Índice

Psicoauditación - Jorge Clayton

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

Página anterior

Sesión del 24/03/2026 Gaela, Jorge Clayton

Sesión del 01/04/2026 Gaela, Jorge Clayton

Sesión del 02/04/2026 Gaela, Jorge Clayton


Sesión 24/03/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Rol de Jorge Clayton, Duque de Wynot

Coincidió con un amigo y la conversación fue hacia cómo es cada uno, si depende de la riqueza y de la situación. Jorge habló de cómo veía la vida después que heredara de su abuelo una gran fortuna.

Sesión en MP3 (3.403 KB)

 

 

Entidad: Una tarde nos cruzamos con Luís Alberto Démez, me dijo:

-Vamos a tomar algo, Jorge, pero no al Náutico, quiero comentarte algunas cosas. -Acepté.

Le digo:

-Vamos al norte de Capital hay un bar que se llama La Perla, pero que no frecuentas nuestros conocidos, y es tranquilo.

 

Nos sentamos, pedimos una bebida caliente.

Y me comentó:

-Hay algo que me sorprende, hay gente que te conoce de hace años, por ejemplo yo, pero cuando te ven con ese traje ajustado, esa corbata, los zapatos brillantes es como que te miran con... con respeto. -Sonreí.

Y le respondí:

-¡Je! ¿Por qué?, hablo igual con todos. Con Constantino e incluso con el guardia de seguridad o con Ernesto, el barman. No..., no trato de distinta manera a la persona por lo que tenga o por lo que sea o por lo que crea ser, ¡je, je!

-Lo entiendo, pero es como que irradias algo y más cuando se te ve serio.

-Sí... Pero Luís, cuando estoy serio no es porque esté enojado, estoy preocupado por algo, algo que pasó en la empresa o de repente inauguré un pabellón, paré un hospital y no se termina a tiempo, trato de apurar al constructor. Bueno, ese tipo de cosas.

-¿Siempre fue así?

-¡Je, je! No, no Luís Alberto no, no. Mira, ya llega 1975.

-Correcto.

-Te voy a comentar algo que pasó hace nueve años atrás, nueve años atrás, en 1965, yo tenía diecinueve años. Mi padre, una persona bondadosa, pero era ¡uf!, cómo decirlo, desconfiaba de mi juventud. El abuelo nos había dejado la misma cantidad de dinero a los dos y él se quejaba con mi madre:

            -¿Te parece? Apenas el muchacho termina la facultad y ya... ya quiere montar empresas, hacer cosas. Yo te digo que en cinco años se gasta todo el dinero.

            Me acerqué y le dije a mi padre:

            -Yo te puedo asegurar que en cinco años tengo un 30% más de dinero que tú, sé invertirlo.

Démez me preguntó:

-¿Pero cómo a los diecinueve terminaste la facultad?

-Estuve en una facultad privada y mi padre era amigo del decano.

-O sea, que fuiste acomodado.

-Para nada, para nada, Luís Alberto. Le probé que estudiando a fondo podía dar dos años en uno. Y así fue. Es más, a mis diecisiete, en el 63, viajé a oriente a practicar artes marciales.

-¿Y cómo te fue?

-¡Uf! Mira, no tenía tiempo para nada. Los jóvenes y algunos mayores iban tres horas al día, yo iba de mañana y a la tarde casi noche. Prácticamente estaba en el Dōjō, lo que allí llaman gimnasio, un promedio de ocho horas por día, al punto tal que en menos de un año logré el cinturón negro. Pero es más, mi profesor era una persona grande, sabía muchísimo, pero estaba ansioso por conocer Plena. Por supuesto le pagué el viaje, lo quise instalar en un hotel de lujo.

            Me dijo:

            -No, no, no.

            -Entonces permíteme comprarte un apartamento modesto.

            -No, no me gusta departamento.

            -Entonces hagamos una cosa, compro un local, planta baja, planta alta; en la planta baja armamos un Dōjō, ponemos un cartel y yo distribuyo la noticia en toda Ciudad del Plata y el primer piso será tu vivienda privada.

            Y aceptó. Murió cuatro años después, Jigoro se llamaba. En ese lapso, en cuatro años llegué a 5º Dan.

-¿Tan joven?

-Sí, tan joven. Pero estaba viviendo prácticamente en el gimnasio. Monté una pequeña empresa, contraté a los mejores colaboradores economistas, economistas que sabían de economía internacional, economistas que podían predecir el costo de la moneda... En fin no voy a dar detalles. Pero me vestía con una remera con un pequeño cuello, manga corta, pantalones de jean y deportivas, las zapatillas para tenis. Y obviamente, apenas peinado, aparentaba, no humilde sino que era de clase pobre.

-¿Y no te incomodaba que te vean como pobre?

-Daría vergüenza de mi propia persona si me incomodara eso. La plata es un medio, a mí me fue útil para ayudar a muchísima gente, pero a mis diecinueve, en el 65, no me interesaba aparentar nada.

            El problema era en casa:

            -Vienes hecho una piltrafa del gimnasio.

            -¿Piltrafa por qué?, el gimnasio tiene duchas, llevo un cambio de ropa.

            -Sí, pero siempre la misma ropa.

            -Me incomoda estar de traje todo el santo día.

Y así era con mi padre. Y un día voy al bar deportivo, al de tenis La Raqueta. Había mesas afuera y al lado mío había una mesa con ocho o diez chicos.

            Y se me acercó uno:

            -¿Es la primera vez que vienes?

            -Sí.

            -¿Quieres sentarte con nosotros? -Me encogí de hombros.

            -No, no quiero incomodar, no conozco a nadie.

            -Permiso... -Se sentó al lado mío y me extendió la mano-. Un gusto. Me llamo Pocho Olazábal. -Luís Alberto me dijo: -¿Estamos hablando de Pocho el hijo de Constantino? -Sí. -¿Lo conociste en el 65, hace nueve años? -Sí, ¡je, je!

            Y me invitó a su mesa y nos pusimos a conversar. Se acercó una chica rubia muy muy bonita, se presentó como Alejandra Sarratea, modales muy delicados, muchos impostados. Y me di cuenta que la mayoría impostaba, menos dos jóvenes, uno Roberto Echagüe burlón, mujeriego, no se vestía de manera delicada como hijos de millonarios, se vestía parecido a mí, cómodo. Y había otro que estaba siempre con el ceño fruncido bastante musculoso, de ese no me voy a olvidar, Eduardo Echeguren.

-¿Por qué?

-¡Ah, je, je! Te cuento Luís Alberto. Eduardo Echeguren era campeón de Plena de artes marciales mixtas, conocido más que nada porque su padre tenía un montón de empresas. Decían que tenía muchísimo dinero, al igual que Alejandra.

-¿La Sarratea?

-Esa.

            Alejandra me acaparó. Me decía:

            -¿Cómo te llamas?

            -Jorge.

            -¿Apellido?

            -¡Ah! Es lo de menos.

            -¿Eres de los nuestros?

            -No entiendo.

            -O sea, ¿tú familia es de dinero? -Me encogí de hombros.

            -No.

            -¿De qué trabajas?

            -En una empresa.

            -¡Ah, bien! O sea, ganas bien.

            -Sí, gano mil doscientos al mes.

            -¡Je, je! Es un chiste.

            -No, no.

            -¿Qué haces?

            -Bueno llevo papeles de una empresa a la otra, formularios.

            -¡Ah! Eres un cadete.

            -Sí, supongo que sí -le respondí.

            -Pero cadetes a los quince, dieciséis... ¿Qué edad tienes?

            -Diecinueve.

            -Mira, tienes un año más que yo, cuando salgo con mi familia gastamos mil prácticamente en una cena.

            -Vaya -le respondí-, evidentemente tienen dinero.

            -No es para impresionarte, pero la empresa de mi padre maneja más de cincuenta millones. -Me hice el asombrado.

            Habló Eduardo, el de las artes marciales:

            -¡Ja, ja, cincuenta millones, mi padre tiene casi el doble! -Y empezaron a debatir a ver quien tenía más dinero.

            Había una chica callada, morena, Michelle Dupré. Le pregunte:

            -¿Y tú?

            -Sí, mi padre también tiene empresas, pero no, no me interesa, no, no soy de jactarme, el día de mañana me gustaría encontrar un chico. No importa su posición social, pero que sea bueno. -Y pensé, 'ojalá todas las millonarias pensaran como Michelle Dupré'. Me cayó muy muy bien.

            Roberto Echagüe, el burlón, se reía de todo. Dijo:

            -Para mí la plata es un medio, no visto bien porque no quiero, pero tranquilamente puedo comprar cien cafeterías como esta, como este bar deportivo. -Y pensé, 'otro arrogante más, burlón, mujeriego y arrogante.

            Pero Alejandra Sarratea me seguía acaparando:

            -Es una pena que seas pobre.

            -No entiendo, ¿por qué?

            -Porque me gustas mucho. -Y claro, Eduardo Echeguren pegaba el oído y se metió en la conversación:

            -¿Cómo te puede gustar este rotoso?

            -Es cuestión de gustos. -yo ni abrí la boca.

            Nos despedimos y Pocho Olazábal me dijo:

            -¿Nos vemos el fin de semana en el Náutico de costa norte?

           

Luís Alberto Démez me dijo:

-¿Estamos hablando del Náutico del cual eres dueño?

-Sí, pero en aquel entonces ni siquiera conocía el Hípico ¡je, je, je! son épocas.

 

            Y a la semana siguiente nos juntamos en el Náutico. Y claro Eduardo Echeguren se enojó con Pocho, Pocho al igual que hoy, en ese momento tenía diecisiete años y cero carácter:

            -¿Cómo trajiste de vuelta a este rotoso, qué quieres arruinar el Náutico?

            Y bueno cometí el error de hablar y defenderlo:

            -Él lo hace de buena fe, no tienes porqué retarlo.

            Se paró, yo sentado, me dio una cachetada fuertísima, una enorme bofetada que me tiró para atrás y caí con silla y todo golpeándome la cabeza.             Me levanté enojadísimo y me dijo:

            -¿Quieres que sigamos a fuera? No tengo problemas en romperte la crisma. -Lo frenó Alejandra Sarratea:

            -No te abuses, es un pobre muchacho y tú eres campeón de artes marciales mixtas. -Se me pasó el enojo y sonreí:

            -¿Quieres darte el gusto?

            -Por supuesto. ¿Quieres que salgamos ahora?

            -No no no, me contó Pocho que semana por medio hay un tatami para artes marciales mixtas, no tengo problemas en enfrentarme contigo.

            Roberto Echagüe el burlón dijo:

            -Sí, sí, sí, yo hablo con todos los amigos y te aseguro que van a venir como diez mil personas.

            -¡Ja, ja, ja! -Echeguren dijo-: Para qué, ¿van a pagar una entrada para un combate que va a durar veinte segundos? -Lo miré y le dije:

            -Quizás apuesto a que dura treinta segundos.

            -Bueno, te tienes fe, no creo que llegues a los veinte segundos.

 

            Salí a tomar aire al muelle, me acompañó Alejandra. Me cogió de la nuca y me dio un beso larguísimo:

            -Me gustas muchísimo, hasta estoy segura que podría sentir algo por ti. Es una pena.

            -¿Qué cosa es una pena? -le pregunté.

            -Que seas pobre.

            -No entiendo, ¿cuál sería el problema?

            -Es que no entiendes, Jorge, ¿qué diría mi familia que lleve a un pobretón a casa? Mi familia maneja más de cincuenta millones.

            -¿Y eso te parece mucho?

            -Sí.

            -Supongamos que yo te dijera que en realidad no soy pobre, que tengo una empresa de diez mil millones. -Hizo un gesto como de burla y de decepción.

            -Apenas ganas mil doscientos al mes. Si tuvieras ese dinero serías no el más rico de Plena, el más rico del sur del continente, pero no te vestirías así.

            -Yo me siento cómodo. Es una pena. O sea, ¿tu avidez por el dinero le gana a lo que sientes?

            -Soy práctica.

            -Yo no sé si saldría con alguien como tú.

            -¿Por qué, no te gusto?

            -Muchísimo. Y de verdad, yo nunca voy a mentir nunca, pero no, no saldría.

            -Por qué, ¿te daría un falso orgullo estar conmigo?

            -No, te tendría compasión. -Me quiso dar un bofetón y lo frené.

            -¿Compasión un rotoso como tú? -Y se dio media vuelta, se marchó hacia dentro y me quedé solo en el muelle.

 

 Luís Alberto Démez me dijo:

-¿Y qué pasó?

-Después te contaré, ahora quiero tomar algo antes de que se enfríe.

-Señor -le dijo al camarero-, tráigame dos croissants.

 

Y pedimos dos croissants para cada uno.

 


Sesión 01/04/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Rol de Jorge Clayton, Duque de Wynot

Se encontró con un amigo con el cual ya habían hablado de tiempos atrás, que conoció una fémina que hubiera estado por él si hubiera tenido fortuna, otro que le retó a un combate en artes marciales.

 

Sesión en MP3 (2.504 KB)

 

 

Sesión de Jorge, un servidor. Para repasar el rol en Gaela de Jorge Clayton. Continuación de una sesión anterior.

 

Entidad: Estaba tomando un café cortado con un poco de leche en la parte del jardín del bar deportivo La Raqueta, habíamos quedados el día anterior en encontrarnos aquí con Luís Alberto Démez. Llegó veinte minutos después y pidió lo mismo.

Una vez que el camarero le sirvió me preguntó:

-¿Por qué aquí, porqué no en el Náutico?

-¡Je, je! -Sonreí-, justamente porque tengo recuerdos.

-Cuéntame.

-Bueno, ya te había relatado lo que había pasado en el Náutico.

-Lo que no entiendo es cuando Pocho te contactó la primera vez, ¿por qué no le dijiste quién eras?

-No me preguntó, interpretó que yo era un sencillo empleado y me invito con "los suyos".

-Pero no me explicas por qué no le aclaraste.

-Quería ver, porque me ha pasado muchas veces, porqué alguna gente de dinero, adolescentes, maduros, varones y mujeres ¡eh!, no hay excepción, traten a la gente pobre como sirvientes, más que nada por eso dije que trabajaba de cadete teniendo diecinueve años.

-¿Qué pasó cuando volviste al club Náutico?, tenías el combate con esta bestia, Eduardo Echeguren, que decía que lo habías vencido de casualidad por un golpe de sorpresa en el mentón.

-Espera, ¡je, je, je! el miércoles anterior al sábado, aquí nueve años atrás me encontré con Alejandra Sarratea y me dijo:

            -Jorge no vayas.

            -¿Por qué?

            -No quiero verte lastimado, no quiero verte con la cara destruida, sabes que fue una casualidad la primera vez, ahora este muchacho, Eduardo, va a venir muy preparado.

            Me encogí de hombros:

            -Bueno, pero sería cobarde si huyera al combate.

            -Pero tendrías todos los huesos sanos.

            -¿Qué te preocupa de mí? -le dije incisivamente.

            Sonrió me tomó de la mano y me dijo:

            -Siento una ternura por tu persona.

            -¿Afecto, tal vez?

            -Quizá.

            -Ni me conoces.

            -No importa, Jorge.

            Volví a ser incisivo:

            -¿Pero no formalizarías conmigo en una relación de noviazgo?

            -No te lo tomes a mal, no es por eso, es porque qué dirían mis padres, qué dirían mis amistades.

            -Claro, te entiendo -le respondí-. Mira, una Sarratea saliendo con un rotoso.

            -No seas cruel contigo mismo -me dijo Alejandra-, no es tan así.

            -¿Ah, no? ¿Y cómo es?, explícamelo, porque no cabe en mi mente otra manera de interpretarlo. -Se encogió de hombros sonriendo tristemente.

            -¿Y por qué no hacemos una cosa, salimos informalmente a escondidas? Te aseguro que te daría todo de mí.

            -No. ¿De verdad piensas -le dije-, que por hacerme el amor con una pasión extrema darías todo de vos?

            -Y sí.

            -No, no, Alejandra, dar todo de vos es salir conmigo de la mano orgullosa. Y si alguna amiga o amigo se burla le dices "Es un tesoro oculto".

            Me miró a los ojos con una mueca y me dijo:

            -¿Pero acaso de verdad crees que eres un tesoro oculto?

            -¿Me conoces?

            -No hace falta, te veo.

            -¿Qué ves?, una fachada. ¿Cómo sabes cómo soy por dentro, cómo sabes si no escondo algo, cómo sabes si no soy multimillonario? -En ese momento se acercó el camarero y dijo:

            -Hola, Jorge, ¿no sabe si su padre vendrá hoy a la reunión?

            -No me dijo nada. -El camarero se alejó.

            Le dije a Alejandra:

            -Un segundito. -Me paré, me acerqué al camarero-. Espera, espera.

            -¿Qué pasó, señor Clayton?

            -Escúchame, Rafa, la chica no sabe quién soy, no digas nada, trátame como una persona común.

            -Señor Clayton, siempre trato a todos con respeto.

            -Está bien, pero no pronuncies mi apellido seguramente mi padre vendrá tipo veinte horas, pero no les digas a los demás empresarios que enseguida va a firmar el contrato, mi padre es muy..., cómo diríamos, muy él. Si él no saca buena tajada no firma el acuerdo.

            -Se lo diré.

            -Gracias, Rafa. -Lo palmeé y volví a la mesa.

            -¿Qué pasó? -me dijo Alejandra.

            -Hay un problema, resulta que mi padre quizá se retrase porque tenía que hacer unas reparaciones en uno de los baños en La Raqueta y le falta un par de herramientas.

            -¿Pero qué no tiene ni siquiera para comprar herramientas?

            -Sí, sí, seguramente las va a conseguir.

            -Bueno... Pero qué bien, que tu padre haya conseguido trabajo de plomero en La Raqueta, ¡vaya!, debe cobrar bastante bien.

            -Sí, seguramente. Pero bueno yo tengo mi trabajo, no le voy a pedir a él.

 

Me miró Luís Alberto Démez.

-Pero te pregunto lo mismo que te preguntaba esa chica Sarratea hace nueve años atrás, ¿cuál era la idea?

-Conocer a la gente. Fíjate, presta atención: Alejandra Sarratea era bellísima, bellísima, pero supón que me hubiera enamorado en serio y le hubiera dicho "Soy Clayton", no hubiera dudado ni una milésima de segundo de estar conmigo.

-¿Y entonces?

-¿Y el amor, Luís Alberto?

-Te hubiera amado.

-No; si me hubiera amado, hubiera amado a Jorge, al cadete, cueste lo que cueste, digan lo que digan sus padres, digan lo que digan sus amistades. No, no, no es tan así.

-¿Y qué pasó finalmente?

            -Nos fuimos. Me quiso acompañar a casa y le dije:

            -No, voy caminando.

            -¿Estás cerca?

            -No.

            -¿Dónde vives?

            -En el sur, pero no importa.

            -¿En el sur? Claro, son barrios pobres.

            -Claro, pero bueno, estoy acostumbrado. -Y se marchó en su coche.

-¿Y qué pasó?

-Bueno, llegó el día sábado, estaban casi todos reunidos ya, en el Náutico, y este burlón, Roberto Echagüe:

            -Ya que sos cadete, ¿me harías un favor?

            -Decidme.

            -¿Te irías, Jorge, hasta el quiosco, acá a una cuadra? Te doy plata, me compras un atado de cigarrillos.

            -Si no te molesta, ¿de ese dinero me podría comprar un atado para mí?

            -Sí, no hay problema, ¡je, je, je!, sí y si quieres quédate con la vuelta también.

 

Había un muchacho nuevo, René Mancilla, que enseguida le vi el rostro, era muy tímido, evidentemente tenía baja estima. Y se levantó y dice:

            -Te acompaño. -Me sorprendió. En el camino al quiosco me dijo-: En esa empresa donde eres cadete te pagan, ¿pero por qué le haces un favor de cadete a este burlón de Roberto Echagüe? -Me encogí de hombros:

            -Y bueno, ida y vuelta son dos cuadras y me gané un paquete de puchos para mí, como no tenía me viene bien.

            -Él compra la mejor marca, esos cigarrillos con caja.

            -Bueno, compro uno de esos para mí también y encima me quedo con el vuelto.

            -Te rebajas demasiado.

            -¿Te preocupa?

            -No es que me preocupa, es que me siento mal por vos.

            Sonreí y le dije:

            -¿Cómo te llamas?

            -René, René Mancilla.

            -Mira, René, viéndote pareces retímido, con baja estima.

            -Está bien, pero eso es otra cosa, quizá mi madre me haya sobreprotegido y mi padre prácticamente no me presta importancia, pero dinero tengo de sobra.

            -¿Eres millonario?

            -Mis padres sí, ahora, pero les ha costado mucho, lograron poner una empresa. Pero sí, reconozco que soy tímido.

 

            Volvimos y llegó con bombo y platillos Eduardo Echeguren, el campeón de artes marciales mixtas de Plena, no enojado, ¡eh!, sonriendo, saludando a todos, haciendo espavientos:

            -¿Cómo está la parte del fondo?

            El burlón Echagüe le dijo:

            -Ahora va a estar más bravo. -Sacaron las cuerdas, lo hicieron tipo jaula.

            -¡Ah, ja, ja!, -y me miró-. ¡Ay! Jorge, Jorge, ¡je, je!, antes podías escapar entre las cuerdas, ahora la jaula se cierra, ¡ja, ja, ja!, y no tienes por donde salir. -Me encogí de hombros.

            -Bueno, no habrá excusas entonces.

            -¡Ja, ja, ja! Ay, Jorge, Jorge, te gusta sufrir. -Me acarició el cabello, protector-. Sabes que en el fondo te aprecio, ¿piensas que te odio porque me diste un golpe de suerte?, no, te aprecio. Me gustaría, no sé, vencerte en segundos para que no sufras. -Ponía cara de lloroso y me decía-: Pero no puedo con mi genio, necesito hacerte sufrir. No te lo tomes a mal, Jorgito. -Me encogí de hombros.

            -Bueno, si veo que me duele mucho el cuerpo abandono.

            -No, no seas cobarde, déjame sacarme las ganas, ¡ja, ja, ja! Me voy a cambiar, ¡je, je, je! -Y se marchó.

            Alejandra Sarratea me tomó de la mano:

            ¿No estás cayendo?

            -¿En qué sentido? -le dije.

            -Pusieron una jaula, como hay en el viejo continente. Te va a masacrar. -Me encogí de hombros.

            -Y bueno, él quiere sacarse el gusto, quiere sacarse la rabia contenida fingiendo simpatía conmigo, pero mira como se sincera, ¡je, je!

 

-¿Y qué paso? -me preguntó Luís Alberto Démez.

-Bueno, no quise merendar, me tomé una tónica y me fui al vestuario a cambiar.

 


Sesión 02/04/2026
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Rol de Jorge Clayton, Duque de Wynot

SHabía razones para no presentarse pero tenía que cumplir, había dado su palabra. Tuvo lugar el combate. Venció. Visitó en el sanatorio al adversario, sin rencor.

 

Sesión en MP3 (3.713 KB)

 

 

Sesión de Jorge vuestro servidor repasando la tercera parte de Jorge Clayton en 1965, cuando tenía diecinueve años. El relato es con su gran amigo, Luís Alberto Démez, en el 74.

 

Entidad: Luís Alberto me miró y me imploró:

-Por favor no me dejes con la intriga, ¿qué pasó con esa bestia de Eduardo Echeguren? Y encima te encerraste en una jaula con un campeón de artes marciales mixtas

 

Rememoré:

-Te doy mi palabra que no estaba nervioso. Muy pocas veces estuve nervioso, tal vez más por temas afectivos, que por esto que simplemente lo consideraba una incidencia desagradable.

            Alejandra me seguía insistiendo:

            -No tendrías que haber venido.

            Pocho me preguntaba:

            -¿Estás bien Jorge?

            -Sí.

            -Si te llega a pasar algo voy a tener un tremendo complejo de culpa porque fui yo quien te trajo al Náutico.

            -Pocho, tú no me obligaste, ¡je, je!, vine por decisión propia.

            -Igual espero que no te lastime demasiado.

            -¡Ay, Pocho, Pocho!

            Lo miré a René Mancilla.

            -No pienso ir a ver el combate, me quedo aquí, en la cafetería.

            -No te empaques como una mula, ven. -A pesar de su timidez y su baja estima estaba enojado.

            -No sé por qué razón pero te he tomado aprecio, y no entiendo porqué eres tan servil con este burlón de Roberto Echagüe que hasta le vas a comprar los cigarrillos, no sé cómo eres tan permisivo con Alejandra que finge sentir algo pero no se anima a estar contigo con sus amistades.

 

            Vino el encargado y dijo:

            -Ya es hora.

            Ya me había cambiado en los vestuarios, me había puesto un karategui, un traje de karate con un cinto negro. Todos, Alejandra, Pocho, el burlón de Roberto, Michelle Dupré, la joven honesta y enamoradiza, y el propio René, todos sorprendidos.

            Pocho dijo:

            -¡Vaya, eres cinto negro de karate! -Me encogí de hombros.

            Roberto dejó de lado su expresión burlona y me preguntó:

            -¿Qué más ocultas? Ahora estoy dudando de Eduardo Echeguren y su castigo a tu persona. No creo que dure menos de un round.

            Le respondí:

            -No, va a durar tres rounds, hasta que el ganador vea que el otro está lo bastante lastimado como para darse cuenta de que nunca tuvo chances.

            -Bueno -dijo Roberto-, de eso estoy seguro, entiendo que algún dadivoso te regaló el karategui y el cinto, pero no creo que Eduardo Echeguren sea tan dadivoso, si te va a lastimar, te va a lastimar en veinte segundos y mal.

            -Bueno, ve a tu asiento y mira.

 

Los asientos eran en tablones que iban subiendo, por supuesto era tan grande la parte del gimnasio que los de la última fila veían bastante lejos.

 

Entré a la jaula, la gente ni un murmullo. Un minuto después viene trotando el campeón, Eduardo Echeguren. Algunos chiflaban en el sentido coloquial del silbido, pero no era un silbido de desaprobación sino una exclamación, y otros aplaudían y el capeón contento. Y luego me miraba a mí con ojos de depredador. Yo sentado en mi esquina tranquilo con media sonrisa.

            Mi preparador físico me dijo:

            -¿Estás seguro de lo que haces?

            -Sí.

            -¿Piensas que se va a dar de nuevo la casualidad de ese golpe a mentón? Si es así estás loco, viene preparado, no lo vas a coger de sorpresa.

            -Tranquilo.

 

El combate era sin guantes, solamente con vendas en las manos. Al ser sin guantes los golpes podían lastimar seriamente.

A diferencia de las artes marciales mixtas que cada round duraba cinco minutos, se programó hacerlos de tres como en el boxeo profesional, pero a diferencia del boxeo si alguien caía el otro podía seguir golpeándolo en la lona hasta que el árbitro vea que el otro esté casi inconsciente o indefenso y los separe, por eso eran tan peligrosas las artes marciales mixtas. Además, se permitían las patadas, cosa que en el boxeo no. Obviamente, no se toleraban los golpes bajos ni las trampas.

 

Sonó la campana y no salió disparado hacia mí como todos pensaban, vino lentamente levantando sus puños cubriendo su mentón.

 

Lanzó un golpe y de contra con mi izquierda le toqué el hígado: el dolor fue tan grande que cayó de rodillas. Se levanto en diez..., nueve segundos.

 

Me lanzó como diez golpes al rostro, al cuerpo. Yo no respondía, con mis puños me protegía el rostro, con mis codos me protegía las costillas.

 

Finalmente se alejó y me lanzó un puntapié al plexo solar que con mi mano derecha, con la palma lo bajé y con la misma mano y el mismo movimiento lo golpeé de revés de puño a su nariz y le comenzó a salir sangre. Luego con un puntapié lateral, prácticamente con medio talón de mi pie derecho lo golpeé en su muslo izquierdo casi cerca de la rodilla y empezó a tambalear.

 

El resto de round lanzaba golpes, algunos me llegaban. Yo seguía lanzando golpes a sus hombros, a sus antebrazos, patadas a sus muslos, no lo tocaba en el cuerpo ni en el rostro, la única en el cuerpo fue la del hígado que había caído de rodillas y terminó el primer round. Me senté tranquilamente.

 

El me miraba furioso desde su rincón y sorprendido. Con un algodón con hisopo le estaban frenando la sangre de su nariz y vi que le señalaban donde estaba su hígado, y hacía un gesto de dolor, pero me seguía mirando.

 

En el segundo round fui menos permisivo.

Lo volví a golpear pero ya con una patada lateral de mi pierna izquierda en su hígado: el gesto de dolor fue tremendo, pensé que le había fisurado una costilla. Tenía los ojos llorosos, pero del dolor.

Le di otro golpe al hombro derecho y ahora le costaba levantar la mano.

Otra vez le golpeé el muslo, tambaleó y cayó de rodillas, prácticamente había quedado arrodillado. Cualquier experto en artes marciales, con un rodillazo en el rostro acababa la pelea.

Dejé que se recuperara el público silbaba, pero ahora de desaprobación porque veían mi pasividad. Simplemente no quería terminarlo así. Se recuperó a duras penas, terminó el segundo round.

Notaba el gesto de cansancio y de dolor hombros, pecho. Su segundo le tocaba el lado de la costilla y hacía un gesto de fortísimo dolor, evidentemente se le había fisurado o fracturado.

 

Hablé con mi segundo: -Habla con el señor Pardales, del teléfono del mostrador. ¿Lo conoces? Es el director del sanatorio de costa Norte. Dile que le habla Jorge y que traiga una ambulancia. ¿Qué esperas?

Fue corriendo a la cafetería a hablar por teléfono justo cuando sonó la campana del tercer round, no iba a durar más de un minuto este round.

 

Le golpeé fuertemente el pecho y quedó sin aire.

Lanzó otro golpe, que se lo frené tranquilamente, y para ridiculizarlo le di una cachetada.

Se abalanzó y me abrazó como un oso, intentó darme un cabezazo. Eso me hubiera lastimado. Ladeé mi cara.

Con mi talón golpeé su talón. Trastabilló y me tuvo que soltar. Ahí sí, le di con el codo en su mandíbula y me dio la impresión que se le había aflojado un diente.

Otra vez en la costilla y otra vez en el muslo y me dio la impresión que tenía una lesión en los ligamentos de la rodilla. Estaba tambaleante.

Golpeé su mentón y cayó, no quedó knockout pero trataba de levantarse, hasta que el árbitro lo abrazó y levantando la mano derecha dijo: "NO, no".

 

Su segundo lo llevó al banco de su esquina prácticamente destruido. El árbitro me levantó la mano, el público aplaudía. Y yo estaba serio.

            Hablé con su segundo adelante del propio Eduardo Echeguren:

            -Ya viene una ambulancia.

            -¿Quién la pidió?

            -Le ordené a mi segundo que la pida porque sabía cómo iba a terminar esto.

            -¿A dónde lo van a llevar?

            -A la clínica de Costa Norte, mi segundo habló directamente con el director del sanatorio.

            -¿Tú le ordenaste eso? ¿Y cómo lo conoces?, me dijeron que eres un cadete de una empresa.

            -Lo conozco. -Alcancé a darme una ducha rápida y cambiarme.

 

            Lo sacaron en camilla, lo acompañé todo el camino, él estaba consciente.

            -Eduardo, tienes todo pago. Lamento esto, pero era necesario convencerte de que no había sido casualidad. De verdad lo lamento, me siento muy mal. -Me miró y me dio la mano de manera genuina-. Seguramente te van a ver con aparatos porque quizá tengas alguna costilla fisurada. Y que se fijen también en los ligamentos de tu rodilla izquierda. -Trató de sonreír pero ya le subieron a la ambulancia.

 

            Volví al club, todos estaban asombrados menos Alejandra Sarratea.

            -¿Por qué fuiste tan cruel?

            -Se lo expliqué al propio Eduardo.

            -¿Qué le explicaste?

            -Lo que te voy a explicar a vos. Si yo lo vencía enseguida, porque podía, porque sé quien soy, hubiera pensado que hubiera habido otra casualidad. Tuve que hacer lo que hice para que no crea que fue como la primera vez. Es más, le pedí disculpas y tiene el sanatorio pago.

            -¿Por quién? -preguntó Alejandra.

            -Por el director del sanatorio. Por orden mía.

            -¿Quién eres?

            -Jorge.

            -¿Y desde cuando un cadete le ordena al director del sanatorio lo que tiene que hacer?

            -Así son las cosas.

            -Te vuelvo a preguntar, ¿quién eres?

            -Supongamos que te diga que soy multimillonario.

            -Sería fantástico -dijo Alejandra-, ojalá fuera cierto. Me daría corte ante mis amistades.

            -No, no, eso no es un sentimiento, eso es vanidad.

 

            René Mancilla, que al final había visto la pelea.

            -Eres muy bueno en combate, prácticamente no te ha lastimado para nada. Y es el campeón de Plena.

            -Bueno, mi idea no era combatir. Cuando Pocho me trajo hace quince días, en el primer combate no quise lastimarle, por eso provoqué el knockout a los diez segundos. Pero fue él quien me provocó, fue él quien me despreció.

            René Mancilla me dijo:

            -No hubieras venido.

            -Además tenía que bajarle su ego -le respondí-. Si no venía...

            -¿Qué, te molestaba quedar como un cobarde?

            -Para nada. A mis amigos, a mis amigos de verdad, ¿eh?, les enseño a no vivir de la aprobación de los demás. Y eso va también para Alejandra.

            -Pocho me dijo:

            -Coge tu bolso y te llevo.

            -Está bien, pero déjame en el centro.

            Alejandra me dijo:

            -¿Te volveré a ver?

            -Lo veo difícil.

            Roberto dijo, y no en tono burlón:

            -Me has sorprendido, ¿eh? Me gustaría que volvieras.

            -Alguna vez, algún año volveré, por ahora no. Yo no los conozco, me gustaría que me conocieran como el cadete Jorge, que me acepten como el cadete Jorge. Hasta ahora veo dos que pueden aceptarme, Pocho y René Mancilla, los demás por más que en este momento me miren con afecto sé que en el fondo me desprecian.

            Roberto Echagüe inteligentemente preguntó:

            -No eres un cadete...

            -Si tú lo dices quizá sea cierto, pero mis amigos, mis verdaderos amigos me aceptan pobre, rico, albañil, arquitecto, abogado, político, no miden a la gente por su billetera. -Le toqué la cabeza con afecto al rubiecito René Mancilla y le dije-. Quizás en el futuro nos volvamos a ver aquí mismo.

 

            Y salí con Pocho:

            -¿Te volveré a ver?

            -No tengas dudas. Pero no todavía, tengo mucho por hacer.

            Antes de que el coche arranque salió Alejandra Sarratea a la calle y me dijo:

            -Por eso no me hiciste caso el viernes, el miércoles, en La Raqueta, porque querías vengarte.

            -No. ¿Ves que no me conoces? Quería bajarle su ego. Y le prometí día por medio irlo a visitar hasta que se reponga.

            -Qué, ¿piensas que se hará amigo tuyo por eso?

            -No, o quizá sí. Vamos Pocho.

 

Pocho Olazábal arrancó su coche y Alejandra Sarratea se quedó mirándonos a la distancia, parada en la acera.