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Psicoauditación - Kremel |
Sección Psicointegración y Psicoauditación - Índice de la sección - Explicación y guía de lectura de la sección |
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Si bien la Psicoauditación es la técnica más idónea para erradicar los engramas conceptuales del Thetán o Yo Superior de la persona, la mayoría de las veces se psicoaudita a thetanes que habitan en planos del Error y sus palabras pueden no ser amigables y/o oportunas para ser tomadas como Mensajes de orientación, algo que sí se da cuando se canaliza a Espíritus de Luz o Espíritus Maestros.
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Sesión 4/12/08 Explicó su niñez en una vida en Gaela, donde estaba en un entorno estable. Al hacerse mayor, tras la muerte de su padre su madre se volvió apática. Posteriormente su marido por una enfermedad se le disminuyó su lucidez. Perdió la paciencia por las circunstancias. Se sentía inútil. Tuvo una enfermedad grave y su marido y su madre le ayudaron, aunque al pasar cierto tiempo desencarnó. Esa vida la dejó insatisfecha, no cumplió sus objetivos, aunque aprendió muchas lecciones, la principal la necesidad de tomar las riendas de la propia vida y no dejarse estar. Entidad: Tengo tanta información pero a la vez tanta angustia... Uno va recordando vidas anteriores de la misma manera que va pelando capas de una cebolla y a veces se va tocando el engrama que en ese momento le puede estar molestando. Encarné en Larrebedo, un país montañoso a orillas del océano. De pequeña era bastante feliz. Me gustaba mi mundo, Gaela, porque sentía ese sol cálido, amarillo, que me alumbraba. Amaba el suelo, esa tierra negra que daba sus frutos, el agua salada del océano, el calor de ese sol, etc.; es como que sentía amor por todas las cosas, por los árboles y los abrazaba... ¡Era todo tan hermoso! A diferencia de la mayoría de la gente del lugar, que trabajaba de pesca, mi padre era carpintero y mi madre hacía las cosas del hogar, pero era muy buena tejedora y venían de distintos lugares a encargarle ropa. Se puede decir que teníamos un buen pasar. A los ocho años conocí a Mabi. Mabi era una joven de dieciséis años -el doble de edad de la que tenía yo-. Y me dice: -Yo te puedo enseñar astronomía. -Bueno, eso es un satélite y está cerca de nosotros. Estará más o menos a -siempre hablando de medidas actuales- a 400.000 kilómetros. Con mis ocho años apenas entendía lo que me decía Mabi. Y fui creciendo y creciendo. A los dieciocho años era feliz en mi inocencia. Conozco a Longri. Longri era un artesano en cueros. Era serio, pero me inspiraba confianza porque a la mayoría de los jóvenes yo los veía que salían con una y luego con otra… y es como que no los veía confiables. Y empezamos a salir. Él me decía: -“Dime Long directamente”. Al año comenzamos a vivir en pareja. Él ayudaba a mi padre en el taller pero trabajaban separados: mientras uno estaba con los cueros el otro estaba con las maderas. Luego de una penosa enfermedad mi padre falleció y mi madre se volvió apática, indiferente a todo, introvertida. Pasó un año. A mitad de año, en pleno invierno, Long se pesca un tremendo resfriado que luego pasa a ser una tremenda influenza. O sea, que se cura el resfriado y toma una tremenda influenza que lo deja en cama con una temperatura altísima. Le afectó parte del cerebro porque no reaccionaba. Y venían médicos. Vinieron médicos del otro lado del país de las montañas -que era un país más grande- pero no podían hacer nada. Seis meses estuvo así hasta que finalmente reaccionó. Pero no era el mismo: me miraba y me hablaba pero -no sé como explicarlo con palabras pero no quiero agotar tanto al decodificador de este receptáculo- es como que a Long le faltaba la chispa, esa picardía, esa lucidez. Trabajaba perfectamente. No había quedado con secuelas físicas de su problema pero a la menor fiebre se caía, o si de repente se enojaba por algo o algo le salía mal le agarraban desmayos, desmayos de minutos. Un médico llamado Balcar, que vino del otro lado de las montañas, del otro país, me decía: -“Tiene una enfermedad que le afectó la parte cerebral y a la parte de las arterias y con la ciencia actual no tiene cura. Puede ser mortal si le coge una gran fiebre o un tremendo disgusto”. Entonces cuidaba a Long permanentemente. Le hacía chistes pero no tenía la lucidez como para entenderlos. Le faltaba la sagacidad y sentía como que no era la persona con la que yo estaba en pareja. Me enojé con la vida. Me enojé con el Creador: -Te has llevado a mi padre, te has llevado el 'alma' de mi pareja-. Era tan ignorante que no entendía que el alma era lo que le daba vida pero yo sentía que no tenía vida, sentía que vivía automáticamente. A veces le observaba por las noches comer y él levantaba la vista, me miraba y me decía: -¿Qué? Yo le contestaba: -No, nada, nada. Estaba pensando. Y seguía comiendo automáticamente mientras lo miraba. Es como si le hubieran sacado algo de adentro, como si le hubieran vaciado algo del cerebro. Seguía siendo medianamente eficiente en su trabajo. Su empleo era nuestra única entrada de dinero porque madre se había encerrado en su mundo interno. Long, si bien no estaba encerrado en ningún mundo interno, había perdido esa lucidez, esa chispa. Y yo me sentía inútil porque apenas sabía trabajar con los materiales para hacer las prendas… y de cuero, menos. Lo mío era escribir; yo escribía poesía. Un día me encuentro con Mabi -que ya estaba casada con dos hijos- y le pregunto: Pero bueno, hay algo que los Maestros llaman karma y a veces es como que uno se queja aunque todavía no vino el chubasco más grande… Hasta que me tomó a mí una enfermedad en los huesos que cuando me movía no podía caminar del dolor que tenía… y caíen cama. Mi madre, siendo mucho mayor que yo, con tanta fortaleza, se levantó para atenderme. Y Long, que hablaba en monosílabos, me consolaba y hablaba más que nunca. Es como que algo se hubiera despertado dentro de él cuando me vió a mi yacente. Amaba a ese mundo, Gaela. Amaba a mi país montañoso, el verde, los árboles, el océano… pero tenía lo que vosotros llamáis 'engrama de insatisfacción' y era como que algo no me cerraba. ¿Por qué en un mundo tan hermoso pueden pasar estas cosas? A veces nos llegaban noticias de descubrimientos de otros países más allá del otro océano, en el continente viejo. Es como que hubieran estado más adelantados que nosotros. Tal vez los médicos del viejo continente se hubieran ocupado de Long y no hubiera estado tan mal, se hubieran ocupado de padre y todavía estaría vivo, se hubieran dado cuenta de mi problema de los huesos y la medicación para poder revertirlo. Estuve seis meses yacente pero, a diferencia de Long, nunca me repuse. Desencarné antes que mi propia madre, así que ella tuvo que sufrir la pérdida de su esposo y de su hija. Una vez 100% entidad angélica me puse a repasar qué había hecho mal o cuál fue mi intención al encarnar en ese mundo. A veces uno no cumple con las expectativas que tiene al encarnar porque yo, verdaderamente, quería estudiar astronomía y ese 10% mío se dejó estar, se apoyaba en sus padres y luego en su pareja… ¿Esa enfermedad fue un castigo? No, porque yo, como entidad angélica, sé que no existen los castigos divinos. Simplemente era algo que tenía que pasar, era una lección kármica para aprender el verdadero valor del desapego, de que lo material es provisorio, que tenemos que disfrutar cada momento y que no tenemos que reprochar nada a nadie. Perdí un año de mi vida reprochándole a madre porque extrañaba a padre. Perdí meses de mi vida tratando que Long fuera el de antes. Siempre traté de manejar las cosas a mi antojo y no todo se puede, ¿no? Quiero sacarme de encima esos engrama de indefensión, de falta de comunicación... ¡Es que me sentía tan sola sin comunicarme con nadie! Antes de conocer a Long no confiaba en los jóvenes, los veía tan poco sinceros... Y viví con el hombre que creí que iba a ser mi amor durante cincuenta años. Pero, evidentemente, la vida tenía otros planes: todos teníamos karmas, todos teníamos cosas que aprender. Y yo, con mi costumbre de esperar la respuesta de otras entidades, cuando en realidad la tenía yo, como diríais en el plano físico, “en la punta de la lengua”. Siempre aprendemos cosas de todo y de todos, a cada momento y con cada persona, con cada actitud, con cada señal. Eso no significa que haya cosas que se pueden evitar; hay cosas que ya están, que no se pueden evitar, que no se pueden corregir, no se pueden mo-di-fi-car. Entonces, ¿nos dejamos estar y aceptamos las cosas como son? No, tampoco, pero se hace lo posible. Eso aprendí y eso quería comentar en esta breve charla de ese hermoso mundo llamado Gaela.
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