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Psicoauditación - José Luís F.

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión 07/10/2019

Sesión 07/04/2020

Sesión 28/09/2020

Sesión 26/10/2020


Sesión 07/10/2019
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: José Luís F.

En Aerandor. La entidad relata que la vida ya le empezó difícil y sus padres y el entorno se cebaban en él. Huir del pasado no era solución, levantaría su interior.

Sesión en MP3 (2.189 KB)

 

Entidad: De pequeño me crié en una aldea, fui un segundo hermano y no fui bien recibido, nací con tres años de diferencia con mi hermano mayor que era el favorito tanto de padre como de madre.

Como thetán podría decir que a mi rol, que se llamaba Dursey, en Aerandor, le implantaron infinidad de engramas: de sometimiento, de menosprecio, de dudas, de baja estima, es como que le descalificaban en todo lo que hacía. Mi rol lo va a relatar en primera persona. Dursey.

 

Madre siempre me decía:

-Dursey, por qué no serás como tu hermano, mira como trabaja. -Yo trabajaba a la par, me lastimaba las manos con el arado.

Lo único que padre me decía:

-No sabes manejar el arado. No manejas el arado, no manejas la azada, no sabes coger una pala, eres torpe. -Sí, verdaderamente era una fábrica de engramas.

 

Me divertía jugando con otros niños -como hacen todos en cualquier región que me digáis-, practicar a ser guerreros con espadas de madera. Pero hasta en eso era torpe, hasta en los juegos perdía, y a veces me enojaba y peleaba con mis amigos, me vencían. A veces llegaba con la cara golpeada o con la boca morada de los golpes.

Mi hermano que era tres años mayor en lugar de defenderme se reía. Por otro lado yo no quería que me defienda, que me enseñe. Y se lo decía.

Me respondía:

-¡Ja, ja, ja! Para qué, Dursey, por más que te enseñe siempre serás un fracasado.

 

Sentía como desprecio por mi hermano. Él lo sentía por mí, decía que yo era un inútil. Yo sentía desprecio por él por ser tan mala persona, copiaba las palabras de padre al pie de la letra. Ambos me trataban igual.

Madre no, madre me sometía más. ¿Cómo? Me tomaba entre sus brazos, me abrazaba, me acariciaba...

-¡Ay! Dursey, Dursey, tú no tienes la culpa de ser así, Dios te trajo así y vas a vivir así y vas a morir así, siempre sin lograr nada. ¡Pobre hijo!

 

Y esas palabras de lástima me dolían más que las palabras de desprecio de mi padre y de mi hermano porque madre me manipulaba de otra manera.

Siendo adolescente me decía:

-No sales con ninguna joven. Mira a tu hermano, sale con varias chicas, pero claro, bueno, él es un hombre. Tú, ¡je, je, je! Tú apenas eres un proyecto, pero quédate tranquilo, tú no tienes la culpa de ser así, Dios te hizo así, ignorante.

 

Vivíamos, obviamente, en un mundo en época medieval, desconocíamos lo que vosotros llamáis la genética, pero sí sabíamos que existía una especie de herencia mediante la sangre y que de la misma manera que podíamos heredar rasgos, a veces podíamos heredar obesidad, delgadez, altura... Y a veces pensaba que mi hermano no era mi hermano porque era distinto.

Por mi misma baja estima me dediqué a hacer ejercicios de pequeño, logré musculatura, me sentía fuerte, es más, en musculatura había pasado a mi hermano. Los únicos que no lo veían eran mis padres.

Recuerdo que una vez discutimos por algo que me dijo, pero me lo dijo de muy mala manera. Me llevaba tres años pero yo ya era fuerte, ya había cumplido diecisiete y él tenía veinte. Yo era casi tan diestro como él con la espada, pero obviamente no íbamos a pelear con espada, peleamos a golpes de puño. Y luchando en la tierra nos golpeamos ambos.

 

Recuerdo que lo golpeé tanto tanto tanto que lo dejé inconsciente y muy lastimado. Padre y madre escucharon nuestra conversación y sabían que yo tenía razón, pero jamás me la iban a dar. Cuando me di vuelta padre estaba encima mío y me golpeó en el rostro con el filo de su espada dejándome un tajo desde la frente recorriéndome todo el rostro por la mejilla.

-Eres un bastardo, no eres nuestro hijo, ¡mira lo qué has hecho con tu hermano! -La sangre me manaba por el rostro, me manaba bastante por el rostro, la cara me ardía horrores de la herida, pero más me dolían sus palabras.

-Sabéis que él me provocó, sabéis que yo no lo ataqué, acordamos pelearnos.

Y madre dijo:

-¡Dursey, Dursey!, ¿por qué eres tan mala persona? -¡Ja, ja! Era irónico, me decía mala persona con tono dulce.

 

Hablé con un hombre mayor, el anciano del poblado, y le decía que odiaba a mis padres. Y me decía "Los mayores siempre tienen razón, tú eres un niño".

Recuerdo que la última vez que fui le mostré mi rostro. "¡Ay! Dursey -me dijo el anciano-, ¿qué habrás hecho para que tu padre te corte el rostro?". Se me tensó la mano derecha, tenía deseos de abofetearlo, me prejuzgó sin preguntarme qué había pasado. "Algo habrás hecho", qué frase más tremenda.

 

Recuerdo que padre me dijo:

-Haznos un favor, no te podemos echar porque eres nuestro hijo, pero de verdad que no eres bienvenido aquí. Cuando puedas marcharte hazlo, por favor.

 

Cogí mis dos alforjas, mi caballo, que hace tres años que tenía, le puse la montura, le colgué las alforjas y algunas monedas que había ganado haciendo tareas en el poblado. Los miré y les dije a los tres:

-No me voy para siempre, pero voy a tomar un poco de distancia.

 

La herida del rostro se me había cerrado, pero me quedaría la cicatriz de por vida, me dejé crecer un poco la barba para tapar la cicatriz, pero había zonas, en la frente y cerca del ojo que no había manera de cubrirla la cicatriz. Y por alguna razón es como que la gente me... me temía: "Esa cicatriz, debe ser algún asaltante de caminos".

Me quise emplear en varios sitios y no me tomaban. Finalmente estuve en una tribu del norte, me permitieron formar parte, practicaba con ellos lucha a mano limpia, practicaba con armas. Mejoré muchísimo. No eran buena gente, a veces iban a poblados y saqueaban, obviamente yo no participaba pero no... no me gustaba estar con ellos, pero por ahora no había otra cosa.

 

Quedé marcado interiormente por mis padres, por mi hermano, tenía altibajos emocionales, muchísimos. Quería emprender algo nuevo y lo desechaba enseguida. Había muchos herreros que precisaban gente joven y yo pensaba "No, ¿para qué?, ¿para que me digan que no por mi aspecto, por mi manera de ser?".

Pero me atreví, me atreví. Al tercer intento un herrero de un poblado, ya a varias jornadas de distancia, me tomó. Aprendí herrería, me sentía bien, me pagaba bastante. Hasta que tiempo después mis excompañeros, los que yo había estado un tiempo, fueron al pueblo y cometieron vandalismo, manoseaban a las jóvenes, hasta que finalmente no pude más y me metí.

Hablé con el que mandaba, me dijo:

-Dursey, qué te metes.

-Estoy trabajando aquí, ahora.

-¡Así que ahora trabajas! Ahora te crees importante porque trabajas. ¿Cuánto ganas? Nosotros podemos saquear los grandes almacenes y lo que tú ganas en treinta días, lo ganamos en cinco minutos.

-No voy a permitirlo. -El hombre era alto como yo, corpulento como yo. Se bajó del caballo, sacó su espada. Yo ya tenía la mía en la mano.

-¿Puedes disuadirme? -me dijo.

-Sí que puedo.

 

Combatimos algunos minutos, tuve una pequeña herida en el hombro izquierdo, hasta que le hundí mi metal en su cuerpo hiriéndolo mortalmente. Los demás guerreros me miraron con desprecio y se marcharon. Había salvado al poblado.

Los dos hombres cobardes, que eran las autoridades del poblado, recién se asomaron y hablaron con el herrero:

-Tu empleado es un asesino. -Lo dijeron delante mío. Escuché.

Por supuesto me defendí:

-¿Cómo asesino? Acabo de salvar al poblado, quizá hubieran ultrajado mujeres. Cuéntales -le dije a mi patrón-, pensaban asaltar los grandes almacenes. -Mi patrón se encogió de hombros y no dijo nada-. ¡Pero cuéntales! -Y no, no dijo nada.

-No queremos un asesino en el pueblo -dijo el mayor de los dos que representaban a la autoridad.

Tomé mi espada y retrocedieron.

-No tengáis miedo, solamente la quiero guardar.

 

El herrero me dio toda la paga, me permitió dormir esa noche en el taller y por la mañana me marché.

 

¡Je! Engrama tras engrama, iba acumulando en mi interior esos engramas y como una ira oculta. Me sentía mal porque todo me salía mal. Pero eso tendría que cambiar, eso tendría que cambiar porque con... con recordar el pasado y retorcer mis tripas de ira no iba a resolver nada. No podía permitir, no podía permitir en absoluto que el pasado me lastimara, no podía permitir que el recuerdo de las palabras de mis padres me lastimaran. La herida del rostro no me la iba a sacar, pero las heridas internas sí, esas me las podía sacar, esas me las tenía que sacar.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 07/04/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: José Luís F.

No tenía falta de autoestima, para nada, eran los demás que le creaban problemas. Incluso cuando ayudó a alguien que estaba siendo atacado los demás le tomaron por el atacante.

Sesión en MP3 (2.932 KB)

 

Entidad: He perdido la cuenta de las veces que quise bajar los brazos. ¡Je! Quizá algo dentro mío me daba el aliento de seguir, como que había una vana esperanza de que las cosas cambiaran, porque me costaba aceptar que toda la gente fuese igual, vil, cobarde. Si se encontraban en un apuro trataban de salvar su propio pellejo. Total, qué importaba.

¿Si me quedaron engramas? ¡Buf! ¡Je, je, je! Es como que es bueno tener memoria, pero a veces esa memoria es como un puñal clavado en el pecho, ¿no?

 

-¡Dursey, Dursey, qué has hecho! -En casa hasta tenía que pedir permiso para estornudar. Antes de irme salía una especie de rebeldía dentro mío y me atrevía a responderle, no a discutirle, a responderle a madre:

-¿Pero por qué siempre yo, por qué siempre yo?

Y madre tenía dos maneras, la de inquisidora...

-¿Acaso me estás reprochando algo? ¿Por qué no te haces cargo de los errores que tienes, por qué no aprendes de tu hermano? ¡Qué culpa tenemos nosotros si eres tan inútil en todo! -Claro, me ponía peor.

Y si no, había días que tenía otra táctica:

-Claro, levantas la voz porque no está padre, yo ya soy una mujer grande. ¡Ay! Tu padre y tu hermano fueron a hacer una diligencia, entonces me ves a mí, aquí indefensa y levantas la voz, gritas.

-Madre, yo no grito, simplemente que me acusaron de algo en lo que yo no tenía nada que ver.

-Claro, ahora me llamas mentirosa, nos llamas mentirosos a todos. Te criamos, te alimentamos... ¡Qué injusto que eres! ¡A veces me arrepiento de haberte tenido! Mira cómo me haces sufrir, mira cómo me haces sufrir.

 

Y yo salía de casa con un dolor tremendo de pecho, con un dolor tremendo de estómago, con bronca, con una sensación de impotencia tremenda porque yo sé que tanto madre, como padre, como hermano eran inteligentes. Entonces es como que eran negacionistas, o me tomaban de tonto o no veían lo obvio. Yo sabía que era inteligente pero no tanto como para poder descifrar  la mente de ellos, esa mente tan retorcida, porque todo lo que estaba mal... ¡Ah! Sí, pero la culpa era de Dursey.

Padre era distinto, padre jamás hacia el rol de víctima. Para padre, si había un problema, el problema lo ocasionó Dursey. Como la pelea con mi hermano, como cuando me pegó con la espada en el rostro y me quedó la cicatriz. Me dolió durante bastante tiempo hasta que cicatrizó. ¿Pero cómo explicarlo, cómo? ¿Cómo explicarlo que está el otro dolor, no el del rostro no, no, no, el otro dolor, el dolor interno?

¿Y qué pasaba con mi amor? ¿Sentía amor por ellos después de todos los malos tratos? Generalmente siempre fueron de palabra: desvalorización, desprecio, burlas, ironías, sarcasmos.

 

(Fuerte tos). El polvo del camino viajando a lomos de mi caballo, viajando días y días. ¡Aaahhh! El caballo se había detenido porque inconscientemente cerré la mano y tiré de las riendas, estaba tan absorto en mis pensamiento que ni me di cuenta que estaba montando a caballo y casi lo hago parar en dos patas y casi me tira, pero no; frenó. Saqué de la alforja un pañuelo y me lo puse en el rostro, como una especie de máscara para no respirar ese polvo del camino. Encima había una sequía, mis ojos me lagrimeaban. Casi no se veía de la ventisca que se había levantado. Y escuché unos gritos, escuché unos gritos.

 

A un recodo del camino había tres caballos, al costado dos hombres. Uno intentando desgarrarle las ropas a una joven, a una adolescente. Me acerqué.

Uno de ellos dijo:

-Sigue tu camino. -No me alejé-. No te metas en lo que no te importa.

El otro dijo:

-¡Ja, ja, ja!, ¿no querrá participar? -Pero lo dijo con ironía. La joven me miró como implorando "Por favor ayúdeme". Saqué mi espada.

-Dejad a la joven. -Uno de ellos le dio una tremenda bofetada, golpeó la nuca contra un árbol y quedó sin conocimiento. Los hombres sacaron sus armas.

-Nos ocuparemos de ti. Y si tienes monedas, mejor. Y luego nos saciaremos el gusto con la joven. -Estaba enfurecido, una furia tremenda. Pero había aprendido que pelear enfurecido es perder el combate. Traté de tener la mente lúcida, fría, atenta. Uno me llegó a herir en el brazo izquierdo, hasta que cayó muerto. El otro lo herí. Y le dije:

-Te llevaré al pueblo más próximo donde te encerrarán. -Se levantó hecho una furia y chocó su pecho contra mi espada, cayendo muerto al lado de su cómplice. En ese momento se escuchó un galopar de caballos, tres hombres aparentemente representantes de la ley. La vieron a la mujer inconsciente, a mí en la mano mi espada con sangre. Aparentemente los dos hombres muertos eran conocidos.

-Entrégate.

-Disculpad -les dije a los hombres-, yo recién llegaba. Ahora paró la tormenta, había mucho polvo, no se veía nada. Estos hombres que ves aquí estaban por ultrajar a la joven, que me pidió ayuda. Uno de ellos la abofeteó y la joven golpeó su cabeza y cayó inconsciente. Intentaron matarme, me defendí, pero salvé la vida de la joven.

Los hombres respondieron:

-Imposible. Ambos son hombres buenos, casados, con hijos. -Me quedé en silencio.

-Sigo respaldando lo que digo. Esperad que la joven recobre el conocimiento y veréis que tengo razón.

-Te quedarás aquí. -Esperé. La joven recobró el conocimiento, se puso a llorar desconsoladamente.

-Me quisieron ultrajar, me desgarraban la ropa.

-¿Quiénes fueron, éste que ves aquí? -La joven me miró, hizo un gesto como de terror.

-No sé, no sé, había dos o tres hombres... No sé...

La miré y le dije:

-¿Te acuerdas que me imploraste ayuda?, ¡estaban por ultrajar!

-Estoy conmocionada, no recuerdo nada, sé que se peleaban por ver quién me ultrajaba primero. -Los representantes de la ley me miraron.

-Ahora entendemos, fue una pelea entre los tres a ver quien se quedaba con ella.

-Esa es vuestra interpretación. No es así, yo le salvé la vida porque estoy seguro que luego de ultrajarla la hubieran matado. Mujer, recuerda, por favor. -La mujer lloraba y no me prestaba atención. Me hacía sentir mal, otra injusticia más en camino. ¡Válgame Dios, válgame Dios!

Los hombres desmontaros espada en mano.

-Suelta tu arma.

-No, no quiero otra injusticia. Mujer, recuerda. -La mujer seguía llorando, me acerqué y la zamarreé: ese fue mi error; uno de ellos me golpeó de atrás y caí de rodillas, me atontaron y me desarmaron-. ¿Ves que eres tú?, la estabas atacando. -Me estaban por amarrar los brazos a la espalda, di un cabezazo contra uno y le saqué su propia espada y se la clavé en el estómago, no lo maté pero quedó mal herido. Y enfrenté a los otros dos-: Por favor, no hagáis que los lastime o los mate, confiad en mi palabra.

-¿Cómo podemos confiar?, mira lo que le has hecho a nuestro compañero.

-Me iban a atar, me iban a condenar. Esta niña no se acuerda de nada o quizá sí, en mi vida siempre me ha pasado eso, siempre soy el culpable de algo.

-No te conocemos, no sabemos cómo fue tu vida, pero entrégate, te va a convenir.

Estaba completamente enojado.

-Los voy a terminar matando -les dije-, este es un mundo hostil y no voy a permitir que me encierren.

 

Mi oído era fino, el hombre que estaba detrás mío, malherido, cogió la que era mi espada y me la quería clavar en la espalda. Me di vuelta y como acto reflejo le incrusté en su cuerpo la suya. En ese momento aprovecharon los otros para atacarme. Con la mano izquierda cogí mi espada, me costaba sostenerla porque ya tenía una herida de antes de los otros hombres, me costaba, y eran buenos con la espada. A uno le alcancé herir en el brazo, al otro en el hombro.

-Por favor, les digo que soy inocente.

En ese momento la joven dijo:

-¡Parad, parad! ¿Por qué atacáis a este hombre? -La miraron-. Él me salvó de estos dos. -La miraron asombrados.

-¿Y cómo no te recordabas?

-Estaba mareada, estaba confusa... ¿Por qué lo atacáis?

El que llevaba la voz de mando dijo:

-Tenías razón, eras inocente. Pero has herido a un compañero y está grave.

El otro se acercó.

-No, está muerto.

-Me quiso atacar por la espalda, me querían llevar preso.

-Ahora eres un homicida, porque nuestro compañero era un representante de la ley.

-¿Y qué podía hacer?, la joven estaba mareada, confundida, pensaban que yo era uno de los que iban a ultrajarla. No pienso responder por un homicidio, fue defensa propia. -La joven habló por primera vez a favor mío.

-Estaba confundida pero vi la pelea, él se defendió.

Los representantes de la ley, los dos que quedaban, reaccionaron mal.

-¿Y tú de dónde eres?

-De otro poblado, de un poblado donde me trataban mal. Me llamo Tania.

-¿Y cómo sabemos que no los has provocado?, porque los muertos eran padres de familia, gente de honor.

Me metí yo y dije:

-Porque yo vi la escena.

-¿Y cómo sabemos que no estás de acuerdo con ella?

-¡De acuerdo con ella! Si ella no se hubiera acordado de nada pensabais que yo era uno de los violadores.

-Acomodáis las palabras según vuestra conveniencia. No eres bien recibido en nuestro poblado -me dijeron-, y tú tienes que responder por nuestro compañero.

-No pienso responder, soy inocente, fue defensa propia. Tengo mis dos espadas.

-Estás herido.

-Vosotros también. Si queréis arriesgaros, aquí estoy. -Monté mi caballo, la joven montó el suyo.

-¿Puedo ir contigo?

-Está bien -le dije-, puedes venir conmigo. -Avancé a paso lento, los dos hombres estaban a pie, los iba mirando-. No nos sigan. -Avanzamos lentamente, dejaron de vernos y se ocuparon del cuerpo de su compañero. Entonces avanzamos al trote.

-¿Te llamas Tania?

-Sí.

-Mi nombre es Dursey.

-Gracias por salvarme.

-Es una odisea. Por un momento pensé que fingías confusión para meterme a mí también en un problema.

-Jamás haría eso, había quedado muy atontada del golpe en el cabeza contra la rama o el árbol o lo que fuera.

-Salgamos del camino, vayamos por el lado del bosque, quizá se levante polvareda de vuelta. Estuve tosiendo toda la mañana. -Torcimos hacia la izquierda y nos metimos en el bosque, y de paso no dejábamos rastro, por si querían seguirnos.

 

Pero así era mi vida, confusiones, donde yo, Dursey, siempre era el responsable para los demás. Con Tania era la primera vez en mi vida que alguien terminaba saliendo a favor mío. Esperaba que mi suerte cambie.

 

Gracias, por escucharme.

 

 


Sesión 28/09/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: José Luís F.

Algún día cambian las cosas. Se encontró que de no ser apreciado era pedido formar parte de una organización. Creían en él. Empezaba un nuevo episodio en su vida.

Sesión en MP3 (3.507 KB)

 

Entidad: Había pasado tanto tiempo desde que me fui de casa...

Les dije:

-No me voy para siempre, simplemente es un cambio de aires para encontrarme a mí mismo. -Pero es como que era un imán para atraer problemas.

 

¿Qué duele más, una herida física como la que me hizo padre cuando me peleé con mi hermano mayor porque él me provocó y padre me cortó el rostro con el sable, o duele más lo de madre: "¡Ay! Dursey, por favor, nadie te reprocha nada, es lo que eres, ¿qué se puede pedir más de lo que puedes hacer?, alguien que es inútil de nacimiento va a ser inútil siempre".

Y de verdad que la herida se me había cicatrizado en el rostro, me había quedado una marca. Es más, me había dejado crecer un poco la barba para disimular, solamente arriba en la parte del ojo se me notaba un pequeño corte.

Pero la otra herida, la herida de menosprecio, la herida de desmerecimiento, la herida donde para un ser querido tú eres un inútil, porque que un desconocido te diga un agravio, no te conoce, puedes molestarte o no, pero al fin y al cabo es un desconocido. Pero que una persona de tu propio entorno, que alguien de tu propia familia te diga: "Eres bueno para nada, todo lo que vas a hacer -como si fuera un decreto, ¿no?-, todo lo que vas a hacer te va a salir mal. Ya está".

Y es como que uno llevara encima esa maldición. No creo en las maldiciones, eso es tonto, pero desde que me fui de casa han pasado tantas cosas...

El mismo anciano del poblado me dijo:

-¡Ah! Bueno, yo lo conozco a tu padre tan bien, me imagino que algo habrás hecho tú para sacarlo de las casillas. -O sea, un anciano bueno, nunca tuve un sí ni un no, y cuando le comenté me salió con eso. Como si me conociera. Aunque en realidad, si me conociera sabría que jamás fui un buscapleitos. ¿Pero qué puedo decir?

 

Luego consigo trabajo con un herrero, vienen tres vándalos, que en algún momento, de pequeño, eran compañeros, manoseaban mujeres. Me enfrento con uno, lamentablemente acabo con su vida y los representantes de la ley me dicen asesino.

Hablo con el herrero:

-Pero por favor, coméntele lo qué pasó. -Se encoge de hombros, como con temor, y mira para otro lado. -Obviamente me marché.

 

Y en el camino me encuentro con vándalos que estaban intentando abusar de una joven. Me meto en el medio y peleo con ellos, obviamente los enfrento. Mato a uno y llegan las autoridades y me acusan de asesino, me quieren llevar preso. Me defiendo y termino matando a uno de las autoridades.

La joven sale a favor mío. Dice:

-No, intentó defenderme.

-Perfecto. Pero hay dos cosas: Una, mató a un representante de la ley. Dos, no sabemos si tú estás en combinación con él.

Y finalmente les dije:

-O me dejan marchar o me matan o los mato. -Atendieron al otro que estaba herido y habrán enterrado al compañero que estaba muerto.

 

Nos marchamos con la joven, que se llamaba Tania, y partimos para el lado del bosque para no dejar huellas.

En el camino le digo:

-¿No vas a extrañar al poblado? -Se encogió de hombros.

-No tengo a nadie.

-¿Tus padres?

-No los conocí.

-¿Pero dónde vivías?

-En la caballeriza, limpiaba ropa para la gente. Me daban propinas.

-¿Y nadie te ayudaba? -Frenó su caballo y me miró con furia.

-¿Estás insinuando como que algún hombre me mantenía por favores?

-No, no, no, no, no; no te metas en mi mente, no trates de creer que yo pienso algo así, no me conoces. Me arriesgué por ti, tampoco pido agradecimiento, sólo respeto. Nada más te pregunté cómo te mantenías.

-Disculpa -dijo Tania.

 

Pasamos por un poblado pero el ambiente no me gustaba, y se lo dije a la joven:

-Mira, no me parece un lugar muy conveniente. -Aparte, veía tropas, mucha gente, mucho movimiento.

Pero Tania dijo:

-No quiero moverme más, me quedo aquí. -Y nos quedamos en ese poblado.

 

Había como una milicia, pero no, no, no eran guerreros estaban vestidos de una manera distinta. Pero estaba tranquilo porque veía que no provocaban a nadie, estaban bebiendo en el centro del poblado, pero sin molestar a nadie, contaban cuentos, pero para no molestar no nos acercamos. Fuimos hasta casi al final del poblado y había una pequeña taberna. Y entramos.

-Tengo metales, podemos comer algo. -Pagué con unas monedas. Vi que la joven devoró su hogaza de pan con carne-. ¿Quieres otro? -Asintió con la cabeza. Yo con un solo sándwich estaba satisfecho, pero evidentemente la joven la notaba que estaba algo desnutrida. Tomamos leche de cérvido, dos vasos. Yo me sentía satisfecho.

 

En ese momento entraron a la taberna dos hombres grandes, algo obesos, tenían cara de pendencieros, pero directamente le dije a Tania:

-No los mires. -Los jóvenes hablaban entre sí con risotadas y decían palabras irreproducibles mirando a Tania. Uno de ellos se acercó.

-¡Ja, ja, ja! Mira que linda moza, Amadeo.

-¡Ja, ja, ja! Sí, la he visto, la he visto.

-¿Pero a ti te parece, Amadeo, una joven tan bonita acompañada de un petimetre? -No reaccioné, las palabras se las lleva el viento. Hasta que se acercaron y empezaron a tocarla. La joven los insultó, le dieron una bofetada. Me paré y saqué mi espada.

-Salgamos a la calle.

-¡Ah! Mira el mocito. No sé si te habrás dado cuenta, ¿sabes contar?, somos dos, y somos buenos. -Salimos a la calle.

Tania me dijo:

-Basta, Dursey.

-No, van a seguir molestándote. Y no sé si no querrán algo más de ti.

 

Pero sí, era un imán, en cada poblado que iba, en cada poblado atraía problemas, pero no los provocaba yo. Y seguramente a alguno lo heriría o lo mataría y vendrían, ¿como no?, los representantes de la ley nuevamente diciendo que yo era un asesino.

Me atacaron los dos a la vez. A uno lo lastimé en el brazo, el otro me lastimó a su vez en el brazo izquierdo. De verdad que eran buenos.

-¡Basta! -Los hombres se paralizaron. Miré hacia atrás mío: un hombre delgado pero fuerte, musculoso, vestido de negro. Tenía una espada y otra más a su espalda, pero sin sacar, sin desenvainar-. ¿Qué pasó aquí?

Me di vuelta y lo miré al hombre y le digo:

-Mi nombre es Dursey, venimos de otro poblado con mi compañera Tania y estos hombres la manosearon, y como ella los insultó le pegaron una bofetada y los desafié a duelo.

El hombre me miró con unos ojos negros que perforaban con su mirada. Luego los miró a ellos.

-Sé quiénes son ustedes, Amadeo y Dino, siempre molestando, aprovechándose de las jóvenes. Lo han herido a este muchacho, ¿cómo lo van a pagar? -Los dos temblaban.

-Tenemos monedas...

Le dije:

-No quiero monedas, quiero que le pidan disculpas a la joven.

-Perdón, perdón -los dos a Tania. Se iban a marchar.

-Alto -dijo el hombre de negro-, dadle las monedas a la joven.

-¿Todas?

-Sí, que tenga para hospedaje, que tenga para alimento por lo menos para seis días.

-Pero lo que hemos trabajado...

-Lo pierden, por estúpidos. -Se encogieron de hombros y se marcharon.

-Gracias.

-No hay de qué -dijo el hombre de negro.

-No es la primera vez que me meto en problemas -le dije, pero aclaré inmediatamente-, pero no provocados por mí. Me ha pasado en otro poblado que la defendí de vándalos y me acusaron de asesinato y tuve que huir. Pensé que acá iba a pasar lo mismo. Pero evidentemente lo respetan.

Tania dijo:

-No, no lo respetan, le tienen miedo. -Tania se acercó al hombre-. ¿Y por qué te tienen miedo? -El hombre tenía un rostro de piedra, no sonrió, sus ojos entrecerrados.

-Me tienen miedo porque saben que soy justo y que no permito que le falten el respeto a una dama. -Se dirigió a mí-: Ven con nosotros.

Le dije:

-¿Quiénes son nosotros?

-Estamos en la plazoleta tomando algo. Ahí tengo una alforja, te coseré la herida.

-Pero no te molestes...

-Ven. -Lo obedecí. La gente lo miraba con un respeto tremendo, y los dos provocadores ni 'a' le dijeron, como que le tenían un temor tremendo.

-Debes ser muy bueno con la espada para que tengan tanto temor. -El hombre de negro me miró, se encogió de hombros.

-Practico bastante. Siempre hay que practicar, si es que vives de ello.

-¿Tú vives de la espada, haces duelos?

-No, defiendo a la gente de la injusticia.

-¿Y quién es esta gente vestida distinta?

-Se llaman la Orden Blanca.

-¡La Orden Blanca! He escuchado hablar de ella. ¡Vaya! En algunos lugares he escuchado bien, como que son justicieros, como que luchan contra los vándalos que saquean aldeas. Pero en otros poblados hablan de que son abusadores...

El hombre me miró con los ojos de esa mirada penetrante y me dijo:

-¿Y tú qué ves?

-Bueno, en este momento veo hombres que se ríen, pero no molestan a nadie.

-Bueno, quédate con esa impresión entonces. Toma asiento en un tronco. -Me senté-. Sácate la chaqueta y la camisa. Vaya, es una herida cortante, bastante más grande de lo que pensaba. -Recién ahora que mi cuerpo se había enfriado me dolía bastante. Cogió una botella con una bebida blanca y me roció un poquito la herida, y me ardió horrores-. ¿Quieres morder un madero? Porque mira que esto va a doler.

-No, no, lo soporto. -El mismo hombre de negro me cosió y luego me vendó.

-Por unos días trata de no hacer fuerza con este brazo. ¿Tienes monedas para mantenerte?

-Sí -le dije.

-Si no, comparte con las de tu compañera.

-No, no, no, eso que se quede ella.

-¿Hace mucho que se conocen?

-No. -Y le conté la odisea de cómo la había salvado de que fuera ultrajada y que unos representantes de la ley me prejuzgaron.

-Únete a nosotros.

-¿Yo?

-A ti te estoy hablando -dijo el hombre de negro-. ¿Qué tal manejas la espada?

-Bastante bien.

-No voy a probarte ahora porque tienes tu brazo izquierdo que no debe hacer movimientos, pero necesitamos más gente.

-¿Yo en la Orden Blanca?

-¿Te sientes menos?

-No, lo que pasa que aún soy joven. -En realidad tenía dieciocho de vuestros años y el hombre de negro era bastante mayor. Pero me miró y me dijo:

-Eres una piedra en bruto.

-No entiendo qué quiere decir eso.

-Que cuando la pula vas a ser un buen metal. -Era la primera vez que me halagaban. Pero también le tenía desconfianza al halago, siempre te halagan para sacarte algo. Como adivinándome el pensamiento el hombre me dijo-: Aquí nadie le saca nada a nadie, todos cooperamos mancomunados.

 

Se acercó una joven elegante, atractiva, pero se notaba que era una dama, una noble. Lo tomó del brazo con una tremenda confianza al hombre de negro, y es la primera vez que a ese rostro pétreo, duro lo vi sonreír, le dio un beso en la mejilla a la dama y ella se dirigió hacia los almacenes. No quise ser indiscreto ni preguntar nada. El hombre  de negro me miró y sonrió, y me dijo:

-Ya has comido, ¿no?

-Sí.

-Bien, hay mucho para conversar, todos sabemos la vida de todos. Si quieres comentar la tuya te prestamos atención. -Todos dejaron de conversar y me miraron. Me sentí como intimidado, toda la Orden Blanca mirándome.

-¿Qué puedo decir? Voy a comenzar desde pequeño, las adversidades, los malos tratos...

El hombre de negro me interrumpió y me dijo:

-¿Y esa cicatriz, algún enemigo?

-No, hubiera preferido que sí. Fue un ser querido, mi propio padre.

Es la primera vez que al hombre de negro lo vi con cara de asombro.

-¡Vaya!

 

Y les conté a todos la historia. Me escucharon con respeto, atentamente. No me di cuente de que Tania estaba detrás mío escuchando también mi vida.

Cuando terminé el hombre de negro me dijo:

-Has pasado por mucho, pero si piensas que esto que has pasado es demasiado entonces no sirves para la Orden. -Lo miré extrañado.

-¿Ahora me deshechas por lo que te he contado?

-No, no me mal entiendas -dijo el hombre-, lo que quiero explicar es de que si te unes con nosotros vas a pasar por muchísimo más, cosas buenas y cosas malas, pero no debes hacer rol de víctima. En reciprocidad, con tiempo -me dijo el hombre de negro-, te voy a contar mi historia, cómo mataron a mis padres. Para que veas que todos, todos tenemos cosas negativas y cosas positivas. -Asentí con la cabeza.

-Desde ya digo que sí, si me aceptáis me uno a vosotros. A propósito, ¿cuál es tu nombre? -Me tendió su mano firme, nos estrechamos la mano. Y es como que hubiera estrechado una mano de acero, fuerte.

Me dijo:

-Me llamo Tago. -Y me sorprendí. Había escuchado mucho de Tago, era como una leyenda. Y se lo dije. Sólo me respondió-: No, Dursey, no hagas caso de las leyendas, somos seres humanos; todos sangramos, todos tenemos apetitos y todos morimos. Si queremos hacer las cosas bien debemos amar lo que hacemos, como el herrero ama templar el acero, como el carpintero ama sacarle lustre a la madera. -Lo entendí. Lo entendí perfectamente.

 

Pero me sentía raro, distinto. ¡Unido a la Orden Blanca! ¡Vaya! Empezaba un nuevo episodio en mi vida. Y al lado mío tenía, según contaban en varias regiones, al mejor espadachín de todo Aerandor.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 26/10/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidades que se presentarón a dialogar: José Luís F.

Tenía engramas provocados por su familia que le producían baja estima. Siempre había actuado bien, ayudando a las personas, pero el entorno no le ayudaba a él. Una orden, la Orden Blanca, le pidió ir a una batalla contra un rey tirano.

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Entidad: A veces hay episodios que te hacen olvidar, por lo menos momentáneamente, todo lo que has pasado en tu vida.

 

Habíamos llegado a un poblado y me encuentro con la grata sorpresa de que allí estaba la Orden Blanca. Obviamente que me preocupé, hasta que me enteré que no sólo hacían el bien si no que protegían a éste y a otros poblados de ataques de malhechores. Pero lo que más me llamaba la atención era la personalidad, no digo introvertida pero sí reservada de Tago, un joven de mirada fría pero no distante, acerada pero no negativa, es como que esta persona tenía una manera de ser indescifrable, era imposible "leerle" sus gestos.

 

Recuerdo que se organizó un festejo, y en el festejo hubo un pequeño torneo de espadas. Obviamente casi todos pertenecían a la Orden Blanca. Era un torneo por eliminación, sólo a toque o a una pequeña herida, evitaban lastimarse.

Le pidieron por favor a Tago que participe, y dice:

-No, no tengo interés en este tipo de exhibición, no es mi manera de ser. -Le dijeron que era con participación para para beneficio de los aldeanos de la zona. Eso lo hizo aceptar.

 

Había ciento veintiocho participantes, se iban eliminando en forma directa: quedaban sesenta y cuatro, treinta y dos, dieciséis, ocho, cuatro. Obviamente los combates en los que participaba Tago los ganaba con una facilidad, sin herir a ningún contrincante. Utilizaba técnicas como de bailarín, no sé cómo expresarlo mejor, lograba que la otra persona se desestabilice, caiga y él le apoyaba la espada en el torso, en la garganta, en el centro del pecho. Y no lastimó ninguno, pero ni la menor raspadura con su espada. Obviamente lo ganó el torneo. La facilidad que tenía para manejar ese arma era algo que no había visto en mi vida. Y obviamente se lo dije.

Recuerdo que fuimos a tomar algo y me preguntó:

-No suelo ser indiscreto y entiendo que cuando te conocí te lo pregunté, pero no está demás volvértelo a preguntar...

Le dije:

-¿Te refieres a mi herida en el rostro?

-A eso me refiero, Dursey. Qué fue lo que pasó.

 

Le conté que mi hermano mayor era el favorito de mis padres, que mi padre me despreciaba diciéndome que era un inútil con las herramientas del campo, que hasta mi propio hermano me decía fracasado y me provocaba. Me llevaba tres años.

Cuando yo tenía diecisiete combatimos, y lo dejé inconsciente. Estamos hablando de combatir a golpes de puños. Mi padre sin preguntar qué pasó, quién provocó la pelea o por qué razón fue... Es más, conociendo el carácter burlón de mi hermano, cogió una espada y me hizo un tajo en el rostro.

Recuerdo que fui al poblado y había un anciano sabio que siempre hablaba conmigo... ¿Pero viste?, tú conoces a las personas superficialmente hasta que les sale de adentro ese veneno.

Y el anciano me dijo:

-¿Qué le habrás hecho a tu hermano para que tu padre reaccione de esa manera? -Yo sé que el odio es algo negativo pero en ese momento sentí odio por el anciano. Y obviamente no iba a agredirlo, ni nada por el estilo, porque me hubiera puesto a la altura de mi padre, y obviamente que no lo hice. Y me fui de casa. Pero es como que llevo en mi interior una especie de atracción por las cosas negativas.

-Explícate -dijo Tago.

-Claro. Había tres vándalos, atacaron un poblado. Maté a uno. Las autoridades me acosaron de haberlo asesinado a sangre fría. Yo trabajaba con un herrero que vio lo qué pasó y negó, negó lo que vio. Me fui. En el camino vi vándalos intentando atacar a una joven. Los maté. Los representantes de la ley dijeron que lo de la joven era un invento, que yo formaba parte de los vándalos. Cuando la joven me defendió diciendo que yo no tenía nada que ver cambiaron la trama, dijeron que yo era cómplice de la joven, que los muertos eran gente de bien, padres de familia... ¡Aaah!

Tago me miró y me dijo:

-Dursey, no tienes que explicarme tanto, nada más quería saber lo de tu cicatriz. Lo de Tania ya lo sabía, porque apenas has llegado aquí dos malvivientes han querido abusar de ella. Y así les fue. ¿Qué piensas hacer de tu vida? ¿Qué tal manejas la espada?

-Mira, si yo manejara la espada tan bien como manejaba las herramientas del campo, ¡je, je!, con todo respeto estaría a la par tuya. Pero no, no soy bueno.

-He entrenado a mucha gente en el poblado. Permíteme que te entrene.

-Para qué, nunca seré como tú.

-No lo digo por eso, lo digo porque sería oportuno que pertenecieras a la Orden, y por lo menos tendrías un fin.

-¿Nos pagan un sueldo?

-No, directamente vivimos de lo que nos dan en los poblados, por protección.

-Disculpa que opine, pero no lo veo bien. He conocido bandas, no hablo de la Orden Blanca, ¿eh?, por favor, no quiero que nadie se enfade conmigo, pero he conocido bandas que cobran por protección y lo único que hacen es vivir del dinero del poblado.

Tago sonrió, algo que era inusual en él. Y me dijo:

-No es nuestro caso. No pedimos nada, ayudamos a los que verdaderamente lo necesitan y nos dan de su propia voluntad. Además escuchamos un rumor de un mensajero, que aparentemente a pocos amaneceres de aquí hay un rey que aparentemente tiene a la gente comprada con subsidios, y en el fondo es un tirano tremendo.

-¿Y la Orden Blanca qué piensa hacer? -pregunté.

-Acercarnos.

-¿Dejaréis aquí al poblado indefenso?

-En todo este tiempo la Orden Blanca se encargó de adiestrar a todos los jóvenes y armarlos. Te puedo asegurar, Dursey, que están absolutamente protegidos.

-Disculpa, Tago, mi... mi intromisión, no quiero ser comedido, pero tú aquí tienes una relación afectiva con una joven.

-Así es.

-¿Y ella vendrá con nosotros?

-No, ella enseña a los chicos, y se quedará aquí.

-Admiro tu sed de voluntad, admiro tu sed de aventura.

-No -dijo Tago-, no es voluntad, no es aventura, es deseo de justicia. ¿Tú no harías lo mismo?

-No. -Fui sincero-. Si tuviera una mujer a la cual amar en un pueblo que estaría protegido no tendría aventuras, y más que soy una persona que atrae desgracias.

-Sin embargo fíjate, estás vivo.

-Sí, pero he pasado por mucho en tan poco tiempo. De todas maneras me atrae la compañía, tener nuevos amigos.

-Ahora seré yo el indiscreto -dijo Tago-. Y con Tania, ¿qué?

-Tania es una persona a la que he salvado pero no... no creo que pasemos de amistad.

-¿Te interesa?

-Me interesa, pero me parece como que ella es inestable.

-Tradúcelo.

-Claro. No sé si está preparada, si está madura como para entablar una relación permanente.

-¿Se lo has preguntado?

-Hemos hablado, hemos hablado bastante. Yo tengo muchos recuerdos negativos de mi infancia, recuerdos negativos de mi adolescencia, y me da la impresión que si ella se fija en mí es por gratitud, no porque yo le guste. No me creo importante como para que le guste a alguien.

-¿Por qué permites que el recuerdo de tu padre, de tu hermano te implanten esa baja estima?

-Y qué quieres que haga, Tago, cómo borro ese recuerdo.

-Haciendo.

-Ahora no te entiendo.

-Ven con nosotros. Antes de irte coméntale a Tania, sincérate con ella, si es verdad que te interesa.

-Bueno, atractiva es atractiva.

-Pregúntale. Dile si tú le interesas como amigo o porque la has salvado o por gratitud o si verdaderamente el día de maña puede haber algo. De las dos maneras, si te dice sí o te dice no o tal vez tenga incertidumbre. Ella va a seguir aquí, aquí está protegida.

-Lo haré. ¿Cuándo partimos?

Tago me respondió:

-En dos amaneceres.

-¿Cómo se llama el rey ese que tiene a la gente comprada con subsidios pero en realidad es un tirano?

-Se llama Morden.

-Está bien.

-Ya no usarás esa ropa, tendrás una ropa como la de la Orden.

-¿Y por qué tú no la usas?

-Porque yo no soy de la Orden.

-Ahora me has desconcertado, Tago.

-Yo acompaño a la Orden, pero no tengo dueño ni jefe.

-Admiro tu seguridad. -Se encogió de hombros.

-No sé qué responderte. Ocúpate entonces de la ropa, ya te la darán de tu talla. Tendrás botas nuevas y una espada.

-Pero si partimos en dos amaneceres, ¿cuándo me enseñarás?

-Hoy mismo, por la tarde. No te preocupes, en dos días no vas a aprender, practicaremos también durante el camino. -Acepté.

 

Por la tarde hablé con Tania:

-¿Cómo te sientes?

-Muy agradecida. Si no fuera por ti, Dursey, seguramente estaría muerta.

-Eres una joven muy atractiva.

Ella respondió:

-Claro, pero no es motivo para que quieran ultrajarme.

-No, lo digo en otro sentido. Para eres atractiva.

-Tú también eres una buena persona. Y te tengo un afecto tremendo.

-En un par de días me voy con la Orden Blanca.

-Cuídate -me dijo-, no quisiera perderte, eres un gran amigo. -Y me alejé.

 

Por el camino pensaba. Sus palabras no me alegraron, me pusieron triste: "Te aprecio, eres un gran amigo, te estoy agradecida". No son palabras de alguien que está deslumbrado por el otro. No. No me sirve depositar las esperanzas en alguien que te aprecia como si fuera un familiar.

Y mi misma vergüenza -que la llevo oculta, tan oculta-, me pondría de muy mal humor un rechazo. No soy de tener rencor, salvo por mi padre y mi hermano, pero no soy de tener rencor pero tampoco soy hipócrita, no me gusta ser rechazado.

En otra de las conversaciones Tago me dijo: "Si nunca preguntas en forma directa, nunca sabrás". Pero mi misma baja estima me impedía preguntar en forma directa sobre si yo tendría posibilidades de salir con ella, como algo más que un amigo. Solamente con pensar en hablarle del tema me hacía tartamudear y me enojaba conmigo, me enojaba muy mal conmigo.

Y es muy difícil copiarte de una persona. Para mí, Tago era la persona ideal, segura, firme. Amable con su pareja pero a la vez firme. Amable con la Orden Blanca, pero a su vez firme, se hacía respetar. Cómo imitarlo, cómo hacerme respetar en un mundo tan hostil, tan cruel, tan primitivo, en un mundo donde sólo te haces respetar con las armas.

 

Y comencé la práctica de la espada. Lo veía tan fácil, tan sencillo, hasta que me tocó coger una espada y cambiar golpes con el mejor de todo Aerandor. ¡Ja, ja, ja, ja! Al poco tiempo ya me dolía la muñeca, el brazo, el cuerpo.

Tago me respondía:

-Dursey, la espada tiene que ser la extensión de tu brazo. Pero no basta con eso, tienes que saber cómo pararte, cómo moverte con los pies, cómo inclinar tu torso, cómo desviar los golpes.

 

Me dolía la cervical, me dolían los músculos de la espalda, me dolían los muslos, ni hablar del brazo derecho. Si ese día hubiera tenido que montar no sé cómo hubiera podido montar.

Apenas cené me tiré en un catre y me quedé dormido. Dormido y corrido. Hasta que el mismo Tago me despertó.

-Ya tienes la ropa. Mañana partimos.

-Hoy no estoy en condiciones de practicar, Tago.

-Lamento contradecirte, por la tarde practicaremos.

-Apenas puedo moverme.

-Tienes el desayuno, come bien. Come bien en el almuerzo, luego descansarás y practicaremos. -Sé que al día siguiente me costaría montar, pero tenía que poner toda mi voluntad para practicar.

 

Me reía porque no sabía qué era más difícil, practicar con Tago o sincerarme con Tania. Lo primero lo hice, lo segundo no me atreví. Esperaría al regreso. Si regresábamos.

 

Gracias por escucharme.