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Psicoauditación - Blanca

Grupo Elron
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección

Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
El hecho de publicar estas Psicoauditaciones (con autorización expresa de los consultantes) es simplemente para que todos puedan tener acceso a las mismas y constatar los condicionamientos que producen los implantes engrámicos.
Gracias a Dios, esos implantes son desactivados totalmente con dicha técnica.


Atte: prof. Jorge Olguín.

 

 

Sesión del 20/05/2020

Sesión del 26/05/2020

Sesión del 05/06/2020

 


Sesión 20/05/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Blanca (Maradel)

En Aldebarán IV los reyes derrocaban a otros para absorber su reinado. La entidad era joven pero estaba bien preparada, y tenía ideales. Relata cómo reunió un pequeño ejército para ayudar a su rey caído.

 

Sesión en MP3 (2.973 KB)

 

 

Entidad: Mi nombre es Maradel, estoy en el plano 4 subnivel 1, un plano donde no se sufre por uno, se sufre por el otro, donde no caben los roles del ego porque son un lastre que te jalan para bajo. Pero sí, hay bastantes engramas implantados de otras vidas que quizá, tal vez son tan inconscientes, tan dentro de mi núcleo conceptual, tan dentro del interior de mi 10% encarnado, Blanca, que a veces pueden condicionar de una forma tan subliminal... Pero condicionan, y a veces la persona no se da cuenta.

 

Había encarnado en Umbro con el nombre de Diana. Mis padres eran nobles. Papá Desmon, mamá Mildred me criaban con amor. La gente que trabajaba para ellos era muy bien tratada, tenían metales, podían independizarse pero no querían, querían seguir con mi familia, trabajando.

 

Mi padre Desmon era muy amigo del rey Bryce, un rey magnánimo, amable, quizás algo falto de carácter. Hasta que fue derrocado por Derian, que se proclamó rey, y obviamente con el rey Bryce cayeron todos los nobles que lo apoyaban. A mis padres los despojaron de sus tierras, de sus títulos. Y lo poco que se pudieron llevar antes de que vinieran los soldados del rey Derian, en una carreta partimos para un poblado, un poblado incógnito, pequeño.

 

Lo bueno que tanto padre Desmon y madre Mildred, si bien eran nobles nunca le hicieron ascos a trabajar manualmente. Con los metales que les quedaban pudieron comprar una vivienda con terreno en ese pueblo incógnito, y labraron la tierra, compraron animales.

Y yo me crié en la humildad. De todas maneras aún cuando vivíamos en el palacete conversaba con los sirvientes, con la gente de la feria. A veces madre me retaba, que me decía: "Diana, compórtate, guarda tu compostura".

Chapoteaba en el barro, no es que me gustara ensuciarme, pero total, luego tenía la tina con agua tibia. Lo cual ya no lo tuve más, en la vivienda que teníamos con el terreno y los animales teníamos lo más precario, pero por lo menos no estábamos solos, estábamos dentro de un poblado.

Ya no podía chapotear en el fango, y menos en invierno porque en verano te bañabas en las aguas del arroyo cercano, pero en invierno imposible. Teníamos adelante una bomba de agua que extraía agua de la tierra, y uno medianamente se higienizaba.

 

Pero no me sentía mal, entendía que la vida te estaba mostrando distintas facetas: de la tina tibia al arroyo helado, de tener una cama mullida a dormir en un catre. Pero te adaptas. Como dice un gran maestro, no te acostumbras porque el acostumbrarse es bajar los brazos, te adaptas a la espera de algo mejor y vives alerta, atenta.

Me sentía orgullosa de mis padres porque he visto otros nobles que tocaban un rosal se clavaban un espina en el dedo y chillaban como si les hubiesen clavado una lanza en el cuerpo. Mis padres no le hacían asco al trabajo y yo tampoco, los ayudaba en todo lo que podía a medida que iba creciendo.

 

Cuando cumplí doce años conocí a Aiken, que se había mudado al poblado con su familia. Aiken era un experto con la espada y no tenía problemas en tratar conmigo, porque generalmente los varones no trataban con las mujeres salvo cuando eran más grandes. Y me enseñaba, me enseñaba tarde tras tarde a practicar con la espada.

 

Y pasó el tiempo. Cumplí dieciséis años y era tan buena como él, pero siempre manteniendo perfil bajo.

Mi ropa había cambiado, me vestía con ropa de cuero que era más resistente, con botas gruesas. Me calzaba un cinto y al costado colgaba mi espada.

 

Aiken me contó que su familia trabajaba para un noble y que lo mataron. Mataron a la esposa y a los dos hijos por orden del rey Derian porque simpatizaban con el derrocado rey Bryce. Le comenté que nosotros tuvimos suerte porque también simpatizábamos pero pudimos huir, si bien nos despojaron de las tierras y nos quitaron el título.

Aiken me dijo:

-No te preocupes por eso, Diana, un título no te hace mejor persona. Los hechos, lo que demuestras, lo que eres te hacen mejor persona. Lo demás es relativo.

 

Vino a comer varias veces a casa, invitamos a sus padres, temerosos, humildes. Tanto padre Desmon como Mildred les dijeron:

-Tratémonos de tú, por el nombre.

-Pero señor, vosotros sois nobles. -Y padre, como repitiendo las palabras del joven Aiken, dijo:

-Son títulos. Los títulos es un artificio, no te hacen ni mejor ni peor. -Y la familia de Aiken se trató de tú con mi familia.

 

A mis dieciocho años las conversaciones eran de que Bryce, el rey derrocado, había juntado un ejército.

Hablé con Aiken y le dije:

-Tú ya tienes veintiún años, ayudemos a Bryce a recuperar su trono porque el rey Derian es un tirano, somete a la gente, inventa traiciones para matar a la persona de quien sospecha, se alucina complot por doquier.

Aiken me dijo:

-Diana, tenemos que vivir en la realidad. ¿Qué podemos hacer nosotros dos?, el rey derrocado ya está juntando un ejército.

 

Por la noche me quedaba pensando "¿A qué vine a este mundo? A tratar de ayudar, a tratar de que triunfe el bien a costa de lo que fuera".

Al día siguiente se lo comenté a Aiken y me dijo:

-No, tampoco se trata de organizar una misión suicida, no te sirve a ti, no me sirve a mí y no le sirve a los demás. -Y tenía razón. Normalmente no suelo ser reactiva sino todo lo contrario, bien analítica. Pero me causaba, ¿por qué no decirlo?, me causaba ira la injusticia. Mi anhelo era que el mundo fuera mejor, que se empapara de amor. Aiken me volvía a la realidad-: ¿Has caído en cuenta del mundo en que nos encontramos?, los bárbaros del norte saqueando aldeas, violando mujeres y niñas, los bandidos de más allá del desierto también asolan territorios. No es un mundo perfecto, es un mundo de humanos.

-No -negué.

-¿No es un mundo de humanos? -Quedó intrigado.

-Sí, Aiken. No quise decir no por eso, quise decir no en el sentido de que todavía tengo esperanzas de que hay gente buena. Tú eres bueno, yo trato de dar lo mejor, el derrocado rey Bryce me parece una persona buena.

 

Cada día éramos más independiente, ya nuestros padres no precisaban tanto de nosotros. Partimos a otros poblados, hablamos con distintas personas, había muchos jóvenes dispuestos cuyos padres también había sido o maltratados o sus madres violadas por los secuaces del rey Derian. No lo podía creer que en menos de noventa amaneceres ya teníamos como treinta personas que sabían usar la espada y cada uno con su equino. Estaba entusiasmada. Y por el otro lado con una tremenda ansiedad, que el corazón me latía tan fuerte...

Le dije a Aiken:

-Tal vez el entusiasmo me hizo precipitar y ahora es como que estoy con temor.

Aiken me miró a los ojos y me dijo:

-Diana, es lo mejor que he escuchado.

-¡Perdón!, ¿qué tenga temor es lo mejor que has escuchado?

-Sí. Eso habla de que no eres inconsciente, eso habla de que vas a ser cauta, prudente.

 

Pasaron treinta días más y ya teníamos cuarenta voluntarios, prácticamente nada para combatir contra un ejército. Marchamos hacia el norte. Uno de ellos, un tal Glaxton, quizá muy egoico, muy pagado de sí mismo, muy vanidoso nos dijo:

-¿Por qué sois vosotros los que nos conducís?

Aiken dijo:

-Porque el que conduce es el que mejor sabe manejar la espada. Si tú, Glaxton, o alguno de vosotros tiene alguna duda intercambiemos el cruce de metales a primera sangre, para no lastimarnos. -Glaxton hizo un gesto de desdén y bajó de su equino y sacó su espada. Fue bastante intenso pero Aiken lo hirió en el brazo y en un muslo y logró apoyar su espada en el cuello-. ¿Te es suficiente? -La vanidad de Glaxton se había ido como agua entre los dedos. Bajó la cabeza y dijo que estaba bien. Y luego me señaló a mí.

-¿Y ella por qué?

Le dije:

-Porque soy tan buena como él.

Un segundo voluntario dijo:

-Habría que verlo.

-¿Cómo te llamas?

-Osmon.

-Desmonta, te lo probaré. -El ensayo de combate fue más rápido que el de Aiken con Glaxton, en segundos lo pude herir en un hombro y le apoyé mi espada en la garganta-. ¿Te basta con eso?

-Sí, señora.

-No soy señora, apenas una niña. Llámame Diana.

 

Y avanzamos. Pensar que años atrás siendo pequeña la mayor de las aventuras era saltar en un charco y embarrarme para que mi madre Mildred me rete y me diga "Vete ya a la tina" y ahora montando en un hoyuman, como le llamábamos a los equinos...

Y a lo lejos en una colina vimos que nos vigilaban. Nos acercamos cautelosamente e hicimos un gesto de paz levantando la mano derecha sin ningún arma. Nos dejaron pasar, eran diez veces más que nosotros, como cuatrocientos hombres. Y se acercó un hombre, quizá con rostro de poco carácter pero algo canoso, lo reconocí enseguida.

-¡Mi rey! -le dije. Frunció el ceño.

-¿Quién eres?

-Tú me conocías de pequeña, la pequeñita Diana, hija de Desmon.

-¡Vaya, cómo has crecido! ¿Qué haces tú y esta gente armada?

-Si no te lo tomas a mal, mi rey, venimos a apoyarte. -Miró a mi gente.

-¿Saben manejar bien la espada?

-Doy fe, mi rey -dijo Aiken.

-¿Y tú quién eres? -Dio su nombre y dijo que era mi amigo-. Si eres amigo de Diana eres bienvenido.

 

Nos juntamos con el resto de la tropa, los cuarenta mercenarios con los cuatrocientos soldados. Intercambiamos impresiones, tácticas, estrategias.

Porque en un mundo donde prima la barbarie, donde lo salvaje es cotidiano ¿cómo puedes hacer el bien si no es luchando por tus ideales?

 

Por eso digo que no era tan fácil, por eso tantos engramas implantados de impotencia, de no tener un lugar de pertenencia, de sentirte segregada, desplazada, despreciada..., porque pasaron muchas cosas.

 

Esa noche dormimos en el campamento y pensaba para mí misma "Mañana será otro día".

 

 


Sesión 26/05/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Blanca (Maradel)

Aún con los soldados prestos para una posible batalla tenía grandes dudas acerca de la conveniencia de que la guerra fuera para procurar paz, que matar fuera para que otros vivieran.

 

Sesión en MP3 (2.152 KB)

 

 

Entidad: Mi nombre es Maradel, del plano 4 subnivel 1. En mi rol de Diana, en Umbro, me preguntaba cómo podemos hacer el bien sin perder la armonía, cómo podemos ayudar a otros sin perjudicar a terceros. Y me di cuenta de que hay tareas que son posibles, pero a su vez imperfectas.

 

El rey Derian nos había despojado de nuestras tierras cuando yo era niña y le había quitado los títulos de nobleza a mi padre Desmon y a mi madre Mildred.

Conocí de causalidad -porque nada es casualidad-, a Aiken, quien me ayudó a perfeccionar el arte de la espada. Aiken también era una víctima del rey Derian, que había derrocado a un justo rey, Bryce.

 

Recuerdo que juntamos cuarenta mercenarios y, otra vez por causalidad, nos encontramos con la tropa del rey derrocado. Y nos unimos a los cuatrocientos soldados de Bryce. Y teníamos que luchar, y eso era algo que me incomodaba sobremanera. ¿Por qué el mundo es tan injusto? O era yo la que iba a contramarcha del resto. No quería causar daño a nadie pero te preguntas, ¿y si no lo haces y en base a ello ocurre un daño mayor, no es peor? Claro, sucede que a veces no queremos participar de esos hechos de violencia ni siquiera para salvar otras vidas inocentes.

Mis dos mentes batallaban. La mente analítica que me decía "Seguramente vamos a causar un daño para evitar un daño mayor", y mi mente reactiva, que normalmente es la que no razona, en este caso decía "No tienes porque comprometerte, busca la armonía de otra manera". Pero como decís vosotros, ¿de esa manera no cometería un pecado por omisión?

 

Pasaban los amaneceres y mientras planificábamos cómo sitiar el castillo del rey Derian practicábamos con la espada. El propio rey destronado, Bryce, vio mi agilidad, y me dijo:

-¿Dónde has aprendido? -Porque tenía tanta celeridad con el manejo de la espada, equilibrio a su vez, jamás trastabillaba. Llamó a un soldado, uno de los mejores en el arte de la espada. Primero probó con mi amigo Aiken, el soldado lo venció enseguida. Yo no quería practicar con el soldado, tenía temor de herirlo.

Bryce dijo:

-No, no, quédate tranquila, ni siquiera es a primera sangre, es cambiar un par de golpes. -Estuvimos minutos enteros simulando un combate, le paraba todos los golpes como por reflejo. Bryce detuvo la pelea simulada y dijo-: Diana, has parado infinidad de golpes pero no he visto que hayas atacado. ¿Por qué?

-No quería lastimarlo.

-Por favor, prueba de vuelta. -Probamos de vuelta y esta vez ataqué. Lo tocaba de plano con la espada en el hombro, lo tocaba de plano con la espada en el muslo, lo tocaba de plano con la espada en el brazo evitando el filo para no cortarlo, para no lastimarlo. Finalmente el rey destronado, Bryce, me preguntó-:  Daría la impresión como que supieras qué lances va hacer tu rival, qué golpes va a dar tu enemigo.

-Es cierto; a mi mente acude instantes antes el golpe que va a lanzar.

El rey me dijo:

-Muy para el este y también cerca del océano del oeste hay una raza de humanos llamados mentos, que tienen una habilidad mental extraordinaria. Tú, por las dudas, ¿no tendrás algo de esa habilidad?

-No, no, mi rey; mi padre Desmon y mi madre Mildred son personas normales. Simplemente, cómo explicarlo, vosotros habláis de aquel que está más allá de las estrellas...

-Correcto -dijo Bryce.

-Pero no es tan así.

-¿No creéis en él, acaso?

-Por supuesto, mi rey -le expliqué-, pero no lo denominaría así porque ese que vosotros decís que está más allá de las estrellas, está también aquí, somos parte de él y da la impresión como que mi mente abreva de él para que yo tenga los reflejos que tengo. -Aiken se rascaba la nuca, los soldados me miraban como no entendiendo, el rey frunció el ceño.

-Lo que dices es ilógico, Diana, aquel que está más allá de las estrellas es inalcanzable.

-¿Por qué? -pregunté-, yo lo siento dentro mío.

-¡Aaah! Es imposible hablar contigo, Diana, es una creencia tuya. Pero está bien, no dañas a nadie pensando así.

 

Y yo creía que era el revés, yo creía que eran ellos los que no me entendían y lo que yo pensaba era cierto. Aquel que está más allá de las estrellas también está aquí en nosotros, en las plantas, en el bosque, en los animales, en todo. Incluso en los bárbaros del norte que saquean aldeas. ¿Y por qué si esa esencia es amor puro? ¿Por qué los bárbaros del norte igual que otros bandoleros que saquean en los caminos tienen libre albedrío y su alma está torcida? Y conozco muchos, muchísimos que se justifican diciendo "Yo no soy el responsable. Aquel que está más allá de las estrellas no debe ser tan bueno que me permite cometer esos actos". ¡Ja! Eso sí que es hipocresía. Tremenda hipocresía. Como si la decisión no fuera de los seres humanos de cometer actos hostiles o ser magnánimos.

Y tenía una lucha en mi interior sobre la batalla que se aproximaba. Amaba la espiritualidad, amo la espiritualidad. ¿Y por qué tenía que combatir? Y como antes, mi parte analítica me decía "Si el rey Bryce recupera la corona exiliando o castigando de otra manera al rey Derian, muchas regiones se verán beneficiadas, no habrá esclavitud ni explotación y la gente será más feliz". Entonces valía el esfuerzo.

 

Una vez hablé con Aiken y le dije:

-A veces tengo recuerdos que no son de esta vida.

-Diana -me respondió-, quizá tu mente no funcione bien.

-No, no -negué-, funciona muy bien. Creo que he vivido otras vidas, y a veces tengo como flashes de recuerdos.

-No, no te entiendo, ¿qué es eso de otras vidas? -Me sumí en mis pensamientos.

 

Me sentía de alguna manera como sola, porque ni siquiera mi amigo Aiken, tampoco el rey Bryce entendían lo que quería decir. Aparte, mi forma de entender, captar a aquel que está más allá de las estrellas era distinta al resto de los habitantes de Umbro, yo lo sentía dentro mío, yo lo sentía en mi interior, yo sentía que él obraba a través mío. Pero sí él era amor, ¿por qué tenía que ejercer yo la violencia? Esa era mi lucha interna. Pero si era en beneficio de miles de personas tenía que hacerlo.

 

Llegamos a las cercanías del castillo de Derian con los cuatrocientos soldados de Bryce y los cuarenta mercenarios que habíamos juntado con Aiken. Estábamos bien armados con ballestas, arco y flechas, espadas, lanzas pero no teníamos grandes catapultas para lanzar enormes piedras con ese fuego ardiente que se alimentaba empapado en aceite. Sólo nos quedaba sitiar el castillo para que los soldados no vayan a la feria de la región, porque el error de Derian era no tener una feria feudal dentro de la fortaleza, y se le acabarían los alimentos y tendrían que salir.

 

Hablé con Bryce.

-Mi rey, los soldados simplemente obedecen a Derian para no ser castigados o condenados a muerte, quizá sean inocentes. Lo ideal sería evitar la mayor cantidad de muertes posibles.

El rey me miró y dijo:

-Si combaten los exterminaremos. -Sentí como un dolor dentro mío, no esperaba esa respuesta de Bryce, pero seguía pensando que evitaríamos un mal mayor.

 

Mi mente batallaba. Mi interior era contradictorio, amaba hacer el bien, amaba poder ayudar, quisiera tener brazos de miles de líneas de tamaño para abrazar a todo el mundo y no tener que empuñar una espada. Pero era lo que había, la crudeza de la vida en pos de un futuro mejor.

 

Gracias por escucharme.

 

 


Sesión 05/06/2020
Médium: Jorge Raúl Olguín
Entidad que se presentó a dialogar: Thetán de Blanca (Maradel)

La entidad se pregunta si la gente cambia o siempre ha sido así. Tiene una enorme decepción sobre una persona que admiraba.

 

Sesión en MP3 (3.811 KB)

 

 

Entidad: Os agradezco el permitirme comunicar. Conceptúa Maradel, plano 4, subnivel 1.

El hecho de poder conceptuar a través de este receptáculo al lenguaje hablado ya me permite hacer cierta catarsis. Si bien en el plano 4 no nos afectan los roles del ego, sí, seguimos condicionados por engramas de diversas vidas.

 

Mi rol, Diana, va a continuar relatando lo que podría ser una ayuda a un rey derrocado, pero entra en conflicto consigo misma porque no le gusta la violencia, las batallas.

Pero lo relaciona en esa vida con alguien que tuvo una infección muy grande en la pierna y ni con alguna savia salvadora puede mejorarla, pues entonces tiene que coger una sierra y cortar esa parte de la pierna para que el resto del cuerpo pueda estar libre de esa infección, de esa gangrena, etcétera.

El que ve de afuera y no entiende eso pensaría "Esta persona está mutilando a ese pobre hombre", pues no entendería que lo hace en función de salvar a todo el ser. Si trasladamos una parte del cuerpo humano que está infectada a una región donde una parte contamina el resto, analíticamente podría justificarse la batalla, pero así y todo, así y todo eso mismo provoca engramas.

 

Recuerdo que había crecido en la humildad. Recuerdo que el rey Derian despoja a mis padres, Desmon y Mildred, de nuestras tierras en el momento que derroca al rey Bryce. Como para mí no existe la casualidad sino que todo es causalidad, mi encuentro con Aiken, que me ayuda a perfeccionarme en el arte de la espada y junto con cuarenta mercenarios nos encontramos con los cuatrocientos soldados de Bryce y planificamos atacar al castillo, en este momento usurpado por el rey Derian.

 

Acampamos a menos de quinientos metros sin ocultarnos. Los vigías dieron el estado de alerta, pero no salieron a nuestro encuentro. Teníamos la ventaja del tiempo, pues teníamos víveres y estábamos bien pertrechados. Ellos tenían la desventaja de que su feria feudal estaba afuera de la fortaleza y los víveres eran pocos.

 

Prácticamente se evitó una batalla. Salieron varios jinetes con una bandera blanca de rendición y salieron a su vez varios granjeros humildes, mal vestidos que estaban dentro de palacio para servicios esenciales como limpieza, cocina y otros quehaceres.

El principal de la guardia habló con Bryce diciendo que se rendía incondicionalmente, pero que respete la vida de los soldados. Quedó a la espera.

Bryce se reunió con los suyos. Participamos por supuesto de la conversación. Muchos decían que tenían que dar ejemplo y liquidar a los soldados que apoyaban a Derian.

Por primera vez hablé y dije:

-Mi rey, no veo que eso sea una forma de ejemplo, te pondrías a nivel de quien te derrocó. -Me miró con rostro serio, muy serio. Pensé que me iba a amonestar por atreverme a hablar, pero hizo una mueca que similaba una sonrisa.

Y dijo:

-Tienes razón, Diana. -Habló con el principal de la guardia y le dijo-: Los soldados que se unan con nosotros deberán jurarme lealtad. Aquellos que quieran irse podrán hacerlo sin que los ataquemos.

 

Y así lo hicieron. Me sorprendió que el hecho de que se derrocara a Derian no mostraran júbilo. Los aldeanos que estaban dentro del castillo haciendo distintos quehaceres quizá tendrían miedo de los familiares, de que paguen las consecuencias, pero Bryce les explicó que estarían incluso en mejores condiciones que con Derian. Algunos soldados se fueron, algunos que hacían tareas o quehaceres en el castillo se marcharon.

 

Y entramos.

Lo primero que dijo Bryce es:

-Necesito gente que sepa construir, albañiles. Vamos a agrandar bastante las paredes de la fortaleza para que la feria, la feria feudal principal quede adentro de la misma, no sea cosa que a otros se les ocurra lo mismo, de sitiarnos y no tengamos víveres. Haremos torres más elevadas para vigilar más a la distancia. Será un trabajo no de días, un trabajo de meses. Pero lo haremos.

 

El capitán de la guardia, el oficial al mando, se postró poniendo una rodilla en el piso y entregando su espada al rey Bryce, diciéndole que le juraba lealtad y que le diera el puesto que quisiera.

El exderrocado y ahora nuevo rey le respondió:

-Yo tengo capitán de guardia, pero tú serás un oficial, es importante que aumentemos la tropa. Advierto, eso sí, al menor gesto de deslealtad hago ejecutar el traidor en la plaza mayor adelante de todos. -Me miró por si decía algo pero bajé la cabeza.

 

Finalmente el rey ocupó el castillo y su tropa aumentó en un cien por ciento, puesto que Derian tenía cerca de novecientos soldados de los cuales quinientos se marcharon y cuatrocientos quedaron, por lo que los actuales soldados de Bryce llegaron a ser ochocientos más nuestros cuarenta mercenarios.

Como algunos de los que se marcharon conservaban la amistad con los que se quedaron, a estos últimos Bryce les dijo:

-Quienes quieran volver tienen las puertas abiertas, deberán jurar lealtad a mi corona. Si vienen para espiar no tendrán éxito porque el que entre se queda dentro. Para hacer diligencias saldrá el que yo elija, no es que alguien venga a espiar y por cualquier excusa al día siguiente salga. No. Eso lo tengo cubierto.

 

De parte mía me sentía satisfecha. Y le dije a mi amigo Aiken:

-Evitamos derramamiento de sangre, y para eso es lo más importante.

 

Pero había pasado un día entero y buscamos rincón por rincón, habitación por habitación, las cuadras donde estaban los caballos, la parte de las cocinas, el patio de armas: el rey Derian no estaba por ningún lado.

 

Bryce era muy reactivo y se sentía extremadamente nervioso, hasta que se acercó uno de los oficiales y le dijo:

-Hablé con un hombre anciano, un hombre anciano muy muy mayor que apenas podía hablar.

-Quiero verlo -dijo Bryce.

-¿Me permites, mi rey, que os acompañe? -pregunté.

-Adelante. -Por alguna razón el rey Bryce tenía como cierta condescendencia conmigo que me permitía estar a su lado.

El anciano dijo:

-Repito lo que le dije a uno de vuestros oficiales, mi rey. Lo vimos al tirano Derian despojándose de sus prendas finas y vistiéndose de un humilde trabajador, y seguramente se fue del castillo camuflado con alguno de los que hacían quehaceres. -El rey Bryce empalideció, Derian se había escapado.

 

Pasaron los días. Me sentía contenta, exultante de poder ayudar porque mi misión era poder brindar. Tenía algunos conocimientos de hierbas y ayudé a mucha gente muy humilde de la feria feudal, algunos que tenían cólicos, otros que sufrían problemas hepáticos, otros que tenían obesidad. Y podía saber qué planta era para cada síntoma, no había una solución mágica pero la gente mejoraba y me hacía sentir útil.

Y por las mañanas, a primera hora, entrenaba con mi espada en el patio de armas. Los soldados de Bryce ya me conocían. Los que se habían agregado, que pertenecían a Derian, se asombraban de mi habilidad y me preguntaban:

-¿Cómo tienes tanto reflejo?

Les respondía:

-Es como que adivinara el pensamiento y sé el golpe que van a dar décimas de  segundos antes y lo puedo parar, y sé como desarmar vuestra defensa.

Uno de ellos me preguntó lo mismo que ya me había preguntado algún soldado de Bryce:

-¿Eres una de raza mento? -La raza mento era una raza especial, que eran humanos con dones mentales especiales.

Le respondí:

-No, no, no tengo ningún don, solamente la intuición de saber el movimiento de esgrima que va a hacer la persona. Nada más.

-Entonces eres una persona común.

Lo corregí. Le dije:

-Sencilla. Común, no creo.

 

Pero no se trata de vanidad porque he conocido gente vanidosa que dice "Yo no soy una persona común".

Yo lo decía en otro sentido. Estaba fuera del común denominador pero no porque me sintiera especial sino por la tarea que estaba tratando de desarrollar, que era el servicio, y para hacer servicio no se es común, tampoco especial..., digamos distinta. Y me sentía cómoda

 

Los mercenarios que contratamos con Aiken, para sentirse seguros de su futuro juraron lealtad a Bryce como soldados. El mismo Aiken tuvo un puesto de oficial de categoría y se sentía orgulloso.

Yo me alejé de la parte central del palacio y me instalé en un ala del mismo, en una habitación pequeña, común, tratando de incomodar lo menos posible. Ayudaba también en las tareas de la feria feudal. Bryce me quería dar una cuota.

-No, mi rey, no es necesario.

-Pero tú eres noble. -Me pasó un pergamino, por escrito, lacrado-. Estas son tus tierras de las que te han despojado, son vuestras nuevamente. -Me incliné haciendo una reverencia.

-Mi rey, eternamente agradecida, pero me quedaría un tiempo más en el castillo. -Y pensaba "Quizás esta es una señal de Dios haciendo que sirva en la feria feudal".

 

Pero nada es lo que parece. El rey continuaba reactivo, de mal talante, de mal humor, tenía poca paciencia con sus soldados cuando se equivocaban en algo. Y eso que estábamos en paz, no teníamos cerca un reinado que nos aceche. A veces se molestaba cuando la gente se retrasaba con los impuestos, se ponía irascible, se ponía de muy mal talante. Y ya no tenía esa cercanía para conmigo, al contrario, cualquiera hasta el más cercano que intentara aconsejarlo le respondía de mala manera en el mejor de los casos. He llegado a ver que le daba latigazos incluso a oficiales bajo su mando por haber desobedecido una orden que no alteraba nada.

Y empecé a notar un rey caprichoso, demandante. No tirano al nivel del exrey Derian, pero sí muy demandante, demasiado demandante quizá.

 

Lo hablé con Aiken, mi amigo, al que habían nombrado teniente. Era el segundo del capitán principal. Y me dijo:

-Mira, Diana, puedo coincidir con tu pensamiento de que el rey quizás esté un poco alterado, pero es por todo lo que ha pasado en el tiempo que estuvo derrocado. Y te recomiendo que no me comentes más nada porque le juré lealtad, y ya he denunciado a más de uno que ha hablado mal del rey.

-Aiken -le respondí-, no estoy hablando mal del rey Bryce, estoy diciendo que lo veo alterado.

-No, Diana, has hablado mal. Verlo alterado significa que no confías en su sapiencia, en su discernimiento. Esta vez te lo dejo pasar porque somos amigos de antes. Ya no podemos ser amigos, soy oficial de la guardia, el segundo al mando. Si quieres que siga teniendo tu confianza no me comentes más nada porque la próxima vez deberé denunciarte, por más noble que seas y por más que el rey te haya repuesto tus tierras.

 

Me sentí como... no frustrada, tenía un nudo en el estómago quizá de nervios, y un nudo en la garganta quizá de angustia. Pensaba que el hecho de no haber derramado sangre era la panacea pero veía que las personas cambiaban. Aiken no era un noble, simplemente era el segundo jefe de la guardia, y como que había montado en vanidad, como que su lealtad era lo máximo. Y no estoy hablando mal de la lealtad, la lealtad es una virtud quizá de las más grandes, pero toda lealtad debe llevar discernimiento, si no no es lealtad, es ceguera. La misma ceguera que estaba teniendo el rey cuando mandó a la mitad de su tropa a recorrer los alrededores en muchos kilómetros a la distancia a ver si había gente que se sublevaba. La comarca estaba tranquila, la región también, en su mente se imaginaba que complotaban contra él como alguna vez lo hizo Derian.

 

Si bien las paredes de las habitaciones son muy gruesas, figurativamente hablando, muy figurativamente hablando parecían paredes de papel, porque yo me enteraba de los rumores de que por la noche el rey gritaba, de que decía que lo iban a volver a atacar, de que estaba rodeado de traidores, de gente taimada, mala. Una vez un hombre de mediana edad de la feria se atrevió a mirarlo a los ojos y lo mandó a ejecutar. Pensé "Ese no es el Bryce que yo conocía". Pero después entré en mi ser más profundamente y me dije a mí misma "¿A qué Bryce conocí yo cuando lo vi tan cerca, cuando traté personalmente con él, para saber cómo era antes y cómo es ahora? Y si siempre fue igual".

 

De Derian ya tenía un concepto sin justificativo; nos despojó de nuestras tierras. De Bryce mi concepto era elevado, pero ahora veía un ser inestable, inseguro. Aparte de enviar gente a vigilar los alrededores envió a Aiken con cuarenta soldados a reclutar más voluntarios para reforzar la seguridad del castillo, que ya era bastante más grande porque las paredes, las murallas principales se habían ampliado para que la feria feudal quede dentro. Ya estaba terminado el proyecto que había ideado Bryce pero era una tortura para la gente de la feria, eran vigilados, nadie podía murmurar.

 

Había ayudado de alguna manera a expulsar al rey Derian. Me caían las lágrimas por la mejilla porque -lo tengo que decir-, me dio la impresión como que había remplazado un tirano por otro tirano. Y mi voluntad, mi deseo, mi anhelo de poder servir a todo ser humano no había dado frutos. No hasta ahora, por lo menos.