que no fui apurado, fui con calma, tranquilo.

 

Miraba a la mulena y tenía paso firme. Había elegido una mulena fuerte, cargaba las dos bolsas, las alforjas y el pequeño venado. Y seguimos rumbo al castillo.

 

Gracias por escucharme.

 


 

Sesión 18/01/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

 

La batalla contra el Regente era inminente y en el castillo reinaba la tensión. Estaban todos organizados, unos para defender y otros para atacar. Pero dentro del castillo tampoco iba todo bien.

Sesión en MP3 (3.851 KB)

 

Entidad: Ligor ya se encontraba recuperado, por lo menos físicamente, pero estaba encerrado en su habitación.

Le dije a Fondalar:

-Quiero hablar unos instantes con Ligor.

-Iba a hablar yo pero lo dejo en tus manos, Aranet. -Asentí con la cabeza.

Subí de dos en dos los escalones. Entré sin golpear. Estaba en la oscuridad, corrí las cortinas y dejé entrar la claridad.

-Ligor... -Abrió los ojos, estaba recostado-. ¿Quieres bajar a tomar una copa de algún licor?

-No.

-¿Qué está pasando contigo?

-Nada.

-Ligor, ¿qué está pasando contigo?

-Qué quieres que te diga, ¿que no me siento bien, que estoy vulnerable?

-Ligor, no es la primera vez que estuviste al borde de la muerte.

Me miró a los ojos y me dijo:

-Yo sé que tú estuviste tres veces al borde de la muerte. Pero tenía todos mis órganos comprometidos, vino ese gnomo, y si no hubiera venido no estaría vivo, ni siquiera Fondalar pudo sanarme con los extractos de plantas.

Lo miré y le dije:

-Ligor, el que hubiera pasado no tiene ningún sentido, es pasado. Lo que importa es el hoy, el presente.

-Es fácil razonarlo -me respondió Ligor-, pero es como me siento, vulnerable.

-Te necesitamos, se avecina una batalla. Al fin y al cabo sabes manejar la espada tan bien como yo, y puedes lanzar descargas eléctricas. No tenemos tiempo, sino hasta podrías haber ido a buscar unos dracons, que ayudaron bastante contra Andahazi.

-Siento como una especie de pánico a la luz, por eso cerré las cortinas de paño. -Lo miré.

-¿Ni siquiera vas a bajar a la cocina a tomar una copa?

-No. Una de las ayudantes de cocina me trae la comida aquí.

-Los episodios pasan.

-No me siento seguro, Aranet, no me siento seguro. -Quise hacerle una broma pero no hubiera dado resultado.

-Tengo que organizar cosas -le respondí-. Deja la cortina abierta, pero no es mi deseo que te quedes así, inactivo.

-No es mi deseo tampoco -me respondió Ligor-, pero hay algo dentro mío que no me permite salir de esta habitación.

Lo miré y le dije:

-Nos vemos luego. -Bajé las escaleras.

 

Lo busqué a Fondalar y le conté:

-Qué hacemos, es una espada menos. -Fondalar me miró.

-Podría borrarle los últimos recuerdos.

-¡Hazlo! -le pedí.

-No, la idea es que los confronte, la idea es que los supere, porque no le estaría haciendo un bien.

-Fondalar, lo necesitamos. Es uno más y es bueno, es un buen guerrero.

-Aranet, le puedo borrar los recuerdos desde antes de que esa joven lo apuñalara varias veces a traición, pero él lo tiene que confrontar, aunque nos quedemos sin una espada.

 

Los vigías dieron la alarma.

-Fondalar, ya tendríamos que estar yo con los bárbaros. Tú o aquí o con los elfos.

 

Pero no eran las tropas del regente, eran dos personas, una mujer y un elfo.

Abrieron el portón pequeño, desmontaron. La joven saludó. Melisa, la hermana de Randora. Comentó que Randora estuvo a punto de matarla y que la salvó el elfo blanco que la acompañaba, se llamaba Fayden.

 

En ese momento se acercó Elefa. Lo miró a Fayden, Fayden le devolvió la mirada.

-Sé quién eres -dijo Elefa. -Elfo blanco sonrió.

-Sé quién eres tú también.

Pregunté:

-¿Se conocen?

-No -dijo el elfo. Me estrechó la mano, Fayden, una mano fuerte y potente como la mía.

-Aranet, ¿no se conocen?

-No, pero con sólo verla sé quién es: Elefa. Nunca vencida con la espada. La miré a Elefa.

-¿Y tú cómo sabes quién es?

-Porque hay muy pocos elfos blancos. Y veo su cuerpo, sus manos, cómo aparta su espada. Es Fayden, jamás vencido con una espada.

-¡Vaya! -exclamé. Lo miré a Fayden-. ¿Cómo es que están aquí?

Habló Melisa:

-Había conseguido un trabajo de maestra en el poblado Insua, pero escuché rumores de que iban a atacar el castillo del rey Anán. El mismo Fayden me dijo: "Podemos dar una mano".

Sonreí y dije:

-Bienvenidos sean. ¿Qué tal manejas la espada, Melisa?

-He aprendido bastante, he aprendido mucho. Obviamente no estoy a la altura de Elefa o de Fayden, lo que le vi hacer a Fayden con su espada es algo que contaré luego de comer algo, pero me ha sorprendido lo bueno que es. Imaginaros lo mejor y es más todavía.

-¡Vaya! Me alegro, va a ser útil contra las tropas del regente.

-Con gusto -dijo Fayden.

 

Por la tarde dio la voz de alerta el vigía, ahora sí se acercaban las tropas. Llegaba la hora de la batalla. Subimos con Fondalar a la torre.

Me dijo:

-No son, no son las tropas del regente, pero son muchos. -Al lado nuestro subieron Figaret y Edmundo.

-¡Son los blancos! -Lo miré a Edmundo.

-Los blancos, los que os ayudaron con los lomantes. Querían despojarlos a los lomantes de sus tierras y los ayudaron, son buena gente entonces.

-Sí, pero su jefe, Undret, tiene muy mal genio, no sé cómo lo convencieron de venir.

Habló Figaret:

-Lo envía Bardol.

-¿Quién es Bardol?

-Alguien que a veces, en los bares, cuando toco la mandolina él toca una pandera o a veces una flauta para divertir a la gente, y nos ganamos una buena propina. -Sonreí.

-Mira que tienes maña, Figaret. Y Bardol, ¿qué tal es?

-Bardol... qué puedo decir de Bardol, es un personaje secundario.

-Qué raro -le dije-, que Undret, el jefe de los blancos, teniendo ese mal genio le haya hecho caso.

-Por mí -dijo Figaret-, porque sabe que si lo llamo es algo importante.

 

Abrieron el portón grande y pasó la tropa. Nos saludamos con Undret, era casi tan alto como yo. Lo miró a Fayden.

-Serías de los nuestros si no fuera por tus orejas.

-Si es un elogio te lo agradezco -dijo Fayden.

-Vi a los costados, donde estaban las rocas, unos bárbaros agazapados.

-Qué raro, siempre están bien camuflados.

-Y también en el bosque vi unos elfos.

Elefa dijo:

-Los dejaron pasar porque habrán percibido de que no tenían nada que ver con el regente.

-No es solamente por eso. Íbamos al paso, al paso rápido con los hoyumans, las armas enfundadas. Es sumar uno más uno, dos. Se dieron cuenta que veníamos en apoyo. ¿Sois bastantes soldados?

-Bastantes.

-¿A los bárbaros quién los manda?

-Yo -exclamé-. Y Elefa -la señalé-, ella es la que manda a los elfos. -Undret la miró a Elefa.

-Sé quién eres, eres muy conocida más al norte, una excelente espada. -Y lo miró a Fayden-. Creo haber oído de ti, el defensor de las aldeas. Bien. ¿Somos suficientes?

-Aún no. ¿Cuántos hombres has traído?

-Casi quinientos.

-Quinientos blancos. Todavía la tropa del regente nos supera en número. -Undret me miró.

-En número puede ser, pero yo conozco a los míos.

-Y yo a mis bárbaros -repliqué.

-Y yo a mis elfos -dijo Elefa.

-¿Los soldados a quién responden?

-A mí. -En ese momento se acercó el rey Anán, estrechó la mano de Undret, saludó a Fayden y se abrazó con Melisa-. Me alegra que estés bien -le dijo a Melisa.

Melisa le dijo a Anán:

-Mi rey... ¿Cómo estás tú?

-¡Ah! Quisiera estar mejor. -Todos nos asombramos con esa frase.

Fondalar preguntó:

-¿Qué pasó?

-El bebé aún es bebé.

-No va a correr riesgos -dijo Fondalar-, el castillo está bien protegido.

-No, no me refiero a eso.

-¿A qué te refieres?

-Marya, está embarazada de nuevo.

-¿Y está bien?

-No, está con muchos dolores.

-¿Qué vas a hacer?

-Ya le avisé a Núria y a Émeris, que la vean.

 

En ese momento apareció Olafo.

Undret dijo:

-Un gnomo. ¿Qué hace aquí?

-Soy un alquimista. Yo le salvé la vida a un guerrero, uno que se llama Ligor. -Undret frunció el ceño.

-¿Está Ligor?

-¿Lo conoces? -pregunté.

-Sí, es uno que monta dracons, conocido en varias comarcas.

Fayden dijo:

-No tuve el gusto de conocerlo, espero conocerlo ahora.

Hablé:

-Fue herido a traición y está en reposo, por ahora dejemos que descanse. Tenemos un par de cabras que hemos matado, así que si no tenéis problemas en compartir comida con la tropa de soldados... Así tus blancos pueden comer.

-Mientras haya bebida -dijo Undret-, no hay problema.

-De todos modos estaremos atentos. En cada torre hay dos vigías, por si uno se distrae. Y tenemos ocho torres, tenemos todo cubierto.

Undret dijo:

-Está bien lo que han ideado de dejar camuflados elfos en el bosque y del otro lado los bárbaros en las rocas, quizá los pudimos ver porque al ver que éramos pacíficos y que marchábamos a paso lento no tuvieron necesidad de esconderse bien. Vayan a comer. -Asintieron con la cabeza

 

Anán se iba para su cuarto.

-¡Ven, ven, ven, ven!

-¿Qué pasa, Aranet?

-Déjate de tonterías, ¿qué pasó?

-Perdió un poco de... perdió un poco de sangre, tengo miedo de que pierda la criatura, tengo miedo de que le pase algo a ella.

Lo tomé de los hombros.

-Mira, yo sé que aquí eres el rey, pero somos amigos de mucho tiempo, desde Krakoa, desde antes de que fueras rey, desde que eras Gualterio. Ocúpate de Marya. Habla con Émeris, habla con Núria. Si mi esposa también te puede ser útil, bienvenida sea. Nosotros nos ocuparemos de los soldados, nosotros nos ocuparemos de los rebeldes. No puedes tener la mente en dos lados, nadie podría. Ocúpate de lo importante.

Mi amigo, el rey, me miró y me dijo:

-Aranet, todo es importante, va a haber muertes a centenares. Y me siento agradecido por Figaret, que ha mandado a Bardol a traer a Undret y los blancos, a Elefa, a ti mismo con tus bárbaros. Estoy agradecido a todos. Me siento como frenado, no sé para donde ir, qué hacer.

Lo sacudí por los hombros y le dije:

-Ocúpate de tu esposa. ¡Olafo! -El gnomo se acercó-. Con cautela y con sutileza pregúntales a las damas arriba si tú puedes ser útil en algo.

-¿Qué pasó?

-La reina está embarazada y tuvo una pequeña pérdida. ¿Entre tus frascos tienes algo para eso?

-Tengo que fijarme.

-Hazlo pronto, por favor. Por la tarde te daré un pequeño barril de jugo de parra, pero ocúpate primero de eso. Ve arriba Gualterio, ve arriba. ¿Dónde está tu hijo?

-Creo que se había ido con los bárbaros.

-Está bien. Mira, voy a organizar con Fondalar cómo va a ser la cosa: Undret y los blancos quedarán adentro en el castillo con los soldados. Fondalar seguramente irá con Elefa y con Ezeven. Yo iré con los bárbaros. Figaret y Edmundo vendrán conmigo. Melisa puede ayudar también aquí en el castillo. ¿Fayden?

-Iré con vosotros. Contigo y con los bárbaros.

-Pensé que irías con los elfos.

-No, ya habrá tiempo. -Elefa lo miró-. Ya habrá tiempo de conocernos. Ahora ocupémonos de lo importante. -Mi amigo el rey marchó a los aposentos de su esposa, la dama Marya.

 

Undret y los blancos estaban comiendo y bebiendo con algunos de los soldados.

Figaret le dijo a Bardol:

-Quédate aquí, tú no sabes ni manejar una espada. Puedes ayudar en la cocina o en algún lado.

 

Ahora sí, la batalla era inminente.

 


 

Sesión 18/03/2021
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Edgar (Ador-El)

 

Estaba preocupado, la nueva regente de la fortaleza de Samia había insinuado que apoderarse del el castillo de Anán y Baglis podría ser un puro ejercicio para ella. Habría que mirar de fortificarse.

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Entidad: Hablé con Anán, le dije:

-Mira, voy a organizar mi ejército de los bárbaros, no voy a dejarte de lado. De todas maneras no estamos a tanta distancia.

Anán me dijo:

-En este momento todo está en calma, no veo peligro en Núria, como regente.

-No -respondí-, pero la noto inestable, es como que tiene fantasmas en la cabeza.

-No entiendo.

-Se hace ideas, es como que tuviera delirios de persecución. Y no es así. Pero de todas maneras quiero armar bien mi ejército de bárbaros, modificar toda la estructura de la isla Baglis. Pero me quedé con un..., me quedé con una gran duda: En este momento no tengo un segundo, un ayudante, una persona en quien delegar cuando yo no esté, porque siempre voy de un lado a otro. El que comandaba a los bárbaros cuando yo no estaba tuvo una tremenda fiebre y se fue con aquel que está más allá de las estrellas. Y el tercero es quien me traicionó, que puso en riesgo la vida vuestra. Y no quiero que pase otra vez algo así.

-¿Y qué piensas hacer?

-Ahora lo voy a conversar, estaremos nosotros cuatro. -Anán me miró.

-¿Quiénes serían nosotros cuatro? -Miré para la puerta del salón, se acercaban Aksel y Dexel.

-Sentaos -dije.

Lo miraron al rey y asintió con la cabeza, agregando:

-Aranet es como un hermano, si él dice que tomen asiento no hace falta que busquen mi aprobación.

-¿Cuál es tu idea de futuro, Aksel? -El guerrero me miró y me dijo:

-En este momento ninguna. Tengo una cuenta pendiente con un jefe de un clan del norte, pero viajar al norte a quitar una vida creo que es más la molestia del viaje que el desquitarme de algo que pasó hace años.

Lo miré a Dexel.

-¿Y tú?

-¡Je! Bueno, yo tuve algo parecido, es como que están en deuda conmigo en mi clan. Pero pienso como Aksel, es más la molestia del viaje que el apetito de venganza.

-Habéis madurado -exclamé.

-No no no -dijo Aksel-, es sentido común, estamos cómodos aquí. Por lo menos de mi parte, no tengo idea de seguir recorriendo mundo. ¿Pero a qué viene todo esto, Aranet?

-A ver, me quedé pensando en las palabras casi ofensivas de Núria cuando se le propuso, que si hipotéticamente reinos intentaran invadir su fortaleza, lo que veo imposible, ofrecimos ayudarla y es como que tomé su respuesta como una especie de desdén, de burla, diciendo: "Al regente Sigmur no pudieron vencerlo cuando estaban los blancos, cuando estaban los elfos".

-¿Y cuál es tu idea, Aranet? -preguntó Aksel.

-Hay una zona, cuando se forma el puente de Krakoa al continente, y hay un poblado con gente que no tiene empleo y que se han criado algunos huérfanos, otros con padres que los maltrataban, y es mi idea ofrecerles formar parte de mi ejército de bárbaros. ¿Por qué ese gesto Aksel?

-Mira, la gente no viene gratis. Es bien sabido lo de Núria, de que tiene corredores secretos, sótanos ocultos donde tiene infinidad de metales escondidos, metales dorados, plateados, cobreados. Puede mantener ejército, feria feudal. Pero tú, ¿qué tienes?

-Os comento, pero que quede entre nosotros.

-Te escuchamos -dijo Aksel.

-Los muertos, muertos están. Di orden de enterrarlos, eran enemigos, cumplían órdenes, eran seres humanos. Permití que las botas, la ropa de cuero, los metales que tenían, hasta los hoyumans que no fueron muertos se los llevaran como botín de batalla. Pero claro, yo sigo siendo el jefe, me tiene que rendir cuentas y muchos de los soldados tenían, de los cadáveres, tenía muchos más metales dorados de los que pensábamos. Y llegué a una conclusión: el regente Sigmur estaba tan metido con el tema de la batalla que no percibió que muchos de sus hombres hurgaban en los alrededores y algún que otro botín encontraron y se arriesgaron a llevarlo en sus alforjas dando por descontado el triunfo, y muchos no pensaban volver con el regente.

-Me dejas asombrado -dijo Aksel.

-Es más -agregué-, cien de esos soldados, que murieron prácticamente dentro de un mismo grupo, lo cual me pareció extraño que estuvieran todos juntos, todos ellos portaban alforjas con muchísimos metales, metales que en este momento están en mi poder. Obviamente no tengo ni la centésima parte de lo que tiene Núria, pero mis bárbaros no son tan exigentes, basta que tengan para comer y beber y les permitiré traer mujeres siempre y cuando respeten las reglas, no quiero que la isla se transforma en un bacanal y no quiero que las mujeres que traigan sean estas posaderas que se venden por dos metales cobreados, sino mujeres que tengan afán de aventura y les interese estar en un lugar sin estar vagando de un lugar a otro con el riesgo de que las asalten, las ultrajen y las maten.

-La idea es buena -preguntó Aksel-, ¿pero qué hacemos nosotros aquí, ahora?, ¿por qué nos has citado?

-Me gustaría que fueras mi segundo, y tú, Dexel, mi tercero. -Ambos se quedaron mirando como paralizados.

Dexel me dijo:

-¿Me estás ofreciendo que cuando tú no estés yo quede a cargo de los bárbaros?

-Exactamente. Y si un día vienes conmigo a explorar queda Dexel a cargo. En vosotros confío en un cien por cien. No quiero que pase lo que pasó cuando yo no estaba y raptaron al rey y a su esposa y a la criatura y se llevaron infinidad de metales. Necesito gente de confianza que dirija, porque no voy a estar en todo momento y necesito constructores y necesito herreros y necesito carpinteros y necesito albañiles. Voy a modificar la estructura, prácticamente quiero de ese pequeño castillo hacer una fortaleza. La isla es buena porque tiene infinidad de montañas dentro de lo pequeña que es, y se puede armar una fortaleza muchísimo más grande. Y en las orillas pondremos catapultas cada cien líneas.

Aksel dijo:

-Pero hará falta muchísima madera.

-Sí. Y obviamente no la sacaremos de la isla, hay un bosque espeso de un lado del lago y talaremos varios árboles y obviamente se precisará más de un carpintero.

-¿Hablamos de veinte?

-No, Aksel, hablamos de por lo menos cincuenta carpinteros. Y esas catapultas nos serán útiles por si quieren invadir Baglis. Todo barco que no reconozcamos será hundido con las piedras ardientes untadas en aceite y prendidas fuego con antorcha. Os enseñaré varios trucos de defensa, ataque, de cómo escondernos. En ésta última batalla con Sigmur los bárbaros han luchado bien, sin embargo fueron sorprendidos, hubo mucha falta de entrenamiento, y eso no quiero, quiero que el entrenamiento sea a diario. No me miréis con cara rara, no tengo ningún delirio de persecución, no tengo en mente que alguien nos vaya a invadir, el hecho de estar siempre preparados no deja de ser bueno para la salud. Tendréis permiso para beber, para tener mujeres. Pero en eso coincido con Núria: todo con equilibrio, no quiero que ninguno de mis bárbaros amanezca bebido. Se comerá, se beberá y se estará con una mujer, todo con equilibrio, todo en su justa medida. Porque no es justo tener mil bárbaros en una isla mirándose los rostros, por eso la idea de agrandar el lugar cuatro veces el tamaño que tiene ahora, hacer viviendas, hacer un patio de armas bien bien grande. Y prácticamente el castillito pequeño que había va a desaparecer; cavaremos, habrá sótanos, habrá cuevas, habrá escondites y tendremos varios barcos amarrados, diez veces la proporción de los que hay ahora. Me queda preguntar si aceptan.

Aksel me miró.

-Para mí es un honor servir a tu mando, ser tu segundo.

Lo miré a Dexel, directamente dijo:

-Sí, sí, por supuesto, lo respeto a Aksel, es inteligente, tiene sentido común y es muy buen guerrero. No habría celos de mi parte, lo juro por lo más sagrado, que es aquel que está más allá de las estrellas. Sé que Aksel es mejor que yo combatiendo y está bien que sea tu segundo y yo que quede tercero al mando.

-Bien, estrechémonos la mano entonces, esto vale más que cualquier juramento para mí. -Nos estrechamos fuertemente la mano con Aksel y con Dexel-. A partir de ahora sois mis ayudantes.

Lo miré a Anán-. ¿Qué dices?

-¡Je, je! Me sorprendes, me sorprendes, la verdad. ¿Y qué va a pasar con los dos coreones?, ¿con el Coreón y su cachorro?

-Están acostumbrados a olfatear a los bárbaros, no al extremo de dejarse tocar pero van a tener alimento. En un costado de la isla criaremos cabras, vacunos. De la misma manera que los soldados en tu palacio comen bien, mis bárbaros también comerán bien. Y los dos coreones también comerán bien y estarán en un lugar, tranquilos, una parte de la isla desierta, pero tendrán una especie de refugio de madera bien bien fuerte donde podrán guarecerse en noches de frío o de lluvia.

Aksel me preguntó:

-¿Qué paso con la madre del cachorro?

-Murió, murió de una infección. El cachorro es inteligente, su padre tiene humor cambiante, menos conmigo, obviamente, y sabe agachar la cabeza cuando mi bagueón está impaciente.

Anán dijo:

-Nos has dado la sorpresa de que no sólo le enseñaste a montar el pequeño bagueón a tu esposa sino que no sé cómo has logrado que le pierda el miedo, y aparte ha cambiado su vestimenta.

-Eso se llama practicidad. Ya no tenía sentido de que Mina estuviera con esas botas femeninas tan incómodas, ahora tiene un tipo de borceguíes fuertes, firmes, de taco bajo, puede escalar pequeñas montañas. También le armé unos guantes para que no se estropee las manos en las rocas. Mina también ha madurado y se le ha ido ese trauma que tenía tiempo atrás. Ya no va a estar más sola, si un día salgo a explorar, o bien viene conmigo o bien queda con Aksel o con Dexel. Y cada cien líneas va a haber una catapulta, no va haber ninguna embarcación que pueda invadir la isla, zozobrarán en medio del lago. Prepararemos arqueros, mis bárbaros son muy buenos con la espada y con el hacha de doble filo, pero necesitan también practicar con arco. Tú mismo, Aksel, ¿cómo estás con el arco?

-Bastante bien.

-Bastante bien no sirve -le dije-, vamos a practicar, y vamos a practicar más con la espada.

-Soy bueno.

-Sí, pero lo serás más todavía. -Lo miré a Anán-. Esto es un proyecto que se irá haciendo de a poco pero no te dejaremos abandonado. Yo estoy. Nos conocimos de jóvenes y entiendo que estaremos hasta el último día de nuestras vidas. Yo sigo siendo el mismo, sigo siendo el que puedo comportarme en el salón de un reino o juguetear con un guilmo, y como me conocen ninguno me va a perder el respeto por eso, y aquel que no me conozca y diga: "Mirad este tipo, es el jefe de los bárbaros y se revuelca a jugar con un guilmo", espero que no cometa la imprudencia de querer sobrarme.

Anán me preguntó:

-Traduce sobrarme.

-Claro, que intente burlarse de mí en mi cara. Lo pondré en su lugar de una manera un poco dolorosa. ¿Estáis bien? -Aksel y Dexel me miraban.

-Estamos rebosantes de alegría, es un honor estar contigo, el gran guerrero.

-Bien, bien. Mañana partiremos para la isla Baglis.

 

-Hablé con tu hijo -le dije a Anán-, vendrá con nosotros.

-¿Te llevarás a Gualterio?

-No, se quedará dos o tres amaneceres, él extraña los entrenamientos que tenía conmigo. Ahora entrena con Rebel, están mucho más fuertes ambos que antes y entendieron la lección de que ganar un torneíto a primera sangre no gana una batalla. Ambos tienen espadas más pesadas, y si te fijas, la contextura de los dos es más fuerte.

-Disculpa mi atrevimiento, Aranet -dijo Aksel-, pero entre nosotros, aquí en confianza, sabemos que Rebel no perdió con Geralt, también sabemos que tú eres mejor que Geralt, pero creo que Rebel está a la par tuya.

-Bienvenido sea. Gualterio no dejará a su padre. Rebel es independiente, pero se hizo muy amigo del príncipe, espero que elija quedarse.

Lo miré a Anán.

-Los dos jóvenes te vendrán bien, tu hijo y Rebel te vendrán bien.

 

Dexel me dijo:

-La vi a Elefa muy entusiasmada, sonriendo, hablando con el elfo blando. Me da la impresión de que se conocían.

Lo miré y le dije:

-Sí, se conocen. Elefa contó que el elfo es lo mejor que ha visto con la espada, ha vencido a rivales que era imposible vencer. Pero no creo que se quede. Ha ayudado mucho en batalla, lo he visto combatir y maneja la espada de una manera tan extrema.

-Es bueno como tú -exclamó Aksel.

-No lo sé, quizá sea mejor que yo.

Aksel se asombró.

-¿Alguien mejor que tú, Aranet? No lo creo.

-Tienes que entender -dije-, que somos seres humanos, siempre hay alguien mejor. Pongámonos manos a la obra, hoy descansemos, comamos algo y por la tarde les diré a los bárbaros que vosotros seréis mi segundo y mi tercero.

Aksel preguntó:

-¿Cómo lo tomarán, lo aceptarán?

Aranet me miró con unos ojos inescrutables y me dijo:

-No se trata de que acepten o no acepten, es lo que yo digo y punto. Yo soy el que manda, yo soy el que decide, yo soy el que elige. Y cuando yo no esté la carga quedará en ustedes. Aksel, ¿tienes el carácter de imponerte cuando haya algún problema?

-Absolutamente.

-¿Dexel?

-Lo mismo. Absolutamente.

-Entonces no hay problema. Anán, voy a la cocina a que traigan algo de comer.